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martes, 25 de agosto de 2009

Historias estadounidenses

Como dentro de poco me voy a vivir a los Estados Unidos de América (aún no me he hecho a la idea), estoy empezando a preparame. Estas vacaciones he leído "A people's history of the United States", libro de Howard Zinn que pretende mostrar una versión alternativa de la historia de su país.

Zinn se define a sí mismo como un historiador radical anarquista y su punto de vista es ciertamente atractivo: propone escribir la historia desde el punto de vista de los desprotegidos, los perdedores. Es decir, mujeres, indios y negros.

El libro, que me regaló mi chico hace un par de años pero no había leído hasta ahora, es sorprendente. Escrito en 1980, se utiliza ahora al parecer en algunos colegios y universidades como manual de historia. Es un libro sorprendente e impresionante, que no puede dejar a nadie impasible. Da por conocidos los principales acontecimientos históricos, pasa por encima de batallas, días señalados y Presidentes (sólo salva, por los pelos, a Jefferson, Lincoln -con poco convencimiento-, FDR y Eisenhower) y trufa todo el relato de experiencias personales de personas normales, sobre todo víctimas del "Establishment" y su credo fundamental, basado en dos premisas de partida: el patriotismo y el capitalismo.

Su visión es ciertamente marxista (o marxiana, nunca he sabido bien la distinción), considera que la historia es esencialmente económica, que es acelerada a voluntad por guerras de elección (utilizadas a placer por presidentes en momentos de debilidad institucional o crisis económica acompañada de descontento social) y que quien no pierde nunca es el sistema, basado en la industria, la banca y los dos partidos, pero que es ayudado por prensa, universidades y un círculo vicioso de beneficios empresariales/filantropía/capacitación cultural de las élites del que parece será imposible salir.

Zinn actualizó su libro a mediados de los años 90 y, de nuevo, tras el 11 de septiembre. Es una pena, porque esos añadidos son la parte más fallida del relato (no deja de ser una enumeración de quejas y reivindicaciones de tono "buenrrollitista" un poco estomagante), sobre todo porque hasta entonces deja un sabor de boca excelente por el rigor expositivo y la claridad de las ideas. También falla, en mi opinión, a la hora de explicar la "somatización" más reciente de la sociedad americana. Se lamenta de la falta de participación política y social, del creciente consumo de drogas, del alcoholismo,de la falta de oportunidades, pero no entra a discutir las causas que hacen que cada vez vote menos gente, que nadie se interese por la gobernanza, sino por sus necesidades económicas y sus ambiciones más materialistas. Tampoco analiza fenómenos que han dejado de ser marginales, como las abducciones por extraterrestres. Efectivamente, hay un porcentaje importante de norteamericanos (más del 1%, es decir, más de 3 millones de personas) que dicen haber sido abducidas por extraterrestres. En el epílogo se disculpa por no dedicar más espacio a la lucha de gays, lesbianas y otras minorías sexuales. En fin...

Más en serio, a mi modo de ver le falta analizar más en profundidad la revolución conservadora iniciada hace 30 años y sobre todo la creciente influencia de las fuerzas religiosas evangélicas en el país. Eso sí, ya en el primer capítulo del libro (que dedica al descubrimiento de América y a las lindezas de los primeros colonizadores) afirma que siempre hay elementos populares, gente como tú y como yo, participando en reuniones vecinales ("town hall meetings") dispuestos a reventar cualquier idea a cambio de defender, como si les fuese la vida en ello y en nombre de la tradición más rancia e injustificable, las posturas de las corporaciones más poderosas. Es decir, lo que está pasando ahora con la reforma sanitaria.

Se ha hecho un doumental basado en el libro, producido (creo) por Matt Damon (el libro de Zinn se menciona en "Good Will Hunting"), que tuvo su estreno en el pasado Sundance, ha pasado por museos y ahora se estrena en salas en EEUU. Hay una traducción del libro al castellano bajo el título "Otra Historia de los EEUU", pero no lo veo en venta por ningún lado.

Más información en http://howardzinn.org/default/ y en http://www.progressive.org/zinn0509.html

domingo, 23 de agosto de 2009

Respuestas proustianas

Millones de gracias a todos por participar. Muy en especial a Manuel, Theodore, Pandora, Pasa el Mocho, The Aloofness y Polo por las respuestas y por la sinceridad (que se pre-supone).

Me han impresionado muchas cosas: las virtudes elegidas por Aloofness, yo las había escrito casi igual, pero lo he cambiado para no decir lo mismo. Los héroes de ficción de Polo, con quien coincido casi al 100%: he dejado a Julien Sorel (¿cómo nos podemos identificar con un tipo así?) pero he quitado a Sancho Panza, para no ser idénticos; a cambio he metido a Iago, de Otello, el malo más realista de todos los tiempos. Mocho detesta a los fachas de izquierdas, qué puntazo (y el buenrrollitismo, que es LO PEORRR), me apunto, me apunto. Con Manuel comparto la idea de la felicidad perfecta; con Pandora, ídolos de ficción escritos por Nabokov (bueno, y tantas cosas más, o al menos eso espero, porque es perfecta). De Theodore me fascina lo escurridizo e inteligente de sus respuestas ("¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta? No preguntarme si soy feliz o no": toque magistral). Pero qué listo. Y además compartimos problemas capilares.

Bueno, pues se termina el juegucito. Aquí van mis respuestas:

1.- ¿Cuál es tu virtud favorita?

El sentido del humor; la bondad verdadera.

2.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en un hombre?

Que no se crea que todo gira en torno a él

3.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en una mujer?

Que no se crea que todo está en su contra

4.- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada, en tu opinión?

Las religiosas; la bondad superficial.

5.- ¿Cuál es el trazo de tu personalidad que más deploras?

La impaciencia

6.- ¿Cuál es el trazo de la personalidad de los demás que más deploras?

El desinterés, la desidia, la estupidez. Lo deploro en los demás y en mí mismo.

7.- ¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?

Despertarme a diario abrazado al cuerpo calentito de la persona que corresponde mi amor. También desayunar al aire libre, en plena naturaleza, fruta fresca, fiambres, pan caliente, huevos, café recién hecho.

8.- ¿Dónde y cuándo fuiste más feliz?

Podría decir cualquier momento de los últimos 12 años, podría decir que esta última semana, en Ibiza (mentí, no estoy en el desierto sino en el norte de la isla de Ibiza, "en llegando" a Portinatx, muy aislados, eso sí), podría decir que aún no ha llegado mi momento más feliz. Como tengo que elegir, diré Londres, primera semana de septiembre de 1998.

9.- ¿Cuál es tu idea de la infelicidad más absoluta?

Mi vida tal como era hace más de 12 años.

10.- ¿Cuál es tu principal defecto?

La impaciencia. El machismo inefable que soy incapaz de sacudirme. Pero podría seguir y seguir y seguir...

11.- ¿Qué frase o expresión utilizas con más frecuencia?


“Lo peor de todo”, “lo peor”, “total”, “menuda guarra” (Notorious, que está calladita siguiendo el juego, seguro, añadiría que "chochazo" es la palabra que más frecuentemente pronuncian mis labios, pero NO es cierto).

12.- ¿Qué es lo que más te desagrada de tu apariencia?

El pelo. La lorza rebelde.

13.- ¿Qué es lo que más detestas?

La religión. Sobre todo, la creencia, impuesta por las religiones, de que no hay ética fuera de sus valores.

14.- Si pudieses cambiar algo de ti, ¿qué cambiarías?

Todo menos mi chico (que tampoco es mío mío), así que mejor no empiezo.

15.- ¿Qué o quién es el mayor amor de tu vida?

Él, ¿quién si no? El mayor y el único amor.

16.- ¿Quiénes son tus escritores favoritos?

Flaubert, Conrad, Stendhal, George Eliot, Edith Warton, Camus.

17.- ¿Quiénes son tus pintores favoritos?

Carpaccio, Mantegna, Caravaggio, Velázquez, Barnett Newman

18.- ¿Cuál es tu ocupación favorita?

Follar, leer, comer. Hacer planes. Escribir este blog está acercándose. Me encanta no hacer nada, pero sólo cuando tengo cosas que hacer.

