En algún lugar de este blog he dejado dicho lo mucho que Eurovisión significaba para mí en mi infancia. Recuerdo como si fuese ayer el programa "Pasaporte a Dublín", en el que se escogía la canción que nos debía representar en el festival del año 1971. El concurso previo (algo a años luz de Operación Triunfo) lo ganó Karina, de quien yo estaba perdidamente enamorado, con "En un mundo nuevo y feliz", que luego quedó segunda en el Festival. Como es de esperar, a mí me gusta el Eurovisión de los años 70, el de ganadores como ABBA, Marie Myriam o Anne Marie David pero también de perdedoras como Baccara, que compitieron con "Parlez-vous Français?" por Luxemburgo, país que jamás le ha hecho ascos al mercenarismo musical, y así ganaron mil veces.
La verdad es que luego no lo he seguido mucho. Pero precisamente hace diez años se hizo la luz y, estando curiosamente yo en Israel, ganó Dana International con "Diva". Mujer espléndida de los pies a la cabeza, hecha a medida, con buena voz y nombre artístico lamentable (su nombre de nacimiento es Yaron Cohen y, que yo sepa, en Israel no es posible cambiarlo con facilidad). La canción es normalita pero, como diría Uribarri, festivalera y, a la vista de horrores posteriores, una joya pop. Pero lo importante es que su victoria fue todo un símbolo de libertad, una señal de diversidad y del triunfo del derecho a ser lo que cada cual quiere ser, viniendo sobre todo de un país tan extraño como Israel, donde se junta lo mejor y lo peor (algún día tendré que escribir algo al respecto, pero no me atrevo porque es un tema que despierta pasiones, del tipo violento además).
He colgado el vídeo de la actuación en el Festival, pero fue mucho mejor el número final de repetición, en el que Dana se puso el modelo, con plumas arcoiris en las mangas, que le había diseñado ex-profeso Jean-Paul Gaultier. Se encuentra em Youtube, pero con bastante poca calidad.
martes, 27 de mayo de 2008
Hace 10 años
viernes, 23 de mayo de 2008
En Nueva York (y III)
Adiós, Nueva York.
Acabo de regresar de la que creo que será mi última visita en bastante tiempo a la ciudad que más me gusta. No he dejado de ir ni un sólo año desde hace 15, muchas veces por trabajo y muchas otras sólo por placer. En Nueva York, en Manhattan, me siento perfectamente a gusto, en simbiosis perfecta entre persona y lugar. Como decía Holly Golightly en Desayuno con Diamantes, "es el lugar donde nada malo puede pasarte". Ella se refería a Tiffany's, yo lo amplío a toda la ciudad. En los últimos años he albergado la nada secreta esperanza de poder trasladarme a vivir allá, y de hecho tenía indicaciones muy positivas al respecto. Sin embargo, ya no se hará realidad, al menos a corto o medio plazo. Las grandes incertidumbres abiertas sobre mi futuro profesional no me inquietan demasiado, pero ciertamente me entristece que no impliquen un traslado a Manhattan.
La verdad es que en el último año he viajado muy frecuentemente a Nueva York y, lo he dejado escrito en este blog, la ciudad me sigue gustando tanto como el primer día en que puse mis pies allá. En esta última visita he evitado ir a los sitios que más me gustan (Greenwich Village, la Morgan Library, las librerías Three Lives y The Strand, el parque, el Whitney, mis restaurantes preferidos) y me he quedado en la parte más anónima del Midtown, pero, como estaba algo deprimidillo por los fracasos profesionales -lo sé de sobra, es lo último por lo que hay que deprimirse- me fui el último día a Barney's a darme algún caprichito caro -lo sé, está muy mal, la terapia consumista no es nada reparadora y es muy feo sucumbir a la tentación fácil y nada barata del lujo ostentóreo, que decía Jesús Gil-. Y justo cuando iba a entrar en la tienda, aún cabizbajo, una chica guapa y rubia, pura neoyorquina (aunque seguro que era de Milwaukee o de Des Moines), de piel tan blanca que casi parecía transparente, me preguntó si me podía hacer una foto. Se dirigió a mí como "sir" en vez de gritarme algo de tipo "dude" o "hey man" que sería lo habitual en Manhattan, y me dijo que la foto era para Vogue, que le hacían fotos en la calle a gente que les gustaba para luego publicarlas.
