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martes, 8 de septiembre de 2009

La mirada lo dice todo

Estamos cenando en una cafetería, en silencio, mi hija, él y yo. La comida es insulsa. Le miro. No tenemos de qué hablar.

Salimos a la calle, volvemos caminando. El calor de la noche de agosto en Madrid es sofocante. La niña se quita los zapatos, yo los recojo. Él la monta a sus hombros. Se les ve tan felices.

Los miro, los observo. ¿Es ésta la familia que quiero? ¿Es ésta la vida que deseo? ¿Es esto la felicidad que anhelo? ¿Qué es esa música que suena en mi cabeza?

Están regando la calle. No puedo más con el calor, no me resisto y le pido al barrendero que me riegue.

viernes, 14 de agosto de 2009

Lulu in a taxi

No me cansaré de decirlo. Una de las mejores cosas de Madrid, en agosto y todo el año, son los taxis. Y soy usuario muy frecuente, más de lo que le gustaría a mi monedero, así que sé de lo que hablo. Hay muchos taxis en circulación, son baratos, te llevan donde les digas y casi siempre los taxistas son educados y encantadores.

Me van a caer palos por el último comentario, porque todo el mundo tiene en mente el cliché del taxista facha, pesetero, maleducado, gruñón y pesado con la Cope a tope o Radio Olé aún más a tope. Pues sí, haberlos, haylos, pero de verdad que son una excepción.

Como también fue una excepción el de ayer por la tarde. Nos subimos. "Buenas tardes, a la calle Velázquez número tal, por favor". Y de repente, una vez bien asentado y en marcha, escucho de fondo a una soprano desgañitándose sobre una música tan difícil como sublime. Y lo reconozco de inmediato: el final del Acto 1 de Lulu, de Alban Berg, una de mis óperas favoritas. Hay taxistas en Madrid que se ponen ópera dodecafónica para entretenerse mientras trabajan. Pero ¿cómo no me va a gustar esta ciudad?



Descubro con gran pena que ya no hay en la web vídeos de la Lulu que Christine Schäfer, la mejor intérprete del personaje de los últimos años, cantó en Glyndebourne. Pero sí está éste que dejo, con Anja Silja, la mejor Lulu de todos los tiempos.

Y dejo otra Lulu que también merece la pena.

lunes, 10 de agosto de 2009

Agosto



Llevo muchos años pasando la mayor parte del mes de agosto en Madrid. Siempre ha sido un buen mes para estar aquí: supuestamente hace ya menos calor, supuestamente hay menos gente, supuestamente hay menos tráfico, supuestamente...

Las cosas han cambiado mucho, la verdad. Antes Madrid se vaciaba por completo durante la práctica totalidad del mes, pero ahora ya no es así, se queda mucha más gente. Lo achaco a tres factores distintos, que se superponen. El primero es que la gente no es tonta, ni yo el más listo de la clase. En Madrid en agosto, la verdad, se está muy bien, sobre todo porque el ritmo de la ciudad se relaja, tenga uno que trabajar o no. El segundo factor es el cambio demográfico de la última década: leo por ahí que más del 20% de la población de la ciudad es extranjera y los foráneos no tienen la obsesión por largarse en agosto (y una mayoría de ellos, además, no pueden si no quieren perder su trabajo, no lo olvidemos). Finalmente, está el turismo. Hasta hace relativamente poco a Madrid venía un turismo muy de fin de semana, de corte europeo-culto. Éstos siguen viniendo, pero también hay mucho jovencito en busca de marcha y paraísos artificiales fáciles, mucha familia italiana y francesa, mucha pareja de gays de mediana edad. Ya lo decía MacNamara: "Mucho guiry, mucho gay".

Este fin de semana pasado he estado en dos de los sitios que para mí significan el agosto madrileño. Son dos de mis sitios favoritos de la ciudad, como también lo son de tanta otra gente, no voy a descubrir nada nuevo.

El Jardín Botánico es uno de esos lugares que a uno le cuesta comprender que hayan perdurado en el tiempo. A punto estuvo de desaparecer tras la guerra civil, abandonado a su suerte. Pasaron décadas de abandono (nunca total, siempre hubo jardineros que lo cuidaron con sumo cariño, dentro de sus posibilidades) hasta que volvió a abrir, a finales de los años 70. Mi madre me llevó a visitarlo esa misma semana en que abrió de nuevo al público, y yo no he dejado de ir con regularidad desde entonces. Hace justo 20 años estaba yo en la fase final de mis oposiciones y me pasé todo el mes de agosto estudiando en los bancos del jardín botánico (y también en los del patio del Reina Sofía, sobre el que escribiré pronto). Siempre he estudiado tumbado, también me gusta leer en horizontal no sé muy bien por qué. Me llevaba mis temas, me tumbaba en un banco con sombra y ahí me quedaba. Entonces la entrada costaba un duro, ahora cuesta dos euros (es decir, en 20 años el precio se ha multiplicado por 64). Entonces estaba vacío en agosto. Ahora está lleno.

Hay algo muy satisfactorio en el jardín botánico y deriva de la continuidad en el tiempo. Fue creado como tal, con su diseño a tiralíneas, por los ilustrados del siglo XVIII y así ha seguido, atravesando todas las vicisitudes de una historia tan tumultuosa como la de esta ciudad, la de este país. Pocos jardines botánicos tienen un pedigrí tan noble: quizá sólo los de Florencia (con sus plantas venenosas), Palermo (con su ficus milenario), Oxford (tan cerca del campo de fritilarias silvestres) o el Physic Garden de Chelsea. Aunque agostado, como es de esperar en agosto, siempre hay algo en flor. Ayer había dalias y granados de doble flor, muy roja, los que luego no producen fruta. Los de la foto del inicio.

Mi otro rincón favorito del verano, del agosto madrileño, es la terraza de las Vistillas. Nos llevaba mi madre de pequeños al merendero, seguí yendo por mi cuenta con mis amigos Javier y Antonio cuando estábamos en la universidad y ahora, que vivo cerca, voy al menos una vez a la semana con mi chico, a quien gusta el lugar tanto como a mí. En las Vistillas uno se da cuenta de uno de los grandes lujos de esta ciudad, y es su proximidad a la naturaleza. Si uno mira hacia el noroeste, sólo ve árboles: primero el Parque de Atenas, luego el Campo del Moro, más allá la Casa de Campo, después el Monte del Pardo y al final la sierra. Si no fuera por la catedral de la Almudena (qué fea es la pobre, y eso que su cúpula encaja bien entre los chapiteles del Madrid de los Austrias), la vista sería aún mejor. En el merendero te sirven cosas muy básicas (pollo frito, tortilla, croquetas, conejo al ajillo), y quizá algo caras, pero todas buenísimas. Y tiene al mejor camarero que exista, Vicente. El otro día fui yo solo a tomarme una cerveza, estaba lleno y me puso una mesita extra para mí. Una chica que hacía cola le pidió que le pusiese otra a ella y Vicente le dijo que no, que es que yo era el dueño y por eso tenía el privilegio. Luego me tuvo que cobarar a hurtadillas para que no se diese nadie cuenta de que había mentido. Es lo mejor.

Las puestas de sol desde las Vistillas son inolvidables, sobre todo a finales de agosto, a finales de verano. Siempre lo digo, no hay luz más bonita, al menos en Madrid, que la de las tardes del final del verano, cuando todo se tiñe en una sucesión de colores fuertes, amarillo oscuro, naranja, rojo, morado. Las golondrinas se van a dormir y salen de paseo los murciélagos, con su vuelo errático tan divertido. La luz se va apagando, Vicente sigue sirviendo pollo al ajillo, sangría y tercios de Mahou, corre la brisa y en seguida se empieza a echar de menos tener una chaqueta a mano y yo me siento feliz de vivir en Madrid. Tanto más ahora, que me queda tan poco.

sábado, 18 de julio de 2009

Madrid (II)

Dedicado a José.

Un acontecimiento inesperado me hace escribir esta entrada corta. José, uno de mis más queridos y viejos amigos, es lector de este blog. Me dejó su primer comentario en mi anterior entrada con el mismo título que ésta y me recordó un montón de canciones sobre la ciudad en la que nací, en la que vivo, de la que me fui, a la que volví, a la que siempre volveré aunque me vuelva a ir, que amo y odio en igual medida.

En 1987, cuando estudiaba en París, un cantante francés de origen hispano-portugués, Nilda Fernández, publicó una canción, "Madrid Madrid" que, escuchada más de 20 años después, me ha gustado mucho. Tiene un punto "chanson" francesa que no recordaba. La voz de Nilda es una maravilla. Advertencia: el vídeo, que no puedo encamar pero se puede ver haciendo click aquí, es casero, horroroso, hace repaso a monumentos madrileños y da comienzo (glups) con las vidrieras de la almudena, diseñadas por no se qué gurú neocatecúmeno. Puede herir vuestra sensibilidad, pero podéis optar por seguir leyendo y escuchar. Lo siento, es lo que hay en YouTube...