19.- ¿Quién es tu héroe de ficción favorito?

Julien Sorel, Milou, Humbert Humbert, Iago.

20.- ¿Con qué figura histórica te identificas más?

Cualquier griego pagano y maricón de la época de Pericles. Iba a decir el Emperador Adriano, pero es un poco cursi.

21.- ¿A qué persona viva admiras más?

Gore Vidal.

22.- ¿Cuáles son tus nombres favoritos?


Los de mis perros (reales e imaginarios): Lulé, Lelo, Kiko, Tron, Bobo, Gaia. De mujer: Ana, Patricia, Laura. De hombre: Alonso, Enrique.

23.- ¿Cuál es tu color favorito?

El rojo.

24.- ¿Qué talento te gustaría tener?

Cualquier talento artístico, en especial dibujar. Hace años habría dicho saber amar, pero al parecer me han enseñado.

25.- ¿Cómo te gustaría morir?

Solo, sin dolor, y sin que nadie me eche en falta. La muerte me atrae muchísimo, me obsesiona.

26.- ¿Qué falta te merece más indulgencia?

Las causadas por la lujuria o la gula.

27.- ¿Cuál es tu estado de espíritu actual?


Contento, excitado.

28.- ¿De qué te arrepientes más?

No lo voy a contar aquí. Pero quizá por encima de todo de no haber sabido querer mejor a mi madre.

29.- ¿Cuál es tu lema?

Lo mejor está por llegar.

martes, 18 de agosto de 2009

Cuestionario Proust



Como dentro de una hora me voy a pasar unos días de descanso al desierto, y aunque me he cerciorado de que hay conexión a internet y me llevo el ordenador (sí, el que perdí pero luego recuperé), propongo un juego (sí, le copio la idea a Theodore, qué pasa) veraniego. Os va a gustar, que os conozco.

Seguro que sabéis (y si no aquí estoy para contároslo) que Marcel Proust, escritor francés que apenas salía de su casa y aún así escribía como los ángeles, se inventó en 1886, cuando aún era un chiquillo, un cuestionario de unas 30 preguntas con la idea de que amigos y conocidos lo rellenasen. Por su parte, la revista Vanity Fair (la de verdad, en inglés, versión EEUU, nada de Preysleres o Pés en la portada, please) utiliza desde hace 15 años su última página para someter a algún famosillo o famosilla a un "cuestionario Proust" algo distinto al original.

Así que he pensado, queridos lectores, hacer un batiburrillo (Stanwyck, nunca te agradeceré lo bastante que recuperases esa palabra tan maravillosa) y proponeros mi propio "Cuestionario Breckinridge-Proust". Omitiré, aunque bien me gustaría, preguntas de tipo procaz, pero si alguien quiere añadir a sus respuestas azúcar, que diría Celia Cruz (la pobre) o "spice", que diría Geri Halliwell, bienvenidos.

Respuestas. Sí queridos lectores, de lo que se trata es de que respondáis, con sinceridad (o sorna, pero mejor sinceridad) y con brevedad a las preguntas que aquí os formulo, ya sea en los comentarios a esta entrada o en vuestros propios blogs. Los más tímidos -o los más lanzados, que se puede interpretar de ambas maneras- me lo pueden enviar por correo electrónico (en la página del perfil hay un enlace). Yo publicaré, por supuesto, mis respuestas en algún momento de los próximos siete días. Daré tiempo a que lleguen respuestas. Avisad a vuestras cuñadas, vecinas, caseras, enemigas, amigas, empleadas, jefas y lo que haga falta. Polo, Coxis, aunque estéis de viaje, haced un huequecillo en vuestras agendas. Ésta es de esas entradas que harán historia en la blogosfera.

Allá van las preguntas. Las he manipulado un poquitín y las he dejado en 29, que es un número primo. He evitado la corrección política del vosotros/vosotras y he optado por no utilizar el símbolo @ para indicar que las preguntas se refieren tanto a mujeres como a hombres. Sabréis perdonármelo, espero. Tú también, Bibiana.

1.- ¿Cuál es tu virtud favorita?

2.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en un hombre?

3.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en una mujer?

4.- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada, en tu opinión?

5.- ¿Cuál es el trazo de tu personalidad que más deploras?

6.- ¿Cuál es el trazo de la personalidad de los demás que más deploras?

7.- ¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?

8.- ¿Dónde y cuándo fuiste más feliz?

9.- ¿Cuál es tu idea de la infelicidad más absoluta?

10.- ¿Cuál es tu principal defecto?

11.- ¿Qué frase o expresión utilizas con más frecuencia?

12.- ¿Qué es lo que más te desagrada de tu apariencia?

13.- ¿Qué es lo que más detestas?

14.- Si pudieses cambiar algo de ti, ¿qué cambiarías?

15.- ¿Qué o quién es el mayor amor de tu vida?

16.- ¿Quiénes son tus escritores favoritos?

17.- ¿Quiénes son tus pintores favoritos?

18.- ¿Cuál es tu ocupación favorita?

19.- ¿Quién es tu héroe de ficción favorito?

20.- ¿Con qué figura histórica te identificas más?

21.- ¿A qué persona viva admiras más?

22.- ¿Cuáles son tus nombres favoritos?

23.- ¿Cuál es tu color favorito?

24.- ¿Qué talento te gustaría tener?

25.- ¿Cómo te gustaría morir?

26.- ¿Qué falta te merece más indulgencia?

27.- ¿Cuál es tu estado de espírtu actual?

28.- ¿De qué te arrepientes más?

29.- ¿Cuál es tu lema?

Copiad, pegad y rellenad. Es un poco largo, pero prometo que va a ser divertido. Por supuesto, no habrá comentarios a las respuestas, cada cual que diga lo que quiera que se le respetará. Si alguien quiere omitir una pregunta se tomará nota pero se aceptará.

sábado, 8 de agosto de 2009

Exposiciones de principios



Iba a llamar esta entrada "Filth is my politics, filth is my life", que es la parte central del credo político de Divine, tal como lo expresa en este fragmento, delirante y fabuloso, del final de "Pink Flamingos". Si no la habéis visto, haceos con ella y vedla. No tiene desperdicio. "I have done everything".

Más en serio. Leo en los blogs, tanto en entradas de los mismos como en comentarios a las mismas, declaraciones de definición política. A mí me parece muy valiente, a estas alturas de la película, definirse de derechas o de izquierdas. Sinceramente, yo apenas veo diferencias palpables entre "unos" y "otros". Mi experiencia me dice que los gobiernos se forman a base de devolver favores a quienes apoyaron a los partidos políticos que ganan las elecciones y las diferencias reales son mínimas. Ya lo escribí en otra ocasión, en un alarde de cinismo y de sinceridad: los gobiernos, los políticos, te echan un huesillo de vez en cuando (matrimonio homosexual, memoria histórica, bandera de 300 metros cuadrados en la plaza de Colón de Madrid, unidad frente al terrorismo, educación para la ciudadanía, traslado del archivo de la guerra civil, etc, etc, etc) para que vayas royendo, te conformes con lo que tienes y no te des cuenta de que otros deciden por ti y puedan seguir abusando del sistema y robando a gusto. Tú, a pagar la hipoteca y los impuestos. Que ya se ocupan de ti desde el gobierno, la comunidad autónoma, el ayuntamiento. Porque no lo olvidemos: aquí hay que repatirse el botín. Hoy me toca a mí en la Moncloa y a ti en Santiago, Madrid y Valencia. Además, está todo muy claro, se puede robar todo lo que haga falta, que no tendrá consecuencias en los sondeos o en los resultados electorales. Elecciones... otro espejismo, nos dejan votar de vez en cuando, asistir a debates de políticos en TV (¡incluso con gente "de verdad"!). La celebración de elecciones regulares ni genera una democracia ni es una garantía de la misma. No es un sistema participativo, eso no existe ni en las comunidades de vecinos.