Y se me curó la depresioncilla, se me fue el mal rollo, olvidé mi promesa de no volver más a Nueva York y de quitarme de en medio lo que minutos antes denominaba "mi enfermiza obsesión" con la ciudad. Le dejé que me hiciera las fotos y me da igual que las publiquen o no. Porque tener cuarenta y tres años y ser parado a la puerta de uno de los templos del lujo de la capital del mundo por una estilista monísima de la más influyente revista de moda que existe, tan sólo porque le has parecido guapo/elegante/simpático tiene mucho mérito. Y disculpa la vanidad, querido lector. Pero es que ese momento, tan frívolo y absurdo, me compensó tantas cosas, me hizo tan feliz de golpe, que no me importa que me saquen en la página de la revista que te dice lo que NO hay que llevar o cómo NO hay que ser, que no me extrañaría que fuese el resultado final.
Decidí que ésta no será mi última visita a Nueva York. Claro que no. Aunque dejaré pasar una temporadita antes de volver, eso sí. No muy larga. Ya veremos. Oye, ¿saldré de verdad en el Vogue? Qué nervios.
jueves, 15 de mayo de 2008
La Edad de Oro
Estando el otro de visita en casa de mi madre, donde siempre hay una televisión encendida, vi que ponían en La 2 uno de los primeros episodios de "Buffy Cazavampiros", y me derretí ante la pantalla con Sarah Michelle Gellar y David Boreanaz, plagados de hormonas en ebullición y alimentando un amor imposible entre un vampiro que no quiere serlo y una exterminadora, designada por poderes supraterrenales, que detesta tener que desempeñar ese papel y sólo desea poder ser otra adolescente descerebrada más.
Para quien no haya la visto la serie, que es espléndida en todas sus temporadas, creando personajes ricos, suscitando cuestiones metafísicas pero también situaciones disparatadas, todo esto sonará absurdo, pero para mí es una muestra de que la primera década de este siglo será recordada, no tengo duda de ello, como la edad de oro de la televisión. O al menos de las series televisivas, que utilizan el formato por entregas para desarrollar historias que la mayoría de guionistas de largometrajes no parecen ser capaces de contar.
Six Feet Under, los Soprano, Sex and the City (todas de la factoría HBO, que parece inagotable), sorprendían por su calidad dramática y nos hacían, al menos a mí, desear que llegase el siguiente episodio lo antes posible. También series más intranscendentes, de canales tradicionales, como 24, House o Mujeres desesperadas, están a años luz de su equivalente del pasado. Y eso que esto lo escribe un fan declarado de Miami Vice, los Ángeles de Charlie o Starsky y Hutch (los tres segundos de imagen de los títulos de crédito en que salía Paul Michael Glaser entrando en una sauna llevando sólo una toalla a la cintura formaron parte de mis sueños durante años).
Dejo un vídeo sacado de The L Word, cuya primera temporada es quizá lo mejor que se haya hecho nunca para televisión. Y de fondo, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.
domingo, 27 de abril de 2008
El resto es ruido
Se trata de una historia de la música "culta" del siglo XX y empieza contando cómo en 1906 tuvo lugar en Graz (Austria) una de las primeras representaciones de la ópera "Salomé" de Richard Strauss, dirigida por el autor, y que contó con la presencia entre el público de miembros de la realeza europea, los compositores Mahler, Schönberg, Alban Berg, Alexander Zemlinsky y Puccini y (aunque nunca quedó del todo claro), el mismísimo Hitler, que tenía entonces sólo 17 años. Menudo momento. Salomé es quizá la primera ópera atonal, donde la teoría de la armonía musical desarrollada en occidente a lo largo de siglos queda aparcada casi por completo.
