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viernes, 10 de abril de 2009

Escaparates y fachadas: Almirante Seis



Almirante Seis es una tienda de ropa de hombre que está en el número 6 de la calle Almirante de Madrid. Su escaparate es elegante: líneas blancas muy puras, cristal a ambos lados, con una lámina curva en el centro del lado opuesto a la puerta, el derecho. Por dentro el espacio parece más grande de lo que es, en gran medida porque está limpio de estorbos, toda la ropa está pegada a las paredes y sólo hay una pequeña mesa con la caja y una silla situadas delante del murete de separación de la zona de probadores y la escalera que sube a lo que era la sección de ropa de mujer de Enrique P.

Y es que esta entrada tiene algo de trampa porque no es sobre el diseño de Almirante Seis, que es ciertamente bueno, sino sobre Enrique P, la tienda que ocupaba el local y para la que fue diseñado el espacio, creo que por Mariano Bayón. Enrique P era la tienda de ropa de referencia en el Madrid de finales de los años 80. Si uno se fija en los títulos de agradecimiento de las películas de Almodóvar de la época (ésas que yo critico, por mucho que las venere, por su estilo de “nuevo rico”) encuentra el nombre de la tienda.

Pero es que esa época se pareció, a menor escala, a la que acaba de terminar, fue el primer sorbo que le dimos a la cultura de consumo conspicuo y a las apariencias de la afluencia. Se abrían entonces los espacios de ocio Archy y Teatriz (con diseño de Philippe Stark, del que aún queda bastante, 20 años después), triunfaban los de la Rosa, Mario Conde y otros que, como los Barrionuevo y Vera, acabaron en la cárcel. Los pisos en ciertas zonas de Madrid alcanzaron por primera vez el millón de pesetas por metro cuadrado. Se construían la torre Picasso y las torres KIO (que estuvieron mucho tiempo sin acabar). La “movida” (que, como dice Nacho Canut –sigo teniendo pendiente escribir sobre él-, no eran más de 50 personas) llevaba ya muchos años muerta y había sido sustituida por la “marcha”, para la que no hacía falta talento, sólo ganas de diversión y que además ciertos polvos blancos de origen andino contribuían a amplificar. Valía todo, la cocaína, los desfalcos y el GAL. No éramos 50, sino muchos más, pero parecía que nos conocíamos todos.

La calle Almirante, la “rive gauche” madrileña le llamábamos, aún conserva de aquella época las tiendas Berlín y Ararat y, en portales distintos de los originales, las de Jesús del Pozo y Elisa Bracci, pero Enrique P cerró hará algo más unos diez años. Fue la tienda que trajo a Madrid la ropa de Antonio Miró, vendió o intentó vender la de Manuel Piña, introdujo en España por primera vez la ropa para hombre de modistos clave como Comme des Garçons o Romeo Gigli, quizá el único artista verdadero de la moda –y sobre quién también tengo que escribir algún día, sobre todo ahora que vuelve a diseñar. La tienda tenía el nombre de su fundador, Enrique P (siempre he pensado que Laura P, el personaje ficticio de La Ley del Deseo, adopta su misterioso apellido) y sufrió su primer revés cuando éste se lanzó al vacío desde el balcón de su piso, bastantes alturas por encima de la tienda, tras enterarse de que tenía sida. Su pareja, Javier, siguió con el negocio, ayudado por un dependiente fabuloso, Ramón, que acabó como tantos otros con serios problemas por consumo de sustancias psicotrópicas y que en su día me regaló cassettes (qué barbaridad, cassettes, no puede haber pasado tanto tiempo) con su música favorita, entre la que se encontraban las Hermanas Goggi y mucho, mucho chochi y aún más house, que era lo que sonaba en la tienda. Compraban ahí Bibi y Pedro, Fernando Vijande hasta que murió, Sigfrido Martín Begué, arquitectos, modernos y aspirantes a serlo, niños bien y algún colgado con buen gusto.

También sobrevive de aquella época Emilio, el mejor peluquero de Madrid, que tuvo su primer local en la misma finca de la tienda, justo encima de ésta, y luego llevó su salón, Xiquena, a varios locales hasta llegar al actual en Marqués de Monasterio. Quien esté en Madrid y necesite un corte de pelo, hombre o mujer, que no lo dude.

Me entristeció muchísimo cuando me enteré de que Enrique P había echado el cierre, debió ser en el año 96 ó 97. Una noche, hace ya bastante tiempo, me encontré por ahí a Javier, que ahora tiene otra tienda de ropa en la plaza de Chueca, de cuyo nombre no me acuerdo, quien me dijo que fueron precisamente esas marcas que a mí me gustaban las que le arruinaron. Nadie, salvo algún pirado como yo, las compraba. Y yo sólo compraba algún cinturón o pillaba las cosas caras en las rebajas tan estupendas que hacían (y Ramón me regalaba de todo cada vez que iba, comprase o no).

