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viernes, 1 de mayo de 2009

El labio

No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero en ocasiones me obsesiono tanto con algunas cosas que no puedo dejar de mirarlas, es como si estuviese hipnotizado. No tiene nada que ver con una atracción física o sexual, es quizá algo más fuerte, una atracción fatal provocada por un deseo irrefrenable de comprender la realidad de un objeto, una persona o una situación que me deja perplejo. Y últimamente tengo una obsesión labial.

Me explico. Tengo una compañera que me cae muy bien pero a la que no veo regularmente pues trabajamos en edificios distintos. Se trata de la típica señorona de unos 60 años, de orígenes burgueses sólidos y algo extranjerizantes (hay una madre inglesa, estonia u holandesa, que le legó unos ojos azules muy bonitos y una estructura ósea espléndida). Está estupendamente casada desde hace décadas, con un ex alto cargo socialista de la época felipista y de cierto renombre con quien mantiene una pareja muy de escaparate, si bien algo ficticia, pues la afición de él a los chicos jóvenes es bien conocida en ciertos círculos. Nada raro ni reprochable, de momento, en su historia. A pesar de sus orígenes ciertamente privilegiados, ella es una feminista auténtica de viejo cuño, de las que pasó por comisarías franquistas (de donde salía, como mucho, a la media hora, tras la llamada providencial de papá, y volvía al amplio piso familiar en el barrio de Salamanca). Lo que los franceses llamarían "gauche-caviar". Roja de bolso Louis Vuitton y vacaciones en Biarritz, para entendernos.

Como digo, me llevo bien con ella, existe entre nosotros una cierta complicidad y siempre acabamos descubriendo que conocemos algunas personas en común (amigos de sus hijos) y nos gustan algunas de las mismas cosas. Hacía tiempo que no la veía y el otro día me alegró mucho saber que íbamos a coincidir en un tinglado de trabajo. Pero cuando la vi, se produjo uno de esos momentos de obsesión que comentaba al inicio. Incluso antes de darle los dos besos de rigor se me fue la vista hacia su labio superior. Estaba tumefacto, hinchado, engordado, despegado del resto de su cara. Parecía que hubiese cobrado vida propia, daba incluso la impresión de estar en movimiento. Ella al besarme me preguntaba muy animada ("cuanto tiempo hace", "qué bien te veo", "qué sabes de menganito") y yo, paralizado por el terror que me provocaba ese labio inhumano del que no podia despegar mi vista, intentaba hilvanar un par de respuestas, hacerle las preguntas de rigor y dejar de mirarle el rostro deforme.

Creo que en algún lugar de este blog he dejado escrito que no tengo una postura clara a favor o en contra de la cirugía estética. Dudo mucho de que acepte algún día que me inyecten rellenos o botulismos anti-arrugas o que me hinquen un bisturí para esculpirme la nariz, aumentar los pómulos, quitarme grasa abdominal o reducirme el pene, pero que no sea algo que me apetezca hacerme a mí no significa que me parezca mal que otros lo hagan. Además, defensor como soy del transexualismo no me voy a poner en plan purista atacando los cuerpos recauchutados y defendiendo el envejecimiento digno, sobre todo cuando no hay mucha dignidad en el hecho de hacerse viejo. Hay un añadido muy divertido, que es el de elucubrar si alguien, famoso o no, se ha hecho algo, morirse de la grima al ver a Nacha Guevara, criticar a la Kidman o reirse de las tetas talla Russ Meyer que se ha puesto la vecina. Eso sí, los resultados de la cirugía son casi siempre malos. Hay excepciones, como Silvia Tortosa, Halle Berry o Donatella Versace (sí, ahora parece un monstruo venido de otro planeta pero antes de las operaciones era mucho más fea), pero por lo general sale siempre mal. Sobre todo a los hombres, no hay más que ver lo que se ha hecho Rupert Everett, el pobre. Pero claro, son casi siempre los más guapos los que más se retocan, para intentar mantener o recobrar la belleza y la lozanía de la juventud. The harder they fall.

