jueves, 4 de junio de 2009

Astros

Uno de mis viajes me obliga a salir de casa muy temprano. Tengo que estar en el aeropuerto a las 6 de la mañana y la noche anterior pido un taxi para las 5 y media, que llega a y veinte. Es lunes. Por el centro de Madrid pulula bastante gente que aún no se ha acostado. El típico grupo de jóvenes británicas rubias muy borrachas, con faldas demasiado cortas para el grosor de sus muslos, las sandalias de tacón en la mano y los pies desnudos en la acera dando grititos etílicos. Algún listillo con pinta de dealer, ojo avizor para servir a quienes puedan necesitar algo que les permita seguir despiertos unas horas más, o incluso todo el día siguiente. Los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajando a destajo. En Cibeles veo un grupo de latinoamericanos, pero éstos no están de marcha, van sin duda de camino al trabajo después del madrugón habitual. En mí el madrugón es circunstancial, en ellos es rutina. No me puedo quejar. Bastantes taxis libres circulando por las calles, siempre me han gustado las lucecitas verdes salpicando la noche. Mi taxista es encantador, me cuenta que acaba de empezar la jornada y hablamos de Nadal, el pobre, que ha perdido. Seguro que ahora empezamos todos con la cantinela: “Ya te lo dije yo, si no es tan bueno, mira qué pronto ha pinchado”.

Al salir de casa me fijé que en el cielo occidental refulgía Sirio. Porque Sirio refulge, centellea y cambia continuamente de color. En Madrid no se suele ver bien, pero esta mañana (“Nunca he dado un paseo de día, he estado muchas veces en Tiffany’s a las 6 de la mañana, pero eso aún cuenta como noche, ¿verdad?” decía Holly Golightly) brilla mucho, aunque es posible que lo vea de este modo porque sigo dormido y además no he desayunado. Desde el taxi, ya en la autopista, veo en el cielo, al sureste, una luz que ilumina el firmamento como una bombilla incandescente, ésas cuyo uso pronto nos van a prohibir. Al principio pienso que es un avión aterrizando en Barajas, pero no, es Venus, el lucero del alba, que se ve toda la noche pero luce en todo su esplendor cuando empieza a despuntar el día. Y ya se puede adivinar un halo de luz tenue en el horizonte oriental.

Cuando era pequeño, mi madre me despertaba a veces en plena noche, en verano, para ver las estrellas. No sé por qué se me pone un nudo en la garganta al escribir esto. Nos despertaba a mis hermanos y a mí para que viésemos el espectáculo del cielo, estrellas, planetas y constelaciones. Nos enseñaba la Vía Láctea que yo, adormilado, nunca podía discernir. Hasta que un día lo hice y me maravillé de su inmensidad y la sutileza con que la exhibe. Me mostró Antares, mi estrella, y me enseñó la forma del escorpión, mi signo, en el cielo de Málaga. Años después me acordé de ella cuando vi en el desierto de Wadi Rum, en una noche memorable que pasé a la intemperie con Antonio y Javier, mis más antiguos y queridos amigos, los satélites artificiales en movimiento, como pequeñas y lentas estrellas fugaces sin estela.

Ahora, siempre que estoy de viaje mi chico me manda mensajes recordándome que me fije en la luna creciente o menguante (como buen conocedor y amante de la luna no la admira tanto cuando está llena como en sus otras fases) o diciéndome por ejemplo que me fije en el horizonte occidental al atardecer pues en la latitud en la que me encuentro podría ver Mercurio, el más escurridizo de los planetas y que yo sería incapaz de identificar sin su ayuda. Ahora, después de un día que no ha existido, en el que salí de casa de noche y llego a mi destino de noche y en un hemisferio distinto, veo desde el avión, justo encima del horizonte, la Cruz del Sur. Y estoy deseando aterrizar para llamarle y contárselo.

Hay momentos que, al vivirlos, uno sabe que los va a recordar para siempre. Hace cuatro años se produjo un fenómeno que no se repetirá en más de un siglo: el solsticio de verano coincidió con la luna llena. Vivíamos entonces al borde el mar y fuimos la familia entera a ver la salida de la luna. Nunca he comprendido como en aquel lugar, una colina de un parque urbano sobre la costa, en aquel momento de confabulación astral, no había nadie más que nosotros tres, mi chico y yo, abrazados, mirando la luna surgir, inmensa y roja, entre unas islas lejanas sobre el mar y nuestra niña, Lulé, ya ciega, sorda y casi incapaz de andar, con la cabeza bien levantada y sus largas orejas de cocker al aire, olisqueando los aromas del mar, disfrutando de la única percepción sensorial que le quedaba, moviendo el rabo con fruición. Tremendamente feliz, a pesar de todo, de su edad y sus limitaciones. Supe en aquel instante que ese momento, tan exquisito, tan perfecto, tan bello, tan feliz, tan cósmico, en que nos unía un astro, quedaría para siempre fijado en mi memoria. Supe también que sería la última luna llena que pasaríamos juntos los tres. Dos semanas después enterrábamos a Lulé. Es raro el día que no me acuerde ella y de los quince años y las muchísimas lunas llenas que pasamos juntos.