Precisamente hablando el otro día con Emilio mientras me cortaba el pelo (me dijo que tengo más que antes, cómo no le voy a querer) coincidimos con cierta sorpresa en que a ambos nos había gustado bastante, por no decir mucho, “Los Abrazos Rotos”. Y desciframos entre los dos algunas de las claves de la película, que sin duda tiene un aspecto “roman à clef” que sólo el autor conoce del todo: el financiero millonario que interpreta José Luis Gómez es en realidad uno de los empresarios que acabó en la cárcel a mediados de los 90 y que había colocado a su amante como actriz (pésima) en películas de directores modernos que él mismo producía. El personaje de Ochandiano está basado en el hijo de otro empresario (que se libró por los pelos y por la obra de dios, a la que pertenecía, de la cárcel), cuyo único objetivo en la vida era ser moderno y que ha terminado siendo dueño de una cadena de hoteles y apareciendo con frecuencia en el papel “couché”. No sigo, no sigo, que se me nota de quien estoy hablando y no me quiero ir de la lengua. Aprovecho para contar que lo mejor del pase en el que vi la película, eso sí, fue el comentario de una señora (muy) mayor que estaba detrás de nosotros y que, en medio de la escena del polvo de Penélope con JL Gómez entre las sábanas (que ocurre justo después de la de su polvo con Lluis Homar), comentó: “Pues sí que está atareada la chiquilla”.

Esto es tremendo, presumo siempre de no ser nostálgico y me descubro echando de menos muchas cosas de esa época, que siempre he recordado con mucho reparo, por no decir rechazo. Estoy en plan proustiano, esto se tiene que acabar. Tampoco soy tan mayor. Y voy a empezar a hacer fotos con una cámara, en vez del teléfono, porque salen horrorosas.

Escribo esto en un avión mientras escucho a Yvonne Elliman cantando “If I can’t have you”. Seguro que os parece bien. A mí me encanta, a la chica que está a mi lado y tiene que aguantar mis berriditos, no tanto.

miércoles, 1 de abril de 2009

Han vuelto

No sé cómo se desenvuelven otros blogueros a la hora de enfrentarse con una entrada nueva y una pantalla en blanco. Yo generalmente tengo varias cosillas empezadas, muchas ideas, algunas escritas en un cuadernillo que llevo siempre conmigo. La de hoy es una que tengo en el tintero desde hace tiempo.

Es absurdo, pero por mucho que tenga claras las ideas y haya escrito ya parte, me cuesta empezar una entrada nueva después de la anterior, que ha generado tanto comentario. Es como si tuviese ganas por un lado de intentar repetir el ¿éxito? y por otro de hacer algo completamente diferente para incluir un elemento de sorpresa. En fin. Lo postearé tal como me salga.

Stanwyck y yo, que somos muy pesaditos, llevamos muchos años ya, demasiados, abonados a la teoría de La Prohibida de que los años 80 no han vuelto, que en realidad estamos en un revival permanente del final de los 70. Pero me temo que esa teoría ya no se tiene en pie. Han vuelto. With a vengeance.



Esas lindas imágenes corresponden a la colección otoño-invierno 2009 presentada por Marc Jacobs hace unas semanas en Nueva York. Como se puede comprobar, han reaparecido hasta las hombreras y los pelos cardados (Chantal, ¡pionera!), que en el fondo es lo que quedaba por volver. Cuando vivía en Londres, allá por el cambio de siglo, empezaron a verse de nuevo chicas con calentadores a lo Flashdance. Qué simpáticas. Luego empezaron a aparecer los cortes de pelo a hachazos y los chicos con coletillas de cuatro pelos a lo Miguél Bosé en su etapa posmoderna. Qué bonito. Después vinieron los pantalones pitilllo y los vaqueros con agujeros (mi idolatrado Jermaine Stewart tenía una canción bestial, "Holes in my jeans"; era 1987). En los últimos dos años han reaparecido, con furor, los leggings. Yo no entiendo como las mujeres pueden pensar que les queda bien algo tan espantoso que lo único que hace es poner en evidencia todos sus defectos, además de marcar "camel toe". Ellas sabrán. Y ahora, drapeados, hombreras y pelo cardado.



Las chicas de la colección de Nicolas Ghesquière para Balenciaga al menos no se han cardado el pelo, pero hombreras y drapeados sí que se han marcado. Tiene gracia, vi esta foto de la colección de Balenciaga el día después de haber visitado la exposición en el Prado (muy recomendable, por cierto) de arte pre-rafaelista del Museo Ponce de León de Puerto Rico. Todo eran drapeados, los de Burne Jones y los de Lord Leighton. Como también los de las esculturas clásicas de la otra exposición del museo, todavía más recomendable, de los fondos del museo Albertinum de Dresde y los propios fondos escultóricos, fabulosos y no muy conocidos, del Prado.

Siempre he pensado que las modas que vuelven son las más feas. Quizá sea porque hay una moda clásica y más bonita, de mínimas variaciones, que siempre está ahí y nunca cambia. A mí me fascina la moda, como me fascinan las décadas y nuestra tendencia innata a compartimentalizarlo todo. Sigo las colecciones con absoluta fruición, sobre todo las de mujer, claro, que las de hombre son siempre cosas imponibles para chicos anoréxicos y muy maricones de 15 años. Me gusta sobre todo esa mezcla de creatividad con fecha de caducidad de origen. Lo que vale hoy ya no valdrá en seis meses. Debe ser tremendo trabajar con tanta presión, sabiendo que lo que haces ahora no valdrá nada en poquísimo tiempo y con la presión de toda una industria que no va a perdonar que no hayas sabido captar el "zeitgeist", lo que te pide la calle, la señora de la Moraleja y la cajera del Sepu a quienes, en el fondo, les gusta lo mismo. Ahí está la clave, en gustar a todas.