Mientras me fijaba en aquel labio que tanto me inquietaba no podía dejar de pensar en lo cruel que es este mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que una mujer de cierta edad que en el fondo tiene la vida más que resuelta y todo lo que pueda querer se siente obligada a inflarse el labio hasta la deformidad para parecer joven y deseable. Y me preguntaba a quién pretende gustar: a su marido maricón desde luego no, a otros hombres, lo dudo. A sus amigas y otras mujeres, es probable, pero está claro que a sí misma no se gustará nunca. Porque por mucho que se ponga o se quite, se retoque o se esculpa, después de la primera media hora de alegría por el cambio seguirá viéndose como antes, porque seguirá siendo la misma, con los mismos problemas, los mismo miedos y las mismas inseguridades. Porque es posible que alguien se sienta más seguro en sí mismo después de un retoque estético, pero tendrá que seguir lidiando consigo mismo y sin duda acabará encontrando algún otro rincón de su cuerpo que necesita un relleno o un retoque. Y luego otro, y otro. Igual que los tatuajes, que empiezas con uno pero ahí no te paras. Pero de tatuajes (¿se harán los orientales tatuajes de letras del alfabeto latino?) ya escribiré otro día.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Como unos chicos

La prenda de ropa más cara que he tenido nunca era una camiseta de la marca japonesa Comme des Garçons. Me la regalaron en torno a 1990 en una tienda de Madrid que me gustaba mucho pero que ya no existe, Enrique P, de la que yo era cliente aunque no tan bueno como para que me regalasen algo tan caro. Era una camiseta normal, de color carne, que tuve que tirar porque se me salió la tinta de un boli encima y no hubo manera de quitar la mancha. Una pena, porque era una camiseta bonita y además a mis amigos más mega-fashion les impresionaba mucho la etiqueta.

Los responsables de la marca H&M son listísimos. Esta mañana han lanzado una “colección-cápsula” de unas pocas prendas de ropa diseñadas por Rei Kawakubo y firmadas Comme des Garçons, pero a precios H&M, es decir, asequibles. La campaña publicitaria es impresionante, y la web que han montado aún más. Podías ver cada una de las prendas, de chico o de chica, en detalle y en un click de ratón te decían en qué tiendas podías comprarlo. La promoción empezaba a las 10 de esta mañana.

Aunque me gusta mucho la ropa, prefiero ser espectador que consumidor. Sigo cada temporada con fruición las noticias sobre colecciones de aquí y de allá, pero siempre acabo comprando y poniéndome lo mismo. Tampoco tengo fondos ilimitados, y la ropa buena es muy cara. Además, llevo traje y corbata a diario, así que mis posibilidades de ser original son limitadas. Pero, recordando la camiseta de antaño y azuzado por una joven amiga y compañera, me he liado la manta a la cabeza y he ido con ella esta mañana a la tienda de Gran Vía, que me pilla muy cerca del trabajo, con intención de comprarme un chaquetón de Comme para H&M con muy buena pinta y mejor precio que había visto en la web. Como he dicho, abrían a las 10. Hemos llegado a las 10 y 3 minutos y antes de entrar hemos podido comprobar que con toda certeza tenía que haber habido una buena cola nocturna, pues en la calle había por todas partes vasos de plástico con restos de café, además del cordón de seguridad habitual, ya recogido. Al entrar en la tienda, abarrotada, he visto que estaban todas las modernas de Madrid, ellas y ellas. Había también cámaras de televisión, filmando la escena que parecía sacada de “Lío en los grandes almacenes”, de Jerry Lewis.

Y al acercarnos a los estantes y perchas de la colección Comme des Garçons hemos visto que ya no quedaba casi nada. En 5 minutos la gente había arramplado con todo. En la caja había una señora de cierta edad pagando unas 20 camisas negras con lunares blancos que se llevaba, casi seguro, para poner en reventa en Ebay al llegar a casa. No quedaba ni un chaquetón ni tampoco la chaqueta que mi compañera había detectado en la web. En 5 minutos. Nos hemos vuelto al trabajo un poco depres, en parte por no haber comprado lo que queríamos pero también sobre todo por el sinsentido de la situación, todo el mundo enloquecido por unos trapos más o menos bonitos (mucho negro, muchos lunares), fabricados como no en China, diseñados por una japonesa para su propia marca, que tiene nombre francés. Muy globalizado todo. Y muy banal, la verdad.

