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sábado, 25 de abril de 2009

Juego de niños



Ordenando fotos en mi ordenador, encontré ésta del "New Museum" en Nueva York. Es uno de los pocos edificios nuevos de la ciudad que de verdad me gustan, con su apariencia de cajas de zapatos apiladas (algo parecido a lo que yo construía de pequeño sin parar con el lego, mi juguete favorito) y su exterior de malla metálica. Es obra de un equipo de arquitectos japoneses, Sanaa, que están construyendo algo en Valencia y que me temo que en poco tiempo serán nuevas estrellas arquitectónicas y perderán su estilo limpio en aras de las demandas de sus clientes y del público en general, que parece tenerle una especial querencia a la arquitectura rara. Muchos arquitectos de verdad buenos se han perdido en ese juego de niños de buscar llamar la atención.

La arquitectura no es ajena a la infantilización de la sociedad. Más bien la contrario, parece que los arquitectos se empeñan en diseñar y construir edificios cuanto más extraños mejor, con el nada oculto deseo de conseguir lo que ya se conoce como el efecto "wow". A veces, como el Guggenheim de Bilbao, se consigue una obra maestra. Otras veces, la mayoría, acabamos con desastres que están pasados de moda a los tres días de su finalización. Un gasto innecesario, casi siempre, al menos en Europa, a costa del erario público. Una pena.

La verdad es que escribo poco sobre arquitectura y es una de las cosas que más me gustan. Cuando lo hago es en la serie de escaparates y acabo contando historias paralelas, como hice con Enrique P y los abrazos rotos. Por cierto, querido lector, la foto de arriba tiene un punto "los abrazos rotos". Si no te has fijado bien, mira esta segunda toma: tres personas, todas de negro (no olvidemos que es NY) están asomadas a una terraza del edificio. Seguro que tenían unas vistas buenísimas. Y seguro que hay una historia detrás de esta reunión. Siempre hay una historia.



Curiosamente encontré otra foto neoyorquina y me hizo pensar en que los dos edificios, el nuevo del New Museum, y éste de ladrillo que está por Murray Hill no son tan distintos, ¿no creéis? Debe ser la sensación de elementos geométricos apilados uno sobre otro. Me encanta el mosaico arcoiris que corona la ventana superior. Y la ventana redondeada a media altura. Y que a la izquierda asoma el remate del Empire State Building.



Me gustan mucho algunas arquitecturas neoyorquinas, y lo que más me gusta es su encaje en el tejido de la ciudad. Es todo un desafío, pues construir siempre se convierte en meter algo nuevo en un espacio urbano muy denso y muy consolidado. Debe ser un desafío formidable, aunque más veces de las deseables da la impresión de que el arquitecto de turno está "colocando" un diseño que guarda en su carpeta, sin tomar en consideración el entorno. Es una de las cosas que me gusta del New Museum: encaja bien en su emplazamiento, The Bowery, que a pesar de todo sigue siendo centro de la bohemia artística neoyorquina, cuyo esplendor decadente retrató Nan Golding a la perfección en su serie de fotos tan brechtiana "The ballad of sexual dependency". Era tradicionalmente un espacio de talleres y pequeñas fábricas, por lo que el aspecto exterior del nuevo edificio está en su entorno natural.

Lo mismo ocurre con este otro edificio, la sede de Pepsi Co, donde además tuvo su despacho Joan Crawford. Que es otro punto a su favor.



Estamos ahora en otro entorno, esto es Park Avenue. El cogollo más rico del mundo occidental. Y estamos en los años 50, cuando se empieza a construir en cristal, en este caso transparente. Tenemos tan visto este tipo de arquitectura moderna que dejamos de valorarla. El volumen es perfecto, el encaje en una zona de gran riqueza también lo es, gracias a que los materiales utilizados son también lujosos. El edificio fue admirado entonces y lo es hoy, por mucho que ya pocos nos fijemos en una simple cajita de cristal.

Todo es cuestión de encaje, pero no en el sentido de adaptarse al estilo prevaleciente, sino en intentar sacar partido de las condiciones del lugar y tratar de crear ciudad, sin estridencias pero tampoco sin concesiones. Termino esta entrada, que más parece de un fotolog, con la foto de un edificio de la calle 48, casi esquina a la tercera avenida, que vi por primera vez en mi último viaje a NY, hace poco más de un mes. Es curioso, siempre me alojo en esa parte de la ciudad (porque es por ahí donde se celebran las reuniones de trabajo a las que voy) y nunca habia reparado antes en el edificio. Tiene una explicacion: siempre camino por la calle 47 (que hasta hace unos años tenía bastante puterío) pero nunca por la 48. Pues en plena noche me encontré con esta joya, y tuve la suerte de llevar la cámara a cuestas:



La foto no es muy buena, pero se puede ver la estructura del edificio, sus paredes de bloques de cristal iluminado, refulgiendo en plena noche. He intentado buscar información sobre el mismo, pero aún no he encontrado nada. Se parece mucho a otra joya arquitectónica, "la maison de verre" que Pierre Chareau construyó en París en los años 20, por lo que deduzco que esta casa debe ser de la misma época. El racionalismo arquitectónico es una bendición, marca el inicio de la aplicación de los principios modernos a la construcción, pero con técnicas aún tradicionales. Y sin ánimo de llamar la atención más de lo imprescindible. Porque este edificio, que no tardará en cumplir 100 años, es una "town house" tan típicamente neoyorquina como las que tiene a izquierda y derecha. Perfectamente encajado en su entorno. Y sigue siendo, a pesar de su edad, moderno a rabiar y sin necesidad de gritar "mírame, estoy aquí".

viernes, 13 de marzo de 2009

... y en Estrasburgo

Y ahora en Estrasburgo. Debe ser la edad, pero cada vez me tiran más las ciudades de la Mittle-Europa. Pienso en mis ideas de que el modelo de crecimiento económico está agotado. ¿Para qué crecer cuando se tiene un nivel de vida como el de Estrasburgo? Con conservar lo que ya hay debería bastar. Pero ése es un pensamiento muy conservador, y oficialmente yo no soy conservador.

