lunes 13 de julio de 2009

La canción pop perfecta: "Yesterday once more", The Carpenters



Me da en la nariz que me van a caer palos por esta selección. Ojalá me equivoque.

Ya lo he dicho antes, hay décadas pop, como los años 60 o los 80, y hay otras en las que aparentemente no había nada. Los 70 son muy romos por lo que a música pop respecta. Es la época del rock en sus múltiples variedades: duro, sinfónico, aburrido, insoportable, pretencioso, olvidable. Los Beatles se habían separado en 1970 y daba la impresión de que el pop, como dice Bom (Alaska) en "Pepi", ya no se lleva. Lógicamente hay excepciones, y de grandísima altura. Es posible que ABBA sean la excepción fundamental. Ya he contado aquí que nunca fui gran fan en su día de los suecos, en parte porque los veía (hay que ver lo bobo que uno puede llegar a ser) superficiales. Como los Beatles o Duran Duran, cualquiera de sus canciones es una joya pop. Pero hay mucho ABBA por los blogs y además me resulta muy difícil escoger una sola de sus canciones, así que dejo que seáis vosotros, queridos lectores, quienes decidáis qué canción de ABBA es más perfecta. Eso sí, aunque ya tuviesen una carrera previa, ABBA da su salto a la fama, no hay que olvidarlo, cuando ganan Eurovisión. Y es que el festival, que en los años 70 vive su época de oro, produce algunas joyas inolvidables. Entre las canciones ganadoras de la década destacan las de habla francesa, como "L'oiseau et l'enfant", de Marie Myriam, que ganó para Francia en 1977, "Après toi" de Vicky Leandros para Luxemburgo en el 72, o "Tu te reconnaîtras", interpretada también para Luxemburgo por la maravillosa Anne-Marie David (a pesar de la corbata, pero vaya pelazo), que en mi opinión es la mejor canción que nunca haya producido el festival. Y eso que podría quedarse fuera de esta lista de canciones pop perfectas, porque la letra tiene un punto trascendente que no termina de encajar en mis caprichosos criterios. Pero es que es tan bonita. Aquí os la dejo.



Además del rock, los años 70 van marcados por todo lo hippy y sus derivados. En Estados Unidos triunfan algunas de mis ídolas favoritas de ayer y hoy, como Joni Mitchell con su "Chelsea Morning" y Rickie Lee Jones con "Chuck E's in love" (no, no se refiere a Chucky, el muñeco diabólico, que por cierto tengo que escribir sobre él). Pero son canciones demasiado porreras para entrar en mi lista, por mucho que me sigan gustando tantos años después. La que sí incluyo aquí es "Your smiling face", de James Taylor, que es una de mis primeras grandes influencias musicales. Hoy apenas escucho música suya, pero esta canción siempre me ha resultado terapéutica y la tengo en el loop del iPod. Me habría encantado escribirla, la verdad. Qué bien cantaba y qué guapo era el condenado, por muy yonqui que fuese. Por algún motivo, los porros no tienen cabida en mi lista pero la heroína sí.



Y vuelvo a la canción que da título a esta entrada y cuyo vídeo he colgado al inicio. Los Carpenters eran tan ñoños, incluso en su época, que sus singles se incluían en las listas de "easy listening". No es que ahora se hayan convertido an algo alternativo y rompedor, más bien son pasto de karaoke, como demuestra el vídeo, pero esta canción, como tantas otras suyas, me resulta irresistible. "Shala la la", "Shing a-ling a-ling", "shubidu wai wai", ¿cómo no me puedo derretir ante un estribillo tan triste y tan bonito a la vez. Eran maestros a la hora de utilizar acordes en séptima, que dan el tono nostálgico y melancólico, y también en novena, los que proporcionan el tono de himno a la última nota de transición entre estrofa y estribillo. Por cierto, que el puente de esta canción lo copió, nota por nota, Madonna en una de sus baladas más pedorras, "This used to be my playground".

