domingo, 31 de mayo de 2009

1979 (bis)

Bueno, pues ha llegado la hora de dar mi lista. Gracias a todos por participar y ser lo mejor. Empiezo diciendo que os mentí, la menos favorita es la de Leif Garret. Uno es petardo, muy petardo, pero no tanto.

Mi lista “Party like it’s 1979” es la siguiente:

1.- “Angel eyes” de Roxy Music. Es que posiblemente sea mi canción favorita de todos los tiempos, de verdad. Me vuelve loco.
2.- “Heart of Glass” de Blondie.
3.- “You make me feel” de Sylvester. Hoy ha sonado en el iPod cuando estaba en el gimnasio, y el subidón que me da es de escándalo.
4.- “My Sharona” de The Knack. Es la que realmente me recuerda al “summer of 79” que pasé en Estados Unidos. Y es buenísima.
5.- “Video Killed the Radio Star”, de Buggles.
6.- “Freak Out”, de Chic. Quizá sorprenda que esté tan bajo, pero es que a mí me gustan sobre todo las canciones que Chic compuso para otros, en especial Sister Sledge (ver Infra).
7.- “Super Superman”, de Bosé
8.- “London Calling”, de The Clash (no, no es la última, para nada).
9.- “Estoy Bailando”, de las Goggi Sisters. Nadie que me hubiese visto cantarla, bailarla e interpretarla anoche en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Anabel se creería que esté tan abajo (las clases de Aerodance me están viniendo de cine, bailo mucho mejor). Claro, que también me desgañité con “Aire” de Pedro Marín.
10.- “Tragedy”, de Bee Gees.
11.- “Running on Empty” de Jackson Browne.
12.- “I was made for dancing” de Leifa Garret. Lo de Leifa suena fatal, ¿no? Pero es que parece una niña total. la canción está copiada directamente de Grease, claro que sí.

Como soy bueno, he decidido daros una propinilla, así que ahí va:

Dedicada a Stanwyck, que no se lo merece porque no ha participado pero que por otra parte se lo merece todo, “He’s the greatest dancer” de Sister Sledge, aquí en versión “live” no muy reconocible, pero el bailecito es bestial. Cantemos en coro: “Halston, Gucci, Fiarucci”.


Dedicada a Theodore, “Cars”, de Gary Numan. Te iba a regalar "Bright Eyes", pero como que no pega. Nunca hemos hablado de Gary Numan, pero algo me dice que te tiene que encantar, porque es lo mejor y porque la samplearon las Sugarbabes, que sé que te ponen (por cierto, chicas, ¿no creéis que Gary Numan tiene un aire, en mucho más feo, a Stanwyck? Espero que esto no genere comentarios sobre a quién me parezco yo, que lo de Josele Román ya lo teneís muy manido).


Dedicada a Coxis, para su cancionero coxiniano, “Su canción” de Betty Missiego. Menos mal que les dimos 12 puntos a los guapos chicos del Hallelujah y la Betty no ganó Eurovisión, porque yo no podría vivir con semejante lacra a cuestas. “¡Eh, mayor!”


Dedicada a Notorious, “Rosario” y “Toca el pito”, de Kaka de Luxe, en actuación en directo, unos años después (y todos como aburridísimos) en la Edad de Oro. Porque eres la más movidera de mis adorados lectores.


Dedicada a Pandora, “Where is my man?”, de Eartha Kitt. Es de 1984, pero no importa, el espíritu es total 1979 y es una canción taaaaaaan tuya.


Y la traca final, dedicada al Sr. Polo, el deseado por lo poco que se prodiga y como acicate a que nos deleite con más escritos, perfectos o no, “We are the 80’s” de Mabel. Cómo has podido acordarte de esto, no lo sé, pero tiene muchísimo mérito. Se merece una entrada en lo peor de todo con todos los honores, pero es tuyo, así que no lo copiaré.

viernes, 29 de mayo de 2009

1979

Ya lo he dejado escrito en este blog: 1979 es un año clave. No me estoy refiriendo a la revolución islámica en Irán, que podría, sino a mi desarrollo como persona. Di mi primer beso de amor en 1979, viajé a Estados Unidos donde me cambió la vida (y de dónde volví con algo más que un beso). La música disco está en su apogeo y empieza su decadencia. El punk arrasa Gran Bretaña. Se estrena Alien. Se filman Arrebato y Pepi Luci Bom. Os dejo una serie de canciones, todas de ese año, que me encantan. Una cosecha excelente. Os propongo un juego: ordenadlas según vuestros gustos. Yo las pongo en desorden, a ver si adivináis mi favorita y la menos favorita. Dos pistas: la favorita no es de las Hermanas Goggi y la menos favorita no es de Leif Garret. Otra pista: todas me gustan, de verdad.

La primera no me la dejan encamar pero haz click en el título: Video Killed the Radio Star, de Buggles. Una de esas canciones que marcan un antes y un después. Volvía el pop. Acabé odiándola.


