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martes, 18 de agosto de 2009

Cuestionario Proust



Como dentro de una hora me voy a pasar unos días de descanso al desierto, y aunque me he cerciorado de que hay conexión a internet y me llevo el ordenador (sí, el que perdí pero luego recuperé), propongo un juego (sí, le copio la idea a Theodore, qué pasa) veraniego. Os va a gustar, que os conozco.

Seguro que sabéis (y si no aquí estoy para contároslo) que Marcel Proust, escritor francés que apenas salía de su casa y aún así escribía como los ángeles, se inventó en 1886, cuando aún era un chiquillo, un cuestionario de unas 30 preguntas con la idea de que amigos y conocidos lo rellenasen. Por su parte, la revista Vanity Fair (la de verdad, en inglés, versión EEUU, nada de Preysleres o Pés en la portada, please) utiliza desde hace 15 años su última página para someter a algún famosillo o famosilla a un "cuestionario Proust" algo distinto al original.

Así que he pensado, queridos lectores, hacer un batiburrillo (Stanwyck, nunca te agradeceré lo bastante que recuperases esa palabra tan maravillosa) y proponeros mi propio "Cuestionario Breckinridge-Proust". Omitiré, aunque bien me gustaría, preguntas de tipo procaz, pero si alguien quiere añadir a sus respuestas azúcar, que diría Celia Cruz (la pobre) o "spice", que diría Geri Halliwell, bienvenidos.

Respuestas. Sí queridos lectores, de lo que se trata es de que respondáis, con sinceridad (o sorna, pero mejor sinceridad) y con brevedad a las preguntas que aquí os formulo, ya sea en los comentarios a esta entrada o en vuestros propios blogs. Los más tímidos -o los más lanzados, que se puede interpretar de ambas maneras- me lo pueden enviar por correo electrónico (en la página del perfil hay un enlace). Yo publicaré, por supuesto, mis respuestas en algún momento de los próximos siete días. Daré tiempo a que lleguen respuestas. Avisad a vuestras cuñadas, vecinas, caseras, enemigas, amigas, empleadas, jefas y lo que haga falta. Polo, Coxis, aunque estéis de viaje, haced un huequecillo en vuestras agendas. Ésta es de esas entradas que harán historia en la blogosfera.

Allá van las preguntas. Las he manipulado un poquitín y las he dejado en 29, que es un número primo. He evitado la corrección política del vosotros/vosotras y he optado por no utilizar el símbolo @ para indicar que las preguntas se refieren tanto a mujeres como a hombres. Sabréis perdonármelo, espero. Tú también, Bibiana.

1.- ¿Cuál es tu virtud favorita?

2.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en un hombre?

3.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en una mujer?

4.- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada, en tu opinión?

5.- ¿Cuál es el trazo de tu personalidad que más deploras?

6.- ¿Cuál es el trazo de la personalidad de los demás que más deploras?

7.- ¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?

8.- ¿Dónde y cuándo fuiste más feliz?

9.- ¿Cuál es tu idea de la infelicidad más absoluta?

10.- ¿Cuál es tu principal defecto?

11.- ¿Qué frase o expresión utilizas con más frecuencia?

12.- ¿Qué es lo que más te desagrada de tu apariencia?

13.- ¿Qué es lo que más detestas?

14.- Si pudieses cambiar algo de ti, ¿qué cambiarías?

15.- ¿Qué o quién es el mayor amor de tu vida?

16.- ¿Quiénes son tus escritores favoritos?

17.- ¿Quiénes son tus pintores favoritos?

18.- ¿Cuál es tu ocupación favorita?

19.- ¿Quién es tu héroe de ficción favorito?

20.- ¿Con qué figura histórica te identificas más?

21.- ¿A qué persona viva admiras más?

22.- ¿Cuáles son tus nombres favoritos?

23.- ¿Cuál es tu color favorito?

24.- ¿Qué talento te gustaría tener?

25.- ¿Cómo te gustaría morir?

26.- ¿Qué falta te merece más indulgencia?

27.- ¿Cuál es tu estado de espírtu actual?

28.- ¿De qué te arrepientes más?

29.- ¿Cuál es tu lema?

Copiad, pegad y rellenad. Es un poco largo, pero prometo que va a ser divertido. Por supuesto, no habrá comentarios a las respuestas, cada cual que diga lo que quiera que se le respetará. Si alguien quiere omitir una pregunta se tomará nota pero se aceptará.

lunes, 27 de julio de 2009

La lorza

Siempre me ha fascinado la posibilidad de que existan formas de vida inteligente superiores a la nuestra. Y de un tiempo a esta parte vengo pensando que existen, y que están entre nosotros. Consideremos los virus: investigamos, encontramos remedios, tratamientos, vacunas, y cuando creemos que la enfermedad que causan está controlada, el virus muta, se adapta y acostumbra al tratamiento y continúa su camino de devastación de nuestras células. Sé que suena a la Amenaza de Andrómeda (excelente novela primeriza, creo, de Michael Crichton y gran peliculón), pero no deja de ser cierto que inteligencia debe haber en esos micro-organismos que encuentran modos de expandirse sin que los remedios que uno ponga para contrarrestarlos den resultado a largo plazo.

Lo mismo pasa con la lorza. Al menos con la mía. Yo valgo más bien poco, pero el caso es que doy el pego. Apañadito, vamos. No soy muy alto pero no soy bajo, en general quien me ve vestido piensa que estoy delgado y bien hecho. Pero no, no lo estoy, ahí está la lorza, tan curiosona ella, recordándome a diario que sigue en su sitio y que de ahí nadie la va a mover. Yo estoy convencido de que tiene no sólo vida propia sino una inteligencia ciertamente superior. Remedios que he puesto en funcionamiento para derrotar su avance: natación, elíptica, cinta, bicicleta, jogging, aerodance, gym tonic, body tonic, step tonic, aerobic latino, máquinas, mancuernas, flexiones, series de abdominales, ir andando al trabajo, subir y bajar las escaleras, dieta baja en grasas, dieta baja en hidratos, dieta baja en proteínas, dieta Montignac, dieta salvaje, hambre.

Nada, NADA puede con mi lorza. Es una forma superior de vida. Se encoje un poquitín al principio de una dieta, o después de varios días seguidos con sesión salvaje de aerodance y series de 600 abdominales, pero en seguida se amolda a la nueva situación y sobrevive. Sólo la derroté en una ocasión, hace justo 10 años, pero fue a costa de quedarme literalmente en los huesos. Veo fotos de entonces y me quedo espantado de lo delgado que llegué a estar. Incluso entonces, cuando parecía un extra de la Lista de Schindler, tenía un michelincillo blandurri que me recordaba que aunque esté en horas bajas, la lorza sigue vivita y coleando.

En fin. Mi problema es que tengo el mismo síndrome que tenía el protagonista de American Beauty (que película tan sobrevalorada, ¿verdad?, volví a ver hace poco la escena de la bolsa de basura en el viento, que en su momento me pareció –glups- “lírica”, y me resultó de lo más pedante, pretenciosa, superficial y barata) y es que yo lo que quiero es “to look good naked”. Lo pongo en inglés porque “to look good” es un verbo muy difícil de traducir: ¿“lucir bien”? ¿”estar bueno”? Nada encaja en realidad. Bueno, la verdad es que yo lo que quiero es lookear bien en bañador. Speedo a ser posible. Porque estoy mejor desnudo que en Speedo. Y dejo que vuestras mentes calenturientas se desborden.

Algo siempre he tenido claro y es que no se pueden tener músculos y cerebro a la vez, ¿verdad? Es decir, que o piensas, o estás bueno, ¿no es cierto? La lorza sólo nos afecta a los que tenemos neuronas en funcionamiento, ¿o no?