Además de la canción en sí, está Karen. Hay que reconocer que su voz era preciosa, no tenía mucha tesitura, pero utilizaba sus recursos (las notas graves son fabulosas) a la perfección. En el vídeo, además, lo que lleva no es un vestido, sino un mono. Puntazo. Y por encima de todo está la leyenda, la anorexia, el internamiento en el hospital donde en pocas semanas le engordaron 20 kilos para salvarla. Se murió con 32 años. Probablemente así lo quiso. Afortunadamente, su memoria sigue viva y no muchos años después de su muerte la inigualable Sabrina Salerno hizo su versión de "Yesterday once more", que aquí os dejo para vuestro regocijo. Al loro con la gorra y las bailarinas go-gó de detrás. Ya sé ahora de dónde se sacó la imagen Dana International. No, si lo que no esté en YouTube... Esto es casi peor que Bibi Andersen, pre-Fernández, cuando cantaba "A mi manera". ¿Se acuerda alguien? Yo desearía olvidarlo pero no puedo.

sábado 11 de julio de 2009

Lo Peor de Todo: Conferencias

Tyler Brûlé, a pesar de su nombre tan improbable, es un tipo listísimo. Para quienes no lo conozcan, diré que fue, con veintitantos años, el fundador de la revista “Wallpaper*”, la “biblia” de estilo del período del último cambio de siglo, y es ahora el editor de “Monocle” una revista bastante estupenda sobre, de nuevo, ciudades, diseño, actualidad internacional, moda, etc. Es sin duda uno de los gays más influyentes que circulan por el mundo y tiene un ritmo de vida impresionante: en su columna semanal en el Financial Times, que se puede leer aquí, cuenta como va de un lado a otro, de una conferencia en Nueva York a otra en Tokio, de su casa en Zurich a su isla privada en Suecia. Una vida ¿envidiable? Yo tengo mis dudas.

Llevo un año viajando a destajo y estoy bastante hartito, la verdad. Vuelos nocturnos, comidas raras y a deshoras, cambios de temperaturas, deshidrataciones, estreñimiento, retenciones de líquidos, no poder dormir a diario abrazado a mi chico (que es sin duda lo más duro) y, sobre todo, tener que participar en las conferencias a las que voy, porque las conferencias son, con mayúsculas, Lo Peor de TODO.

¿Qué es lo que hace que las conferencias sean lo peor? Pues aquí va el listado:

1.- La maletita. Te dan una maletita en cada conferencia. Al principio te hace gracia y te la quedas, aunque sea para no herir los sentimientos de la azafata que te la ha dado. Luego te das cuenta del error, pero aún así te la llevas de vuelta a casa y se te acumulan sin saber qué hacer con ellas (que las sobrinitas, que no son tontas, se han hartado de que se las regale). Las maletitas son inevitablemente horrorosas. Y si son monas no puedes volverlas a usar porque llevan el logotipo de la reunión y repetir su uso es equivalente a llevar la tartera en una bolsita de “Munich 72”. Además, te llenan de libros y documentos que tiras nada más regresar pero que pesan como una losa en el equipaje (sólo de mano y que incluye zapatillas de deporte, hay que hacer filigranas para que quepa todo).

2.- Los profesionales de las conferencias. Hay personas que viven por y para las conferencias. A veces te topas con la misma gente (es inevitable, nos dedicamos todos a lo mismo) pero el profesional es otra cosa, aunque sean personas distintas, siempre es el mismo tipo. Me explico. En toda convención aparece el cuarentón gordo, calvo, con perilla y halitosis, teléfono móvil y "pager" al cinto, blackberry en la mano y ordenador portátil en la maletita (él siempre utiliza la maletita de la conferencia). En el wallpaper del ordenador figura inevitablemente una foto de su santa, hecha un guiñapo la pobre, con un bebé recién parido. O del bebé: "es la niña de mis ojos", te espeta. También está la gorda líder de turno, que suele ser coorganizadora del evento, dando órdenes a destajo por el sistema de altavoces: "la comida se servirá en la terraza diecisiete, hoy tenemos un buffet norcoreano-finlandés"; "no olviden inscribirse en el tour guiado de la ciudad, tienen la hoja correspondiente en la maletita". Otro personaje es la delegada solitaria, al final de su juventud, que busca al delegado sin anillo de casado (lo sé, Notorious, es un comentario hiper-machista, pero es la realidad): "¿Nos tomamos una copa? Conozco un sitio no muy lejos donde podemos librarnos de esta gente". Pues casi mejor no, bonita, prefiero irme a la habitación a ver la tele, que quizá pillo un capítulo de "Heroes". Todo ello aderezado de jet lag, claro.