A pesar de esta fugacidad creativa tan extraordinaria, identificamos décadas con corrientes de moda concretas. Pero no tengo duda de que las hombreras que vuelvan (y no es que vuelvan, es que nunca se han ido del todo) ya no serán lo mismo. Los leggings ahora se llevan con faldita por encima. Los pantalones pitillo no son tan kale borroka como lo eran en los 80. Bueno no sé, me siguen pareciendo horribles, quizá porque mis muslos son los pilares de la patria y no me los puedo permitir.

Y sigo sin encontrar los mocasines granates con borlas. Voy a hacerle una foto a la caja vacía (y llena de polvo) para que veáis que algo queda. Pero los debí tirar en un momento de lucidez y de triunfo del capitalismo. Total. (Qué palabra tan Patty Diphusa, ¿verdad? Es que en el fondo los 80 son lo mejor).

jueves, 13 de noviembre de 2008

Como unos chicos

La prenda de ropa más cara que he tenido nunca era una camiseta de la marca japonesa Comme des Garçons. Me la regalaron en torno a 1990 en una tienda de Madrid que me gustaba mucho pero que ya no existe, Enrique P, de la que yo era cliente aunque no tan bueno como para que me regalasen algo tan caro. Era una camiseta normal, de color carne, que tuve que tirar porque se me salió la tinta de un boli encima y no hubo manera de quitar la mancha. Una pena, porque era una camiseta bonita y además a mis amigos más mega-fashion les impresionaba mucho la etiqueta.

Los responsables de la marca H&M son listísimos. Esta mañana han lanzado una “colección-cápsula” de unas pocas prendas de ropa diseñadas por Rei Kawakubo y firmadas Comme des Garçons, pero a precios H&M, es decir, asequibles. La campaña publicitaria es impresionante, y la web que han montado aún más. Podías ver cada una de las prendas, de chico o de chica, en detalle y en un click de ratón te decían en qué tiendas podías comprarlo. La promoción empezaba a las 10 de esta mañana.

Aunque me gusta mucho la ropa, prefiero ser espectador que consumidor. Sigo cada temporada con fruición las noticias sobre colecciones de aquí y de allá, pero siempre acabo comprando y poniéndome lo mismo. Tampoco tengo fondos ilimitados, y la ropa buena es muy cara. Además, llevo traje y corbata a diario, así que mis posibilidades de ser original son limitadas. Pero, recordando la camiseta de antaño y azuzado por una joven amiga y compañera, me he liado la manta a la cabeza y he ido con ella esta mañana a la tienda de Gran Vía, que me pilla muy cerca del trabajo, con intención de comprarme un chaquetón de Comme para H&M con muy buena pinta y mejor precio que había visto en la web. Como he dicho, abrían a las 10. Hemos llegado a las 10 y 3 minutos y antes de entrar hemos podido comprobar que con toda certeza tenía que haber habido una buena cola nocturna, pues en la calle había por todas partes vasos de plástico con restos de café, además del cordón de seguridad habitual, ya recogido. Al entrar en la tienda, abarrotada, he visto que estaban todas las modernas de Madrid, ellas y ellas. Había también cámaras de televisión, filmando la escena que parecía sacada de “Lío en los grandes almacenes”, de Jerry Lewis.

Y al acercarnos a los estantes y perchas de la colección Comme des Garçons hemos visto que ya no quedaba casi nada. En 5 minutos la gente había arramplado con todo. En la caja había una señora de cierta edad pagando unas 20 camisas negras con lunares blancos que se llevaba, casi seguro, para poner en reventa en Ebay al llegar a casa. No quedaba ni un chaquetón ni tampoco la chaqueta que mi compañera había detectado en la web. En 5 minutos. Nos hemos vuelto al trabajo un poco depres, en parte por no haber comprado lo que queríamos pero también sobre todo por el sinsentido de la situación, todo el mundo enloquecido por unos trapos más o menos bonitos (mucho negro, muchos lunares), fabricados como no en China, diseñados por una japonesa para su propia marca, que tiene nombre francés. Muy globalizado todo. Y muy banal, la verdad.

Tengo la suerte de poder escaparme a comer a casa algunos días entre semana, y hoy ha sido uno de esos días. Para llegar a casa he tenido que cruzar la calle Alcalá, donde había una manifestación delante del Ministerio de Educación. Hoy había convocada una huelga general universitaria y estudiantil, a favor de un trabajo digno, en contra de la selectividad, en contra del sistema de Bolonia. El líder de la manifestación, o al menos el que agitaba y gritaba por el megáfono, era de mi quinta, quizá un poco más joven, pero no mucho, tenía menos pelo que yo, que ya es decir. En la manifestación había muy poca gente. Yo diría que menos que las que vi en H&M por la mañana, aunque comparar el entorno cerrado de una tienda con el espacio abierto de la calle Alcalá es necesariamente engañoso. El líder estudiantil, sin duda un repetidor profesional, se desgañitaba gritando sus consignas que los cuatro gatos que estaban con él repetían.

