domingo, 24 de mayo de 2009

The Vault


Lo prometido es deuda. Theodore, Stanwyck, va por vosotros. Lo siento, me ha quedado muy largo.

Mi historia de amor con Nueva York (quizá debería decir con Manhattan) se fraguó en los años centrales de la década de los 90. Tuve la enorme suerte de pasar allí casi un mes al año, por motivo de trabajo, de 1993 a 1997. Es curioso, ahora NY me aburre como destino turístico y no es que lo tenga todo visto, ni mucho menos, sino que me gusta tener que levantarme temprano para ir a trabajar, hacer un horario laboral generalmente largo y sacar algún tiempo para actividades lúdicas por las noches. Me gusta sentirme neoyorquino aunque no lo sea, sentir que pertenezco a la ciudad que más me gusta del mundo, y eso sólo lo puedo conseguir haciendo la misma vida que hace un neoyorquino: trabajando y aprovechando el tiempo que sobra después de trabajar.

La Nueva York de los 90 ya no era la de los años 70. En los 70, entrar en Central Park cuando no era a pleno sol era garantía de que algo, no necesariamente bueno, te iba a pasar; ir al norte de la calle 96 era también garantía de problemas, sobre todo si uno es blanco; montarse en un vagón de metro a cualquier hora del día era una aventura sin final definido. Te podías cruzar por la calle con Woody Allen, Bianca Jagger, Andy Warhol, Amanda Lear o Greta Garbo. La ciudad estaba endeudada hasta las cejas. SoHo era la zona más degradada de todo EEUU (difícil de creer a la vista de lo que es hoy), y en sus lofts aún vivían artistas de verdad, no millonarios rusos. Hay una serie de películas, además de las de la Woody Allen, que reflejan una ciudad decadente y fascinante: Shaft, Serpico, Panic in Needle Park, Looking for Mr. Goodbar, Dog Day Afternoon, Cruising (en la que, por cierto Theodore, sale Karen Allen). Cuatro de ellas protagonizadas por Al Pacino, guapísimo con barba en Serpico. En los 90, Manhattan refulgía tras la renovación y la inyección de dinero de los 80, pero a mí me daba la impresión de que en muchas partes de la ciudad no era más que una pátina, una mano de pintura, que otra cosa. Seguía habiendo putiferio. Y donde hay putiferio, allá que voy.

The Vault, que no sé cuando abrió pero cerró cuando el alcalde Giuliani decidió “limpiar" la ciudad, estaba en un sitio muy parecido al del club que sale en Cruising y que aparece en el vídeo del enlace que he puesto. Se ubicaba en la décima avenida a la altura de la calle 13, en pleno “meatpacking district”, donde ahora se encuentran las tiendas de Stella McCartney, Alexander McQueen y muchas otras boutiques de moda modernísimas a precios desorbitados y bares de diseño a la última. The Vault era un club de sexo sadomasoquista, donde se pagaba una entrada alta (50 dólares) por entrar, pero una vez dentro uno podía hacer lo que quisiese, sin más límites que los impuestos por el respeto a los demás. Fue Madonna quien lo dio a conocer al gran público, pues lo utilizó para algunas de las fotografías, las más “risquées”, de su libro “Sex” y como escenario principal del vídeo de la canción “Erotica”, que es buenísimo, por cierto.

La primera vez que fui a The Vault, en otoño de 1994, lo hice en compañía de unos conocidos, residentes en la ciudad, que también iban por primera vez, así que era una aventura compartida. Pagamos y entramos y empezamos a darnos una vuelta por los distintos pisos: planta baja era para singles, planta primera para parejas, planta segunda para gays, planta tercera para lesbianas. Originalmente había una terraza en la azotea, pero los vecinos (no sé que vecinos habría entonces por ahí, pero bueno) se quejaron de las actividades que allí se llevaban a cabo a la vista de todos (ay, los pobres niños) y la cerraron. Lo que más me impresionó nada más entrar fue el silencio, sólo roto por murmullos, algún gemido y algún chasquido. No había música ni ningún sonido de fondo. Nada. También me impresionó lo primero que vi, nada más cruzar el umbral: sentado en un banco en la primera sala había un señor de cierta edad, con su buen bigotón, gorra de cuero negro, arnés en el pecho y un jockstrap también de cuero, haciéndose una paja tan tranquilo.