El libro de Ross es, en el fondo, una historia cultural del siglo XX, y mezcla mucha erudición musical (por mucho que haya estudiado solfeo, me he perdido bastantes veces en las descripciones de las características técnicas de muchas obras) y una descripción cronológica y temática de la música del siglo pasado. La conclusión que uno saca del libro es que en el siglo XX es imposible separar música y política, cultura e historia. Todo momento y movimiento político tienen su música: las óperas de Kurt Weill, serias y populares a la vez, en la República de Weimar, las operetas de Léhar, los monumentos musicales germánicos de Wagner o Strauss y la atonalidad de Webern en el tercer Reich, el neoclasicismo sinfónico estalinista de Shostakovitch, la atonalidad estricta y dictatorial de Boulez en el estado del bienestar de la Europa occidental de las últimas décadas del siglo, o el sinfonismo boreal, meláncólico, autárquico y ciertamente alcohólico de la Finlandia de Jan Sibelius.
Para el autor, y para cualquiera que conozca algo y disfrute de la música del siglo XX, sólo se salvan en realidad los verdaderos genios: Schönberg como padre de la novedad del dodecafonismo, Berg como autor de la inconmensurable "Wozzeck", Stravinsky con su herencia rusa y su negativa a utilizar la atonalidad estricta, Weill y Gershwing como los únicos que supieron realmente mezclar música culta y popular, Britten y su ópera Peter Grimes como camino personal y plenamente original, Aaron Copland como ejemplo del siglo de hegemonía de los Estados Unidos. Coincido con su apreciación, quitando mi casi total desconocimiento de la obra de Copland y con la excepción de Stravinsky, a quien considero muy sobrevalorado –he escuchado muchas veces el Rito de la Primavera mientras leía el libro, en casa y en el iPod, y sigo sin entender su magnetismo, me pasa lo mismo con su concierto para violín o la ópera "The Rake's Progress"; toda su obra me parece un gran trabajo de apropiación y reciclado de ideas ajenas y, en mi opinión, de poca originalidad, algo parecido a lo que pienso de Jean Cocteau y Picasso (que quede claro: no digo que no me guste su obra, pero pienso que en todos los casos, está hecha de retazos de inspiración ajena, hábilmente reciclados y adaptados, es una actitud, como habría dicho Rimbaud, absolutamente moderna, pero en gran medida superficial, poco sincera).
La conclusión del libro, que se disfruta mucho leyendo, es que la música del siglo XX refleja que toda la era fue una edad de extremos y extremismos (la expresión es de Eric Hobsbawn, no mía) y que al final es imposible separar música culta de música popular, pues se han ido influyendo mutuamente hasta llegar a una amalgama curiosa en la que hoy es difícil discernir si estamos ante una canción de Björk o una obra de los compositores "emergentes" Thomas Adès u Oswaldo Golijov. En el libro sólo he echado de menos referencias a Las Grecas, pero estoy empezando a acostumbrarme al hecho de que sólo algunos iniciados, privilegiados y con memoria, aún respetamos desde el recuerdo su inmenso legado.
domingo, 20 de abril de 2008
Enlace
Se lo debo a El otro amante, a quien estoy enormemente agradecido. Y por cierto, su blog merece la pena, y mucho, ser visitado. Tiene un gusto en pintura increíblemente original. Cuando aprenda a poner enlaces, el primero será, por supuesto, a su blog. Pero sigo siendo un analfabeto informático, tendré que aprender a hacerlo.
domingo, 13 de abril de 2008
En Lisboa
Hace unos 25 años, cuando tocaba en un grupo pop, escribí una canción tras mi primera visita a Lisboa, una ciudad que desde aquel primer día está en el panteón de favoritas. He recuperado la letra y, la verdad, no está nada mal. Se llamaba "La lluvia de Alfama". Aquí la dejo:
Soñé que soñaba que estaba en Alfama
Mientras dormía la siesta al sol
Oí el repicar de campanas al tiempo
Que un grito que corta el viento
Soñé con la cálida lluvia de Alfama
La lluvia de agosto, sensual y febril
Y en el sueño secreto de una noche de verano
Dos barcos se cruzan, sin saludar
Te hablé de amor
Sintiendo tu mirada,
Callada, entre los dos
Recuerdo aquel lamento,
Tan lento
No volveré
A menos que prometas,
Que, mientras,
No reabrirás
Nuestra herida.
Soñé con las calles, cayendo hasta el río
Con su olor a laurel, a fado y a alcohol
Y soñé con tu rostro que se iluminaba
Y con tu trémula voz, que me hablaba de amor.