Tengo la suerte de poder escaparme a comer a casa algunos días entre semana, y hoy ha sido uno de esos días. Para llegar a casa he tenido que cruzar la calle Alcalá, donde había una manifestación delante del Ministerio de Educación. Hoy había convocada una huelga general universitaria y estudiantil, a favor de un trabajo digno, en contra de la selectividad, en contra del sistema de Bolonia. El líder de la manifestación, o al menos el que agitaba y gritaba por el megáfono, era de mi quinta, quizá un poco más joven, pero no mucho, tenía menos pelo que yo, que ya es decir. En la manifestación había muy poca gente. Yo diría que menos que las que vi en H&M por la mañana, aunque comparar el entorno cerrado de una tienda con el espacio abierto de la calle Alcalá es necesariamente engañoso. El líder estudiantil, sin duda un repetidor profesional, se desgañitaba gritando sus consignas que los cuatro gatos que estaban con él repetían.

La gente madruga para ir a unas rebajas. La gente no va a pedir mejoras en el sistema educativo. Yo no sé si esto es una enfermedad, un síntoma o una causa de algo. No sé si es santo y seña de nuestro tiempo, tampoco sé si es bueno o malo, mi compás moral dejó de funcionar hace mucho. Me parece algo extraño, ¿o no?

sábado, 11 de octubre de 2008

Mitos Eróticos. Mats Wilander



Con la excepción de Cyd Charisse, Mats Wilander tiene las piernas más bonitas que este mundo haya visto.

Me gusta el deporte. No me paso el día ni mucho menos pegado a la pantalla de televisión viendo programas deportivos, pero hay ciertas cosas que me gustan mucho. Los saltos de trampolín sincronizados, el salto con pértiga, el baloncesto (deporte que yo practicaba el el colegio y la universidad, y era bastante bueno), las grandes finales de tenis. Y si a mi gusto por las finales de tenis se le añade mi obsesión por todo lo sueco, la ecuación tiene por resultado Borg, Edberg y Wilander. Edberg, como que no. Borg, como que tampoco. Pero hete aquí que viendo una final de Roland Garros en algún momento de los años 80 descubrí las piernas de Mats. Las piernas y la extremidad superior de las mismas cuando se le juntan con el torso, no sé si me explico.

Tengo que reconocer que más que gustarme, yo lo que quería es ser Mats Wilander. Lo he escrito bien. No quería ser como Mats Wilander, sino ser él. Vamos a ver, en mi mundo ideal, yo sería sueco, muy alto y muy delgado y tendría mucho pelo rubio, rizado y largo. Barbita rubia de tipo, pues eso, sueco. Ojos claros, un punto hippy. Sólo un punto. Pero no. Tenía que nacer castellano. Con algo de mezcla, pero mesetario puro. Así que me tengo que conformar con admirar a distancia todo lo sueco, empezando por las piernas de Mats Wilander.

Mucha fantasía me monté en mi cabecita con Wilander a lo largo de los años 80, cuando ganó no sé cuantos torneos del Grand Slam y era lo más del mundo tenístico. Aunque me di cuenta poco a poco de que no era tan rubio. Ni tan alto (más o menos como yo... y yo no me tengo por mi ideal de altura). Siempre le quedaban las piernas. Y que es sueco, claro. Pero empezó a no bastarme, y ello coincidió con su decadencia deportiva. Es una pena, cuando eres joven los mitos deportivos parecen eternos, al hacerte mayor te das cuanta de lo rápido que caen y se van sucediendo unos a otros.

De momento, no he visto ningún otro que tenga unas piernas, o un culo, como Mats. Pero todo es cuestión de seguir esperando, que prisa no tengo. Bueno sí, tengo prisa de que vuelva la moda de los pantalones de deporte cortos y algo ceñidos. No puedo con los de corte pirata. Es como las chanclas. Me supera.

sábado, 26 de julio de 2008

Je suis une catin

O, lo que es lo mismo, soy un putón. Eso cantaba Mylène Farmer en 1986 e hizo un vídeo antológico para demostrar que era cierto. Aquí lo dejo de testigo. Ojo, es larguito.



