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martes, 25 de agosto de 2009

Historias estadounidenses

Como dentro de poco me voy a vivir a los Estados Unidos de América (aún no me he hecho a la idea), estoy empezando a preparame. Estas vacaciones he leído "A people's history of the United States", libro de Howard Zinn que pretende mostrar una versión alternativa de la historia de su país.

Zinn se define a sí mismo como un historiador radical anarquista y su punto de vista es ciertamente atractivo: propone escribir la historia desde el punto de vista de los desprotegidos, los perdedores. Es decir, mujeres, indios y negros.

El libro, que me regaló mi chico hace un par de años pero no había leído hasta ahora, es sorprendente. Escrito en 1980, se utiliza ahora al parecer en algunos colegios y universidades como manual de historia. Es un libro sorprendente e impresionante, que no puede dejar a nadie impasible. Da por conocidos los principales acontecimientos históricos, pasa por encima de batallas, días señalados y Presidentes (sólo salva, por los pelos, a Jefferson, Lincoln -con poco convencimiento-, FDR y Eisenhower) y trufa todo el relato de experiencias personales de personas normales, sobre todo víctimas del "Establishment" y su credo fundamental, basado en dos premisas de partida: el patriotismo y el capitalismo.

Su visión es ciertamente marxista (o marxiana, nunca he sabido bien la distinción), considera que la historia es esencialmente económica, que es acelerada a voluntad por guerras de elección (utilizadas a placer por presidentes en momentos de debilidad institucional o crisis económica acompañada de descontento social) y que quien no pierde nunca es el sistema, basado en la industria, la banca y los dos partidos, pero que es ayudado por prensa, universidades y un círculo vicioso de beneficios empresariales/filantropía/capacitación cultural de las élites del que parece será imposible salir.

Zinn actualizó su libro a mediados de los años 90 y, de nuevo, tras el 11 de septiembre. Es una pena, porque esos añadidos son la parte más fallida del relato (no deja de ser una enumeración de quejas y reivindicaciones de tono "buenrrollitista" un poco estomagante), sobre todo porque hasta entonces deja un sabor de boca excelente por el rigor expositivo y la claridad de las ideas. También falla, en mi opinión, a la hora de explicar la "somatización" más reciente de la sociedad americana. Se lamenta de la falta de participación política y social, del creciente consumo de drogas, del alcoholismo,de la falta de oportunidades, pero no entra a discutir las causas que hacen que cada vez vote menos gente, que nadie se interese por la gobernanza, sino por sus necesidades económicas y sus ambiciones más materialistas. Tampoco analiza fenómenos que han dejado de ser marginales, como las abducciones por extraterrestres. Efectivamente, hay un porcentaje importante de norteamericanos (más del 1%, es decir, más de 3 millones de personas) que dicen haber sido abducidas por extraterrestres. En el epílogo se disculpa por no dedicar más espacio a la lucha de gays, lesbianas y otras minorías sexuales. En fin...

Más en serio, a mi modo de ver le falta analizar más en profundidad la revolución conservadora iniciada hace 30 años y sobre todo la creciente influencia de las fuerzas religiosas evangélicas en el país. Eso sí, ya en el primer capítulo del libro (que dedica al descubrimiento de América y a las lindezas de los primeros colonizadores) afirma que siempre hay elementos populares, gente como tú y como yo, participando en reuniones vecinales ("town hall meetings") dispuestos a reventar cualquier idea a cambio de defender, como si les fuese la vida en ello y en nombre de la tradición más rancia e injustificable, las posturas de las corporaciones más poderosas. Es decir, lo que está pasando ahora con la reforma sanitaria.

Se ha hecho un doumental basado en el libro, producido (creo) por Matt Damon (el libro de Zinn se menciona en "Good Will Hunting"), que tuvo su estreno en el pasado Sundance, ha pasado por museos y ahora se estrena en salas en EEUU. Hay una traducción del libro al castellano bajo el título "Otra Historia de los EEUU", pero no lo veo en venta por ningún lado.

Más información en http://howardzinn.org/default/ y en http://www.progressive.org/zinn0509.html

martes, 18 de agosto de 2009

Cuestionario Proust



Como dentro de una hora me voy a pasar unos días de descanso al desierto, y aunque me he cerciorado de que hay conexión a internet y me llevo el ordenador (sí, el que perdí pero luego recuperé), propongo un juego (sí, le copio la idea a Theodore, qué pasa) veraniego. Os va a gustar, que os conozco.

Seguro que sabéis (y si no aquí estoy para contároslo) que Marcel Proust, escritor francés que apenas salía de su casa y aún así escribía como los ángeles, se inventó en 1886, cuando aún era un chiquillo, un cuestionario de unas 30 preguntas con la idea de que amigos y conocidos lo rellenasen. Por su parte, la revista Vanity Fair (la de verdad, en inglés, versión EEUU, nada de Preysleres o Pés en la portada, please) utiliza desde hace 15 años su última página para someter a algún famosillo o famosilla a un "cuestionario Proust" algo distinto al original.

Así que he pensado, queridos lectores, hacer un batiburrillo (Stanwyck, nunca te agradeceré lo bastante que recuperases esa palabra tan maravillosa) y proponeros mi propio "Cuestionario Breckinridge-Proust". Omitiré, aunque bien me gustaría, preguntas de tipo procaz, pero si alguien quiere añadir a sus respuestas azúcar, que diría Celia Cruz (la pobre) o "spice", que diría Geri Halliwell, bienvenidos.

Respuestas. Sí queridos lectores, de lo que se trata es de que respondáis, con sinceridad (o sorna, pero mejor sinceridad) y con brevedad a las preguntas que aquí os formulo, ya sea en los comentarios a esta entrada o en vuestros propios blogs. Los más tímidos -o los más lanzados, que se puede interpretar de ambas maneras- me lo pueden enviar por correo electrónico (en la página del perfil hay un enlace). Yo publicaré, por supuesto, mis respuestas en algún momento de los próximos siete días. Daré tiempo a que lleguen respuestas. Avisad a vuestras cuñadas, vecinas, caseras, enemigas, amigas, empleadas, jefas y lo que haga falta. Polo, Coxis, aunque estéis de viaje, haced un huequecillo en vuestras agendas. Ésta es de esas entradas que harán historia en la blogosfera.

Allá van las preguntas. Las he manipulado un poquitín y las he dejado en 29, que es un número primo. He evitado la corrección política del vosotros/vosotras y he optado por no utilizar el símbolo @ para indicar que las preguntas se refieren tanto a mujeres como a hombres. Sabréis perdonármelo, espero. Tú también, Bibiana.

1.- ¿Cuál es tu virtud favorita?

2.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en un hombre?

3.- ¿Cuál es la virtud que más valoras en una mujer?

4.- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada, en tu opinión?

5.- ¿Cuál es el trazo de tu personalidad que más deploras?

6.- ¿Cuál es el trazo de la personalidad de los demás que más deploras?