La gente madruga para ir a unas rebajas. La gente no va a pedir mejoras en el sistema educativo. Yo no sé si esto es una enfermedad, un síntoma o una causa de algo. No sé si es santo y seña de nuestro tiempo, tampoco sé si es bueno o malo, mi compás moral dejó de funcionar hace mucho. Me parece algo extraño, ¿o no?

miércoles, 30 de julio de 2008

Frantic Romantic



Para hablar o escribir sobre los años 80, tengo que abrir mi corasón.

Mi gran ídolo musical de los 80 es Jermaine Stewart. La primera vez que vi un video suyo me quedé absolutamente pasmado. La coreografía, los cambios de vestuario y, sobre todo, el pelo, largo y liso, como ningún otro hombre negro lo había lucido hasta entonces. Mili Vanili vendrían algunos años más tarde. La música no me impresionó demasiado, todo tengo que decirlo, pero cambié de opinión tanto por la atracción irresistible que sentí hacia su imagen como al ir descubriendo sus letras, banales y fabulosas en igual medida. "No me hables sucio, ten algo más de clase" decía en 1988 en la canción del clip que he colgado, "Don't talk dirty to me", escrita y producida por André Cymone, de la factoría de Minneapolis creada por Prince. No es en realidad un clip sino una actuación para un programa de la televisión alemana. El bailecito que se marcan es bestial, o al menos a mí me lo parece. Esa misma canción interpretaba en un episodio de Miami Vice, vestido con chaps de cuero blanco con flecos largos a los costados. Inenarrable. Irrepetible.

Jermaine es considerado hoy como un "one hit wonder". Empezó su carrera haciendo coros para otros artistas como Culture Club (en "Miss me Blind" se oye perfectamente su voz aguda y nasal) o el grupo post-disco Shalamar cuya cantante principal era Jody Watley, íntima amiga suya. Tras un primer disco de mediano éxito, consiguió un número uno en Estados Unidos en 1986 con "We don't have to take our clothes off", cuyo vídeo se puede ver haciendo click aquí. Es una canción muy pegadiza y algo insustancial, con un estribillo bastante cargante, sobre el amor en los tiempos del sida. Pero el vídeo es una maravilla. A fijarse en los cambios de vestuario, ni Diana Ross se atrevería a tanto, y en la coreografía. Sobran los toques más ochenteros, como la sobreimpresión de la chica y su liguero, pero bueno. Lo dirigió David Fincher, que bastantes años más tarde haría las películas "Seven", "Fight Club" o la estupenda "Zodiac" del año pasado. Nivel.

En su siguiente album, "Say it again", se rodeó de los mejores productores del momento, como el citado André Cymone, y pudo mantener cierto nivel de éxito, que sin embargo se fue desvaneciendo en el siguiente, y último disco suyo publicado, "What becomes a legend most?" que contenía una joya camp absoluta llamada "Holes in my jeans" y que es una oda a los vaqueros agujereados, una de las modas más abyectas que ha existdo y, por lo tanto, condenada a reaparecer regularmente. El álbum también contenía una canción escalofriante llamda "When sex becomes a religion", sobre el sida. Grabó un album más, "Set me free", que no llegó a ser publicado, y su familia ha lanzado recientemente un recopilatorio con éxitos y canciones inéditas, alguna realmente espléndida. En una ironía sumamente cruel, Jermaine murió de sida, en 1997.

Existe un club de fans de Jermaine Stewart, al que pertenezco y del que formamos parte unas 40 personas, aunque sólo un puñado de ellos (su hermano, alguno de los músicos que lo acompañaban) lo mantienen vivo, porque el caso es que aunque más de un millón de personas haya visto el clip de "We don't have to" en YouTube, nadie recuerda al artista. En dicho club de fans no se puede ni mencionar la causa de la muerte de Jermaine, el hecho de que fuese (digamos con cierta probabilidad) homosexual o, por encima de todo, los rumores que a finales de los 80 y primeros 90 lo relacionaban -sexualmente, quiero decir- con personalidades (masculinas) de mucha relevancia de Hollywood y del mundo del deporte de élite. Si alguien del círculo íntimo del club de fans llegase a leer esto y descubriesen que lo he escrito yo, me expulsarían del mismo. Es extraña tanta precaución, a estas alturas, pero supongo que habrá que respetarlo.

A pesar de que los años 80 son recordados en gran medida como la década de Michael Jackson, la verdad es que los artistas de color no lo tenían especialmente fácil en en mundo de las discográficas o en MTV. Salvo el propio Jackson, otros intérpretes negros de onda pop con toque disco o R&B lo tenían muy difícil para que sus vídeos fuesen programados con asiduidad y en horarios de gran audiencia, algo que Prince siempre denunció. Jermaine tenía un espectáculo en directo muy impresionante, con un plantel de músicos de primer nivel y sus dos fidelísimos bailarines, que salen en los dos clips que he colgado. El chico, llamado André, murió, también de sida, pocos días antes que Jermaine. La cantidad de talento que se ha llevado el sida por delante. Y la cantidad de vida. Asusta ver la ligereza con la que tantos se lo toman en la actualidad.

