sábado, 25 de abril de 2009

Juego de niños



Ordenando fotos en mi ordenador, encontré ésta del "New Museum" en Nueva York. Es uno de los pocos edificios nuevos de la ciudad que de verdad me gustan, con su apariencia de cajas de zapatos apiladas (algo parecido a lo que yo construía de pequeño sin parar con el lego, mi juguete favorito) y su exterior de malla metálica. Es obra de un equipo de arquitectos japoneses, Sanaa, que están construyendo algo en Valencia y que me temo que en poco tiempo serán nuevas estrellas arquitectónicas y perderán su estilo limpio en aras de las demandas de sus clientes y del público en general, que parece tenerle una especial querencia a la arquitectura rara. Muchos arquitectos de verdad buenos se han perdido en ese juego de niños de buscar llamar la atención.

La arquitectura no es ajena a la infantilización de la sociedad. Más bien la contrario, parece que los arquitectos se empeñan en diseñar y construir edificios cuanto más extraños mejor, con el nada oculto deseo de conseguir lo que ya se conoce como el efecto "wow". A veces, como el Guggenheim de Bilbao, se consigue una obra maestra. Otras veces, la mayoría, acabamos con desastres que están pasados de moda a los tres días de su finalización. Un gasto innecesario, casi siempre, al menos en Europa, a costa del erario público. Una pena.

La verdad es que escribo poco sobre arquitectura y es una de las cosas que más me gustan. Cuando lo hago es en la serie de escaparates y acabo contando historias paralelas, como hice con Enrique P y los abrazos rotos. Por cierto, querido lector, la foto de arriba tiene un punto "los abrazos rotos". Si no te has fijado bien, mira esta segunda toma: tres personas, todas de negro (no olvidemos que es NY) están asomadas a una terraza del edificio. Seguro que tenían unas vistas buenísimas. Y seguro que hay una historia detrás de esta reunión. Siempre hay una historia.



Curiosamente encontré otra foto neoyorquina y me hizo pensar en que los dos edificios, el nuevo del New Museum, y éste de ladrillo que está por Murray Hill no son tan distintos, ¿no creéis? Debe ser la sensación de elementos geométricos apilados uno sobre otro. Me encanta el mosaico arcoiris que corona la ventana superior. Y la ventana redondeada a media altura. Y que a la izquierda asoma el remate del Empire State Building.



Me gustan mucho algunas arquitecturas neoyorquinas, y lo que más me gusta es su encaje en el tejido de la ciudad. Es todo un desafío, pues construir siempre se convierte en meter algo nuevo en un espacio urbano muy denso y muy consolidado. Debe ser un desafío formidable, aunque más veces de las deseables da la impresión de que el arquitecto de turno está "colocando" un diseño que guarda en su carpeta, sin tomar en consideración el entorno. Es una de las cosas que me gusta del New Museum: encaja bien en su emplazamiento, The Bowery, que a pesar de todo sigue siendo centro de la bohemia artística neoyorquina, cuyo esplendor decadente retrató Nan Golding a la perfección en su serie de fotos tan brechtiana "The ballad of sexual dependency". Era tradicionalmente un espacio de talleres y pequeñas fábricas, por lo que el aspecto exterior del nuevo edificio está en su entorno natural.

Lo mismo ocurre con este otro edificio, la sede de Pepsi Co, donde además tuvo su despacho Joan Crawford. Que es otro punto a su favor.



Estamos ahora en otro entorno, esto es Park Avenue. El cogollo más rico del mundo occidental. Y estamos en los años 50, cuando se empieza a construir en cristal, en este caso transparente. Tenemos tan visto este tipo de arquitectura moderna que dejamos de valorarla. El volumen es perfecto, el encaje en una zona de gran riqueza también lo es, gracias a que los materiales utilizados son también lujosos. El edificio fue admirado entonces y lo es hoy, por mucho que ya pocos nos fijemos en una simple cajita de cristal.

Todo es cuestión de encaje, pero no en el sentido de adaptarse al estilo prevaleciente, sino en intentar sacar partido de las condiciones del lugar y tratar de crear ciudad, sin estridencias pero tampoco sin concesiones. Termino esta entrada, que más parece de un fotolog, con la foto de un edificio de la calle 48, casi esquina a la tercera avenida, que vi por primera vez en mi último viaje a NY, hace poco más de un mes. Es curioso, siempre me alojo en esa parte de la ciudad (porque es por ahí donde se celebran las reuniones de trabajo a las que voy) y nunca habia reparado antes en el edificio. Tiene una explicacion: siempre camino por la calle 47 (que hasta hace unos años tenía bastante puterío) pero nunca por la 48. Pues en plena noche me encontré con esta joya, y tuve la suerte de llevar la cámara a cuestas:



