domingo, 13 de abril de 2008

En Lisboa


Hace unos 25 años, cuando tocaba en un grupo pop, escribí una canción tras mi primera visita a Lisboa, una ciudad que desde aquel primer día está en el panteón de favoritas. He recuperado la letra y, la verdad, no está nada mal. Se llamaba "La lluvia de Alfama". Aquí la dejo:

Soñé que soñaba que estaba en Alfama
Mientras dormía la siesta al sol
Oí el repicar de campanas al tiempo
Que un grito que corta el viento

Soñé con la cálida lluvia de Alfama
La lluvia de agosto, sensual y febril
Y en el sueño secreto de una noche de verano
Dos barcos se cruzan, sin saludar

Te hablé de amor
Sintiendo tu mirada,
Callada, entre los dos
Recuerdo aquel lamento,
Tan lento

No volveré
A menos que prometas,
Que, mientras,
No reabrirás
Nuestra herida.

Soñé con las calles, cayendo hasta el río
Con su olor a laurel, a fado y a alcohol
Y soñé con tu rostro que se iluminaba
Y con tu trémula voz, que me hablaba de amor.

Soñé que volvía y no te conocía
Había cambiado tu enfermo corazón
Y tu cuerpo temblaba al alma de frío
Y temía a la muerte con fascinación.

Soñé que algo soñaba que estaba en Alfama
Mientras dormía la siesta al sol.

Se nota mucho, creo, que por aquel entonces leía a Pessoa y a Borges. Y también que estaba deprimido. Ahora no utilizaría epítetos esdrújulos, como cálida o trémula, aunque tengo que reconocer que por mucho que deteste las palabras esdrújulas son muy útiles en las letras de canciones. Tampoco hablaría de fado. Recuerdo que imaginé unos arreglos vocales preciosos, a cuatro voces, al estilo del inicio de los setenta, en plan "dava-dava-dava-dá". La canción, que tenía un ritmo medio de bossa-salsa y una línea armónica muy similar (¿copiada?) a "On the Beach" de Chris Rea, nunca entró en el repertorio del grupo, pero al contrario que otras de aquella época, la recuerdo bien y de hecho aún puedo tocarla.

He estado veinte años sin ir a Lisboa y he vuelto ahora dos veces en el plazo de tres meses. Entonces me impresionaron sus pastelerías, sus cuestas y las aceras, las más bonitas que haya visto, y me llamó muchísimo la diversidad racial, que aquí no existía. Ahora lo que más me gusta de la ciudad son sus jardines botánicos y la vegetación en general, los detalles art-déco por toda la ciudad, las plazoletas arboladas. He podido comprobar que al contrario que en la canción que escribí, Lisboa es una de esas ciudades que, afortunadamente, sigue siendo reconocible en su belleza y su ambiente inconfundible, a la vez nostálgico y alegre, gris y colorista, verde y azul, ordenado y caótico. Pocas ciudades ofrecen soluciones urbanas a problemas orográficos como Lisboa, con tranvías, funiculares e incluso un ascensor para salvar las cuestas tan escarpadas que forman sus colinas.

Precisamente mientras hacía cola para subir en el elevador de Santa Justa, pieza de ingeniería de una belleza casi lírica que ahora es una atracción turística más que una solución urbana, fui testigo una escena que parecía sacada de otra época. Un chaval jovencísimo, no tendría ni quince años, de ojos pardos enormes y procedencia incierta (podría haber sido portugués, español, marroquí, turco, húngaro, rumano o albano-kosovar), tocaba en su acordeón una melodía llena de saudade, casi recostado sobre un escalón. A un metro de distancia estaba su perro, diminuto y muy feúcho, en posición de alerta, con una oreja gacha y la otra levantada, los ojos cerrados pero ciertamente despierto, sujetando con sus pequeñas fauces un tarro en el que la gente dejaba monedas. Parecía, como digo, una escena imaginada por John Steinbeck, pero en otra época y otro lugar. Pensé en hacer una foto, al menos al perrillo (me lo habría llevado a casa), pero decidí que era mejor fijar el recuerdo en mi memoria, que siempre le dará el barniz melancólico que la lente óptica nunca es capaz de captar.

7 comentarios:

el otro amante dijo...

Pues bastante de acuerdo en tus apreciaciones, aunque a mi Lisboa me produce, sobre todo, melancolía. La Catedral es bastante extraña, igual que el barrio en el que se encuentra. Me gustaron las obras de Calatrava y Siza en el recinto de la Expo y volví al jardín botánico y a las famosas "estufas", además de a la fundación Gulbenkian. Es cierto que es una ciudad que no te deja indiferente. Saludos

Breckinridge dijo...

Cierto, olvidé la Fundación Gulbenkian, cuyo museo es una maravilla. Lisboa es melancólica pero también tiene mucha vida y parece vivir el multiculturalismo con mucha naturalidad. No puede dejar indiferente por su emplazamiento geográfico ni por la belleza de sus calles y parques. Gracias por tu visita!

coxis dijo...

precioso texto

e indudablemente tengo que volver a Lisboa

(pd metabloguera: yo también me quedo con el lagarto juancho)

Breckinridge dijo...

Muchas gracisa, Coxis,e res muy amable. Sí hay que volver a Lisboa...

el otro amante dijo...

Has visto la peli de Antonio Hernández que se llama "Lisboa"?. También te recomiendo, aunque imagino que la conocerás, a Dulce Pontes, tiene una voz prodigiosa, la ví en directo y es mucho mejor que "enlatada". Más saludos.

Breckinridge dijo...

Sí, vi la película "Lisboa", aunque mi favorita sobre la ciudad es "Dans la ville blanche" de Alain Resnais, que en su día me marcó muchísimo en su momento. Conozco a Dulce Pontes pero.... no es mi estilo, lo siento.

Breckinridge dijo...

Quise decir Alain Tanner, no Alan Resnais. En qué estaría pensando.