... aunque no lo único. El inefable Miguelito Bosé hizo una versión de la canción algún año después. Recordemos, estamos en ese momento que ya he descrito en entradas anteriores de cambio de década, de pelotazo económico, de mariocondismo, de creencia de que esto era el centro del universo cuando en realidad Madrid no era más que una nueva rica embutida en un traje demasiado ajustado al que le reventaban las costuras. Algo que ha sido y será siempre y que no deja de ser parte de su encanto, por otra parte. El vídeo de Bosé es terrorífico de lo puro pretencioso, en blanco y negro, con trasfondo bollo-Torroja y un final tan improbable como guapo es el acordeonista que roba unos segundos de imagen. Bosé tampoco estaba nada mal, pero ya había entrado en el camino equivocado.



José tiene un blog, Afinidades electivas, que ya está incluido en mi blogroll, muy bien escrito, culto y elegante, como él. Eso sí, no deja entrever su alter ego camp, la enigmática Loli Peral, que tanto me gusta. No os lancéis a elucubrar, mal pensados, José es exclusivamente heterosexual. Pero todos llevamos una Loli dentro, ¿no?

Gracias, José por recordarme este himno de 1981, perdido en los pliegues de mi memoria. Por cierto, el vídeo es casero pero fabuloso.

viernes, 10 de julio de 2009

Madrid

He aterrizado esta mañana en Madrid justo cuando amanecía, tras un viaje realmente agotador que me ha hecho odiar mi trabajo. Viendo con bastante pena el secarral castellano, las urbanizaciones de los suburbios sin terminar, la nube de contaminación y el extraño skyline de la ciudad, me he acordado de esta canción, que en su momento me gustó mucho, que acabé detestando (no es mi estilo) pero que por algún motivo ha venido a cuento.



A ver si escribo algo este fin de semana.

jueves, 18 de junio de 2009

Escaparates y fachadas: Museo Chicote

En realidad éste es una entrada muy breve para remitir a otro blog, un blog extraordinario, Revisión del Interior, escrito por unos profesionales del diseño y el interiorismo y que hace repaso a tendencias de arquitectura y diseño. Su buen gusto es increíble, tan increíble que me pidieron una colaboración. Me mandaron un mensaje a mi entrada sobre Enrique P y me pidieron que escribiese sobre el diseño de las tiendas "modernas" de Madrid de mediados de los años 80. A mí me gusta mucho el diseño y la arquitectura y sé algo al repecto, pero no para escribir sobre nada a fondo. En algún momento, como me insistían, me armé de valor y les sugerí escribir algo sobre Chicote, un bar atemporal de Madrid y de los pocos ejemplos de art déco en la ciudad, y me pidieron que lo hiciese.

El resultado se puede leer, y ver, en este enlace. El texto es mío, salvo el primer y último párrafos. Las fotos son de los chicos de Revisión del Interior. No es porque yo haya escrito un post, eso es una anécdota, pero os recomiendo fervientemente que sigáis su blog. Si os gustan estos temas, os apasionará tanto como a mí, Si no os gustan, hará que os gusten.

Dedicadle un tiempo a su blog, de verdad, es una maravilla.

sábado, 13 de junio de 2009

Rotación de silbante

Dedicado a Notorious

En mi antigua oficina había un guarda de seguridad muy simpático que todas las mañanas me espetaba: "Buenor díar don Fernando".

Sí, lo he escrito bien. Decía Buenor díar, con erres en vez de eses. Cuando se lo comenté a Notorious me dijo que eso se llama una rotación de silbante. Es decir que la consonante silbante, la "s", rota, es decir se vuelve "r", al estar situada antes de una "d". Se trata de un giro muy madrileño, que se oye a todas horas por esta ciudad, en modo más o menos pronunciado.

Además de filóloga, Notorious es neoyorquina. Está acompañada en la vida por un señor ejemplar con quien ha tenido dos hijas fascinantes y monísimas, llamadas Polvorete y Brillantina. Nunca me canso de escuchar las historias de las niñas, en parte porque son desternillantes (una de ellas quiere ser cabrera -para estar tumbadita en la hierba y ver pasar las nubes- y la otra chuchera -pero nada de despertarse temprano, abrirá la chuchería sobre la 1 o las 2) y en parte porque es fascinante comprobar en qué se parecen los niños a sus padres. Y no me refiero al típico "ha sacado los ojos de su madre y la nariz de su padre", sino al comportamiento y a la personalidad. Nos parecemos a nuestros padres, bastante más de lo que creemos y desde luego mucho más de los que nos gustaría, pero a edades tempranas es muy divertido observar a los niños para diseccionar personalidades.

Según me contaba su madre (que sabe que me encantan sus historias), una de las cosas que más les gustaba hace unos años a Polvorete y Brillantina en sus juegos era hablarse de Usted. A mí me gusta mucho hablar de Usted, a pesar de que estoy rodeado de personas que lo consideran clasista y poco igualitario. Yo no lo creo así, me parece que es una simple señal de educación y de respeto. Y sirve para poner distancias, que a veces es muy útil y muy necesario. Cuando mi madre estaba en el hospital, tras sufrir un infarto, no comprendía por qué las enfermeras le llamaban de tú y menos aún que le recriminasen por llamarles a ellas de Usted. En Francia no tienen ese problema, y de hecho recuerdo que mis compañeros de facultad en París no me tuteaban hasta que no hubiese un acuerdo mutuo y recíproco de pasarnos al tú. Y allí a un profesor no se llama de tú ni muerto. Es hasta corriente que parejas que están follando y no se conocen del todo bien sigan hablándose de Usted en plena acción. A mí me ocurrió una vez, hace ni se sabe, y me resultó delicioso.

Debe ser la edad, o la educación que he recibido, pero soy un gran defensor del Usted. Como les tengo bastante tirria a dependientes y camareros (salvo a aquellos a los que adoro, claro), detesto que me llamen de tú en restaurantes y tiendas, excepto cuando voy a alguna "cool" en la que intento parecer joven e inevitablemente me llaman de Usted, justo cuando más desearía un tú. Pero, frivolidades aparte, lo que más pena me da es que el Usted se está perdiendo del todo, definitivamente. Los jóvenes no saben utilizarlo (salvo el muy andaluz "Ustedes sabéis") y si saben hacerlo no parecen ser capaces de identificar las situaciones (o las personas) ante las que deberían utilizarlo.

Por eso era tan sorprendente la expresión del segurata regordete y bonachón que me daba los buenos días cada mañana. No choca tanto la rotación de silbante como el uso del Usted por un hombre más joven que yo y que tampoco me debía ningún tipo de reverencia o respeto, hasta ahí podíamos llegar. Simplemente optó por ser educado ante alguien con quien no iba a intercambiar más palabras que ésas.

Y es que con Notorious, que domina el lenguaje como pocas personas, uno acaba jugando siempre con las palabras. La última vez que estuve en Nueva York, íbamos ambos un día con prisas, ni ella ni yo teníamos tiempo de sentarnos a comer aunque habíamos quedado a tal fin y acabamos zampándonos mientras andábamos por la calle (aún quedaba nieve y hacía mucho frío) unos bocadillos de escándalo. El mío era de roastbeef, iba goteando que daba gusto. No sé cómo no me puse perdido. Comer por la calle sí que es lo peor, no lo haría en Madrid ni muerto, pero en NY como que no importa porque lo hace todo el mundo. Me fijé en su abrigo, una parka negra muy chula y le dije que me gustaba mucho. Ella me contestó: “Pues a mí no sé si me gusta, yo me veo en plan Lolita”. Y añadió unos segundos más tarde, como si hiciese falta explicación: “Quiero decir, la del Pescaílla, no la de Nabokov”. Muy “Che Guevara and Debussy”, ¿a que sí? ¿A quién habrán salido sus hijas?

lunes, 8 de junio de 2009

"Todo el día en Ras porque eres lo más"

Dedicado al Duque Don Manuel



No, no vuelvo a la nostalgia pero cierro el capítulo "movida" con este clip delirante de Almodóvar y McNamara que hace contínuas alusiones al Ras, mítico bar gay de Chueca del que también he hablado (quizá demasiado) en comentarios a posts propios anteriores.

Si cuelgo el vídeo es, además de para dedicárselo al Sr. Duque, recién incorporado lector y el único al que no he dedicado nada aún (creo), para contar la historia de la letra de la canción, si es que alguien no la conoce. En el estribillo, A&M cantan "Qué divina estás, qué sílfide estás, todo el día en Ras, porque eres lo más". Pero no es así, en realidad la letra tiene truco y lo que dice es "Qué divina es Tass, qué sílfide es Tass....". Y al final, ya sin claves semánticas, gritan abiertamentemente "¿Dónde está la Tass, dónde está la Tass?, uh-uh, la estás buscando tú, la estoy buscando yo". Y bien, ¿quién es la Tass?

La Tass es Miguel Ángel Arenas, conocido como Capi y personaje importante de aquellos años de efervescencia en Madrid. Hizo sus pinitos con la música ("un disco grabó, y nadie lo compró") de la mano de Tino Casal, pero rápidamente se dedicó al "management" de artistas, en plan lo que hoy hace el innombrable Vaquerizo. Es posible que me equivoque, pero creo que Capi formaba parte de un grupo de amigos de Carlos Berlanga conocido como las Pepis (la movida no era gay, qué va), donde estaban aspirantes a artistas (serios) como Marcos Ordóñez, Javier Pérez de Ayala, Javier Pérez-Grueso o el propio Pérez-Villalta de quien ya he hablado.

