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domingo, 24 de mayo de 2009

The Vault


Lo prometido es deuda. Theodore, Stanwyck, va por vosotros. Lo siento, me ha quedado muy largo.

Mi historia de amor con Nueva York (quizá debería decir con Manhattan) se fraguó en los años centrales de la década de los 90. Tuve la enorme suerte de pasar allí casi un mes al año, por motivo de trabajo, de 1993 a 1997. Es curioso, ahora NY me aburre como destino turístico y no es que lo tenga todo visto, ni mucho menos, sino que me gusta tener que levantarme temprano para ir a trabajar, hacer un horario laboral generalmente largo y sacar algún tiempo para actividades lúdicas por las noches. Me gusta sentirme neoyorquino aunque no lo sea, sentir que pertenezco a la ciudad que más me gusta del mundo, y eso sólo lo puedo conseguir haciendo la misma vida que hace un neoyorquino: trabajando y aprovechando el tiempo que sobra después de trabajar.

La Nueva York de los 90 ya no era la de los años 70. En los 70, entrar en Central Park cuando no era a pleno sol era garantía de que algo, no necesariamente bueno, te iba a pasar; ir al norte de la calle 96 era también garantía de problemas, sobre todo si uno es blanco; montarse en un vagón de metro a cualquier hora del día era una aventura sin final definido. Te podías cruzar por la calle con Woody Allen, Bianca Jagger, Andy Warhol, Amanda Lear o Greta Garbo. La ciudad estaba endeudada hasta las cejas. SoHo era la zona más degradada de todo EEUU (difícil de creer a la vista de lo que es hoy), y en sus lofts aún vivían artistas de verdad, no millonarios rusos. Hay una serie de películas, además de las de la Woody Allen, que reflejan una ciudad decadente y fascinante: Shaft, Serpico, Panic in Needle Park, Looking for Mr. Goodbar, Dog Day Afternoon, Cruising (en la que, por cierto Theodore, sale Karen Allen). Cuatro de ellas protagonizadas por Al Pacino, guapísimo con barba en Serpico. En los 90, Manhattan refulgía tras la renovación y la inyección de dinero de los 80, pero a mí me daba la impresión de que en muchas partes de la ciudad no era más que una pátina, una mano de pintura, que otra cosa. Seguía habiendo putiferio. Y donde hay putiferio, allá que voy.

The Vault, que no sé cuando abrió pero cerró cuando el alcalde Giuliani decidió “limpiar" la ciudad, estaba en un sitio muy parecido al del club que sale en Cruising y que aparece en el vídeo del enlace que he puesto. Se ubicaba en la décima avenida a la altura de la calle 13, en pleno “meatpacking district”, donde ahora se encuentran las tiendas de Stella McCartney, Alexander McQueen y muchas otras boutiques de moda modernísimas a precios desorbitados y bares de diseño a la última. The Vault era un club de sexo sadomasoquista, donde se pagaba una entrada alta (50 dólares) por entrar, pero una vez dentro uno podía hacer lo que quisiese, sin más límites que los impuestos por el respeto a los demás. Fue Madonna quien lo dio a conocer al gran público, pues lo utilizó para algunas de las fotografías, las más “risquées”, de su libro “Sex” y como escenario principal del vídeo de la canción “Erotica”, que es buenísimo, por cierto.

La primera vez que fui a The Vault, en otoño de 1994, lo hice en compañía de unos conocidos, residentes en la ciudad, que también iban por primera vez, así que era una aventura compartida. Pagamos y entramos y empezamos a darnos una vuelta por los distintos pisos: planta baja era para singles, planta primera para parejas, planta segunda para gays, planta tercera para lesbianas. Originalmente había una terraza en la azotea, pero los vecinos (no sé que vecinos habría entonces por ahí, pero bueno) se quejaron de las actividades que allí se llevaban a cabo a la vista de todos (ay, los pobres niños) y la cerraron. Lo que más me impresionó nada más entrar fue el silencio, sólo roto por murmullos, algún gemido y algún chasquido. No había música ni ningún sonido de fondo. Nada. También me impresionó lo primero que vi, nada más cruzar el umbral: sentado en un banco en la primera sala había un señor de cierta edad, con su buen bigotón, gorra de cuero negro, arnés en el pecho y un jockstrap también de cuero, haciéndose una paja tan tranquilo.

No había decoración, las paredes eran de ladrillo visto, la luz blanca. El local era bastante laberíntico, pasabas por pasillos donde había jaulas en las que cualquiera podía meterse a hacer lo que quisiera, encontrando en todas ellas esposas, látigos y otros adminículos. En otra sala había una silla de ginecólogo, que no vi usar a nadie. En la sala principal de la planta baja es donde más gente se juntaba, tanto mirones como nosotros, como participantes en los diversos juegos, como una fauna ciertamente extraña y que en el fondo daba mucha pena: auténticos freaks, personas con deformidades físicas, oligofrénicos, algunos que eran todo eso a la vez y que pagaban sus 50 dólares porque, salvo con profesionales (y quizá ni siquiera) en ningún otro sitio podrían satisfacer sus urgencias sexuales.

Todo el mundo buscaba algo de acción: de repente se metían dos mujeres y un hombre en una jaula y empezaban a restregarse entre sí, y como moscas acudía casi todo el mundo, empezando por los freaks, que se masturbaban sin miramientos. Las ventajas de ir en chándal, te bajas el pantalón y ¡voilà! Reconozco que lo que más me impresionó fue un señor, mayorcito, atado con cadenas y esposas por las extremidades, con pies y manos bien separados, que estaba recibiendo unos latigazos por parte de una dominatrix muy de libro. Me llamó la atención no tanto la situación en sí como que al cabo de un rato el hombre, que estaba desnudo y en plena erección, eyaculó sin que nada ni nadie le tocase, sólo gracias al efecto de los latigazos. Ahí se quedó extasiado y crucificado hasta que la dominatrix lo descolgó; el señor le besó la mano, se vistió a la vista de todo el mundo y se fue. Otra cosa que me llamó mucho la atención era un señor, yo diría que cuarentón, con bigote, gafas y pinta de oficinista aburrido, que se paseaba vestido únicamente con un mono de spandex negro que le cubría todo el cuerpo salvo los genitales. Tenía un piercing “Prince Albert” de cuyo anillo colgaba un peso, como el de las pescaderías o carnicerías antiguas. Lo más inquietante era el maletín que llevaba en la mano. A saber qué habría dentro. Alguna gente lo saludaba cuando pasaba a su lado. Un habitual, sin duda.

La sala de parejas era muy parecida, aunque solo te dejaban entrar si ibas chica y chico. Subí a la sala gay y no había nadie. No me molesté en ir a la sala de lesbianas, ni siquiera a mirar desde el umbral, que era algo que te dejaban hacer en todas. Por cierto, no he dicho que además de no haber música tampoco había bar. No se podían consumir bebidas y mucho menos drogas, como te pillasen, según me contaron, aparecía el matón de turno y te echaban, con cajas destempladas, en un periquete. Eso sí, en cada planta había, además de monitores de TV con películas porno sin sonido, un rincón con un buffet para comer tartas y beber té, café o zumos. Podías comerte un New York cheesecake y beberte un té mientras veías como apaleaban al fulano de turno. Me pareció un detalle de lo más tierno.