La foto no es muy buena, pero se puede ver la estructura del edificio, sus paredes de bloques de cristal iluminado, refulgiendo en plena noche. He intentado buscar información sobre el mismo, pero aún no he encontrado nada. Se parece mucho a otra joya arquitectónica, "la maison de verre" que Pierre Chareau construyó en París en los años 20, por lo que deduzco que esta casa debe ser de la misma época. El racionalismo arquitectónico es una bendición, marca el inicio de la aplicación de los principios modernos a la construcción, pero con técnicas aún tradicionales. Y sin ánimo de llamar la atención más de lo imprescindible. Porque este edificio, que no tardará en cumplir 100 años, es una "town house" tan típicamente neoyorquina como las que tiene a izquierda y derecha. Perfectamente encajado en su entorno. Y sigue siendo, a pesar de su edad, moderno a rabiar y sin necesidad de gritar "mírame, estoy aquí".

miércoles, 22 de abril de 2009

Tortura

Me tiene muy perplejo todo el asunto de la tortura en Estados Unidos. Vamos a ver, por un lado ha quedado confirmado, de modo explicito por Dick Cheney, que han torturado a detenidos en el marco de la “guerra contra el terror”. Antes de terminar la Presidencia Bush, el Congreso norteamericano aprobó una moción con fuerza de Ley que dejaba libres a todos aquellos que hubiesen podido estar involucrados en estas prácticas, una ley de impunidad. Barack Obama, entonces sólo senador, votó en contra de esta moción. Nada más ser elegido Presidente, en su primer día en la Casa Blanca, Obama firma la orden de cierre de los centros de detención secretos y anuncia que en el plazo de un año Guantánamo estará cerrado. Hace pocos días, Obama anuncia que no perseguirá a los torturadores, es decir que aplicará la ley en contra de la cual votó. Ahora ya no está tan claro, parece que la presión hecha por los grupos Pro Derechos Humanos empieza a surtir efecto.

Como decía, me tiene todo muy perplejo, no sé bien a qué atenerme. Como todos los que nos dedicamos a los derechos humanos, he visto los primeros años del siglo XXI como un período oscuro, quizá el más oscuro desde el holocausto. En diciembre pasado celebramos el 60 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos acosados por los relativismos culturales y religiosos (la mujer tendrá derechos en Occidente, pero el mundo musulmán no, es la tradición, hay que respetarla), la negación de la universalidad de los derechos (“en Irán no hay homosexuales”, por eso los ejecutan) y, casi peor aún, la pérdida de derechos civiles en los países occidentales. A veces parecía que habíamos vuelto a la casilla de partida en el juego de los derechos humanos y se nos hacía creer, a base de políticas de miedo (¡que vienen los islámicos!, ¡que viene el huracán!, ¡que viene la recesión!), que para conservar nuestros derechos y nuestro bienestar, teníamos que renunciar a parte de esos mismos derechos.

Reconozco que caí en la trampa. El 11-S me sobrecogió tanto como al que más, y me sigue pareciendo un acto de agresión, diría incluso que de guerra, con un impacto que aún no somos capaces de valorar y medir. Fui de los que, en un primer momento, pensó que todo estaba en peligro, que era el momento de hacer sacrificios, que tenemos un margen muy amplio de libertad y que por ceder un poco no nos pasaba nada. Qué equivocado estaba. Si algo ha quedado demostrado es que cuando no se amplían los espacios de libertad es porque estamos yendo hacia atrás, porque los estamos reduciendo. Países tan garantistas y liberales como Suecia han legitimado, por ley, la interceptación de las comunicaciones personales, ya sean cartas, correos electrónicos o, por supuesto, blogs.

Algo que me cogió por sorpresa fue la legitimación de la tortura. Tanto más cuanto que ocurrió en la tierra de la Libertad, con mayúscula, en Estados Unidos. Vamos a ver, muchas asociaciones y ONG denuncian siempre la presencia de tortura en todos los países, España incluida. Pero una cosa son los malos tratos policiales (que los hay aquí, y cómo, y en todas partes) o las vejaciones y humillaciones ocurridas en Abu Ghraib (que son absolutamente inexcusables y de hecho han sido castigadas) y otra cosa muy diferente es la tortura a detenidos con el fin de extraerles una confesión que luego va a ser utilizada en un juicio. Esto último es tortura. Y la tortura lo que hace, ni más ni menos, es anular, destrozar, inutilizar, invalidar, la Justicia. A mí no me interesa especialmente ver en el banquillo a Cheney, Bush o Rumsfeld, o a los torturadores que sin duda alegarán que “cumplían órdenes”, como hicieron en Chile o Argentina. Lo que sí me interesa es que se haga Justicia, de nuevo con mayúscula. Y por ello lo que finalmente decida Obama tiene una importancia capital.

Comprendo perfectamente que los torturados, todos o casi todos ellos, hayan pasado en sus países, donde la tortura está realmente institucionalizada, por cosas peores que la asfixia, el sometimiento a ruidos, cambios extremos de temperatura o golpes que les han sido propinados por los torturadores americanos. Comprendo también que probablemente les dé igual ser torturados, su misión es otra, no es de este mundo, está por encima de golpes y asfixias. Comprendo también que son personas muy peligrosas, que probablemente en el momento que salgan a la calle estén dispuestos a ceñirse un cinturón con explosivos o secuestrar un avión para matar a cuántos se les pongan por delante. Pero, ¿usar sus propios métodos?, ¿torturarlos?, total ¿para qué? ¿Para que digan dónde está Bin Laden? ¿Para que se inculpen? ¿Para qué serviría?