3.- Asentir. Es realmente lo peor, a mí me saca de quicio. Alguien dice algo en la conferencia y otros (y otras) se ponen a asentir vehementemente como si el movimiento de sus cabecitas diese validez a lo que el/la pánfil@ de turno está diciendo. Además es contagioso: asiente uno y otros tres van detrás, sobre todo los que forman parte del panel principal de conferenciantes. Asimilado al asentimiento es la primera pregunta. La suele hacer el listillo de turno, que considera que habiendo hecho esa primera pregunta ya ha cumplido con el trabajo y minutos después desaparece de la sala, regresando sólo para el programa festivo-cultural (ver infra). Si no le dejan hacer la primera pregunta, se desgañita asintiendo y esperando su turno. En cuanto ha terminado de hablar, se lanza al buffet.

4.- El buffet. En las conferencias te atiborran a comida mala que no deberías comer. Y no, no me está saliendo la vena bulímica sino que lo que te dan, del desayuno a la cena, es una bomba calórica de pésima calidad a la que sin embargo uno no se puede resistir. Fritanga variada y muy guarra (rollitos, pollo empanado, pescado rebozado), carbohidratos de los malos (patatas fritas, arroz envuelto en pasta bric), postres atiborrados a grasas trans y azúcares refinados, chocolates blancos de pésima calidad. La fruta y la verdura son un recuerdo lejano. Tardas un mes en desintoxicarte, y eso con una sesión diaria de elíptica o aerobic.

5.- La programación cultural. El buffet de la noche del primer día de conferencia suele estar amenizado con algún acto festivo-cultural. En la última conferencia en la que he estado salieron a actuar (lo juro, no exagero), un desfile de niños disfrazados de carnaval (incluido un niño-libélula y una niña-planeta), dos grupos de baile indios, dos orquestas de calypso a base de steel drum, cuatro parejas talluditas con trajecitos de baile ajustados haciendo mambo y chachachá, un grupo de baile limbo y una cantante libanesa, que ya no cumple los 60, enfundada en un bodysuit negro acampanado (pobre, haría 45 grados con una humedad del 99%) y con una marcha aterradora. Se puso a sacar a bailar a gente al escenario y ¿a quién sacó el primero? Pues sí, a Breckinridge. Pero, pobre de ella, se encontró con la horma de su zapato, que entre mis horas de vuelo a base de Chic y Chemical Brothers y los muslazos que se me han puesto con el aerodance, me la comí con patatas. Eso sí, todo el mundo haciendo fotos... menos mal que mis compañeros de faenas laborales no leen este blog.

Me pongo para terminar un poco serio porque en realidad lo peor de las conferencias/convenciones/seminarios/jornadas es que son una absoluta pérdida de tiempo y un modo inútil de derrochar dinero y esfuerzo. No sirven para nada. Pero para nada. Y, aunque parezca un frívolo profesional, yo me dedico a temas muy serios, de esos que deben servir para mejorar el mundo. Las conferencias son una excusa para que los enteradillos de un tema concreto se vean las caras de vez en cuando y retroalimenten su pequeño tinglado, el corralito que se han ido tejiendo con el tiempo.

Eso sí, no me quejo de mi última conferencia caribeña, que al final me pude escapar a la piscina aunque fuese sólo un rato. Dejo aquí prueba gráfica en forma de autofoto. ¿A que es chulo mi bañador nuevo?

viernes 10 de julio de 2009

Madrid

He aterrizado esta mañana en Madrid justo cuando amanecía, tras un viaje realmente agotador que me ha hecho odiar mi trabajo. Viendo con bastante pena el secarral castellano, las urbanizaciones de los suburbios sin terminar, la nube de contaminación y el extraño skyline de la ciudad, me he acordado de esta canción, que en su momento me gustó mucho, que acabé detestando (no es mi estilo) pero que por algún motivo ha venido a cuento.



A ver si escribo algo este fin de semana.

sábado 4 de julio de 2009

Transformaciones

Estoy un poco cansado de los años 80, la verdad. En los últimos meses he estado metido (y os he estado metiendo, queridos lectores) en una especie de "time warp" ochentero y ya va siendo hora de cambiar de orientación. Imagino que revisitar los 80 es inevitable y que aún saldrán por aquí muchas cosas de aquella época, sobre todo del inicio de la década: no oculto que tengo en mente escribir sobre películas de entonces ("Liquid Sky", "Scanners"), tengo pendiente todavía algo sobre dúos de música tecno británicos, le he dado muchas vueltas a escribir sobre Bret Easton Ellis (con quien coincidí una vez en un WC... y no penséis mal), y algo caerá sobre la música disco de en torno a 1980. Pero, no sé, todo el mundo está metido en el mismo revival nostálgico y me está empezando a dar mucha pereza, por mucho que sea lo que conozco bien de verdad.