¿Qué hice yo de relevancia en aquel escenario tan propicio para dejar florecer las fantasías más dormidas? Teniendo en cuenta que éramos un grupo heterodoxo, todos con más miedo que vergüenza, no era plan ser el iniciador de nada. Eso sí, yo fui el único que tuvo una experiencia, digamos, sexual. En uno de mis paseíllos por aquí y por allá se me acercó un lederón (que no estaba mal, la verdad, al menos lo recuerdo así) que me preguntó si podía lamerme las botas. Yo llevaba unas botas de ante marrón, bastante sucias, por lo que me dio algo de reparo, pero mi educación me hizo contestarle que por supuesto, que adelante. ¡Cómo disfrutaba aquel hombre! Se puso a cuatro patas y le pegó unos lengüetazos a las botas como si le fuera la vida en ello. Afortunadamente no era nada genital, por lo que no aparecieron ni mirones ni freaks. Yo tan tranquilo (un poco aburrido al cabo de un rato, no es que me pusiese mucho la experiencia) y él a lo suyo, gozando como una perra. Pasados los minutos (no sabría decir cuántos) y sin haberse masturbado ni nada se levantó y me dio las gracias. Me dejó las botas limpísimas. Espero que aquel fulano no besase a nadie esa noche.

Salimos de ahí muy en silencio y realmente los que fuimos no hablamos mucho de ello ni justo después ni pasados los días. Alguna chica (la que más insistió en ir) estaba muy escandalizada. Un tipo se quedó –daba esa impresión- con las ganas de haberse metido en al ajo. Yo no dije nada. Pero volví, esta vez solo, unos días más tarde. No sé muy bien por qué lo hice, la verdad, el sadomasoquismo no es lo mío, pero me intrigaba la planta gay. Y sobre todo, el hecho de que no hubiese nadie. Así que allá que me fui y subí directo a la segunda (o tercera, ya no me acuerdo) planta.

No había nadie. De hecho había mucha menos gente en general que el día anterior y esta vez daba la impresión de que solo había mirones, salvo un negro con una tranca de escándalo metido él solito en un jaula y dándole al manubrio mientras bailaba. Como me aburría un poco en la planta gay, me senté en la zona de las tartas y los tés y me tomé mi cheesecake, que estaba riquísimo. Y me puse a hablar con el camarero, que era simpatiquísimo y muy normal. Me contó un montón de historias. Me dijo que si lo que me interesaba era un buen palizón o ver acción de verdad, tenía que ir a mediodía, cuando el sitio, al parecer, se llenaba de ejecutivos de Wall Street, que no está tan lejos. Me dijo que había visto pasar por ahí a muchas celebrities (sólo recuerdo de los nombres que me dio a Heather Locklear). Me contó que desde el vídeo de Madonna sólo iban mirones, sobre todo los fines de semana, que ya no era lo mismo que antes. Me contó que bastantes numeritos en las jaulas los montaban empleados a sueldo del local para animar a la gente. El negro del pollón era uno de ellos. Y me contó que si de verdad quería conocer la escena alternativa de Nueva York, tenía que ir a fiestas privadas, en las que (como en “Eyes Wide Shut”) te piden un código, que es repartido a los interesados el mismo día, para poder entrar. Me dijo que acababa en media hora y que iba a ir a una de esas fiestas privadas y me invitó a que fuese con él si me apetecía.

Pero eso no lo voy a contar aquí.

Habéis tenido a Amanda Lear y Heather Locklear en un mismo post, no os quejéis.

La foto que he colgado la he sacado de los archivos on line del “Village Voice”.

sábado, 31 de enero de 2009

Mitos Eróticos: los absolutos

Todo lo bueno llega a su fin. Y todo lo malo también. La serie de mis mitos eróticos va cerrándose. Hoy toca hablar de los absolutos, los que estuvieron, están y estarán en mi panteón de favoritos. Hablo en masculino porque de hombres se trata. Hay mujeres absolutas, por supuesto, pero son demasiado, digamos, evidentes. De las que le gustan a todo el mundo. Y dije al principio que evitaría en lo posible señalar a bellezas sin discusión y me centraría en lugares menos comunes…

Pero no es tan fácil. Si alguien se lee mi perfil verá que entre mis películas favoritas están “Key Largo”, de John Houston, y “Designing Woman” (“Mi desconfiada esposa”, formidable título en español) de Vincente Minelli. Tienen en común que están protagonizadas por la más guapa, la de los ojos más profundos, la de la melena más espesa y bonita. La absoluta.


Cuando filmó KeyLargo, Lauren Bacall tenía 19 años y era ya una mujer hecha y derecha. Intentemos encontrar alguna actriz (o cualquier mujer) que tenga hoy 19 años y que luzca de este modo, en plenitud de su belleza, madura y sin miedo a vivir y expresar sin tapujos su sexualidad.

Muy distinta es mi otra mujer absoluta, más niña, más andrógina, más ambigua y sin embargo irresistible en muchas de sus encarnaciones. Por algún motivo, Holly Golightly (y no, querida Stanwyck, no era un chico, era todo mujer) es un referente femenino para muchos hombres homosexuales, para mí desde luego lo es. Aunque me quedo con la Audrey Hepburn de las películas de Stanley Donen, ya sea “Funny Face” (bajando las escaleras del Louvre con la victoria de Samotracia a sus espaldas) o “Charade”.


Ya lo he dicho antes, me gustan las mujeres hechas y derechas, no las niñatas. Pero me estoy desviando, que yo de lo que quiero hablar es de hombres y como me despiste se me va a colar una foto de Lana Turner en “Imitation of Life”.


Vaya, se coló. Divina, ¿verdad? Perfecta. Pero ya está bien de mujeres. He puesto tres, pues pongo ahora tres hombres. Los absolutos. Mis absolutos. Aquéllos ante quienes me rindo.



Hay algo misterioso en Steve McQueen. Es difícil encontrar fotos suyas en las que sonría, siempre parece estar enfadado, apesadumbrado, siempre parece estar ocultando algo. Me fascina “Bullit”, una película con una banda sonora extraordinaria en la que no pasa casi nada, en el fondo es una excusa para la famosa escena de la persecución de coches por las calles de San Francisco y para que McQueen exhiba todo el cool, que era mucho, que rezumaba por todos sus poros.



Fue un prototipo de hombre moderno cuando ya había terminado la época dorada de Hollywood. Los Rock Hudson, James Dean, Montgomery Clift eran versiones actualizadas de los galanes de las décadas de oro del celuloide. McQueen era el hombre nuevo. Duro pero misterioso. Callado y amante de los coches. Y también, si hacemos caso de los rumores de los años 60, gustoso de darse un buen revolcón con otro tío de vez en cuando. Por variar, imagino. Y ello a pesar de su amor por la guapísima (aunque bastante cursi) Ali McGraw, con quien hacía una pareja estupenda.


Siempre afirmo que lo mío no son los hombres rubios, aunque ninguno de los tres de mi lista definitiva sea moreno. El siguiente, Bruce Willis, me gustaba cuando aún tenía pelo y hacía las aceras chapuceando con Cibyl Sheperd.


Pero me empezó a volver loco cuando dejó de disimular y lució sin complejos, en Pulp Fiction, su bellísimo cráneo calvo.