Mi nuevo gimnasio (no tan nuevo, llevo yendo casi un año) tiene muy poco que ver con el antiguo, que ya describí en su día en este blog. El anterior estaba poblado de cincuentones simpáticos y chicas delgadísimas, con algún musculoso suelto. El actual está lleno de maricas (muchos musculosos, muchos feos, muchos delgaduchos), héteros despistados (qué duro debe ser ser hombre joven heterosexual, qué despistados están, qué pena dan los pobres) y mujeres de cierta edad. Ya he contado que van algunos actores de corte guarro-bohemio, de ésos de pelo sucio que saludan a los que conocen con un choque de manos al estilo de los traficantes de drogas de suburbio de Baltimore. Ellos sabrán.

Pues hallábame yo un día montado en la elíptica, sudando como una perra, cuando a la máquina de al lado se monta un tío impresionante. Ya había reparado unos días antes en él: no demasiado joven, alto, guapo, con buenas espaldas, quizá un poco demasiado rubio para mi gusto. En el vestuario admiré sus deltoides marcados y sus abdominales, perfectamente esculpidos bajo un leve velo de vello dorado (uff… casi mejor no sigo). El caso es que, intentando no fijarme demasiado en él (que mi chico estaba en una de las bicicletas que hay detrás y podía darse cuenta de mis miraditas), noté que, mientras le daba a la elíptica, leía un pequeño volumen. “Será el Reader’s Digest”, pensé, “como mucho, algo de Paulo Coelho”. Pues no, era la Revista de Occidente. Algo fallaba, no podía ser. Minutos después, cuando yo hacía mis abdominales, llegué a la conclusión de que estaría leyendo algún artículo sobre algún tema superficial, desde luego en ningún caso un tipo que le dedica tanto tiempo a su cuerpo leería crítica literaria. En ningún caso.

Héteme aquí que una semana más tarde me lo vuelvo a cruzar. El tío además viste bien, tanto fuera como dentro del gimnasio y debe tener mi edad, más o menos. Los 40 no los cumple, desde luego. Yo a lo mío, ya no sé qué tocaría ese día, si cinta, elíptica, bicicleta o lo que fuese. Cuando el tipo llega a la sala, veo que lleva un periódico doblado bajo el brazo. Para mis adentros me dije que sería, como mucho, el ADN o el 20 minutos. Se monta en la máquina de al lado, se coloca los cascos del iPod, se pone a pedalear y abre el periódico… Era el “New York Review of Books”, la biblia de la intelectualidad.

No me dio tiempo siquiera a enfurecerme, la depresión tuvo más fuerza. Mientras veía mis esquemas mentales romperse en mil pedazos ante mis ojos, sentí (de verdad, lo sentí) como la lorza se expandía y reblandecía en mis costados, y noté al mismo tiempo como se apagaban varias de mis neuronas. No era capaz de discernir si quería morirme o jurar amor eterno a ese dechado de perfección, que me habría rechazado sin duda, sin apenas fijarse en mí, con sólo levantar un dedo como hubiese hecho el mismísimo Zeus.

Seguí un rato con mis ejercicios, arrastrándome como alma en pena entre máquinas de musculación, colchonetas, balones suizos y mancuernas de varios pesos, intentándole encontrar algún sentido, alguna justificación a mi existencia miserable. Él seguía, indolente, de máquina en máquina, sin esforzarse demasiado, ensimismado en la lectura que parecía alimentar aquel cuerpo perfecto. Me fui al vestuario y poco a poco recobré la confianza. “Derrotaré a la lorza”, me dije, “seguro que tanto cuerpazo le compensa otras carencias”. Me fui a la ducha reparadora más tranquilo, diciéndome que nadie lo tiene todo, que los dioses reparten cosas buenas y malas entre todos, que al final todos somos iguales y auto compensatorios.

Al salir de la ducha, me lo crucé. A cierta distancia no veo mucho sin gafas, pero a medida que nos acercábamos no pude sino mirarle de reojo a la entrepierna.

La tiene muy gorda.

viernes, 29 de mayo de 2009

1979

Ya lo he dejado escrito en este blog: 1979 es un año clave. No me estoy refiriendo a la revolución islámica en Irán, que podría, sino a mi desarrollo como persona. Di mi primer beso de amor en 1979, viajé a Estados Unidos donde me cambió la vida (y de dónde volví con algo más que un beso). La música disco está en su apogeo y empieza su decadencia. El punk arrasa Gran Bretaña. Se estrena Alien. Se filman Arrebato y Pepi Luci Bom. Os dejo una serie de canciones, todas de ese año, que me encantan. Una cosecha excelente. Os propongo un juego: ordenadlas según vuestros gustos. Yo las pongo en desorden, a ver si adivináis mi favorita y la menos favorita. Dos pistas: la favorita no es de las Hermanas Goggi y la menos favorita no es de Leif Garret. Otra pista: todas me gustan, de verdad.

La primera no me la dejan encamar pero haz click en el título: Video Killed the Radio Star, de Buggles. Una de esas canciones que marcan un antes y un después. Volvía el pop. Acabé odiándola.


Tendría hueco tanto en lo peor de todo como en las guilty pleasures. La amé y odié a partes iguales. Me sigue encantando.


Odio "Stay" a muerte, pero Running on Empty me gusta mucho. Aunque no soporto ver este vídeo entero.


Lo mejor (¿lo único bueno?) que ha hecho nunca Bosé. Qué bien bailaba el cabrón. Yo me hacía la coreografía enterita ante el espejo, aún me la sé.

Otra que no me dejan encamar: "Heart of Glass" de Blondie. Blondie eran perfectos: disco, punk, pop y sexo, todo en uno. Perfectos. Una de mis favoritas en el iPod del gimnasio.


Ésta no necesita comentarios, sólo dejarse llevar. La cumbre del Disco, al menos una de ellas. Atención, es una actuación en directo. A fijarse en la fauna. Cómo se lo pasaban. ¿Cuántos seguirán vivos?

Otra más que no me dejan encamar: "My Sharona" de The Knack. Lo que más sonaba en aquél verano providencial. Candidata a canción pop perfecta. Una bomba.


Lo sé, lo sé, lo sé. Lo peor de lo peor. No sé qué me pasa pero llevo un par de días en plan Leif Garret total. De hecho, es lo que me ha impulsado a escribir esta entrada.

Y otra más que no me dejan encamar (qué manía): "London calling" de The Clash. Temazo, aunque me gustan más "The Magnificent Seven" y "Rock the casbah" pero no son de 1979. Con mi primer grupo hacíamos una versión de London Calling, en plan ñoño y un poco tecno.


Uno de mis grupos favoritos, Chic, y una de sus mejores canciones. Apoteosis disco. De nuevo es en directo, de nuevo a fijarse en la gente pasándoselo de vicio.


Una de mis canciones favoritas de todos los tiempos. Me enloquece la estética. Perfección (y menudo colocón llevaba Brian Ferry cuando filmaron el vídeo).

¡Ay las Hermanas Goggi! !Qué cuerpos! ¡Qué coreografía! ¡Qué sinsentido ("Como Brasil de la tristeza me escondo")! Qué maravilla. El colofón perfecto para una lista necesariamente incompleta que compone la banda sonora de un año histórico.

Opiniones, por favor.

viernes, 15 de mayo de 2009

Antropofreak

Qué buen título para una película, un libro o un blog, ¿verdad? Además no requiere traducción, funciona en casi todos los idiomas. Debería registrarlo. Aunque seguro de que ya lo está. Demasiado bueno para que se me haya ocurrido a mí, que yo si que ando justito de talento. Mejor no lo googueleo. Que me decepciono.