A lo que iba. Miguel Ángel Arenas, que de tapadillo había sido el manager de Los Pecos, consiguió en poco tiempo serlo también de.... ¡Mecano!, grupo en las antípodas del pegamoidismo más auténtico pero los que más discos vendían y más galas hacían. Un chollazo. No sé si alguno recordaréis un episodio curioso, pero un día del verano del 82, todas las radios y televisiones dieron la noticia de que Ana Torroja había muerto en un accidente de tráfico (terrible presagio del que sí sufrió, la pobre, hace unos meses). La noticia falsa se propagó como la pólvora y llegó a la mesa de la terraza del Teide, la más moderna del Madrid de inicio de los 80, en pleno paseo de Recoletos, donde estaba la troupe Almodóvar de marcha. Al enterarse, Capi, el manager, se puso histérico y se fue a una cabina a llamar por teléfono. Claro, no había móviles entonces. Al parecer iba y volvía a la cabina cada minuto, compungido por la noticia pero sin dejar la compañía de A&M y demás contertulios de noche, sin duda calurosísima, madrileña.

En una de éstas, después de ni se sabe cuántas llamadas, idas y venidas, Fabio de Miguel le soltó al Capi que con tanta noticia parecía la agencia (de noticias soviética) Tass. Típica genialidad espontánea de Fabio, el personaje más auténtico de toda esa época. Y Capi se quedó con la Tass. Y de ahí la canción del vídeo, sacado de un programa de TVE para niños, "pista libre".

Años después, Miguel Ángel Arenas fue, al parecer, el descubridor de Alejandro Sanz y sobre él escribió hace no mucho un libro, pero no creo que a nadie que lea este blog le interese un ápice Alejandro Sanz.

Esto parece el blog de Pe-Jota pero en petardo. Claro, que qué más quisiera yo que escribir el blog de Pe-Jota.

jueves, 4 de junio de 2009

Astros

Uno de mis viajes me obliga a salir de casa muy temprano. Tengo que estar en el aeropuerto a las 6 de la mañana y la noche anterior pido un taxi para las 5 y media, que llega a y veinte. Es lunes. Por el centro de Madrid pulula bastante gente que aún no se ha acostado. El típico grupo de jóvenes británicas rubias muy borrachas, con faldas demasiado cortas para el grosor de sus muslos, las sandalias de tacón en la mano y los pies desnudos en la acera dando grititos etílicos. Algún listillo con pinta de dealer, ojo avizor para servir a quienes puedan necesitar algo que les permita seguir despiertos unas horas más, o incluso todo el día siguiente. Los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajando a destajo. En Cibeles veo un grupo de latinoamericanos, pero éstos no están de marcha, van sin duda de camino al trabajo después del madrugón habitual. En mí el madrugón es circunstancial, en ellos es rutina. No me puedo quejar. Bastantes taxis libres circulando por las calles, siempre me han gustado las lucecitas verdes salpicando la noche. Mi taxista es encantador, me cuenta que acaba de empezar la jornada y hablamos de Nadal, el pobre, que ha perdido. Seguro que ahora empezamos todos con la cantinela: “Ya te lo dije yo, si no es tan bueno, mira qué pronto ha pinchado”.

Al salir de casa me fijé que en el cielo occidental refulgía Sirio. Porque Sirio refulge, centellea y cambia continuamente de color. En Madrid no se suele ver bien, pero esta mañana (“Nunca he dado un paseo de día, he estado muchas veces en Tiffany’s a las 6 de la mañana, pero eso aún cuenta como noche, ¿verdad?” decía Holly Golightly) brilla mucho, aunque es posible que lo vea de este modo porque sigo dormido y además no he desayunado. Desde el taxi, ya en la autopista, veo en el cielo, al sureste, una luz que ilumina el firmamento como una bombilla incandescente, ésas cuyo uso pronto nos van a prohibir. Al principio pienso que es un avión aterrizando en Barajas, pero no, es Venus, el lucero del alba, que se ve toda la noche pero luce en todo su esplendor cuando empieza a despuntar el día. Y ya se puede adivinar un halo de luz tenue en el horizonte oriental.

Cuando era pequeño, mi madre me despertaba a veces en plena noche, en verano, para ver las estrellas. No sé por qué se me pone un nudo en la garganta al escribir esto. Nos despertaba a mis hermanos y a mí para que viésemos el espectáculo del cielo, estrellas, planetas y constelaciones. Nos enseñaba la Vía Láctea que yo, adormilado, nunca podía discernir. Hasta que un día lo hice y me maravillé de su inmensidad y la sutileza con que la exhibe. Me mostró Antares, mi estrella, y me enseñó la forma del escorpión, mi signo, en el cielo de Málaga. Años después me acordé de ella cuando vi en el desierto de Wadi Rum, en una noche memorable que pasé a la intemperie con Antonio y Javier, mis más antiguos y queridos amigos, los satélites artificiales en movimiento, como pequeñas y lentas estrellas fugaces sin estela.

Ahora, siempre que estoy de viaje mi chico me manda mensajes recordándome que me fije en la luna creciente o menguante (como buen conocedor y amante de la luna no la admira tanto cuando está llena como en sus otras fases) o diciéndome por ejemplo que me fije en el horizonte occidental al atardecer pues en la latitud en la que me encuentro podría ver Mercurio, el más escurridizo de los planetas y que yo sería incapaz de identificar sin su ayuda. Ahora, después de un día que no ha existido, en el que salí de casa de noche y llego a mi destino de noche y en un hemisferio distinto, veo desde el avión, justo encima del horizonte, la Cruz del Sur. Y estoy deseando aterrizar para llamarle y contárselo.

Hay momentos que, al vivirlos, uno sabe que los va a recordar para siempre. Hace cuatro años se produjo un fenómeno que no se repetirá en más de un siglo: el solsticio de verano coincidió con la luna llena. Vivíamos entonces al borde el mar y fuimos la familia entera a ver la salida de la luna. Nunca he comprendido como en aquel lugar, una colina de un parque urbano sobre la costa, en aquel momento de confabulación astral, no había nadie más que nosotros tres, mi chico y yo, abrazados, mirando la luna surgir, inmensa y roja, entre unas islas lejanas sobre el mar y nuestra niña, Lulé, ya ciega, sorda y casi incapaz de andar, con la cabeza bien levantada y sus largas orejas de cocker al aire, olisqueando los aromas del mar, disfrutando de la única percepción sensorial que le quedaba, moviendo el rabo con fruición. Tremendamente feliz, a pesar de todo, de su edad y sus limitaciones. Supe en aquel instante que ese momento, tan exquisito, tan perfecto, tan bello, tan feliz, tan cósmico, en que nos unía un astro, quedaría para siempre fijado en mi memoria. Supe también que sería la última luna llena que pasaríamos juntos los tres. Dos semanas después enterrábamos a Lulé. Es raro el día que no me acuerde ella y de los quince años y las muchísimas lunas llenas que pasamos juntos.

Al aterrizar, he llamado a mi chico y al decirle que había visto la Cruz del Sur me ha preguntado si también podía ver la constelación del Centauro. No he sabido qué decir, porque la verdad es que no sabría ni dónde buscarla. Y es que en materia de astros, como en otras tantas, sin él, mi astro personal, estoy perdido.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La canción pop perfecta: "Perlas ensangrentadas" de Dinarama + Alaska

Éste es el post que más me ha costado escribir. No entiendo muy bien por qué, la verdad. Lo habré empezado al menos 10 veces. Releía lo escrito, no me gustaba nada y lo borraba. Así que lo voy a escribir directamente en blogger y no pienso releerlo ni corregirlo, así que perdón por los gazapos.



"Perlas ensangrentadas" es, para mí, mucho más que una canción pop perfecta, que lo es. Siempre he pensado que es quizá la mejor canción pop escrita nunca en castellano, o al menos en España. Para mí, además, simboliza toda una época mucho más que las primeras películas de Almodóvar o las fotos de Pablo Pérez-Minguez.

La canción tiene un ritmo contagioso y unos arreglos fabulosos, con sintetizadores a la última (en aquel momento) y guitarra distorsionada. Fue un enorme acierto de Carlos Berlanga, cuando se fue de los Pegamoides y montó Dinarama, escoger músicos de estudio, en este caso el teclista Marcos Mantero (un oso andaluz que había tocado en Imán, grupo de flamenco-sinfónico pesadísimo) y el guitarrista Ángel Altolaguirre. El formato es sencillo: estrofa, puente, estribillo. Sólo seis acordes, no puede ser más básico. Muy buena melodía y un estribillo sumamente pegadizo. En la tercera estrofa desaparece la caja de la batería y la guitarra rítmica. La letra a mí me impresiona. Cómo se puede decir tanto (es un relato de Raymond Chandler casi minimalista) con tan poco. Además utilizan el nombre Renée, que me encanta y a quien yo imagino como una trans como dios manda. La canción tiene además algo que toda canción pop perfecta debería tener: un final perfecto, en vez del habitual "repeat to fade" que suele ser producto de la falta de imaginación de los productores de turno.