En realidad lo que me seduce de Bruce Willis es la media sonrisa canalla, la que despliega en todas sus películas, las malas y las malísimas. Es una sonrisa que puede llevar al huerto a cualquiera. Tengo que reconocer que por Bruce Willis he caído en eso que Theodore, en una entrada reciente de su excelente blog, llama "guilty pleasures", secretos inconfesables pero enormemente placenteros. Lo confieso: he visto "Armaggedon" más veces de lo que cualquier persona medianamente decente e inteligente puede y debe admitir. Pero es que me resulta irresistible, qué le voy a hacer, a pesar de su vena patriótico-republicana tan penosa como trasnochada, o a pesar de haber elegido tan mal a sus mujeres (porque Demi Moore ahora tiene un pase pero cuando estaba con Bruce era lo peor). Tiene, finalmente, algo de lo que pocos pueden presumir, y es que está envejeciendo de maravilla.


Termino con mi tercer absoluto, del que sólo pongo una foto. Y eso que hay muchas, muchísimas fotos suyas en internet que cualquiera puede encontrar con un golpe de Google, pero si las cuelgo me cierran el blog, o me ponen un "warning" al inicio, que es algo que no me apetece mucho la verdad.


No soy gran usuario o consumidor de porno (eso decimos todos, ¿verdad?) pero fue en una película porno, llamada "Eruption" y filmada en paradisíacas playas de Hawaii donde descubrí a Dean Coulter, quizá el hombre que más se acerque a mi ideal absoluto. La foto no le hace justicia, no se aprecia su cuerpo esculpido. Ni su culo, que sólo tiene comparación en los de los relieves del altar de Pérgamo, tallados en mármol por artistas griegos que sabían lo que se traían entre manos (y cinceles) hace más de dos mil años. Pero sí se puede comprobar en la foto esa expresión de niño feliz mezclada con el saber hacer de un hombre adulto y experimentado, mezcla que es lo que lo hace, a mis ojos, irresistible. En la escena inicial de la película "Eruption" el bueno de Dean retoza con otro maromo de cuerpo tan imposiblemente bello como el suyo en una playa de arena blanquísima, frente a un mar de un azul inexistente. Hay un momento en que ambos se pasean, cogidos de la mano, por la playa, empalmados o, por decirlo más bonito y como habría escrito Matthew G. Lewis, en pleno vigor de su virilidad, y se besan y abrazan. Es un momento precioso, de una ternura que nunca se ve en el cine porno. Luego se ponen a follar y se acaba la ternura, claro, pero en ese instante previo Dean Coulter es un niño en el cuerpo de un hombre, todo amor y devoción. Buscando fotos suyas para esta entrada leí en algún lugar que hace ya unos años se retieó del cine, se casó con otro chico y montó un negocio de jardinería, que es a lo que se dedican juntos. Que final tan bonito para un chico tan guapo. Espero que le dure la felicidad.

No terminan aquí los mitos eróticos. Hay muchos más. Como dije en la primera entrada los verdaderos son los más anónimos, los que se ven por la calle, en aeropuertos, en restaurantes, en playas, en cualquier ciudad del mundo. Esos que uno ve, escucha o como mucho huele, pero nunca toca. Ya lo decía entonces y lo digo ahora: si se tocan dejan de ser mitos. Y dejan de interesar.

martes, 6 de enero de 2009

Transgeneralidades



Paseando por el centro de Madrid, en concreto por la calle de la Concepción Jerónima, me topé con esta pintada. No me pude resistir a hacerle una foto, con el teléfono por supuesto. En algún lugar he dejado escrito que detesto los grafiti con todas mis fuerzas, no compro la teoría de que es "arte urbano".

Subo la foto al blog porque al ir a borrarla me doy cuenta de su extraño y bonito efecto visual, con cuatro grandes rayas horizontales, casi del mismo tamaño, en diversos tonos de gris. Y al comprobar el extraño efecto visual vuelvo a sorprenderme por el texto escrito en la pared. Me pregunto quién lo escribiría: la apuesta lógica es una persona inmigrante y transexual que ejerce la prostitución, pero no tiene por qué ser necesariamente así. Me fascina la palabra "extrangénero": ¿es un extranjero trangénero? ¿un género extranjero?

Me doy cuenta de que las pintadas que no me gustan son las de tipo "artístico", que por lo demás se suelen limitar a la firma garabateada y rubricada del "artista" en cualquier rincón virgen de una pared o una puerta que no le pertenecen. Pero no me disgustan las pintadas llamémoslas políticas, como ésta, al contrario. Me acuerdo perfectamente de las pintadas que proliferaban en Madrid en los primeros 70 y que pedían amnistía, libertad y democracia antes de la muerte de Franco. Generalmente a las pocas horas estaban ya tapadas por otras pintadas, grandes rectángulos tachados con una equis que borraban cada letra del mensaje "subversivo". Recuerdo que le preguntaba a mi madre en la inocencia de mis 7 u 8 años por aquellos conceptos, amnistía o libertad, y sobre todo por el motivo por el que sólo se pudiesen reclamar de aquel modo. Reconozco que me fascinaba la idea de la censura de las pintadas y me pasaba horas intentando descrifrar las palabras que debían estar debajo de esas celdas de pintura negra que las desfiguraban por completo.

Y ahora, casi 40 años después, me topo con esta pintada que de tan clara resulta totalmente incomprensible. Me siento extrangénero en mi propia ciudad. Pero no es una sensación nada desagradable, la verdad. Más bien al contrario.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Mitos eróticos: modosas, viciosas

Año 1993. Hacía poco que había conocido a mi amiga Pilar y ella lanzó al grupo en el que ambos nos encontrábamos una de sus famosas preguntas retóricas que generalmente sólo yo parezco querer contestar: “Si volvieses a nacer, ¿Quién elegirías ser?” No lo dudé ni un segundo y contesté con firmeza y certeza absolutas: “Charlene Tiltón” (pongo la tilde para que se sepa que lo pronuncié con acento en la “o”). Pilar se inclinaba por Tori Spelling. Nadie más en el grupo comprendía nada. Pilar y yo nos dimos cuenta en ese instante de que estábamos hechos el uno para el otro.

Pero no voy a hablar de Pilar, ni de nuestro amor imposible, sino de Charlene Tilton o, mejor dicho, de un tipo de mujer, llamémosla modosa y viciosa, que me atrae mucho. Modosa en apariencia, viciosa en realidad. O decente pero putón, por utilizar una terminología trasnochada pero graciosa.

Esta foto de Charlene, o mejor dicho, de Lucy Ewing, lo explica todo: sonrisa de niña buena, trencitas de colegiala, bien tapada por la blusa, ojillos de chica obediente. Pero claro, todo era aparecer Ray Krebbs, el ranchero buenorro de “Dallas” y se le disparaba la hormona, le aparecía el canalillo por la blusa y le subían los picores y sudores entreperniles.

Algunas de mis modosas/viciosas favoritas han desfilado ya por aquí, como por ejemplo Ana, Sra. de Johnny. Blusitas campesinas, falditas hippies pero no mucho, pelito ondulado, murmullos suaves… y luego le salía de ese cuerpecillo menudo el espíritu berreante como poseído avant-la-lettre por Mónica Orange-tree, pidiendo que la liberasen del pudor. Ana es buen ejemplo de cómo abundaba la chica modosa y viciosa en los 70. Claro, aún se conservaban las buenas maneras de puertas hacia fuera, pero de puertas adentro… ¡ay! todas guardaban la píldora en su cajón.

También ha aparecido antes en el blog Jessica Harper.

La película el Fantasma del Paraíso me fascina y en tiempos me obsesionaba. Lo mejor era la Harper, que se dejaba corromper sólo por poder cantar y recibir aplausos. La Harper es buen ejemplo de que, además, todas las actrices modosas y viciosas tenían una tendencia innata hacia las películas de terror. Es curioso como hoy, que se ha recuperado el cine de terror gore de Darío Argento (ver títulos de crédito de “Matador” de Almodóvar), se la recuerda como protagonista de la muy angustiosa “Suspiria”. Esa película deja clara qué les pasa a las chicas buenas que deciden seguir el mal camino: acaban descuartizadas, además de mancilladas, claro.

