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viernes, 4 de septiembre de 2009

¿Olvidadas? Holly Cole

Se recomienda leer esta entrada mientras se escucha la canción del último vídeo que se incluye en la misma.


Al veranillo de San Miguel (o al de San Martín) en Nueva York, en los países anglófonos, lo llaman "Indian Summer".

Octubre de 1995. Voy caminando por Nueva York, por Broadway, de regreso de la librería The Strand donde me he cargado de lectura para el otoño. Estoy en una etapa muy extraña de mi vida. Cumplir 30 años, estar a punto de cumplir 31, me ha sentado realmente mal. No sé si voy o vengo. Estoy recuperado -creo- de mi última depresión. Pero tampoco estoy seguro.

Hace un día perfecto. Cielos altos, de un azul intenso. Sol brillante. Temperatura cálida para octubre, ideal.

Me gusta estar solo. He empezado a escuchar jazz. Vocal, por supuesto. No sé si ambas cosas están relacionadas. Cruzo SoHo y veo Tower Records. Entro. Subo a la planta primera, que es donde se vende música clásica y jazz. Es una tienda pequeña, da casi la impresión de ser independiente, de no pertenecer a una cadena. Se acerca un chico. Un dependiente. Guapo, de mirada muy intensa. Me dice que si necesito ayuda se la pida. Me sonríe y me da a entender que se lo sabe todo. (Claro que se lo sabe. Todo y más. Pero eso lo descubriré más tarde).

Veo en un estante un disco de una cantante que desconozco por completo, Holly Cole. Piel muy blanca, ojos azules achinados, pelo oscuro. Mirada intensa. Todo en rojo y negro. La chica me atrae muchísimo. Llevo el disco a la caja. El chico (de la mirada intensa) me dice simplemente "great choice". Más tarde me diría más cosas, pero ésas me las guardo.



Una de las primeras entradas de este blog se llamaba "La portada de un libro" y en ella narraba cómo había comprado, por primera vez, un libro sólo al ver su portada, sin saber de qué trataba, algo que no había hecho antes. En esa entrada me refería al momento que he descrito antes. Compré el disco "Temptation" porque me sentí sumamente atraído por Holly Cole. A mí no me gustan las mujeres, pero algunas mujeres me vuelven loco, hasta el punto de haber llegado más allá, mucho más allá, de lo que en mí sería natural llegar con el sexo opuesto.

Holly Cole es canadiense y empezó trabajando con un trío (piano, contrabajo y percusión), haciendo versiones en clave de jazz limpio de canciones de otros músicos, como Lyle Lovett, Johnny Nash o incluso The Who. En el disco Temptation, que sigo escuchando con asiduidad, todas las canciones son de Tom Waits. A mí Tom Waits me parece un compositor excelso de canciones, aunque no comparta su estética vital o su angustia existencial (angustia existencial tengo, pero es de otra naturaleza y dimensión). Holly aportaba su voz aterciopelada y una lectura a la vez más clásica y más moderna de su música.



Vestidito negro corto y botas. Muy 1995. Se lo perdono, me encanta su voz. Y sus ojos.

En su siguiente disco empezó a coquetear con formatos más pop. Se lanzó a hacer una versión, quizá muy literal, del famosísimo Calling You, que Jevetta Steele cantó, diez años antes, en la película Bagdad Café. Que en su día fue la bomba, pero de la que nadie parece acordarse hoy. Bueno sí, los fans de Ana Belén.



Leo en su página web que hace un año publicó un nuevo disco, en clave de jazz puro, después de unos años experimentando con fórmulas más pop. Reconozco que no he seguido su carrera, que me quedé en Temptation y en su disco siguiente, "It happened one night". Me sorprende que una cantante de tal altura no haya realmente tenido una mayor audiencia, pues fuera de Canadá (y de Japón, donde todo es posible) apenas es conocida. A mí me gusta mucho más su voz que la de otra canadiense jazzera, que llegó más tarde que Holly Cole a la escena musical, Diana Krall, pero que ha arrasado en todo el mundo. Claro que Holly no toca el piano, ni está casada con Elvis Costello, ni tiene a Verve detrás.

En Temptation estaba esta maravilla de canción, "I want you", también de Tom Waits, que me sigue encantado, y que sigo incluyendo en todas las recopilaciones de canciones favoritas que sigo regalando. Porque yo regalo listas de canciones elegidas por mí, seleccionadas para personas queridas. Advierto que el clip es como muy cursi y que la canción puede parecerlo si se mira a la vez que se escucha, por eso os sugería que escucháseis mientras leíais. Pero la canción podría estar en la banda sonora de "One from the Heart", ¿verdad que sí?

jueves, 20 de noviembre de 2008

Otoño-Invierno


El otoño siempre ha sido mi estación favorita. Este año ha sido especialmente bonito, dejo una foto de un paraje de la provincia de Ávila que da fe de ello. Incluso una rata de ciudad como yo necesita salir a ver naturaleza de vez en cuando.

