
Lo prometido es deuda. Theodore, Stanwyck, va por vosotros. Lo siento, me ha quedado muy largo.
Mi historia de amor con Nueva York (quizá debería decir con Manhattan) se fraguó en los años centrales de la década de los 90. Tuve la enorme suerte de pasar allí casi un mes al año, por motivo de trabajo, de 1993 a 1997. Es curioso, ahora NY me aburre como destino turístico y no es que lo tenga todo visto, ni mucho menos, sino que me gusta tener que levantarme temprano para ir a trabajar, hacer un horario laboral generalmente largo y sacar algún tiempo para actividades lúdicas por las noches. Me gusta sentirme neoyorquino aunque no lo sea, sentir que pertenezco a la ciudad que más me gusta del mundo, y eso sólo lo puedo conseguir haciendo la misma vida que hace un neoyorquino: trabajando y aprovechando el tiempo que sobra después de trabajar.
La Nueva York de los 90 ya no era la de los años 70. En los 70, entrar en Central Park cuando no era a pleno sol era garantía de que algo, no necesariamente bueno, te iba a pasar; ir al norte de la calle 96 era también garantía de problemas, sobre todo si uno es blanco; montarse en un vagón de metro a cualquier hora del día era una aventura sin final definido. Te podías cruzar por la calle con Woody Allen, Bianca Jagger, Andy Warhol,
Amanda Lear o Greta Garbo. La ciudad estaba endeudada hasta las cejas. SoHo era la zona más degradada de todo EEUU (difícil de creer a la vista de lo que es hoy), y en sus lofts aún vivían artistas de verdad, no millonarios rusos. Hay una serie de películas, además de las de la Woody Allen, que reflejan una ciudad decadente y fascinante: Shaft,
Serpico,
Panic in Needle Park,
Looking for Mr. Goodbar,
Dog Day Afternoon,
Cruising (en la que, por cierto Theodore, sale Karen Allen). Cuatro de ellas protagonizadas por Al Pacino, guapísimo con barba en Serpico. En los 90, Manhattan refulgía tras la renovación y la inyección de dinero de los 80, pero a mí me daba la impresión de que en muchas partes de la ciudad no era más que una pátina, una mano de pintura, que otra cosa. Seguía habiendo putiferio. Y donde hay putiferio, allá que voy.
The Vault, que no sé cuando abrió pero cerró cuando el alcalde Giuliani decidió “limpiar" la ciudad, estaba en un sitio muy parecido al del club que sale en Cruising y que aparece en el vídeo del enlace que he puesto. Se ubicaba en la décima avenida a la altura de la calle 13, en pleno “meatpacking district”, donde ahora se encuentran las tiendas de Stella McCartney, Alexander McQueen y muchas otras boutiques de moda modernísimas a precios desorbitados y bares de diseño a la última. The Vault era un club de sexo sadomasoquista, donde se pagaba una entrada alta (50 dólares) por entrar, pero una vez dentro uno podía hacer lo que quisiese, sin más límites que los impuestos por el respeto a los demás. Fue Madonna quien lo dio a conocer al gran público, pues lo utilizó para algunas de las fotografías, las más “risquées”, de su libro “Sex” y como escenario principal del vídeo de la canción “
Erotica”, que es buenísimo, por cierto.
La primera vez que fui a The Vault, en otoño de 1994, lo hice en compañía de unos conocidos, residentes en la ciudad, que también iban por primera vez, así que era una aventura compartida. Pagamos y entramos y empezamos a darnos una vuelta por los distintos pisos: planta baja era para singles, planta primera para parejas, planta segunda para gays, planta tercera para lesbianas. Originalmente había una terraza en la azotea, pero los vecinos (no sé que vecinos habría entonces por ahí, pero bueno) se quejaron de las actividades que allí se llevaban a cabo a la vista de todos (ay, los pobres niños) y la cerraron. Lo que más me impresionó nada más entrar fue el silencio, sólo roto por murmullos, algún gemido y algún chasquido. No había música ni ningún sonido de fondo. Nada. También me impresionó lo primero que vi, nada más cruzar el umbral: sentado en un banco en la primera sala había un señor de cierta edad, con su buen bigotón, gorra de cuero negro, arnés en el pecho y un jockstrap también de cuero, haciéndose una paja tan tranquilo.
No había decoración, las paredes eran de ladrillo visto, la luz blanca. El local era bastante laberíntico, pasabas por pasillos donde había jaulas en las que cualquiera podía meterse a hacer lo que quisiera, encontrando en todas ellas esposas, látigos y otros adminículos. En otra sala había una silla de ginecólogo, que no vi usar a nadie. En la sala principal de la planta baja es donde más gente se juntaba, tanto mirones como nosotros, como participantes en los diversos juegos, como una fauna ciertamente extraña y que en el fondo daba mucha pena: auténticos freaks, personas con deformidades físicas, oligofrénicos, algunos que eran todo eso a la vez y que pagaban sus 50 dólares porque, salvo con profesionales (y quizá ni siquiera) en ningún otro sitio podrían satisfacer sus urgencias sexuales.
