domingo, 2 de septiembre de 2007

La portada de un libro


Hace poco compré un libro sólo por su portada. No recuerdo haber hecho algo semejante antes. Algún disco sí he comprado por la portada, por ejemplo "Temptation" de Holly Cole, con el que me hice en una pequeña tienda del East Village, de cuyo nombre no me acuerdo, hace ya más de diez años y que sigo escuchando con cierta regularidad. Pero un libro, nunca. Hasta ahora. La portada que me hizo comprarlo muestra la fotografía en blanco y negro de una mujer bellísima, de piel muy blanca, labios que se adivinan muy rojos, cigarrillo en la mano, pelo retirado de la cara, pómulos marcados, vestida con un vestido negro de corte "New Look" que inmediatamente nos traslada a los años 50. Se trata de Maeve Brennan, escritora irlandesa transplantada a Estados Unidos, olvidada durante mucho tiempo y hoy recuperada gracias a las reediciones de su obra en los últimos años y a la biografía que acabo de terminar de leer, escrita por Angela Rourke.

Nunca antes había comprado un libro por su portada y nunca había leído una biografía de un escritor de quien no sabía ni había leído nada. Imagino que siempre hay una primera vez para todo. Maeve Brennan era hija de un luchador por la independencia de Irlanda que fue el primer Embajador irlandés en EEUU, durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Maeve llegó a Washington, tras una infancia poco privilegiada y muy movida por las actividades clandestinas de su padre, con 17 años y ya permaneció el resto de su vida, salvo viajes y estancias puntuales en Irlanda, en América. Escribía desde niña y decidió dedicar su vida a la escritura. Ya en Manhattan, su verdadero hogar, trabajó primero en Harper's Bazaar, donde adquirió un gusto por la ropa buena y cara y un ojo especial para detectar el buen (y el mal) gusto. De ahí pasó a The New Yorker, donde editó obras ajenas, publicó historias cortas bajo nombre propio y escribió numerosos artículos de sociedad, en la famosa sección "talk of the town", utilizando un alter ego, "the long-winded lady", algo así como "la señora parlanchina".

Al gusto exquisito para su apariencia personal añadió también un gusto exquisito a la hora de escribir. Sus historias siempre están basadas en su vida, en su infancia, en sus recuerdos de Irlanda, pero ahí se acababa la nostalgia, pues vivió siempre al día, disfrutando del momento presente, sin rememorar el pasado, sin pensar en el futuro, más allá de la decisión de qué flor, fresca por supuesto, se prendería al día siguiente en la solapa de su vestido. En uno de sus artículos para el New Yorker cuenta una historia sobre una mujer que murió de repente y sin aviso en plena calle en la ciudad y comenta "espero que hubiese tenido un buen día". Siempre eligió vivir en casas sin cocina, prefiriendo pasar el tiempo en cafés y restaurantes y así poder observar, siempre en soledad la realidad y luego reflejarla en sus escritos.

Estuvo casada brevemente y tuvo, sin duda, aventuras amorosas pero sus grandes ataduras sentimentales fueron a animales, decenas de gatos y una perra labrador, Bluebell. Su generosidad con todos los que la rodeaban era tan grande como su incapacidad para administrar el dinero que ganaba. A principios de los años setenta, alcanzada la cincuentena, su vida se hizo más y más errática y cayó poco en poco en la locura. Quizá la causa esté en los fantasmas de su infancia sin resolver, que el exceso de alcohol no contribuyó a espantar. Hubo momentos en que, por propia elección, decidió vivir en las calles como una indigente más, a pesar de que tanto el New Yorker, al que siempre permaneció unida, como sus amigos (entre ellos, Edward Albee) le ofrecieron su apoyo y su ayuda en todo momento. Su triste final me hizo pensar en la muy manida, pero en este caso muy adecuada, frase de Allen Ginsberg en "Howl", "I saw the best minds of my generation destroyed by madness", y aunque ambos pertenecen en el tiempo a la misma generación, su estilo literario y su modo de vida no podían ser más dispares. También me acordé del final de Tina, de Las Grecas, que a pesar de su enorme éxito acabó indigente, mendiga, enajenada, devastada.

Maeve Brennan murió en un hospital en 1993. Aceptó la vida como le vino, disfrutó tanto como pudo e hizo disfrutar con su literatura, su belleza y su generosidad, a muchos. Aunque la biógrafa Angela Rourke, cuyo libro, que compré en Dublín, me ha gustado mucho, interprete como un signo más de su locura su deseo de vivir y morir sola, yo lo interpreto como la muestra definitiva de su carácter generoso. Vivió y murió con sus fantasmas pero no quiso que afectasen a nadie más que a ella. Su vida abarcó casi con exactitud el período que Eric Hobsbawn denomina "el corto siglo veinte" y sin duda fue hija de su época, la primera en que una mujer pudo vivir por y para sí misma, sin depender ni dar cuentas a nadie, plena y conscientemente libre.

3 comentarios:

zbelnu dijo...

Bonito post! Pero si lees su nouvelle The Visitor, es obvio que Maeve Brennan no enloqueció por fantasmas ni por ser de su época, sino por el maltrato y la crueldad y el desdamor que sufrió en su infancia. Yo leí otras síntesis biográficas que no parecen encajar con la que tú has leído. El mismo prólogo de The Visitor parece arrojar más luz... En fin, me alegra mucho que te gustara MB. Yo la he incluido en una conferencia que daré en diciembre...

Breckinridge dijo...

Muchas gracias por tu comentario. Precisamente a las carencias y a la dureza de su infancia (y las relaciones con sus padres) es a lo que me refería al utilizar la palabra "fantasmas". Debo reconocer que aún no he leído "The Visitor", pero lo haré pronto.

Deirdre.Firean dijo...

Me ha gustado tu reseña, breckinridge! pero la biógrafa (que también es escritora y miembro de la Academia Irlandesa) se llama Angela Bourke, con "b"... por si acaso.