Paseo por el margen del río Ill, en pleno centro histórico. Por las calzadas, pocos coches. Muchas bicicletas. Tranvías. A veces pienso que la presencia de tranvías es una señal inequívoca de que una ciudad es sostenible. Algo me dice que estoy en lo correcto. Hay, al parecer, huelga de estudiantes. Qué cosa tan francesa. Recuerdo mi año de estudiante en París, hubo “revueltas estudiantiles”. Decíamos, y nos creíamos, que el 86 era el nuevo 68. Qué bobos.

Todo está en orden, todo está tranquilo. Es terriblemente aburrido, y al mismo tiempo reconfortante. No hay ruidos. La gente, casi toda mayor, pasea perros. En Nueva York vi dos bulldogs ingleses con abriguitos alcolchados de color morado. Pobrecitos. Aquí veo perros más previsibles: spaniels, labradores (gordos, en Francia todos los perros urbanos están gordos), esas razas belgas de perros lanudos, pequeños y cabezones, muy graciosos. Apenas hay señales de primavera y eso que no hace demasiado frío.

Me vuelve a tocar comer solo, qué remedio. Cualquier cosa menos quedarme en las instituciones europeas, a donde me ha tocado venir. Siempre he sido europeísta, y desde luego me considero europeo por encima de cualquier otra identidad geopolítica, pero viendo como funciona la UE de hoy a uno se le quitan las ganas. Y qué feos los edificios. El del Consejo de Europa, el único que tiene un pase, es un búnker sin redención. El del Parlamento Europeo es un prisma redondo de cristal transparente que supuestamente simboliza la transparencia de la institución. Como dirían en Milwaukee, o Peoria, “transparencia, my ass”. Si esos edificios, todos premiados, por supuesto, quieren acercar la idea de Europa al pueblo, peor no han podido hacerlo. A veces coincido con mi tío Alberto, que dice que hay que reinstaurar la pena de muerte, pero sólo para arquitectos.

Me paseo bajo la lluvia en la “Petite France” y por los alrededores de la catedral. Es gótica auténtica, aunque la torre única, demasiado alta, parece del XIX. La piedra es rojiza, muy bonita, muy parecida a la de los monasterios abandonados del norte de Inglaterra. Veo anticuarios (me atrae una champanera art-déco de plata, pero decido no preguntar precios), floristas, unas librerías estupendas, bodegas, un número sorprendentemente alto de tiendas de lámparas. Todo preparado para una vida de interiores, de tranquilidad. A las diez y diez de la noche la puerta de mi hotel ya estaba cerrada, tuve que llamar al conserje a que me abriese.

Y sin embargo me siento a gusto, me podría acostumbrar a vivir en un lugar así. Yo, el del culo inquieto que siempre está pensando en la próxima etapa, y con ganas de apalancarme en una ciudad europea. Igual pido un puesto en el Consejo de Europa. ¿Aguantaría? Seguro que sí. Me encanta la lluvia fina que cae, aunque hace pocos días decía que me costaría vivir en un sitio sin sol. Igual me mudo a Málaga. Sol o tranquilidad. O ambas cosas. Lo dicho, me estoy haciendo mayor.

Mientras paseo por los márgenes del Ill se me acerca un chico, de veintipocos, o incluso menos años, guapísimo, rapado. Me pregunta donde está nosequé. Estoy a punto de contestarle que ni idea pero que haga conmigo lo que quiera, que por él lo dejo todo. Pero ya lo dejé todo por otro hace más de once años, y sigo tan feliz. Le digo que no lo sé, lo siento, no soy de aquí; me sonríe (quizá fuese marroquí o argelino, o quizá alsaciano, no lo sé) y me derrito un poquitín. Y me toca ya volverme a Madrid. Qué bien.

miércoles, 11 de marzo de 2009

En Nueva York...

De nuevo en Nueva York. Estuve por última vez hace unos 10 meses, cuando me hicieron por la calle la foto aquella para el Vogue… que no fue publicada nunca. Me encuentro una ciudad en decadencia. No, me encuentro una ciudad deprimida. La decadencia, como a cualquier hijo de vecino, me encanta. Le depresión no tanto. Los rascacielos nuevos que estaban a medio terminar entonces, siguen estando a medio terminar ahora. El del Bank of America, en Bryant Park, una especie de prisma angular de cristal transparente, es un caso especialmente triste: se ve que las oficinas ya están funcionando pero hay paneles de cristal sin instalar, sustituidos por una plancha de contrachapado de madera que desde la calle parece cartón. El capirote que lo remata está a medio acristalar, cubierto en parte por plásticos. Le falta la Uralita. Es muy triste.

Veo más turistas (como siempre, todo lleno de españoles, seguimos sin enterarnos de que hay crisis) que banqueros. Siempre me han encantado los hombres neoyorquinos (fantaseo que todos son banqueros), tan bien vestidos, tan bien peinados. Sería por la nevada, pero no se veían por la calle. Como tampoco se veían tantas mujeres bien vestidas buscando un taxi o trotando por las aceras de Madison Avenue con sus bolsas con las compras hechas en Tod’s o Barney’s. Mucha rusa, bastantes árabes, algunas americanas de peso por Times Square. Montones de españolas en Century 21. Pero pocos manhattanitas. O por lo menos esa impresión me daba.

Las entradas para los shows de Broadway se venden al 50% de descuento como poco. Ofertas de todo a 100 en las tiendas de lujo. Fui a unas rebajas del 70% en Brooks Brothers, una de mis tiendas favoritas (lo sé, lo sé, es ultra clásica, pero me encanta el punto Ivy League). No había nadie comprando nada. Ni al 70% de descuento. Y no eran rebajas de invierno. No, era la ropa de la nueva temporada de primavera-verano. En Nueva York no se vende nada. Yo me llevé dos nikis.