Tendría hueco tanto en lo peor de todo como en las guilty pleasures. La amé y odié a partes iguales. Me sigue encantando.


Odio "Stay" a muerte, pero Running on Empty me gusta mucho. Aunque no soporto ver este vídeo entero.


Lo mejor (¿lo único bueno?) que ha hecho nunca Bosé. Qué bien bailaba el cabrón. Yo me hacía la coreografía enterita ante el espejo, aún me la sé.

Otra que no me dejan encamar: "Heart of Glass" de Blondie. Blondie eran perfectos: disco, punk, pop y sexo, todo en uno. Perfectos. Una de mis favoritas en el iPod del gimnasio.


Ésta no necesita comentarios, sólo dejarse llevar. La cumbre del Disco, al menos una de ellas. Atención, es una actuación en directo. A fijarse en la fauna. Cómo se lo pasaban. ¿Cuántos seguirán vivos?

Otra más que no me dejan encamar: "My Sharona" de The Knack. Lo que más sonaba en aquél verano providencial. Candidata a canción pop perfecta. Una bomba.


Lo sé, lo sé, lo sé. Lo peor de lo peor. No sé qué me pasa pero llevo un par de días en plan Leif Garret total. De hecho, es lo que me ha impulsado a escribir esta entrada.

Y otra más que no me dejan encamar (qué manía): "London calling" de The Clash. Temazo, aunque me gustan más "The Magnificent Seven" y "Rock the casbah" pero no son de 1979. Con mi primer grupo hacíamos una versión de London Calling, en plan ñoño y un poco tecno.


Uno de mis grupos favoritos, Chic, y una de sus mejores canciones. Apoteosis disco. De nuevo es en directo, de nuevo a fijarse en la gente pasándoselo de vicio.


Una de mis canciones favoritas de todos los tiempos. Me enloquece la estética. Perfección (y menudo colocón llevaba Brian Ferry cuando filmaron el vídeo).

¡Ay las Hermanas Goggi! !Qué cuerpos! ¡Qué coreografía! ¡Qué sinsentido ("Como Brasil de la tristeza me escondo")! Qué maravilla. El colofón perfecto para una lista necesariamente incompleta que compone la banda sonora de un año histórico.

Opiniones, por favor.

domingo, 24 de mayo de 2009

The Vault


Lo prometido es deuda. Theodore, Stanwyck, va por vosotros. Lo siento, me ha quedado muy largo.

Mi historia de amor con Nueva York (quizá debería decir con Manhattan) se fraguó en los años centrales de la década de los 90. Tuve la enorme suerte de pasar allí casi un mes al año, por motivo de trabajo, de 1993 a 1997. Es curioso, ahora NY me aburre como destino turístico y no es que lo tenga todo visto, ni mucho menos, sino que me gusta tener que levantarme temprano para ir a trabajar, hacer un horario laboral generalmente largo y sacar algún tiempo para actividades lúdicas por las noches. Me gusta sentirme neoyorquino aunque no lo sea, sentir que pertenezco a la ciudad que más me gusta del mundo, y eso sólo lo puedo conseguir haciendo la misma vida que hace un neoyorquino: trabajando y aprovechando el tiempo que sobra después de trabajar.

La Nueva York de los 90 ya no era la de los años 70. En los 70, entrar en Central Park cuando no era a pleno sol era garantía de que algo, no necesariamente bueno, te iba a pasar; ir al norte de la calle 96 era también garantía de problemas, sobre todo si uno es blanco; montarse en un vagón de metro a cualquier hora del día era una aventura sin final definido. Te podías cruzar por la calle con Woody Allen, Bianca Jagger, Andy Warhol, Amanda Lear o Greta Garbo. La ciudad estaba endeudada hasta las cejas. SoHo era la zona más degradada de todo EEUU (difícil de creer a la vista de lo que es hoy), y en sus lofts aún vivían artistas de verdad, no millonarios rusos. Hay una serie de películas, además de las de la Woody Allen, que reflejan una ciudad decadente y fascinante: Shaft, Serpico, Panic in Needle Park, Looking for Mr. Goodbar, Dog Day Afternoon, Cruising (en la que, por cierto Theodore, sale Karen Allen). Cuatro de ellas protagonizadas por Al Pacino, guapísimo con barba en Serpico. En los 90, Manhattan refulgía tras la renovación y la inyección de dinero de los 80, pero a mí me daba la impresión de que en muchas partes de la ciudad no era más que una pátina, una mano de pintura, que otra cosa. Seguía habiendo putiferio. Y donde hay putiferio, allá que voy.