No había decoración, las paredes eran de ladrillo visto, la luz blanca. El local era bastante laberíntico, pasabas por pasillos donde había jaulas en las que cualquiera podía meterse a hacer lo que quisiera, encontrando en todas ellas esposas, látigos y otros adminículos. En otra sala había una silla de ginecólogo, que no vi usar a nadie. En la sala principal de la planta baja es donde más gente se juntaba, tanto mirones como nosotros, como participantes en los diversos juegos, como una fauna ciertamente extraña y que en el fondo daba mucha pena: auténticos freaks, personas con deformidades físicas, oligofrénicos, algunos que eran todo eso a la vez y que pagaban sus 50 dólares porque, salvo con profesionales (y quizá ni siquiera) en ningún otro sitio podrían satisfacer sus urgencias sexuales.

Todo el mundo buscaba algo de acción: de repente se metían dos mujeres y un hombre en una jaula y empezaban a restregarse entre sí, y como moscas acudía casi todo el mundo, empezando por los freaks, que se masturbaban sin miramientos. Las ventajas de ir en chándal, te bajas el pantalón y ¡voilà! Reconozco que lo que más me impresionó fue un señor, mayorcito, atado con cadenas y esposas por las extremidades, con pies y manos bien separados, que estaba recibiendo unos latigazos por parte de una dominatrix muy de libro. Me llamó la atención no tanto la situación en sí como que al cabo de un rato el hombre, que estaba desnudo y en plena erección, eyaculó sin que nada ni nadie le tocase, sólo gracias al efecto de los latigazos. Ahí se quedó extasiado y crucificado hasta que la dominatrix lo descolgó; el señor le besó la mano, se vistió a la vista de todo el mundo y se fue. Otra cosa que me llamó mucho la atención era un señor, yo diría que cuarentón, con bigote, gafas y pinta de oficinista aburrido, que se paseaba vestido únicamente con un mono de spandex negro que le cubría todo el cuerpo salvo los genitales. Tenía un piercing “Prince Albert” de cuyo anillo colgaba un peso, como el de las pescaderías o carnicerías antiguas. Lo más inquietante era el maletín que llevaba en la mano. A saber qué habría dentro. Alguna gente lo saludaba cuando pasaba a su lado. Un habitual, sin duda.

La sala de parejas era muy parecida, aunque solo te dejaban entrar si ibas chica y chico. Subí a la sala gay y no había nadie. No me molesté en ir a la sala de lesbianas, ni siquiera a mirar desde el umbral, que era algo que te dejaban hacer en todas. Por cierto, no he dicho que además de no haber música tampoco había bar. No se podían consumir bebidas y mucho menos drogas, como te pillasen, según me contaron, aparecía el matón de turno y te echaban, con cajas destempladas, en un periquete. Eso sí, en cada planta había, además de monitores de TV con películas porno sin sonido, un rincón con un buffet para comer tartas y beber té, café o zumos. Podías comerte un New York cheesecake y beberte un té mientras veías como apaleaban al fulano de turno. Me pareció un detalle de lo más tierno.

¿Qué hice yo de relevancia en aquel escenario tan propicio para dejar florecer las fantasías más dormidas? Teniendo en cuenta que éramos un grupo heterodoxo, todos con más miedo que vergüenza, no era plan ser el iniciador de nada. Eso sí, yo fui el único que tuvo una experiencia, digamos, sexual. En uno de mis paseíllos por aquí y por allá se me acercó un lederón (que no estaba mal, la verdad, al menos lo recuerdo así) que me preguntó si podía lamerme las botas. Yo llevaba unas botas de ante marrón, bastante sucias, por lo que me dio algo de reparo, pero mi educación me hizo contestarle que por supuesto, que adelante. ¡Cómo disfrutaba aquel hombre! Se puso a cuatro patas y le pegó unos lengüetazos a las botas como si le fuera la vida en ello. Afortunadamente no era nada genital, por lo que no aparecieron ni mirones ni freaks. Yo tan tranquilo (un poco aburrido al cabo de un rato, no es que me pusiese mucho la experiencia) y él a lo suyo, gozando como una perra. Pasados los minutos (no sabría decir cuántos) y sin haberse masturbado ni nada se levantó y me dio las gracias. Me dejó las botas limpísimas. Espero que aquel fulano no besase a nadie esa noche.