El vídeo es fabuloso. Carlos luciendo su mentón Hollywood, sus orejas de soplillo que le quitaban la gravedad de su expresión y su sombrero (que es más Haircut 100 o Scritti Politti que Bogart), y Alaska aún en etapa after-punk. Hay algún plano precioso, como el de la salida de los dos hacia el ascensor, con el hueco de la escalera a la izquierda y el pasillo a la derecha, que parece un espejo pero es por donde salen, todo muy Hopper en blanco y negro. Lo hizo Estoc de Pop, un programa de la TV3 catalana.

No soy quien para escribir sobre los primeros años 80 en Madrid. Yo cumplí 16 años a finales de 1980 y viví aquella etapa creyéndome que estaba en el centro del universo pero sabiendo que lo que pasaba en realidad es que un puñado de gente (creo que ya lo he escrito aquí, Nacho Canut siempre dice que no eran más de 50) con inquietudes creadoras y algo de talento se había sacudido complejos pasados y le echaban mucha cara a al asunto. Lo increíble es lo que ha salido de aquella época. No sólo canciones memorables, como ésta y tantas otras ("Groenlandia", de Zombies; "Branquias bajo el agua" de Derribos Arias; y, sí, "Chica de ayer" de Nacha Pop), sino artistas de primera línea, como Guillermo Pérez-Villalta y Sigfrido Martín Begué, quizá algo olvidados hoy de puro clásicos que son, o, por supuesto, Costus, en cuya casa empezó todo y que si viviesen hoy estarían, no tengo duda de ello, en el mismo altar que ocupan Jeff Koons, Takeshi Murakami y Damien Hirst. Por no hablar de cierto cineasta que lleva a cuestas dos Oscars y ni se sabe cuantos premios.

Carlos Berlanga y Nacho Canut son en mi opinión, y con permiso de los chicos de Astrud y de Guille Milkyway, los mejores compositores de canciones que ha dado este país. Me atrevería a decir que el verdadero genio, malgré lui, es Nacho Canut. Fangoria ha seguido una carrera con altibajos pero alcanzando en ocasiones cotas de calidad altísimas y es sin duda gracias a él. Las letras siguen siendo buenísimas, y las armonías también. Los bajistas tienen esa ventaja, que son los que marcan armonías y los que acaban encontrando las más bonitas. Es un personaje extraño, Canut, un cascarrabias tremendo con un optimismo vital envidiable, siempre mirando hacia adelante, negándose a caer en el juego de la nostalgia del que tantos otros supervivientes de aquella época siguen viviendo, arrastrándose por los escenarios sin material nuevo, repitiendo lo mismo de hace casi 30 años. Y no, no me estoy refiriendo a Antonio Vega. Su única concesión a la nostalgia es "A quien le importa", pero si dejasen de tocarla su público natural y más fiel les daría la espalda. No se lo perdonaría jamás.

"Perlas ensangrentadas" es de 1983 y los puristas dicen que para entonces la movida ya estaba muerta. Es posible. Depende de lo que se considere la movida. La explosión de creatividad sí, estaba terminada ya. La explosión de vitalidad no hacía más que empezar. En algún momento de los años 90 me di cuenta de que la movida, al menos para mí, era en realidad la explosión gay, la rebelión homosexual, la visibilidad queer. Almodóvar, Fabio, Pérez-Villalta, Martín Begué, Pablo Pérez-Mínguez, Manuel Piña, Berlanga, Canut, Bernardo Bonezzi, Costus, Eduardo Haro Ibars, y tantos otros, unos vivos, otros muertos, a manos del sida o de alguna adicción. Todos maricas, todos creadores excepcionales que dan sentido a toda una época.

Hace algo más de un año fui a la inauguración de la última exposición de Guillermo P-V en la galería Soledad Lorenzo. Llegué muy temprano, como también llegó muy temprano Almodóvar. Era muy tierno verlos a ambos hablando y riendo en un rincón. Me moría de ganas de pegar la oreja para oir de qué hablaban, los dos tan.... viejecitos. Es que no hay otra palabra. Sólo se dejaban interrumpir por alguna señorona botoxeada que les espetaba: "Ay Guillermito me encantan estos cuadros, son diviiinos, una monada! Pedro, cuántas ganas de que estrenes algo pronto, que ya lo echamos en falta. Estáis ideales y delgadííísimos". Algo que nadie se ha atrevido a escribir es que, con independencia del origen social o económico de los artistas, músicos o directores de cine, la movida (no encuentro otra palabra para referirme a esa época, lo siento), ese primer momento tan creativo, fue abrazada desde el primer instante por la alta burguesía y la aristocracia madrileñas. Las fiestas en honor de Andy Warhol, lo que todos veíamos como el momento de consagración de un movimiento artístico y de toda una era, las organizaron Carlos March y Alvaro Hachuel, no fueron en Rockola. Fernando Vijande, un galerista de arte conservador (que trajo precisamente a Warhol a Madrid y a quien también se llevó el sida) apostó por Costus cuando nadie daba un duro por ellos. Estas señoronas asumían que sus hijos eran y seguirían siendo modernos y maricas y por ello abrazaban esa modernidad que probablemente no comprendían pero que les sería más digerible si conseguían hacerla suya. Quizá también se creyeron que Madrid era el centro del mundo ("Y, dígame ¿dónde está la movida?" le preguntó la presidenta de Islandia al rey) y no querían dejar de dejarse ver.

O a lo mejor es que tenían tantas ganas de divertirse como las teníamos todos. Porque realmente fue todo muy divertido. Hasta para quienes lo veíamos a distancia pero con la mirada llena de ilusión, de admiración, de deseo y, por supuesto, de glitter.

viernes, 15 de mayo de 2009

Antropofreak

Qué buen título para una película, un libro o un blog, ¿verdad? Además no requiere traducción, funciona en casi todos los idiomas. Debería registrarlo. Aunque seguro de que ya lo está. Demasiado bueno para que se me haya ocurrido a mí, que yo si que ando justito de talento. Mejor no lo googueleo. Que me decepciono.

¿Qué cómo se me ha ocurrido? Pues pasando la mañana del día de San Isidro en Madrid solo en casa, sentado ante la pantalla de un ordenador, leyendo y comentando blogs, viendo vídeos en Youtube, contestando a los comentarios de la entrada anterior, comiendo cheetos en homenaje a Britney. Estoy solo este puente en Madrid porque mi chico se ha ido unos días por trabajo a EEUU. A mí antes se me daba muy bien estar solo, pero ahora ya no tanto, la verdad. Hasta el punto de que en momentos como éste me interesa más el mundo virtual que el real. Pero sólo hasta que el mundo real me ofrece cosas de tipo, digamos, antropofreak, algo que el virtual no ofrece.

Yo tuve en la facultad un profesor de derecho penal muy bueno que siempre nos decía que “la realidad supera a la ficción”. Había organizado un grupillo de alumnos de tipo experimental y nos ponía un montón de casos prácticos a resolver, muchos de ellos algo grotescos pero siempre verídicos. Recuerdo muy bien el de una viejecita que en los años 50 ó 60 envenenó a su marido, lo acostó una vez muerto en la cama, durmió abrazada a él, lo descuartizó a partir del día siguiente, fue dejando trozos de su cuerpo en papeleras de su barrio (¿una salidita a la calle? pues se llevaba una bolsita con un pie, una oreja o un omóplato) y se guardó de recuerdo la cabeza en una caja de galletas. Le daba pena tirar la cabeza, confesó compungida cuando al final la pillaron. Qué haría con las partes pudendas, uno se pregunta. ¿Y con los intestinos?

Pues eso, que la realidad supera a la ficción. Encontrábame yo ante la pantalla en la que salen escritas estas mismas palabras cuando veo por el rabillo del ojo a través de la ventana un grupo de gente vestida de chulapos y manolas isidriles llegando a mi plaza. Vivo en pleno centro de Madrid y ese tipo de demostración de localismo colorista se da mucho en mi barrio. Tiene su gracia, siempre que te dejen dormir por la noche, claro. Unos minutos más tarde escucho cantar a un coro. Me asomo a la ventana y no, no era la chica de ayer sino los chulapos y las manolas en corrillo cantando cancioncillas de tipo misa. Yo he ido muy poco a misa en mi vida, por ello soy incapaz de discernir con claridad si eran canciones de misa o no, pero esa impresión me daba. Además, como cantaban muy bien, estaba todo muy ensayado y hasta hacían parte de la instrumentación “a capella”, deduje que tenían que ser gentes de bien. Daba gusto.

Justo cuando me volvía hacia mi pantalla mágica (al no estar mi marido monopolizo su Mac de teclado fluido y pantalla gigantesca) vi que en un piso al otro lado de la plaza estaba un chico, con el balcón abierto, haciendo yoga. O taichi. Cómo me gustó el chico, oye, nunca antes había reparado en él, una monada con su barbita, su pecho peludín al descubierto (llevaba pantalones de deporte, malpensadas) y sus movimientos tan lentos. El punto James Stewart de la situación añadía mucho interés, porque yo soy más fijón que mirón, pero cuando me pongo, me pongo. Mirando y admirándole me encontraba cuando salió su novia y se puso entre medias, hablando por teléfono y fumando en el balcón. Qué ordinaria. Qué poco me ha gustado, tenía pinta de marimandona. Seguro que no se merece un chico tan guapo y sensible.