Así que, como los años 70 están igual de manidos y sobados, he pensado bucear un poco en los 90, que es una década con una identidad mucho más difusa, lógico teniendo en cuenta todo el batiburillo finisecular que se venía encima. [acabo de escribir "batiburrillo finisecular", este blog va por fatal camino]. ¿Y qué es lo que me viene inmediatamente a la mente cuando nombro los años 90? Pues qué va a ser, Melrose Place.



A mediados de los 90 yo hacía horario de trabajo hispano a la antigua, es decir, con parada de 2 a 5 para comer. Comía rápido y me metía la sesión doble que daba Tele5 de 90210 (ahí dormitaba) y Melrose Place. La sintonía, que es bestial, me despertaba del letargo, y las imágenes de Thomas Calabro ya me ponían a tono. MP es una sopópera clásica, con mala malísima interpretada por la heredera de Morgan Fairchild, Heather Locklear, una diva "trash" y una superviviente del celuloide como ha habido pocas. Mi personaja favorita de la serie era Sydney, la pelirroja putón que interpretaba Laura Leighton.

Cuando fui por primera (y única) vez a Los Ángeles, ciudad infernal que me espantó y a la que, sin embargo, me siendo atraído sin remedio, me puse como una colegiala histérica cuando me di cuenta de que iba conduciendo por Melrose Place. Empecé a buscar el patio de vecindad donde ocurría la serie pero, claro, no existe, todo era falso, se filmaba en un estudio. Aquel día acabamos comiendo una pizza infame en Frankie and Johnnie, en Santa Monica Boulevard, en cuya pared de vileda atiborrada de firmas de famosillos de medio pelo encontré la de mi adorado Jermaine Stewart. Aquí está la prueba.



Sólo he comido una pizza peor, en un lugar llamado Riihimaki. Os lo cuento en otro momento.

Si escribo sobre Melrose Place es en parte porque perdiendo el tiempo en YouTube el otro día encontré este vídeo en el que sale Marcia Cross (sí, Bree van der Kamp en "Desperate Housewives"). Interpretaba a Kimberly, una cirujana con trastorno bipolar que acaba poniendo una bomba en los apartamenteos donde vivían todos los protagonistas. Una joya. No recuerdo bien lo que pasa, pero me parece que en algún momento le hacen algo así como una trepanación y se queda calva, viéndose obligada a llevar peluca. En esta escena, ¡atención!, se la quita y enseña el cartón. En su momento fue lo más.



La serie era idea de Darren Star, que luego se sacó de la manga "Sex and the City" y además de Marcia Cross salieron de ella Doug Savant (Tom Scavo en "Desperate Housewives; su papel del enfermero Matt en MP es uno de los primeros gays de la TV más generalista) y Kristin Davis, que luego haría de Charlotte en "Sex and the City".

La verdad es que cuando vi el vídeo de la peluca se me ocurrió hacer una entrada sobre transformaciones de película (de ahí el título), como la de Schwarzenegger en "Total Recall" (joyón de los primeros 90):



Pero desistí de mi idea, demasiado complicado hilar tan fino con este calor.

En "Total Recall" también sale Michael Ironside, un actor secundario buenísimo que (casi) siempre ha hecho de malo malísimo. También hacía de las suyas, con el poder de la mente, en "Scanners", primera película de David Cronenberg. He aquí una muestra:



Qué mono. Pero me alejo de este camino, que me lleva a los 80 de nuevo y ya he dicho que no. Me quedo con el chico más guapo de los 90, o al menos uno de ellos, tan olvidado que no tiene cabida en mi serie recién iniciada porque de él nunca más se supo. Se llama Johnathon Schaech y era el cantante del grupo "The Wonders" en la película "That Thing You Do", la única que hasta ahora ha dirigido Tom Hanks. Alguna vez tendré que contar que me han confundido en ocasiones con Tom Hanks. Qué cosas. Aquí tenéis al Johnathon Schaech (vaya nombrecito) cantando la canción que da título a la peli, al loro los labios, los dientes, la nariz, los pómulos y las cejas. Si es que las cejas y los antebrazos son lo más sexy que hay.