Pasé mi 30 cumpleaños en Nueva York, donde me encontraba por trabajo. Año 1994. El día en que cumplo años se celebra anualmente en Greenwich Village un curioso carnaval nocturno, algo parecido al orgullo pero todo mezclado con brujas y calabazas. Allí estaba yo, tan entusiasmado como extrañamente acompañado de mi hermano. Y fue mi hermano quien en un determinado momento, señalando a un hombre negro imponente y de pelo largo, me dijo "¿no es ése Jermaine Stewart?". No sabría decir si era Jermaine o no, porque no me atreví a acercarme y preguntar. Por lo general no me gusta ver de cerca a mis ídolos, entre otras cosas porque siempre decepcionan, pero en el caso de Jermaine sí me habría gustado conocerlo, en parte porque ahora sé que no le quedaba mucha vida pero sobre todo porque al parecer era una persona extraordinaria y, a pesar de ser una diva de cuidado, sumamente cariñoso con sus fans. El decía de sí mismo que era un "frantic romantic", título de su álbum de más éxito y de su mejor canción. Me consuelo pensando que prefiero quedarme con la duda a haberme equivocado de persona. O quizá no me habría equivocado y ahora estaría contando otra cosa, o quizá habría ligado, con él o con otro, que nunca se sabe.

martes, 3 de junio de 2008

Perfiles fantasmas

Como estoy algo postrado por una gripe muy inoportuna, he encontrado tiempo para ampliar mi perfil de bloguero, es decir el de Breckinridge. Ahora lo releo y me doy cuenta de lo ridículamente incompleto que es, aunque tiene la ventaja y la virtud, eso sí, de haber sido espontáneo, y por lo tanto honesto, pues lo escribí de un tirón.

Es curioso. Los perfiles son más importantes de lo que uno cree, yo al menos me leo y releo los de los blogueros que me gustan, buscando puntos de encuentro, gustos comunes o (lo que más placer me da) horrores varios (jejeje). Lógicamente, uno es sufientemente maduro (léase mayor) como para no darle demasiada importancia a estas cosas, pero hay que dar suficientes detalles para que los lectores se den cuenta de cómo es uno. Al menos un poquito.

He incluido, sorprendentemente, muy poco cine musical entre mis películas favoritas y he olvidado por completo "Phantom of The Paradise", de Brian de Palma, una de cuyas canciones, Old Souls, interpretada por Jessica Harper, he colgado al inicio de este post. La película es una joya, otra más, de los años 70. Sexo, drogas, ropa fea, música ruidosa, plataformas, pelucas, maquillajes imposibles. La recomiendo a todo el que no la haya visto aún, en YouTube están casi todas las canciones.

Claro está, que no todos tenemos los mismos gustos. He mandado un enlace al clip al Facebook de una muy querida amiga y la canción le ha deprimido muchísimo. No puedo usar como excusa que sea un alma sensible (que lo es) o que aún no haya cumplido 30 años, sino mi torpeza de intentar extrapolar mis gustos.

Por eso lo cuelgo aquí, para que quienes lo leais juzguéis si Jessica Harper os parece tan maravillosa como me lo parece a mí, si su voz también os recuerda a la de Karen Carpenter, si su vestido es o no puro Yves Saint Laurent. Bueno, esto último me lo he sacado de la manga. El vestido no parece de Saint Laurent, pero estos días toca rendir homenaje.


p.s. He tenido que corregir el post. Había escrito "Jessica Parker" en vez de "Harper". En qué estaría pensando.

martes, 27 de mayo de 2008

Hace 10 años

En algún lugar de este blog he dejado dicho lo mucho que Eurovisión significaba para mí en mi infancia. Recuerdo como si fuese ayer el programa "Pasaporte a Dublín", en el que se escogía la canción que nos debía representar en el festival del año 1971. El concurso previo (algo a años luz de Operación Triunfo) lo ganó Karina, de quien yo estaba perdidamente enamorado, con "En un mundo nuevo y feliz", que luego quedó segunda en el Festival. Como es de esperar, a mí me gusta el Eurovisión de los años 70, el de ganadores como ABBA, Marie Myriam o Anne Marie David pero también de perdedoras como Baccara, que compitieron con "Parlez-vous Français?" por Luxemburgo, país que jamás le ha hecho ascos al mercenarismo musical, y así ganaron mil veces.

La verdad es que luego no lo he seguido mucho. Pero precisamente hace diez años se hizo la luz y, estando curiosamente yo en Israel, ganó Dana International con "Diva". Mujer espléndida de los pies a la cabeza, hecha a medida, con buena voz y nombre artístico lamentable (su nombre de nacimiento es Yaron Cohen y, que yo sepa, en Israel no es posible cambiarlo con facilidad). La canción es normalita pero, como diría Uribarri, festivalera y, a la vista de horrores posteriores, una joya pop. Pero lo importante es que su victoria fue todo un símbolo de libertad, una señal de diversidad y del triunfo del derecho a ser lo que cada cual quiere ser, viniendo sobre todo de un país tan extraño como Israel, donde se junta lo mejor y lo peor (algún día tendré que escribir algo al respecto, pero no me atrevo porque es un tema que despierta pasiones, del tipo violento además).

