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viernes, 14 de agosto de 2009

Lulu in a taxi

No me cansaré de decirlo. Una de las mejores cosas de Madrid, en agosto y todo el año, son los taxis. Y soy usuario muy frecuente, más de lo que le gustaría a mi monedero, así que sé de lo que hablo. Hay muchos taxis en circulación, son baratos, te llevan donde les digas y casi siempre los taxistas son educados y encantadores.

Me van a caer palos por el último comentario, porque todo el mundo tiene en mente el cliché del taxista facha, pesetero, maleducado, gruñón y pesado con la Cope a tope o Radio Olé aún más a tope. Pues sí, haberlos, haylos, pero de verdad que son una excepción.

Como también fue una excepción el de ayer por la tarde. Nos subimos. "Buenas tardes, a la calle Velázquez número tal, por favor". Y de repente, una vez bien asentado y en marcha, escucho de fondo a una soprano desgañitándose sobre una música tan difícil como sublime. Y lo reconozco de inmediato: el final del Acto 1 de Lulu, de Alban Berg, una de mis óperas favoritas. Hay taxistas en Madrid que se ponen ópera dodecafónica para entretenerse mientras trabajan. Pero ¿cómo no me va a gustar esta ciudad?



Descubro con gran pena que ya no hay en la web vídeos de la Lulu que Christine Schäfer, la mejor intérprete del personaje de los últimos años, cantó en Glyndebourne. Pero sí está éste que dejo, con Anja Silja, la mejor Lulu de todos los tiempos.

Y dejo otra Lulu que también merece la pena.

jueves, 18 de junio de 2009

Escaparates y fachadas: Museo Chicote

En realidad éste es una entrada muy breve para remitir a otro blog, un blog extraordinario, Revisión del Interior, escrito por unos profesionales del diseño y el interiorismo y que hace repaso a tendencias de arquitectura y diseño. Su buen gusto es increíble, tan increíble que me pidieron una colaboración. Me mandaron un mensaje a mi entrada sobre Enrique P y me pidieron que escribiese sobre el diseño de las tiendas "modernas" de Madrid de mediados de los años 80. A mí me gusta mucho el diseño y la arquitectura y sé algo al repecto, pero no para escribir sobre nada a fondo. En algún momento, como me insistían, me armé de valor y les sugerí escribir algo sobre Chicote, un bar atemporal de Madrid y de los pocos ejemplos de art déco en la ciudad, y me pidieron que lo hiciese.

El resultado se puede leer, y ver, en este enlace. El texto es mío, salvo el primer y último párrafos. Las fotos son de los chicos de Revisión del Interior. No es porque yo haya escrito un post, eso es una anécdota, pero os recomiendo fervientemente que sigáis su blog. Si os gustan estos temas, os apasionará tanto como a mí, Si no os gustan, hará que os gusten.

Dedicadle un tiempo a su blog, de verdad, es una maravilla.

sábado, 25 de abril de 2009

Juego de niños



Ordenando fotos en mi ordenador, encontré ésta del "New Museum" en Nueva York. Es uno de los pocos edificios nuevos de la ciudad que de verdad me gustan, con su apariencia de cajas de zapatos apiladas (algo parecido a lo que yo construía de pequeño sin parar con el lego, mi juguete favorito) y su exterior de malla metálica. Es obra de un equipo de arquitectos japoneses, Sanaa, que están construyendo algo en Valencia y que me temo que en poco tiempo serán nuevas estrellas arquitectónicas y perderán su estilo limpio en aras de las demandas de sus clientes y del público en general, que parece tenerle una especial querencia a la arquitectura rara. Muchos arquitectos de verdad buenos se han perdido en ese juego de niños de buscar llamar la atención.

La arquitectura no es ajena a la infantilización de la sociedad. Más bien la contrario, parece que los arquitectos se empeñan en diseñar y construir edificios cuanto más extraños mejor, con el nada oculto deseo de conseguir lo que ya se conoce como el efecto "wow". A veces, como el Guggenheim de Bilbao, se consigue una obra maestra. Otras veces, la mayoría, acabamos con desastres que están pasados de moda a los tres días de su finalización. Un gasto innecesario, casi siempre, al menos en Europa, a costa del erario público. Una pena.