The Vault, que no sé cuando abrió pero cerró cuando el alcalde Giuliani decidió “limpiar" la ciudad, estaba en un sitio muy parecido al del club que sale en Cruising y que aparece en el vídeo del enlace que he puesto. Se ubicaba en la décima avenida a la altura de la calle 13, en pleno “meatpacking district”, donde ahora se encuentran las tiendas de Stella McCartney, Alexander McQueen y muchas otras boutiques de moda modernísimas a precios desorbitados y bares de diseño a la última. The Vault era un club de sexo sadomasoquista, donde se pagaba una entrada alta (50 dólares) por entrar, pero una vez dentro uno podía hacer lo que quisiese, sin más límites que los impuestos por el respeto a los demás. Fue Madonna quien lo dio a conocer al gran público, pues lo utilizó para algunas de las fotografías, las más “risquées”, de su libro “Sex” y como escenario principal del vídeo de la canción “Erotica”, que es buenísimo, por cierto.

La primera vez que fui a The Vault, en otoño de 1994, lo hice en compañía de unos conocidos, residentes en la ciudad, que también iban por primera vez, así que era una aventura compartida. Pagamos y entramos y empezamos a darnos una vuelta por los distintos pisos: planta baja era para singles, planta primera para parejas, planta segunda para gays, planta tercera para lesbianas. Originalmente había una terraza en la azotea, pero los vecinos (no sé que vecinos habría entonces por ahí, pero bueno) se quejaron de las actividades que allí se llevaban a cabo a la vista de todos (ay, los pobres niños) y la cerraron. Lo que más me impresionó nada más entrar fue el silencio, sólo roto por murmullos, algún gemido y algún chasquido. No había música ni ningún sonido de fondo. Nada. También me impresionó lo primero que vi, nada más cruzar el umbral: sentado en un banco en la primera sala había un señor de cierta edad, con su buen bigotón, gorra de cuero negro, arnés en el pecho y un jockstrap también de cuero, haciéndose una paja tan tranquilo.

No había decoración, las paredes eran de ladrillo visto, la luz blanca. El local era bastante laberíntico, pasabas por pasillos donde había jaulas en las que cualquiera podía meterse a hacer lo que quisiera, encontrando en todas ellas esposas, látigos y otros adminículos. En otra sala había una silla de ginecólogo, que no vi usar a nadie. En la sala principal de la planta baja es donde más gente se juntaba, tanto mirones como nosotros, como participantes en los diversos juegos, como una fauna ciertamente extraña y que en el fondo daba mucha pena: auténticos freaks, personas con deformidades físicas, oligofrénicos, algunos que eran todo eso a la vez y que pagaban sus 50 dólares porque, salvo con profesionales (y quizá ni siquiera) en ningún otro sitio podrían satisfacer sus urgencias sexuales.

Todo el mundo buscaba algo de acción: de repente se metían dos mujeres y un hombre en una jaula y empezaban a restregarse entre sí, y como moscas acudía casi todo el mundo, empezando por los freaks, que se masturbaban sin miramientos. Las ventajas de ir en chándal, te bajas el pantalón y ¡voilà! Reconozco que lo que más me impresionó fue un señor, mayorcito, atado con cadenas y esposas por las extremidades, con pies y manos bien separados, que estaba recibiendo unos latigazos por parte de una dominatrix muy de libro. Me llamó la atención no tanto la situación en sí como que al cabo de un rato el hombre, que estaba desnudo y en plena erección, eyaculó sin que nada ni nadie le tocase, sólo gracias al efecto de los latigazos. Ahí se quedó extasiado y crucificado hasta que la dominatrix lo descolgó; el señor le besó la mano, se vistió a la vista de todo el mundo y se fue. Otra cosa que me llamó mucho la atención era un señor, yo diría que cuarentón, con bigote, gafas y pinta de oficinista aburrido, que se paseaba vestido únicamente con un mono de spandex negro que le cubría todo el cuerpo salvo los genitales. Tenía un piercing “Prince Albert” de cuyo anillo colgaba un peso, como el de las pescaderías o carnicerías antiguas. Lo más inquietante era el maletín que llevaba en la mano. A saber qué habría dentro. Alguna gente lo saludaba cuando pasaba a su lado. Un habitual, sin duda.

La sala de parejas era muy parecida, aunque solo te dejaban entrar si ibas chica y chico. Subí a la sala gay y no había nadie. No me molesté en ir a la sala de lesbianas, ni siquiera a mirar desde el umbral, que era algo que te dejaban hacer en todas. Por cierto, no he dicho que además de no haber música tampoco había bar. No se podían consumir bebidas y mucho menos drogas, como te pillasen, según me contaron, aparecía el matón de turno y te echaban, con cajas destempladas, en un periquete. Eso sí, en cada planta había, además de monitores de TV con películas porno sin sonido, un rincón con un buffet para comer tartas y beber té, café o zumos. Podías comerte un New York cheesecake y beberte un té mientras veías como apaleaban al fulano de turno. Me pareció un detalle de lo más tierno.