Jessica Harper retomó el papel de Janet, del Rocky Horror Picture Show, en su secuela, hoy olvidadísima (y que hay que recuperar): “Shock Treatment”. La Janet original, Susan Sarandon, era otro prototipo de modosa, que cae en el vicio por obra en esta ocasión de un travestí, Frank’n Furter, que de paso también se cepilla a su novio. Lo bien que se lo pasaban.

Pero la foto que dejo no corresponde al Rocky Horror, sino a “El Ansia”, a la escena en que, al compás de Délibes, Susan se deja seducir por Catherine Deneuve, la madre de todas las viciosas (modosa yo creo que no, en Belle de Jour era más frígida que otra cosa, pero lo dejo abierto para discusión).

Además de Ana (de Johnny), en España tuvimos otra gran modosa y viciosa, que además tuvo un final muy trágico en la vida real.

Sandra Mozarowsky era guapísima y no entiendo cómo no es más recordada. Lo único casi que se encuentra en Internet es información sobre su suicidio con 18 años de edad, cuando había iniciado una carrera cinematográfica prometedora en España (me quedo, aunque sólo sea por el título, con “Call girl: la vida privada de una señorita bien) e internacional (“Tren privado para Hitler), siempre en ese mundo del terror erótico que estaba a caballo entre el cine serio y el del destape más chusco (y entrañable, añado, aunque no me gusta la palabra pero no encuentro otra).

Los años 70 terminan con una de mis películas favoritas de todos los tiempos: Alien, que vi en 1979 en aquel viaje a Estados Unidos del que he escrito ya demasiado.

Difícilmente se puede decir que Sigourney Weaver da el tipo de modosa. Y menos en Alien, primero en plan mujer empoderada dando órdenes a todo quisqui y luego cazando el bicho con un lanzallamas por toda la nave Nostromo. Pero la imagen que he colgado está en mi particular imaginario erótico (como en el de tantos otros hombres de mi generación, mayormente heterosexuales). No es tanto la modestia, como la vulnerabilidad. Es el momento sexual de la película. El espectador CREE que el bicho está muerto, pero SABE que anda por ahí. Y la visión de los huesos pélvicos, los pezoncillos y la braga que apenas oculta el bosque de Sigourney lo despiertan. Era modosa y viciosa sin saberlo.

Termino con Rachel Ticotin.

Quizá alguien se acuerde de ella, pero me arriesgo a pensar que no será así. Interpretó a Melina, el objeto del deseo de Arnold Schwarzengger en otra estupenda película de ciencia-ficción, “Total Recall”. La incluyo principalmente porque ella es la verdadera modosa/viciosa. Me explico: cuando el personaje de Arnold va al centro de sueños “Rekall” a montarse una aventura virtual en Marte, le piden que describa a la chica que quiere que lo acompañe y dice (su mujer era Sharon Stone, por cierto) que le gustan morenas y atléticas. Y sobre su actitud dice, mientras va cayendo dormido por la anestesia, que quiere que la chica del sueño sea “modosa”… y abre los ojos y dice “viciosa”. En inglés es aún mejor: “demure… sleazy”.

Aunque sólo fuese por eso, no podía faltar en esta lista.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mitos Eróticos. Parejas

A veces los mitos eróticos me vienen en forma de pareja, y me resulta inevitable que me gusten ambos componentes de la misma, o que por separado no me gusten. O no me gusten tanto, no sé si me explico.



Yo no sé cómo lo hace pero Warren Beatty siempre tiene cara de haber echado el mejor polvo de su vida. Quizá sea cierto porque, como dijo Shirley MacLaine, ella es la única actriz de Hollywood a la que no se ha tirado, y ello debido únicamente a que son hermanos. El Sr. Warren ha tenido multitud de parejas, pero a mí me gusta en compañía de Julie Christie. Por separado me gusta casi más ella que él, juntos me parecen irresistibles. Beatty tuvo otra pareja espectacular, Michelle Phillips (de Mamas and the Papas) pero me quedo con Julie y su cara de estar esclavizada en la cama, y encantada. Me pregunto que será de la vida de WB, casado sexagenario con Anette Benning, ahora que ésta ha pasado a engrosar las filas de las deformadas por la cirugía (¿por qué lo hacen? Un retoque, vale, pero ¿cambiarse la cara entera para parecer la cuarentona que nunca fue?) Dejo una segunda foto de JC con WB barbudo. Aún más guapo.



James Taylor podría haber entrado en mi panteón de melenudos y, en su caso, bigotudos. Lo que pasa es que a mí JT me gusta sólo de dos maneras: cantando o en compañía de Carly Simon. Me ocurre un poco lo mismo que con la pareja anterior: me gusta más ella que él.

James Taylor, antes de quedar hecho polvo por la heroína, perder el pelo, divorciarse de Carly y hacerse mayor, limpio de drogas y predecible, era muy atractivo, muy de my gusto 70's. Pero es con Carly Simon, sus ojos transparentes, su boca inmensa, dientes peligrosos, melena espesa y, sobre todo, esa pinta de niña bien metida a hippy-moderna cuando JT reluce de verdad. De nuevo dejo una segunda foto.


Soy un pesado, lo sé, siempre dándole vueltas a lo mismo. Pero no me puedo resistir a incluir a Ana y Johnny, aunque ya les he dedicado más de un post y los he citado montones de veces. Es que la gente no me cree, pero mi despertar sexual se lo debo a ellos. De nuevo, me gustaban los dos a rabiar. Johnny era guapísimo, de eso no hay duda. La cicatriz del labio superior le daba además un morbo adicional muy especial. Ana era maravillosa, modosa y viciosa, con esa cara de niña buena, esa voz que no era de este mundo y que decía aunténticas barbaridades a grito pelado. De verdad, yo tenía poco más de diez años y ellos me hicieron darme cuenta de que el amor, el de verdad, el que se expresa por la entrepierna, existe y además da mucho gustirrinín. Me atrevería a decir que justifica nuestra existencia, pero hoy es domingo y estoy relajado así que no me pasaré de la raya.

¡Pobres Tina y Carmela! Eran la bomba. A mí no me gusta la rumba ni el flamenco. El flamenco no me gusta nada, no lo comprendo. Y sí, me molesta que por esos mundos se crea que todos los españoles llevamos en la sangre el flamenco y los toros (soy abolicionista, por supuesto). Pero Las Grecas marcan época. Y otras cosas también, con esos pantalones tan apretados. A mí me parecían lo más sexy que me había echado a la cara nunca. Y no, no son el típico "one-hit wonder", que también son responsables de "Anabalina", que es como la alianza de civilizaciones pero treinta años antes y, además, sin la barriga indecente de Moratinos. Es una pena que no haya más vídeo que éste, casero. "Salam Salam Maleikum Maleikum Maleikum Salaaaam", se desgañitaban las pobres. Y no es sólo lo musical lo que me gusta, que me encanta, sino todo el conjunto en sí, que exudaba un sexualidad que yo no comprendía pero sabía que estaba ahí.