7.- ¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?

8.- ¿Dónde y cuándo fuiste más feliz?

9.- ¿Cuál es tu idea de la infelicidad más absoluta?

10.- ¿Cuál es tu principal defecto?

11.- ¿Qué frase o expresión utilizas con más frecuencia?

12.- ¿Qué es lo que más te desagrada de tu apariencia?

13.- ¿Qué es lo que más detestas?

14.- Si pudieses cambiar algo de ti, ¿qué cambiarías?

15.- ¿Qué o quién es el mayor amor de tu vida?

16.- ¿Quiénes son tus escritores favoritos?

17.- ¿Quiénes son tus pintores favoritos?

18.- ¿Cuál es tu ocupación favorita?

19.- ¿Quién es tu héroe de ficción favorito?

20.- ¿Con qué figura histórica te identificas más?

21.- ¿A qué persona viva admiras más?

22.- ¿Cuáles son tus nombres favoritos?

23.- ¿Cuál es tu color favorito?

24.- ¿Qué talento te gustaría tener?

25.- ¿Cómo te gustaría morir?

26.- ¿Qué falta te merece más indulgencia?

27.- ¿Cuál es tu estado de espírtu actual?

28.- ¿De qué te arrepientes más?

29.- ¿Cuál es tu lema?

Copiad, pegad y rellenad. Es un poco largo, pero prometo que va a ser divertido. Por supuesto, no habrá comentarios a las respuestas, cada cual que diga lo que quiera que se le respetará. Si alguien quiere omitir una pregunta se tomará nota pero se aceptará.

jueves, 30 de julio de 2009

Peeping Tom, de Jaime Gil de Biedma

Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,

al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.

Te recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo,
la imagen de tus ojos. Expresión
de mi propio deseo.


Jaime Gil de Biedma es un poeta de primera línea. Supo, mejor que nadie en su generación (una generación rara y fracturada, la de una época muy gris de la historia de España) reflejar las tensiones entre el anhelo político de cambio (que una sociedad conformista no se atrevía a desencadenar), el idealismo romántico y la búsqueda infructuosa del amor (en su caso siempre homosexual, y sin velos ni engaños) y el enorme conflicto interno. Los ideales eran grandes, la realidad del país muy triste. El amor, romántico y duradero, siempre su objetivo, las aventuras fugaces y pasionales su realidad. Al igual que a James Merrill, a quien cité hace muy poco, o a James Baldwin a quien cité hace mucho, a Gil de Biedma le rompía el conflicto entre su espíritu bohemio y su deseo de aceptación por las élites literarias (tan rancias, qué equivocado estaba) y políticas (tanto el PCE como el PSOE le denegaron incluso bien entrados los años 70 el ingreso en sus filas... por maricón), y la realidad de un chico aristócrata de una de las familias más acomodadas de Barcelona. Lo que más me gusta de su poesía es que es muy masculina, no es nada cursi, es de una sinceridad arrolladora y desvela sin miedos las complejidades de un hombre que vivió toda su vida entre el deseo de algo que no sabía bien qué era y una realidad cómoda y de postín que no le gustaba pero de la que le costaba despegarse.

Allá por el siglo XIII o XIV, el Sherif de Conventry decidió subir los impuestos locales. Toda la población se le puso en contra, incluida su propia mujer, Lady Godiva. Irritada y empoderada, decidió que cabalgaría desnuda a diario hasta que su marido eliminase la medida impositiva impopular. El pueblo de Conventry, agradecido por el gesto, acordó que nadie miraría a la bella (imagino que lo era) Lady Godiva cuando cabalgase en cueros por la ciudad y el campo circundante. Y nadie la miró... salvo un tal Tom, que no pudo evitarlo. Peeping Tom. De ahí viene la expresión. No se encuentran apenas referencias en internet a esta historia, que me contó anoche mi chico, que se lo sabe todo (¿no es cierto, Pandora?). Es tan absurda que tiene que ser cierta.

sábado, 25 de julio de 2009

En Nueva York (de nuevo)


Mucho trabajo, demasiado. Casi no me da tiempo a nada esta vez. Notorious y su chico me llevan a cenar a Harlem. Veo antes a sus niñas. Me cuentan historias de su verano, rápidas de mente y pizpiretas, fieles a su genialidad habitual. El taxi nos lleva junto al viaducto de las vías de trenes, en la parte alta de Park Avenue. Vamos a un restaurante marroquí. Cenamos pastilla, couscous (tiro la carne al suelo, soy un desastre) y kebab de cordero. Riquísimo. Y New York Cheesecake. En la calle, familias enteras sentadas en sillas que han sacado a la acera. Parece Bravo Murillo.

El otro momento de tranquilidad que me deja el trabajo me lleva a la librería Argosy. No me puedo creer que no la citase en mi lista de librerías favoritas en aquella entrada lejana de este blog. Un neoyorquino viejo me dice que el negocio tiene los días contados. Ocupa un edificio entero en una zona comercial de primera línea. A veinte metros de Bloomingdale's. Aquí compré una primera edición de Los Siete Pilares de la Sadiburía. Hace 15 años. Hace mucho menos le compré a mi chico una primera edición de "The Changing Light at Sandover". Primera y quizá última edición. En los 80 el mundo no estaba listo para una épica esotérica y apocalíptica, supuestamente dictada por espíritus a lo largo de varias décadas. James Merrill es un poeta injustamente olvidado. Quizá por ser un niño rico en un mundo de bohemios. Quizá por rimar sus versos a finales del siglo XX.

Y en Argosy acontece. Suena el teléfono. Es la llamada que ya no esperaba y que acontece aquí, en un lugar en el que me siento seguro, cuando me encuentro mirando grabados (a diez dólares) de retratos de generales ingleses olvidados y fotografías autografiadas de estrellas fugaces de Hollywood, tan fugaces que nadie, realmente nadie, las recuerda, o de jugadores de los Nicks y los Yankees de los años 60 y 70. En la sala principal de la librería, forrada de madera y verde oscuro, donde uno se siente tan a gusto, casi como en casa, suena el absurdo tono de mi teléfono y reconozco el número que llama. La voz del otro lado me da la noticia: todo cambia a partir de septiembre. Cambio de trabajo, de escenario, de hemisferio, de vida. No me pongo a dar saltos porque no me parece oportuno, aunque estoy seguro de que las maravillosas y cultísimas dependientas de Argosy no habrían puesto mayores pegas. Llamo de inmediato a mi chico y se lo cuento. Sé que comparte mi entusiasmo aunque no lo exprese. Al fin y al cabo, es inglés.