¿Qué hice yo de relevancia en aquel escenario tan propicio para dejar florecer las fantasías más dormidas? Teniendo en cuenta que éramos un grupo heterodoxo, todos con más miedo que vergüenza, no era plan ser el iniciador de nada. Eso sí, yo fui el único que tuvo una experiencia, digamos, sexual. En uno de mis paseíllos por aquí y por allá se me acercó un lederón (que no estaba mal, la verdad, al menos lo recuerdo así) que me preguntó si podía lamerme las botas. Yo llevaba unas botas de ante marrón, bastante sucias, por lo que me dio algo de reparo, pero mi educación me hizo contestarle que por supuesto, que adelante. ¡Cómo disfrutaba aquel hombre! Se puso a cuatro patas y le pegó unos lengüetazos a las botas como si le fuera la vida en ello. Afortunadamente no era nada genital, por lo que no aparecieron ni mirones ni freaks. Yo tan tranquilo (un poco aburrido al cabo de un rato, no es que me pusiese mucho la experiencia) y él a lo suyo, gozando como una perra. Pasados los minutos (no sabría decir cuántos) y sin haberse masturbado ni nada se levantó y me dio las gracias. Me dejó las botas limpísimas. Espero que aquel fulano no besase a nadie esa noche.

Salimos de ahí muy en silencio y realmente los que fuimos no hablamos mucho de ello ni justo después ni pasados los días. Alguna chica (la que más insistió en ir) estaba muy escandalizada. Un tipo se quedó –daba esa impresión- con las ganas de haberse metido en al ajo. Yo no dije nada. Pero volví, esta vez solo, unos días más tarde. No sé muy bien por qué lo hice, la verdad, el sadomasoquismo no es lo mío, pero me intrigaba la planta gay. Y sobre todo, el hecho de que no hubiese nadie. Así que allá que me fui y subí directo a la segunda (o tercera, ya no me acuerdo) planta.

No había nadie. De hecho había mucha menos gente en general que el día anterior y esta vez daba la impresión de que solo había mirones, salvo un negro con una tranca de escándalo metido él solito en un jaula y dándole al manubrio mientras bailaba. Como me aburría un poco en la planta gay, me senté en la zona de las tartas y los tés y me tomé mi cheesecake, que estaba riquísimo. Y me puse a hablar con el camarero, que era simpatiquísimo y muy normal. Me contó un montón de historias. Me dijo que si lo que me interesaba era un buen palizón o ver acción de verdad, tenía que ir a mediodía, cuando el sitio, al parecer, se llenaba de ejecutivos de Wall Street, que no está tan lejos. Me dijo que había visto pasar por ahí a muchas celebrities (sólo recuerdo de los nombres que me dio a Heather Locklear). Me contó que desde el vídeo de Madonna sólo iban mirones, sobre todo los fines de semana, que ya no era lo mismo que antes. Me contó que bastantes numeritos en las jaulas los montaban empleados a sueldo del local para animar a la gente. El negro del pollón era uno de ellos. Y me contó que si de verdad quería conocer la escena alternativa de Nueva York, tenía que ir a fiestas privadas, en las que (como en “Eyes Wide Shut”) te piden un código, que es repartido a los interesados el mismo día, para poder entrar. Me dijo que acababa en media hora y que iba a ir a una de esas fiestas privadas y me invitó a que fuese con él si me apetecía.

Pero eso no lo voy a contar aquí.

Habéis tenido a Amanda Lear y Heather Locklear en un mismo post, no os quejéis.

La foto que he colgado la he sacado de los archivos on line del “Village Voice”.

viernes, 15 de mayo de 2009

Antropofreak

Qué buen título para una película, un libro o un blog, ¿verdad? Además no requiere traducción, funciona en casi todos los idiomas. Debería registrarlo. Aunque seguro de que ya lo está. Demasiado bueno para que se me haya ocurrido a mí, que yo si que ando justito de talento. Mejor no lo googueleo. Que me decepciono.

¿Qué cómo se me ha ocurrido? Pues pasando la mañana del día de San Isidro en Madrid solo en casa, sentado ante la pantalla de un ordenador, leyendo y comentando blogs, viendo vídeos en Youtube, contestando a los comentarios de la entrada anterior, comiendo cheetos en homenaje a Britney. Estoy solo este puente en Madrid porque mi chico se ha ido unos días por trabajo a EEUU. A mí antes se me daba muy bien estar solo, pero ahora ya no tanto, la verdad. Hasta el punto de que en momentos como éste me interesa más el mundo virtual que el real. Pero sólo hasta que el mundo real me ofrece cosas de tipo, digamos, antropofreak, algo que el virtual no ofrece.