Me volví a lo mío, a mi pantalla y mis blogs. Pasan unos minutos y, dejándome llevar por la cancioncilla del coro (para entonces ya había un corro de gente a su alrededor, aplaudiéndoles y animándoles, además del típico grupo de turistas holandeses gordos filmándolo todo) me doy cuenta de repente de que la música me suena. Cantaban la melodía las chicas de voz más aguda, los bajos marcaban ritmo y los demás, las voces intermedias, hacían algo parecido a una instrumentación. Yo pensando: “Esto me suena, esto me suena...”. Y justo me doy cuenta de que reconozco la canción cuando se juntan todas las voces y al son entonan: “A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga...”. Me levanté tan raudo como pude y contemplé la escena. Tengo que admitir que ya no me parecieron tan de misa, sobre todo cuando comprobé que dos chicos, uno con barba, alto y delgado y otro rechonchete y con mucho pelo, ambos con gafas, lanzaban al aire las manos abiertas y destapaban el tarro de las esencias de su pluma. Daba la impresion de que los zapatos de chulapo iban a convertirse en stilettos de tacón en un momento total “Rocky Horror Show”. En realidad era un momento antropofreak.

Por un instante pensé que esto era obra de Pasaelmocho. Quienes seguimos su egregio blog sabemos que el Sr. Mocho está en proceso de composición de un “grand opéra”, llamada “Zitronella”, y de verdad que pensé que esto, tan bien cantado, tan bien ensayado (porque estaba ensayado y bien preparado que te cagas) podría encajar en esa obra magna, que por lo que cuenta me da que va a ser un cruce entre Cavalleria Rusticana, Jenufa y Dinorah (pero sin la cabra). Como no tengo el honor de conocer en persona al señor Mocho intenté identificarlo (siguiendo los indicios que deja en su blog), pero su papel natural en este montaje habría sido el de director del coro y ese puesto estaba ocupado por una gorda líder de pro (escribiré pronto sobre la gorda líder, lo prometido es deuda). Aunque no quería quitar ojo al espectáculo de la calle me volví un segundo a la pantalla y comprobé en su blog que el Sr. Mocho se encuentra, como todos los residentes de Madrid con dos dedos de frente y al menos 50 euros en el bolsillo, fuera de la ciudad. Es decir, que no podía ser obra suya. Una lástima, habría podido invitarle a una limonada. Otra vez será.

La verdad es que los miembros y miembras del coro eran por lo demás de lo más variopinto, había todo tipo de edades, tamaños y condición. La situación me recordó por algún motivo a otro momento antropofreak que viví hace como un cuatro de siglo en la celebración de una primera comunión en una iglesia “bien” de un barrio madrileño con muchos posibles. El convite fue en la sacristía de la iglesia, organizado por unos curas muy bien dispuestos, que se desmelenaron, literalmente, cuando la DJ (una monja con toca marrón) puso “Like a Virgin” de una tal Madonna. Edificante. También me recordó al día que mi amiga Anabel montó a un grupo de curas a un escenario a hacer una coreografía al son de “Fresas salvajes” de Camilo Sesto. En Mozambique, que tiene aún más mérito.

Me está gustando esto del antropofreak, fíjate. Igual hasta doy comienzo una nueva serie de entradas. Podría hablar en ellas, por ejemplo, de los tipos que se ven en los aeropuertos. Es que no me puedo creer que aún no haya escrito sobre aeropuertos, si me paso media vida en ellos y se ven las personas más interesantes, a la par que disparatadas. Si es que voy sin rumbo.

viernes, 10 de abril de 2009

Escaparates y fachadas: Almirante Seis



Almirante Seis es una tienda de ropa de hombre que está en el número 6 de la calle Almirante de Madrid. Su escaparate es elegante: líneas blancas muy puras, cristal a ambos lados, con una lámina curva en el centro del lado opuesto a la puerta, el derecho. Por dentro el espacio parece más grande de lo que es, en gran medida porque está limpio de estorbos, toda la ropa está pegada a las paredes y sólo hay una pequeña mesa con la caja y una silla situadas delante del murete de separación de la zona de probadores y la escalera que sube a lo que era la sección de ropa de mujer de Enrique P.

Y es que esta entrada tiene algo de trampa porque no es sobre el diseño de Almirante Seis, que es ciertamente bueno, sino sobre Enrique P, la tienda que ocupaba el local y para la que fue diseñado el espacio, creo que por Mariano Bayón. Enrique P era la tienda de ropa de referencia en el Madrid de finales de los años 80. Si uno se fija en los títulos de agradecimiento de las películas de Almodóvar de la época (ésas que yo critico, por mucho que las venere, por su estilo de “nuevo rico”) encuentra el nombre de la tienda.

Pero es que esa época se pareció, a menor escala, a la que acaba de terminar, fue el primer sorbo que le dimos a la cultura de consumo conspicuo y a las apariencias de la afluencia. Se abrían entonces los espacios de ocio Archy y Teatriz (con diseño de Philippe Stark, del que aún queda bastante, 20 años después), triunfaban los de la Rosa, Mario Conde y otros que, como los Barrionuevo y Vera, acabaron en la cárcel. Los pisos en ciertas zonas de Madrid alcanzaron por primera vez el millón de pesetas por metro cuadrado. Se construían la torre Picasso y las torres KIO (que estuvieron mucho tiempo sin acabar). La “movida” (que, como dice Nacho Canut –sigo teniendo pendiente escribir sobre él-, no eran más de 50 personas) llevaba ya muchos años muerta y había sido sustituida por la “marcha”, para la que no hacía falta talento, sólo ganas de diversión y que además ciertos polvos blancos de origen andino contribuían a amplificar. Valía todo, la cocaína, los desfalcos y el GAL. No éramos 50, sino muchos más, pero parecía que nos conocíamos todos.

La calle Almirante, la “rive gauche” madrileña le llamábamos, aún conserva de aquella época las tiendas Berlín y Ararat y, en portales distintos de los originales, las de Jesús del Pozo y Elisa Bracci, pero Enrique P cerró hará algo más unos diez años. Fue la tienda que trajo a Madrid la ropa de Antonio Miró, vendió o intentó vender la de Manuel Piña, introdujo en España por primera vez la ropa para hombre de modistos clave como Comme des Garçons o Romeo Gigli, quizá el único artista verdadero de la moda –y sobre quién también tengo que escribir algún día, sobre todo ahora que vuelve a diseñar. La tienda tenía el nombre de su fundador, Enrique P (siempre he pensado que Laura P, el personaje ficticio de La Ley del Deseo, adopta su misterioso apellido) y sufrió su primer revés cuando éste se lanzó al vacío desde el balcón de su piso, bastantes alturas por encima de la tienda, tras enterarse de que tenía sida. Su pareja, Javier, siguió con el negocio, ayudado por un dependiente fabuloso, Ramón, que acabó como tantos otros con serios problemas por consumo de sustancias psicotrópicas y que en su día me regaló cassettes (qué barbaridad, cassettes, no puede haber pasado tanto tiempo) con su música favorita, entre la que se encontraban las Hermanas Goggi y mucho, mucho chochi y aún más house, que era lo que sonaba en la tienda. Compraban ahí Bibi y Pedro, Fernando Vijande hasta que murió, Sigfrido Martín Begué, arquitectos, modernos y aspirantes a serlo, niños bien y algún colgado con buen gusto.

También sobrevive de aquella época Emilio, el mejor peluquero de Madrid, que tuvo su primer local en la misma finca de la tienda, justo encima de ésta, y luego llevó su salón, Xiquena, a varios locales hasta llegar al actual en Marqués de Monasterio. Quien esté en Madrid y necesite un corte de pelo, hombre o mujer, que no lo dude.

Me entristeció muchísimo cuando me enteré de que Enrique P había echado el cierre, debió ser en el año 96 ó 97. Una noche, hace ya bastante tiempo, me encontré por ahí a Javier, que ahora tiene otra tienda de ropa en la plaza de Chueca, de cuyo nombre no me acuerdo, quien me dijo que fueron precisamente esas marcas que a mí me gustaban las que le arruinaron. Nadie, salvo algún pirado como yo, las compraba. Y yo sólo compraba algún cinturón o pillaba las cosas caras en las rebajas tan estupendas que hacían (y Ramón me regalaba de todo cada vez que iba, comprase o no).

Precisamente hablando el otro día con Emilio mientras me cortaba el pelo (me dijo que tengo más que antes, cómo no le voy a querer) coincidimos con cierta sorpresa en que a ambos nos había gustado bastante, por no decir mucho, “Los Abrazos Rotos”. Y desciframos entre los dos algunas de las claves de la película, que sin duda tiene un aspecto “roman à clef” que sólo el autor conoce del todo: el financiero millonario que interpreta José Luis Gómez es en realidad uno de los empresarios que acabó en la cárcel a mediados de los 90 y que había colocado a su amante como actriz (pésima) en películas de directores modernos que él mismo producía. El personaje de Ochandiano está basado en el hijo de otro empresario (que se libró por los pelos y por la obra de dios, a la que pertenecía, de la cárcel), cuyo único objetivo en la vida era ser moderno y que ha terminado siendo dueño de una cadena de hoteles y apareciendo con frecuencia en el papel “couché”. No sigo, no sigo, que se me nota de quien estoy hablando y no me quiero ir de la lengua. Aprovecho para contar que lo mejor del pase en el que vi la película, eso sí, fue el comentario de una señora (muy) mayor que estaba detrás de nosotros y que, en medio de la escena del polvo de Penélope con JL Gómez entre las sábanas (que ocurre justo después de la de su polvo con Lluis Homar), comentó: “Pues sí que está atareada la chiquilla”.