¿Qué cómo se me ha ocurrido? Pues pasando la mañana del día de San Isidro en Madrid solo en casa, sentado ante la pantalla de un ordenador, leyendo y comentando blogs, viendo vídeos en Youtube, contestando a los comentarios de la entrada anterior, comiendo cheetos en homenaje a Britney. Estoy solo este puente en Madrid porque mi chico se ha ido unos días por trabajo a EEUU. A mí antes se me daba muy bien estar solo, pero ahora ya no tanto, la verdad. Hasta el punto de que en momentos como éste me interesa más el mundo virtual que el real. Pero sólo hasta que el mundo real me ofrece cosas de tipo, digamos, antropofreak, algo que el virtual no ofrece.

Yo tuve en la facultad un profesor de derecho penal muy bueno que siempre nos decía que “la realidad supera a la ficción”. Había organizado un grupillo de alumnos de tipo experimental y nos ponía un montón de casos prácticos a resolver, muchos de ellos algo grotescos pero siempre verídicos. Recuerdo muy bien el de una viejecita que en los años 50 ó 60 envenenó a su marido, lo acostó una vez muerto en la cama, durmió abrazada a él, lo descuartizó a partir del día siguiente, fue dejando trozos de su cuerpo en papeleras de su barrio (¿una salidita a la calle? pues se llevaba una bolsita con un pie, una oreja o un omóplato) y se guardó de recuerdo la cabeza en una caja de galletas. Le daba pena tirar la cabeza, confesó compungida cuando al final la pillaron. Qué haría con las partes pudendas, uno se pregunta. ¿Y con los intestinos?

Pues eso, que la realidad supera a la ficción. Encontrábame yo ante la pantalla en la que salen escritas estas mismas palabras cuando veo por el rabillo del ojo a través de la ventana un grupo de gente vestida de chulapos y manolas isidriles llegando a mi plaza. Vivo en pleno centro de Madrid y ese tipo de demostración de localismo colorista se da mucho en mi barrio. Tiene su gracia, siempre que te dejen dormir por la noche, claro. Unos minutos más tarde escucho cantar a un coro. Me asomo a la ventana y no, no era la chica de ayer sino los chulapos y las manolas en corrillo cantando cancioncillas de tipo misa. Yo he ido muy poco a misa en mi vida, por ello soy incapaz de discernir con claridad si eran canciones de misa o no, pero esa impresión me daba. Además, como cantaban muy bien, estaba todo muy ensayado y hasta hacían parte de la instrumentación “a capella”, deduje que tenían que ser gentes de bien. Daba gusto.

Justo cuando me volvía hacia mi pantalla mágica (al no estar mi marido monopolizo su Mac de teclado fluido y pantalla gigantesca) vi que en un piso al otro lado de la plaza estaba un chico, con el balcón abierto, haciendo yoga. O taichi. Cómo me gustó el chico, oye, nunca antes había reparado en él, una monada con su barbita, su pecho peludín al descubierto (llevaba pantalones de deporte, malpensadas) y sus movimientos tan lentos. El punto James Stewart de la situación añadía mucho interés, porque yo soy más fijón que mirón, pero cuando me pongo, me pongo. Mirando y admirándole me encontraba cuando salió su novia y se puso entre medias, hablando por teléfono y fumando en el balcón. Qué ordinaria. Qué poco me ha gustado, tenía pinta de marimandona. Seguro que no se merece un chico tan guapo y sensible.

Me volví a lo mío, a mi pantalla y mis blogs. Pasan unos minutos y, dejándome llevar por la cancioncilla del coro (para entonces ya había un corro de gente a su alrededor, aplaudiéndoles y animándoles, además del típico grupo de turistas holandeses gordos filmándolo todo) me doy cuenta de repente de que la música me suena. Cantaban la melodía las chicas de voz más aguda, los bajos marcaban ritmo y los demás, las voces intermedias, hacían algo parecido a una instrumentación. Yo pensando: “Esto me suena, esto me suena...”. Y justo me doy cuenta de que reconozco la canción cuando se juntan todas las voces y al son entonan: “A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga...”. Me levanté tan raudo como pude y contemplé la escena. Tengo que admitir que ya no me parecieron tan de misa, sobre todo cuando comprobé que dos chicos, uno con barba, alto y delgado y otro rechonchete y con mucho pelo, ambos con gafas, lanzaban al aire las manos abiertas y destapaban el tarro de las esencias de su pluma. Daba la impresion de que los zapatos de chulapo iban a convertirse en stilettos de tacón en un momento total “Rocky Horror Show”. En realidad era un momento antropofreak.

Por un instante pensé que esto era obra de Pasaelmocho. Quienes seguimos su egregio blog sabemos que el Sr. Mocho está en proceso de composición de un “grand opéra”, llamada “Zitronella”, y de verdad que pensé que esto, tan bien cantado, tan bien ensayado (porque estaba ensayado y bien preparado que te cagas) podría encajar en esa obra magna, que por lo que cuenta me da que va a ser un cruce entre Cavalleria Rusticana, Jenufa y Dinorah (pero sin la cabra). Como no tengo el honor de conocer en persona al señor Mocho intenté identificarlo (siguiendo los indicios que deja en su blog), pero su papel natural en este montaje habría sido el de director del coro y ese puesto estaba ocupado por una gorda líder de pro (escribiré pronto sobre la gorda líder, lo prometido es deuda). Aunque no quería quitar ojo al espectáculo de la calle me volví un segundo a la pantalla y comprobé en su blog que el Sr. Mocho se encuentra, como todos los residentes de Madrid con dos dedos de frente y al menos 50 euros en el bolsillo, fuera de la ciudad. Es decir, que no podía ser obra suya. Una lástima, habría podido invitarle a una limonada. Otra vez será.

La verdad es que los miembros y miembras del coro eran por lo demás de lo más variopinto, había todo tipo de edades, tamaños y condición. La situación me recordó por algún motivo a otro momento antropofreak que viví hace como un cuatro de siglo en la celebración de una primera comunión en una iglesia “bien” de un barrio madrileño con muchos posibles. El convite fue en la sacristía de la iglesia, organizado por unos curas muy bien dispuestos, que se desmelenaron, literalmente, cuando la DJ (una monja con toca marrón) puso “Like a Virgin” de una tal Madonna. Edificante. También me recordó al día que mi amiga Anabel montó a un grupo de curas a un escenario a hacer una coreografía al son de “Fresas salvajes” de Camilo Sesto. En Mozambique, que tiene aún más mérito.

Me está gustando esto del antropofreak, fíjate. Igual hasta doy comienzo una nueva serie de entradas. Podría hablar en ellas, por ejemplo, de los tipos que se ven en los aeropuertos. Es que no me puedo creer que aún no haya escrito sobre aeropuertos, si me paso media vida en ellos y se ven las personas más interesantes, a la par que disparatadas. Si es que voy sin rumbo.

viernes, 1 de mayo de 2009

El labio

No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero en ocasiones me obsesiono tanto con algunas cosas que no puedo dejar de mirarlas, es como si estuviese hipnotizado. No tiene nada que ver con una atracción física o sexual, es quizá algo más fuerte, una atracción fatal provocada por un deseo irrefrenable de comprender la realidad de un objeto, una persona o una situación que me deja perplejo. Y últimamente tengo una obsesión labial.