Por cierto, que la cancioncita, si no fuese tan hiper-prefabricada podría tener su hueco en la lista de canciones pop perfectas... Me quedo con el buenorro de Johnathon (sí, con "o"), que sigue estando de muy buen ver, y con Liv Tyler, a quien siempre he encontrado tan maravillosa como irresistible.

En fin, que me ha salido una entrada de lo más rara, ya lo decía al principio, estoy en un "time warp" extraño. De nuevo, los primeros 80: "Warp", de New Musik, que hay que escuchar hasta el final. Polo, no te me quejarás...



Debido a viajes laborales múltiples pre-vacacionales y al extravío reciente del ordenador portátil utilizado en los mismos (me van a despedir, como si lo viera), este blog no se actualizará tan a menudo como me gustaría.

lunes 29 de junio de 2009

Mendicidades

Ya lo he dejado escrito en este blog: cada vez hay más mendigos y vagabundos por el centro de Madrid, algo que quienes, como yo, vamos andando a trabajar cruzando calles y plazas céntricas, podemos comprobar a diario. Siempre he pensado que la línea que separa una vida cómoda y confortable de la indigencia es muy fina y se puede quebrar con gran facilidad. Una decisión equivocada, una adicción incontrolada, un giro vital inesperado. Bien sea por elección o por azar, la línea del bienestar se puede cruzar con una facilidad pasmosa. Aterradora, diría yo.

Quizá suene frívolo, pero con tanto paseo por el centro uno acaba tomándoles cariño a algunos mendigos y vagabundos y de lo que quiero hablar ahora es de mis favoritos, que los tengo. No está entre ellos el señor, un tanto enajenado, que se puso el otro día a seguirme por la calle insultándome y llamándome yuppy, echándome la culpa de la crisis económica. Tampoco están en mi lista de favoritos, por lo general, los que piden a la entrada o salida de misa, aunque el guapo magrebí que hace guardia los viernes a la puerta de la iglesia de Santa Cruz y me saluda cuando paso por delante podría estarlo sin dificultad, siempre que hiciese guardia en una garita menos santa.

Hay una señora mayor, dolorosamente delgada, apostada contra una pared todas las mañanas en la plaza de Benavente. A veces la veo llegar a su puesto de trabajo (porque pedir es un trabajo) y en su camino departe con alegría con las putas que ya bregan por la plaza. Su delgadez es realmente espeluznante, como también lo es su falta de dientes. Pero siempre va arreglada, lleva un abrigo acolchado largo en invierno y unas deportivas rosas (yo creo que de Barbie pero me da vergüenza fijarme) muy graciosas en verano. Es de las pocas a quienes doy dinero con regularidad. Me acerco, le pongo un euro en la mano y le doy los buenos días. No puedo nunca dejar de imaginar su historia, una vida de escaleras fregadas, o de prostitución callejera, o de ama de casa ejemplar, o de funcionaria a quien la pensión no le da para vivir.

Este último es precisamente el caso de una viejecita galdosiana e intemporal que hace guardia, sentada en una silla plegable que lleva consigo a todas partes, en una esquina cercana a la Plaza Mayor. Siempre va de negro riguroso, con pañuelo también negro atado a la cabeza. Lleva gafas de culo de vaso, un ojo tapado y el otro con una catarata tremenda. Casi más que una limosna lo que quiere es que le dediques un rato y hables con ella. le he dado conversación muchas mañanas, aunque dudo que me reconozca. Me cuenta que la pensión que recibe apenas cubre su alquiler, que si no pidiese no podría comer, que tiene un hijo -que deduzco es presa de alguna adicción- que no sólo no le da nada sino que le quita lo poco que tiene (“pero al fin y al cabo es mi hijo”, me dice), que algunos canallas le roban sus dineros y sus medicinas (que siempre lleva a cuestas) cuando nadie mira, que ya no le dejan sentarse a pedir en portales o delante de bares o tiendas, que pasa muchísimo frío, incluso en verano. A veces desaparece unas semanas y siempre me temo lo peor, pero luego vuelve otro día, tan dicharachera, aunque tenga heridas en el rostro por las que ni me atrevo a preguntar. Porque el espíritu vital no lo ha perdido. Hace ahora dos meses que no la veo, que no está en su puesto. Sé de sobra que en algún momento desaparecerá del todo, y éste podría ser ese momento.