Esto es tremendo, presumo siempre de no ser nostálgico y me descubro echando de menos muchas cosas de esa época, que siempre he recordado con mucho reparo, por no decir rechazo. Estoy en plan proustiano, esto se tiene que acabar. Tampoco soy tan mayor. Y voy a empezar a hacer fotos con una cámara, en vez del teléfono, porque salen horrorosas.

Escribo esto en un avión mientras escucho a Yvonne Elliman cantando “If I can’t have you”. Seguro que os parece bien. A mí me encanta, a la chica que está a mi lado y tiene que aguantar mis berriditos, no tanto.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Escaparates y Fachadas: "Filatelia 2000"



En algún momento del último cuarto del siglo XX se dejó de pensar en el futuro. O al menos se dejó de imaginarlo como algo deseable.

En los años 50 y 60 se idealizaba el futuro. Se pensaba en él constantemente, se escribían libros, se hacían películas, series de televisión y de dibujos animados sobre la conquista del espacio. Se construyó la casa del futuro en Disneylandia. Arquitectos “organicistas” diseñaban nuevos aeropuertos con naves espaciales en mente. La maleabilidad del hormigón armado multiplicó a la enésima potencia las posibilidades de expresión arquitectónica.

Casi todas estas demostraciones artísticas (las literarias algo menos) tenían un tono optimista. Los Supersónicos (o The Jetsons). La terminal de la TWA en Nueva York, obra de Eero Saarinen, copiada hasta la saciedad 40 años más tarde por cierto arquitecto valenciano. La Feria Mundial de Nueva York. Se veía el futuro como un mundo de felicidad permanente, nada malo nos podría pasar en una realidad en que las máquinas lo harían todo por nosotros. Lógicamente, estos años coincidían con la carrera espacial, la llegada del hombre a la Luna. Eran años de crecimiento sin dudas ni límites, era fácil ser optimista, ya nos preocuparemos de los problemas más adelante. El año 2000 siempre era un punto de referencia de un futuro mejor. Se miraba hacia el inicio del siglo XXI, al cambio de Milenio y al inicio de la Era de Acuario con ilusión y sin miedos.

Pero claro, se impuso la realidad. La literatura y sobre todo el cine empezaron a oscurecer el tono. 2001, Alien, Blade Runner, incluso la Trilogía de las Galaxias. Ya no pintaban un mundo de ocio post-malthusiano, que diría Stanwyck, sino la realidad que se avecinaba. Se dejó de pensar en positivo del futuro, y la mención al año 2000 debió dejar de utilizarse como señal de promisión futura en algún momento que me cuesta precisar.

No os lo creeréis, queridos lectores, pero éstos eran los pensamientos que llenaban mi mente cuando vi la tienda “Filatelia 2000”, en la madrileña calle de la Cruz, que está fotografiada al inicio de este post. Es curioso, siendo anti-grafitero militante como soy, que lo primero que me llamase la atención fue la aparente simetría entre la puerta de la izquierda y el "graffiti" que cubre la persiana de la derecha. Pero, graffitis aparte, empecé a apreciar un diseño realmente excelente. La tipografía es una "sérif" bastante tradicional, pero el detalle de utilizar negrita para la palabra y quitarla para la cifra es de muy buen gusto. Si uno se fija con cuidado (ya se sabe que las fotos son de móvil) se ve una hilera de focos bajo la marquesina para iluminar el letrero. El diseño del interior, diminuto y abarrotado de objetos, es espléndido: el suelo es de baldosas de cerámica irregulares de corte escandinavo, y se mezcla estantes de estructura cromada y baldas de cristal y madera (yo diría que es ébano, la verdad) y una iluminación fluorescente que hoy no nos gusta nada pero que entonces era lo más moderno.

Me resulta imposible saber cuándo se diseñó y construyó la tienda, y tampoco quiero rebuscar en archivos municipales o del Colegio de Arquitectos porque me divierte más elucubrar. Los suelos, las baldas y la tipografía apuntan a los años 60, pero aquéllos eran años pobretones en España y este diseño es indudablemente lujoso. La elección de mármol negro y marcos de hormigón blanco en la arquitectura de la fachada y la iluminación exterior con "spot light" es puro años 70. No da la impresión de que éstos fueran incluidos posteriormente, sino que parecen originales al diseño integral de la tienda. Sí debió ser añadida más tarde la verja de seguridad, que es un modelo setentero que aún se ve bastante en Madrid. No acierto a adivinar cuándo se diseñó y construyó. Quizá mejor así.

Pero sigo pensando que este diseño tan moderno y que llama tan poco la atención forma parte de esa época de optimismo en el futuro, y de ahí el uso del "2000" para reforzar esa idea. Estuve a punto de entrar en la diminuta tienda a preguntar pero no lo hice tras haberme fijado que los billetes, monedas y sellos que se exhibían en el escaparate daban una preeminencia especial a los que llevaban la efigie de Franco o de Primo de Ribera, haciendo compañía a estampitas de misa firmadas por el papa polaco y fotos del valle de los caídos. No es un terreno en el que yo encaje o sea bienvenido. Y me dio algo de pena comprobar en lo que ha acabado tanta modernidad y tanto anhelo de un futuro mejor y más feliz. Aunque sólo sea un diseño de una tienda de sellos, que es algo que en sí mismo no es nada moderno.

martes, 27 de enero de 2009

Rascacielos


He estado a primera hora esta mañana en una reunión de un tipo al que no suelo ir. Mucho ejecutivo de empresa, de pelo engominado, pulseritas de tela, mocasines con borla y olor a Loewe. A veces se me olvida que existen otros mundos. Y que están en éste. Me sorprende que se me hubiese olvidado que existe este tipo humano, tan común por lo demás en esta ciudad.

Ciudad que resplandecía esta mañana. La foto que he colgado la he hecho con el teléfono desde el cuarto de baño del lugar donde he tenido la reunión y es que la vista me ha dejado anonadado. Siempre me han gustado los rascacielos de la Plaza de España. Casi tanto como detesto las cuatro torres paletas que se elevan en el norte de la ciudad (y que también se veían desde el wc), con una desproporción desmedida y absurda, un encaje pésimo en el tejido urbano y un impacto lamentable sobre la ciudad en su conjunto (me quedé de piedra cuando las vi, como 4 dedos de una mano gigante enterrada, desde los jardines del Escorial; toda la ciudad a escala humana y esas cuatro torres desproporcionadas).

A mí me encanta la constrúcción en altura. Ya he hablado mucho de Nueva York, así que no me enrollo más. Pero me gustan los rascacielos integrados en el tejido urbano, no apartados de todo, algo que no deja de ser un "quiero y no puedo". Todas las ciudades del mundo están llenas de horrores urbanísticos, producto de una mala decisión del ayuntamiento de turno ("vamos a poner una torre de cristal, lo más fea posible, de modo que se vea siempre que te fijes en la torre Eiffel"), de arquitectos malos o de promotores que cambian los planes originales y abaratan los materiales. Pero en otras ocasiones la decisión oficial, el arquitecto y la promotora aciertan.

Pienso que el tiempo ha sido generoso con los rascacielos de la Plaza de España. Ambos edificios están hoy vacíos, uno en rehabilitación, el otro en espera de que sus dueños decidan qué hacer con él. Ya lo estaban bastante antes del inicio de la "crisis", tan anunciada que no sé cómo le sorprende a nadie. Cuando se construyeron, allá por los años 50-60, estaban en pleno corazón de la ciudad y se promocionaron como el colmo de la modernidad. Lo eran, y pienso que lo siguen siendo, a pesar de los detalles neo-herrerianos (que yo antes odiaba y ahora me hacen mucha gracia) del edificio España, el escalonado. Es curioso, me los imagino a ambos en Manhattan, sobre todo en el distrito financiero, conviviendo con torres neogóticas, art-decó, modernas, post-modernas, tardomodernas y neomodernas. Algo que no puedo decir de las cuatro torres nuevas, que me imagino en alguna ciudad china segundona. Tipo Qongqing. Que, por cierto, se pronuncia "Chochín". En qué estaré yo pensando.

miércoles, 14 de enero de 2009

Escaparates y Fachadas: Clínica Panamá



El barrio de Chamartín, en la parte norte de Madrid, tiene un gran número de edificios de viviendas, de clase media-alta y aparentemente anónimos, que revelan el deseo de modernidad que imperaba entre los arquitectos y diseñadores de la capital desde finales de los años 50. Se trata en su mayoría de bloques residenciales sin firma, de líneas rectas y puras, generalmente construidos en ladrillo visto y piedra, con terrazas voladas, azoteas ajardinadas y patios de comunidad bastante amplios y luminosos. Los pisos son, para los estándares actuales, grandes y bien distribuidos, sin pasillos innecesarios, siguiendo los estándares del llamado "movimiento moderno" que había llegado a España con cierto retraso y que se implantaba ya del todo con la bonanza económica de los años 60.