Me explico. Tengo una compañera que me cae muy bien pero a la que no veo regularmente pues trabajamos en edificios distintos. Se trata de la típica señorona de unos 60 años, de orígenes burgueses sólidos y algo extranjerizantes (hay una madre inglesa, estonia u holandesa, que le legó unos ojos azules muy bonitos y una estructura ósea espléndida). Está estupendamente casada desde hace décadas, con un ex alto cargo socialista de la época felipista y de cierto renombre con quien mantiene una pareja muy de escaparate, si bien algo ficticia, pues la afición de él a los chicos jóvenes es bien conocida en ciertos círculos. Nada raro ni reprochable, de momento, en su historia. A pesar de sus orígenes ciertamente privilegiados, ella es una feminista auténtica de viejo cuño, de las que pasó por comisarías franquistas (de donde salía, como mucho, a la media hora, tras la llamada providencial de papá, y volvía al amplio piso familiar en el barrio de Salamanca). Lo que los franceses llamarían "gauche-caviar". Roja de bolso Louis Vuitton y vacaciones en Biarritz, para entendernos.

Como digo, me llevo bien con ella, existe entre nosotros una cierta complicidad y siempre acabamos descubriendo que conocemos algunas personas en común (amigos de sus hijos) y nos gustan algunas de las mismas cosas. Hacía tiempo que no la veía y el otro día me alegró mucho saber que íbamos a coincidir en un tinglado de trabajo. Pero cuando la vi, se produjo uno de esos momentos de obsesión que comentaba al inicio. Incluso antes de darle los dos besos de rigor se me fue la vista hacia su labio superior. Estaba tumefacto, hinchado, engordado, despegado del resto de su cara. Parecía que hubiese cobrado vida propia, daba incluso la impresión de estar en movimiento. Ella al besarme me preguntaba muy animada ("cuanto tiempo hace", "qué bien te veo", "qué sabes de menganito") y yo, paralizado por el terror que me provocaba ese labio inhumano del que no podia despegar mi vista, intentaba hilvanar un par de respuestas, hacerle las preguntas de rigor y dejar de mirarle el rostro deforme.

Creo que en algún lugar de este blog he dejado escrito que no tengo una postura clara a favor o en contra de la cirugía estética. Dudo mucho de que acepte algún día que me inyecten rellenos o botulismos anti-arrugas o que me hinquen un bisturí para esculpirme la nariz, aumentar los pómulos, quitarme grasa abdominal o reducirme el pene, pero que no sea algo que me apetezca hacerme a mí no significa que me parezca mal que otros lo hagan. Además, defensor como soy del transexualismo no me voy a poner en plan purista atacando los cuerpos recauchutados y defendiendo el envejecimiento digno, sobre todo cuando no hay mucha dignidad en el hecho de hacerse viejo. Hay un añadido muy divertido, que es el de elucubrar si alguien, famoso o no, se ha hecho algo, morirse de la grima al ver a Nacha Guevara, criticar a la Kidman o reirse de las tetas talla Russ Meyer que se ha puesto la vecina. Eso sí, los resultados de la cirugía son casi siempre malos. Hay excepciones, como Silvia Tortosa, Halle Berry o Donatella Versace (sí, ahora parece un monstruo venido de otro planeta pero antes de las operaciones era mucho más fea), pero por lo general sale siempre mal. Sobre todo a los hombres, no hay más que ver lo que se ha hecho Rupert Everett, el pobre. Pero claro, son casi siempre los más guapos los que más se retocan, para intentar mantener o recobrar la belleza y la lozanía de la juventud. The harder they fall.

Mientras me fijaba en aquel labio que tanto me inquietaba no podía dejar de pensar en lo cruel que es este mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que una mujer de cierta edad que en el fondo tiene la vida más que resuelta y todo lo que pueda querer se siente obligada a inflarse el labio hasta la deformidad para parecer joven y deseable. Y me preguntaba a quién pretende gustar: a su marido maricón desde luego no, a otros hombres, lo dudo. A sus amigas y otras mujeres, es probable, pero está claro que a sí misma no se gustará nunca. Porque por mucho que se ponga o se quite, se retoque o se esculpa, después de la primera media hora de alegría por el cambio seguirá viéndose como antes, porque seguirá siendo la misma, con los mismos problemas, los mismo miedos y las mismas inseguridades. Porque es posible que alguien se sienta más seguro en sí mismo después de un retoque estético, pero tendrá que seguir lidiando consigo mismo y sin duda acabará encontrando algún otro rincón de su cuerpo que necesita un relleno o un retoque. Y luego otro, y otro. Igual que los tatuajes, que empiezas con uno pero ahí no te paras. Pero de tatuajes (¿se harán los orientales tatuajes de letras del alfabeto latino?) ya escribiré otro día.

lunes, 23 de marzo de 2009

El juego de Teodoro


No me resisto a ofrecer mis respuestas al juego que plantea Theodore y que consiste, para aquéllos que no hayan leído su entrada, en utilizar los títulos de las canciones de un artista/grupo determinado para contestar a una serie de preguntas sobre uno mismo. A mí no se me ocurre algo tan elegante como utilizar a Kate Bush, así que elijo algo patrio. Me temo que Ana y Johnny no dan de sí 10 canciones, y si utilizo a Camilo Sesto me salen unas respuestas aterradoras. Me voy por lo fácil: escojo a Alaska en sus múltiples existencias. Allá van las respuestas. Y los comentarios me los hago yo mismo, hala.

1- ¿Eres hombre o mujer?: UN HOMBRE DE VERDAD (sin risas, por favor)
2- Descríbete: REY DEL GLAM (eso lo dice el encorbatado)
3- ¿Qué sienten las personas acerca de ti?: DESEO CARNAL (¿hello-o?)
4- ¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental? ¿CÓMO PUDISTE HACERME ESTO A MÍ? (no es cierto, más bien fue al revés, pero encaja muy bien)
5- Describe tu actual relación con tu novi@ o pretendiente: NO SÉ QUÉ ME DAS (qué bonito, el amor)
6- ¿Dónde quisieras estar ahora?: BAILANDO (me toca el miércoles por la tarde, me he apuntado a clase de aerobic latino, lo peor y lo mejor al mismo tiempo)
7- ¿Cómo eres respecto al amor?: OTRA DIMENSIÓN (la había pensado para la pregunta 6, pero lo meto aquí)
8- ¿Cómo es tu vida?: MIRO LA VIDA PASAR (esto lo dice el control freak)
9- ¿Qué pedirías si tuvieras un solo deseo?: LA DISNEYLANDIA DEL AMOR (pero sin Mickey Mouse, yo soy más del Pato Donald o de Pluto)
10- Ahora despídete: HAGAMOS ALGO SUPERFICIAL Y VULGAR (pues sí, al final de todo, es lo que cuenta).

Me encanta este tipo de juegos. La foto no tiene relación, es para despistar. Me habría encantado utilizar "Mi novio es un zombi" en las respuestas, pero nada más alejado de la realidad.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mitos Eróticos. Parejas

A veces los mitos eróticos me vienen en forma de pareja, y me resulta inevitable que me gusten ambos componentes de la misma, o que por separado no me gusten. O no me gusten tanto, no sé si me explico.



Yo no sé cómo lo hace pero Warren Beatty siempre tiene cara de haber echado el mejor polvo de su vida. Quizá sea cierto porque, como dijo Shirley MacLaine, ella es la única actriz de Hollywood a la que no se ha tirado, y ello debido únicamente a que son hermanos. El Sr. Warren ha tenido multitud de parejas, pero a mí me gusta en compañía de Julie Christie. Por separado me gusta casi más ella que él, juntos me parecen irresistibles. Beatty tuvo otra pareja espectacular, Michelle Phillips (de Mamas and the Papas) pero me quedo con Julie y su cara de estar esclavizada en la cama, y encantada. Me pregunto que será de la vida de WB, casado sexagenario con Anette Benning, ahora que ésta ha pasado a engrosar las filas de las deformadas por la cirugía (¿por qué lo hacen? Un retoque, vale, pero ¿cambiarse la cara entera para parecer la cuarentona que nunca fue?) Dejo una segunda foto de JC con WB barbudo. Aún más guapo.