Más bien al contrario, sí que lo comprendía, y qué bien lo comprendía, respecto a Starsky & Hutch. ¡Ay, qué recuerdos! Pegadito a pantalla me tenían desde un buen rato antes de que empezara la serie en nuestra TVE de los 70.
Por cierto, hago un inciso: el mejor regalo que me hicieron por mi reciente cumpleaños, fue un ¡Hola! del año 75. ¡Gracias mágicas, Anabel! Todos los que estábamos de festolín nos pusimos a leerlo enfervorizados, sobre todo al llegar a la programación de televisión. La primera empezaba a las 13:45 y cortaba a las 16:30 para volver a empezar a las 18:45. No había otra cosa (bueno sí, tres horitas de noche en el UHF, la 2). Así hemos salido algunos. A lo que estaba: yo me apalancaba ante la tele antes de los títulos de crédito, no me fuese a perder el nanosegundo de secuencia en que salen ambos en la sauna con toallita y pistola. Hombre, en realidad a mí me gustaba Paul Michael Glaser. A David Soul lo veía más como para chicas, de hecho cu cancioncilla del verano fue un himno de fans y a mí aquello no me gustaba nada. De nuevo, por separado no les veía tanta gracia, pero juntos me resultaban irresistibles. El coche, los mafiosos negros. Qué tiempos. Dejo otra foto, que la he encontrado en los basureros del ciberespacio y me ha hecho mucha gracia. Espero que guste...

Termino ya. Y lo hago con la pareja protagonista de la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Y quien diga otra cosa, que lo justifique.

Menuda secuencia de títulos. Barcos, Ferraris, tetas moviéndose al tuntún de los bongos (bueno, en realidad son Rototoms, pero no quiero pasarme de enteradillo), loros, flamencos, Jai Alai, bikinis, skyline, arquitecturas postmodernas. Y una música bestial. Al contrario que en Starsky y Hutch, los protagonistas, Crockett y Tubbs, no salen en la secuencia de títulos. A mediados de los años 80, yo ya era un chico mayorcito y no me valía cualquier cosa. Jamás me ha gustado el tipo "guaperas" a la Don Johnson, aunque haber estado casado, dos veces además, con la Griffith tiene mucho mérito. Philip Michael Thomas era muchísimo más atractivo, sin duda. Pero, de nuevo, tenían que estar juntos, en pareja. Por separado no me gustaban ni el uno ni el otro. Pero los trajes gris perla brillante con camiseta rosa recortada del uno, y las chaquetas cruzadas y entalladas, con buena hombrera, del otro, eran para mí un referente fundamental. Además, la serie era buena de verdad, con muchas referencias a hampas cubanas, corrupción policial, drogas de todo tipo, submundos varios (incluido "leather") y miserias de todo tipo. O sea, todo lo que me gusta. En la sexta temporada salió Jermaine Stewart en la serie, vestido con chaps de cuero blaco con flecos. ¿Qué más se puede pedir?
Por favor, que no haya menciones a secuelas cinemátográficas de S&H o de Miami Vice. ¿Cómo se pudieron atrever?

lunes, 27 de octubre de 2008

Mitos Eróticos. Morgan Fairchild


Tengo que hacer una confesión. No es bueno dejar que las cosas se queden en el armario, hay que salir de él. Por eso, aquí, ante mis queridos lectores, voy a confesar mi secreto más íntimo.

Tengo tendencias heterosexuales.

Es algo que sé desde pequeñito y aunque he luchado contra ellas denodadamente, siempre ha sido en vano. Y es que no lo puedo evitar. Cuando veo algunos especimenes femeninos se me despierta la libido y me pongo muy burro. Desde mi más tierna edad, consciente de la perversión que me invadía y que amenazaba con arruinar mi vida y la de aquéllos que me rodean y me quieren, quise que mi familia me enviase a un centro de reeducación sexual para frenar esas tendencias tan nefastas, tan condenables, tan feas. Pero no hubo manera, no se daban cuenta de nada y me dejaron crecer tan normal. Para añadir leña al fuego, y al igual que a nuestro ex presidente del gobierno, a mí me gusta la mujer-mujer. Nada de marimachos en pantalones. Eso se lo dejo a otros. A mí lo que me va es el tacón, la laca de pelo y de uñas, las sesiones de peluquería interminables, la ropa bien ceñida marcando curvas, los escotes de vértigo, el estampado de leopardo. El modelo putón, vamos. Sin ánimo de ofender.

Morgan Fairchild, reina de la televisión basura (la de verdad, no ese sucedáneo que nos dan ahora) era dueña de mis sueños post-adolescentes más húmedos e inconfesables. Barbie hecha carne y hueso, famosilla de medio pelo que nunca hizo nada de relieve pero era conocida de todos, se adelantó dos décadas a la tendencia estética actual, marcada sin duda por años de brega de drag queens y transexuales, de una feminidad exagerada, recauchutada, sin complejos. La Fairchild intervino, ente otras joyas de los años 80, en "Dallas" y en "Falcon Crest" como artista invitada y protagonizó dos series olvidadas… por algunos. “Flamingo Road” elevó temperaturas con escenas tórridas. Y “Paper Dolls”, monumento camp y, como Morgan, adelantada a su tiempo, nos dejó unos crédito de apertura inolvidables. Ambas series duraron poco en pantalla, una temporada escasa. Como diría la propia Morgan, las palomitas gustan a todo el mundo, pero el caviar sólo a unos cuantos.



Quien no vea los paralelismos con "Melrose Place" (Racine, el personaje de la Fairchild, es la precursora de Amanda, interpretada por otra de mis musas mujer, Heather Locklear, también superviviente de los grandes culebrones de los 80, que participó en "Dinastía") es que no ha visto mucha televisión. "Sex and the City" no habría existido sin estas Muñecas de Papel. Ojo al reparto, entre ellos: Lloyd Bridges, ya jurásico, haciendo jogging metiendo la tripa; Dack Rambo, chulazo de impresión que desgraciadamente murió no mucho después de sida; Mimi Rogers, la primera señora de Cruise, gran bellezón a pesar de su mandíbula de bulímica; Nicolette Sheridan (sí, Edie Britt en “Desperate Housewives”, 25 años y mucha cirugía antes) en su primer papel. La trama importa poco: básicamente folleteo, abuso de poder, de sustancias y aprovechamiento de menores sin escrúpulos en el mundo de la moda. Todo muy inocente.

La Fairchild tiene en su haber varios momentos televisivos inolvidables: fue la novia de Sandra Bernhard en una par de episodios de “Roseanne”, formando la perfecta pareja butch-femme; y fue la madre de Chandler Bing en “Friends”, algo que en sí no tendría tanta relevancia si no fuese porque el padre del bobo de Chandler era Kathleen Turner. Gran momento camp (lo siento, me repito) de una serie algo tonta. Ya más en serio, a Morgan Fairchild le honra haber sido una de las primeras personalidades de Hollywood que se tomó en serio la lucha contra el sida, cuando la enfermedad aún no tenía nombre. Ella misma cuenta que empezó a ver morir a su alrededor a amigos suyos, hombres jóvenes y saludables que sólo tenían en común que eran homosexuales. Y supo que ahí había algo raro, que tenía que ayudar y se puso manos a la hora. Hoy sigue en ello.

Me encanta la foto que he colgado de Morgan Fairchild al principio de este post. Lo digo en serio, me sigue resultando muy atractiva. Si uno va a su página web puede comprobar lo bien que se ha conservado, es realmente impresionante. Claro, que es la ventaja de haber sido de plástico desde el principio. De plástico pero con un corazón (y unas tetas) de oro.

sábado, 18 de octubre de 2008

Mitos eróticos. Barbudos y melenudos

Así es como mi abuela se refería a un tipo de hombre que abundaba a mediados de los años 70 y que a mí, en plena preadolescencia, me provocaba serios picorcillos.