Empieza el cambio.

martes, 14 de julio de 2009

La place Furstenberg


Siempre estoy a la búsqueda de buenos espacios urbanos. Me da mucha pena ver cómo en Madrid el buen espacio público se pierde en aras del privado. Hay lugares deliciosos como las plazas de la Paja o del Conde de Barajas, en la parte antigua de la ciudad, que hace unos años tenían bancos donde sentarse, espacio para paseantes e interés para los "flâneurs". Ambas están ahora atiborradas de restaurantes, bares y sus correspondientes terrazas, que ocupan un espacio que debería ser para el disfrute de todos y no a beneficio de unos comerciantes y sus clientes ocasionales. Algunos dicen que si hay negocios no habrá botellón, mi experiencia directa de residente en el casco antiguo demuestra, desgraciadamente, lo contrario.

Mi relación con París, producto de un año de estudiante pasado allí con muchas dificultades (causadas por mí mismo), es difícil. No creo que nunca llegue a contarla entre mis ciudades favoritas, y sin embargo admiro profundamente muchos de sus espacios urbanos, sobre todo las plazas, siempre a escala humana a pesar de su grandeza (como la Place des Vosges) o su irregularidad, como la Place Dauphine.

Aquel extraño año de estudiante parisino fui pobre como las ratas (y de una delgadez envidiable) y lo único que me salía gratis era pasear. Debo reconocer que pocas ciudades se prestan al paseo como París. Fue en el distrito sexto, el barrio latino, que nunca ha sido de mis favoritos, más bien al contrario, donde me topé un día con la pequeña plaza que da título a esta entrada y que en realidad no es tal plaza, sino un ensanchamiento de la Rue Furstenberg. En medio de la calzada se crea una pequeña rotonda, con un farol de cinco brazos en el centro y cuatro catalpas, una de ellas de gran tamaño, marcando las cuatro esquinas de la plazoleta. Entonces había bancos entre los árboles, tan impropios de París, ciudad de castaños (como Madrid lo es de acacias y álamos y Londres de plátanos), pero con el tiempo los han retirado.

La place Furstenberg es conocida porque en ella se encuentra el que fue el último estudio de Delacroix, hoy convertido en un pequeño museo que lleva el nombre del pintor. Otros artistas la han retratado, Dalí en una litografía muy fea de los 70 y David Hockney en uno de los montajes de polaroids que hacía en los primeros años 80 y que expuso en la sala de La Caixa de Madrid. Aún guardo el catálogo por algún lado, debía ser 1983 y yo despertaba al arte -y a la vida.



La plazoleta se convirtió desde el primer momento en uno de mis rincones favoritos de la ciudad, y eso que no es un lugar que invite necesariamente a quedarse. París destaca sobre todo por su escala, todo el centro es accesible a pie, con edificios de altura limitada, con gran (quizá excesiva) cohesión estilística y constructiva, con un despliegue limitado pero espléndido de zonas verdes y un arbolado y mobiliario urbano envidiables. En Furstenberg todo esto confluye de modo natural, es el típico lugar, no tengo duda, en el que todos decimos que nos gustaría vivir.

Martin Scorsese, en un detalle de gusto exquisito, utilizó la place Furstenberg como escenario de la secuencia final de "The Age of Innocence", la película que basó en la novela del mismo título de Edit Wharton.



Newland Archer, ya mayor, decide no subir a ver a la Condesa Ellen Olenska, su gran amor jamás consumado, a quien renunció más de veinte años antes por May Welland, su esposa legítima y madre de sus hijos. Nunca me ha enloquecido el cine de Scorsese, mi tolerancia hacia historias de mafias italianas ("Are you fucking with me, you fucking motherfucker?") tiene límites. La edad de la inocencia es, con gran diferencia y sin quitarle mérito al resto de su filmografía, la que más me gusta de todas sus películas. Al igual que en "Dangerous liaisons", el trío de protagonistas (Pfeiffer está, espléndida, en ambas) es perfecto. La cinematografía, como la historia, es realmente de otra época. La música de Elmer Bernstein, tan straussiana, entra justo en el momento del flashback, tan sutil. Siempre me pregunto cómo harían volar a las palomas en el momento final, cuando Newland/Daniel se levanta y se aleja caminando de la plaza.

Llevaba tiempo pensando escribir sobre la place Furstenberg, si lo hago ahora es porque en mi último viaje leí Ethan Frome, novela corta y magistral de Edit Wharton, la primera mujer (creo) que ganó un premio Pulitzer hace casi un siglo. Ethan Frome precede a The Age of Innocence y trata del mismo tema: un hombre joven, roto entre sus obligaciones hacia su mujer, enferma y mucho mayor que él, y su amor por la prima de ésta, joven, llena de vida y con una gran promesa de futuro. Ethan pasa del deseo callado a la acción y de ahí a la sumisión y aceptación dócil del orden establecido. Un hombre, al igual que Newland Archer, que elige la convención del matrimonio y la familia tradicional sobre la aventura, el deseo, la vida, el amor.

Recuerdo que cuando vi la película (y leí a renglón seguido la novela que, por cierto, da muchísima hambre, se pasan todos el día dándose unos festines de escándalo) decidí que no me dejaría llevar por las convenciones, sino por el amor, cuando lo encontrase o me encontrase. A punto estuve de equivocarme, pero no lo hice. Opté por el amor, cuando era la opción más difícil, y gané. También decidí que viviría en la place Furstenberg de París y vería crecer las catalpas desde mis ventanas, pero me temo que para eso, casi con total seguridad, tendré que esperar a otra vida.

lunes, 9 de febrero de 2009

"Oscar Wilde"



Leo en el New York Times una noticia que me llena de pena. La librería “Oscar Wilde”, en Christopher Street, en pleno corazón de Greenwich Village, cierra sus puertas. La noticia no tendía mayor relevancia si no fuese porque es la librería de temática gay más antigua que existe en Estados Unidos (seguro que en Estocolmo o Ámsterdam las hay más antiguas). Abrió dos años antes de la revolución de Stonewall y ahora es presa de la crisis. Nadie compra libros. Nadie compra nada.

Estuvo a punto de cerrar, según el artículo, hace 6 años, salvándose en el último minuto. Es posible que ese primer conato de cierre inspirase un episodio de “Will and Grace”, serie de la que tengo que reconocer que no soy demasiado fan. En fin, en el episodio de marras, Will y Jack se enteran de que van a cerrar una venerable librería LGBT de su barrio y deciden montar una reunión para recaudar fondos con el fin de que el dueño pueda seguir pagando el alquiler y mantenerla abierta. Jack se apunta al tinglado para ligar con un chico que le gusta, y Will es un mar de dudas porque si la librería echa el cierre será sustituida por un mega-gimnasio ultramoderno lleno, sin dudas, de macizos varios. Al final triunfa la cordura y el buen rollo, recaudan el dinero, el dueño se lo agradece pero les dice que eso sólo le cubre un mes, así que al final pasan de todo, dejan que la librería cierre y abra el gimnasio, al que se puntan antes que nadie. No estoy muy seguro de que el final sea exactamente como lo he descrito, pero así es como lo recuerdo.