Yo tuve en la facultad un profesor de derecho penal muy bueno que siempre nos decía que “la realidad supera a la ficción”. Había organizado un grupillo de alumnos de tipo experimental y nos ponía un montón de casos prácticos a resolver, muchos de ellos algo grotescos pero siempre verídicos. Recuerdo muy bien el de una viejecita que en los años 50 ó 60 envenenó a su marido, lo acostó una vez muerto en la cama, durmió abrazada a él, lo descuartizó a partir del día siguiente, fue dejando trozos de su cuerpo en papeleras de su barrio (¿una salidita a la calle? pues se llevaba una bolsita con un pie, una oreja o un omóplato) y se guardó de recuerdo la cabeza en una caja de galletas. Le daba pena tirar la cabeza, confesó compungida cuando al final la pillaron. Qué haría con las partes pudendas, uno se pregunta. ¿Y con los intestinos?

Pues eso, que la realidad supera a la ficción. Encontrábame yo ante la pantalla en la que salen escritas estas mismas palabras cuando veo por el rabillo del ojo a través de la ventana un grupo de gente vestida de chulapos y manolas isidriles llegando a mi plaza. Vivo en pleno centro de Madrid y ese tipo de demostración de localismo colorista se da mucho en mi barrio. Tiene su gracia, siempre que te dejen dormir por la noche, claro. Unos minutos más tarde escucho cantar a un coro. Me asomo a la ventana y no, no era la chica de ayer sino los chulapos y las manolas en corrillo cantando cancioncillas de tipo misa. Yo he ido muy poco a misa en mi vida, por ello soy incapaz de discernir con claridad si eran canciones de misa o no, pero esa impresión me daba. Además, como cantaban muy bien, estaba todo muy ensayado y hasta hacían parte de la instrumentación “a capella”, deduje que tenían que ser gentes de bien. Daba gusto.

Justo cuando me volvía hacia mi pantalla mágica (al no estar mi marido monopolizo su Mac de teclado fluido y pantalla gigantesca) vi que en un piso al otro lado de la plaza estaba un chico, con el balcón abierto, haciendo yoga. O taichi. Cómo me gustó el chico, oye, nunca antes había reparado en él, una monada con su barbita, su pecho peludín al descubierto (llevaba pantalones de deporte, malpensadas) y sus movimientos tan lentos. El punto James Stewart de la situación añadía mucho interés, porque yo soy más fijón que mirón, pero cuando me pongo, me pongo. Mirando y admirándole me encontraba cuando salió su novia y se puso entre medias, hablando por teléfono y fumando en el balcón. Qué ordinaria. Qué poco me ha gustado, tenía pinta de marimandona. Seguro que no se merece un chico tan guapo y sensible.

Me volví a lo mío, a mi pantalla y mis blogs. Pasan unos minutos y, dejándome llevar por la cancioncilla del coro (para entonces ya había un corro de gente a su alrededor, aplaudiéndoles y animándoles, además del típico grupo de turistas holandeses gordos filmándolo todo) me doy cuenta de repente de que la música me suena. Cantaban la melodía las chicas de voz más aguda, los bajos marcaban ritmo y los demás, las voces intermedias, hacían algo parecido a una instrumentación. Yo pensando: “Esto me suena, esto me suena...”. Y justo me doy cuenta de que reconozco la canción cuando se juntan todas las voces y al son entonan: “A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga...”. Me levanté tan raudo como pude y contemplé la escena. Tengo que admitir que ya no me parecieron tan de misa, sobre todo cuando comprobé que dos chicos, uno con barba, alto y delgado y otro rechonchete y con mucho pelo, ambos con gafas, lanzaban al aire las manos abiertas y destapaban el tarro de las esencias de su pluma. Daba la impresion de que los zapatos de chulapo iban a convertirse en stilettos de tacón en un momento total “Rocky Horror Show”. En realidad era un momento antropofreak.

Por un instante pensé que esto era obra de Pasaelmocho. Quienes seguimos su egregio blog sabemos que el Sr. Mocho está en proceso de composición de un “grand opéra”, llamada “Zitronella”, y de verdad que pensé que esto, tan bien cantado, tan bien ensayado (porque estaba ensayado y bien preparado que te cagas) podría encajar en esa obra magna, que por lo que cuenta me da que va a ser un cruce entre Cavalleria Rusticana, Jenufa y Dinorah (pero sin la cabra). Como no tengo el honor de conocer en persona al señor Mocho intenté identificarlo (siguiendo los indicios que deja en su blog), pero su papel natural en este montaje habría sido el de director del coro y ese puesto estaba ocupado por una gorda líder de pro (escribiré pronto sobre la gorda líder, lo prometido es deuda). Aunque no quería quitar ojo al espectáculo de la calle me volví un segundo a la pantalla y comprobé en su blog que el Sr. Mocho se encuentra, como todos los residentes de Madrid con dos dedos de frente y al menos 50 euros en el bolsillo, fuera de la ciudad. Es decir, que no podía ser obra suya. Una lástima, habría podido invitarle a una limonada. Otra vez será.