James Taylor podría haber entrado en mi panteón de melenudos y, en su caso, bigotudos. Lo que pasa es que a mí JT me gusta sólo de dos maneras: cantando o en compañía de Carly Simon. Me ocurre un poco lo mismo que con la pareja anterior: me gusta más ella que él.

James Taylor, antes de quedar hecho polvo por la heroína, perder el pelo, divorciarse de Carly y hacerse mayor, limpio de drogas y predecible, era muy atractivo, muy de my gusto 70's. Pero es con Carly Simon, sus ojos transparentes, su boca inmensa, dientes peligrosos, melena espesa y, sobre todo, esa pinta de niña bien metida a hippy-moderna cuando JT reluce de verdad. De nuevo dejo una segunda foto.


Soy un pesado, lo sé, siempre dándole vueltas a lo mismo. Pero no me puedo resistir a incluir a Ana y Johnny, aunque ya les he dedicado más de un post y los he citado montones de veces. Es que la gente no me cree, pero mi despertar sexual se lo debo a ellos. De nuevo, me gustaban los dos a rabiar. Johnny era guapísimo, de eso no hay duda. La cicatriz del labio superior le daba además un morbo adicional muy especial. Ana era maravillosa, modosa y viciosa, con esa cara de niña buena, esa voz que no era de este mundo y que decía aunténticas barbaridades a grito pelado. De verdad, yo tenía poco más de diez años y ellos me hicieron darme cuenta de que el amor, el de verdad, el que se expresa por la entrepierna, existe y además da mucho gustirrinín. Me atrevería a decir que justifica nuestra existencia, pero hoy es domingo y estoy relajado así que no me pasaré de la raya.

¡Pobres Tina y Carmela! Eran la bomba. A mí no me gusta la rumba ni el flamenco. El flamenco no me gusta nada, no lo comprendo. Y sí, me molesta que por esos mundos se crea que todos los españoles llevamos en la sangre el flamenco y los toros (soy abolicionista, por supuesto). Pero Las Grecas marcan época. Y otras cosas también, con esos pantalones tan apretados. A mí me parecían lo más sexy que me había echado a la cara nunca. Y no, no son el típico "one-hit wonder", que también son responsables de "Anabalina", que es como la alianza de civilizaciones pero treinta años antes y, además, sin la barriga indecente de Moratinos. Es una pena que no haya más vídeo que éste, casero. "Salam Salam Maleikum Maleikum Maleikum Salaaaam", se desgañitaban las pobres. Y no es sólo lo musical lo que me gusta, que me encanta, sino todo el conjunto en sí, que exudaba un sexualidad que yo no comprendía pero sabía que estaba ahí.



Más bien al contrario, sí que lo comprendía, y qué bien lo comprendía, respecto a Starsky & Hutch. ¡Ay, qué recuerdos! Pegadito a pantalla me tenían desde un buen rato antes de que empezara la serie en nuestra TVE de los 70.
Por cierto, hago un inciso: el mejor regalo que me hicieron por mi reciente cumpleaños, fue un ¡Hola! del año 75. ¡Gracias mágicas, Anabel! Todos los que estábamos de festolín nos pusimos a leerlo enfervorizados, sobre todo al llegar a la programación de televisión. La primera empezaba a las 13:45 y cortaba a las 16:30 para volver a empezar a las 18:45. No había otra cosa (bueno sí, tres horitas de noche en el UHF, la 2). Así hemos salido algunos. A lo que estaba: yo me apalancaba ante la tele antes de los títulos de crédito, no me fuese a perder el nanosegundo de secuencia en que salen ambos en la sauna con toallita y pistola. Hombre, en realidad a mí me gustaba Paul Michael Glaser. A David Soul lo veía más como para chicas, de hecho cu cancioncilla del verano fue un himno de fans y a mí aquello no me gustaba nada. De nuevo, por separado no les veía tanta gracia, pero juntos me resultaban irresistibles. El coche, los mafiosos negros. Qué tiempos. Dejo otra foto, que la he encontrado en los basureros del ciberespacio y me ha hecho mucha gracia. Espero que guste...

Termino ya. Y lo hago con la pareja protagonista de la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Y quien diga otra cosa, que lo justifique.

Menuda secuencia de títulos. Barcos, Ferraris, tetas moviéndose al tuntún de los bongos (bueno, en realidad son Rototoms, pero no quiero pasarme de enteradillo), loros, flamencos, Jai Alai, bikinis, skyline, arquitecturas postmodernas. Y una música bestial. Al contrario que en Starsky y Hutch, los protagonistas, Crockett y Tubbs, no salen en la secuencia de títulos. A mediados de los años 80, yo ya era un chico mayorcito y no me valía cualquier cosa. Jamás me ha gustado el tipo "guaperas" a la Don Johnson, aunque haber estado casado, dos veces además, con la Griffith tiene mucho mérito. Philip Michael Thomas era muchísimo más atractivo, sin duda. Pero, de nuevo, tenían que estar juntos, en pareja. Por separado no me gustaban ni el uno ni el otro. Pero los trajes gris perla brillante con camiseta rosa recortada del uno, y las chaquetas cruzadas y entalladas, con buena hombrera, del otro, eran para mí un referente fundamental. Además, la serie era buena de verdad, con muchas referencias a hampas cubanas, corrupción policial, drogas de todo tipo, submundos varios (incluido "leather") y miserias de todo tipo. O sea, todo lo que me gusta. En la sexta temporada salió Jermaine Stewart en la serie, vestido con chaps de cuero blaco con flecos. ¿Qué más se puede pedir?
Por favor, que no haya menciones a secuelas cinemátográficas de S&H o de Miami Vice. ¿Cómo se pudieron atrever?

miércoles, 22 de octubre de 2008

Prueba fehaciente



Esta foto es prueba fehaciente de que los hombres estamos más guapos con barba. Y eso que los rubios, en general, no sé, no sé.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Mitos Eróticos

Doy comienzo a una nueva serie en este blog. Como el nombre de esta entrada indica, voy a ir desgranando los nombres de mi panteón particular de mitos eróticos.

Es difícil describir lo que entiendo por mitos eróticos. No me estoy refiriendo a personas, más o menos conocidas, que me producen un deseo automático de acostarme con ellas, aunque ése puede ser un criterio. Voy a enumerar y describir hombres, mujeres, parejas e incluso tríos, todos (medianamente) famosos, que por algún motivo han suscitado en mí y en algún momento una curiosidad de tipo sexual, erótica o afectiva. Es posible que lo hayan hecho por su estilo, como Jermaine Stewart, por su voz y la paz que transmite, como Christine Schäfer, por sus piernas interminables, como Sylvie Vartan, o por sus pectorales de acero como…. Mejor no doy más pistas.

Quien haya seguido este blog ya habrá leído algo sobre muchos de mis favoritos y favoritas. Procuraré ser lo menos repetitivo posible y no me extenderé hablando de aquéllos sobre quienes ya he escrito. Añadiré mucho humor (por favor, que nadie se tome esto demasiado en serio) aunque siempre habrá un punto de verdad en lo que digo, en todos los casos habré tenido un momento de debilidad por la persona, o personas, sobre quienes escribo, por increíble que pueda parecer. Llevo unos días trabajando sobre una lista, pero en ningún caso está cerrada. Y animo por supuesto a mis queridos lectores a que den su veredicto, siempre acertado, sobre mis seleccionados, y a que sugieran posibles nombres, a la vista de mis gustos, que pudiesen engordar la lista.