Siempre es una pena que cierren librerías, ya he dejado escrito que me gustan mucho. Estuve en varias ocasiones en “Oscar Wilde”, la última vez en uno de mis últimos viajes a Nueva York. Mucho Edmund White, algo de Foucault y de Camile Paglia, mucho calendario, el porno discretamente embalado y colocado en estantes. No es mi librería favorita en Nueva York, ni siquiera en el Village, pero como se ve en la foto está en uno de esos rincones tan atmosféricos de la ciudad, de ésos que uno cree que ya no existen.

Una pena que desaparezca. Esperemos que en su lugar, o cerca de donde aún se encuentra ésta, alguien abra otra librería queer. Seguro que no ocurre, a nadie le interesa leer sobre estas cosas. Ni sobre nada, me atrevería a decir. Yo apuesto que lo sustituirá una tienda de ropa de diseño. La enésima de Marc Jacobs en el Village, por ejemplo. O un bar de ambiente, ya sea con o sin cuarto oscuro. U otro restaurante de sushi más. Las prioridades son las que son.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Handcarved coffins


Me reincorporo al quehacer bloguístico, que nunca abandoné del todo, pero que he dejado hibernar durante unas semanas.

No hace mucho, mi buen amigo Miguel me dio una copia de un papel que habíamos escrito él, otro amigo común, Alberto, y yo hace más de 11 años. Era una lista de nuestros libros favoritos. Me impresionó comprobar al verlo que, a pesar del tiempo pasado, mi lista de entonces era casi idéntica a la de ahora, que es la que está en el perfil de breckinridge. Con una excepción de importancia. En el perfil no he incluido, y no sé bien por qué, “Handcarved coffins”, de Truman Capote.

Nunca me cayó bien Truman Capote. Se juntan varios motivos: no me gustan las personas que hacen ostentación de sus vicios o alardean sus miserias; me resultaba desagradable físicamente, su transición de efebo a ectoplasma es lamentable (¡Qué mal envejecen los chicos guapos!); su obstinación con el cotilleo era enfermiza y excesiva hasta para mí; el hecho de que mi idolatrado Gore Vidal lo odiase no ayudó a que mí me cayese bien.

Ahora bien, una cosa es que no me cayese del todo bien y otra es mi juicio sobre los libros que escribió. Él siempre defendía que era preferible escribir poco pero bueno que publicar y publicar sin cesar, esperando que alguna de las obras publicadas salga bien. Su producción literaria es corta, y si no toda de primera fila, al menos siempre es muy interesante y está muy bien escrita. Siempre he pensado que si él hubiese escrito”To kill a mockingbird”, novela de la que es uno de los personajes principales, estaría en los más elevados altares de la historia de la literatura, pero tiene a su favor haber inventado la novela periodística o el periodismo novelado, que tampoco se sabe muy bien en qué consiste, por ejemplo, “In cold blood”, la que todo el mundo considera su obra maestra.

Me encantan sus novelas iniciales, como “The grass harp”, con su ambientación sureña: jamás he estado en el sur de los Estados Unidos pero me fascina. Tuve una oportunidad hace un par de años de irme a vivir, post-Katrina, a Nueva Orleáns, que no se materializó, llenándome de tristeza. Me imaginaba pasando tardes eternas de sol anaranjado tumbado en el porche de una casa de madera, alcoholizándome lentamente mirando la vida pasar, quedando empapado en sudor mientras era devorado por los mosquitos. Por supuesto, sé de sobra que ese tipo de vida apenas existe y que tampoco me gustaría en realidad, pero es lo que tiene leer, te transporta a lugares inexistentes y a estados de ánimo y modos de vida distintos y, afortunadamente, inalcanzables.

Me estoy desviando. Además de las novelas sureñas, Capote fue un cronista inigualable de la vida de mediados del siglo XX en Nueva York. Aunque, gracias a Audrey Hepburn, la versión filmada de “Breakfast at Tiffany’s” supera a la novela, ésta tiene unos matices que se pierden en la película, en especial un punto canalla que está ausente de la versión de Blake Edwards, centrada casi en exclusiva en el Upper East Side. Hay ocasiones, finalmente, en que Capote mezcla a la perfección el ambiente sureño y la urbanidad cosmopolita, y ningún ejemplo mejor que “Handcarved coffins”.

El título queda feísimo en español: “Ataúdes tallados a mano”. Tiene en común con “A sangre fría” que se trata, supuestamente, de una narración novelada de un crimen auténtico, pero muchas personas cercanas a Capote dijeron tras su muerte que se trata de ficción pura y dura. A mí me sorprende que estos comentarios se hagan en tono de crítica, pues si realmente se trata de ficción, el mérito del escritor es mucho mayor. El argumento es sencillo: en un pueblo del centro-sur de los Estados Unidos se produce una serie de asesinatos. Lo único que tienen en común, además de la localización, es que todas las víctimas recibían antes de morir un paquete que contenía un pequeño ataúd tallado a mano que en su interior guardaba una fotografía, apócrifa y desconocida, de la víctima.

Se trata de un texto breve, cuyas dos terceras partes iniciales son un diálogo entre el propio Capote y el detective del caso (de nombre formidable: Jake Pepper) y otros personajes de mayor o menor relevancia. Posteriormente, cuando la investigación deja de avanzar y el escritor abandona la escena, cita sus propios diarios de la época para ilustrar los acontecimientos, todo ello sembrado de un relato de sus andanzas por el mundo, que lo deja a uno con ganas de saber más (¿Con quien estaba en Estambul? ¿A quién se refiere al hablar de las fiestas en Nueva York?). El final del libro es una narración del desenlace de la historia, que es espléndido. Recuerdo que cuando vi la película Zodiac, quizá la mejor del año pasado, pensé en los ataúdes tallados a mano.

Capote mezcla los estilos (diálogo, diario, narración) con una aparente gran facilidad. El lenguaje es limpio, sin excesos ni alardes, pero se nota el estilo y el trabajo. Y es que esa facilidad es, como digo, aparente, porque “Handcarved coffins” es la obra de mayor peso que escribió tras “In cold blood” y le tuvo ocupado más de una década, los años del envejecimiento, del deterioro físico, del bloqueo de escritor, de la decadencia de las fiestas. Si algo me sorprende es que no se haya hecho una película (o una obra de teatro) basada en la misma. La riqueza visual y textual del relato lo debería hacer relativamente sencillo, o al menos a mí me lo parece. Hubo intentos en los primeros años 80, tras su publicación, para hacer la versión filmada, pero no cuajaron. E imagino que, a pesar de las dos recientes biopics (ambas buenas) de Capote, ahora no interesan historias filmadas sin superhéroes.

