Siempre me ha fascinado la posibilidad de que existan formas de vida inteligente superiores a la nuestra. Y de un tiempo a esta parte vengo pensando que existen, y que están entre nosotros. Consideremos los virus: investigamos, encontramos remedios, tratamientos, vacunas, y cuando creemos que la enfermedad que causan está controlada, el virus muta, se adapta y acostumbra al tratamiento y continúa su camino de devastación de nuestras células. Sé que suena a la Amenaza de Andrómeda (excelente novela primeriza, creo, de Michael Crichton y gran peliculón), pero no deja de ser cierto que inteligencia debe haber en esos micro-organismos que encuentran modos de expandirse sin que los remedios que uno ponga para contrarrestarlos den resultado a largo plazo.
Lo mismo pasa con la lorza. Al menos con la mía. Yo valgo más bien poco, pero el caso es que doy el pego. Apañadito, vamos. No soy muy alto pero no soy bajo, en general quien me ve vestido piensa que estoy delgado y bien hecho. Pero no, no lo estoy, ahí está la lorza, tan curiosona ella, recordándome a diario que sigue en su sitio y que de ahí nadie la va a mover. Yo estoy convencido de que tiene no sólo vida propia sino una inteligencia ciertamente superior. Remedios que he puesto en funcionamiento para derrotar su avance: natación, elíptica, cinta, bicicleta, jogging, aerodance, gym tonic, body tonic, step tonic, aerobic latino, máquinas, mancuernas, flexiones, series de abdominales, ir andando al trabajo, subir y bajar las escaleras, dieta baja en grasas, dieta baja en hidratos, dieta baja en proteínas, dieta Montignac, dieta salvaje, hambre.
Nada, NADA puede con mi lorza. Es una forma superior de vida. Se encoje un poquitín al principio de una dieta, o después de varios días seguidos con sesión salvaje de aerodance y series de 600 abdominales, pero en seguida se amolda a la nueva situación y sobrevive. Sólo la derroté en una ocasión, hace justo 10 años, pero fue a costa de quedarme literalmente en los huesos. Veo fotos de entonces y me quedo espantado de lo delgado que llegué a estar. Incluso entonces, cuando parecía un extra de la Lista de Schindler, tenía un michelincillo blandurri que me recordaba que aunque esté en horas bajas, la lorza sigue vivita y coleando.
En fin. Mi problema es que tengo el mismo síndrome que tenía el protagonista de American Beauty (que película tan sobrevalorada, ¿verdad?, volví a ver hace poco la escena de la bolsa de basura en el viento, que en su momento me pareció –glups- “lírica”, y me resultó de lo más pedante, pretenciosa, superficial y barata) y es que yo lo que quiero es “to look good naked”. Lo pongo en inglés porque “to look good” es un verbo muy difícil de traducir: ¿“lucir bien”? ¿”estar bueno”? Nada encaja en realidad. Bueno, la verdad es que yo lo que quiero es lookear bien en bañador. Speedo a ser posible. Porque estoy mejor desnudo que en Speedo. Y dejo que vuestras mentes calenturientas se desborden.
Algo siempre he tenido claro y es que no se pueden tener músculos y cerebro a la vez, ¿verdad? Es decir, que o piensas, o estás bueno, ¿no es cierto? La lorza sólo nos afecta a los que tenemos neuronas en funcionamiento, ¿o no?
Mi nuevo gimnasio (no tan nuevo, llevo yendo casi un año) tiene muy poco que ver con el antiguo, que
ya describí en su día en este blog. El anterior estaba poblado de cincuentones simpáticos y chicas delgadísimas, con algún musculoso suelto. El actual está lleno de maricas (muchos musculosos, muchos feos, muchos delgaduchos), héteros despistados (qué duro debe ser ser hombre joven heterosexual, qué despistados están, qué pena dan los pobres) y mujeres de cierta edad. Ya he contado que van algunos actores de corte guarro-bohemio, de ésos de pelo sucio que saludan a los que conocen con un choque de manos al estilo de los traficantes de drogas de suburbio de Baltimore. Ellos sabrán.
Pues hallábame yo un día montado en la elíptica, sudando como una perra, cuando a la máquina de al lado se monta un tío impresionante. Ya había reparado unos días antes en él: no demasiado joven, alto, guapo, con buenas espaldas, quizá un poco demasiado rubio para mi gusto. En el vestuario admiré sus deltoides marcados y sus abdominales, perfectamente esculpidos bajo un leve velo de vello dorado (uff… casi mejor no sigo). El caso es que, intentando no fijarme demasiado en él (que mi chico estaba en una de las bicicletas que hay detrás y podía darse cuenta de mis miraditas), noté que, mientras le daba a la elíptica, leía un pequeño volumen. “Será el Reader’s Digest”, pensé, “como mucho, algo de Paulo Coelho”. Pues no, era la Revista de Occidente. Algo fallaba, no podía ser. Minutos después, cuando yo hacía mis abdominales, llegué a la conclusión de que estaría leyendo algún artículo sobre algún tema superficial, desde luego en ningún caso un tipo que le dedica tanto tiempo a su cuerpo leería crítica literaria. En ningún caso.
Héteme aquí que una semana más tarde me lo vuelvo a cruzar. El tío además viste bien, tanto fuera como dentro del gimnasio y debe tener mi edad, más o menos. Los 40 no los cumple, desde luego. Yo a lo mío, ya no sé qué tocaría ese día, si cinta, elíptica, bicicleta o lo que fuese. Cuando el tipo llega a la sala, veo que lleva un periódico doblado bajo el brazo. Para mis adentros me dije que sería, como mucho, el ADN o el 20 minutos. Se monta en la máquina de al lado, se coloca los cascos del iPod, se pone a pedalear y abre el periódico… Era el “New York Review of Books”, la biblia de la intelectualidad.
No me dio tiempo siquiera a enfurecerme, la depresión tuvo más fuerza. Mientras veía mis esquemas mentales romperse en mil pedazos ante mis ojos, sentí (de verdad, lo sentí) como la lorza se expandía y reblandecía en mis costados, y noté al mismo tiempo como se apagaban varias de mis neuronas. No era capaz de discernir si quería morirme o jurar amor eterno a ese dechado de perfección, que me habría rechazado sin duda, sin apenas fijarse en mí, con sólo levantar un dedo como hubiese hecho el mismísimo Zeus.
Seguí un rato con mis ejercicios, arrastrándome como alma en pena entre máquinas de musculación, colchonetas, balones suizos y mancuernas de varios pesos, intentándole encontrar algún sentido, alguna justificación a mi existencia miserable. Él seguía, indolente, de máquina en máquina, sin esforzarse demasiado, ensimismado en la lectura que parecía alimentar aquel cuerpo perfecto. Me fui al vestuario y poco a poco recobré la confianza. “Derrotaré a la lorza”, me dije, “seguro que tanto cuerpazo le compensa otras carencias”. Me fui a la ducha reparadora más tranquilo, diciéndome que nadie lo tiene todo, que los dioses reparten cosas buenas y malas entre todos, que al final todos somos iguales y auto compensatorios.
Al salir de la ducha, me lo crucé. A cierta distancia no veo mucho sin gafas, pero a medida que nos acercábamos no pude sino mirarle de reojo a la entrepierna.
La tiene muy gorda.