Hago una advertencia final: evitaré los nombres más típicos, las mujeres y hombres más deseados. No estarán Ava Gardner ni Rock Hudson, tampoco Matthew MacConaughey ni Jennifer López. No incluiré a Marlon Brando (al joven desde luego no, pero quizá al mayor sí) ni a Uma Thurman, mujer perfecta. Todos ellos me gustan y erotizan, y mucho, pero mi intención es, salvo excepciones, huir de lo que nos gusta a todos y, fiel a mí mismo, reunir un grupo que sea mezcla de caspa y glamour en igual medida, refinamiento de Hollywood y España cañí a partes iguales.

Lo más curioso es que quienes me erotizan de verdad, aquellas personas por quienes en ocasiones siento un deseo súbito, los verdaderos mitos eróticos que se ven pero nunca, jamás se tocan, son siempre extraños, hombres (y mujeres) anónimos que me cruzo por la calle, en aeropuertos, por Madrid o en alguno de mis viajes. Y siempre es un olor, un color, la textura de una prenda de ropa, un peinado, un sonido, o (¿por qué no admitirlo?) un buen culo lo que me atrae de ellos. A todos esos mitos eróticos anónimos y a todos mis fieles lectores, de quienes espero muchos palos y a quienes espero proporcionar muchas risas, estarán dedicadas todas las entradas que escriba en esta sección.

Qué bonito me ha quedado.

domingo, 31 de agosto de 2008

Fernando

Nunca fui un fan acérrimo de ABBA. Mucho presumir, hablar y escribir sobre los años 70, sobre todo su parte final, pero no puedo decir que los suecos estuviesen en mi panteón de artistas preferidos. Es posible que los considerase demasiado amables, demasiado fáciles, demasiado suecos. Y mira que es raro, porque con las letras tan insustanciales que tienen deberían haberme gustado a rabiar. Nunca compré un disco suyo hasta mucho más tarde.

Por fin he visto Mamma Mia!, la película, que me ha gustado mucho. No había visto el musical y no tenía ni idea sobre la trama, por lo que todo ha sido novedoso. Da la impresión de que se lo pasaron de maravilla filmando. Sobre todo Meryl Streep, que está desatada. Lo curioso es que, por mucho que no fuese fan de ABBA en su momento, no hay duda de que sus canciones marcan el hilo musical de toda una década. No creo que ningún otro grupo o artista, salvo los Beatles, haya conseguido lo mismo. Quizá mis renuencias en su época derivaban de la canción Fernando (que es como me llamo), que en su momento me ponía muy nervioso.



He respirado con alivio al ver que la canción no sale en la película. Reconozco que me gusta que sea Anni-Frid, mi ABBA favorita, la cantante principal de la canción en vez de la cursi de Agnetha (me van a caer palos por esto, lo veo venir), pero lo veo todo demasiado blandurri. No sé.

Hace ya bastantes años me fui una semana de vacaciones, solo, a Chipre. Eran momentos muy turbulentos en Oriente Medio y por ello conseguí por dos duros una habitación en un hotel de mega lujo en Limassol. El lío de Oriente Medio era tan gordo que en el hotel estábamos solos un matrimonio británico con dos niños, una pareja escandinava mayor y servidor, y aunque, además de diez piscinas y playa privada, había como ocho restaurantes, sólo abrían uno al día. Yo por las mañana me iba en mi cochecito de alquiler a explorar la isla o a la playa y por la noche regresaba al hotel y cenaba en el restaurante que tocara. Ayer, italiano; hoy griego; mañana, francés. Recuerdo que leí muchísimo esos días.

Una de las pocas cosas que no variaba en el hotel era el pianista, que amenizaba la sala de desayuno por la mañana, la piscina durante el día, el bar por la tarde y el restaurante de turno por la noche. Tenía un aire a Lee Curreri, el actor que interpretaba al pianista Bruno Martelli en Fama (película y serie), pero algo más gordo. Pelo largo y pseudo-afro. Camisa bien abierta enseñando pecho peludo. Pantalón demasiado ceñido. Tocaba canciones predecibles en versión vestíbulo de hotel, haciendo gorgoritos con su voz melodiosa (recuerdo mucho falsete a lo New Trolls).

El penúltimo día llegué pronto al restaurante, pero ahí estaban ya los demás huéspedes del hotel, esperando a que les sirviesen el rancho de turno (no había mucho donde elegir). Apareció al cabo de un rato el pianista, pero dudó y en vez de ir directo hacia su instrumento se acercó y me preguntó si se podía sentar a mi mesa. Le dije que sí, por supuesto, y me preguntó que de dónde era, que si era aristócrata (lo que me faltaba), que si no me parecía que el hotel era un horror, que él me podía enseñar Chipre como es debido, que en el mismo Limassol había unos sitios estupendos. Decliné amablemente pero él siguió a la carga. Se dio por vencido al cabo de un rato y me preguntó mi nombre. Error: se lo dije. Se vuelve hacia el piano, se sienta, entorna los ojos, me mira con embeleso y, para delicia de británicos y escandinavos (que sin yo darme cuenta estaban pasando el mejor rato de sus vacaciones), empieza a cantar, echando la cabecita y la pelambre hacia atrás: “Can you hear the drums, Fernando?”.

No es fácil cortarme. Doy fe que lo consiguió. Los niños británicos se revolcaban por el suelo de la risa. El chipriota, desmelenado, cantando a pleno pulmón, dedicándome su vida entera. Momento clave: se para, me mira y, “a capella”, sin acompañamiento de piano, dice “When we’re old and grey, Fernando”.

En fin, lo dejo aquí. Todavía hoy me pregunto qué habría sido de mi vida si lo hubiese dejado todo por un pianista chipriota que me idolatraba de tal manera. Probablemente estaría en Limassol fregando platos y molido a palos. Bueno, al menos no me importaría engordar, eso seguro. Pero estoy casi mejor como estoy.

jueves, 19 de junio de 2008

Living a celebration

Dedicado a Joel Derfner
Hallábame yo sudando como una perra, montado en la elíptica en mi permanente y estéril lucha contra la lorza. Yo no era el único que luchaba: desde mi iPod, Sylvester, Jocelyn Brown, Eartha Kitt y Sister Sledge también intentaban imponerse al insufrible Ibizamix 1994 que tronaba como música ambiente en el gimnasio. Mientras me desgañitaba al grito de "You make me feel mighty real", me afanaba en controlar todos los indicadores de la máquina infernal –tiempo transcurrido, vatios de potencia, velocidad, frecuencia cardiaca, nivel de esfuerzo y, sobre todo, calorías quemadas- y le echaba un vistazo, como cada tarde, al paisaje humano a mi alrededor. Curioso paisaje, mezcla casi por mitades de cincuentón con barriga que habla (sobre todo de fútbol y cotizaciones de bolsa) más que corre y de chicas delgadísimas con una predisposición innata hacia la tortura del glúteo propio. No falta algún musculoso con mal disimulados problemas capilares, muy macho él, por supuesto, aunque sospecho que el esfuerzo salvaje y el cincelado de abdominal que he notado en las últimas semanas apunta al deseo de una aparición descamisada en el Orgullo, con toda seguridad a bordo de la closet-carroza, eso sí. Como siempre, pululan los monitores, casi todos jóvenes, guapos, buenorros y descerebrados, siempre sumidos en un aburrimiento terminal, salvo la profesora de spinning y sus glúteos marmóreos, que siempre va con la sonrisa profesional puesta (¿Se puede uno operar la sonrisa para hacerla permanente? Viendo a esta impresionante mujer me lo pregunto). Más allá, corriendo en la cinta, está el policía joven y guapo, que antes venía con su amante, el policía mayor, pero ahora viene solo; un día, hará un año o así, me sonrieron en el camino a las duchas…. ¿Habrán roto? (Stanwyck, fiel lectora, sabes de quien hablo, seguro que lo recuerdas, me refiero a ése que yo siempre digo que nunca presentaría a mi santo esposo porque de hacerlo me quedaría más solo que la una en un nanosegundo). Bueno, tengo que reconocer que lo de que es policía es pura imaginación calenturienta, como lo del amante mayor, que a lo mejor es su padre. Pero lanzar la imaginación al vuelo le permite a uno no desesperarse viendo como el tiempo pasa lentamente y en proporción inversa al aumento del cansancio mientras el gasto de calorías no sube lo que uno desearía y sin embargo la frecuencia cardiaca se dispara. Cosas de la cuarentena. O de los malos genes. Eso, mejor echarle la culpa a los genes.