Es cierto que si uno se pone a analizar mi credo político, doy más bien de "izquierdas", sobre todo en los temas de mayor controversia. Empiezo diciendo que la nueva ley del aborto me parece una basura, un remiendo de apariencia progresista cuando ni siquiera, ni siquiera, se suprime el delito de aborto del Código penal; se añade lo de los 16 años para que el debate se vaya por ahí y nadie se dé cuenta de que es todo un ejercicio de imagen, otro huesillo para el electorado de buen rollito. El derecho al aborto debería estar recogido y protegido en la Constitución, las mujeres poder hacer con su cuerpo lo que les dé la gana, que bastante traumático debe ser como para que encima la gente (sobre todo los hombres, que siempre son los que más ruido hacen, mírese dentro del PSOE) juzguen y opinen. Más opciones políticas: utilizo el transporte público, no tengo coche. Compro comida orgánica. Procuro no comprar nada fabricado en países en desarrollo donde pueda existir trabajo forzado. Procuro no comprar productos alimenticios que hayan viajado desde otro continente. No viajo por placer a países no democráticos o donde al menos no haya mínimos derechos garantizados para mujeres y hombres. Utilizo la sanidad pública. Pago el IVA y el IRPF religiosamente, sin quejarme. Creo en la redistribución de la riqueza por los poderes públicos (sí, ésos que están gestionados por los políticos que hace un segundo ponía a caldo; menos mal que tenemos al funcionariado, que se quejarán de todo pero hacen que las cosas funcionen). Creo en los servicios públicos.

Claro, que también soy un abogado del libre mercado, corregido (ya he dicho lo de la redistribución de la riqueza) pero libre. Creo en la igualdad... de oportunidades. Para mí ésa es la igualdad real, la que nos permite a todos acceder a los mismos beneficios pero con la posibilidad de mejorar (o empeorar) mediante nuestro trabajo y nuestro talento. No creo en la igualdad como objetivo, sino como premisa de partida. Creo en la libertad por encima de todo. En poder decir lo que piensas sin que nadie te pueda amenazar por ello. Y, también por encima de todo, detesto la moralidad organizada, ya sea religiosa o política.

Contradicciones: muchas. Todas. No compro comida que contenga "millas aéreas" y en lo que va de año llevo a cuestas (los he contado) 51 viajes en avión. No viajo a países no democráticos pero he estado, por placer, en Siria, Egipto y tantos otros. Mucho presumir de pagar impuestos pero anualmente contribuyo a un fondo de pensiones para pagar menos IRPF en primavera.

En realidad lo que me gustaría de verdad, y por eso he empezado esta entrada como lo he hecho, es poder tener un credo político absolutamente apolítico y preferentemente amoral. No llegaré a defender el asesinato, el canibalismo y la coprofagia como hace Divine, pero me encanta esa desfachatez, sobre todo por lo que supone de superación de los esquemas tradicionales de lo conservador/progresista. Sólo en una sociedad política tan podrida como eran los Estados Unidos en los años 70 cabía una filosofía vital tan radical. Bueno, locos hay en todas partes, pero locos travestidos obesos ("How is this for a centre spread?") no tantos.

Por cierto, he descubierto, casi por casualidad, la mejor web de los últimos tiempos, Cinema de Merde. Se trata de una página muy trabajada con críticas irreverentes y muy camp de todo tipo de películas. Recomiendan Pink Flamingos, Phantom of Paradise, Glitter, Xanadu y Roller Boogie, por ejemplo. La lleva un tipo barbudo con mucha pluma cuyos vídeos describiendo películas son muy divertidos. Recordadlo, lo leísteis aquí primero (aunque seguro que algún listillo ya la conocía).

En Internet, último reducto de la libertad, está todo. ¿Quién necesita credos políticos?

"Eat shit!".

lunes, 27 de julio de 2009

La lorza

Siempre me ha fascinado la posibilidad de que existan formas de vida inteligente superiores a la nuestra. Y de un tiempo a esta parte vengo pensando que existen, y que están entre nosotros. Consideremos los virus: investigamos, encontramos remedios, tratamientos, vacunas, y cuando creemos que la enfermedad que causan está controlada, el virus muta, se adapta y acostumbra al tratamiento y continúa su camino de devastación de nuestras células. Sé que suena a la Amenaza de Andrómeda (excelente novela primeriza, creo, de Michael Crichton y gran peliculón), pero no deja de ser cierto que inteligencia debe haber en esos micro-organismos que encuentran modos de expandirse sin que los remedios que uno ponga para contrarrestarlos den resultado a largo plazo.

Lo mismo pasa con la lorza. Al menos con la mía. Yo valgo más bien poco, pero el caso es que doy el pego. Apañadito, vamos. No soy muy alto pero no soy bajo, en general quien me ve vestido piensa que estoy delgado y bien hecho. Pero no, no lo estoy, ahí está la lorza, tan curiosona ella, recordándome a diario que sigue en su sitio y que de ahí nadie la va a mover. Yo estoy convencido de que tiene no sólo vida propia sino una inteligencia ciertamente superior. Remedios que he puesto en funcionamiento para derrotar su avance: natación, elíptica, cinta, bicicleta, jogging, aerodance, gym tonic, body tonic, step tonic, aerobic latino, máquinas, mancuernas, flexiones, series de abdominales, ir andando al trabajo, subir y bajar las escaleras, dieta baja en grasas, dieta baja en hidratos, dieta baja en proteínas, dieta Montignac, dieta salvaje, hambre.

Nada, NADA puede con mi lorza. Es una forma superior de vida. Se encoje un poquitín al principio de una dieta, o después de varios días seguidos con sesión salvaje de aerodance y series de 600 abdominales, pero en seguida se amolda a la nueva situación y sobrevive. Sólo la derroté en una ocasión, hace justo 10 años, pero fue a costa de quedarme literalmente en los huesos. Veo fotos de entonces y me quedo espantado de lo delgado que llegué a estar. Incluso entonces, cuando parecía un extra de la Lista de Schindler, tenía un michelincillo blandurri que me recordaba que aunque esté en horas bajas, la lorza sigue vivita y coleando.

En fin. Mi problema es que tengo el mismo síndrome que tenía el protagonista de American Beauty (que película tan sobrevalorada, ¿verdad?, volví a ver hace poco la escena de la bolsa de basura en el viento, que en su momento me pareció –glups- “lírica”, y me resultó de lo más pedante, pretenciosa, superficial y barata) y es que yo lo que quiero es “to look good naked”. Lo pongo en inglés porque “to look good” es un verbo muy difícil de traducir: ¿“lucir bien”? ¿”estar bueno”? Nada encaja en realidad. Bueno, la verdad es que yo lo que quiero es lookear bien en bañador. Speedo a ser posible. Porque estoy mejor desnudo que en Speedo. Y dejo que vuestras mentes calenturientas se desborden.

Algo siempre he tenido claro y es que no se pueden tener músculos y cerebro a la vez, ¿verdad? Es decir, que o piensas, o estás bueno, ¿no es cierto? La lorza sólo nos afecta a los que tenemos neuronas en funcionamiento, ¿o no?

Mi nuevo gimnasio (no tan nuevo, llevo yendo casi un año) tiene muy poco que ver con el antiguo, que ya describí en su día en este blog. El anterior estaba poblado de cincuentones simpáticos y chicas delgadísimas, con algún musculoso suelto. El actual está lleno de maricas (muchos musculosos, muchos feos, muchos delgaduchos), héteros despistados (qué duro debe ser ser hombre joven heterosexual, qué despistados están, qué pena dan los pobres) y mujeres de cierta edad. Ya he contado que van algunos actores de corte guarro-bohemio, de ésos de pelo sucio que saludan a los que conocen con un choque de manos al estilo de los traficantes de drogas de suburbio de Baltimore. Ellos sabrán.

Pues hallábame yo un día montado en la elíptica, sudando como una perra, cuando a la máquina de al lado se monta un tío impresionante. Ya había reparado unos días antes en él: no demasiado joven, alto, guapo, con buenas espaldas, quizá un poco demasiado rubio para mi gusto. En el vestuario admiré sus deltoides marcados y sus abdominales, perfectamente esculpidos bajo un leve velo de vello dorado (uff… casi mejor no sigo). El caso es que, intentando no fijarme demasiado en él (que mi chico estaba en una de las bicicletas que hay detrás y podía darse cuenta de mis miraditas), noté que, mientras le daba a la elíptica, leía un pequeño volumen. “Será el Reader’s Digest”, pensé, “como mucho, algo de Paulo Coelho”. Pues no, era la Revista de Occidente. Algo fallaba, no podía ser. Minutos después, cuando yo hacía mis abdominales, llegué a la conclusión de que estaría leyendo algún artículo sobre algún tema superficial, desde luego en ningún caso un tipo que le dedica tanto tiempo a su cuerpo leería crítica literaria. En ningún caso.