Para lo único que ha servido es para deslegitimar y devaluar la democracia, eso que los Estados Unidos proclaman defender a capa y espada en los cuatro rincones del Universo. La pérdida de los valores propios es la señal más significativa del inicio de un proceso de decadencia. Quienes sigáis el blog sabéis que soy devoto de Obama (en mi antigua oficina, antes de las elecciones, le tenía puesto un altarcito) pero habrá que ver si obedece a sus convicciones, que me consta son las de un verdadero demócrata, o cede a las presiones de tantos y tantos grupos de intereses variados que le pueden hacer desviarse de esos ideales, los de los padres fundadores, tan alegados como vulnerados en los últimos años. Lo peor de todo (y esta vez de verdad) es que en el fondo lo que se perseguía era cambiar el sistema político por la puerta de atrás, reforzar la Presidencia y anular los poderes legislativo y judicial. Lo mismo que en todas partes. Lo mismo que en el Imperio Romano. Lo mismo que en Venezuela. O en la Junta de Andalucía.

Quien quiera más (y mucho mejor) información la encuentra en este enlace.

viernes, 17 de abril de 2009

Lo peor de Todo: Gonzalo

Vamos a ver. Yo escribo un blog porque me gusta, me divierte, me sirve para dar rienda suelta a mis inquietudes intelectuales y aspiraciones literarias, bla, bla, bla. Pero no nos engañemos. Con la entrada sobre lo peor de todo recibí 36 comentarios. 36. Y mi media está en 5 ó 6, de los cuáles la mitad son míos. No es por nada, pero a uno le gusta tener un poquitín de éxito. Así que regreso a lo peor de todo. Inicio sección, de hecho. A ver si me suben los ratings. Coño.



La canción "Bellísimo" de Gonzalo es realmente lo peor. Tiene el mérito de que la compuso el propio Gonzalo, en una época en que despuntaban cantautores y cantantes melódicos. La línea de separación entre Luis Eduardo Aute (no dejéis de hacer click en el enlace, eso sí que es lo peor de todo) y Miguel Gallardo no estaba realmente tan definida, salvo por el barniz progre del primero. Gonzalo daba la impresión de estar un poco entre medias, cantante melódico pero con pretensiones de autor, a lo Camilo Sesto pero más moderno. O quizá estaba en la onda de Ana y Johnny.... No, no. Éstos están en otro panteón, mucho más elevado, ellos nos liberaron del pudor.

La cancioncita de marras, por la que Gonzalo es recordado (al menos por alguno, como yo) es tremenda. Ritmo lento, muy lento. La voz cascada a la italiana, que va subiendo. La letra es insufrible. A quien le interese puede ir a la página correspondiente de YouTube y está reproducida en su integridad. "Tu adiós de hielo me ha sonado como una piedra atada en el estómago". Ejem. "Salté volando hacia la luna, te hice gozar como a ninguna". Por supuesto. El estribillo remata la faena: "Soy bellísimo, soy bellísimo, a la mierda mi cuerpo si mi alma está sola". El "a la mierda" fue víctima de la tijera censora (estamos en 1977) y se quedó en "de qué sirve mi cuerpo". Más adelante sigue con el ego-trip: "me has deseado por mi cuerpo para exhibirme y pasearme". Es un poquitín fuerte, me parece a mí. Pero claro, tiene mucha gracia si no te lo tomas en serio. Sobre todo más de 30 años después.

La carrera de Gonzalo no se acaba con esta canción tan tremenda. En el año 83 participó en el maravilloso festival de la OTI, un año antes de que ganase Yuri, con este lindo tema que seguro que muchos recordáis: "Quién piensa en ti". Hacía 25 años que no escuchaba esta canción y me doy cuenta de que me sé la letra de memoria. De nuevo: ¡coño!



La verdad es que la canción no está del todo mal, tiene su gracia. Además la compuso de nuevo el propio Gonzalo, lo cual tiene su mérito. El modelito, pantalón de pinzas ancho, chaquetita torera con hombrera y pajarita roja, no tiene desperdicio. Muy de su época, la misma que Sergio Fachelli. O Iván. O el primer Pedro Marín. Era el momento del fenómeno "fans", impulsado por Miguel Bosé y sus mallas inolvidables. El sonido se iba por el disco-pop más chungo. Por cierto, ya que estoy con lo peor, recordaré que hasta Sergio y Estíbaliz se reconvitieron a la causa disco-chochi y cantando en inglés produjeron un engendro fabuloso, "Stay on the Line". Pasaelmocho lo colgó hace tiempo de su impagable web, y lo he encontrado en otro blog que recomiendo desde aquí, Flashback, de donde me lo he bajado. Eso sí que era lo peor de todo ("turup, turup, talk to me; turup, turup, talk to me") y Sergio da muestra de unas maneras de lo más sospechosas. Pero bueno, esta música y este estilo son lo que había, tampoco hay que darle más vueltas. ¿O sí? (Pandora, Stanwyck, los que aún estáis en Feisbuc, mandádle un enlace a Manolo el israelita, por favor, que le va a encantar pero no lee este blog).

video

Pero volvamos a Gonzalo, que es el protagonista. El mozo tuvo otro momento de fama, quizá su momento más dulce, pero no con su nombre, sino bajo el seudónimo de Bruno. Bruno es un personaje de un episodio de la serie Verano Azul, un cantante para quiceañeras con modelitos de traca, "el ídolo". Aquí va el primer número, al son de la canción "Te doy", embutido en un mono blanco divino y acompañado por el ballet Zoom. Muy edificante la definición de fans que se hace en el diálogo posterior. La canción tiene un puntazo, la verdad.