Odio comer solo. Pero inevitablemente me toca hacerlo en algún momento de mi periplo semanal. Como solo y me fijo como siempre en los demás comensales, también solos, pendientes de sus teléfonos móviles. Fantaseo con estar en un restaurante de actores en paro a la espera de una llamada, como Lana Turner al inicio de “Imitación a la Vida”. Acabo fijándome, como siempre, en los zapatos de la gente. Cuánta verdad hay en los zapatos, cuánto se puede saber de una persona con sólo mirárselos. Busco chancletas invernales. En vano. No está el horno para bollos, ni el ánimo para vanidades. Y hace mucho frío.

Una señora gorda, seguro que de Milwaukee o Peoria, me pregunta, a 10 metros de Grand Central Station, dónde está Grand Central Station. Algo debo tener en la cara, porque allá donde voy, allá que me preguntan donde está la calle tal o la tienda cual. No me molesta, al contrario. Me encanta. Sobre todo en Nueva York. A pesar de todo, me sigue pareciendo una ciudad irresistible.

martes, 27 de enero de 2009

Rascacielos


He estado a primera hora esta mañana en una reunión de un tipo al que no suelo ir. Mucho ejecutivo de empresa, de pelo engominado, pulseritas de tela, mocasines con borla y olor a Loewe. A veces se me olvida que existen otros mundos. Y que están en éste. Me sorprende que se me hubiese olvidado que existe este tipo humano, tan común por lo demás en esta ciudad.

Ciudad que resplandecía esta mañana. La foto que he colgado la he hecho con el teléfono desde el cuarto de baño del lugar donde he tenido la reunión y es que la vista me ha dejado anonadado. Siempre me han gustado los rascacielos de la Plaza de España. Casi tanto como detesto las cuatro torres paletas que se elevan en el norte de la ciudad (y que también se veían desde el wc), con una desproporción desmedida y absurda, un encaje pésimo en el tejido urbano y un impacto lamentable sobre la ciudad en su conjunto (me quedé de piedra cuando las vi, como 4 dedos de una mano gigante enterrada, desde los jardines del Escorial; toda la ciudad a escala humana y esas cuatro torres desproporcionadas).

A mí me encanta la constrúcción en altura. Ya he hablado mucho de Nueva York, así que no me enrollo más. Pero me gustan los rascacielos integrados en el tejido urbano, no apartados de todo, algo que no deja de ser un "quiero y no puedo". Todas las ciudades del mundo están llenas de horrores urbanísticos, producto de una mala decisión del ayuntamiento de turno ("vamos a poner una torre de cristal, lo más fea posible, de modo que se vea siempre que te fijes en la torre Eiffel"), de arquitectos malos o de promotores que cambian los planes originales y abaratan los materiales. Pero en otras ocasiones la decisión oficial, el arquitecto y la promotora aciertan.

Pienso que el tiempo ha sido generoso con los rascacielos de la Plaza de España. Ambos edificios están hoy vacíos, uno en rehabilitación, el otro en espera de que sus dueños decidan qué hacer con él. Ya lo estaban bastante antes del inicio de la "crisis", tan anunciada que no sé cómo le sorprende a nadie. Cuando se construyeron, allá por los años 50-60, estaban en pleno corazón de la ciudad y se promocionaron como el colmo de la modernidad. Lo eran, y pienso que lo siguen siendo, a pesar de los detalles neo-herrerianos (que yo antes odiaba y ahora me hacen mucha gracia) del edificio España, el escalonado. Es curioso, me los imagino a ambos en Manhattan, sobre todo en el distrito financiero, conviviendo con torres neogóticas, art-decó, modernas, post-modernas, tardomodernas y neomodernas. Algo que no puedo decir de las cuatro torres nuevas, que me imagino en alguna ciudad china segundona. Tipo Qongqing. Que, por cierto, se pronuncia "Chochín". En qué estaré yo pensando.

martes, 6 de enero de 2009

Transgeneralidades



Paseando por el centro de Madrid, en concreto por la calle de la Concepción Jerónima, me topé con esta pintada. No me pude resistir a hacerle una foto, con el teléfono por supuesto. En algún lugar he dejado escrito que detesto los grafiti con todas mis fuerzas, no compro la teoría de que es "arte urbano".

Subo la foto al blog porque al ir a borrarla me doy cuenta de su extraño y bonito efecto visual, con cuatro grandes rayas horizontales, casi del mismo tamaño, en diversos tonos de gris. Y al comprobar el extraño efecto visual vuelvo a sorprenderme por el texto escrito en la pared. Me pregunto quién lo escribiría: la apuesta lógica es una persona inmigrante y transexual que ejerce la prostitución, pero no tiene por qué ser necesariamente así. Me fascina la palabra "extrangénero": ¿es un extranjero trangénero? ¿un género extranjero?

Me doy cuenta de que las pintadas que no me gustan son las de tipo "artístico", que por lo demás se suelen limitar a la firma garabateada y rubricada del "artista" en cualquier rincón virgen de una pared o una puerta que no le pertenecen. Pero no me disgustan las pintadas llamémoslas políticas, como ésta, al contrario. Me acuerdo perfectamente de las pintadas que proliferaban en Madrid en los primeros 70 y que pedían amnistía, libertad y democracia antes de la muerte de Franco. Generalmente a las pocas horas estaban ya tapadas por otras pintadas, grandes rectángulos tachados con una equis que borraban cada letra del mensaje "subversivo". Recuerdo que le preguntaba a mi madre en la inocencia de mis 7 u 8 años por aquellos conceptos, amnistía o libertad, y sobre todo por el motivo por el que sólo se pudiesen reclamar de aquel modo. Reconozco que me fascinaba la idea de la censura de las pintadas y me pasaba horas intentando descrifrar las palabras que debían estar debajo de esas celdas de pintura negra que las desfiguraban por completo.

Y ahora, casi 40 años después, me topo con esta pintada que de tan clara resulta totalmente incomprensible. Me siento extrangénero en mi propia ciudad. Pero no es una sensación nada desagradable, la verdad. Más bien al contrario.

viernes, 17 de octubre de 2008

"Very Gotham!"



Ésas fueron las palabras que le dijo una mujer americana al señor con el que estaba.