Héteme aquí que una semana más tarde me lo vuelvo a cruzar. El tío además viste bien, tanto fuera como dentro del gimnasio y debe tener mi edad, más o menos. Los 40 no los cumple, desde luego. Yo a lo mío, ya no sé qué tocaría ese día, si cinta, elíptica, bicicleta o lo que fuese. Cuando el tipo llega a la sala, veo que lleva un periódico doblado bajo el brazo. Para mis adentros me dije que sería, como mucho, el ADN o el 20 minutos. Se monta en la máquina de al lado, se coloca los cascos del iPod, se pone a pedalear y abre el periódico… Era el “New York Review of Books”, la biblia de la intelectualidad.

No me dio tiempo siquiera a enfurecerme, la depresión tuvo más fuerza. Mientras veía mis esquemas mentales romperse en mil pedazos ante mis ojos, sentí (de verdad, lo sentí) como la lorza se expandía y reblandecía en mis costados, y noté al mismo tiempo como se apagaban varias de mis neuronas. No era capaz de discernir si quería morirme o jurar amor eterno a ese dechado de perfección, que me habría rechazado sin duda, sin apenas fijarse en mí, con sólo levantar un dedo como hubiese hecho el mismísimo Zeus.

Seguí un rato con mis ejercicios, arrastrándome como alma en pena entre máquinas de musculación, colchonetas, balones suizos y mancuernas de varios pesos, intentándole encontrar algún sentido, alguna justificación a mi existencia miserable. Él seguía, indolente, de máquina en máquina, sin esforzarse demasiado, ensimismado en la lectura que parecía alimentar aquel cuerpo perfecto. Me fui al vestuario y poco a poco recobré la confianza. “Derrotaré a la lorza”, me dije, “seguro que tanto cuerpazo le compensa otras carencias”. Me fui a la ducha reparadora más tranquilo, diciéndome que nadie lo tiene todo, que los dioses reparten cosas buenas y malas entre todos, que al final todos somos iguales y auto compensatorios.

Al salir de la ducha, me lo crucé. A cierta distancia no veo mucho sin gafas, pero a medida que nos acercábamos no pude sino mirarle de reojo a la entrepierna.

La tiene muy gorda.

sábado, 11 de julio de 2009

Lo Peor de Todo: Conferencias

Tyler Brûlé, a pesar de su nombre tan improbable, es un tipo listísimo. Para quienes no lo conozcan, diré que fue, con veintitantos años, el fundador de la revista “Wallpaper*”, la “biblia” de estilo del período del último cambio de siglo, y es ahora el editor de “Monocle” una revista bastante estupenda sobre, de nuevo, ciudades, diseño, actualidad internacional, moda, etc. Es sin duda uno de los gays más influyentes que circulan por el mundo y tiene un ritmo de vida impresionante: en su columna semanal en el Financial Times, que se puede leer aquí, cuenta como va de un lado a otro, de una conferencia en Nueva York a otra en Tokio, de su casa en Zurich a su isla privada en Suecia. Una vida ¿envidiable? Yo tengo mis dudas.

Llevo un año viajando a destajo y estoy bastante hartito, la verdad. Vuelos nocturnos, comidas raras y a deshoras, cambios de temperaturas, deshidrataciones, estreñimiento, retenciones de líquidos, no poder dormir a diario abrazado a mi chico (que es sin duda lo más duro) y, sobre todo, tener que participar en las conferencias a las que voy, porque las conferencias son, con mayúsculas, Lo Peor de TODO.

¿Qué es lo que hace que las conferencias sean lo peor? Pues aquí va el listado:

1.- La maletita. Te dan una maletita en cada conferencia. Al principio te hace gracia y te la quedas, aunque sea para no herir los sentimientos de la azafata que te la ha dado. Luego te das cuenta del error, pero aún así te la llevas de vuelta a casa y se te acumulan sin saber qué hacer con ellas (que las sobrinitas, que no son tontas, se han hartado de que se las regale). Las maletitas son inevitablemente horrorosas. Y si son monas no puedes volverlas a usar porque llevan el logotipo de la reunión y repetir su uso es equivalente a llevar la tartera en una bolsita de “Munich 72”. Además, te llenan de libros y documentos que tiras nada más regresar pero que pesan como una losa en el equipaje (sólo de mano y que incluye zapatillas de deporte, hay que hacer filigranas para que quepa todo).

2.- Los profesionales de las conferencias. Hay personas que viven por y para las conferencias. A veces te topas con la misma gente (es inevitable, nos dedicamos todos a lo mismo) pero el profesional es otra cosa, aunque sean personas distintas, siempre es el mismo tipo. Me explico. En toda convención aparece el cuarentón gordo, calvo, con perilla y halitosis, teléfono móvil y "pager" al cinto, blackberry en la mano y ordenador portátil en la maletita (él siempre utiliza la maletita de la conferencia). En el wallpaper del ordenador figura inevitablemente una foto de su santa, hecha un guiñapo la pobre, con un bebé recién parido. O del bebé: "es la niña de mis ojos", te espeta. También está la gorda líder de turno, que suele ser coorganizadora del evento, dando órdenes a destajo por el sistema de altavoces: "la comida se servirá en la terraza diecisiete, hoy tenemos un buffet norcoreano-finlandés"; "no olviden inscribirse en el tour guiado de la ciudad, tienen la hoja correspondiente en la maletita". Otro personaje es la delegada solitaria, al final de su juventud, que busca al delegado sin anillo de casado (lo sé, Notorious, es un comentario hiper-machista, pero es la realidad): "¿Nos tomamos una copa? Conozco un sitio no muy lejos donde podemos librarnos de esta gente". Pues casi mejor no, bonita, prefiero irme a la habitación a ver la tele, que quizá pillo un capítulo de "Heroes". Todo ello aderezado de jet lag, claro.

3.- Asentir. Es realmente lo peor, a mí me saca de quicio. Alguien dice algo en la conferencia y otros (y otras) se ponen a asentir vehementemente como si el movimiento de sus cabecitas diese validez a lo que el/la pánfil@ de turno está diciendo. Además es contagioso: asiente uno y otros tres van detrás, sobre todo los que forman parte del panel principal de conferenciantes. Asimilado al asentimiento es la primera pregunta. La suele hacer el listillo de turno, que considera que habiendo hecho esa primera pregunta ya ha cumplido con el trabajo y minutos después desaparece de la sala, regresando sólo para el programa festivo-cultural (ver infra). Si no le dejan hacer la primera pregunta, se desgañita asintiendo y esperando su turno. En cuanto ha terminado de hablar, se lanza al buffet.

4.- El buffet. En las conferencias te atiborran a comida mala que no deberías comer. Y no, no me está saliendo la vena bulímica sino que lo que te dan, del desayuno a la cena, es una bomba calórica de pésima calidad a la que sin embargo uno no se puede resistir. Fritanga variada y muy guarra (rollitos, pollo empanado, pescado rebozado), carbohidratos de los malos (patatas fritas, arroz envuelto en pasta bric), postres atiborrados a grasas trans y azúcares refinados, chocolates blancos de pésima calidad. La fruta y la verdura son un recuerdo lejano. Tardas un mes en desintoxicarte, y eso con una sesión diaria de elíptica o aerobic.