Pero si Gonzalo, de nuevo como Bruno, hace su entrada y permanece en el reino de lo peor de todo, es gracias a esta segunda actuación, con la canción "Soy como tú". Atención al pelito, la blusita con hombreras y, sobre todo, al paquete. Desde Juan Bau no se había visto nada semejante, y desde entonces casi tampoco, fuera del porno, claro. Hoy nadie se atrevería a tanto. Y esto era un programa para niños. Lo dicho, edificante. Me encanta la gorda líder que se salta la "velvet rope" (más bien "esparto rope") de seguridad.



En el fondo, pobre Gonzalo. No fue más que una víctima más de su compañía discográfica (creo que era Zafiro), que le vio ciertas maneras y cierto talento e intentó sacarle todo el jugo posible haciéndole reinventarse según soplaban los vientos. Como Madonna, vamos, pero con mejor pelo.

A ver, esos ratings. Empoderadme.

miércoles, 15 de abril de 2009

La canción pop perfecta: "Would I lie to you?", Charles & Eddie



En mi búsqueda de canciones pop perfectas estoy haciendo una revisión por décadas. Hay décadas eminentemente pop, como los 60 o los 80. Otras, como los 70, dominadas por el rock progresivo o sinfónico y cosas peores, no fueron tan favorables para esas pequeñas joyas musicales de pocos minutos e inmediatamente memorables.

Los años 90 dan mucho de sí musicalmente, de hecho escribí no hace mucho sobre la explosión soul y R&B al inicio de la década. En el plano pop, surgen de modo imparable los gupos prefabricados de chicos y chicas guapas. Compositores y productores componían y grababan canciones y las ofrecían a agentes de "artistas" (cuyo único requisito era tener menos de 20 año y tirarse varias horas al día en el gimnasio), para grabar las voces y sacar el disco el mejor postor. No era una fórmula ni mucho menos nueva, pero esta práctica se extendió hasta la saciedad y creció a medida que el mercado de la música se mercantilizaba más y más.

Una de mis canciones finalistas de la década pasada es "Wannabe" de las Spice Girls. Lo digo totalmente en serio, es una canción perfecta. Pero como sé de sobra que si la hubiese elegido como LA canción pop perfecta mi público, que tanto me quiere, me había crucificado, la dejo para un futuro concurso sobre los mejores videoclips de todos los tiempos. Pero atención al ritmo de esta canción, es imparable.



Otra de mis finalistas es Britney Spears, de quien soy fan absoluto. Todo lo que ha hecho es bueno y además va camino de convertirse en la Judy Garland de nuestra época, la pobre. Aquí tengo problemas a la hora de elegir la canción, porque "Baby, one more time" es casi insuperable, pero "Oops I did again", aunque parezca idéntica, es casi mejor. Son todo obras de estudio, en este caso escritas y producidas por dos geniecillos suecos, Per Magnusson y David Kreuger. Estos chicos, qué casualidad, también escribieron y produjeron canciones a Backstreet Boys ("I want it that way" no entra en mi lista de milagro), Boyzone, Westlife, creo que no hace falta que siga. En todas las canciones se repite la fórmula: al final subidita de un tono y repetición del estribillo hasta el final. Estocolmo fue en los años 70 y gracias a ABBA el centro del pop mundial, lo que no sabíamos es que nunca dejó de serlo. De todas las canciones de Britney me quedo con "Sometimes", sobre todo porque me trae unos recuerdos muy especiales de una etapa preciosa de mi vida, pero también porque es muy bonita y porque me gusta el chico que hace de novio de Britney en el vídeo. Y también el perro.

YouTube no me deja encamar el vídeo y Blogger no me deja subir el que me he bajado, así que quien quiera disfrutar de esta linda canción, debe hacer click aquí.

No todo el panorama pop de los años 90 son productos prefabricados, estoy siendo algo injusto. Una de las cosas que más me impresionan del Reino Unido es su capacidad para crear cultura y exportarla al resto del mundo. Viví en Londres en la etapa del gran auge del llamado "Brit-pop", que en general me deja algo frío, con la excepción de cosas de Pulp y, sobre todo, de Suede. "Trash" es una joya absoluta, aunque tenga un solo de guitarra, que son mi némesis. Un puntazo es Bret Anderson, tan yonqui él, tocando la pandereta. Nadie lo había hecho desde Simon Le Bon.