La verdad es que los miembros y miembras del coro eran por lo demás de lo más variopinto, había todo tipo de edades, tamaños y condición. La situación me recordó por algún motivo a otro momento antropofreak que viví hace como un cuatro de siglo en la celebración de una primera comunión en una iglesia “bien” de un barrio madrileño con muchos posibles. El convite fue en la sacristía de la iglesia, organizado por unos curas muy bien dispuestos, que se desmelenaron, literalmente, cuando la DJ (una monja con toca marrón) puso “Like a Virgin” de una tal Madonna. Edificante. También me recordó al día que mi amiga Anabel montó a un grupo de curas a un escenario a hacer una coreografía al son de “Fresas salvajes” de Camilo Sesto. En Mozambique, que tiene aún más mérito.

Me está gustando esto del antropofreak, fíjate. Igual hasta doy comienzo una nueva serie de entradas. Podría hablar en ellas, por ejemplo, de los tipos que se ven en los aeropuertos. Es que no me puedo creer que aún no haya escrito sobre aeropuertos, si me paso media vida en ellos y se ven las personas más interesantes, a la par que disparatadas. Si es que voy sin rumbo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Baladas infumables y otros odios innombrables

Estoy con flojera bloguera, lo reconozco. Llevo más de una semana intentando escribir algo coherente, divertido o interesante y no me sale nada. Así que he decidido divagar sobre algunas músicas de tipo, digamos, lento.

Todo empezó al enterarme de que en la película Hannah Montana (de quien soy fan total, aunque odie a su padre, que tiene una pinta de pederasta que no puede con ella) sale Vanessa Williams, de quien yo me había olvidado por algún motivo totalmente inmerecido. Y es que Vanessa Williams es probablemente, y con permiso de Amparo Muñoz, la mujer más guapa que ha habido nunca. Además, tiene a su favor un punto Obama y es que fue la primera mujer negra en ser coronada Miss América, título que le quitaron tras una campaña increíblemente racista cuando aparecieron unas fotos suyas desnuda y refregándose con otra chica. La buena de Vanessa, a quien no perdonaban que fuese negra y de buena familia, luego ha tenido una carrera cinematográfica y musical (con Grammys incluidos) bastante distinguida. A principios de los 90 nos regaló este joyón "Save the best for last". No me dejan subir el vídeo, así que hay que hacer click aquí. Escuchad y admirad.

A ver, puntualicemos. Como cualquier persona con buen gusto musical, yo odio las baladas. Es un subgénero infumable, no hay por donde cogerlo. Pero claro, son tan bonitas y lacrimógenas, que uno no se resiste. Y las discográficas no son tontas, saben que por cada musculoca dispuesta a bailar hasta que le revienten los tacones hay 100 chicas a quienes les han roto el corazón dispuestas a regodearse en su miseria a lo largo de tres minutos de música sentimentaloide. Y chicos, claro, que aunque nos dure menos también sufrimos. Las baladas venden, y mucho (que se lo digan a los grupos heavy), por eso las odiamos.

También odio a Mariah Carey. En realidad no sé si la odio o me repugna. De entrada, es fea como un zapato. Quítale el pelucón y las tetas y es más fea aún que Shakira (¿he dicho que odio a Shakira? La odio, como a la innombrable de Titanic). Para continuar, nadie, ni siquiera yo, es tan bipolar como Mariah dice ser. Su estilo, por llamarlo de algún modo, es algo así como Suzie Wong meets Manolita Chen meets Chumina Power (¿que no sabéis quien es Chumina Power?). Y luego, como si fuera poco, los gorgoritos de ultratumba. A Mariah sólo le perdono dos cosas: "Glitter", que es tan zafia que tiene un puntazo (la escena en la que sale llevando una gorra de ciclista de Seguros Vitalicio es antológica; además sale uno de los chicos más guapos de esta década, Terrence Howard) y su primer éxito, "Vision of Love", que me parece un temazo. Por supuesto, Youtube tampoco me deja encamarlo y blogger no me deja subirlo. Hay que hay que hacer click aquí.

La reina de las baladas, al menos en los 80 y los 90, es Whitney Houston, a quien me encantaría odiar, pero no puedo. Aquellas fotos suyas, consumida por el crack, pesando 30 kilos, eran demasiado fuertes como para odiarla. Pobre. Eso sí, odio sus baladas, sobre todo las archifamosas, las de los 90. Aunque me gusta mucho "You give good love", que es, creo, de su primer disco. El vídeo es uno de los peores que recuerdo y el modelito, tipo "marca-chumi" (reconocedlo, "chumino" es una palabra maravillosa) da retortijones. Pero cantar, cantaba. Y la canción es tan bonita...