La verdad es que escribo poco sobre arquitectura y es una de las cosas que más me gustan. Cuando lo hago es en la serie de escaparates y acabo contando historias paralelas, como hice con Enrique P y los abrazos rotos. Por cierto, querido lector, la foto de arriba tiene un punto "los abrazos rotos". Si no te has fijado bien, mira esta segunda toma: tres personas, todas de negro (no olvidemos que es NY) están asomadas a una terraza del edificio. Seguro que tenían unas vistas buenísimas. Y seguro que hay una historia detrás de esta reunión. Siempre hay una historia.



Curiosamente encontré otra foto neoyorquina y me hizo pensar en que los dos edificios, el nuevo del New Museum, y éste de ladrillo que está por Murray Hill no son tan distintos, ¿no creéis? Debe ser la sensación de elementos geométricos apilados uno sobre otro. Me encanta el mosaico arcoiris que corona la ventana superior. Y la ventana redondeada a media altura. Y que a la izquierda asoma el remate del Empire State Building.



Me gustan mucho algunas arquitecturas neoyorquinas, y lo que más me gusta es su encaje en el tejido de la ciudad. Es todo un desafío, pues construir siempre se convierte en meter algo nuevo en un espacio urbano muy denso y muy consolidado. Debe ser un desafío formidable, aunque más veces de las deseables da la impresión de que el arquitecto de turno está "colocando" un diseño que guarda en su carpeta, sin tomar en consideración el entorno. Es una de las cosas que me gusta del New Museum: encaja bien en su emplazamiento, The Bowery, que a pesar de todo sigue siendo centro de la bohemia artística neoyorquina, cuyo esplendor decadente retrató Nan Golding a la perfección en su serie de fotos tan brechtiana "The ballad of sexual dependency". Era tradicionalmente un espacio de talleres y pequeñas fábricas, por lo que el aspecto exterior del nuevo edificio está en su entorno natural.

Lo mismo ocurre con este otro edificio, la sede de Pepsi Co, donde además tuvo su despacho Joan Crawford. Que es otro punto a su favor.



Estamos ahora en otro entorno, esto es Park Avenue. El cogollo más rico del mundo occidental. Y estamos en los años 50, cuando se empieza a construir en cristal, en este caso transparente. Tenemos tan visto este tipo de arquitectura moderna que dejamos de valorarla. El volumen es perfecto, el encaje en una zona de gran riqueza también lo es, gracias a que los materiales utilizados son también lujosos. El edificio fue admirado entonces y lo es hoy, por mucho que ya pocos nos fijemos en una simple cajita de cristal.

Todo es cuestión de encaje, pero no en el sentido de adaptarse al estilo prevaleciente, sino en intentar sacar partido de las condiciones del lugar y tratar de crear ciudad, sin estridencias pero tampoco sin concesiones. Termino esta entrada, que más parece de un fotolog, con la foto de un edificio de la calle 48, casi esquina a la tercera avenida, que vi por primera vez en mi último viaje a NY, hace poco más de un mes. Es curioso, siempre me alojo en esa parte de la ciudad (porque es por ahí donde se celebran las reuniones de trabajo a las que voy) y nunca habia reparado antes en el edificio. Tiene una explicacion: siempre camino por la calle 47 (que hasta hace unos años tenía bastante puterío) pero nunca por la 48. Pues en plena noche me encontré con esta joya, y tuve la suerte de llevar la cámara a cuestas:



La foto no es muy buena, pero se puede ver la estructura del edificio, sus paredes de bloques de cristal iluminado, refulgiendo en plena noche. He intentado buscar información sobre el mismo, pero aún no he encontrado nada. Se parece mucho a otra joya arquitectónica, "la maison de verre" que Pierre Chareau construyó en París en los años 20, por lo que deduzco que esta casa debe ser de la misma época. El racionalismo arquitectónico es una bendición, marca el inicio de la aplicación de los principios modernos a la construcción, pero con técnicas aún tradicionales. Y sin ánimo de llamar la atención más de lo imprescindible. Porque este edificio, que no tardará en cumplir 100 años, es una "town house" tan típicamente neoyorquina como las que tiene a izquierda y derecha. Perfectamente encajado en su entorno. Y sigue siendo, a pesar de su edad, moderno a rabiar y sin necesidad de gritar "mírame, estoy aquí".

domingo, 27 de abril de 2008

El resto es ruido

Acabo de terminar de leer un libro muy interesante, llamado "The rest is noise", de Alex Ross.