5.- La programación cultural. El buffet de la noche del primer día de conferencia suele estar amenizado con algún acto festivo-cultural. En la última conferencia en la que he estado salieron a actuar (lo juro, no exagero), un desfile de niños disfrazados de carnaval (incluido un niño-libélula y una niña-planeta), dos grupos de baile indios, dos orquestas de calypso a base de steel drum, cuatro parejas talluditas con trajecitos de baile ajustados haciendo mambo y chachachá, un grupo de baile limbo y una cantante libanesa, que ya no cumple los 60, enfundada en un bodysuit negro acampanado (pobre, haría 45 grados con una humedad del 99%) y con una marcha aterradora. Se puso a sacar a bailar a gente al escenario y ¿a quién sacó el primero? Pues sí, a Breckinridge. Pero, pobre de ella, se encontró con la horma de su zapato, que entre mis horas de vuelo a base de Chic y Chemical Brothers y los muslazos que se me han puesto con el aerodance, me la comí con patatas. Eso sí, todo el mundo haciendo fotos... menos mal que mis compañeros de faenas laborales no leen este blog.

Me pongo para terminar un poco serio porque en realidad lo peor de las conferencias/convenciones/seminarios/jornadas es que son una absoluta pérdida de tiempo y un modo inútil de derrochar dinero y esfuerzo. No sirven para nada. Pero para nada. Y, aunque parezca un frívolo profesional, yo me dedico a temas muy serios, de esos que deben servir para mejorar el mundo. Las conferencias son una excusa para que los enteradillos de un tema concreto se vean las caras de vez en cuando y retroalimenten su pequeño tinglado, el corralito que se han ido tejiendo con el tiempo.

Eso sí, no me quejo de mi última conferencia caribeña, que al final me pude escapar a la piscina aunque fuese sólo un rato. Dejo aquí prueba gráfica en forma de autofoto. ¿A que es chulo mi bañador nuevo?

jueves, 4 de junio de 2009

Astros

Uno de mis viajes me obliga a salir de casa muy temprano. Tengo que estar en el aeropuerto a las 6 de la mañana y la noche anterior pido un taxi para las 5 y media, que llega a y veinte. Es lunes. Por el centro de Madrid pulula bastante gente que aún no se ha acostado. El típico grupo de jóvenes británicas rubias muy borrachas, con faldas demasiado cortas para el grosor de sus muslos, las sandalias de tacón en la mano y los pies desnudos en la acera dando grititos etílicos. Algún listillo con pinta de dealer, ojo avizor para servir a quienes puedan necesitar algo que les permita seguir despiertos unas horas más, o incluso todo el día siguiente. Los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajando a destajo. En Cibeles veo un grupo de latinoamericanos, pero éstos no están de marcha, van sin duda de camino al trabajo después del madrugón habitual. En mí el madrugón es circunstancial, en ellos es rutina. No me puedo quejar. Bastantes taxis libres circulando por las calles, siempre me han gustado las lucecitas verdes salpicando la noche. Mi taxista es encantador, me cuenta que acaba de empezar la jornada y hablamos de Nadal, el pobre, que ha perdido. Seguro que ahora empezamos todos con la cantinela: “Ya te lo dije yo, si no es tan bueno, mira qué pronto ha pinchado”.

Al salir de casa me fijé que en el cielo occidental refulgía Sirio. Porque Sirio refulge, centellea y cambia continuamente de color. En Madrid no se suele ver bien, pero esta mañana (“Nunca he dado un paseo de día, he estado muchas veces en Tiffany’s a las 6 de la mañana, pero eso aún cuenta como noche, ¿verdad?” decía Holly Golightly) brilla mucho, aunque es posible que lo vea de este modo porque sigo dormido y además no he desayunado. Desde el taxi, ya en la autopista, veo en el cielo, al sureste, una luz que ilumina el firmamento como una bombilla incandescente, ésas cuyo uso pronto nos van a prohibir. Al principio pienso que es un avión aterrizando en Barajas, pero no, es Venus, el lucero del alba, que se ve toda la noche pero luce en todo su esplendor cuando empieza a despuntar el día. Y ya se puede adivinar un halo de luz tenue en el horizonte oriental.

Cuando era pequeño, mi madre me despertaba a veces en plena noche, en verano, para ver las estrellas. No sé por qué se me pone un nudo en la garganta al escribir esto. Nos despertaba a mis hermanos y a mí para que viésemos el espectáculo del cielo, estrellas, planetas y constelaciones. Nos enseñaba la Vía Láctea que yo, adormilado, nunca podía discernir. Hasta que un día lo hice y me maravillé de su inmensidad y la sutileza con que la exhibe. Me mostró Antares, mi estrella, y me enseñó la forma del escorpión, mi signo, en el cielo de Málaga. Años después me acordé de ella cuando vi en el desierto de Wadi Rum, en una noche memorable que pasé a la intemperie con Antonio y Javier, mis más antiguos y queridos amigos, los satélites artificiales en movimiento, como pequeñas y lentas estrellas fugaces sin estela.

Ahora, siempre que estoy de viaje mi chico me manda mensajes recordándome que me fije en la luna creciente o menguante (como buen conocedor y amante de la luna no la admira tanto cuando está llena como en sus otras fases) o diciéndome por ejemplo que me fije en el horizonte occidental al atardecer pues en la latitud en la que me encuentro podría ver Mercurio, el más escurridizo de los planetas y que yo sería incapaz de identificar sin su ayuda. Ahora, después de un día que no ha existido, en el que salí de casa de noche y llego a mi destino de noche y en un hemisferio distinto, veo desde el avión, justo encima del horizonte, la Cruz del Sur. Y estoy deseando aterrizar para llamarle y contárselo.

Hay momentos que, al vivirlos, uno sabe que los va a recordar para siempre. Hace cuatro años se produjo un fenómeno que no se repetirá en más de un siglo: el solsticio de verano coincidió con la luna llena. Vivíamos entonces al borde el mar y fuimos la familia entera a ver la salida de la luna. Nunca he comprendido como en aquel lugar, una colina de un parque urbano sobre la costa, en aquel momento de confabulación astral, no había nadie más que nosotros tres, mi chico y yo, abrazados, mirando la luna surgir, inmensa y roja, entre unas islas lejanas sobre el mar y nuestra niña, Lulé, ya ciega, sorda y casi incapaz de andar, con la cabeza bien levantada y sus largas orejas de cocker al aire, olisqueando los aromas del mar, disfrutando de la única percepción sensorial que le quedaba, moviendo el rabo con fruición. Tremendamente feliz, a pesar de todo, de su edad y sus limitaciones. Supe en aquel instante que ese momento, tan exquisito, tan perfecto, tan bello, tan feliz, tan cósmico, en que nos unía un astro, quedaría para siempre fijado en mi memoria. Supe también que sería la última luna llena que pasaríamos juntos los tres. Dos semanas después enterrábamos a Lulé. Es raro el día que no me acuerde ella y de los quince años y las muchísimas lunas llenas que pasamos juntos.

Al aterrizar, he llamado a mi chico y al decirle que había visto la Cruz del Sur me ha preguntado si también podía ver la constelación del Centauro. No he sabido qué decir, porque la verdad es que no sabría ni dónde buscarla. Y es que en materia de astros, como en otras tantas, sin él, mi astro personal, estoy perdido.

miércoles, 22 de abril de 2009

Tortura

Me tiene muy perplejo todo el asunto de la tortura en Estados Unidos. Vamos a ver, por un lado ha quedado confirmado, de modo explicito por Dick Cheney, que han torturado a detenidos en el marco de la “guerra contra el terror”. Antes de terminar la Presidencia Bush, el Congreso norteamericano aprobó una moción con fuerza de Ley que dejaba libres a todos aquellos que hubiesen podido estar involucrados en estas prácticas, una ley de impunidad. Barack Obama, entonces sólo senador, votó en contra de esta moción. Nada más ser elegido Presidente, en su primer día en la Casa Blanca, Obama firma la orden de cierre de los centros de detención secretos y anuncia que en el plazo de un año Guantánamo estará cerrado. Hace pocos días, Obama anuncia que no perseguirá a los torturadores, es decir que aplicará la ley en contra de la cual votó. Ahora ya no está tan claro, parece que la presión hecha por los grupos Pro Derechos Humanos empieza a surtir efecto.