Dejo el último lugar de finalista a los Pet Shop Boys, sobre quienes ya he hablado quizá demasiado y que siempre inspiran lo que escribo. Quizá su canción más bonita sea éste "It always comes as a surprise", del álbum Bilingual. Me encanta el ritmo de bossa nova y, sobre todo, la letra. Lo que cuenta describe lo que fue mi vida ante su gran cambio, en torno a finales de 1997 y 1998. Qué bonito, el amor.



Tengo que reconocer que a mediados de los años 90 empieza a decrecer mi interés por la música pop, rock, soul, etc., lo que hace que me haya perdido con toda probabilidad grandes joyas que deberían estar en esta lista corta de la década anterior. Así que se aceptan, por supuesto, sugerencias.

La canción finalmente elegida de esta lista de los años 90, "Would I lie to you?", de Charles and Eddie es perfecta por los cuatro costados y también producto de un productor que la vendió al mejor postor. Estructura clásica: estrofa, puente y estribillo. Toda la canción va "in crescendo" y juega con la ventaja de un estribillo de melodía absolutamente demoledora. Añade dos cosas que a mí me parecen sumamente interesantes: una instrumentación fabulosa, con tonos soul (piano Fender Rhodes, guitarra jazzera, coros muy negros, arreglos de cuerda, una percusión espléndida) y la mezcla de dos voces que se complementan muy bien. La de Charles, el chico negro (que murió hace unos años, el pobre), quedaría bien en combinación con cualquier otra, porque es preciosa.

Charles and Eddie son un ejemplo clásico de "one hit wonder", porque no hicieron prácticamente nada más aparte de esta canción perfecta. Tengo que decir que cuando empecé al juego de la canción pop perfecta, ésta (que a mí me habría gustado ver interpretada por mi querido Jermaine Stewart, le iba como anillo al dedo) era la única que tenía claro que acabaría en mi lista definitiva.

domingo, 12 de abril de 2009

Guilty pleasures: "Juntos" de Paloma San Basilio



Casi me da un pasmo el otro día al leer una de las últimas entradas de Stanwyck cuando vi que mencionaba "Juntos" de Paloma San Basilio, que es una de mis guilty pleasures más ¿inconfesables? Pensaba que se me iba a adelantar. Pues no, aquí estoy yo antes. Pongo lo de inconfesable entre puntos de interrogación porque la verdad es que es una canción preciosa que a uno le pone muy de buen humor, por tonta que sea. Podría estar perfectamente en mi otra lista, la de canciones pop perfectas, pero por algún motivo ha acabado aquí. Es increíble cómo se cruzan ambos conceptos. Y el de lo peor de todo, claro está. Ando de cabeza haciendo listas, se me pasan las canciones de una a otra y, sorprendentemente, no pasa nada. Por cierto, perdón por la desincronizacion del vídeo, que encontré en los basureros del ciberespacio.

Yo creo que es lo de "fumar un cigarrillo a medias" lo que se carga la canción, porque la mera idea siempre me pareció algo repulsivo. Claro, que el modelito de Paloma San Basilio en este vídeo sacado de un programa de TV de alguno de nuestros países hermanos latinoamericanos, es como para llamar a la polícía. No me queda claro si es vestido o mini-short, la verdad. Eso sí, en las colecciones de moda de esta temporada primavera-verano que acaba de empezar, había cosas muy parecidas a esto. Más delito aún tiene el estilismo capilar, sacado del catálogo de Carmen Maura en "¿Qué he hecho yo para merecer esto?". Pobres chicas, qué cosas les hacían ponerse. Y ellas encantadas, claro.

La canción es de principios de los 80. Yo entonces estaba con Alaska y Duran Duran, pero secretamente escuchaba esta canción y disfrutaba como un enano. No me compré el single (pero qué tonto fui) no fuese a ser que algún amigo me lo viese en casa. Porque en aquella época yo invitaba mucho a casa, no como ahora. Y la canción me sigue gustando tanto ahora como entonces. Por cierto, la grabó también en inglés, se encuentra el audio aquí. La letra dice: "Save me, I'm down on my knees, tonight is gonna be the night, he's a man of the world and I'm a very simple girl". Entramos en territorio lo peor...

Lo que no sé es si los chicos go-go que acompañan a Paloma en el vídeo son musculocas, marichulos, tíos buenos o locazas. Stanwyck, tú que eres más ducho en estas cosas, sácame de dudas, anda.

sábado, 11 de abril de 2009

Felicidades, Coxis





Tenía guardados estos joyones en la recámara para alguna entrada en tono festivo-petardo, pero creo que es el momento de utilizarlos. Pensé en dejar como regalo algo de Xanadú, pero este largo medley con Olivia Newton-John, Abba y Andy Gibb (a pesar del modelito infernal y el corte de pelo imposible, el tipo, el pobre, estaba un rato buenorro) no tiene desperdicio.