En Tirso de Molina hay un chico joven, al menos relativamente joven, probablemente extranjero (rubio, alto y muy delgado, yo lo imagino inglés) que tiene montado su tenderete junto a sus dos perrillos, muy feúchos pero muy graciosos, que se pasan el día dormidos uno encima del otro, en invierno al sol (o bajo un mini-edredón monísimo) y en verano a la sombra. El chico está algo enajenado, es evidente. No hace mucho, salvo coser y entrenar a los perros. A veces tiene una guitarra y toca. Habla permanentemente consigo mismo y con los perros, que lo adoran. Una cafetería cercana le deja entrar a lavarse y los perros hacen guardia, en plan feroz, ante el tenderete durante su ausencia. También desaparecen los tres de vez en cuando, y siempre vuelven a aparecer al cabo de unos días. Poca gente cuida a sus perros como los indigentes, que los tratan como los compañeros de vida que son, no como adminículos de lujo, sistemas de seguridad o como niños tontos.

No puedo decir que sea uno de mis indigentes favoritos, porque está realmente enajenado y da un poco de miedo, pero el residente de la calle los Madrazo, con su tienda de campaña casera, sus decoraciones callejeras (utiliza todo lo que encuentra para adornar los metros de calle en torno a su tenderete, como si fuese un camino de distinción hacia su morada) es digno de admiración. El tipo está totalmente pirado: tiene una taza de váter plantada en medio de la acera (espero que no lo use…), le habla o grita, según le dé, a todo el que pase por delante. Sorprende lo bien que se expresa, con muchísima corrección, una dicción y un acento impecables, un léxico rico. Da mucha pena su mirada perdida, la impresión que da es la de ser un hombre con educación que ha perdido la cabeza.

Otro hombre con educación hace guardia a la puerta de la iglesia de San José. Ya sé, he dicho que no me gustan los que piden a la puerta de las iglesias, pero es que éste se pasa el día leyendo. Le gusta la ciencia ficción, le he visto inmerso en volúmenes gruesos de Asimov y Arthur C Clarke. Debe ser de mi edad, lleva una mochila y coloca una escudilla y un cartel que dice “vivo en la calle, una ayuda por favor”. Le pregunté un día qué leía, me dijo que cualquier cosa que hubiese, lo primero que encontrase en la biblioteca por la mañana, le gusta todo. No pareció muy contento con mis intentos de entablar conversación (yo es que puedo ser muy pesado) y volvió a su libro. Tomar libros prestados de bibliotecas públicas es gratis, una de las pocas cosas gratis que hay. Reconozco que es algo que me reconforta, y mucho. Si algún día cruzo la raya de la indigencia podré seguir leyendo.

Podría escribir sobre la mujer de acento argentino y edad mediana, cuya falta de dientes denota alguna adicción, pasada o presente, grave, que lee, cose (como el chico de los perros) y pide de vez en cuando alguna moneda en la plaza de la cebada, o del hombre calvo que duerme acurrucado en la plaza de Santa Ana y que cada día tiene a su lado un par de zapatos diferente. Me quedo, y cierro esta entrada, con algo que vi hace poco en un tren de cercanías. Vino una chica muy joven y muy guapa y nos tocó “green sleeves” (que definió como una romanza de Enrique VIII) con su flauta. Detesto la flauta, pero tocaba muy bien, hacía unos trémolos preciosos. Se llevó un buen pellizco de mi vagón, y merecidamente hay que decirlo, además de tocar bien era muy simpática. Minutos más tarde llegó un hombre bastante mayor y soltó ese discurso tan terrible: “estoy en paro, vivo en la calle, no tengo para vivir, soy un hombre honrado, no quiero robar” que todos hemos oído alguna vez y ante el que todos miramos para otro lado o subimos el volumen del iPod. Nadie le dio nada. Se acercaba mi estación y me acerqué a la puerta del vagón. Ahí estaba el hombre, esperando también a salir. Se nos juntó la chica de la flauta, le saludó y le preguntó: “¿Te estás buscando la vida?”. El hombre asintió y ella le dijo: “Si quieres seguimos hasta Atocha y nos repartimos lo que saquemos”. Salimos los tres del vagón en Recoletos, vi que ellos se fueron juntos hacia el siguiente. Ella sabía perfectamente que a él nadie le daba nada. Casi me emociono. Sigue habiendo bondad en este mundo.

(Todos los mendigos o vagabundos que he descrito son verdaderos, pero he cambiado a propósito su ubicación).

sábado 27 de junio de 2009

Despedidas

Halle Berry contaba que de pequeña antes de irse a dormir rezaba y pedía a dios ser blanca al levantarse. Algo así le debió pasar a otros. Yo nunca he rezado, pero siempre quise ser negro para poder dejarme el pelo afro y bailar como Michael. Alaska decía que quería ser chico para poder ser maricón. Siempre queremos lo que no tenemos.

