martes, 8 de abril de 2008

En Nueva York (II)


De nuevo estoy en Nueva York. Días soleados, fríos y muy ventosos. Siempre me han asombrado los túneles de viento, de dirección imprevisible, que se forman en la cuadrícula de la ciudad. Hace más o menos una década desapareció una mujer delante de mis ojos en un torbellino repentino que se formó en Park Avenue. Claro está, que se trata uno de esos fenómenos inexplicables, o mitos urbanos propios, como el del perro al que oí decir "buenas noches" en Lisboa hace más de 20 años, que recuerdo vivamente pero de los que me cuesta asegurar su veracidad.

Encuentro en Grammercy Park un restaurante de nombre insólito, al que hago la foto que encabeza esta entrada. Me sorprende no haberme fijado en un nombre tan sugerente, teniendo en cuenta que se trata de un rincón favorito de la ciudad, uno de los respiraderos verdes que tanto me gustan y de los que hablé en un post anterior. Veo edificios nuevos e interesantes, frente a otros muy feos, voy a restaurantes nuevos y fabulosos y a otros normalitos y aburridos. Me quedo dormido en la ópera. Descubro a una nueva cantante favorita en un recital de Joyce DiDonato. Gente guapísima por la calle, hombres y mujeres. Sólo dan la nota los turistas europeos y norteamericanos. Dejando aparte el poder de la chancleta, tan vigente aquí como allá, haga calor o se esté bajo cero. La ciudad me da la impresión de estar en un dulce y tranquilizador estancamiento, en la que ya no parece que todo tenga que ser nuevo para ser bueno.

¿Viviría en Nueva York? Por supuesto. ¿Sería feliz en Nueva York? He sido feliz en (casi) todos los lugares donde he vivido, así que las posibilidades son elevadas. ¿Colmaría Nueva York mis expectativas? Es difícil saberlo. Mis expectativas no son tan altas como lo eran hace unos años, cuando anhelaba vivir en Manhattan de modo animal, irracional, incluso estúpido. Pienso que ahora disfrutaría más de todo lo que la ciudad tiene que ofrecer, pero me da mucho miedo que el romance que dura ya una vida entera se rompa si nuestra unión se hace física. Pero me da aún más miedo ir y quedarme para siempre, no ser capaz de salir o de vivir en otro lugar. Lo que de verdad me aterra en realidad es quedarme sin saberlo.

3 comentarios:

Stanwyck dijo...

Sí, lo peor sería que te quedases sin saberlo, aunque sigues teniendo tiempo. La unión carnal es siempre mejor que la expectativa. Sé que gran parte del arte se nutre de la expectativa y que, no pocas veces, hacer un sueño realidad nos enfrenta a una realidad menos brillante, más anodina o, incluso, nada interesante y que, de esa manera, podemos llegar a pensar que hemos esperado (esperanzados) en vano. En esto soy un poco evangélico: es mejor saberlo y, en el peor de los casos, pasar la página y buscar nuevas metas. La verdad nos hace libres y eso es lo mejor de todo.

el otro amante dijo...

Ocurre con algunas ciudades de las que nos enamoramos, a mi me pasó lo mismo con París y con Roma. En París intenté quedarme, pero al final nunca sabré que hubiera pasado. En Roma, sin embargo, después de conocerla más llegué a la conclusión que prefería volver a casa e ir solo de vacaciones (y no en verano porque no se puede ni respirar del calor que hace).

Breckinridge dijo...

Viví un año en París, y es el único sitio en el que no he sido feliz. Por culpa de mis propios demonios post-adolescentes, mis miedos e indecisiones, y mi pobreza absoluta de estudiante durante aquellos meses, por supuesto, no por culpa de la ciudad. Pero nunca me he recuperado del todo, sigo teniendo a París algo apartada de mis favoritas, me sigue dando reparo. Coincido con tu apreciación de Roma, para visitar es perfecta, para vivir tengo mis dudas. Muchas gracias por el post!