Nunca me he podido resistir a una buena barba, y sigo pensando que los hombres estamos mucho más guapos con ella. Larga o corta, da igual el tipo, lo importante es que esté cuidada. Pero no demasiado.


Nunca comprenderé el motivo que llevó a Cat Stevens a dejar de escribir y cantar maravillas como "Morning has broken", convertirse al Islam y dejar de ser guapo. Aunque por algún motivo en casa se escuchaba sobre todo música americana, Cat Stevens era la excepción británica y yo deseaba tener ese pelo y esa barba y cantar con su misma voz, tan agónica y triste. Mis hermanos tenían sus discos y yo me quedé prendado primero de las fotos y después de la música.


Algo parecido me pasó con otros cantantes, como Murray Head, el Judas original de Jesus Christ Superstar en el West End. La banda sonora del montaje londinense de la obra fue por cierto el primer álbum que me compré con mi dinero, el mismo día que adquirí "I love to love" de Tina Charles. Yo no sé cómo nadie se daba cuenta de lo mío a tan tierna edad. A lo mejor era yo el que no me daba cuenta de que se daban cuenta. En fin. A mí me obsesionaba su canción "Say it ain't so", que salía en una película que el propio Murray Head interpretó con Marisol y me aterraba y fascinaba su voz temblorosa y su cara de susto. Tiene en su haber acostarse tanto con Glenda Jackson como con Peter Finch en la película "Sunday bloody Sunday", una de las primeras en abordar sin tapujos temática homosexual. Es una pena que sea recordado por "One night in Bangkok". Que no está mal, pero para entonces se había cortado el pelo.


Aunque me doy cuenta de que parte de mis lectores son poco aficionados al deporte, me temo que tengo deportistas en mi lista. Detesto el fútbol, aunque no tanto el deporte en sí, que puede ser entretenido, como por lo que significa cultural (ejem) y socialmente. Pero nos deja buenos ejemplares con los muslos al aire. Y no estoy pensando sólo en Iker Casillas, que también (pero que en esta entrada no tiene cabida). George Best es un icono de estilo de los 70. El pelo, la barba, la camiseta por fuera, el alcohol, la violencia, el talento, los ojos. Cuando vivía en Londres lo vi una vez, bebiendo chardonnay a las 10 de la mañana en un pub de la zona de Hamemrsmith, con la piel amarilla y los ojos muertos. Le quedaba un par de años de vida.


Otro deportista, ni melenudo, ni barbudo sino bigotón, que tenía en forma de poster residencia en la pared de mi cuarto: Mark Spitz había asombrado al mundo con sus siete medallas en Munich. Este año se le ha recordado mucho, por la hazaña de otro nadador, mucho más feo, en otros juegos olímpicos. Yo al bueno de Mark lo tenía colgado, en el esplendor de sus Speedo con barras y estrellas y sus siete medallas al cuello, junto a la foto de los murales abstractos que hizo Fernad Léger para la sala de la Asamblea General de Naciones Unidas. Me gustaba la ONU en vez de jugar con Barbies o el Madelman. Qué rarito he sido siempre.


A Michael Sarrazin apenas se le recuerda, pero la película "Danzad, danzad malditos" ("They shoot horses, don't they" en original) de Sydney Pollack, sobre la gran depresión (sí, la misma que se nos avecina de nuevo) me impactó muchísimo. El bueno de Michael, muy alto y de físico desgarbado, y que ha envejecido fatal, hacía pareja de Jane Fonda en un maratón de baile. En la vida real lucía bigote y look espléndido, copiado hasta la saciedad por Tom Ford desde mediados de los 90, como se ve en esta foto.


Quizá el barbudo qué más picores me provocó, en parte porque reparé en él algo más mayor, fue Kris Kristofferson. Aviso a navegantes: no, repito NO me gusta la música country (salvo que se considere a kd Lang una cantante country, claro). Tampoco soy fan de Barbra Streisand, pero "A star is born" siempre me ha puesto muy nervioso -en el buen sentido, se entiende. Y recuerdo haber ido a ver "Convoy", en que KK hacía pareja con Ali McGraw, unas siete veces. Esa estética "biker", que Cher explota a la perfección en su vídeo "Hell on wheels", me atraía entonces muchísimo, y ahora me hace gracia. Pero Kris K, de nombre tan redundante y ojillos muy juntos, sigue estando de muy buen ver con todos su años a cuestas.

Con grandes excepciones, eran barbudos extranjeros los que me gustaban. Las barbas invadían España cuando desaparecían en Estados Unidos y Gran Bretaña, con la cortina de humo y al ritmo de los 120 bps de la música disco, a la que yo me apuntaba rápido, o la esquizofrenia punk que nunca fue de mi gusto. A la mayoría de los barbudos locales siempre los veía con un barniz progre y sobre todo trasnochado que no era de mi gusto. Me va más el cashmere que la pana, lo siento no puedo remediarlo. Hay algún barbudo patrio que sí me gusta mucho, pero ya de otra época. A alguno de ellos dedicaré quizá una entrada posterior. Tengo sin embargo un recuerdo muy concreto y a la vez muy vago de los años 70 que quizá algún lector me ayude a reconstruir. No hay nada en Internet, al menos que haya podido encontrar. Se trata de una anuncio de vaqueros Grins, marca desaparecida, en el que se veía un grupo de rock de corte hippy-melenudo tocando en plena calle de modo espontáneo, adelantándose a Astrud. Ante la mirada atónita y el gesto de censura de viandantes mayores cantaban una canción que me sé de memoria, letra y música, que dice así:

"No me gusta señora que me digan lo que debo hacer
Esto está bien, esto está mal
Hace ya tiempo que decidí dejarles de escuchar
Visto como quiero, Grins, Grins, Grins."

Yo me quedaba extasiado mirando la pantalla. ¿Soy el único que se acuerda?

p.s. he escrito esta entrada en el nuevo Mac de mi chico. Me encanta el teclado, odio el ratón, babeo con la pantalla gigante y brillante, me tengo que hacer con el sistema operativo.

sábado, 11 de octubre de 2008

Mitos Eróticos. Mats Wilander



Con la excepción de Cyd Charisse, Mats Wilander tiene las piernas más bonitas que este mundo haya visto.

Me gusta el deporte. No me paso el día ni mucho menos pegado a la pantalla de televisión viendo programas deportivos, pero hay ciertas cosas que me gustan mucho. Los saltos de trampolín sincronizados, el salto con pértiga, el baloncesto (deporte que yo practicaba el el colegio y la universidad, y era bastante bueno), las grandes finales de tenis. Y si a mi gusto por las finales de tenis se le añade mi obsesión por todo lo sueco, la ecuación tiene por resultado Borg, Edberg y Wilander. Edberg, como que no. Borg, como que tampoco. Pero hete aquí que viendo una final de Roland Garros en algún momento de los años 80 descubrí las piernas de Mats. Las piernas y la extremidad superior de las mismas cuando se le juntan con el torso, no sé si me explico.