Feliz, feliz en tu día, coxis.

viernes, 10 de abril de 2009

Escaparates y fachadas: Almirante Seis



Almirante Seis es una tienda de ropa de hombre que está en el número 6 de la calle Almirante de Madrid. Su escaparate es elegante: líneas blancas muy puras, cristal a ambos lados, con una lámina curva en el centro del lado opuesto a la puerta, el derecho. Por dentro el espacio parece más grande de lo que es, en gran medida porque está limpio de estorbos, toda la ropa está pegada a las paredes y sólo hay una pequeña mesa con la caja y una silla situadas delante del murete de separación de la zona de probadores y la escalera que sube a lo que era la sección de ropa de mujer de Enrique P.

Y es que esta entrada tiene algo de trampa porque no es sobre el diseño de Almirante Seis, que es ciertamente bueno, sino sobre Enrique P, la tienda que ocupaba el local y para la que fue diseñado el espacio, creo que por Mariano Bayón. Enrique P era la tienda de ropa de referencia en el Madrid de finales de los años 80. Si uno se fija en los títulos de agradecimiento de las películas de Almodóvar de la época (ésas que yo critico, por mucho que las venere, por su estilo de “nuevo rico”) encuentra el nombre de la tienda.

Pero es que esa época se pareció, a menor escala, a la que acaba de terminar, fue el primer sorbo que le dimos a la cultura de consumo conspicuo y a las apariencias de la afluencia. Se abrían entonces los espacios de ocio Archy y Teatriz (con diseño de Philippe Stark, del que aún queda bastante, 20 años después), triunfaban los de la Rosa, Mario Conde y otros que, como los Barrionuevo y Vera, acabaron en la cárcel. Los pisos en ciertas zonas de Madrid alcanzaron por primera vez el millón de pesetas por metro cuadrado. Se construían la torre Picasso y las torres KIO (que estuvieron mucho tiempo sin acabar). La “movida” (que, como dice Nacho Canut –sigo teniendo pendiente escribir sobre él-, no eran más de 50 personas) llevaba ya muchos años muerta y había sido sustituida por la “marcha”, para la que no hacía falta talento, sólo ganas de diversión y que además ciertos polvos blancos de origen andino contribuían a amplificar. Valía todo, la cocaína, los desfalcos y el GAL. No éramos 50, sino muchos más, pero parecía que nos conocíamos todos.

La calle Almirante, la “rive gauche” madrileña le llamábamos, aún conserva de aquella época las tiendas Berlín y Ararat y, en portales distintos de los originales, las de Jesús del Pozo y Elisa Bracci, pero Enrique P cerró hará algo más unos diez años. Fue la tienda que trajo a Madrid la ropa de Antonio Miró, vendió o intentó vender la de Manuel Piña, introdujo en España por primera vez la ropa para hombre de modistos clave como Comme des Garçons o Romeo Gigli, quizá el único artista verdadero de la moda –y sobre quién también tengo que escribir algún día, sobre todo ahora que vuelve a diseñar. La tienda tenía el nombre de su fundador, Enrique P (siempre he pensado que Laura P, el personaje ficticio de La Ley del Deseo, adopta su misterioso apellido) y sufrió su primer revés cuando éste se lanzó al vacío desde el balcón de su piso, bastantes alturas por encima de la tienda, tras enterarse de que tenía sida. Su pareja, Javier, siguió con el negocio, ayudado por un dependiente fabuloso, Ramón, que acabó como tantos otros con serios problemas por consumo de sustancias psicotrópicas y que en su día me regaló cassettes (qué barbaridad, cassettes, no puede haber pasado tanto tiempo) con su música favorita, entre la que se encontraban las Hermanas Goggi y mucho, mucho chochi y aún más house, que era lo que sonaba en la tienda. Compraban ahí Bibi y Pedro, Fernando Vijande hasta que murió, Sigfrido Martín Begué, arquitectos, modernos y aspirantes a serlo, niños bien y algún colgado con buen gusto.

También sobrevive de aquella época Emilio, el mejor peluquero de Madrid, que tuvo su primer local en la misma finca de la tienda, justo encima de ésta, y luego llevó su salón, Xiquena, a varios locales hasta llegar al actual en Marqués de Monasterio. Quien esté en Madrid y necesite un corte de pelo, hombre o mujer, que no lo dude.

Me entristeció muchísimo cuando me enteré de que Enrique P había echado el cierre, debió ser en el año 96 ó 97. Una noche, hace ya bastante tiempo, me encontré por ahí a Javier, que ahora tiene otra tienda de ropa en la plaza de Chueca, de cuyo nombre no me acuerdo, quien me dijo que fueron precisamente esas marcas que a mí me gustaban las que le arruinaron. Nadie, salvo algún pirado como yo, las compraba. Y yo sólo compraba algún cinturón o pillaba las cosas caras en las rebajas tan estupendas que hacían (y Ramón me regalaba de todo cada vez que iba, comprase o no).