Se trata de una historia de la música "culta" del siglo XX y empieza contando cómo en 1906 tuvo lugar en Graz (Austria) una de las primeras representaciones de la ópera "Salomé" de Richard Strauss, dirigida por el autor, y que contó con la presencia entre el público de miembros de la realeza europea, los compositores Mahler, Schönberg, Alban Berg, Alexander Zemlinsky y Puccini y (aunque nunca quedó del todo claro), el mismísimo Hitler, que tenía entonces sólo 17 años. Menudo momento. Salomé es quizá la primera ópera atonal, donde la teoría de la armonía musical desarrollada en occidente a lo largo de siglos queda aparcada casi por completo.

El libro de Ross es, en el fondo, una historia cultural del siglo XX, y mezcla mucha erudición musical (por mucho que haya estudiado solfeo, me he perdido bastantes veces en las descripciones de las características técnicas de muchas obras) y una descripción cronológica y temática de la música del siglo pasado. La conclusión que uno saca del libro es que en el siglo XX es imposible separar música y política, cultura e historia. Todo momento y movimiento político tienen su música: las óperas de Kurt Weill, serias y populares a la vez, en la República de Weimar, las operetas de Léhar, los monumentos musicales germánicos de Wagner o Strauss y la atonalidad de Webern en el tercer Reich, el neoclasicismo sinfónico estalinista de Shostakovitch, la atonalidad estricta y dictatorial de Boulez en el estado del bienestar de la Europa occidental de las últimas décadas del siglo, o el sinfonismo boreal, meláncólico, autárquico y ciertamente alcohólico de la Finlandia de Jan Sibelius.

Para el autor, y para cualquiera que conozca algo y disfrute de la música del siglo XX, sólo se salvan en realidad los verdaderos genios: Schönberg como padre de la novedad del dodecafonismo, Berg como autor de la inconmensurable "Wozzeck", Stravinsky con su herencia rusa y su negativa a utilizar la atonalidad estricta, Weill y Gershwing como los únicos que supieron realmente mezclar música culta y popular, Britten y su ópera Peter Grimes como camino personal y plenamente original, Aaron Copland como ejemplo del siglo de hegemonía de los Estados Unidos. Coincido con su apreciación, quitando mi casi total desconocimiento de la obra de Copland y con la excepción de Stravinsky, a quien considero muy sobrevalorado –he escuchado muchas veces el Rito de la Primavera mientras leía el libro, en casa y en el iPod, y sigo sin entender su magnetismo, me pasa lo mismo con su concierto para violín o la ópera "The Rake's Progress"; toda su obra me parece un gran trabajo de apropiación y reciclado de ideas ajenas y, en mi opinión, de poca originalidad, algo parecido a lo que pienso de Jean Cocteau y Picasso (que quede claro: no digo que no me guste su obra, pero pienso que en todos los casos, está hecha de retazos de inspiración ajena, hábilmente reciclados y adaptados, es una actitud, como habría dicho Rimbaud, absolutamente moderna, pero en gran medida superficial, poco sincera).

La conclusión del libro, que se disfruta mucho leyendo, es que la música del siglo XX refleja que toda la era fue una edad de extremos y extremismos (la expresión es de Eric Hobsbawn, no mía) y que al final es imposible separar música culta de música popular, pues se han ido influyendo mutuamente hasta llegar a una amalgama curiosa en la que hoy es difícil discernir si estamos ante una canción de Björk o una obra de los compositores "emergentes" Thomas Adès u Oswaldo Golijov. En el libro sólo he echado de menos referencias a Las Grecas, pero estoy empezando a acostumbrarme al hecho de que sólo algunos iniciados, privilegiados y con memoria, aún respetamos desde el recuerdo su inmenso legado.