Di mucha lata en este blog a lo largo del verano sobre los vaivenes de mi vida profesional y he optado, para no ser pesado, por no contar nada desde la vuelta al cole. Y es que el principal cambio que se ha operado en mi vida es que ahora voy andando al trabajo. Antes tenía ante mí una hora de metro de ida y otra de vuelta. Ahora tengo un paseo de 15 minutos. A menudo voy a comer a casa. Calidad de vida.

Como vivo y trabajo en el centro de Madrid, mi paseo consiste en atravesar calles y sobre todo plazas, los espacios urbanos más importantes, donde todos nos cruzamos; calles y plazas con historia y con vida propia. El paseo matinal es de lo más estimulante: reconozco que siempre me ha gustado ver despertarse a las ciudades. He visto estos días en la Plaza Mayor, junto a la cola habitual de la Junta Municipal de Distrito y los turistas asiáticos madrugadores, a un judío ortodoxo rezando con su manto para la plegaria y sus versículos de la Torah en ese extraño tintero que se colocan en la frente (y cuyo nombre debería saberme). He visto multitud de personas sin techo, y cada vez parece haber más, durmiendo a la intemperie, en la calle de la Bolsa (desde donde hay una vista fabulosa, en el cañón que forma la calle de la Paz, del Edificio de Telefónica, que a primera ahora tiene aún encendido el reloj de neón rojo de la torre); veo a diario a dos ancianas mendigando, una de ellas, en la Plaza del Ángel con su abrigo acolchado y su buen corte de pelo, que ya me saluda aunque no le dé nada; he visto grupos de hombres (no debería dar el calificativo, pero eran latinoamericanos) empezando a emborracharse a las 8 y media de la mañana y tirados por el suelo, en estado semicomatoso, unas horas más tarde ; he visto a muchos jóvenes con pupilas dilatadas apurando lo que para ellos aún es noche en búsqueda de los after hours más canallas. Veo a diario a las putas de la calle de la Cruz y la Plaza de Benavente, empezando la brega desde bien temprano y continuando hasta la noche. Veo asombrado el continuo montado y desmontado de tenderetes de porte diverso, en la Plaza de Santa Ana, para jornadas gastronómicas o mercadillos de artesanía, con el Teatro Español de testigo; y veo con espanto como ya se han colocado en la Plaza Mayor y en Sol los soportes para las decoraciones navideñas. El año pasado escribí un post que llamé “Navidad en Octubre”, me remito a él.

Es posible que a alguien esto que escribo le parezca un retrato sórdido de la ciudad. Nada más lejos de mi intención. Madrid es una ciudad de contrastes, como todas las grandes ciudades, plagada de grandezas y miserias en igual medida, donde hay hueco para un señor de pinta aburrida como yo y para jóvenes hartos de pastillas y de tedio vital o señoras que hacen cola en la iglesia de San Pedro el viejo o de Santa Cruz para poner una vela tempranera en algún altar milagroso.

Hay otra plaza, cercana a mi lugar de trabajo y por lo tanto de destino, que siempre me ha resultado algo extraña. La plaza de Canalejas tiene unos edificios grandiosos, antiguas sedes de bancos, y alberga una tienda maravillosa: La Violeta, donde sólo se venden caramelos de dicho sabor (y color). Pero al mismo tiempo, es casi como un cruce de autopistas, con un tráfico endemoniado de coches, taxis y autobuses urbanos y un ruido ensordecedor a cualquier hora. Desde Canalejas hice (con el móvil) la foto que he colgado y que retrata los que siempre he considerado los dos edificios más neoyorquinos de Madrid, que están en la esquina de Alcalá con Peligros. Con cuarenta plantas más podrían estar en Mannhatan, o mejor dicho en Gotham, como dijo la elegante turista americana al fijarse en ellos. Aunque dudo que en Nueva York encajase la cúpula que se ve a la derecha, la de la iglesia de las Calatravas. Lo que sí encaja, en Nueva York, Madrid o Hong Kong es el contraste de edificios fabulosos y vagabundos con sus perros fieles a las puertas de las iglesias, tiendas de lujo y bares de barra de aluminio, mercadillos de baraterías a la puerta de hoteles de cinco estrellas y mendigas que (pedirán pero no perderán su dignidad) van regularmente a la peluquería. En una palabra: vida urbana. Tan diversa como lo somos nosotros.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Raíces

No, no voy a escribir sobre Kunta Kinte.

El martes vi un programa en televisión que me dejó bastante sorprendido y, tengo que admitirlo, emocionado. Era sobre emigrantes españoles en Australia. Conozco, como todos, la historia de la emigración española en las décadas centrales del siglo XX, dirigida sobre todo a países europeos y, en menor medida, latinoamericanos, pero no sabía que hubiese un núcleo tan importante de españoles que hubiesen decidido a marcharse a buscar mejor vida ni más ni menos que a las antípodas.

La emigración en sí no me parece dramática, ni mucho menos, cuando es el producto de la decisión libre de quien decide abandonar su país para mejorar sus condiciones de vida. En realidad debe beneficiar a todos: sobre todo al emigrante, que encuentra prosperidad y, generalmente, mayor libertad en el país de acogida; para éste, la mano de obra inmigrante supone una fuente barata de mano de obra y de impuestos que sirve para acelerar el crecimiento económico. Estas consideraciones generalistas y necesariamente simples contrastan sin embargo con la realidad terrible y criminal de la emigración forzada y el tráfico de personas pero sobre todo con la descripción de cada una de las experiencias personales, verdaderas aventuras nomádicas que, en boca de los españoles en Australia, me tocaron la fibra sensible, siendo como soy nómada de vocación.