Precisamente hablando el otro día con Emilio mientras me cortaba el pelo (me dijo que tengo más que antes, cómo no le voy a querer) coincidimos con cierta sorpresa en que a ambos nos había gustado bastante, por no decir mucho, “Los Abrazos Rotos”. Y desciframos entre los dos algunas de las claves de la película, que sin duda tiene un aspecto “roman à clef” que sólo el autor conoce del todo: el financiero millonario que interpreta José Luis Gómez es en realidad uno de los empresarios que acabó en la cárcel a mediados de los 90 y que había colocado a su amante como actriz (pésima) en películas de directores modernos que él mismo producía. El personaje de Ochandiano está basado en el hijo de otro empresario (que se libró por los pelos y por la obra de dios, a la que pertenecía, de la cárcel), cuyo único objetivo en la vida era ser moderno y que ha terminado siendo dueño de una cadena de hoteles y apareciendo con frecuencia en el papel “couché”. No sigo, no sigo, que se me nota de quien estoy hablando y no me quiero ir de la lengua. Aprovecho para contar que lo mejor del pase en el que vi la película, eso sí, fue el comentario de una señora (muy) mayor que estaba detrás de nosotros y que, en medio de la escena del polvo de Penélope con JL Gómez entre las sábanas (que ocurre justo después de la de su polvo con Lluis Homar), comentó: “Pues sí que está atareada la chiquilla”.

Esto es tremendo, presumo siempre de no ser nostálgico y me descubro echando de menos muchas cosas de esa época, que siempre he recordado con mucho reparo, por no decir rechazo. Estoy en plan proustiano, esto se tiene que acabar. Tampoco soy tan mayor. Y voy a empezar a hacer fotos con una cámara, en vez del teléfono, porque salen horrorosas.

Escribo esto en un avión mientras escucho a Yvonne Elliman cantando “If I can’t have you”. Seguro que os parece bien. A mí me encanta, a la chica que está a mi lado y tiene que aguantar mis berriditos, no tanto.

martes, 7 de abril de 2009

Devoción por el sistema decimal

A mi chico le encanta contar una anécdota de Borges. Hallábase, al parecer, el escritor (ya mayor) en el funeral de una conocida cuando se le acercó una señora, muy compungida, quien le expresó su pena tanto por la muerte de la finada como porque ésta había fallecido con 99 años, pocos meses antes de haber cumplido 100. Borges, de nuevo al parecer, le contestó: “Veo que es Usted, señora, devota del sistema decimal”.

Como mi chico es inglés, aunque no es necesariamente devoto del sistema imperial, pesa las verduras en libras, mide la cerveza y la leche por pintas, se mide a sí mismo en pies y pulgadas, tenemos una báscula en el baño que nos pesa en arrobas (cuando paso de 12, mal asunto) y le encanta recordarme cuantos peniques hay en un chelín y cuantos chelines en una libra, de lo que yo jamás me acuerdo ni falta que hace. Es todo muy divertido por lo absurdo que parece cuando estamos encadenados al sistema decimal de imposición napoleónica. Pero todo tiene su sentido: un hombre empieza a ser alto cuando mide seis pies. Pesar doce arrobas para seis pies de altura (que son las medidas por donde yo ando) parece tener casi más sentido que pesar 76 kilos para 183 centímetros (los que me conocéis: si no os creéis que mido 1,83, os enseño la cartilla de la mili; ¿que he menguado en los últimos 28 años?, quizá. Suena a excusatio non petita total, y es verdad, yo tampoco me lo creo).

¿Qué por qué cuento todo esto? Porque ésta es la entrada número 100 de este blog.

Creedme, jamás pensé que llegaría a tanto. Me sigo divirtiendo escribiéndolo tanto como al principio. Bueno no, me divierto mucho más ahora, porque estoy más suelto y me encuentro más libre. Cuanto menos me repienso las entradas, más comentarios tengo. También es cierto que trescientos gramos de Morgan Fairchild y cuarto y mitad de lo peor de todo hacen maravillas para los “ratings”. Por cierto, cuarto y mitad, que tanto se acerca a una libra, ¿cuenta como medida decimal?

Todo esto me hace pensar también en Stanwyck y Notorious, ambos de mi corazón, a quienes dedico esta entrada pues ven cómo este año el sistema decimal les hace pasar algún pequeño rato de incertidumbre, angustia, mal rollo o al menos pérdida de tiempo. Es sólo una cifra. En cuanto la pasas, te olvidas de ella. Por cierto, Polo celebraba hace poco su entrada número cincuenta, también va esto por él.

Me encantaría prometer 100 entradas más, pero del mismo modo que no pensé llegar hasta aquí, y eso que aún me quedan 5 meses para cumplir dos años en la faena, no estoy seguro de ser capaz de escribir otras tantas. Además ya llevo dos pájaras, que son inevitables, y alguna más caerá. Escribiré mientras me divierta y mientras tú, lector, mi semejante, mi hermano, sigas entreteniéndote aunque sólo sea un poquito.