Como decía, me tiene todo muy perplejo, no sé bien a qué atenerme. Como todos los que nos dedicamos a los derechos humanos, he visto los primeros años del siglo XXI como un período oscuro, quizá el más oscuro desde el holocausto. En diciembre pasado celebramos el 60 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos acosados por los relativismos culturales y religiosos (la mujer tendrá derechos en Occidente, pero el mundo musulmán no, es la tradición, hay que respetarla), la negación de la universalidad de los derechos (“en Irán no hay homosexuales”, por eso los ejecutan) y, casi peor aún, la pérdida de derechos civiles en los países occidentales. A veces parecía que habíamos vuelto a la casilla de partida en el juego de los derechos humanos y se nos hacía creer, a base de políticas de miedo (¡que vienen los islámicos!, ¡que viene el huracán!, ¡que viene la recesión!), que para conservar nuestros derechos y nuestro bienestar, teníamos que renunciar a parte de esos mismos derechos.

Reconozco que caí en la trampa. El 11-S me sobrecogió tanto como al que más, y me sigue pareciendo un acto de agresión, diría incluso que de guerra, con un impacto que aún no somos capaces de valorar y medir. Fui de los que, en un primer momento, pensó que todo estaba en peligro, que era el momento de hacer sacrificios, que tenemos un margen muy amplio de libertad y que por ceder un poco no nos pasaba nada. Qué equivocado estaba. Si algo ha quedado demostrado es que cuando no se amplían los espacios de libertad es porque estamos yendo hacia atrás, porque los estamos reduciendo. Países tan garantistas y liberales como Suecia han legitimado, por ley, la interceptación de las comunicaciones personales, ya sean cartas, correos electrónicos o, por supuesto, blogs.

Algo que me cogió por sorpresa fue la legitimación de la tortura. Tanto más cuanto que ocurrió en la tierra de la Libertad, con mayúscula, en Estados Unidos. Vamos a ver, muchas asociaciones y ONG denuncian siempre la presencia de tortura en todos los países, España incluida. Pero una cosa son los malos tratos policiales (que los hay aquí, y cómo, y en todas partes) o las vejaciones y humillaciones ocurridas en Abu Ghraib (que son absolutamente inexcusables y de hecho han sido castigadas) y otra cosa muy diferente es la tortura a detenidos con el fin de extraerles una confesión que luego va a ser utilizada en un juicio. Esto último es tortura. Y la tortura lo que hace, ni más ni menos, es anular, destrozar, inutilizar, invalidar, la Justicia. A mí no me interesa especialmente ver en el banquillo a Cheney, Bush o Rumsfeld, o a los torturadores que sin duda alegarán que “cumplían órdenes”, como hicieron en Chile o Argentina. Lo que sí me interesa es que se haga Justicia, de nuevo con mayúscula. Y por ello lo que finalmente decida Obama tiene una importancia capital.

Comprendo perfectamente que los torturados, todos o casi todos ellos, hayan pasado en sus países, donde la tortura está realmente institucionalizada, por cosas peores que la asfixia, el sometimiento a ruidos, cambios extremos de temperatura o golpes que les han sido propinados por los torturadores americanos. Comprendo también que probablemente les dé igual ser torturados, su misión es otra, no es de este mundo, está por encima de golpes y asfixias. Comprendo también que son personas muy peligrosas, que probablemente en el momento que salgan a la calle estén dispuestos a ceñirse un cinturón con explosivos o secuestrar un avión para matar a cuántos se les pongan por delante. Pero, ¿usar sus propios métodos?, ¿torturarlos?, total ¿para qué? ¿Para que digan dónde está Bin Laden? ¿Para que se inculpen? ¿Para qué serviría?

Para lo único que ha servido es para deslegitimar y devaluar la democracia, eso que los Estados Unidos proclaman defender a capa y espada en los cuatro rincones del Universo. La pérdida de los valores propios es la señal más significativa del inicio de un proceso de decadencia. Quienes sigáis el blog sabéis que soy devoto de Obama (en mi antigua oficina, antes de las elecciones, le tenía puesto un altarcito) pero habrá que ver si obedece a sus convicciones, que me consta son las de un verdadero demócrata, o cede a las presiones de tantos y tantos grupos de intereses variados que le pueden hacer desviarse de esos ideales, los de los padres fundadores, tan alegados como vulnerados en los últimos años. Lo peor de todo (y esta vez de verdad) es que en el fondo lo que se perseguía era cambiar el sistema político por la puerta de atrás, reforzar la Presidencia y anular los poderes legislativo y judicial. Lo mismo que en todas partes. Lo mismo que en el Imperio Romano. Lo mismo que en Venezuela. O en la Junta de Andalucía.

Quien quiera más (y mucho mejor) información la encuentra en este enlace.

viernes, 10 de abril de 2009

Escaparates y fachadas: Almirante Seis



Almirante Seis es una tienda de ropa de hombre que está en el número 6 de la calle Almirante de Madrid. Su escaparate es elegante: líneas blancas muy puras, cristal a ambos lados, con una lámina curva en el centro del lado opuesto a la puerta, el derecho. Por dentro el espacio parece más grande de lo que es, en gran medida porque está limpio de estorbos, toda la ropa está pegada a las paredes y sólo hay una pequeña mesa con la caja y una silla situadas delante del murete de separación de la zona de probadores y la escalera que sube a lo que era la sección de ropa de mujer de Enrique P.

Y es que esta entrada tiene algo de trampa porque no es sobre el diseño de Almirante Seis, que es ciertamente bueno, sino sobre Enrique P, la tienda que ocupaba el local y para la que fue diseñado el espacio, creo que por Mariano Bayón. Enrique P era la tienda de ropa de referencia en el Madrid de finales de los años 80. Si uno se fija en los títulos de agradecimiento de las películas de Almodóvar de la época (ésas que yo critico, por mucho que las venere, por su estilo de “nuevo rico”) encuentra el nombre de la tienda.

Pero es que esa época se pareció, a menor escala, a la que acaba de terminar, fue el primer sorbo que le dimos a la cultura de consumo conspicuo y a las apariencias de la afluencia. Se abrían entonces los espacios de ocio Archy y Teatriz (con diseño de Philippe Stark, del que aún queda bastante, 20 años después), triunfaban los de la Rosa, Mario Conde y otros que, como los Barrionuevo y Vera, acabaron en la cárcel. Los pisos en ciertas zonas de Madrid alcanzaron por primera vez el millón de pesetas por metro cuadrado. Se construían la torre Picasso y las torres KIO (que estuvieron mucho tiempo sin acabar). La “movida” (que, como dice Nacho Canut –sigo teniendo pendiente escribir sobre él-, no eran más de 50 personas) llevaba ya muchos años muerta y había sido sustituida por la “marcha”, para la que no hacía falta talento, sólo ganas de diversión y que además ciertos polvos blancos de origen andino contribuían a amplificar. Valía todo, la cocaína, los desfalcos y el GAL. No éramos 50, sino muchos más, pero parecía que nos conocíamos todos.

La calle Almirante, la “rive gauche” madrileña le llamábamos, aún conserva de aquella época las tiendas Berlín y Ararat y, en portales distintos de los originales, las de Jesús del Pozo y Elisa Bracci, pero Enrique P cerró hará algo más unos diez años. Fue la tienda que trajo a Madrid la ropa de Antonio Miró, vendió o intentó vender la de Manuel Piña, introdujo en España por primera vez la ropa para hombre de modistos clave como Comme des Garçons o Romeo Gigli, quizá el único artista verdadero de la moda –y sobre quién también tengo que escribir algún día, sobre todo ahora que vuelve a diseñar. La tienda tenía el nombre de su fundador, Enrique P (siempre he pensado que Laura P, el personaje ficticio de La Ley del Deseo, adopta su misterioso apellido) y sufrió su primer revés cuando éste se lanzó al vacío desde el balcón de su piso, bastantes alturas por encima de la tienda, tras enterarse de que tenía sida. Su pareja, Javier, siguió con el negocio, ayudado por un dependiente fabuloso, Ramón, que acabó como tantos otros con serios problemas por consumo de sustancias psicotrópicas y que en su día me regaló cassettes (qué barbaridad, cassettes, no puede haber pasado tanto tiempo) con su música favorita, entre la que se encontraban las Hermanas Goggi y mucho, mucho chochi y aún más house, que era lo que sonaba en la tienda. Compraban ahí Bibi y Pedro, Fernando Vijande hasta que murió, Sigfrido Martín Begué, arquitectos, modernos y aspirantes a serlo, niños bien y algún colgado con buen gusto.