Salimos de ahí muy en silencio y realmente los que fuimos no hablamos mucho de ello ni justo después ni pasados los días. Alguna chica (la que más insistió en ir) estaba muy escandalizada. Un tipo se quedó –daba esa impresión- con las ganas de haberse metido en al ajo. Yo no dije nada. Pero volví, esta vez solo, unos días más tarde. No sé muy bien por qué lo hice, la verdad, el sadomasoquismo no es lo mío, pero me intrigaba la planta gay. Y sobre todo, el hecho de que no hubiese nadie. Así que allá que me fui y subí directo a la segunda (o tercera, ya no me acuerdo) planta.

No había nadie. De hecho había mucha menos gente en general que el día anterior y esta vez daba la impresión de que solo había mirones, salvo un negro con una tranca de escándalo metido él solito en un jaula y dándole al manubrio mientras bailaba. Como me aburría un poco en la planta gay, me senté en la zona de las tartas y los tés y me tomé mi cheesecake, que estaba riquísimo. Y me puse a hablar con el camarero, que era simpatiquísimo y muy normal. Me contó un montón de historias. Me dijo que si lo que me interesaba era un buen palizón o ver acción de verdad, tenía que ir a mediodía, cuando el sitio, al parecer, se llenaba de ejecutivos de Wall Street, que no está tan lejos. Me dijo que había visto pasar por ahí a muchas celebrities (sólo recuerdo de los nombres que me dio a Heather Locklear). Me contó que desde el vídeo de Madonna sólo iban mirones, sobre todo los fines de semana, que ya no era lo mismo que antes. Me contó que bastantes numeritos en las jaulas los montaban empleados a sueldo del local para animar a la gente. El negro del pollón era uno de ellos. Y me contó que si de verdad quería conocer la escena alternativa de Nueva York, tenía que ir a fiestas privadas, en las que (como en “Eyes Wide Shut”) te piden un código, que es repartido a los interesados el mismo día, para poder entrar. Me dijo que acababa en media hora y que iba a ir a una de esas fiestas privadas y me invitó a que fuese con él si me apetecía.

Pero eso no lo voy a contar aquí.

Habéis tenido a Amanda Lear y Heather Locklear en un mismo post, no os quejéis.

La foto que he colgado la he sacado de los archivos on line del “Village Voice”.

14 comentarios:

theodore dijo...

Vaya, cambia al camarero por un pianista y es EWShut total...

Me ha encantado. A mí no me va nada el rollo s/m ni en lo más light (vaya, es que hasta que me repatea que me digan cosas tipo "como me gustas, cabrón" y esas cosas que algunos te sueltan en plena euforia, con eso te lo digo todo, ja ja), pero con mi vena voyeur/curiosa me encantaría visitar un sitio así y ver lo que se cuece (y recuece). o has contado de cine, as usual, y me imagino que la fiesta final tuvo que ser alucinante, como poco.

Creo que te confundiste con Karen y Nancy, que es la que yo nombraba en mi post (Vestida para matar también es muy del NY que describías). Pero gracias por la mención, y además, por supuesto me encanta Karen Allen. De hecho, casi todo lo que lleva Allen me encanta...salvo las infernales llaves, jejeje.

Who was in? Who was out? Won't you tell me tell me tell meeeeee...

Enhorabuena una vez más, "master" ;-P

coxis dijo...

¡Wow!

Voy a digerir la información y luego intento ponerte un comment a la altura

Master que estás hecho un Master (y Commander)

Breckinridge dijo...

Gracias, gracias. Si es que no hay como un poco de sexo para que suban los ratings. Tienes razón, theodore, me he confundido con Nancy y Karen Allen. Pero monta tanto, tontao monta, ¿no?

Y de Master poco, de commander nada. Dominatrix un poquitín, eso sí.

Anónimo dijo...