Os dejo para festejar el aniversario con mi alter ego, Myra Breckinridge. Bueno, os dejo con los títulos de crédito de la película, que es mala en igual medida que la novela de Gore Vidal es buena. Pero mala o no, cuenta con Raquel Welch y sus piernas en plenitud, Mae West en decadencia y Farrah, jovencísima, en su primer papel. Y con Rex Reed como Myron, tan guapo él. Pocas cosas tan “camp” como esta película se encuentran, haceos con ella. Los títulos de crédito, al son de Shirley Temple, son un buen ejemplo. Yo creo que el camp, junto a la música disco, es en el fondo lo que más me gusta. Pero dejo el camp para otra entrada post-centenario, que debería escribir al alirón con Stanwyck (¿te apuntas, Darling?). Feliz pascua a todos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Han vuelto

No sé cómo se desenvuelven otros blogueros a la hora de enfrentarse con una entrada nueva y una pantalla en blanco. Yo generalmente tengo varias cosillas empezadas, muchas ideas, algunas escritas en un cuadernillo que llevo siempre conmigo. La de hoy es una que tengo en el tintero desde hace tiempo.

Es absurdo, pero por mucho que tenga claras las ideas y haya escrito ya parte, me cuesta empezar una entrada nueva después de la anterior, que ha generado tanto comentario. Es como si tuviese ganas por un lado de intentar repetir el ¿éxito? y por otro de hacer algo completamente diferente para incluir un elemento de sorpresa. En fin. Lo postearé tal como me salga.

Stanwyck y yo, que somos muy pesaditos, llevamos muchos años ya, demasiados, abonados a la teoría de La Prohibida de que los años 80 no han vuelto, que en realidad estamos en un revival permanente del final de los 70. Pero me temo que esa teoría ya no se tiene en pie. Han vuelto. With a vengeance.



Esas lindas imágenes corresponden a la colección otoño-invierno 2009 presentada por Marc Jacobs hace unas semanas en Nueva York. Como se puede comprobar, han reaparecido hasta las hombreras y los pelos cardados (Chantal, ¡pionera!), que en el fondo es lo que quedaba por volver. Cuando vivía en Londres, allá por el cambio de siglo, empezaron a verse de nuevo chicas con calentadores a lo Flashdance. Qué simpáticas. Luego empezaron a aparecer los cortes de pelo a hachazos y los chicos con coletillas de cuatro pelos a lo Miguél Bosé en su etapa posmoderna. Qué bonito. Después vinieron los pantalones pitilllo y los vaqueros con agujeros (mi idolatrado Jermaine Stewart tenía una canción bestial, "Holes in my jeans"; era 1987). En los últimos dos años han reaparecido, con furor, los leggings. Yo no entiendo como las mujeres pueden pensar que les queda bien algo tan espantoso que lo único que hace es poner en evidencia todos sus defectos, además de marcar "camel toe". Ellas sabrán. Y ahora, drapeados, hombreras y pelo cardado.



Las chicas de la colección de Nicolas Ghesquière para Balenciaga al menos no se han cardado el pelo, pero hombreras y drapeados sí que se han marcado. Tiene gracia, vi esta foto de la colección de Balenciaga el día después de haber visitado la exposición en el Prado (muy recomendable, por cierto) de arte pre-rafaelista del Museo Ponce de León de Puerto Rico. Todo eran drapeados, los de Burne Jones y los de Lord Leighton. Como también los de las esculturas clásicas de la otra exposición del museo, todavía más recomendable, de los fondos del museo Albertinum de Dresde y los propios fondos escultóricos, fabulosos y no muy conocidos, del Prado.

Siempre he pensado que las modas que vuelven son las más feas. Quizá sea porque hay una moda clásica y más bonita, de mínimas variaciones, que siempre está ahí y nunca cambia. A mí me fascina la moda, como me fascinan las décadas y nuestra tendencia innata a compartimentalizarlo todo. Sigo las colecciones con absoluta fruición, sobre todo las de mujer, claro, que las de hombre son siempre cosas imponibles para chicos anoréxicos y muy maricones de 15 años. Me gusta sobre todo esa mezcla de creatividad con fecha de caducidad de origen. Lo que vale hoy ya no valdrá en seis meses. Debe ser tremendo trabajar con tanta presión, sabiendo que lo que haces ahora no valdrá nada en poquísimo tiempo y con la presión de toda una industria que no va a perdonar que no hayas sabido captar el "zeitgeist", lo que te pide la calle, la señora de la Moraleja y la cajera del Sepu a quienes, en el fondo, les gusta lo mismo. Ahí está la clave, en gustar a todas.

A pesar de esta fugacidad creativa tan extraordinaria, identificamos décadas con corrientes de moda concretas. Pero no tengo duda de que las hombreras que vuelvan (y no es que vuelvan, es que nunca se han ido del todo) ya no serán lo mismo. Los leggings ahora se llevan con faldita por encima. Los pantalones pitillo no son tan kale borroka como lo eran en los 80. Bueno no sé, me siguen pareciendo horribles, quizá porque mis muslos son los pilares de la patria y no me los puedo permitir.

Y sigo sin encontrar los mocasines granates con borlas. Voy a hacerle una foto a la caja vacía (y llena de polvo) para que veáis que algo queda. Pero los debí tirar en un momento de lucidez y de triunfo del capitalismo. Total. (Qué palabra tan Patty Diphusa, ¿verdad? Es que en el fondo los 80 son lo mejor).