He colgado el vídeo de la actuación en el Festival, pero fue mucho mejor el número final de repetición, en el que Dana se puso el modelo, con plumas arcoiris en las mangas, que le había diseñado ex-profeso Jean-Paul Gaultier. Se encuentra em Youtube, pero con bastante poca calidad.

viernes, 23 de mayo de 2008

En Nueva York (y III)


Adiós, Nueva York.

Acabo de regresar de la que creo que será mi última visita en bastante tiempo a la ciudad que más me gusta. No he dejado de ir ni un sólo año desde hace 15, muchas veces por trabajo y muchas otras sólo por placer. En Nueva York, en Manhattan, me siento perfectamente a gusto, en simbiosis perfecta entre persona y lugar. Como decía Holly Golightly en Desayuno con Diamantes, "es el lugar donde nada malo puede pasarte". Ella se refería a Tiffany's, yo lo amplío a toda la ciudad. En los últimos años he albergado la nada secreta esperanza de poder trasladarme a vivir allá, y de hecho tenía indicaciones muy positivas al respecto. Sin embargo, ya no se hará realidad, al menos a corto o medio plazo. Las grandes incertidumbres abiertas sobre mi futuro profesional no me inquietan demasiado, pero ciertamente me entristece que no impliquen un traslado a Manhattan.

La verdad es que en el último año he viajado muy frecuentemente a Nueva York y, lo he dejado escrito en este blog, la ciudad me sigue gustando tanto como el primer día en que puse mis pies allá. En esta última visita he evitado ir a los sitios que más me gustan (Greenwich Village, la Morgan Library, las librerías Three Lives y The Strand, el parque, el Whitney, mis restaurantes preferidos) y me he quedado en la parte más anónima del Midtown, pero, como estaba algo deprimidillo por los fracasos profesionales -lo sé de sobra, es lo último por lo que hay que deprimirse- me fui el último día a Barney's a darme algún caprichito caro -lo sé, está muy mal, la terapia consumista no es nada reparadora y es muy feo sucumbir a la tentación fácil y nada barata del lujo ostentóreo, que decía Jesús Gil-. Y justo cuando iba a entrar en la tienda, aún cabizbajo, una chica guapa y rubia, pura neoyorquina (aunque seguro que era de Milwaukee o de Des Moines), de piel tan blanca que casi parecía transparente, me preguntó si me podía hacer una foto. Se dirigió a mí como "sir" en vez de gritarme algo de tipo "dude" o "hey man" que sería lo habitual en Manhattan, y me dijo que la foto era para Vogue, que le hacían fotos en la calle a gente que les gustaba para luego publicarlas.

Y se me curó la depresioncilla, se me fue el mal rollo, olvidé mi promesa de no volver más a Nueva York y de quitarme de en medio lo que minutos antes denominaba "mi enfermiza obsesión" con la ciudad. Le dejé que me hiciera las fotos y me da igual que las publiquen o no. Porque tener cuarenta y tres años y ser parado a la puerta de uno de los templos del lujo de la capital del mundo por una estilista monísima de la más influyente revista de moda que existe, tan sólo porque le has parecido guapo/elegante/simpático tiene mucho mérito. Y disculpa la vanidad, querido lector. Pero es que ese momento, tan frívolo y absurdo, me compensó tantas cosas, me hizo tan feliz de golpe, que no me importa que me saquen en la página de la revista que te dice lo que NO hay que llevar o cómo NO hay que ser, que no me extrañaría que fuese el resultado final.

Decidí que ésta no será mi última visita a Nueva York. Claro que no. Aunque dejaré pasar una temporadita antes de volver, eso sí. No muy larga. Ya veremos. Oye, ¿saldré de verdad en el Vogue? Qué nervios.

sábado, 15 de marzo de 2008

Amor, amor, amor

Sé que soy un pesado y que siempre estoy dándole vueltas a lo mismo, pero no me puedo resistir a enviar este vídeo. De nuevo Ana y Johhny con la liberación del pudor.

Recuerdo perfectamente esta actuación televisiva, aunque en mi memoria está grabada en blanco y negro. Es curioso que lo que hace 10 ó 15 años hubiese parecido anticuadísimo hoy ya no lo es. El vestido de Ana, con distancias por supuesto, parece sacado de una de las pocas colecciones que hizo Tom Ford para Yves St Laurent, toda en negro con brillos marrones. Y el traje de Johnny, con pantalones boot leg, me lo compraría ahora mismo, a pesar del solapón. Además del traje, me llevaría a Johhny a casa. Hay que ver qué bueno está. O estaba, claro, que han pasado más de 30 años. No sé si tendrían hijos pero habrían sacado un pelazo, eso seguro.