Todo lo contrario a este horror es el fabuloso clip de"Bad Girl", de Madonna. Siempre digo que la mejor Madonna es la de inicios de los 90 y que sus mejores discos son "Erotica" (tengo pendiente escribir sobre mis aventuras en The Vault, el bar S&M que ya no existe donde se filmó el vídeo) y Bedtime Stories. Esta canción y el vídeo, que es como una versión corta de una película maravillosa con Diane Keaton en plan zorrón, "Looking for Mr. Goodbar", son buenísimos, en plan "antes muerta que aburrida". Madonna estaba mucha más mona con carne en los huesos, también es cierto. Eso sí, no sé si esto cuenta como balada o no. Pero bueno, lo incluyo.



Había pensado incluir más baladas, mucho más respetables, de divas tipo Gladys Knight, Randy Crawford o Dionne Warwick, pero no pegan aquí con tanto "trash". Eso sí, rebuscando por Youtube me he encontrado este dueto de Dionne Warwick y Boy George, que es delirante. Es lo bueno de haber tenido un programa de TV, la Dionne hizo duos con todo el mundo. Al loro el colocón y las hombreras de Boy George. Pero el tío cantaba...



Siento este post tan deslavazado, pero o escribía o me olvidabais. Y a mí me gusta que me quieran y no me importa que me odien, pero no soporto que me ignoren. Oye, qué buena frase para una diálogo almodovariano.

domingo, 3 de mayo de 2009

México

"Mexico is a country where men despise sex, and live for it, which is suicide".
D. H. Lawrence.

"La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida".
Octavio Paz.

"Mucha cultura, mucha cultura pero los Aztecas no conocían la rueda".
Esperanza Aguirre (Ministra de Cultura de España, 1998)

"Mexico City is like another world. Nice this year, they say".
Donald Fagen ("Maxine")

"Mexico", escrita e interpretada por James Taylor (de regalo, al final, "Your smiling face"), "Sleepy Señorita with the eyes on fire":



"Mexico", escrita e interpretada (en hebreo) por Aviv Geffen, "Vuela con él a México":



"Mexico", The Jefferson Airplane:



Simon & Garfunkel, aquí en versión -preciosa- de Everything but the Girl, enviaban a volar a México al protagonista de "The only living boy in New York" (la cara "B del single "Cecilia" y una de mis canciones favoritas de todos los tiempos):



¿Qué tendrá México? El sueño de Holly Golightly era irse con su hermano a México y criar caballos en un rancho. Jack Kerouac escribió en 1959 "Mexico City Blues", un poema improvisado bajo los efectos del peyote. D.H. Lawrence se fue a vivir allá, en busca, como todos, de tequila, mezcal, peyote o champiñones mágicos. Geoffrey Firmin, el Cónsul británico en Cuernavaca ("Under the volcano", Malcom Lowry) decide matarse bebiendo tequila y mezcal el día de los muertos de 1939 ("Somebody threw a dog after him down the ravine"). Dylan, de "Beverly Hills 90210" ("Sensación de vivir") se iba a la Baja California en cuanto tenía que huir por sus problemas con Brenda (o con quien tocase). Dalí se fue de México y dijo que no volvería nunca más porque no podía estar en un lugar más surrealista que sus pinturas. Ningún país ha hecho de la muerte una parte tan central de su cultura, sin dramatismos innecesarios. Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Diego Rivera, Frida Kahlo y tantos otros intentaron explicar el país, su concepto, su historia, su pueblo.

Emmanuel, con sus hombreras, nos lo explicó, "Detenedla... ya":



Y Yuri puso su granito de arena, con ayuda del ballet Zoom y sus calentadores de lentejuelas, "Este amor no se toca":



Ahora, al parecer, lo único que importa de México es que allí ha surgido un tipo de gripe antes deconocido que ha matado a un puñado de personas (¿Cuántas personas mueren de malaria al día? ¿Y de disentería?, Ah, que no cuentan, están en África, claro) pero que tiene en vilo a todo el mundo. En Egipto, por culpa de México, han sacrificado a todos los cerdos. Los no musulmanes están, con toda probabilidad, los próximos en la lista de ejecuciones. Bueno, no, antes van los maricones. No nos andemos con tonterías, ¿eh?, que esta gripe es algo muy serio. Que nadie salga de casa, así se controla todo mejor.

Nunca he estado en México, me pasa como en la canción de James Taylor, cuyo estribillo dice "I've never really been but I'd sure like to go; I guess I'll have to go now". Desde luego, asustándome con gripes absurdas no van a convencerme de que no vaya, más bien al contrario. Y es un país que admiro profundamente, aunque sólo sea por legarnos el chocolate.

Afortunadamente, siempre nos queda la Cantudo (y la Pantoja, por favor, mirad el clip hasta el final):

viernes, 1 de mayo de 2009

El labio

No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero en ocasiones me obsesiono tanto con algunas cosas que no puedo dejar de mirarlas, es como si estuviese hipnotizado. No tiene nada que ver con una atracción física o sexual, es quizá algo más fuerte, una atracción fatal provocada por un deseo irrefrenable de comprender la realidad de un objeto, una persona o una situación que me deja perplejo. Y últimamente tengo una obsesión labial.