Al aterrizar, he llamado a mi chico y al decirle que había visto la Cruz del Sur me ha preguntado si también podía ver la constelación del Centauro. No he sabido qué decir, porque la verdad es que no sabría ni dónde buscarla. Y es que en materia de astros, como en otras tantas, sin él, mi astro personal, estoy perdido.

13 comentarios:

theodore dijo...

Madre mía, qué post más bonito. Recuerdos, taxis, cine, borrachas, familia, alegrías, pérdidas, estrellas, afectos, lunas, costas. Y el amor.

Qué bien escribes.

Un abrazo astral.

Breckinridge dijo...

Muchas gracias Teodoro.

Otro abrazo astral para ti y bon weekend.

Manuel dijo...

Tras leer tu post me siento como el personaje de Dario Grandinetti en " Hable con ella" tras escuchar a Caetano veloso....¡ coño que me he emocionado ! No he podido evitar pensar en una película que me entusiasmó, " El rayo verde" de Eric Rohmer....cuando describes ese mágico solsticio de verano, pienso en ese breve instante en el que la protagonista ve "le rayon vert" y entonces, se salva, el amor la salva...

Anónimo dijo...

Precioso, realmente.... Un nudo en la garganta.

El Duque D. Manuel

Breckinridge dijo...

Manueles, queridos, muchas gracias por los comentarios. Sí, tuvo un punto "Rayon vert" por la confluencia de sensaciones y sentimientos, no se me había ocurrido. Y lo escribí en el avión, casi de un tirón, después de un montón de horas de vuelo.

El amor nos salva, claro que sí.

coxis dijo...

qué precioso, qué bonito, qué maravilloso recuerdo el que te despertaran de chiquitín para enseñarte las maravillas del cielo

y es verdad, estamos perdidos sin nuestro astro personal...

feliz finde

Polo dijo...

Lo de tu madre resulta difícil de creer... Por eso creo que emociona más.

Esta visto que Breckin´ sabe de todo... ¡Qué tío!

Me gustaría localizar un fragmento de un libro de texto de literatura del siglo xx que termina diciendo "¿Y nosotros qué tenemos? Nosotros... tenemos las estrellas."

Y yo me uno a mi Marc Almond (también conocido como Maralmon) y digo "The Stars We Are". "Las estrellas somos nosotros".

Asocio muchas noches de verano a las estrellas estando en la casa de campo de mis papás. En la luna iluminando palmeras: ¡Qué emoción!

A los amantes dan ganas de hablarles del estado de la luna. No sé muy bien por qué. Que la luna vaya cambiando es de lo mejor de la vida. No nos falla.

Breckin´: esta noche, a la vuelta del cine con Theodore [qué ilusión me hace a mí y qué envidia le dará alguno -jeje], prometo escribir una entrada.

Breckinridge dijo...

Gracias coxis. Aunque a Polo le cueste creerlo, mi madre nos despertaba a mis hermanos y a mí, sólo para ver las estrellas. ella dormía poco, se levantaba a media nche y no podía dejar de compartir la belleza del cielo estrellado con nosotros. Me da mucha pena recordar esta historia, tanto que mi madre está ahra vencida por la demencia y ni reconoce a esos mismos hijos a los que tanto ha querido y por quienes tanto ah hecho.

Pero no me pongo en plan trágico, que no corresponde. Ya nos dirás, Polo, qué habáis ido a ver al cine Theodore y tú. Una peli guarrona, fijo. A ver si es verdad que escribes un post.

Abrazos.

polo dijo...

La peli tenía poco de guarrona por desgracia. "El milagro de Henry Poole". Puessss no deja huella. Muy lo-fi... Tópica en lo indie pero bien interpetada.

Ay, las mamás y los papás. Llega un momento en la vida es capicúa. Ahora nos tocará criar a nuestros padres y comprarles juguetes sabiendo que no es fácil acertar. Pero ¿quién sabe?

¿Naironi? Ciudades africanas... Cómo me gustaría pero ahora no me atrevo (antes, sí).

theodore dijo...

Naironi Campbell? :-)

Sí, la peli era pequeñita y tan disfrutable como olvidable. Qué mala fama tenemos, no? :-P

Breckinridge dijo...

Tenéis la fama que os merecéis, y no me digáis que no os gusta...

pe-jota dijo...

Que maravilla las estrellas, me pasaría horas mirándolas, y pensar que la luz que vemos fue emitida hace tanto tiempo, es algo que nos hace sentirnos pequeños, como meras motas de polvo en medio de esta inmensidad que es el universo, es algo que nos resitua, y nos hace ver nuestra pequeña condición de seres insignificantes, deberíamos respetar más el mundo en que vivimos, tal vez así lograríamos la armonía que nos falta,y seríamos más felices.

Breckinridge dijo...

Qué razón tienes, Pe-Jota. A veces, mirando las estrellas y la luna, me pregunto qué pensarían los antiguos de los astros, esas luces que iluminaban el cielo nocturno. La respuesta es sencilla, los veneraban y los estudiaban porque eran conscientes de que son algo que nos trasciende. Desgraciadamente hoy lo damos todo por sentado, no son más que una nota a pie de página en los estudios de "cono". Si muestras interés por las estrellas, en seguida te etiquetan como aficionado a los horóscopos. En fin.

Gracias, como siempre, por pasarte.