He olvidado comentar un detalle de mi relato gimnástico que tiene importancia de cara al desenlace (por si no te habías dado cuenta, querido lector, te estoy narrando una historia verídica acaecida hace pocos días). Tengo un hábito encantador, que a todo el mundo enamora. Cuando me hallo en pleno esfuerzo me suelo poner a cantar a grito pelado la canción que suena en mi iPod. Alguna virtud tengo, pero reconozco que cantar no es una de ellas. Y eso que de pequeño, como Almodóvar, era solista en el coro del colegio y cantaba el Ave María de Schubert con gran sentimiento y dedicación. Un día de éstos tengo que escribir sobre mi educación musical. Las hormonas me pasaron una mala jugada y el cambio de voz de la adolescencia me convirtió en un gallo afónico. La grandeza de los cascos del iPod es que consiguen que me crezca y cante con la potencia y afinación de Mónica Naranjo. O eso me parece a mí. Al principio los cincuentones y las chicas delgadísimas me miraban raro cuando me ponía a berrear "Somebody else's guy" o "Left to my own devices", pero en algún momento decidieron que era gracioso y ahora me dan por imposible y siguen a lo suyo, ya sea la cotización de Metrovacesa o el abductor mientras yo entono, en falsete prodigioso, lo de "Ah, ah, ah, ah, staying alive, staying alive". Sólo los nuevos abonados y recién llegados se sorprenden, pero no dicen nada al ver que nadie se extraña. Bueno, un día me puse el Monja Jamón de Almodóvar y MacNamara y no me corté al cantar mi estrofa favorita "¡Esto es una Monja! Travestí ¡Esto es un Jamón! Travestón ¡Esto es una Monja! Maricón". Recibí miradas de reprobación. De hecho, el simpático y parlanchín gordito calvete (el cincuentón que en realidad, según le vi teclear en la elíptica, para gran satisfacción de mi ego, tiene 38 años) dejó de contarme el rollo de su BMW durante el resto de la semana, pero a los pocos días volvió a hacerlo, habiéndose dado cuenta de que sé escuchar, o por lo menos lo parece, y la gente que escucha no abunda - ¿lo ves, querido lector? alguna virtud tengo.

Regreso al inicio. Hallábame yo sudando como una perra, montado en la elíptica en mi permanente y estéril lucha contra la lorza, cuando como una exhalación entró en la sala de cardio y musculación de mi gimnasio la más rutilante estrella de nuestro firmamento musical y catódico. Ganadora de OT. Cenicienta del pollo asado convertida en la Aretha Franklin de España. Gran esperanza blanca en Eurovisión que nos hizo vivir una celebración europea. Y adorada y admirada por todos, por su voz, su naturalidad, simpatía y candidez, por su éxito y su fracaso y por su espectacular transformación de obesa mórbida sin remedio a chica delgada y con tipazo. Lo digo como lo vi. Delgada, muy delgada y con un tipo envidiable. Como yo iba a lo mío, no presté demasiada importancia inicialmente a su presencia, que sin embargo causó un gran revuelo en la sala, pues nunca antes la habíamos visto. No oculto que mi primer pensamiento al darme cuenta de quién era fue para mi maltrecha cuenta corriente. No me puedo permitir un gimnasio tan caro. En estos tiempos de incertidumbre profesional que me amenazan (¡Qué pesadito estoy con este tema! Prometo intentar no insistir) me doy cuenta de que vivo muy por encima de mis posibilidades. Y no puede ser. Mi segundo pensamiento fue hacia todas las bolsas de patatas fritas que me he comido en mi vida y que nunca debieran haber encontrado el camino hacia mi aparato digestivo. Lo confieso, son muchas. Demasiadas. Las odié y me odié. "Necesito un cambio", me dije. Así que tras la media hora reglamentaria de elíptica, me fui a la zona de aparatos de musculación.

Encontrábame yo minutos más tarde dándole al pectoral, con cambio de banda sonora de fondo. Como todo el mundo sabe, la mejor música para acompañar el ejercicio pectoral (homo-obsesión donde las haya) es Britney Spears, así que me puse, a volumen adecuado, sus grandes éxitos. Que no sólo de kd Lang vive Breckinridge. Entre la máquina de pectorales y la pared de espejo está la barra alta para hacer dominadas. Y dominadas hacía la estrella pop, una tras otra, ante la mirada del guapo entrenador personal que no se sabía muy bien para qué estaba, porque ella se bastaba y sobraba solita. Fue entonces cuando pude mirarla, y admirarla. Hacía las dominadas como si nada y cuando acababa cada serie se marcaba unos estiramientos de brazos dignos de una profesional. Menudos brazos. Bien torneados, fuertes pero sin exceso de definición, femeninos. Es una mujer alta y de estructura fuerte, de eso no hay duda. Lo que kd Lang (¿creíais que os librabais? pues no) llamaría, con lascivia, "big boned girl". Mira, un bonito dúo podrían hacer las dos, se lo voy a proponer si es que la vuelvo a ver. Me fijé mucho: la tripa, lisa. Buen culo, ni mucho ni poco. Piernas delgadas y fuertes. Excelente estilismo, al menos el corte de pelo, perfecto por donde lo mires. Luego está el arreglo de los dientes, algo que ni el endocrino ni el gimnasio solucionan pero un buen dentista sí. Hombre, por sacarle algún defecto tengo que reconocer que marcaba "camel toe" –me da vergüenza escribirlo en castellano, por si alguien no sabe qué es he puesto un enlace-, pero eso es perdonable cuando se lleva ropa de deporte ajustada.

En fin, yo seguía con Britney y el pectoral y ella con las dominadas. Me fijé que a su derecha, frente a la pared de espejo, estaba una de las chicas delgadísimas, la más delgada de todas, la que más se trabaja el glúteo, la pierna y los tríceps, y me di cuenta de que, mancuernas en las manos, miraba, a través del espejo (del mismo modo que yo contemplaba toda la escena) a la estrella rutilante y a su nuevo cuerpo, conseguido con un esfuerzo brutal que todos reconocemos porque sabemos cómo era antes. Y la chica delgadísima la odiaba con todas sus ganas, el reojo de su mirada lo decía todo. Me resulta imposible saber por qué la odiaba, sobre todo porque no es posible odiar a una mujer que irradia tanta felicidad, simpatía y seguridad en sí misma. Pero quizá es por eso por lo que la odiaba, porque si bien nunca llegará a estar tan esquelética como ella, la chica delgadísima se daba cuenta de que el gimnasio y la dieta, aunque ayudan, no te dan ni felicidad, ni simpatía ni seguridad en ti mismo, ni harán que todo el mundo te admire, te respete y te quiera.