Tengo que reconocer que más que gustarme, yo lo que quería es ser Mats Wilander. Lo he escrito bien. No quería ser como Mats Wilander, sino ser él. Vamos a ver, en mi mundo ideal, yo sería sueco, muy alto y muy delgado y tendría mucho pelo rubio, rizado y largo. Barbita rubia de tipo, pues eso, sueco. Ojos claros, un punto hippy. Sólo un punto. Pero no. Tenía que nacer castellano. Con algo de mezcla, pero mesetario puro. Así que me tengo que conformar con admirar a distancia todo lo sueco, empezando por las piernas de Mats Wilander.

Mucha fantasía me monté en mi cabecita con Wilander a lo largo de los años 80, cuando ganó no sé cuantos torneos del Grand Slam y era lo más del mundo tenístico. Aunque me di cuenta poco a poco de que no era tan rubio. Ni tan alto (más o menos como yo... y yo no me tengo por mi ideal de altura). Siempre le quedaban las piernas. Y que es sueco, claro. Pero empezó a no bastarme, y ello coincidió con su decadencia deportiva. Es una pena, cuando eres joven los mitos deportivos parecen eternos, al hacerte mayor te das cuanta de lo rápido que caen y se van sucediendo unos a otros.

De momento, no he visto ningún otro que tenga unas piernas, o un culo, como Mats. Pero todo es cuestión de seguir esperando, que prisa no tengo. Bueno sí, tengo prisa de que vuelva la moda de los pantalones de deporte cortos y algo ceñidos. No puedo con los de corte pirata. Es como las chanclas. Me supera.

sábado, 4 de octubre de 2008

Mitos Eróticos. Karina.


Karina fue la primera.

Y el primer amor nunca se olvida.

Buscando fotos y vídeos en internet me ha sorprendido ver que, en contra de lo que yo recordaba, Karina tuvo sus mayores éxitos en los años 60 y su carrera estelar acabó con ese segundo puesto en Eurovisión en 1971. Iba a haber colgado algún vídeo de "En un mundo nuevo" que en el fondo es mi favorita de todas sus canciones (y Fangoria la ha versioneado al estilo PSB, deberían haber mantenido los arreglos orquestales), pero he preferido éste, en blanco y negro, donde se puede apreciar mejor la melena rubia y espesa, sus ojos claros, que me encandilaban, sus dientes perfectos y los pómulos desafiando la gravedad. Y además, por supuesto, su voz, su acento andaluz tan suave y su imagen, moderna e inocente a la vez. Modosa y viciosa. Ése es un patrón que se repetirá a menudo en mis mitos eróticos femeninos.

Lo que no puedo creer es que yo tuviese esa fijación con Karina con menos de 5 años. No tengo demasiados recuerdos de mi primera infancia, pero uno de los más claros e inolvidables es el "comediscos". Para los lectores más jóvenes, y aunque he puesto un enlace, contaré que el comediscos era un tocadiscos portátil a pilas, con altavoz integrado, que te colgabas del hombro y llevabas por donde quisieras, poniendo sólo "singles" que se introducían por una ranura. Era el colmo de la modernidad pop. A mí me echaban de todas partes porque iba con mi comediscos (rojo, por supuesto) a tope por doquier, poniendo sobre todo canciones de Karina. Tenía todos sus discos y los perdí cuando dejé que mi hermana se los prestase, hará ahora 20 años, a su amiga Isabel para una fiesta retro. No los volví a ver. En esa fiesta también perdí el primer EP de Alaska y los Pegamoides (sí, el del diorama con dinosaurios y barbies hecho por Costus) y el LP de Almodóvar y MacNamara. Sólo hay un idiota mayor que el presta un disco (o un libro): el que devuelve un disco (o un libro) que le han prestado.

Karina, que sobrevivió a un cáncer, se casó con varios hombres, al menos dos de ellos notorios homosexuales. Imagino que, como Judy Garland, debió sufrir lo suyo. Es curioso cómo muchas mujeres no son capaces de darse cuenta de que sus maridos son maricas. Aunque quizá sí se dan cuenta pero se dejan llevar por sus sentimientos sin pensar en posibles consecuencias. Es algo que todos hemos hecho. Han pasado muchos años, 40, desde el vídeo que he colgado, pero Karina aún sigue haciendo galas cantando sus canciones antiguas, su baúl de los recuerdos, y aún conserva sus ojos claros y, sobre todo, su voz, que no parece verse afectada por la edad.

Suena injusto, y probablemente lo sea, pero se me rompió aquel amor tan intenso como asexual cuando quedó segunda en Eurovisión. Ya lo he escrito aquí: lo que pude llorar aquella noche. Fue casi como una traición que no le perdoné. Qué bobo.

Bueno vale, cuelgo "En un mundo nuevo" en versión en inglés. Toma ya.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Mitos Eróticos

Doy comienzo a una nueva serie en este blog. Como el nombre de esta entrada indica, voy a ir desgranando los nombres de mi panteón particular de mitos eróticos.

Es difícil describir lo que entiendo por mitos eróticos. No me estoy refiriendo a personas, más o menos conocidas, que me producen un deseo automático de acostarme con ellas, aunque ése puede ser un criterio. Voy a enumerar y describir hombres, mujeres, parejas e incluso tríos, todos (medianamente) famosos, que por algún motivo han suscitado en mí y en algún momento una curiosidad de tipo sexual, erótica o afectiva. Es posible que lo hayan hecho por su estilo, como Jermaine Stewart, por su voz y la paz que transmite, como Christine Schäfer, por sus piernas interminables, como Sylvie Vartan, o por sus pectorales de acero como…. Mejor no doy más pistas.

Quien haya seguido este blog ya habrá leído algo sobre muchos de mis favoritos y favoritas. Procuraré ser lo menos repetitivo posible y no me extenderé hablando de aquéllos sobre quienes ya he escrito. Añadiré mucho humor (por favor, que nadie se tome esto demasiado en serio) aunque siempre habrá un punto de verdad en lo que digo, en todos los casos habré tenido un momento de debilidad por la persona, o personas, sobre quienes escribo, por increíble que pueda parecer. Llevo unos días trabajando sobre una lista, pero en ningún caso está cerrada. Y animo por supuesto a mis queridos lectores a que den su veredicto, siempre acertado, sobre mis seleccionados, y a que sugieran posibles nombres, a la vista de mis gustos, que pudiesen engordar la lista.

Hago una advertencia final: evitaré los nombres más típicos, las mujeres y hombres más deseados. No estarán Ava Gardner ni Rock Hudson, tampoco Matthew MacConaughey ni Jennifer López. No incluiré a Marlon Brando (al joven desde luego no, pero quizá al mayor sí) ni a Uma Thurman, mujer perfecta. Todos ellos me gustan y erotizan, y mucho, pero mi intención es, salvo excepciones, huir de lo que nos gusta a todos y, fiel a mí mismo, reunir un grupo que sea mezcla de caspa y glamour en igual medida, refinamiento de Hollywood y España cañí a partes iguales.

Lo más curioso es que quienes me erotizan de verdad, aquellas personas por quienes en ocasiones siento un deseo súbito, los verdaderos mitos eróticos que se ven pero nunca, jamás se tocan, son siempre extraños, hombres (y mujeres) anónimos que me cruzo por la calle, en aeropuertos, por Madrid o en alguno de mis viajes. Y siempre es un olor, un color, la textura de una prenda de ropa, un peinado, un sonido, o (¿por qué no admitirlo?) un buen culo lo que me atrae de ellos. A todos esos mitos eróticos anónimos y a todos mis fieles lectores, de quienes espero muchos palos y a quienes espero proporcionar muchas risas, estarán dedicadas todas las entradas que escriba en esta sección.