Si escribo todo esto es porque he disfrutado releyendo “Handcarved coffins”, que forma parte de “Music for Chameleons” en un viaje relámpago a Santiago de Chile, tan relámpago que la tripulación del avión era la misma a la ida y a la vuelta. Me ha gustado Santiago, lo poco que he visto, y no esperaba mucho. Pero más sobre Santiago en otro post. Me limito de momento a recomendar un poco de Capote. Y mucho “Pisco sour”. Qué cosa tan buena.

domingo, 29 de junio de 2008

Librerías


En algún lugar de este blog he dejado dicho que me gusta mucho leer. He leído y leo mucho. De todo. Sin criterio. El Super Pop y el Tractatus Logico Philosophicus. Desde Kierkegaard hasta el Manual de la perfecta petarda. Y a todo le saco jugo, la verdad, pocas veces he dejado un libro sin terminar.

No soy ni fui ratón de biblioteca, entre otras cosas porque siempre me ha gustado leer tumbado, me concentro mucho mejor. También estudiaba tumbado. Debe ser algo relacionado con el riego sanguíneo, imagino. No soy tampoco comprador compulsivo de libros, aunque tengo unos cuantos. Lo que me encanta son las librerías, de hecho siempre he tenido la idea loca (no quiero, deliberadamente, llamarlo un sueño) de abrir mi propia librería, especializada en tipografía (le haría un logo muy bonito en Helvética o Bodoni o algún tipo nuevo de mi propia invención), poesía, arte y viajes. Y para hacer caja vendería a Dan Brown y Ruiz Zafón, que hay que comer.

Los turistas no suelen ir a librerías. Tengo no sé si la suerte o la desgracia de viajar bastante, sobre todo por trabajo, y siempre que puedo aprovecho para meterme en librerías de todo tipo, a hojear volúmenes y a sacar ideas para mi negocio imaginario. Evitando de paso a los turistas: uno puede ir a la iglesia menos interesante de Europa (no me refiero necesariamente a la Almudena) y siempre encontrará a algún turista, guía en la mano. Pero a las librerías, salvo que sean muy de escaparate, bien en El Cairo ("Aquí estuvo Agatha Christie") o La Habana ("La favorita de Hemingway"), los turistas ni se acercan.

He visto librerías preciosas, de cuyos nombres no me acuerdo, en Lisboa, Dublín, Estambul, Sevilla o Buenos Aires, ciudades que tampoco conozco tan bien, librerías grandes y pequeñas, especializadas o generalistas, pero siempre con un encanto especial. He estado y comprado en librerías especializadas en viajes, uno de mis sectores preferidos: hay dos que me gustan en particular, la "Libreria del Viaggiatore", en Roma, cerca de Campo di Fiori (compré un libro maravilloso, que en mi infinita estupidez regalé, llamado "Roma di Notte", escrito y publicado antes de la llegada del fascismo, en el que se enumeraban los mejores sitios para dormir a la intemperie en la ciudad , y se avisaba de los lugares peligrosos por si alguien se atrevía con ellos) y "The Complete Traveler Bookstore" en Nueva York, en Murray Hill, muy cerca de la Morgan Library. Durante mucho tiempo ésta fue mi librería modelo, con sus dos partes diferenciadas, una dedicada a guías y mapas de viaje y la otra –en la que me he dejado mis buenos cuartos- con ediciones antiguas de libros de viajeros. Aunque especializada en otro tipo de viajes, recuerdo bien una librería esotérica en Turín (¡qué ciudad tan magnífica!), regentada por el joven y misterioso Dottore Sinatra que no nos vendió a su madre porque no nos dejamos pero a punto estuvimos de tener que comprar otra maleta para cargar todo lo que nos colocó. Tan imposible me resulta olvidar al joven Sinatra como recordar el nombre de su atiborrada y diminuta librería.

En Madrid me gusta mucho "Hiperión", al igual que las ediciones de libros que hacen y la gran amabilidad de los dependientes. Yo le añadiría un servicio gratuito de café y té y una bandeja con bollos recién hechos a disposición de los clientes. Aquí debo decir que en mi librería imaginaria habría esas cosas, y si no bollos, al menos la tarta de polenta que hace mi santo esposo. Y que no duraría nada, pero bueno, ya compensaría el gasto de otro modo. También me gusta "Berkana", infinitamente mejor que cualquier otra librería especializada en temática queer que haya visitado (hay una en Castro que también me gustó mucho, aunque haciendo memoria lo que recuerdo son unos calendarios de auténtico escándalo que, bobo de mí, no llegué a comprar. Mejor no sigo) y también "Arranca Thelma", en uno de los rincones más atmosféricos de Madrid, la plaza del Alamillo. Ahí he encontrado grandes joyas olvidadas, como el libro a gran formato de Reinhart Wolf de fotografías de Nueva York o el que contiene la colección de dibujos eróticos de Jean Cocteau, ambos por dos durillos. Mi librería favorita en mi propia ciudad desgraciadamente cerró hace mucho. Se llamaba "Lectura", y estaba en la calle del Doctor Fleming. Era una librería generalista en tres niveles con una sección infantil cuyas existencias yo devoraba, sentado en las escaleras, tarde tras tarde, sin que las dependientas dijesen nunca nada incluso cuando ni mis hermanos ni yo les comprábamos apenas nada.

Mi modelo de librería ideal está cercano a John Sandoe, en Londres (Chelsea), con los dependientes más leídos y mejor informados del mundo. Su problema es que, como todo en Londres, es víctima de los vaivenes de la moda: Elton John dijo en una revista que era su tienda favorita de la ciudad y claro, a partir del día siguiente sólo podías entrar cuando sonaba tu número en el turnomátic. También me gusta mucho La Hune en París, en Saint Germain, con un espacio perfectamente diseñado y un catálogo inacabable de fanzines y revistas de arte "alternativas" (es decir, muy guarras, las que más me gustan). Pero me temo que ésta sí la frecuentan los turistas aunque sólo sea como una etapa más en su peregrinar pseudo-existencialista.

No sólo me gustan las librerías pequeñas, aunque ése sería lógicamente mi modelo a seguir. Me encanta "The Strand", en Nueva York, en Broadway cerca de Union Square. Lo tienen todo. Hasta venden libros por metros: tienen un servicio de decoración que les llena los anaqueles a propietarios de mansiones de reciente construcción en Jersey City o Newark (o en Park Avenue, ojo). Y uno se puede quedar horas y días. Te lo dejan mirar todo e irte sin comprar nada (deduzco que se nota que me gusta el formato VIP'S, no puedo evitarlo). Por cierto, muy cerquita de The Strand está "Forbidden Planet", cuyo nombre viene de una de mis películas favoritas y es el paraíso del cómic, género que cultivo poco, lo reconozco. Pero la tienda es estupenda.

En mi lista de librerías favoritas, me quedo con tres, cada una en su estilo y por méritos propios. "Posada", en Bruselas (en la rue de la Madeleine, en pleno centro medieval) es la librería de arte perfecta. Es el único lugar del mundo donde he encontrado una monografía sobre Alexander Archipenko, pintor ucraniano en la órbita cubista, hoy injustamente (en mi opinión) olvidado. En Posada los libros están amontonados aparentemente sin ton ni son, el piso superior cruje a cada paso y uno tiene la impresión de que va a colapsar, hay más polvo del que quizá debiera. Pero en realidad todo está en su sitio, es una fuente inagotable de bibliografía artística y el polvo le da un lustre muy especial. Y tiene el mejor escaparate de cualquier establecimiento en cualquier lugar del mundo.