Soñé que volvía y no te conocía
Había cambiado tu enfermo corazón
Y tu cuerpo temblaba al alma de frío
Y temía a la muerte con fascinación.
Soñé que algo soñaba que estaba en Alfama
Mientras dormía la siesta al sol.
Se nota mucho, creo, que por aquel entonces leía a Pessoa y a Borges. Y también que estaba deprimido. Ahora no utilizaría epítetos esdrújulos, como cálida o trémula, aunque tengo que reconocer que por mucho que deteste las palabras esdrújulas son muy útiles en las letras de canciones. Tampoco hablaría de fado. Recuerdo que imaginé unos arreglos vocales preciosos, a cuatro voces, al estilo del inicio de los setenta, en plan "dava-dava-dava-dá". La canción, que tenía un ritmo medio de bossa-salsa y una línea armónica muy similar (¿copiada?) a "On the Beach" de Chris Rea, nunca entró en el repertorio del grupo, pero al contrario que otras de aquella época, la recuerdo bien y de hecho aún puedo tocarla.
He estado veinte años sin ir a Lisboa y he vuelto ahora dos veces en el plazo de tres meses. Entonces me impresionaron sus pastelerías, sus cuestas y las aceras, las más bonitas que haya visto, y me llamó muchísimo la diversidad racial, que aquí no existía. Ahora lo que más me gusta de la ciudad son sus jardines botánicos y la vegetación en general, los detalles art-déco por toda la ciudad, las plazoletas arboladas. He podido comprobar que al contrario que en la canción que escribí, Lisboa es una de esas ciudades que, afortunadamente, sigue siendo reconocible en su belleza y su ambiente inconfundible, a la vez nostálgico y alegre, gris y colorista, verde y azul, ordenado y caótico. Pocas ciudades ofrecen soluciones urbanas a problemas orográficos como Lisboa, con tranvías, funiculares e incluso un ascensor para salvar las cuestas tan escarpadas que forman sus colinas.
Precisamente mientras hacía cola para subir en el elevador de Santa Justa, pieza de ingeniería de una belleza casi lírica que ahora es una atracción turística más que una solución urbana, fui testigo una escena que parecía sacada de otra época. Un chaval jovencísimo, no tendría ni quince años, de ojos pardos enormes y procedencia incierta (podría haber sido portugués, español, marroquí, turco, húngaro, rumano o albano-kosovar), tocaba en su acordeón una melodía llena de saudade, casi recostado sobre un escalón. A un metro de distancia estaba su perro, diminuto y muy feúcho, en posición de alerta, con una oreja gacha y la otra levantada, los ojos cerrados pero ciertamente despierto, sujetando con sus pequeñas fauces un tarro en el que la gente dejaba monedas. Parecía, como digo, una escena imaginada por John Steinbeck, pero en otra época y otro lugar. Pensé en hacer una foto, al menos al perrillo (me lo habría llevado a casa), pero decidí que era mejor fijar el recuerdo en mi memoria, que siempre le dará el barniz melancólico que la lente óptica nunca es capaz de captar.
sábado, 12 de abril de 2008
Falsos Rumores
Pero ¿cómo no me van a gustar los años 70? Este vídeo, esta canción, agrupan muchas de las cosas que me gustan de la década: la ropa (jamás me pondría un mono rosa, pero me encantaría haber sido capaz de atreverme), la peluquería, la música (a fijarse en los arreglos: la sección de viento, el sintetizador haciendo bajos, la guitarra con efecto "wah-wah"). Y la estética en general: el vídeo es en sí un viaje de ácido.
Sé de sobra que no estoy descubriendo nada nuevo, pero esta canción eleva a Raffaella Carrá al Olimpo Pop, aunque es cierto que sin ella estaría en las profundidades del chochi más rancio. En la época de Rumore yo me preguntaba si Raffaella no estaría imantada: el pelo, por mucho que lo agite (y mira que lo agita), siempre vuelve a su sitio inicial. Pero lo realmente impresionante es como echa todo el cuerpo para atrás sin caerse. De pequeño la imitaba, y siempre daba con mis huesos en el suelo. Y acabo de intentarlo de nuevo, y creo que me he roto una lumbar. Ay.