Es curioso como los testimonios de estos españoles coincidían en muchas cosas: casi todos decían “vine por dos años y ya llevo más de cuarenta”. Sorprendía ver cómo todos han conservado el idioma, y eso que además venían de todos los rincones de la península, algo que también me llamó la atención, pues mi experiencia hasta ahora es que nuestra emigración fue muy regional, canarios a Venezuela, vascos al Reino Unido, gallegos a todas partes… No podía dejar de preguntarme si los hispano-australianos habrán tenido una vida mejor allá de la que hubiesen tenido de haberse quedado acá, pues de eso se trata cuando decides dejarlo todo. Quizá a la larga sí hayan tenido mejor vida, pero no hay duda de que los inicios tuvieron necesariamente que ser duros, con trabajos muy inferiores a sus cualificaciones profesionales. Ahora, 40 años después, disfrutan de un sistema prestacional que debe ser muy similar al que las personas de su edad tienen en España. Pero ellos dejaron atrás familia, amigos, su propia tierra. Pasado tanto tiempo, con sus vidas australianas hechas, consolidadas y –no nos engañemos- sin tanto tiempo por vivir, se dejan llevar por la rutina, siempre reconfortante, y ven un posible retorno a su tierra de origen como una entelequia, un deseo cuyo cumplimiento parece llegar siempre demasiado tarde.

Soy consciente de que escribo todo esto con frialdad, tanto más cuanto que además describe en parte la situación que vivimos desde hace al menos un década en España. Pero es que siempre he considerado que no tengo raíces. Nací y crecí en Madrid, pero he vivido en bastantes sitios. En todos he sido feliz pero nunca los he echado de menos, como no he echado de menos mi ciudad cuando he estado lejos. Lo curioso es que me veo ahora defendiendo Madrid, afirmando, como hice en la autoentrevista, que es el lugar donde deseo vivir. Y me pregunto si en el fondo no será un señal de madurez (quiero decir, de que me estoy haciendo mayor) intentar identificar unas raíces propias, un punto de referencia personal, cultural y familiar por mucho que uno se pretenda, en un ejercicio lamentable de papanatismo, “ciudadano del mundo”.

Volveré a vivir en otros lugares, en otras ciudades y de nuevo, como siempre me ha ocurrido al cambiar de país de residencia, sentiré la excitación tan estimulante de empezar una nueva aventura, de conocer nuevos rincones y personas, y al cabo de un tiempo (una semana, 20 días, un par de meses) me sentaré en la cama, antes de acostarme y me preguntaré, una vez más, “¿y qué hago yo aquí?”. Y justo antes de dormirme haré repaso de mi vida, de lo mucho que he hecho y de lo mucho que me queda por hacer, y echaré de menos a mi madre y hermanos, a mis amigos, la sonrisa de la dependienta de la frutería, la luz de la tarde que justo ahora, mientras escribo esto, entra por la ventana en plan "Chica de Ayer", o los perros de mi barrio. Y al día siguiente no me acordaré de nada.

sábado, 26 de julio de 2008

Je suis une catin

O, lo que es lo mismo, soy un putón. Eso cantaba Mylène Farmer en 1986 e hizo un vídeo antológico para demostrar que era cierto. Aquí lo dejo de testigo. Ojo, es larguito.



He prometido que escribiría sobre los 80 y aquí empiezo. Pasé el curso 1986/87 estudiando en París, con una beca aunque no Erasmus, que de eso aún no existía. Cosas de la edad. Tengo recuerdos borrosos de aquel año, aunque todo está escrito en un diario que se encuentra sepultado en el fondo de un cajón y al que no tengo la más mínima intención de asomarme pues sé que es un pozo de tristeza. Aunque algo he madurado con la edad, sigo oscilando entre la tristeza y la euforia, parezco no saber encontrar el término medio. Recuerdo de aquel año en París mis largos paseos lánguidos por la ciudad (descubriendo lugares urbanos perfectos, de esos que tanto me gustan como la Place Fürstenberg), recuerdo haber leído muchísimo sobre todo novela (así a bote pronto me vienen a la memoria John Dos Passos, Cesare Pavese, García Márquez, Olivier Rolin), recuerdo haberme pasado un mes sin cenar para ahorrar e ir a ver bailar a Sylvie Guillem al teatro de la ópera (al que entonces aún no llamaban, qué pretencioso, Palais Garnier). Qué solo estaba. Y recuerdo sobre todo la música. Podría presumir de que fue entonces cuando descubrí la música culta del siglo XX y me hice aficionado a Schönberg y Alban Berg. Pero lo que marca la banda sonora de aquel año, en el que prácticamente había acabado mi aventura tocando con un grupo pop, era lo que sonaba en la radio fórmula francesa. "Voyage Voyage", de Desireless, "Ouragan" de Estefanía de Mónaco, "C'est la ouate" de Caroline Loeb, "Aire soy" de Miguel Bosé o "Fotonovela" de Iván (ésta, al contrario que la de Bosé, sin traducir al francés).

Pero lo que de verdad arrasaba era "Libertine" de Mylène Farmer, a quien entonces ya habían puesto el sobrenombre de la Madonna francesa. Admito que puede haber puntos de conexión, pero en el 86 Madonna aún no había enseñado culo, tetas y parrús en un vídeo (por cierto no recuerdo que lo haya hecho, aunque sí en el libro "Sex") ni se había metido en una bañera a retozar con otras dos tías. El beso de la muerte (al menos artística, aunque al tiempo) que le dio a la pobre Britney es una broma comparado con los refriegues de Mylène y sus alegres amigas. ¡Ay las mujeres francesas!

La estética dieciochesca del vídeo poco deja ver que es de los años 80, pero la música (sintetizador doblado con piano, saxo histérico) es inequívocamente de la época. Continuaré buceando en YouTube, a ver qué joyas ochenteras (que puedan sorprender, se entiende) encuentro.

miércoles, 23 de julio de 2008

La Plaza del Alamillo




Siempre me estoy citando a mí mismo. Hago referencia en esta ocasión a dos comentarios de posts anteriores. Al hablar de las librerías que me gustan me referí a "Arranca Thelma" que está en la Plaza del Alamillo de Madrid. En dicha plaza, un rincón del Madrid antiguo de un encanto muy especial, se desarrolla una parte importante de la película "Tacones Lejanos", de Almodóvar, que mencioné en mi post anterior. En la película, al regresar Marisa Paredes a Madrid le pide al conductor del coche que la lleve a la Plaza del Alamillo y le dice a Victoria Abril, su hija, "la he comprado". Se refería al piso donde había nacido y crecido, un semisótano desde donde veía pasar a la gente y en el cual se instala. En esa casa se desarrolla toda la escena final, donde madre e hija se reconcilian justo antes de la muerte de Becky del Páramo, el personaje de Marisa Paredes. Ya lo dije en el otro post, me gusta mucho Tacones Lejanos, que aquí pasó con poca gloria pero fue un éxito enorme en Francia. Tiene por cierto una secuencia de títulos, con los "sketches of Spain" de Miles Davis de fondo, fabulosa.