Me explico. Tengo una compañera que me cae muy bien pero a la que no veo regularmente pues trabajamos en edificios distintos. Se trata de la típica señorona de unos 60 años, de orígenes burgueses sólidos y algo extranjerizantes (hay una madre inglesa, estonia u holandesa, que le legó unos ojos azules muy bonitos y una estructura ósea espléndida). Está estupendamente casada desde hace décadas, con un ex alto cargo socialista de la época felipista y de cierto renombre con quien mantiene una pareja muy de escaparate, si bien algo ficticia, pues la afición de él a los chicos jóvenes es bien conocida en ciertos círculos. Nada raro ni reprochable, de momento, en su historia. A pesar de sus orígenes ciertamente privilegiados, ella es una feminista auténtica de viejo cuño, de las que pasó por comisarías franquistas (de donde salía, como mucho, a la media hora, tras la llamada providencial de papá, y volvía al amplio piso familiar en el barrio de Salamanca). Lo que los franceses llamarían "gauche-caviar". Roja de bolso Louis Vuitton y vacaciones en Biarritz, para entendernos.

Como digo, me llevo bien con ella, existe entre nosotros una cierta complicidad y siempre acabamos descubriendo que conocemos algunas personas en común (amigos de sus hijos) y nos gustan algunas de las mismas cosas. Hacía tiempo que no la veía y el otro día me alegró mucho saber que íbamos a coincidir en un tinglado de trabajo. Pero cuando la vi, se produjo uno de esos momentos de obsesión que comentaba al inicio. Incluso antes de darle los dos besos de rigor se me fue la vista hacia su labio superior. Estaba tumefacto, hinchado, engordado, despegado del resto de su cara. Parecía que hubiese cobrado vida propia, daba incluso la impresión de estar en movimiento. Ella al besarme me preguntaba muy animada ("cuanto tiempo hace", "qué bien te veo", "qué sabes de menganito") y yo, paralizado por el terror que me provocaba ese labio inhumano del que no podia despegar mi vista, intentaba hilvanar un par de respuestas, hacerle las preguntas de rigor y dejar de mirarle el rostro deforme.

Creo que en algún lugar de este blog he dejado escrito que no tengo una postura clara a favor o en contra de la cirugía estética. Dudo mucho de que acepte algún día que me inyecten rellenos o botulismos anti-arrugas o que me hinquen un bisturí para esculpirme la nariz, aumentar los pómulos, quitarme grasa abdominal o reducirme el pene, pero que no sea algo que me apetezca hacerme a mí no significa que me parezca mal que otros lo hagan. Además, defensor como soy del transexualismo no me voy a poner en plan purista atacando los cuerpos recauchutados y defendiendo el envejecimiento digno, sobre todo cuando no hay mucha dignidad en el hecho de hacerse viejo. Hay un añadido muy divertido, que es el de elucubrar si alguien, famoso o no, se ha hecho algo, morirse de la grima al ver a Nacha Guevara, criticar a la Kidman o reirse de las tetas talla Russ Meyer que se ha puesto la vecina. Eso sí, los resultados de la cirugía son casi siempre malos. Hay excepciones, como Silvia Tortosa, Halle Berry o Donatella Versace (sí, ahora parece un monstruo venido de otro planeta pero antes de las operaciones era mucho más fea), pero por lo general sale siempre mal. Sobre todo a los hombres, no hay más que ver lo que se ha hecho Rupert Everett, el pobre. Pero claro, son casi siempre los más guapos los que más se retocan, para intentar mantener o recobrar la belleza y la lozanía de la juventud. The harder they fall.

Mientras me fijaba en aquel labio que tanto me inquietaba no podía dejar de pensar en lo cruel que es este mundo en el que nos ha tocado vivir, en el que una mujer de cierta edad que en el fondo tiene la vida más que resuelta y todo lo que pueda querer se siente obligada a inflarse el labio hasta la deformidad para parecer joven y deseable. Y me preguntaba a quién pretende gustar: a su marido maricón desde luego no, a otros hombres, lo dudo. A sus amigas y otras mujeres, es probable, pero está claro que a sí misma no se gustará nunca. Porque por mucho que se ponga o se quite, se retoque o se esculpa, después de la primera media hora de alegría por el cambio seguirá viéndose como antes, porque seguirá siendo la misma, con los mismos problemas, los mismo miedos y las mismas inseguridades. Porque es posible que alguien se sienta más seguro en sí mismo después de un retoque estético, pero tendrá que seguir lidiando consigo mismo y sin duda acabará encontrando algún otro rincón de su cuerpo que necesita un relleno o un retoque. Y luego otro, y otro. Igual que los tatuajes, que empiezas con uno pero ahí no te paras. Pero de tatuajes (¿se harán los orientales tatuajes de letras del alfabeto latino?) ya escribiré otro día.