Me encanta la escenificación, cómo se miran, se van acercando, se cogen las manos (es casi una experiencia religiosa, dirían otros) y cómo Johnny sujeta tiernamente a Ana, con su mano en el hombro cuando ella, entre berreos, se corre alcanza el clímax.

lunes, 29 de octubre de 2007

Navidad en Octubre

Buenas noches.

Mi cumpleaños cae a finales de octubre. Y hasta ahora nunca lo había celebrado rodeado de decoraciones navideñas. Cierto es que no he vivido toda mi vida en Madrid, pero aquí nací, crecí, estudié (en parte) y vuelvo a vivir ahora. No recuerdo que en el pasado la Navidad empezase en octubre, pero ahora lo hace. Toda la Castellana está ya llena de decoraciones (aún no encendidas, menos mal) de Navidad, los suplementos dominicales de los periódicos incluyen desde hace varias semanas publicidades de juguetes, jamones y viajes de fin de año al Caribe y los anuncios televisivos de coches empiezan a dar paso a los de perfumes y fragancias.

Sé que soy un pesado y que siempre lo comparo todo a Nueva York. Qué le voy a hacer, es mi ciudad de referencia. En Nueva York (y en Estados Unidos), meca del consumismo feroz, la Navidad empieza en diciembre. Claro, que ahora están con Halloween, es la época en que todos los escaparates, tanto de jugueterías como de floristerías, desde los restaurantes de lujo hasta los greasy spoons, se llenan de calabazas. Incluso el Empire State Building (sí, el que no fotografía, como si fuese un vampiro) se ilumina de noche de naranja o de morado. Tras la celebración del día de difuntos –le recomiendo a quien no lo conozca que vaya aunque sea una sola vez al desfile de disfraces de Greenwich Village, donde los atuendos de las drag queens son superados por los disfraces que loes ponen a sus hijos- empieza la celebración de Thanksgiving, que ocupa al menos tres semanas. Entonces desaparecen las calabazas y se ofrecen viajes baratos para volver a casa a pasar acción de gracias y regalos de buen tono para los padres y los sobrinos. Nos creemos que acabamos de inventar el multiculturalismo y el buen rollo del diálogo y la convivencia y los americanos llevan más de dos siglos celebrando una fiesta "espiritual" idéntica para todas las denominaciones religiosas- y también para las personas no religiosas.

La campaña de Navidad no empieza allá hasta después de Thanksgiving. Aquí, curiosamente y a pesar de que ahora se celebra Halloween, se pasa directamente del verano a la Navidad. Y en Navidad, y se trata de una curiosa nueva tradición, la gente se pone disfraces y unos pelucones de escándalo. De eso no voy a escribir ahora, lo dejo para algo más adelante. Hoy la Navidad, aquí y en todas partes, es la fiesta del consumo. Ni siquiera se valoran ya los supuestos valores familiares (sobre los que sí incide Thanksgiving), y mucho menos los religiosos –que a mí, la verdad, me interesan bien poco. Nunca me gustó la Navidad, pero debo reconocer que la persona con quien comparto mi vida, a quien le encanta (y envía decenas, centenares de tarjetas de felicitación, se esmera comprando regalos y montando un árbol precioso y se tira horas preparando unas comilonas tremendas), ha conseguido que ahora lo disfrute mucho más. En el fondo es porque me he convencido de que todo es un ejercicio kitsch y, por lo tanto, digno de atención y elogio.

Pero sigo sin comprender que la Navidad empiece en Octubre. Que haya decoraciones urbanas navideñas y la gente siga vestida de verano. Hoy mismo he visto a un tipo, en camiseta, bermudas y chancletas, paseando bajo las decoraciones de muelles (¿navideñas?) de la Castellana. A lo mejor es que la bonanza de nuestra economía depende de lo que gastemos ahora y tenemos que empezar la temporada del consumo lo antes posible. O a lo mejor es que el poder de la chancleta es tal que se sigue llevando incluso en las frías mañanas madrileñas de estos días. Me inclino, por algún extraño motivo, por esta segunda opción. No sé qué hago gastando en zapatos.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Encajar

Buenas tardes.

Uno de mis escasos lectores me pide que profundice en la figura del adolescente avergonzado por sus padres que cito en la entrada sobre la dictadura de lo joven. Después de darle muchas vueltas me he dado cuenta de que todos los adolescentes se avergüenzan de sus padres, lleven traje, chanclas o rastas. En eso consiste ser adolescente, en ser difícil, en descubrirse a sí mismo y a los demás, en darse cuenta de que no es fácil encajar.

Hay pocas palabras que deteste más que el adjetivo “normal” y el uso que hacen de ella quienes intentan imponer a los demás sus puntos de vista, pero no deja de ser fascinante cómo dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos a ser normales. Prefiero de todos modos, y la cuestión no es meramente semántica, examinar el concepto de “encajar”: encajar en la sociedad, en la familia, en un grupo de personas, de amigos, en el trabajo, en una identidad, en la vida.