El otro día, pasando por la plaza, que me pilla cerca de casa, vi que el piso de la película está en venta. No soy yo tan fetichista de "almodóvarbilia" como para comprarme el piso, pero no me extrañaría que para alguien fuese un elemento a tener en cuenta a la hora de elegir vivienda o que la agencia inmobiliaria utilice la vinculación a la película como señuelo. La plaza es en realidad un cruce de calles peatonales en cuesta, como toda esa zona del viejo Madrid que parece caer hacia la calle Segovia. En un lado de la plazuela hay un álamo que le da nombre, viejo y grande pero sin copa, da la impresión de que qudó hendido por un rayo como en el poema de Machado. También hay un restaurante mexicano muy famoso en el que reconozco que nunca he estado. Y la estupenda librería de la que he hablado. Es un espacio urbano público abierto al disfrute de todos: si hay algo que no me gusta de Madrid es la privatización de los espacios públicos, sobre todo en el centro, que está invadido de terrazas, mesas, sillas y sombrillas de negocios privados, haciendo beneficio con lo que debiera ser de todos. Además, en la plaza, que a diferencia del resto de la ciudad es un remanso de paz y silencio, siempre parece sonar música, que seguramente viene de la ventana abierta de algún vecino.

Puedo comprender la inercia del personaje de Marisa Paredes en la película. Soy muy poco dado a la nostalgia pero entiendo que uno se encuentre a gusto en los lugares donde ha sido feliz y, sobre todo, donde se ha sentido protegido. Cada vez que voy a ver a mi madre, a la casa donde crecí, se me mezclan las sensaciones. Por un lado reconozco el entorno protector y reconfortante, por otro me doy cuenta de lo distinta que es mi vida a cómo la imaginaba cuando aún estaba en casa y agradezco haber sabido encontrar mi hueco en este mundo. Pero me refiero aún a ella como "casa" cuando mi casa, y mi vida, están en otro lugar. Cercano a la Plaza del Alamillo.

domingo, 6 de julio de 2008

En Londres

Viaje relámpago a Londres, por trabajo. Viví en Londres, conozco bien la ciudad y no la echo mucho de menos. En parte porque nunca he dejado de volver, en parte porque no echo de menos ninguno de los sitios en que he vivido, y en parte porque no me gustaría volver a vivir allá, al menos ahora. Hay cosas de Londres que me vuelven loco: la sinfonía de grises en el cielo y la sinfonía de verdes en los parques (los británicos han ganado a su mala climatología con el arte de la jardinería). Los hombres y las mujeres de la City, vestidos impecablemente. La mezcla de lo antiguo y lo moderno. Los taxis. El inglés bien hablado. Los hombres británicos. Hay cosas que no me gustan nada, como la obsesión por lo nuevo, lo moderno, la agresividad de alguna gente, que suele ir unida a una enfermiza relación con el alcohol (como ocurre en toda Europa al norte de París). El inglés mal hablado.

Sin embargo, a pesar de mi falta de nostalgia por mi vida londinense, debería estarle muy agradecido. Y se lo estoy, pues Londres es el lugar donde empecé de verdad a vivir. Si alguna vez me hiciesen el cuestionario de la última página de Vanity Fair y me preguntasen cuándo y dónde he sido más feliz, no tendría duda alguna: en Londres, la primera semana de septiembre de 1998. Aquella semana fue sencillamente perfecta. Aún me dan escalofríos recordándola. Aunque yo sabía que había encontrado lo que quería pero pensaba que no existía, necesitaba ese momento sublime, mi hora exquisita; aquellos días fueron la confirmación de que soy capaz de querer y, lo más sorprendente, de ser querido. Un año más tarde me mudaba a Londres, donde pasé tres años inolvidables, como todos los segundos que han pasado desde que conocí al hombre que me ha dado la única felicidad que he conocido y que ocupa, y ocupará para siempre, toda mi vida y todo mi corazón.

Curioso, no tengo ni una foto digital tomada en Londres.

domingo, 29 de junio de 2008

Librerías


En algún lugar de este blog he dejado dicho que me gusta mucho leer. He leído y leo mucho. De todo. Sin criterio. El Super Pop y el Tractatus Logico Philosophicus. Desde Kierkegaard hasta el Manual de la perfecta petarda. Y a todo le saco jugo, la verdad, pocas veces he dejado un libro sin terminar.

No soy ni fui ratón de biblioteca, entre otras cosas porque siempre me ha gustado leer tumbado, me concentro mucho mejor. También estudiaba tumbado. Debe ser algo relacionado con el riego sanguíneo, imagino. No soy tampoco comprador compulsivo de libros, aunque tengo unos cuantos. Lo que me encanta son las librerías, de hecho siempre he tenido la idea loca (no quiero, deliberadamente, llamarlo un sueño) de abrir mi propia librería, especializada en tipografía (le haría un logo muy bonito en Helvética o Bodoni o algún tipo nuevo de mi propia invención), poesía, arte y viajes. Y para hacer caja vendería a Dan Brown y Ruiz Zafón, que hay que comer.