He prometido que escribiría sobre los 80 y aquí empiezo. Pasé el curso 1986/87 estudiando en París, con una beca aunque no Erasmus, que de eso aún no existía. Cosas de la edad. Tengo recuerdos borrosos de aquel año, aunque todo está escrito en un diario que se encuentra sepultado en el fondo de un cajón y al que no tengo la más mínima intención de asomarme pues sé que es un pozo de tristeza. Aunque algo he madurado con la edad, sigo oscilando entre la tristeza y la euforia, parezco no saber encontrar el término medio. Recuerdo de aquel año en París mis largos paseos lánguidos por la ciudad (descubriendo lugares urbanos perfectos, de esos que tanto me gustan como la Place Fürstenberg), recuerdo haber leído muchísimo sobre todo novela (así a bote pronto me vienen a la memoria John Dos Passos, Cesare Pavese, García Márquez, Olivier Rolin), recuerdo haberme pasado un mes sin cenar para ahorrar e ir a ver bailar a Sylvie Guillem al teatro de la ópera (al que entonces aún no llamaban, qué pretencioso, Palais Garnier). Qué solo estaba. Y recuerdo sobre todo la música. Podría presumir de que fue entonces cuando descubrí la música culta del siglo XX y me hice aficionado a Schönberg y Alban Berg. Pero lo que marca la banda sonora de aquel año, en el que prácticamente había acabado mi aventura tocando con un grupo pop, era lo que sonaba en la radio fórmula francesa. "Voyage Voyage", de Desireless, "Ouragan" de Estefanía de Mónaco, "C'est la ouate" de Caroline Loeb, "Aire soy" de Miguel Bosé o "Fotonovela" de Iván (ésta, al contrario que la de Bosé, sin traducir al francés).

Pero lo que de verdad arrasaba era "Libertine" de Mylène Farmer, a quien entonces ya habían puesto el sobrenombre de la Madonna francesa. Admito que puede haber puntos de conexión, pero en el 86 Madonna aún no había enseñado culo, tetas y parrús en un vídeo (por cierto no recuerdo que lo haya hecho, aunque sí en el libro "Sex") ni se había metido en una bañera a retozar con otras dos tías. El beso de la muerte (al menos artística, aunque al tiempo) que le dio a la pobre Britney es una broma comparado con los refriegues de Mylène y sus alegres amigas. ¡Ay las mujeres francesas!

La estética dieciochesca del vídeo poco deja ver que es de los años 80, pero la música (sintetizador doblado con piano, saxo histérico) es inequívocamente de la época. Continuaré buceando en YouTube, a ver qué joyas ochenteras (que puedan sorprender, se entiende) encuentro.

domingo, 14 de octubre de 2007

Malabarismos urbanos

Buenas tardes.

Un aspecto que sorprende del paisaje humano actual de Madrid es la cantidad de artistas circenses que hay. Los ves en los semáforos que tardan en abrirse (en el de Abascal con la Castellana, por ejemplo) y la verdad es que son muy buenos. Hacen malabarismos con mazas, cintas, pelotas. Se ganan, sin duda, las monedas que reciben de los conductores. Noté esta misma profusión de malabaristas en Londres, cuando viví allí, en los años del cambio de siglo.

No sólo se ve a estos jóvenes artistas circenses en los semáforos. Todos los domingos, muchos se agrupan en la zona de la Latina y entrenan con sus diábolos con gran dedicación. La misma de los (aún más jóvenes) patinadores de skateboard, que se desgañitan dando grandes saltos para, después de girar la tabla en el aire, volver a caer sobre las ruedas (sólo hay dos o tres que lo consiguen, los demás parecen repetir el intento una y otra vez, casi siempre en vano).

Yo, que lo único en lo que soy maestro es en perder el tiempo, me pregunto si estos chicos alguna vez se plantearán hasta donde quieren llegar con sus acrobacias sobre patines y con sus prácticas circenses. No dudo de que lo pasen bien y estoy seguro de que extraen de sus prácticas mucha satisfacción pero me extraña mucho que jóvenes supuestamente modernos se dediquen a una práctica tan rancia como el circo y las acrobacias. No estoy juzgando lo que hacen ni diciendo entre líneas que deberían hacer algo "de provecho". Nada más lejos de mi intención. Insisto, si algo he hecho bien a lo largo de mi vida es perder el tiempo, y es el derecho de cada cuál elegir cómo lo pierde. Pero puestos a hacer una actividad "alternativa" se me ocurren otras muchas, pero por algún motivo meto el circo en el mismo saco que el croché. Y no me cuadra que estos chicos se dediquen al circo, no sé por qué.