No es sencillo encajar. La canción de cuya letra sale el título de este blog cuenta la historia de un chico “que siempre fue solitario, sin alegría, en un mundo propio” a quien siempre le habían dicho que hay que pertenecer a un club si uno quiere “encajar” (hay que reconocer que el inglés es un gran idioma: el verbo “belong” que utiliza la canción es algo a medio camino entre encajar y pertenecer). Y luego el chico triste y solitario tiene la revelación: mientras dudaba entre escribir un libro o meterse a actor, escuchó al Ché Guevara y a Debussy con un ritmo disco y comprendió que... Lo que probablemente comprendió es que en realidad no hace falta hacer tantos esfuerzos para encajar, que somos como somos y que siempre habrá gente a quien gustemos y otra a quien no y sobre todo que merece (y mucho) la pena dejar un margen importante para que florezca nuestra personalidad sin necesidad de esforzarnos más de lo necesario por encajar. Por raros o distintos que seamos, siempre encontraremos alguien a quien querer y quien nos quiera, que no nos juzgue y nos acepte como somos.

El cine de Pedro Almodóvar es una gran oda a la “normalidad”. Cuanto más disparatados son sus personajes, más necesitados están de encajar, más anhelan pertenecer al mundo como cualquier otra persona corriente. Quizá el mejor ejemplo sea Ricki, que interpretaba Antonio Banderas en “¡Átame!”, o Benigno, el enfermero de “Hable con ella”. Se trata de personajes excluidos de la sociedad por motivos muy distintos, que lo único que quieren en realidad es amar y ser amados y encajar en un mundo en el que no se sienten muy a gusto. Que es lo que, al fin y al cabo, queremos todos. Por cierto, se cumplen 20 años de “Mujeres al borde un ataque de nervios”. Qué película tan perfecta. A ver si me animo y escribo más de cine.

martes, 21 de agosto de 2007

La dictadura de lo joven

Buenos días.

Hay ciertas cosas que no acierto a comprender. Una de ellas es el motivo que impulsa a las personas de mediana edad a intentar parecer más jóvenes de lo que son. Lo que hacen en realidad es adueñarse de los códigos, del estilo de alguna generación posterior, en un esfuerzo (que a mí me parece bastante triste) de seguir perteneciendo a la categoría de "jóvenes" de la que hace tiempo dejaron de ser parte. Los resultados son casi siempre catastróficos.

Hombres sexagenarios con pantalones a media pantorrilla y chancletas en plena ciudad, cuarentones con barriga ("barriguita" le dicen, como si el diminutivo lo hiciese más aceptable) haciendo botellón como si fuesen adolescentes, mujeres de mediana edad con trenzas rastas y piercings en la cara que también son madres de adolescentes (avergonzados, añadiría). No es fácil querer aparentar la edad real que uno tiene, sobre todo cuando todo el bombardeo publicitario y consumista va aparentemente dirigido a los más jóvenes, aunque sean (seamos) los cuarentones quienes nos podamos permitir comprar lo anunciado. Parece que vivimos en una dictadura de la juventud, o mejor dicho en una dictadura de lo joven, sobre todo porque a los jóvenes les debe parecer penoso ver a sus mayores –porque eso es lo que somos- robándoles su estilo.

Detrás de todo se encuentra, además de un intento innato de no querer perder la lozanía (¿?) de la juventud, una dejación de lo que antes se llamaban "las formas" a favor de modo de vida supuestamente cómodo y, de nuevo, "juvenil". El problema principal es que, con excepciones, a los cuarenta o más años casi todos tenemos mucho más que ocultar que enseñar. Si un niño en pantalón corto es gracioso, un hombre hecho y derecho con bigote, gorra de béisbol, zapatillas de deporte y bermudas es un auténtico fantoche, un mamarracho. Más aún si el atuendo de marras lo lleva puesto en una ciudad. Las razones que impulsan a un hombre de cierta edad a llevar coleta y sombrero me escapan. Lo mismo ocurre con los vaqueros, como dice una buena amiga, "a ras de chichi". A una veinteañera le pueden quedar estupendamente. A una gorda cuarentona le quedan fatal, por mucho que el dependiente de la tienda se empeñe en que la cintura baja le alarga la pierna y le reduce el culo. ¿No será al revés? Madrid, la pobre Madrid, con su clima tan soleado y su vida callejera, es víctima propiciatoria de la cultura del feísmo juvenil.

Todo ello va unido además al hecho de que las modas que vuelven son siempre las más feas. Somos hoy testigos del retorno de los "leggings", la pieza de vestuario más atroz jamás diseñada y que por alguna misteriosa razón encandila a las mujeres de cierto peso. Antes fueron los pantalones de pata de elefante, los zapatos de plataforma y las cuñas, los calentadores. O los cortes de pelo llamados “mullet”, corto por delante y largo por detrás. Las hombreras gigantescas, que cantaban los pegamoides, no pueden tardar en volver.

Es muy probable que mi atuendo (casi siempre llevo chaqueta, por ejemplo, hasta en verano) provocase las risas de muchos de los lectores de estas líneas. Y es cierto que muy a menudo me siento fuera de lugar pero realmente me cuesta comprender que tengamos que parecer más jóvenes de lo que somos. Pero no te confundas, querido lector, seas quien seas, no soy un reaccionario, retrógrado, facha lleno de nostalgia por un mundo más ordenado y seguro. Todo lo contrario, ya me irás conociendo si lees este blog.