Los turistas no suelen ir a librerías. Tengo no sé si la suerte o la desgracia de viajar bastante, sobre todo por trabajo, y siempre que puedo aprovecho para meterme en librerías de todo tipo, a hojear volúmenes y a sacar ideas para mi negocio imaginario. Evitando de paso a los turistas: uno puede ir a la iglesia menos interesante de Europa (no me refiero necesariamente a la Almudena) y siempre encontrará a algún turista, guía en la mano. Pero a las librerías, salvo que sean muy de escaparate, bien en El Cairo ("Aquí estuvo Agatha Christie") o La Habana ("La favorita de Hemingway"), los turistas ni se acercan.

He visto librerías preciosas, de cuyos nombres no me acuerdo, en Lisboa, Dublín, Estambul, Sevilla o Buenos Aires, ciudades que tampoco conozco tan bien, librerías grandes y pequeñas, especializadas o generalistas, pero siempre con un encanto especial. He estado y comprado en librerías especializadas en viajes, uno de mis sectores preferidos: hay dos que me gustan en particular, la "Libreria del Viaggiatore", en Roma, cerca de Campo di Fiori (compré un libro maravilloso, que en mi infinita estupidez regalé, llamado "Roma di Notte", escrito y publicado antes de la llegada del fascismo, en el que se enumeraban los mejores sitios para dormir a la intemperie en la ciudad , y se avisaba de los lugares peligrosos por si alguien se atrevía con ellos) y "The Complete Traveler Bookstore" en Nueva York, en Murray Hill, muy cerca de la Morgan Library. Durante mucho tiempo ésta fue mi librería modelo, con sus dos partes diferenciadas, una dedicada a guías y mapas de viaje y la otra –en la que me he dejado mis buenos cuartos- con ediciones antiguas de libros de viajeros. Aunque especializada en otro tipo de viajes, recuerdo bien una librería esotérica en Turín (¡qué ciudad tan magnífica!), regentada por el joven y misterioso Dottore Sinatra que no nos vendió a su madre porque no nos dejamos pero a punto estuvimos de tener que comprar otra maleta para cargar todo lo que nos colocó. Tan imposible me resulta olvidar al joven Sinatra como recordar el nombre de su atiborrada y diminuta librería.

En Madrid me gusta mucho "Hiperión", al igual que las ediciones de libros que hacen y la gran amabilidad de los dependientes. Yo le añadiría un servicio gratuito de café y té y una bandeja con bollos recién hechos a disposición de los clientes. Aquí debo decir que en mi librería imaginaria habría esas cosas, y si no bollos, al menos la tarta de polenta que hace mi santo esposo. Y que no duraría nada, pero bueno, ya compensaría el gasto de otro modo. También me gusta "Berkana", infinitamente mejor que cualquier otra librería especializada en temática queer que haya visitado (hay una en Castro que también me gustó mucho, aunque haciendo memoria lo que recuerdo son unos calendarios de auténtico escándalo que, bobo de mí, no llegué a comprar. Mejor no sigo) y también "Arranca Thelma", en uno de los rincones más atmosféricos de Madrid, la plaza del Alamillo. Ahí he encontrado grandes joyas olvidadas, como el libro a gran formato de Reinhart Wolf de fotografías de Nueva York o el que contiene la colección de dibujos eróticos de Jean Cocteau, ambos por dos durillos. Mi librería favorita en mi propia ciudad desgraciadamente cerró hace mucho. Se llamaba "Lectura", y estaba en la calle del Doctor Fleming. Era una librería generalista en tres niveles con una sección infantil cuyas existencias yo devoraba, sentado en las escaleras, tarde tras tarde, sin que las dependientas dijesen nunca nada incluso cuando ni mis hermanos ni yo les comprábamos apenas nada.

Mi modelo de librería ideal está cercano a John Sandoe, en Londres (Chelsea), con los dependientes más leídos y mejor informados del mundo. Su problema es que, como todo en Londres, es víctima de los vaivenes de la moda: Elton John dijo en una revista que era su tienda favorita de la ciudad y claro, a partir del día siguiente sólo podías entrar cuando sonaba tu número en el turnomátic. También me gusta mucho La Hune en París, en Saint Germain, con un espacio perfectamente diseñado y un catálogo inacabable de fanzines y revistas de arte "alternativas" (es decir, muy guarras, las que más me gustan). Pero me temo que ésta sí la frecuentan los turistas aunque sólo sea como una etapa más en su peregrinar pseudo-existencialista.

No sólo me gustan las librerías pequeñas, aunque ése sería lógicamente mi modelo a seguir. Me encanta "The Strand", en Nueva York, en Broadway cerca de Union Square. Lo tienen todo. Hasta venden libros por metros: tienen un servicio de decoración que les llena los anaqueles a propietarios de mansiones de reciente construcción en Jersey City o Newark (o en Park Avenue, ojo). Y uno se puede quedar horas y días. Te lo dejan mirar todo e irte sin comprar nada (deduzco que se nota que me gusta el formato VIP'S, no puedo evitarlo). Por cierto, muy cerquita de The Strand está "Forbidden Planet", cuyo nombre viene de una de mis películas favoritas y es el paraíso del cómic, género que cultivo poco, lo reconozco. Pero la tienda es estupenda.

En mi lista de librerías favoritas, me quedo con tres, cada una en su estilo y por méritos propios. "Posada", en Bruselas (en la rue de la Madeleine, en pleno centro medieval) es la librería de arte perfecta. Es el único lugar del mundo donde he encontrado una monografía sobre Alexander Archipenko, pintor ucraniano en la órbita cubista, hoy injustamente (en mi opinión) olvidado. En Posada los libros están amontonados aparentemente sin ton ni son, el piso superior cruje a cada paso y uno tiene la impresión de que va a colapsar, hay más polvo del que quizá debiera. Pero en realidad todo está en su sitio, es una fuente inagotable de bibliografía artística y el polvo le da un lustre muy especial. Y tiene el mejor escaparate de cualquier establecimiento en cualquier lugar del mundo.

Yo me iría a vivir, para el resto de mis días, a "Akateeminen Kirjakauppa", o Librería Académica, en Helsinki. Pediría trabajo de día y también que me dejasen meter una camita y poder dormir en ese espacio inmenso pero recogido, donde los libros se mezclan al mármol de Carrara, la madera de abedul y el bronce, los materiales de construcción favoritos de Alvar Aalto, que regaló además a este edificio los lucernarios más bonitos nunca creados y que están retratados en la foto que encabeza este post. Está a años luz de lo que sería mi propia librería, pero demuestra lo importante de un buen diseño.