Ostras... una silla de ginecólogo... no tengo palabras
Notorious

coxis dijo...

después de releer tu texto y de fantasear con ese Nueva York de los 70 que evocas y de la posterior incursión en el local que le da título llego a la conclusión de que tengo una vida bastante sosa...
No haría yo ascos una incursión por el mundo s/m (en plan parque temático)

buen martes

Anónimo dijo...

Llevo todo el día dándole vueltas y no se me ocurre ningún objeto que pueda asociar menos a las ganas de marcha... qué bajón, hay gente para todo. Yo es que tengo poco mundo.

¿Viste en su día Inseparables (Dead Ringers), una película que daba una dentera que te mueres donde Jeremy Irons interpretaba a dos ginecólogos gemelos?

Notorious

Stanwyck dijo...

Me ha encantado, como no podría ser menos. Me quedo con la duda de por qué no había nadie en la planta gay (me encanta la idea "gran almacén"; qué divertido sería ir en el ascensor).

El toque café y tarta es muy de fiesta privada en Nueva York o, al menos, en aquel Nueva York.

Aunque he estado en algún sitio equivalente, eran sitios menos estilosos y más amateur. Europa es más cutre para estas cosas, aunque muy seria: la culpa es de los alemanes.

Es curioso, Notoriuos, que hagas esa asociación. Yo creo que esa película -"Twins" de Cronenberg- es cripto-sadomaso, y salen aparatos ginecológicos especiales.

Se me había ocurrido que tu supuesta "flojera bloguera" era un efecto de tu "niílismo", pero me da que no, porque has te ha salido otra entrada estupenda.

Stanwyck dijo...

¡Y desde el trabajo ya no puedo ver Youtube!
Creo que voy a escribirle al webmaster.

Breckinridge dijo...

Gracias por los comentarios!! Pensaba que nadie más iba a escribir.

Coxis, ni te imaginas lo sosa que es mi vida. Pero es elección mía, lo feliz que estoy así, añado. Le echo algo de pimienta a la historia (te cuento un secreto: no fui a la fiesta privada al final).

Notorious, la silla de ginecólogo era lo más aterrador del sitio. Yo no quería ni imaginar lo que podrían haber hecho. Dead ringers me encanta, pero es enfermiza. Los artilugios ginecológicos los diseñó Giger, el mismo artista suizo que diseñó a Alien.

Stanwyck, la tarta era lo mejor, porque "normalizaba" el sitio de un modo absoluto. Era como tener lo más doméstico al lado de lo más tremendón. Ya me dirás dónde hay sitios así en Europa... que tenemos que ir. Muy bueno lo del niílismo......

ulises1b dijo...

coincido contigo en tu gusto por guardiola...en todos los aspectos, jejeje

en cuanto a tu entrada, me la he leido entera, y sólo puedo decir una cosa ¡llévame a NY yaaaa!

(la frase esa de donde hay putiferio, ahí vas tú, me ha encantado, jeje)

un beso

Breckinridge dijo...

Gracias Ulises! Pues sí, donde hay putiferio allá que voy. No es que sea usuario, pero me gusta el ambiente real y auténtico en las ciudades. Es quizá lo que más me gusta de la mía propia, Madrid. Por mucho que la intenten "domesticar" sigue yendo a su aire.
Buen fin de semana!

coxis dijo...

y gracias por la confidencia
:-D

Anónimo dijo...

¡Qué pena que no fueras a la fiesta privada! Me imagino además que el sitio estaría limpísimo, no como esos lugares sórdidos que abundan en algunas ciudades. Debo decir que en Buenos Aires hay un club que podía parecérsele, aunque es exclusivamente gay: se llama el Tom's, está impecable, la música suena bajita y te encuentras a cada argentino que te mueres (lo que hace la mezcla de razas).

En Ciudad de México, en pleno Paseo de la Reforma hay un lugar que podría ser la versión cutre de The Vault, aunque también es exclusivamente gay. No recuerdo su nombre y al igual que en el original: no había apenas nadie, tan sólo el corresponsal de TVE en México y este curioso observador... y hasta aquí puedo leer.

Un saludo
El duque D. Manuel

pe-jota dijo...

Larga entrada, si muy larga pero muy interesante, yo me quedaría con el hecho diferencial que convierte a esta ciudad en la nueva Roma, su forma de vida y su forma de entenderla, un microcosmos en sí misma.