No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero en ocasiones me obsesiono tanto con algunas cosas que no puedo dejar de mirarlas, es como si estuviese hipnotizado. No tiene nada que ver con una atracción física o sexual, es quizá algo más fuerte, una atracción fatal provocada por un deseo irrefrenable de comprender la realidad de un objeto, una persona o una situación que me deja perplejo. Y últimamente tengo una obsesión labial.
Me explico. Tengo una compañera que me cae muy bien pero a la que no veo regularmente pues trabajamos en edificios distintos. Se trata de la típica señorona de unos 60 años, de orígenes burgueses sólidos y algo extranjerizantes (hay una madre inglesa, estonia u holandesa, que le legó unos ojos azules muy bonitos y una estructura ósea espléndida). Está estupendamente casada desde hace décadas, con un ex alto cargo socialista de la época felipista y de cierto renombre con quien mantiene una pareja muy de escaparate, si bien algo ficticia, pues la afición de él a los chicos jóvenes es bien conocida en ciertos círculos. Nada raro ni reprochable, de momento, en su historia. A pesar de sus orígenes ciertamente privilegiados, ella es una feminista auténtica de viejo cuño, de las que pasó por comisarías franquistas (de donde salía, como mucho, a la media hora, tras la llamada providencial de papá, y volvía al amplio piso familiar en el barrio de Salamanca). Lo que los franceses llamarían "gauche-caviar". Roja de bolso Louis Vuitton y vacaciones en Biarritz, para entendernos.
Como digo, me llevo bien con ella, existe entre nosotros una cierta complicidad y siempre acabamos descubriendo que conocemos algunas personas en común (amigos de sus hijos) y nos gustan algunas de las mismas cosas. Hacía tiempo que no la veía y el otro día me alegró mucho saber que íbamos a coincidir en un tinglado de trabajo. Pero cuando la vi, se produjo uno de esos momentos de obsesión que comentaba al inicio. Incluso antes de darle los dos besos de rigor se me fue la vista hacia su labio superior. Estaba tumefacto, hinchado, engordado, despegado del resto de su cara. Parecía que hubiese cobrado vida propia, daba incluso la impresión de estar en movimiento. Ella al besarme me preguntaba muy animada ("cuanto tiempo hace", "qué bien te veo", "qué sabes de menganito") y yo, paralizado por el terror que me provocaba ese labio inhumano del que no podia despegar mi vista, intentaba hilvanar un par de respuestas, hacerle las preguntas de rigor y dejar de mirarle el rostro deforme.
Creo que en algún lugar de este blog he dejado escrito que no tengo una postura clara a favor o en contra de la cirugía estética. Dudo mucho de que acepte algún día que me inyecten rellenos o botulismos anti-arrugas o que me hinquen un bisturí para esculpirme la nariz, aumentar los pómulos, quitarme grasa abdominal o reducirme el pene, pero que no sea algo que me apetezca hacerme a mí no significa que me parezca mal que otros lo hagan. Además, defensor como soy del transexualismo no me voy a poner en plan purista atacando los cuerpos recauchutados y defendiendo el envejecimiento digno, sobre todo cuando no hay mucha dignidad en el hecho de hacerse viejo. Hay un añadido muy divertido, que es el de elucubrar si alguien, famoso o no, se ha hecho algo, morirse de la grima al ver a Nacha Guevara, criticar a la Kidman o reirse de las tetas talla Russ Meyer que se ha puesto la vecina. Eso sí, los resultados de la cirugía son casi siempre malos. Hay excepciones, como Silvia Tortosa, Halle Berry o Donatella Versace (sí, ahora parece un monstruo venido de otro planeta pero antes de las operaciones era mucho más fea), pero por lo general sale siempre mal. Sobre todo a los hombres, no hay más que ver lo que se ha hecho Rupert Everett, el pobre. Pero claro, son casi siempre los más guapos los que más se retocan, para intentar mantener o recobrar la belleza y la lozanía de la juventud. The harder they fall.
Mientras me fijaba en aquel labio que tanto me inquietaba no podía dejar de pensar en lo cruel que es este mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que una mujer de cierta edad que en el fondo tiene la vida más que resuelta y todo lo que pueda querer se siente obligada a inflarse el labio hasta la deformidad para parecer joven y deseable. Y me preguntaba a quién pretende gustar: a su marido maricón desde luego no, a otros hombres, lo dudo. A sus amigas y otras mujeres, es probable, pero está claro que a sí misma no se gustará nunca. Porque por mucho que se ponga o se quite, se retoque o se esculpa, después de la primera media hora de alegría por el cambio seguirá viéndose como antes, porque seguirá siendo la misma, con los mismos problemas, los mismo miedos y las mismas inseguridades. Porque es posible que alguien se sienta más seguro en sí mismo después de un retoque estético, pero tendrá que seguir lidiando consigo mismo y sin duda acabará encontrando algún otro rincón de su cuerpo que necesita un relleno o un retoque. Y luego otro, y otro. Igual que los tatuajes, que empiezas con uno pero ahí no te paras. Pero de tatuajes (¿se harán los orientales tatuajes de letras del alfabeto latino?) ya escribiré otro día.
Los anillos llegaron en carroza
Hace 1 día