Precisamente sobre un reciente fin de semana campestre quería haber escrito una entrada. También tengo pendiente continuar, y en algún momento acabar, la serie de los mitos eróticos. Me he hinchado a hacer fotos de escaparates en las últimas semanas, y sin duda algunos de ellos aparecerán en este blog. Como tantas otras cosas más.

Pero habrá que esperar. Me voy a dar un descanso. No hay ningún motivo específico, aunque es posible que en el ínterim empiece otro blog, más, digamos, especializado.

Seguro que vuelvo, me gusta demasiado esto como para dejarlo, pero lo dejo de momento. Que lo pasemos todos bien. Que seamos todos felices.

viernes, 17 de octubre de 2008

"Very Gotham!"



Ésas fueron las palabras que le dijo una mujer americana al señor con el que estaba.

Di mucha lata en este blog a lo largo del verano sobre los vaivenes de mi vida profesional y he optado, para no ser pesado, por no contar nada desde la vuelta al cole. Y es que el principal cambio que se ha operado en mi vida es que ahora voy andando al trabajo. Antes tenía ante mí una hora de metro de ida y otra de vuelta. Ahora tengo un paseo de 15 minutos. A menudo voy a comer a casa. Calidad de vida.

Como vivo y trabajo en el centro de Madrid, mi paseo consiste en atravesar calles y sobre todo plazas, los espacios urbanos más importantes, donde todos nos cruzamos; calles y plazas con historia y con vida propia. El paseo matinal es de lo más estimulante: reconozco que siempre me ha gustado ver despertarse a las ciudades. He visto estos días en la Plaza Mayor, junto a la cola habitual de la Junta Municipal de Distrito y los turistas asiáticos madrugadores, a un judío ortodoxo rezando con su manto para la plegaria y sus versículos de la Torah en ese extraño tintero que se colocan en la frente (y cuyo nombre debería saberme). He visto multitud de personas sin techo, y cada vez parece haber más, durmiendo a la intemperie, en la calle de la Bolsa (desde donde hay una vista fabulosa, en el cañón que forma la calle de la Paz, del Edificio de Telefónica, que a primera ahora tiene aún encendido el reloj de neón rojo de la torre); veo a diario a dos ancianas mendigando, una de ellas, en la Plaza del Ángel con su abrigo acolchado y su buen corte de pelo, que ya me saluda aunque no le dé nada; he visto grupos de hombres (no debería dar el calificativo, pero eran latinoamericanos) empezando a emborracharse a las 8 y media de la mañana y tirados por el suelo, en estado semicomatoso, unas horas más tarde ; he visto a muchos jóvenes con pupilas dilatadas apurando lo que para ellos aún es noche en búsqueda de los after hours más canallas. Veo a diario a las putas de la calle de la Cruz y la Plaza de Benavente, empezando la brega desde bien temprano y continuando hasta la noche. Veo asombrado el continuo montado y desmontado de tenderetes de porte diverso, en la Plaza de Santa Ana, para jornadas gastronómicas o mercadillos de artesanía, con el Teatro Español de testigo; y veo con espanto como ya se han colocado en la Plaza Mayor y en Sol los soportes para las decoraciones navideñas. El año pasado escribí un post que llamé “Navidad en Octubre”, me remito a él.

Es posible que a alguien esto que escribo le parezca un retrato sórdido de la ciudad. Nada más lejos de mi intención. Madrid es una ciudad de contrastes, como todas las grandes ciudades, plagada de grandezas y miserias en igual medida, donde hay hueco para un señor de pinta aburrida como yo y para jóvenes hartos de pastillas y de tedio vital o señoras que hacen cola en la iglesia de San Pedro el viejo o de Santa Cruz para poner una vela tempranera en algún altar milagroso.

Hay otra plaza, cercana a mi lugar de trabajo y por lo tanto de destino, que siempre me ha resultado algo extraña. La plaza de Canalejas tiene unos edificios grandiosos, antiguas sedes de bancos, y alberga una tienda maravillosa: La Violeta, donde sólo se venden caramelos de dicho sabor (y color). Pero al mismo tiempo, es casi como un cruce de autopistas, con un tráfico endemoniado de coches, taxis y autobuses urbanos y un ruido ensordecedor a cualquier hora. Desde Canalejas hice (con el móvil) la foto que he colgado y que retrata los que siempre he considerado los dos edificios más neoyorquinos de Madrid, que están en la esquina de Alcalá con Peligros. Con cuarenta plantas más podrían estar en Mannhatan, o mejor dicho en Gotham, como dijo la elegante turista americana al fijarse en ellos. Aunque dudo que en Nueva York encajase la cúpula que se ve a la derecha, la de la iglesia de las Calatravas. Lo que sí encaja, en Nueva York, Madrid o Hong Kong es el contraste de edificios fabulosos y vagabundos con sus perros fieles a las puertas de las iglesias, tiendas de lujo y bares de barra de aluminio, mercadillos de baraterías a la puerta de hoteles de cinco estrellas y mendigas que (pedirán pero no perderán su dignidad) van regularmente a la peluquería. En una palabra: vida urbana. Tan diversa como lo somos nosotros.