Así se hace una estrella:



Así crece una estrella:



Suya es la canción más perfecta de todas las canciones pop perfectas, con la que cerraré la serie de posts al respecto, cuando llegue el momento (he estado tentado de hacerlo hoy, pero no, cada cosa a su tiempo). Para quienes creen que estaba acabado desde Thriller, dejo aquí "You rock my world", uno de sus últimos sencillos y una canción extraordinaria (con vídeo-peliculita insufrible). Lo que va de ABC a You Rock my World os lo conocéis de sobra.



Por cierto, una de las primeras películas que hizo Farrah (pensadlo bien, hay pocas mujeres famosas a quienes se les conoce sólo por su nombre de pila, ella era una) fue "Myra Breckinridge". Os dejo aquí su escena lesbiana con Raquel Welch. Vaya cutis trenían las dos.



Bueno, venga, vale, os dejo la secuencia de títulos de la primera temporada de la serie. Martes y 13, cuando eran tres, hicieron un spoof fabuloso que no he vuelto a ver. Y, por cierto, my chico, tan butch y tan macho él, tiene de tono de llamada en el móvil la sintonía de las Angels. A ver quién es la loca aquí. Claro que es sólo para cuando le llamo yo, porque para los demás tiene la música del Exorcista. ¿Is he trying to tell me something? ¿A que no acertáis qué tono tengo yo? Oye, este tema de los tonos de móvil me da para una entrada...

miércoles 24 de junio de 2009

¿Olvidadas? Gianina Facio

Cuando empecé a escribir este blog, estaba fascinado por otro, Memorias a 45, que en algún momento dije que es el que me gustaría escribir. Dicho blog, que es maravilloso aunque va a fuego lento, tiene una sección de “Olvidados” en el que hace repaso a cantantes de los que (casi) nadie se acuerda, o a cantantes famosos que intentaron un camino previo hacia la fama, intento hoy olvidado. Todo esto viene a cuenta porque hoy inicio sección de ¿Olvidadas?, así, entre puntos de interrogación, porque aunque hoy se hable poco de las mujeres que por aquí desfilarán, son pocos quienes las han olvidado. Soy plenamente consciente de que han pasado por otras categorías de entradas de este blog mujeres que podrían estar en esta lista que hoy empieza, como Morgan Fairchild, Charlene Tiltón o Rachel Ticotín, pero ya sabéis que mis categorías y secciones son caprichosas e intercambiables, como yo. Habrá mucho lo peor de todo por aquí, y bastante “guilty pleasure”. Batiburrillo, como dice Stanwyck.

Gianina Facio (¿hay algún lector que no la recuerde?, me costaría creerlo) era una tía buena que tuvo un momento de gloria mediática a mediados de los años 80. Un fotógrafo le hizo unas fotos (muy acaramelada) con Philippe Junot, a la sazón marido de Carolina de Mónaco. Melena rizada y muy abundante, piernas larguísimas embutidas en unos vaqueros pitillo, botas con flecos. Carolina tardó muy poco tiempo en pedir el divorcio de Junot. No recuerdo si aún vivía su odiosa madre. Ah, ¿no lo he contado aún? Siempre odié a Grace Kelly. Y también al payaso Fofó.


Pero dejo mis odios inveterados e inexplicables y vuelvo a lo que iba. La Facio es de origen incierto, se decía entonces que era portorriqueña e hija de un embajador (mentira, Puerto Rico no es un estado, no tiene embajadores), también que tenía orígenes italianos, brasileños, nicaragüenses, de palacagüina o de Miami. ¿No os suena a cierta modelo-cantante que se pasó a todo el que pudo por la piedra y acabó de primera dama de un país vecino? Pues eso. Pero la Facio tenía cuerpo. Menudo cuerpazo se gastaba la tía, quizá el mejor de los años 80. Eso son pitones (Qué guarro soy, coño; y sí, también se le ve algo el parrús).