Y todo este rollazo es para presentar la fachada (porque no es un escaparate propiamente dicho) de la Clínica Panamá, que está en la calle del mismo nombre en el barrio que acabo de describir. A primera vista dice bien poco, pero si uno se fija bien puede comprobar, en primer lugar, la armonía de las líneas rectas: el frontón de piedra pulida con el nombre, la puerta y los adoquines de cristal. Precisamente los adoquines de cristal son lo que a mí más me llama la atención del diseño de la fachada (reminiscencia de la arquitectura pre-moderna de los años 20 y 30, como la "maison de verre" de Pierre Chareau en París), junto al detalle asimétrico del tirador de la puerta. Es una pena que esté medio tapado el panel de mármol verde que enumera las especialidades de la clínica, porque impide que se vea bien la tipografía, que es preciosa, y el propio mármol, que da un toque de solidez constructiva tradicional a un diseño casi enteramente de cristal opaco. Por otra parte, las letras rojas (y la tipografía, limpia y sans sérif) del cartel principal son suficientemente llamativas como para que nadie pueda llamarse a engaño sobre el cometido del establecimiento. La impresión que transmite el diseño es la de un lugar aséptico, limpio y moderno. Lo que debe ser una clínica.

La Clínica Panamá es la excepción que confirma la regla de lo que ha ocurrido en un barrio tan señorial como el de Chamartín. A lo largo de los últimos 20 años los detellos de diseño moderno de mediados del siglo XX se han ido desdibujando, víctimas del aburguesamiento de la zona y de toda la sociedad en general. Los portales han ido perdiendo marquesinas voladas, los suelos de piedra pulida o de terrazo de calidad han sido cubiertos por alfombras pseudo persas de medio pelo, los tiradores de aluminio se han sustituido por otros de latón de formas clásicas, los cristales de los portales se han revestido de barras de seguridad de inspiración toledana o, aún peor, de imitación de una balaustrada clásica, han ido apareciendo en zonas comunes de los edificios espejos biselados y enmarcados o arbolitos artificiales. Aún peor es la mutación de El Viso, uno de los núcleos de arquitectura residencial racionalista más importantes de Europa, verdadero monumento a las políticas sociales de la II República, convertidas hoy las que fueron construidas como "viviendas para obreros" en residencias de millonarios de gusto inversamente proporcional a sus cuentas corrientes, pintadas de amarillo clarito "Ana Botella" o color salmón "Ana Rosa", deformadas por columnas, frisos, más balaustradas y todo tipo de detalles decorativos cuyo fin es hacerlas más aceptables al "buen gusto" que la revolución conservadora (que ha durado casi treinta años y que espero esté enterrada para siempre) nos quiso imponer junto a todo tipo de valores éticos, políticos y financieros que ojalá nunca hubiésemos tenido que conocer.

sábado, 10 de enero de 2009

La Plaza de la Paja



La Plaza de la Paja es la plaza más bonita de Madrid y uno de los mejores rincones urbanos de la ciudad. Forma parte de lo poco que queda del Madrid medieval y en su momento hizo las veces de plaza mayor, donde se subastaba la paja y otros productos, de ahí su nombre. Es de los pocos lugares que a uno le recuerdan que Madrid es una ciudad castellana, porque da la impresión de poder estar en Segovia, Ávila o Toledo. Es también, por otra parte, un lugar extraño y algo incómodo, ya que está muy en cuesta, cayendo desde la iglesia de San Andrés a la calle Segovia. Casi se ha convertido en un coto privado de los perros de los vecinos de la zona, que disfrutan y socializan a placer, aunque en verano hay unos cuantos, probablemente demasiados, bares con terrazas.

Tranquilo, querido lector, no me voy a poner en plan guía turística, pero es que no me he podido resistir a colgar esta foto de la plaza nevada. Nunca la había visto antes así.

martes, 6 de enero de 2009

Transgeneralidades



Paseando por el centro de Madrid, en concreto por la calle de la Concepción Jerónima, me topé con esta pintada. No me pude resistir a hacerle una foto, con el teléfono por supuesto. En algún lugar he dejado escrito que detesto los grafiti con todas mis fuerzas, no compro la teoría de que es "arte urbano".

Subo la foto al blog porque al ir a borrarla me doy cuenta de su extraño y bonito efecto visual, con cuatro grandes rayas horizontales, casi del mismo tamaño, en diversos tonos de gris. Y al comprobar el extraño efecto visual vuelvo a sorprenderme por el texto escrito en la pared. Me pregunto quién lo escribiría: la apuesta lógica es una persona inmigrante y transexual que ejerce la prostitución, pero no tiene por qué ser necesariamente así. Me fascina la palabra "extrangénero": ¿es un extranjero trangénero? ¿un género extranjero?

Me doy cuenta de que las pintadas que no me gustan son las de tipo "artístico", que por lo demás se suelen limitar a la firma garabateada y rubricada del "artista" en cualquier rincón virgen de una pared o una puerta que no le pertenecen. Pero no me disgustan las pintadas llamémoslas políticas, como ésta, al contrario. Me acuerdo perfectamente de las pintadas que proliferaban en Madrid en los primeros 70 y que pedían amnistía, libertad y democracia antes de la muerte de Franco. Generalmente a las pocas horas estaban ya tapadas por otras pintadas, grandes rectángulos tachados con una equis que borraban cada letra del mensaje "subversivo". Recuerdo que le preguntaba a mi madre en la inocencia de mis 7 u 8 años por aquellos conceptos, amnistía o libertad, y sobre todo por el motivo por el que sólo se pudiesen reclamar de aquel modo. Reconozco que me fascinaba la idea de la censura de las pintadas y me pasaba horas intentando descrifrar las palabras que debían estar debajo de esas celdas de pintura negra que las desfiguraban por completo.

Y ahora, casi 40 años después, me topo con esta pintada que de tan clara resulta totalmente incomprensible. Me siento extrangénero en mi propia ciudad. Pero no es una sensación nada desagradable, la verdad. Más bien al contrario.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Escaparates y fachadas. Samaral.

He decidido empezar una nueva serie (ocasional) de posts, dedicada a escaparates de establecimientos y a fachadas de edificios que me llamen la atención. Y lo hago por dos motivos: en primer lugar porque el diseño es una de mis áreas de interés principales y he escrito muy poco al respecto (tampoco soy un experto, sólo sé qué me gusta y qué no) y por otra porque en mi centro de trabajo me han dado un teléfono móvil que tiene cámara, cosa que antes no tenía, y le he cogido gusto a usarla. Lo sé, es lo peor. Pero no me puedo resistir.

Samaral es un tienda muy tradicional de la Gran Vía madrileña, especializada en objetos náuticos. Venden cosas realmente espantosas, tiene un montón de dependientes, casi todos de cierta edad y desde luego amabilísimos. Uno se pregunta cómo sobrevive una tienda así en pleno siglo XXI, pero ahí está. Eso sí, el diseño de la tienda es fabuloso: panelado de madera noble en dos niveles, vitrinas con cristales curvos siguiendo el mostrador, buenas lámparas, apliques metálicos de corte art-déco de latón o de metal cromado. Se nota que se hizo en una época en la que aún se valoraban los buenos materiales y no todo era pladur, como ahora. La tienda está cuidada con mucho mimo, aunque se le notan los años y el desgaste como es lógico.

Por encima de todo, destaca el logotipo. Soy consciente de que ahora a todo el mundo le gusta la tipografía y se ha convertido en moneda corriente interesarse por esas cosas, pero a mí me lleva apasionando desde que tengo uso de razón, aunque mi absoluta falta de talento me ha impedido no ya dedicarme, sino siquiera aproximarme con alguna seriedad a ese mundo. La tipografía del nombre Samaral es sensacional, podría ser de los años 30 o de los 50: las letras, unidas como si estuviesen escritas a mano, fluyen con una elegancia poco habitual. Las tres "a" forman círculos perfectos que compensan las consonantes, mucho más delgadas. La simetría del tamaño de la "s" inicial y la "l" final redondean un diseño precioso. La foto que he colgado es de la fachada trasera, que da a una calle madrileña con mucha solera, Caballero de Gracia, que me gusta mucho. Nada más hacerle la foto me fijé en los objetos del escaparate y para mi sorpresa vi esto:
Se trata de una gabardina marcada "Burberry's" que venden a 49 Euros. Y sí, el estado lamentable en el que parece estar es el estado en el que está. No me resisto a dejar una segunda foto de un detalle del tejido exterior, y eso que la cámara de mi nuevo móvil no le hace justicia:
Justo al lado tienen a la venta un par de pantalones, circa 1985 (igual hasta se vuelve a llevar ahora ese corte) al precio de 4.500 pesetas. Ni siquiera han cambiado el precio a Euros (y no cuelgo más fotos).