Justo cuando yo estaba terminando el pectoral y me marchaba a machacarme el abductor (algún día alguien me tendrá que explicar el significado de que disfrute tanto con el dolor de abductores, estoy totalmente enganchado), Britney y yo nos pusimos a cantar a grito pelado –al menos yo- eso tan lindo de "Oops! I did it again, I played with your heart and got lost in the game" y Rosa (porque de Rosa se trata) se dio la vuelta y me sonrió con cariño al escuchar mis berridos. Su sonrisa me decía: "Tú de niño has cantado muy bien". Me sentí halagado y reconocido y en mi humildad vocal le sonreí de vuelta con un leve sonrojo que se mezclaba a los chorros de sudor que caían por mi cara y empapaban mi camiseta verde oscura. Más tarde, en la ducha reparadora, caí en la cuenta de que a lo mejor su mirada dulce en realidad me estaba diciendo "Bonita, cierra el pico que cantas como el culo". Pero no me importó, pues pocas miradas de mujer me han derretido como lo hizo la suya. Fíjate, creo que sólo la supera Antonia dell'Atte. Porque una vez, hace un par de lustros, coincidí en una cena en Roma con Antonia dell'Atte. ¿Ah, que todavía no lo he contado?

viernes, 23 de mayo de 2008

En Nueva York (y III)


Adiós, Nueva York.

Acabo de regresar de la que creo que será mi última visita en bastante tiempo a la ciudad que más me gusta. No he dejado de ir ni un sólo año desde hace 15, muchas veces por trabajo y muchas otras sólo por placer. En Nueva York, en Manhattan, me siento perfectamente a gusto, en simbiosis perfecta entre persona y lugar. Como decía Holly Golightly en Desayuno con Diamantes, "es el lugar donde nada malo puede pasarte". Ella se refería a Tiffany's, yo lo amplío a toda la ciudad. En los últimos años he albergado la nada secreta esperanza de poder trasladarme a vivir allá, y de hecho tenía indicaciones muy positivas al respecto. Sin embargo, ya no se hará realidad, al menos a corto o medio plazo. Las grandes incertidumbres abiertas sobre mi futuro profesional no me inquietan demasiado, pero ciertamente me entristece que no impliquen un traslado a Manhattan.

La verdad es que en el último año he viajado muy frecuentemente a Nueva York y, lo he dejado escrito en este blog, la ciudad me sigue gustando tanto como el primer día en que puse mis pies allá. En esta última visita he evitado ir a los sitios que más me gustan (Greenwich Village, la Morgan Library, las librerías Three Lives y The Strand, el parque, el Whitney, mis restaurantes preferidos) y me he quedado en la parte más anónima del Midtown, pero, como estaba algo deprimidillo por los fracasos profesionales -lo sé de sobra, es lo último por lo que hay que deprimirse- me fui el último día a Barney's a darme algún caprichito caro -lo sé, está muy mal, la terapia consumista no es nada reparadora y es muy feo sucumbir a la tentación fácil y nada barata del lujo ostentóreo, que decía Jesús Gil-. Y justo cuando iba a entrar en la tienda, aún cabizbajo, una chica guapa y rubia, pura neoyorquina (aunque seguro que era de Milwaukee o de Des Moines), de piel tan blanca que casi parecía transparente, me preguntó si me podía hacer una foto. Se dirigió a mí como "sir" en vez de gritarme algo de tipo "dude" o "hey man" que sería lo habitual en Manhattan, y me dijo que la foto era para Vogue, que le hacían fotos en la calle a gente que les gustaba para luego publicarlas.

Y se me curó la depresioncilla, se me fue el mal rollo, olvidé mi promesa de no volver más a Nueva York y de quitarme de en medio lo que minutos antes denominaba "mi enfermiza obsesión" con la ciudad. Le dejé que me hiciera las fotos y me da igual que las publiquen o no. Porque tener cuarenta y tres años y ser parado a la puerta de uno de los templos del lujo de la capital del mundo por una estilista monísima de la más influyente revista de moda que existe, tan sólo porque le has parecido guapo/elegante/simpático tiene mucho mérito. Y disculpa la vanidad, querido lector. Pero es que ese momento, tan frívolo y absurdo, me compensó tantas cosas, me hizo tan feliz de golpe, que no me importa que me saquen en la página de la revista que te dice lo que NO hay que llevar o cómo NO hay que ser, que no me extrañaría que fuese el resultado final.

Decidí que ésta no será mi última visita a Nueva York. Claro que no. Aunque dejaré pasar una temporadita antes de volver, eso sí. No muy larga. Ya veremos. Oye, ¿saldré de verdad en el Vogue? Qué nervios.

martes, 21 de agosto de 2007

La dictadura de lo joven

Buenos días.

Hay ciertas cosas que no acierto a comprender. Una de ellas es el motivo que impulsa a las personas de mediana edad a intentar parecer más jóvenes de lo que son. Lo que hacen en realidad es adueñarse de los códigos, del estilo de alguna generación posterior, en un esfuerzo (que a mí me parece bastante triste) de seguir perteneciendo a la categoría de "jóvenes" de la que hace tiempo dejaron de ser parte. Los resultados son casi siempre catastróficos.

Hombres sexagenarios con pantalones a media pantorrilla y chancletas en plena ciudad, cuarentones con barriga ("barriguita" le dicen, como si el diminutivo lo hiciese más aceptable) haciendo botellón como si fuesen adolescentes, mujeres de mediana edad con trenzas rastas y piercings en la cara que también son madres de adolescentes (avergonzados, añadiría). No es fácil querer aparentar la edad real que uno tiene, sobre todo cuando todo el bombardeo publicitario y consumista va aparentemente dirigido a los más jóvenes, aunque sean (seamos) los cuarentones quienes nos podamos permitir comprar lo anunciado. Parece que vivimos en una dictadura de la juventud, o mejor dicho en una dictadura de lo joven, sobre todo porque a los jóvenes les debe parecer penoso ver a sus mayores –porque eso es lo que somos- robándoles su estilo.

Detrás de todo se encuentra, además de un intento innato de no querer perder la lozanía (¿?) de la juventud, una dejación de lo que antes se llamaban "las formas" a favor de modo de vida supuestamente cómodo y, de nuevo, "juvenil". El problema principal es que, con excepciones, a los cuarenta o más años casi todos tenemos mucho más que ocultar que enseñar. Si un niño en pantalón corto es gracioso, un hombre hecho y derecho con bigote, gorra de béisbol, zapatillas de deporte y bermudas es un auténtico fantoche, un mamarracho. Más aún si el atuendo de marras lo lleva puesto en una ciudad. Las razones que impulsan a un hombre de cierta edad a llevar coleta y sombrero me escapan. Lo mismo ocurre con los vaqueros, como dice una buena amiga, "a ras de chichi". A una veinteañera le pueden quedar estupendamente. A una gorda cuarentona le quedan fatal, por mucho que el dependiente de la tienda se empeñe en que la cintura baja le alarga la pierna y le reduce el culo. ¿No será al revés? Madrid, la pobre Madrid, con su clima tan soleado y su vida callejera, es víctima propiciatoria de la cultura del feísmo juvenil.

Todo ello va unido además al hecho de que las modas que vuelven son siempre las más feas. Somos hoy testigos del retorno de los "leggings", la pieza de vestuario más atroz jamás diseñada y que por alguna misteriosa razón encandila a las mujeres de cierto peso. Antes fueron los pantalones de pata de elefante, los zapatos de plataforma y las cuñas, los calentadores. O los cortes de pelo llamados “mullet”, corto por delante y largo por detrás. Las hombreras gigantescas, que cantaban los pegamoides, no pueden tardar en volver.

Es muy probable que mi atuendo (casi siempre llevo chaqueta, por ejemplo, hasta en verano) provocase las risas de muchos de los lectores de estas líneas. Y es cierto que muy a menudo me siento fuera de lugar pero realmente me cuesta comprender que tengamos que parecer más jóvenes de lo que somos. Pero no te confundas, querido lector, seas quien seas, no soy un reaccionario, retrógrado, facha lleno de nostalgia por un mundo más ordenado y seguro. Todo lo contrario, ya me irás conociendo si lees este blog.