También sobrevive de aquella época Emilio, el mejor peluquero de Madrid, que tuvo su primer local en la misma finca de la tienda, justo encima de ésta, y luego llevó su salón, Xiquena, a varios locales hasta llegar al actual en Marqués de Monasterio. Quien esté en Madrid y necesite un corte de pelo, hombre o mujer, que no lo dude.

Me entristeció muchísimo cuando me enteré de que Enrique P había echado el cierre, debió ser en el año 96 ó 97. Una noche, hace ya bastante tiempo, me encontré por ahí a Javier, que ahora tiene otra tienda de ropa en la plaza de Chueca, de cuyo nombre no me acuerdo, quien me dijo que fueron precisamente esas marcas que a mí me gustaban las que le arruinaron. Nadie, salvo algún pirado como yo, las compraba. Y yo sólo compraba algún cinturón o pillaba las cosas caras en las rebajas tan estupendas que hacían (y Ramón me regalaba de todo cada vez que iba, comprase o no).

Precisamente hablando el otro día con Emilio mientras me cortaba el pelo (me dijo que tengo más que antes, cómo no le voy a querer) coincidimos con cierta sorpresa en que a ambos nos había gustado bastante, por no decir mucho, “Los Abrazos Rotos”. Y desciframos entre los dos algunas de las claves de la película, que sin duda tiene un aspecto “roman à clef” que sólo el autor conoce del todo: el financiero millonario que interpreta José Luis Gómez es en realidad uno de los empresarios que acabó en la cárcel a mediados de los 90 y que había colocado a su amante como actriz (pésima) en películas de directores modernos que él mismo producía. El personaje de Ochandiano está basado en el hijo de otro empresario (que se libró por los pelos y por la obra de dios, a la que pertenecía, de la cárcel), cuyo único objetivo en la vida era ser moderno y que ha terminado siendo dueño de una cadena de hoteles y apareciendo con frecuencia en el papel “couché”. No sigo, no sigo, que se me nota de quien estoy hablando y no me quiero ir de la lengua. Aprovecho para contar que lo mejor del pase en el que vi la película, eso sí, fue el comentario de una señora (muy) mayor que estaba detrás de nosotros y que, en medio de la escena del polvo de Penélope con JL Gómez entre las sábanas (que ocurre justo después de la de su polvo con Lluis Homar), comentó: “Pues sí que está atareada la chiquilla”.

Esto es tremendo, presumo siempre de no ser nostálgico y me descubro echando de menos muchas cosas de esa época, que siempre he recordado con mucho reparo, por no decir rechazo. Estoy en plan proustiano, esto se tiene que acabar. Tampoco soy tan mayor. Y voy a empezar a hacer fotos con una cámara, en vez del teléfono, porque salen horrorosas.

Escribo esto en un avión mientras escucho a Yvonne Elliman cantando “If I can’t have you”. Seguro que os parece bien. A mí me encanta, a la chica que está a mi lado y tiene que aguantar mis berriditos, no tanto.

lunes, 23 de marzo de 2009

El juego de Teodoro


No me resisto a ofrecer mis respuestas al juego que plantea Theodore y que consiste, para aquéllos que no hayan leído su entrada, en utilizar los títulos de las canciones de un artista/grupo determinado para contestar a una serie de preguntas sobre uno mismo. A mí no se me ocurre algo tan elegante como utilizar a Kate Bush, así que elijo algo patrio. Me temo que Ana y Johnny no dan de sí 10 canciones, y si utilizo a Camilo Sesto me salen unas respuestas aterradoras. Me voy por lo fácil: escojo a Alaska en sus múltiples existencias. Allá van las respuestas. Y los comentarios me los hago yo mismo, hala.

1- ¿Eres hombre o mujer?: UN HOMBRE DE VERDAD (sin risas, por favor)
2- Descríbete: REY DEL GLAM (eso lo dice el encorbatado)
3- ¿Qué sienten las personas acerca de ti?: DESEO CARNAL (¿hello-o?)
4- ¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental? ¿CÓMO PUDISTE HACERME ESTO A MÍ? (no es cierto, más bien fue al revés, pero encaja muy bien)
5- Describe tu actual relación con tu novi@ o pretendiente: NO SÉ QUÉ ME DAS (qué bonito, el amor)
6- ¿Dónde quisieras estar ahora?: BAILANDO (me toca el miércoles por la tarde, me he apuntado a clase de aerobic latino, lo peor y lo mejor al mismo tiempo)
7- ¿Cómo eres respecto al amor?: OTRA DIMENSIÓN (la había pensado para la pregunta 6, pero lo meto aquí)
8- ¿Cómo es tu vida?: MIRO LA VIDA PASAR (esto lo dice el control freak)
9- ¿Qué pedirías si tuvieras un solo deseo?: LA DISNEYLANDIA DEL AMOR (pero sin Mickey Mouse, yo soy más del Pato Donald o de Pluto)
10- Ahora despídete: HAGAMOS ALGO SUPERFICIAL Y VULGAR (pues sí, al final de todo, es lo que cuenta).

Me encanta este tipo de juegos. La foto no tiene relación, es para despistar. Me habría encantado utilizar "Mi novio es un zombi" en las respuestas, pero nada más alejado de la realidad.

jueves, 5 de marzo de 2009

Una sociedad sostenible

Veo cosas a mi alrededor que me preocupan. Veo, en mis paseos tempraneros camino del trabajo, cada vez más personas sin techo, durmiendo a la intemperie en las todavía frías noches del invierno madrileño. He visto por la noche a personas peleándose por bolsas de basura recién sacadas al contenedor por un restaurante cercano a mi casa. Veo grupos de gente de mi edad, es decir de mediada edad, comportándose como adolescentes, bebiendo y haciendo ruido en la calle. Veo niños y adolescentes despreocupados por su futuro, decididos a no estudiar y a trabajar lo menos posible, aparentemente desencantados, a tan corta edad, con lo que la sociedad puede ofrecerles, y nada dispuestos a hacer algo por cambiar las cosas. También veo a personas con posibles (muchos o pocos, pero posibles), jóvenes y no tan jóvenes, que siguen con su vida como si la crisis que estamos pasando no fuese con ellos. Veo y leo (con asco) a políticos y periodistas retroalimentando su propia mediocridad, su cortoplazismo (si se me permite la palabra) nublando cualquier discusión d e fondo y de importancia. Y soy de los que piensan que ni siquiera somos capaces de imaginar (si escribiese en inglés utilizaría uno de mis verbos favoritos, “fathom”) el alcance del agujero en el que estamos metidos, lo mucho que nos va a costar salir de él –y quizá más en España que en otros sitios- y lo distinto que será el mundo cuando veamos la luz al final del túnel.

Pero, irremediablemente optimista como soy, me cuento también entre aquéllos que ven en esta crisis una oportunidad, la oportunidad de crear una sociedad sostenible. Pero para ver esta oportunidad hay que ver qué ocurre el mundo desarrollado post-industrial en el que vivimos.

Seamos honestos, el modelo de sociedad en el que hemos estado viviendo las últimas décadas no podía durar. No tenía ni tiene sentido que se pagasen los precios que aún se piden (pero por lo general ya no se pagan) por la mayor parte de las viviendas de nuestras ciudades. Aún tiene menos sentido que la gente considerase que esos precios, abusivos, desmesurados, eran correctos y solicitasen a los bancos unos créditos ingentes para pagarlos, endeudándose y endeudando a los hijos que quizá ni siquiera tengan, en la creencia equivocada de que el valor de la vivienda sólo sube, nunca baja. Los bancos, encantados de prestar a los ciudadanos de a pie el dinero que habían ganado en operaciones especulativas con instrumentos financieros casi imaginarios, basados en la propia lógica (¿ilógica?) de los mercados de valores, que es de comprensión imposible para la mayor parte de la gente. Por supuesto, el endeudamiento hipotecario es sólo parte de la orgía de gasto en la que todos (me incluyo, por supuesto) nos hemos sumergido en los últimos años. Coches, viajes, vacaciones, ropa. Cómpralo ahora, disfrútalo hoy, ya lo pagarás –o lo pagará-alguien, tus hijos, tus nietos o incluso otras personas en un continente lejano, en ése en cuyas factorías multitud de esclavos fabrican en condiciones inhumanas las zapas y las camisetas que tanto te gustan. Ésas cuya existencia desconocías hasta que las viste en un anuncio, momento en el que se convitieron en indispensables, al menos para un día.