Como decía antes, resulta incomprensible que un establecimiento así pueda continuar existiendo. Uno se plantea si será una tapadera de algún negocio o tráfico turbio, pero da la impresión, cuando se entra a la tienda, de que tiene clientela a pesar de todo, y es que, como decían en Desayuno con Diamantes, a uno le da una cierta satisfacción ver que cosas tan atemporales siguen existiendo. Y eso que, después de mucho pensar, me di cuenta de que si aún existe no es por ningún motivo romántico, sino porque está en un emplazamiento privilegiado y algún negocio global (Starbuck's o similar, seguro) les ofrecerá algún día no muy lejano una pasta por el local y desaparecerán esas tipografías elegantes, las maderas nobles y los cristales curvos, sustituido todo por un entorno más moderno, más asimilable a todo lo demás, más parecido a lo que se pueda encontrar en cualquier ciudad del mundo. No vaya a ser que la gente se nos asuste, sobre todo en estos tiempos de crisis.

viernes, 17 de octubre de 2008

"Very Gotham!"



Ésas fueron las palabras que le dijo una mujer americana al señor con el que estaba.

Di mucha lata en este blog a lo largo del verano sobre los vaivenes de mi vida profesional y he optado, para no ser pesado, por no contar nada desde la vuelta al cole. Y es que el principal cambio que se ha operado en mi vida es que ahora voy andando al trabajo. Antes tenía ante mí una hora de metro de ida y otra de vuelta. Ahora tengo un paseo de 15 minutos. A menudo voy a comer a casa. Calidad de vida.

Como vivo y trabajo en el centro de Madrid, mi paseo consiste en atravesar calles y sobre todo plazas, los espacios urbanos más importantes, donde todos nos cruzamos; calles y plazas con historia y con vida propia. El paseo matinal es de lo más estimulante: reconozco que siempre me ha gustado ver despertarse a las ciudades. He visto estos días en la Plaza Mayor, junto a la cola habitual de la Junta Municipal de Distrito y los turistas asiáticos madrugadores, a un judío ortodoxo rezando con su manto para la plegaria y sus versículos de la Torah en ese extraño tintero que se colocan en la frente (y cuyo nombre debería saberme). He visto multitud de personas sin techo, y cada vez parece haber más, durmiendo a la intemperie, en la calle de la Bolsa (desde donde hay una vista fabulosa, en el cañón que forma la calle de la Paz, del Edificio de Telefónica, que a primera ahora tiene aún encendido el reloj de neón rojo de la torre); veo a diario a dos ancianas mendigando, una de ellas, en la Plaza del Ángel con su abrigo acolchado y su buen corte de pelo, que ya me saluda aunque no le dé nada; he visto grupos de hombres (no debería dar el calificativo, pero eran latinoamericanos) empezando a emborracharse a las 8 y media de la mañana y tirados por el suelo, en estado semicomatoso, unas horas más tarde ; he visto a muchos jóvenes con pupilas dilatadas apurando lo que para ellos aún es noche en búsqueda de los after hours más canallas. Veo a diario a las putas de la calle de la Cruz y la Plaza de Benavente, empezando la brega desde bien temprano y continuando hasta la noche. Veo asombrado el continuo montado y desmontado de tenderetes de porte diverso, en la Plaza de Santa Ana, para jornadas gastronómicas o mercadillos de artesanía, con el Teatro Español de testigo; y veo con espanto como ya se han colocado en la Plaza Mayor y en Sol los soportes para las decoraciones navideñas. El año pasado escribí un post que llamé “Navidad en Octubre”, me remito a él.

Es posible que a alguien esto que escribo le parezca un retrato sórdido de la ciudad. Nada más lejos de mi intención. Madrid es una ciudad de contrastes, como todas las grandes ciudades, plagada de grandezas y miserias en igual medida, donde hay hueco para un señor de pinta aburrida como yo y para jóvenes hartos de pastillas y de tedio vital o señoras que hacen cola en la iglesia de San Pedro el viejo o de Santa Cruz para poner una vela tempranera en algún altar milagroso.

Hay otra plaza, cercana a mi lugar de trabajo y por lo tanto de destino, que siempre me ha resultado algo extraña. La plaza de Canalejas tiene unos edificios grandiosos, antiguas sedes de bancos, y alberga una tienda maravillosa: La Violeta, donde sólo se venden caramelos de dicho sabor (y color). Pero al mismo tiempo, es casi como un cruce de autopistas, con un tráfico endemoniado de coches, taxis y autobuses urbanos y un ruido ensordecedor a cualquier hora. Desde Canalejas hice (con el móvil) la foto que he colgado y que retrata los que siempre he considerado los dos edificios más neoyorquinos de Madrid, que están en la esquina de Alcalá con Peligros. Con cuarenta plantas más podrían estar en Mannhatan, o mejor dicho en Gotham, como dijo la elegante turista americana al fijarse en ellos. Aunque dudo que en Nueva York encajase la cúpula que se ve a la derecha, la de la iglesia de las Calatravas. Lo que sí encaja, en Nueva York, Madrid o Hong Kong es el contraste de edificios fabulosos y vagabundos con sus perros fieles a las puertas de las iglesias, tiendas de lujo y bares de barra de aluminio, mercadillos de baraterías a la puerta de hoteles de cinco estrellas y mendigas que (pedirán pero no perderán su dignidad) van regularmente a la peluquería. En una palabra: vida urbana. Tan diversa como lo somos nosotros.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Raíces

No, no voy a escribir sobre Kunta Kinte.

El martes vi un programa en televisión que me dejó bastante sorprendido y, tengo que admitirlo, emocionado. Era sobre emigrantes españoles en Australia. Conozco, como todos, la historia de la emigración española en las décadas centrales del siglo XX, dirigida sobre todo a países europeos y, en menor medida, latinoamericanos, pero no sabía que hubiese un núcleo tan importante de españoles que hubiesen decidido a marcharse a buscar mejor vida ni más ni menos que a las antípodas.

La emigración en sí no me parece dramática, ni mucho menos, cuando es el producto de la decisión libre de quien decide abandonar su país para mejorar sus condiciones de vida. En realidad debe beneficiar a todos: sobre todo al emigrante, que encuentra prosperidad y, generalmente, mayor libertad en el país de acogida; para éste, la mano de obra inmigrante supone una fuente barata de mano de obra y de impuestos que sirve para acelerar el crecimiento económico. Estas consideraciones generalistas y necesariamente simples contrastan sin embargo con la realidad terrible y criminal de la emigración forzada y el tráfico de personas pero sobre todo con la descripción de cada una de las experiencias personales, verdaderas aventuras nomádicas que, en boca de los españoles en Australia, me tocaron la fibra sensible, siendo como soy nómada de vocación.

Es curioso como los testimonios de estos españoles coincidían en muchas cosas: casi todos decían “vine por dos años y ya llevo más de cuarenta”. Sorprendía ver cómo todos han conservado el idioma, y eso que además venían de todos los rincones de la península, algo que también me llamó la atención, pues mi experiencia hasta ahora es que nuestra emigración fue muy regional, canarios a Venezuela, vascos al Reino Unido, gallegos a todas partes… No podía dejar de preguntarme si los hispano-australianos habrán tenido una vida mejor allá de la que hubiesen tenido de haberse quedado acá, pues de eso se trata cuando decides dejarlo todo. Quizá a la larga sí hayan tenido mejor vida, pero no hay duda de que los inicios tuvieron necesariamente que ser duros, con trabajos muy inferiores a sus cualificaciones profesionales. Ahora, 40 años después, disfrutan de un sistema prestacional que debe ser muy similar al que las personas de su edad tienen en España. Pero ellos dejaron atrás familia, amigos, su propia tierra. Pasado tanto tiempo, con sus vidas australianas hechas, consolidadas y –no nos engañemos- sin tanto tiempo por vivir, se dejan llevar por la rutina, siempre reconfortante, y ven un posible retorno a su tierra de origen como una entelequia, un deseo cuyo cumplimiento parece llegar siempre demasiado tarde.

Soy consciente de que escribo todo esto con frialdad, tanto más cuanto que además describe en parte la situación que vivimos desde hace al menos un década en España. Pero es que siempre he considerado que no tengo raíces. Nací y crecí en Madrid, pero he vivido en bastantes sitios. En todos he sido feliz pero nunca los he echado de menos, como no he echado de menos mi ciudad cuando he estado lejos. Lo curioso es que me veo ahora defendiendo Madrid, afirmando, como hice en la autoentrevista, que es el lugar donde deseo vivir. Y me pregunto si en el fondo no será un señal de madurez (quiero decir, de que me estoy haciendo mayor) intentar identificar unas raíces propias, un punto de referencia personal, cultural y familiar por mucho que uno se pretenda, en un ejercicio lamentable de papanatismo, “ciudadano del mundo”.

Volveré a vivir en otros lugares, en otras ciudades y de nuevo, como siempre me ha ocurrido al cambiar de país de residencia, sentiré la excitación tan estimulante de empezar una nueva aventura, de conocer nuevos rincones y personas, y al cabo de un tiempo (una semana, 20 días, un par de meses) me sentaré en la cama, antes de acostarme y me preguntaré, una vez más, “¿y qué hago yo aquí?”. Y justo antes de dormirme haré repaso de mi vida, de lo mucho que he hecho y de lo mucho que me queda por hacer, y echaré de menos a mi madre y hermanos, a mis amigos, la sonrisa de la dependienta de la frutería, la luz de la tarde que justo ahora, mientras escribo esto, entra por la ventana en plan "Chica de Ayer", o los perros de mi barrio. Y al día siguiente no me acordaré de nada.