Yo me iría a vivir, para el resto de mis días, a "Akateeminen Kirjakauppa", o Librería Académica, en Helsinki. Pediría trabajo de día y también que me dejasen meter una camita y poder dormir en ese espacio inmenso pero recogido, donde los libros se mezclan al mármol de Carrara, la madera de abedul y el bronce, los materiales de construcción favoritos de Alvar Aalto, que regaló además a este edificio los lucernarios más bonitos nunca creados y que están retratados en la foto que encabeza este post. Está a años luz de lo que sería mi propia librería, pero demuestra lo importante de un buen diseño.

La tercera, en realidad la primera, en mi lista de librerías favoritas es "Three Lives and Company", en la calle 10, Greenwich Village, Nueva York. Está en un rincón precioso y arbolado de la ciudad, tiene el tamaño perfecto y secciones sobre todos los temas que me interesan: arte, biografía, LGTB, poesía, cocina, novela. Los dueños no pueden ser más amables, no pueden saber más de lo que saben y sin hacer ostentación de ello, no puede oler mejor, a una mezcla de papel sin estrenar, naranja y laurel. Mi idolatrado Gore Vidal hace, ya de tiempo atrás, los lanzamientos de sus libros en Three Lives. Sólo les falta el café y los bollos. Si algún día abro mi librería seguro que me ponen un pleito por plagio de modelo empresarial, porque les copiaría hasta el edificio, del que dejaría aquí una foto que le hice hace un par de meses si supiese insertarlas en el texto y no sólo al principio, que es lo que Blogger me dice que tengo que hacer (¿Me puede ayudar alguien, por favor?)

Eso sí, mucho amor por las librerías y siempre acabo comprándolo casi todo en Amazon.


domingo, 27 de abril de 2008

El resto es ruido

Acabo de terminar de leer un libro muy interesante, llamado "The rest is noise", de Alex Ross.

Se trata de una historia de la música "culta" del siglo XX y empieza contando cómo en 1906 tuvo lugar en Graz (Austria) una de las primeras representaciones de la ópera "Salomé" de Richard Strauss, dirigida por el autor, y que contó con la presencia entre el público de miembros de la realeza europea, los compositores Mahler, Schönberg, Alban Berg, Alexander Zemlinsky y Puccini y (aunque nunca quedó del todo claro), el mismísimo Hitler, que tenía entonces sólo 17 años. Menudo momento. Salomé es quizá la primera ópera atonal, donde la teoría de la armonía musical desarrollada en occidente a lo largo de siglos queda aparcada casi por completo.

El libro de Ross es, en el fondo, una historia cultural del siglo XX, y mezcla mucha erudición musical (por mucho que haya estudiado solfeo, me he perdido bastantes veces en las descripciones de las características técnicas de muchas obras) y una descripción cronológica y temática de la música del siglo pasado. La conclusión que uno saca del libro es que en el siglo XX es imposible separar música y política, cultura e historia. Todo momento y movimiento político tienen su música: las óperas de Kurt Weill, serias y populares a la vez, en la República de Weimar, las operetas de Léhar, los monumentos musicales germánicos de Wagner o Strauss y la atonalidad de Webern en el tercer Reich, el neoclasicismo sinfónico estalinista de Shostakovitch, la atonalidad estricta y dictatorial de Boulez en el estado del bienestar de la Europa occidental de las últimas décadas del siglo, o el sinfonismo boreal, meláncólico, autárquico y ciertamente alcohólico de la Finlandia de Jan Sibelius.

Para el autor, y para cualquiera que conozca algo y disfrute de la música del siglo XX, sólo se salvan en realidad los verdaderos genios: Schönberg como padre de la novedad del dodecafonismo, Berg como autor de la inconmensurable "Wozzeck", Stravinsky con su herencia rusa y su negativa a utilizar la atonalidad estricta, Weill y Gershwing como los únicos que supieron realmente mezclar música culta y popular, Britten y su ópera Peter Grimes como camino personal y plenamente original, Aaron Copland como ejemplo del siglo de hegemonía de los Estados Unidos. Coincido con su apreciación, quitando mi casi total desconocimiento de la obra de Copland y con la excepción de Stravinsky, a quien considero muy sobrevalorado –he escuchado muchas veces el Rito de la Primavera mientras leía el libro, en casa y en el iPod, y sigo sin entender su magnetismo, me pasa lo mismo con su concierto para violín o la ópera "The Rake's Progress"; toda su obra me parece un gran trabajo de apropiación y reciclado de ideas ajenas y, en mi opinión, de poca originalidad, algo parecido a lo que pienso de Jean Cocteau y Picasso (que quede claro: no digo que no me guste su obra, pero pienso que en todos los casos, está hecha de retazos de inspiración ajena, hábilmente reciclados y adaptados, es una actitud, como habría dicho Rimbaud, absolutamente moderna, pero en gran medida superficial, poco sincera).

La conclusión del libro, que se disfruta mucho leyendo, es que la música del siglo XX refleja que toda la era fue una edad de extremos y extremismos (la expresión es de Eric Hobsbawn, no mía) y que al final es imposible separar música culta de música popular, pues se han ido influyendo mutuamente hasta llegar a una amalgama curiosa en la que hoy es difícil discernir si estamos ante una canción de Björk o una obra de los compositores "emergentes" Thomas Adès u Oswaldo Golijov. En el libro sólo he echado de menos referencias a Las Grecas, pero estoy empezando a acostumbrarme al hecho de que sólo algunos iniciados, privilegiados y con memoria, aún respetamos desde el recuerdo su inmenso legado.

sábado, 15 de marzo de 2008

Fin de semana perfecto

Desde hace ya muchos años, compro y leo todos los sábados el periódico Financial Times del que me gusta, en especial, su sección de fin de semana, que es lo más parecido al semanario europeo sobre política, cultura y estilo de vida del que estamos tan necesitados quienes vivimos en este continente (y eso que ha perdido mucho en los últimos tiempos). El primer fin de semana de cada mes te regalan con el periódico una revista insultante, llamada "How to spend it" en el que se le dice a nuevos ricos como gastarse los millones. No deja de ser curioso hojear el listado de yates italianos, joyería centroeuropea y casas de alta costura y habitualmente poco gusto que se anuncian, pero lo que siempre me leo con fruición es la página final en la que un personaje supuestamente famoso/influyente/importante cuenta como es su fin de semana perfecto. Así que, como nadie, ni siquiera el FT, me va a pedir que diga cómo es mi fin de semana perfecto, lo cuento aquí.