La tercera, en realidad la primera, en mi lista de librerías favoritas es "Three Lives and Company", en la calle 10, Greenwich Village, Nueva York. Está en un rincón precioso y arbolado de la ciudad, tiene el tamaño perfecto y secciones sobre todos los temas que me interesan: arte, biografía, LGTB, poesía, cocina, novela. Los dueños no pueden ser más amables, no pueden saber más de lo que saben y sin hacer ostentación de ello, no puede oler mejor, a una mezcla de papel sin estrenar, naranja y laurel. Mi idolatrado Gore Vidal hace, ya de tiempo atrás, los lanzamientos de sus libros en Three Lives. Sólo les falta el café y los bollos. Si algún día abro mi librería seguro que me ponen un pleito por plagio de modelo empresarial, porque les copiaría hasta el edificio, del que dejaría aquí una foto que le hice hace un par de meses si supiese insertarlas en el texto y no sólo al principio, que es lo que Blogger me dice que tengo que hacer (¿Me puede ayudar alguien, por favor?)

Eso sí, mucho amor por las librerías y siempre acabo comprándolo casi todo en Amazon.


domingo, 16 de septiembre de 2007

La línea del cielo


Me siento muy orgulloso de esta foto. La tomé hace unos años, a principios de noviembre, desde el vaporetto que lleva a la ciudad atravesando toda la laguna. Caía una tromba de agua fenomenal. Me encanta el azul, casi irreal e idéntico, del cielo y el agua. Tiene un aire, y pido perdón por lo pretencioso de la comparación, a un óleo de Whistler. Y si uno se fija bien, se adivina la magnífica línea del cielo de Venecia.

Siempre digo que mis ciudades favoritas son Venecia, Hong Kong, Estambul, Nueva York. Lo único que tienen en común es la presencia del agua, una densidad casi agobiante y skylines o líneas del cielo inmediatamente reconocibles. No juzgo estas ciudades de un modo absoluto, ni pretendo, al incluirlas en una lista de favoritas, indicar que me gustaría vivir ahí. Creo que sólo en Nueva York, que conozco bien, y en Hong Kong, dónde sólo estuve, hace ya mucho, unos días, podría establecerme con ciertas garantías de vivir a gusto. Es su atractivo estético, histórico e incluso conceptual lo que me atrae de estas ciudades. Y su línea de cielo, por supuesto.

Si hubiese empezado a escribir este blog hace diez años (¿había blogs hace diez años?), cada entrada hubiese contenido una lista. Me encantan las listas: mis diez sopranos favoritas, las quince mejores patatas a la brava, los libros que cambiaron mi vida, mis diseñadores irrenunciables. También me encantan las ciudades, sobre todo si son estimulantes, diversas y ofrecen todo tipo de posibilidades de ocio y a la vez le permiten a uno vivir a diario en un microcosmos amable y reconfortante. Siempre que voy a un sitio nuevo me planteo si me gustaría vivir allí y me sorprende ver, tal como decía, que no siempre escogería para vivir las ciudades que me gustan o estimulan a primera vista.

Una revista aún nueva, Monocle, publicaba hace poco su lista de las mejores 20 ciudades del mundo para vivir. Los criterios que utilizaba son interesantes, pues no se refiere a las redes de carreteras y sí al transporte público, valora un buen sistema de educación pública frente a la privada, concede puntos positivos a las ciudades multiculturales y con altos niveles de tolerancia así como a la facilidad para iniciar un pequeño negocio, se fija en las horas de sol anuales, los horarios comerciales y la vida nocturna y valora mucho la sostenibilidad medioambiental. Quedan fuera de la lista las grandes metrópolis –salvo Tokio, que está entre las 5 mejores- como Nueva York o Londres, y son ciudades centroeuropeas y escandinavas de tamaño medio las que se encuentran en los primeros lugares.

Madrid, que sale bien parada en el listado de monocle, tiene una línea del cielo paradójica. El centro histórico tiene un skyline preciosode cúpulas y chapiteles que, con la gran excepción de la Plaza de España, ha cambiado poco desde que Goya lo pintase desde la pradera de San Isidro. El skyline madrileño moderno, por el contrario, es un disparate y las cuatro torres (feas y paletas, como cuatro espárragos aislados, o cuatro dedos de una mano enterrada gigantesca) que crecen en el norte de la ciudad y que me toca ver a diario desde la ventana de mi lugar de trabajo, lo van a empeorar decisivamente. Una línea del cielo no se hace de golpe y a golpe de talonario sino poco a poco, completando lo ya existente, valorando el modelo de ciudad, sus necesidades reales de crecimiento y, me disculpo por repetir una palabra fea, su sostenibilidad futura.

Hace un montón de años, el director Fernando Colomo hizo una película, hoy olvidada, en Estados Unidos y la llamó "La línea del cielo", en referencia al skyline que toda ciudad de Norteamérica construye y desea ver convertido en su seña de identidad. Fue a principios de los 80, cuando otros directores españoles probaban fortuna en EEUU, intentando hacer su película americana (Bigas Luna firmó "Reborn", también olvidada, en esa misma época; Trueba lo intentaría una década más tarde; Almodóvar aún espera, y hace bien). Llegar a Venecia, como a Nueva York, a Estambul, a Hong Kong o, por qué no, a Benidorm por mar es una experiencia difícil de olvidar. Emociona y da vértigo ver el cielo recortado por formas arquitectónicas caprichosas, construidas a mayor gloria de dios o del dinero, o de ambos a la vez. Y siempre hay un instante en el que se me pasa por la cabeza que quiero quedarme a vivir ahí para siempre, aunque al cabo de unos minutos, unas horas, o unos días, eche de menos mi casa, mi cama, mi calle, mi rutina diaria, tan perversamente reconfortante.