Qué bonito me ha quedado.

sábado, 15 de marzo de 2008

Fin de semana perfecto

Desde hace ya muchos años, compro y leo todos los sábados el periódico Financial Times del que me gusta, en especial, su sección de fin de semana, que es lo más parecido al semanario europeo sobre política, cultura y estilo de vida del que estamos tan necesitados quienes vivimos en este continente (y eso que ha perdido mucho en los últimos tiempos). El primer fin de semana de cada mes te regalan con el periódico una revista insultante, llamada "How to spend it" en el que se le dice a nuevos ricos como gastarse los millones. No deja de ser curioso hojear el listado de yates italianos, joyería centroeuropea y casas de alta costura y habitualmente poco gusto que se anuncian, pero lo que siempre me leo con fruición es la página final en la que un personaje supuestamente famoso/influyente/importante cuenta como es su fin de semana perfecto. Así que, como nadie, ni siquiera el FT, me va a pedir que diga cómo es mi fin de semana perfecto, lo cuento aquí.

El fin de semana tiene que ser una fiesta para los sentidos. Para todos los sentidos. Como tengo la mala suerte de tener un trabajo absorbente que además me pilla lejos de casa, mi fin de semana suele empezar el sábado por la mañana, salvo que haya alguna cena el viernes. Si algo me gusta en este mundo es una buena sesión de sexo nada más despertar. Es curioso que los que escriben en el FT no mencionan nunca el sexo en su descripción del fin de semana perfecto, será imposición del guión del periódico, porque si no, no lo entiendo. Yo soy consciente de que a primera hora no le apetece a todo el mundo, pero procuro encargarme de quien comparte mi cama comparta también mis escozores matutinos. Para mi suerte no suelo encontrar (demasiada) resistencia. El sexo siempre despierta dos cosas en mí, las endorfinas y mucha hambre, así que, lleno de energía y empuje tras el arrechuchón, me voy raudo a la cocina a preparar la comida más importante de la semana.

Un buen zumo de mezcla de cítricos y lleno de antioxidantes, fruta fresca, tostadas del pan de mezcla que hacen en el Museo del Pan Gallego de la calle Hileras (los fines de semana perfectos del FT están llenos de direcciones y marcas, no voy a ser yo menos), tomate fresco rallado, aceite de arbequina de primerísima calidad, jamón y charcutetía, huevos pasados por agua, yogur y lácteos (queso no, al menos para mí, que soy poco quesero), café recién molido. Nada me gusta más que desayunar mucho y con tiempo por delante.

Por imposición laboral, suele tocar hacer compra el sábado. A veces es inevitable ir a ECI, pero eso no entra en mi idea de la perfección, así que lo omito (bueno no, critico la lentitud e ineficacia con que te sirven en el Club del Gourmet, qué pesadez), pero sí incluyo la compra en el Mercado de la Cebada. Sobre todo la frutería Bejarano, donde venden unos productos realmente maravillosos, además tan bien colocado todo, que es lo que en realidad más me gusta. Quizá uno tenga la mala suerte de que le atienda el señor mayor, que siempre cuela un par de kiwis pasados o algún kumato aplastado cuando no miras, pero bueno, la perfección nunca es perfecta.

Los fines de semana procuro salir lo menos posible y disfrutar del piso, bastante cómodo, en el que vivo y que aprovecho poquísimo entre semana. Como además del sexo y la comida lo que más me gusta es leer, dedico mucho tiempo a ponerme al día con las revistas a las que estoy (estamos) suscrito(s). Y que son: Vanity Fair, The New York Review of Books, The Economist, Granta y Monocle. Me temo que todo es en inglés, uno tiene esa deformación. Como leo libros en el transporte público durante la semana, me permito el lujo de dedicarme a las revistas los sábados y domingos. Tengo que reconocer que salvo The Economist (que cada día aguanto menos) y Granta (muy literaria, leo piezas sueltas), las otras tres me las leo de Pé a Pa. Vanity Fair me sigue pareciendo una revista modélica, con la mezcla perfecta de show-biz y seriedad. En su último número hay un artículo buenísimo sobre tres grandes divas del folk, Carole King, Joni Mitchell y Carly Simon. De ellas, y de otras mujeres de su época, hablaré en un próximo post. NYRB ya se ha convertido en imprescindible, sus artículos son tan largos que los de otras revistas siempre saben a poco. Monocle es una buena adición, heredera, algo más madura, de Wallpaper, y aún en su primer año, por lo que promete.

Además de leer, cocinar es una parte importante del fin de semana. Para los que, como yo, no tenemos ningún talento, es el único modo de dar salida a nuestros intentos de ser creativo. Y para los que tenemos un marido con madera y hechuras de tres estrellas Michelin, pues aún mejor. Si bien los sábados salimos en ocasiones a comer fuera, los domingos siempre cocinamos algo sustancial. Solemos alternar un arroz, que hago yo, o un asado, que hace él. A veces se tercia invitar a amigos, mucho mejor así. Y buenos vinos claro. Ruedas, Albariños, Prioratos, Riojas. Y lo que se tercie, manzanilla y cava. Este fin de semana, por cierto, se ha producido uno de los acontecimientos más importantes de cada año. Y no me refiero al domingo de ramos, sino a la apertura de la temporada de la terraza del bar El Ventorrillo, más conocida como la terraza de las Vistillas. Además de una tortilla y un pollo al ajillo buenísimos, tiene al mejor camarero de este mundo y de todos los demás, Vicente, que además de tener SIEMPRE la sonrisa puesta (y una mesa disponible para nosotros), pasa las vacaciones en La Romana. Como el señor que es.

En ocasiones vamos al cine. Lo sé, ir al cine en fin de semana es lo peor, pero si lo hacemos, vamos a la sesión de las 4 de la tarde, aún bajo los efectos del Ribera de Duero, Somontano o Ribeiro de turno. Eso es aceptable, ¿no? Pero sí solemos ir a jardines y parques, a llenarnos la vista, el oído y el olfato. No suelen pasar dos semanas sin que vayamos al Jardín Botánico, o un mes sin ir al Capricho. Viviendo en el centro de Madrid, el Campo del Moro es otra opción. El Retiro no, me temo. Demasiada gente, demasiado patín, demasiados niños, demasiado echador de cartas. Lo bueno de los jardines, sobre todo si hace sol, es que excitan mucho la líbido y a vuelta suelo estar con ganas de retozar un poquito. Y tampoco tengo que insistir mucho para ser complacido, la verdad. Ventajas de vivir enamorado.

Finalmente, el fin de semana no puede ser perfecto sin televisión. A mí me gusta mucho ver la televisión y entre semana tampoco me empeño demasiado, así que me toca tragarme lo que haya el domigo por la noche. Solemos cenar en bandejas enfrente de la pantalla, es el único momento de la semana que lo hacemos y es un rito que me encanta, tan trangresor, sin mantel, con el plato en precario sobre las rodillas y el vasito en el suelo. Y me trago absorto el pronóstico del tiempo, que es lo más interesante, y comentamos el peinado o el atuendo de la presentadora de turno mientras decido qué ponerme al día siguiente (¿traje gris o azul? los grandes dilemas de la vida) y, sobre todo, espero con fruición que pongan el anuncio de colonia Dolce e Gabbana en el que sale Matthew McConaughey. Y a lo tonto, a lo tonto, toca irse a la cama. Sábanas limpias. Posibilidades infinitas.

Releyendo me doy cuenta de que he empezado hablado de "mi" fin de semana perfecto y he terminado hablando en plural. Qué bonito.