El fin de semana tiene que ser una fiesta para los sentidos. Para todos los sentidos. Como tengo la mala suerte de tener un trabajo absorbente que además me pilla lejos de casa, mi fin de semana suele empezar el sábado por la mañana, salvo que haya alguna cena el viernes. Si algo me gusta en este mundo es una buena sesión de sexo nada más despertar. Es curioso que los que escriben en el FT no mencionan nunca el sexo en su descripción del fin de semana perfecto, será imposición del guión del periódico, porque si no, no lo entiendo. Yo soy consciente de que a primera hora no le apetece a todo el mundo, pero procuro encargarme de quien comparte mi cama comparta también mis escozores matutinos. Para mi suerte no suelo encontrar (demasiada) resistencia. El sexo siempre despierta dos cosas en mí, las endorfinas y mucha hambre, así que, lleno de energía y empuje tras el arrechuchón, me voy raudo a la cocina a preparar la comida más importante de la semana.

Un buen zumo de mezcla de cítricos y lleno de antioxidantes, fruta fresca, tostadas del pan de mezcla que hacen en el Museo del Pan Gallego de la calle Hileras (los fines de semana perfectos del FT están llenos de direcciones y marcas, no voy a ser yo menos), tomate fresco rallado, aceite de arbequina de primerísima calidad, jamón y charcutetía, huevos pasados por agua, yogur y lácteos (queso no, al menos para mí, que soy poco quesero), café recién molido. Nada me gusta más que desayunar mucho y con tiempo por delante.

Por imposición laboral, suele tocar hacer compra el sábado. A veces es inevitable ir a ECI, pero eso no entra en mi idea de la perfección, así que lo omito (bueno no, critico la lentitud e ineficacia con que te sirven en el Club del Gourmet, qué pesadez), pero sí incluyo la compra en el Mercado de la Cebada. Sobre todo la frutería Bejarano, donde venden unos productos realmente maravillosos, además tan bien colocado todo, que es lo que en realidad más me gusta. Quizá uno tenga la mala suerte de que le atienda el señor mayor, que siempre cuela un par de kiwis pasados o algún kumato aplastado cuando no miras, pero bueno, la perfección nunca es perfecta.

Los fines de semana procuro salir lo menos posible y disfrutar del piso, bastante cómodo, en el que vivo y que aprovecho poquísimo entre semana. Como además del sexo y la comida lo que más me gusta es leer, dedico mucho tiempo a ponerme al día con las revistas a las que estoy (estamos) suscrito(s). Y que son: Vanity Fair, The New York Review of Books, The Economist, Granta y Monocle. Me temo que todo es en inglés, uno tiene esa deformación. Como leo libros en el transporte público durante la semana, me permito el lujo de dedicarme a las revistas los sábados y domingos. Tengo que reconocer que salvo The Economist (que cada día aguanto menos) y Granta (muy literaria, leo piezas sueltas), las otras tres me las leo de Pé a Pa. Vanity Fair me sigue pareciendo una revista modélica, con la mezcla perfecta de show-biz y seriedad. En su último número hay un artículo buenísimo sobre tres grandes divas del folk, Carole King, Joni Mitchell y Carly Simon. De ellas, y de otras mujeres de su época, hablaré en un próximo post. NYRB ya se ha convertido en imprescindible, sus artículos son tan largos que los de otras revistas siempre saben a poco. Monocle es una buena adición, heredera, algo más madura, de Wallpaper, y aún en su primer año, por lo que promete.

Además de leer, cocinar es una parte importante del fin de semana. Para los que, como yo, no tenemos ningún talento, es el único modo de dar salida a nuestros intentos de ser creativo. Y para los que tenemos un marido con madera y hechuras de tres estrellas Michelin, pues aún mejor. Si bien los sábados salimos en ocasiones a comer fuera, los domingos siempre cocinamos algo sustancial. Solemos alternar un arroz, que hago yo, o un asado, que hace él. A veces se tercia invitar a amigos, mucho mejor así. Y buenos vinos claro. Ruedas, Albariños, Prioratos, Riojas. Y lo que se tercie, manzanilla y cava. Este fin de semana, por cierto, se ha producido uno de los acontecimientos más importantes de cada año. Y no me refiero al domingo de ramos, sino a la apertura de la temporada de la terraza del bar El Ventorrillo, más conocida como la terraza de las Vistillas. Además de una tortilla y un pollo al ajillo buenísimos, tiene al mejor camarero de este mundo y de todos los demás, Vicente, que además de tener SIEMPRE la sonrisa puesta (y una mesa disponible para nosotros), pasa las vacaciones en La Romana. Como el señor que es.

En ocasiones vamos al cine. Lo sé, ir al cine en fin de semana es lo peor, pero si lo hacemos, vamos a la sesión de las 4 de la tarde, aún bajo los efectos del Ribera de Duero, Somontano o Ribeiro de turno. Eso es aceptable, ¿no? Pero sí solemos ir a jardines y parques, a llenarnos la vista, el oído y el olfato. No suelen pasar dos semanas sin que vayamos al Jardín Botánico, o un mes sin ir al Capricho. Viviendo en el centro de Madrid, el Campo del Moro es otra opción. El Retiro no, me temo. Demasiada gente, demasiado patín, demasiados niños, demasiado echador de cartas. Lo bueno de los jardines, sobre todo si hace sol, es que excitan mucho la líbido y a vuelta suelo estar con ganas de retozar un poquito. Y tampoco tengo que insistir mucho para ser complacido, la verdad. Ventajas de vivir enamorado.

Finalmente, el fin de semana no puede ser perfecto sin televisión. A mí me gusta mucho ver la televisión y entre semana tampoco me empeño demasiado, así que me toca tragarme lo que haya el domigo por la noche. Solemos cenar en bandejas enfrente de la pantalla, es el único momento de la semana que lo hacemos y es un rito que me encanta, tan trangresor, sin mantel, con el plato en precario sobre las rodillas y el vasito en el suelo. Y me trago absorto el pronóstico del tiempo, que es lo más interesante, y comentamos el peinado o el atuendo de la presentadora de turno mientras decido qué ponerme al día siguiente (¿traje gris o azul? los grandes dilemas de la vida) y, sobre todo, espero con fruición que pongan el anuncio de colonia Dolce e Gabbana en el que sale Matthew McConaughey. Y a lo tonto, a lo tonto, toca irse a la cama. Sábanas limpias. Posibilidades infinitas.

