
Siempre he admirado a los Estados Unidos de América. Ya he contado que pasé allá el verano de 1979, y aquellas vacaciones se convirtieron casi en un viaje iniciático que me hizo descubrir con 14 años muchas cosas, sobre la vida y sobre mí mismo, pero sobre todo me dio a conocer un mundo libre y avanzado, a años luz de la incipiente España democrática. De lo que yo, y probablemente nadie, era consciente entonces es de la transformación que se anunciaba y que iba a cambiar, esperemos que no para siempre, su característica más genuina. Estados Unidos es, como concepto, la tierra de la libertad, el lugar donde, gracias a un sistema constitucional que tiene entre sus objetivos expresos la consecución de la felicidad, todos son libres y todos pueden aspirar a una mejora radical de sus condiciones de vida partiendo del principio, fundamental desde la Declaración de Independencia, de igualdad de oportunidades. Con sus grandes imperfecciones,por supuesto, pero aún así.
Pero nada dura eternamente. De modo imperceptible una gran revolución radical, camuflada de conservadurismo amable, le fue cambiando la faz a esa tierra de libertad. En el plazo de poco más de 20 años se ha llegado a una situación que los padres fundadores del país tendrían gran dificultad para reconocer como el país que surgió como la primera república moderna y laica, superadora de la monarquía absoluta de origen e inspiración divina, que había sido el sistema de poder prevalente en todo el mundo desde la edad media.
Todas las libertades públicas, incluida la sacrosanta libertad de expresión, se han visto afectadas, cercenadas, en bastantes casos anuladas. Las políticas de acción positiva para los más desfavorecidos fueron desapareciendo poco a poco y a cambio se estableció un sistema económico capitalista reforzado y feroz hasta el extremo, en el que las clases medias y las fortunas gigantescas pagan el mismo porcentaje de impuestos; los obscenamente ricos camuflan esa obscenidad, con el beneplácito del sistema, mediante acciones filantrópicas, como donaciones a museos o el establecimiento de fundaciones que no hacen sino mejorar su ya muy favorable régimen impositivo. Mientras tanto se abole la seguridad social y la clase media (y no digamos las clases desfavorecidas) no puede permitirse pagar un seguro médico y vive aterrorizada ante la eventualidad de contraer una enfermedad, a sabiendas de que el tratamiento necesario, cortesía adicional de las prácticas de las multinacionales farmacéuticas, le va a arruinar. Y las instituciones, los poderes del Estado, que en democracia deben equilibrarse unos a otros, pasan a depender de las grandes corporaciones, controladas a su vez por lobbyistas profesionales o, peor aún, miembros destacados del aparato de gobierno que se escudan automáticamente, en caso de dificultad, en las sagradas escrituras, la santidad de la institución familiar tradicional o las exigencias de la seguridad nacional. Hemos llegado a un punto en que no importa tu pasado, si has robado, bebido o incluso matado, siempre que afirmes haber reencontrado a dios.
Pero a pesar de la intervención divina, la lucha por la seguridad nacional o la búsqueda del enriquecimiento personal, o quizá debido a ello, el sistema acaba rompiéndose, víctima de sus propios excesos, de su gula y avaricia sin límites. Víctima sobre todo de no haber sabido mantener los ideales de libertad, igualdad y justicia que están en la base del propio concepto del país y que han sido la referencia, durante más de dos siglos, del resto del mundo. La era Reagan marcó el inicio de esta revolución, que no por conservadora deja de ser radical y que, en las manos del actual residente de la Casa Blanca, cuyo nombre no me apetece escribir, ha llevado a la desfiguración absoluta del régimen ideado por los padres fundadores, esos hombres que soñaron, y consiguieron, entregarle el poder al pueblo.
Afortunadamente tampoco el mal es eterno. De vez en cuando surgen figuras de referencia que son capaces de cambiar una situación, e incluso un sistema y una sociedad, haciendo renacer la esperanza en la verdad, la justicia, la libertad y la igualdad. Yo no tengo duda alguna de que Barack Obama es una de esas figuras. Representa el sueño americano, el chico de clase media-baja que a base de talento llega a ser número uno de su promoción de derecho en Harvard. Y le añade una dimensión multicultural, seña de identidad tanto de un país de aluvión como los Estados Unidos como del siglo XXI. Obama no es sólo, o al menos así lo pienso, un político hábil que ha escogido bien a la persona, de talento extraordinario, que le escribe los mejores discursos que haya oído nunca. Es un generador de ilusión y esperanza en el futuro, y nos hace creer, una vez más, que todo puede cambiar. No, esto no es correcto. Lo que nos hace creer es que todo se puede volver a ser como fue, que se puede deshacer todo lo que ha hecho que su país esté desfigurado, irreconocible.
Años después de aquel primer viaje a Estados Unidos, ya adulto, volví a Nueva York y, como todos los turistas, subí a lo más alto del Empire State Building. Era ya de noche y el viento de final de octubre, a cuatrocientos metros de altura, se colaba hasta los huesos. Viendo el prodigio de la cuadrícula de Manhattan a mis pies pensé que representaba la culminación del pensamiento racionalista iniciado por los filósofos griegos y que retomaron los grandes pensadores humanistas del Renacimiento y la Ilustración. Alexis de Tocqueville hablaba con fascinación del “excepcionalismo de América”, en contraste con las anquilosadas monarquías europeas. Ahora es Sarah Palin quien utiliza la palabra excepcional para describir a todo el que se cruza en su camino. Pero quién sabe qué se cuece bajo ese moño.
Estados Unidos nos ha dado, entre muchísimos otros, a Thomas Jefferson, a Ella Fitzgerald, a Abraham Lincoln, a Eleanor Roosevelt, a Edith Wharton, a Gore Vidal, a George Gershwin, a Jackie O, a James Baldwin, a Walt Whitman, a Bette Davis, a Woody Allen. Ha acogido además a todos aquellos a quienes no querían, no queríamos, en nuestros países, ya sea por judíos, libertarios, marxistas o escandalosos. Nos ha dado el siglo XX, con sus miserias pero también con su esplendor y una prosperidad antes desconocida de la que se ha beneficiado gran parte del mundo, y de la que sobre todo nos hemos beneficiado en Europa.
Me cuesta creer que el pueblo americano pueda ser tan necio como para no elegir a Barack Obama, que repito que a mí me parece, y quizá me equivoco, que es una de esas personas excepcionales que hacen avanzar el mundo y de las que hay pocas en cada generación. Pero aunque el pueblo americano pueda ser necio, desde luego no es ciego y ha constatado, como lo hemos hecho todos, el color de la piel de Obama. Y esto es algo que nadie se atreve a escribir, pero no tengo duda de que si pierde será porque es negro. James Baldwin, un escritor clave del siglo XX, que también era negro además de homosexual, escribió en 1963 una carta a su sobrino adolescente, con ocasión del centenario de la emancipación (es decir el final de la esclavitud, el pecado original de los Estados Unidos), en la que decía: “This innocent country set you down in a ghetto in which, in fact, it intended that you perish. … You were born where you were born and faced the future that you faced because you were black and for no other reason.”
Hace muchas décadas que Estados Unidos perdió su inocencia y dudo mucho que la vuelva a recuperar. Una sola persona no va a darle la vuelta, de la noche a la mañana, a toda una situación. Pero estamos ante una oportunidad que el país que tanto me sigue gustando y que por mucho que me lo cambien sigo teniendo como referente, no puede dejar pasar. Aunque sólo sea a fin de cuentas porque la alternativa, que desgraciadamente conocemos tan bien, es aterradora.