Al poco de la aventura con Junot y de las primeras fotos “picantes”, se lió con Julio Iglesias, recién divorciado de la Preysler y en su momento musical más dulce, el de la niña-mujer o el tropezón en la piedra. Qué hombre tan insufrible. Y tan feo, qué le verían. Para mí ese romance es el gran borrón en la carrera de la Facio que, como no había tanta telebasura como entonces, se vio obligada la pobre a trabajar y buscar fortuna en el cine. Dejo para más adelante lo que fue su obra magna y me centro ahora en unas imágenes de “Detective extra-large”. No, no es un porno (yo también lo pensé al leer el título) sino una peli, otra más, de Bud Spencer. Aquí la Facio luce palmito y se beneficia al guapo de Philip Michael Thomas, el compañero de Don Johnson en Miami Vice. No quiero ponerme pesado, pero fijaos (fijarsen) en el cuerpo de Gianina, es de escándalo. Los vestiditos ajustados con hombreras son, por cierto, muy otoño-invierno 2009.



Pero la historia de Gianina Facio no termina en los 80 y en unos romances con famosos varios, qué va. Como dirían Almodóvar, Macnamara y Theodore, un disco grabó y nadie lo compró. Estamos en los primeros 90, arrasa el sonido Ibiza-acid-petardo con piano machacón a lo Locomía y Gianina se apunta al carro y nos regala este “One Two Three Four” absolutamente horripilante. Principio suavecito y empieza la pachanga. Tampoco está tan mal, la verdad. Seguro que algún ex DJ que me lee lo ha pinchado alguna vez. ¿Alguien recuerda esta chungo-joya del trash más oscuro? Por cierto, este vídeo sólo ha sido objeto de dos comentarios por usuarios de YouTube y uno de ellos dice simplemente “GAY”. Qué cosas.



La buena (buenorra) de Gianina desapareció del mapa como llegó, aunque siguió haciendo pinitos cinematográficos. Con el cambio de siglo apareció en… ¡sorpresa! “Gladiator”, interpretando a la bella y sacrificada (literalmente) esposa del macizo (sólo, repito, sólo en esa película) Russell Crowe. Qué divina y sílfide estaba.



También sale, guapísima, en “Kingdom of heaven”, película tan olvidada como ella.



Y, este mismo año, en “Body of lies”, haciendo de nuevo de mujer del Russell, esta vez gordísimo. Pero, una pregunta, ¿Qué tienen en común estas tres películas? Está muy claro, que están dirigidas por Ridley Scott. Y es que Gianina Facio, queridos lectores, es hoy la flamante esposa del director de Alien.



Y quien tuvo, retuvo. Aquí sale, también con su santo, esplendorosa a sus 54 años.



Si creéis que aquí se acaba la epopeya de Gianina Facio, os equivocáis. He dejado lo mejor para el final. En 1984, poco después de acceder a la fama mediática por sus líos con Junot y Julio I, José María Castellví, director que no parece haber hecho nada más, la contrató para protagonizar una película que me da vergüenza reconocer que recuerdo y que vi. Su nombre, “Poppers”. Habéis leído bien. Y aquí está su cartel.



Fuerte, ¿eh? Al loro los chaps del de la derecha, que creo que es Miguel Ortiz, que luego ha presentado montones de programas caspa de TV. También salía Alfredo Mayo. Y la banda sonora tenía canciones de la primera época de Alaska y de Radio Futura. Y cómo son la tipografía y el diseño del cartel. La película de la movida, vamos. Qué total.

Lo que más me sorprende de todo esto es no haber leído nada al respecto de "Poppers" en ninguno de los mari-blogs, porque no me digáis que no tiene tela. Sólo he encontrado detalles en un blog que se dedica a la caspa, no al camp, y que os ahorro. En fin. De lo que me alegro es de que mi búsqueda me ha servido para encontrar a una drag queen de nombre ideal, “Mary Poppers”, casi tan bueno como el de mi querida Chumina Power. Iba a colgar un vídeo suyo, pero es que la pobre es muy mala sobre el escenario, al ponerse nombre artístico se le agotó el talento. Os dejo que vuestra curiosidad os lleve a buscarla por los basureros del ciber espacio.

Quien sabe, quizá dentro de 25 años alguien escriba un post en un blog (¿Habrá blogs en 2035? ¿Los leeremos?) sobre ella. Por cierto, la idea de escribir este post me vino porque en mi oficina tenemos una guarda de seguridad nueva que se parece a Vaitiare, otra novia olvidada de Julio Iglesias. Pero dejo que el recuerdo de ésa se pudra en la memoria. Es que lo polinesio, como que no. Pero Gianina, divina, claro que sí.

Necesito más olvidadas. Candidatas, please.