Tampoco es sostenible el convencimiento, al menos en el mundo desarrollado, de que el crecimiento económico lo es todo. ¿Qué crecimiento hemos tenido, por ejemplo en España, los últimos 20 años? Hemos construido millones de viviendas, casi todas de mala calidad y ahora vacías. Hemos importado casi todo lo que nos hemos puesto o hemos comido (salvo “nuestro” jamoncito, eso que no falte). Hemos dejado de trabajar, importando la mano de obra que construía viviendas, carreteras y los coches que llenaban estas últimas. Podría escribir también del coste ecológico de ese modelo de crecimiento, del coste humano de atraer inmigrantes a quienes luego no damos derechos (y el de votar sólo si votas por mí, ¿eh?), del juego sucio de licencias de construcción y comisiones que ha sostenido las cuentas públicas y creado un superávit que no era sino otro espejismo más, pero tampoco quiero hacer aquí demagogia barata. El modelo económico ha sido el mismo en todo momento, nos gobernase quien nos gobernase. Al parecer, todo se autorregula, hasta que deja de hacerlo. ¿No sería preferible crecer mejor en vez de crecer más?

Pero mucho más preocupante, en mi opinión, es la quiebra que hay en la sociedad. Y no me estoy refiriendo a las diferencias de renta, o de clase. Me refiero, por ejemplo y sobre todo, a la pérdida de creencia en la educación como valor superior. Los padres de familia parecen haber renunciado a educar a sus hijos y si éstos se comportan mal, no estudian y sacan malas notas o exhiben comportamientos impropios es culpa del sistema educativo (cierto es que cambiarlo con cada cambio de gobierno es absolutamente lamentable), del colegio o del profesor o profesora de turno. Al parecer ya no es responsabilidad de los padres educar a sus hijos. Ahora se sigue siendo joven con 40 ó 50 años, no vamos a renunciar a pasarlo bien por tener que educar o dar ejemplo a nuestros hijos, qué aburrimiento. Los niños y adolescentes aprovechan la situación y dejan de estudiar y de interesarse por su futuro. Se quedan en casa hasta que no tengan más remedio. Ya heredarán algo. Para trabajar en una cadena de comida rápida, o en una zapatería, no se requiere formación, no merece la pena perder el tiempo con libros. Si sus padres hacen lo que quieren y el banco se lo paga todo, por qué no voy yo a hacer lo mismo. ¿A quién le interesa Aristóteles, Galileo, Voltaire, Darwin, Wittgenstein? Les interesa, preversamente y a sensu contrario, a los que creen y proclaman la teoría de la inteligencia creadora, que encuentran en el marasmo social el caldo de cultivo ideal para propagar sus ideas, nada inocentes. Pero no todo es malo, por supuesto, de vez en cuando compramos productos de “comercio justo”, algún kiwi de cultivo orgánico, damos un dinerillo a un ONG. Y fuimos, por supuesto, a las manifestaciones contra la guerra de Irak. Cumplimos como ciudadanos.

No es mi intención sonar como Obama, pero me gusta mucho la mención que hace últimamente a la necesidad de que los ciudadanos se comporten de un modo responsable. Creemos que todo son derechos (cuando ni siquiera sabemos los que nos corresponden o cómo reclamarlos o hacerlos respetar) y nos olvidamos de que tenemos deberes, obligaciones, responsabilidades. No me refiero a pagar impuestos, que también, sino a respetar lo que nos encontramos, intentar mejorar la sociedad, conservar los espacios y los bienes públicos y no tratarlos como si fueran de nuestra propiedad y por lo tanto a nuestra disposición para destrozarlos, trabajar con un sentido de pertenencia a una comunidad que es algo más grande que la familia que todos parecen respetar por encima de todo. Intentar dejar un mundo mejor, o al menos no peor, para aquéllos que vendrán detrás de nosotros.

En el fondo, lo que hace que nuestro modelo actual de sociedad no sea sostenible es la avaricia (de nuevo hay una palabra en inglés mucho más adecuada: “greed”). Nos comportamos como niños pequeños glotones y maleducados que lo quieren todo y lo quieren ya. No ahorraré para comprarme una casa. La compro ya, me la paga el banco, ya veré como la pago yo después. Ya lo he escrito aquí antes, me sorprende, y no en el buen sentido, la profunda infantilización de nuestras vidas. Se nos ha hecho creer, y nos hemos puesto a ello con devoción absoluta, que esta orgía de consumo y nuestra existencia como niños se podía prolongar indeterminadamente. La avaricia y codicia humanas no tienen límite y los últimos años han sido alimentadas hasta límites desconocidos, reflejados en las cuentas corrientes menguantes y las cinturas menguantes de una gran parte de la población del llamado (¿por cuánto tiempo más?) mundo desarrollado.

Decía antes y repito ahora que pienso que el mundo que salga de esta crisis va a ser muy distinto. Pero no necesariamente peor. Las crisis hay que aprovecharlas para hacer reformas de fondo, institucionales y sociales. Quizá me equivoque, pero de aquí puede salir algo bueno. Ojalá.

En mi imagen de una sociedad sostenible se parte de un concepto más participativo y activo de democracia, con mayor involucración de todos en el proceso de toma de decisiones. Más aún en un país como España, con tantas instancias (municipio, región, estado, Europa) de gobierno. No por ir a las urnas cada cuatro años disfrutamos de una democracia plena. Sin mayor participación ciudadana no podrá haber sociedad sostenible. ¿Sabemos quienes son nuestros concejales de distrito? ¿Nos dirigimos a ellos para hablar de nuestros problemas vecinales? ¿Exigimos algún tipo de rendición de cuentas a nuestros diputados o senadores? Vemos a los políticos tirarse los trastos a la cabeza en el Parlamento, escuchamos las tertulias radiofónicas o televisivas tan negativas y destructivas y nos creemos parte del debate político. Nada más lejos de la realidad. Lo que no vemos es a los mismos políticos tomarse cañas después del debate. Se ríen de nosotros. Políticos y periodistas. La conjura de los necios. Porque a la política se dedican los más mediocres, los que no saben hacer otra cosa.

Tampoco habrá democracia sin que seamos todos un poco más iguales. No puedo comprender que las mujeres, a igual trabajo, ganen casi 30% menos que los hombres. Sólo por ser mujeres. Es algo que no ocurre sólo en España, también por ejemplo en el paraíso del bienestar escandinavo. En todas partes se produce esta brecha. No podemos seguir obviando el problema de la educación, que es un problema de actitud muy marcado en nuestra sociedad. Hemos convertido el proceso formativo, a todos sus niveles, en una carga, en algo detestable, negativo, cuando al mismo tiempo nos felicitamos de los avances de la sociedad de la información, de la libertad en Internet, etc. La educación no puede ser sustituida por Wikipedia o por los foros, blogs o chats en Internet. Tenemos que crear una cultura ecológica auténtica. Todos queremos ser más verdes pero seguimos yendo a trabajar cada uno en nuestro coche, un hábito detestable que ha hecho que se degrade el transporte público en muchos sitios y que se ha ido extendiendo al mundo en desarrollo, donde el coche privado es uno de los pocos lujos que muchos se pueden permitir. No me las voy a dar de santón, pero vender el coche fue una de las mejores decisiones de mi vida.

Tengo esperanzas. Pero quizá es porque soy de los que tienden a ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Me temo que esto va a durar mucho y no sé si vamos a tener la voluntad de cambiar nuestros comportamientos glotones, tan satisfactorios a corto plazo y tan dañinos a largo. Quizá el apretón de cinturón que ya tenemos aquí ayude a cambiar actitudes. Porque si no, me temo que, como dijo Loles León en "Átame", estamos apañados.