Todo el mundo buscaba algo de acción: de repente se metían dos mujeres y un hombre en una jaula y empezaban a restregarse entre sí, y como moscas acudía casi todo el mundo, empezando por los freaks, que se masturbaban sin miramientos. Las ventajas de ir en chándal, te bajas el pantalón y ¡voilà! Reconozco que lo que más me impresionó fue un señor, mayorcito, atado con cadenas y esposas por las extremidades, con pies y manos bien separados, que estaba recibiendo unos latigazos por parte de una dominatrix muy de libro. Me llamó la atención no tanto la situación en sí como que al cabo de un rato el hombre, que estaba desnudo y en plena erección, eyaculó sin que nada ni nadie le tocase, sólo gracias al efecto de los latigazos. Ahí se quedó extasiado y crucificado hasta que la dominatrix lo descolgó; el señor le besó la mano, se vistió a la vista de todo el mundo y se fue. Otra cosa que me llamó mucho la atención era un señor, yo diría que cuarentón, con bigote, gafas y pinta de oficinista aburrido, que se paseaba vestido únicamente con un mono de spandex negro que le cubría todo el cuerpo salvo los genitales. Tenía un piercing “
Prince Albert” de cuyo anillo colgaba un peso, como el de las pescaderías o carnicerías antiguas. Lo más inquietante era el maletín que llevaba en la mano. A saber qué habría dentro. Alguna gente lo saludaba cuando pasaba a su lado. Un habitual, sin duda.
La sala de parejas era muy parecida, aunque solo te dejaban entrar si ibas chica y chico. Subí a la sala gay y no había nadie. No me molesté en ir a la sala de lesbianas, ni siquiera a mirar desde el umbral, que era algo que te dejaban hacer en todas. Por cierto, no he dicho que además de no haber música tampoco había bar. No se podían consumir bebidas y mucho menos drogas, como te pillasen, según me contaron, aparecía el matón de turno y te echaban, con cajas destempladas, en un periquete. Eso sí, en cada planta había, además de monitores de TV con películas porno sin sonido, un rincón con un buffet para comer tartas y beber té, café o zumos. Podías comerte un New York cheesecake y beberte un té mientras veías como apaleaban al fulano de turno. Me pareció un detalle de lo más tierno.
¿Qué hice yo de relevancia en aquel escenario tan propicio para dejar florecer las fantasías más dormidas? Teniendo en cuenta que éramos un grupo heterodoxo, todos con más miedo que vergüenza, no era plan ser el iniciador de nada. Eso sí, yo fui el único que tuvo una experiencia, digamos, sexual. En uno de mis paseíllos por aquí y por allá se me acercó un
lederón (que no estaba mal, la verdad, al menos lo recuerdo así) que me preguntó si podía lamerme las botas. Yo llevaba unas botas de ante marrón, bastante sucias, por lo que me dio algo de reparo, pero mi educación me hizo contestarle que por supuesto, que adelante. ¡Cómo disfrutaba aquel hombre! Se puso a cuatro patas y le pegó unos lengüetazos a las botas como si le fuera la vida en ello. Afortunadamente no era nada genital, por lo que no aparecieron ni mirones ni freaks. Yo tan tranquilo (un poco aburrido al cabo de un rato, no es que me pusiese mucho la experiencia) y él a lo suyo, gozando como una perra. Pasados los minutos (no sabría decir cuántos) y sin haberse masturbado ni nada se levantó y me dio las gracias. Me dejó las botas limpísimas. Espero que aquel fulano no besase a nadie esa noche.
Salimos de ahí muy en silencio y realmente los que fuimos no hablamos mucho de ello ni justo después ni pasados los días. Alguna chica (la que más insistió en ir) estaba muy escandalizada. Un tipo se quedó –daba esa impresión- con las ganas de haberse metido en al ajo. Yo no dije nada. Pero volví, esta vez solo, unos días más tarde. No sé muy bien por qué lo hice, la verdad, el sadomasoquismo no es lo mío, pero me intrigaba la planta gay. Y sobre todo, el hecho de que no hubiese nadie. Así que allá que me fui y subí directo a la segunda (o tercera, ya no me acuerdo) planta.
No había nadie. De hecho había mucha menos gente en general que el día anterior y esta vez daba la impresión de que solo había mirones, salvo un negro con una tranca de escándalo metido él solito en un jaula y dándole al manubrio mientras bailaba. Como me aburría un poco en la planta gay, me senté en la zona de las tartas y los tés y me tomé mi cheesecake, que estaba riquísimo. Y me puse a hablar con el camarero, que era simpatiquísimo y muy normal. Me contó un montón de historias. Me dijo que si lo que me interesaba era un buen palizón o ver acción de verdad, tenía que ir a mediodía, cuando el sitio, al parecer, se llenaba de ejecutivos de Wall Street, que no está tan lejos. Me dijo que había visto pasar por ahí a muchas celebrities (sólo recuerdo de los nombres que me dio a
Heather Locklear). Me contó que desde el vídeo de Madonna sólo iban mirones, sobre todo los fines de semana, que ya no era lo mismo que antes. Me contó que bastantes numeritos en las jaulas los montaban empleados a sueldo del local para animar a la gente. El negro del pollón era uno de ellos. Y me contó que si de verdad quería conocer la escena alternativa de Nueva York, tenía que ir a fiestas privadas, en las que (como en “Eyes Wide Shut”) te piden un código, que es repartido a los interesados el mismo día, para poder entrar. Me dijo que acababa en media hora y que iba a ir a una de esas fiestas privadas y me invitó a que fuese con él si me apetecía.
Pero eso no lo voy a contar aquí.
Habéis tenido a Amanda Lear y Heather Locklear en un mismo post, no os quejéis.
La foto que he colgado la he sacado de los archivos on line del “Village Voice”.