Releyendo me doy cuenta de que he empezado hablado de "mi" fin de semana perfecto y he terminado hablando en plural. Qué bonito.

lunes, 3 de marzo de 2008

Una revelación

Feliz Año Nuevo

A veces, uno tiene una revelación. Cuando leí Middlemarch, de George Eliot, me dije que ésa era la novela que me gustaría haber escrito. Me habría gustado componer la canción "Your smiling face", que cantaron tanto Marvin Gaye como James Taylor, o el Concierto para violín de Alban Berg. Me habría gustado escribir y dirigir "Imitación a la vida", "Alien" y "La Ley del deseo", me gustaría poder presumir de haber sido el director artístico de "Barbarella". Y ahora he encontrado el blog que realmente me gustaría escribir. Se llama Memorias a cuarentaycinco y lo encuentras en este enlace http://memoriasa45.blogspot.com

¿Qué cómo lo encontré? Pues como se encuentran las cosas, buscando. En una fiesta navideña mi buen amigo Manolo, al que no veo nunca, y yo nos pusimos a cantar "Stay on the line" de Sergio y Estíbaliz, presumiendo de ser las únicas personas del universo que se acordaban de la etapa disco ("Beans" se llamaba su álbum) del dúo. Y rebuscando en los basureros del ciberespacio, es decir, en google, encontré el blog, firmado por acidqueendj, que lo tiene todo. Tiene al grupo de nuevos románticos valencianos Glamour cantado "Imágenes". Incluye a grupos olvidados como los New Trolls y a Charol.

Hablando en serio, se trata de un blog de grandísima altura y muy bien escrito, tras una apariencia frívola y, por qué no decirlo, "chochi-retro". Se atreve a decir lo que nadie se atreve a decir de Bosé, es decir que es un rancio, viejo, patético y desfasado mamarracho. Y se ha puesto muy feo, añado.

Soy algo mayor que el autor del blog, pero intuyo que tenemos trayectorias parecidas, aunque seguro que yo soy hoy mucho más aburrido que él. Me gustaría saber de música lo que él sabe. Y me encantaría tener la colección de discos que tiene. Tiene a las Goggi y a Ana y Johnny. Lo tiene casi todo. Casi. Sólo echo en falta dos cosillas, y desde aquí le lanzo un pequeño desafío a que las encuentre. La primera, Ana Obregón cantando en un inglés inolvidable el tema central de la película "Freddy el croupier" que interpretaba junto a Emilio Aragón. Otra: Victoria Abril cantado "Cuando tú me besas", que bailó con el ballet de Giorgio Aresu (¿o era aún el Zoom?) en Aplauso. Y le invito a ver las joyas de mi blog, incluida la Cher de "Hell on Wheels".

domingo, 2 de septiembre de 2007

La portada de un libro


Hace poco compré un libro sólo por su portada. No recuerdo haber hecho algo semejante antes. Algún disco sí he comprado por la portada, por ejemplo "Temptation" de Holly Cole, con el que me hice en una pequeña tienda del East Village, de cuyo nombre no me acuerdo, hace ya más de diez años y que sigo escuchando con cierta regularidad. Pero un libro, nunca. Hasta ahora. La portada que me hizo comprarlo muestra la fotografía en blanco y negro de una mujer bellísima, de piel muy blanca, labios que se adivinan muy rojos, cigarrillo en la mano, pelo retirado de la cara, pómulos marcados, vestida con un vestido negro de corte "New Look" que inmediatamente nos traslada a los años 50. Se trata de Maeve Brennan, escritora irlandesa transplantada a Estados Unidos, olvidada durante mucho tiempo y hoy recuperada gracias a las reediciones de su obra en los últimos años y a la biografía que acabo de terminar de leer, escrita por Angela Rourke.

Nunca antes había comprado un libro por su portada y nunca había leído una biografía de un escritor de quien no sabía ni había leído nada. Imagino que siempre hay una primera vez para todo. Maeve Brennan era hija de un luchador por la independencia de Irlanda que fue el primer Embajador irlandés en EEUU, durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Maeve llegó a Washington, tras una infancia poco privilegiada y muy movida por las actividades clandestinas de su padre, con 17 años y ya permaneció el resto de su vida, salvo viajes y estancias puntuales en Irlanda, en América. Escribía desde niña y decidió dedicar su vida a la escritura. Ya en Manhattan, su verdadero hogar, trabajó primero en Harper's Bazaar, donde adquirió un gusto por la ropa buena y cara y un ojo especial para detectar el buen (y el mal) gusto. De ahí pasó a The New Yorker, donde editó obras ajenas, publicó historias cortas bajo nombre propio y escribió numerosos artículos de sociedad, en la famosa sección "talk of the town", utilizando un alter ego, "the long-winded lady", algo así como "la señora parlanchina".

Al gusto exquisito para su apariencia personal añadió también un gusto exquisito a la hora de escribir. Sus historias siempre están basadas en su vida, en su infancia, en sus recuerdos de Irlanda, pero ahí se acababa la nostalgia, pues vivió siempre al día, disfrutando del momento presente, sin rememorar el pasado, sin pensar en el futuro, más allá de la decisión de qué flor, fresca por supuesto, se prendería al día siguiente en la solapa de su vestido. En uno de sus artículos para el New Yorker cuenta una historia sobre una mujer que murió de repente y sin aviso en plena calle en la ciudad y comenta "espero que hubiese tenido un buen día". Siempre eligió vivir en casas sin cocina, prefiriendo pasar el tiempo en cafés y restaurantes y así poder observar, siempre en soledad la realidad y luego reflejarla en sus escritos.

Estuvo casada brevemente y tuvo, sin duda, aventuras amorosas pero sus grandes ataduras sentimentales fueron a animales, decenas de gatos y una perra labrador, Bluebell. Su generosidad con todos los que la rodeaban era tan grande como su incapacidad para administrar el dinero que ganaba. A principios de los años setenta, alcanzada la cincuentena, su vida se hizo más y más errática y cayó poco en poco en la locura. Quizá la causa esté en los fantasmas de su infancia sin resolver, que el exceso de alcohol no contribuyó a espantar. Hubo momentos en que, por propia elección, decidió vivir en las calles como una indigente más, a pesar de que tanto el New Yorker, al que siempre permaneció unida, como sus amigos (entre ellos, Edward Albee) le ofrecieron su apoyo y su ayuda en todo momento. Su triste final me hizo pensar en la muy manida, pero en este caso muy adecuada, frase de Allen Ginsberg en "Howl", "I saw the best minds of my generation destroyed by madness", y aunque ambos pertenecen en el tiempo a la misma generación, su estilo literario y su modo de vida no podían ser más dispares. También me acordé del final de Tina, de Las Grecas, que a pesar de su enorme éxito acabó indigente, mendiga, enajenada, devastada.

Maeve Brennan murió en un hospital en 1993. Aceptó la vida como le vino, disfrutó tanto como pudo e hizo disfrutar con su literatura, su belleza y su generosidad, a muchos. Aunque la biógrafa Angela Rourke, cuyo libro, que compré en Dublín, me ha gustado mucho, interprete como un signo más de su locura su deseo de vivir y morir sola, yo lo interpreto como la muestra definitiva de su carácter generoso. Vivió y murió con sus fantasmas pero no quiso que afectasen a nadie más que a ella. Su vida abarcó casi con exactitud el período que Eric Hobsbawn denomina "el corto siglo veinte" y sin duda fue hija de su época, la primera en que una mujer pudo vivir por y para sí misma, sin depender ni dar cuentas a nadie, plena y conscientemente libre.