Mostrando entradas con la etiqueta Nueva York. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nueva York. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de septiembre de 2009

¿Olvidadas? Holly Cole

Se recomienda leer esta entrada mientras se escucha la canción del último vídeo que se incluye en la misma.


Al veranillo de San Miguel (o al de San Martín) en Nueva York, en los países anglófonos, lo llaman "Indian Summer".

Octubre de 1995. Voy caminando por Nueva York, por Broadway, de regreso de la librería The Strand donde me he cargado de lectura para el otoño. Estoy en una etapa muy extraña de mi vida. Cumplir 30 años, estar a punto de cumplir 31, me ha sentado realmente mal. No sé si voy o vengo. Estoy recuperado -creo- de mi última depresión. Pero tampoco estoy seguro.

Hace un día perfecto. Cielos altos, de un azul intenso. Sol brillante. Temperatura cálida para octubre, ideal.

Me gusta estar solo. He empezado a escuchar jazz. Vocal, por supuesto. No sé si ambas cosas están relacionadas. Cruzo SoHo y veo Tower Records. Entro. Subo a la planta primera, que es donde se vende música clásica y jazz. Es una tienda pequeña, da casi la impresión de ser independiente, de no pertenecer a una cadena. Se acerca un chico. Un dependiente. Guapo, de mirada muy intensa. Me dice que si necesito ayuda se la pida. Me sonríe y me da a entender que se lo sabe todo. (Claro que se lo sabe. Todo y más. Pero eso lo descubriré más tarde).

Veo en un estante un disco de una cantante que desconozco por completo, Holly Cole. Piel muy blanca, ojos azules achinados, pelo oscuro. Mirada intensa. Todo en rojo y negro. La chica me atrae muchísimo. Llevo el disco a la caja. El chico (de la mirada intensa) me dice simplemente "great choice". Más tarde me diría más cosas, pero ésas me las guardo.



Una de las primeras entradas de este blog se llamaba "La portada de un libro" y en ella narraba cómo había comprado, por primera vez, un libro sólo al ver su portada, sin saber de qué trataba, algo que no había hecho antes. En esa entrada me refería al momento que he descrito antes. Compré el disco "Temptation" porque me sentí sumamente atraído por Holly Cole. A mí no me gustan las mujeres, pero algunas mujeres me vuelven loco, hasta el punto de haber llegado más allá, mucho más allá, de lo que en mí sería natural llegar con el sexo opuesto.

Holly Cole es canadiense y empezó trabajando con un trío (piano, contrabajo y percusión), haciendo versiones en clave de jazz limpio de canciones de otros músicos, como Lyle Lovett, Johnny Nash o incluso The Who. En el disco Temptation, que sigo escuchando con asiduidad, todas las canciones son de Tom Waits. A mí Tom Waits me parece un compositor excelso de canciones, aunque no comparta su estética vital o su angustia existencial (angustia existencial tengo, pero es de otra naturaleza y dimensión). Holly aportaba su voz aterciopelada y una lectura a la vez más clásica y más moderna de su música.



Vestidito negro corto y botas. Muy 1995. Se lo perdono, me encanta su voz. Y sus ojos.

En su siguiente disco empezó a coquetear con formatos más pop. Se lanzó a hacer una versión, quizá muy literal, del famosísimo Calling You, que Jevetta Steele cantó, diez años antes, en la película Bagdad Café. Que en su día fue la bomba, pero de la que nadie parece acordarse hoy. Bueno sí, los fans de Ana Belén.



Leo en su página web que hace un año publicó un nuevo disco, en clave de jazz puro, después de unos años experimentando con fórmulas más pop. Reconozco que no he seguido su carrera, que me quedé en Temptation y en su disco siguiente, "It happened one night". Me sorprende que una cantante de tal altura no haya realmente tenido una mayor audiencia, pues fuera de Canadá (y de Japón, donde todo es posible) apenas es conocida. A mí me gusta mucho más su voz que la de otra canadiense jazzera, que llegó más tarde que Holly Cole a la escena musical, Diana Krall, pero que ha arrasado en todo el mundo. Claro que Holly no toca el piano, ni está casada con Elvis Costello, ni tiene a Verve detrás.

En Temptation estaba esta maravilla de canción, "I want you", también de Tom Waits, que me sigue encantado, y que sigo incluyendo en todas las recopilaciones de canciones favoritas que sigo regalando. Porque yo regalo listas de canciones elegidas por mí, seleccionadas para personas queridas. Advierto que el clip es como muy cursi y que la canción puede parecerlo si se mira a la vez que se escucha, por eso os sugería que escucháseis mientras leíais. Pero la canción podría estar en la banda sonora de "One from the Heart", ¿verdad que sí?

sábado, 25 de julio de 2009

En Nueva York (de nuevo)


Mucho trabajo, demasiado. Casi no me da tiempo a nada esta vez. Notorious y su chico me llevan a cenar a Harlem. Veo antes a sus niñas. Me cuentan historias de su verano, rápidas de mente y pizpiretas, fieles a su genialidad habitual. El taxi nos lleva junto al viaducto de las vías de trenes, en la parte alta de Park Avenue. Vamos a un restaurante marroquí. Cenamos pastilla, couscous (tiro la carne al suelo, soy un desastre) y kebab de cordero. Riquísimo. Y New York Cheesecake. En la calle, familias enteras sentadas en sillas que han sacado a la acera. Parece Bravo Murillo.

El otro momento de tranquilidad que me deja el trabajo me lleva a la librería Argosy. No me puedo creer que no la citase en mi lista de librerías favoritas en aquella entrada lejana de este blog. Un neoyorquino viejo me dice que el negocio tiene los días contados. Ocupa un edificio entero en una zona comercial de primera línea. A veinte metros de Bloomingdale's. Aquí compré una primera edición de Los Siete Pilares de la Sadiburía. Hace 15 años. Hace mucho menos le compré a mi chico una primera edición de "The Changing Light at Sandover". Primera y quizá última edición. En los 80 el mundo no estaba listo para una épica esotérica y apocalíptica, supuestamente dictada por espíritus a lo largo de varias décadas. James Merrill es un poeta injustamente olvidado. Quizá por ser un niño rico en un mundo de bohemios. Quizá por rimar sus versos a finales del siglo XX.

Y en Argosy acontece. Suena el teléfono. Es la llamada que ya no esperaba y que acontece aquí, en un lugar en el que me siento seguro, cuando me encuentro mirando grabados (a diez dólares) de retratos de generales ingleses olvidados y fotografías autografiadas de estrellas fugaces de Hollywood, tan fugaces que nadie, realmente nadie, las recuerda, o de jugadores de los Nicks y los Yankees de los años 60 y 70. En la sala principal de la librería, forrada de madera y verde oscuro, donde uno se siente tan a gusto, casi como en casa, suena el absurdo tono de mi teléfono y reconozco el número que llama. La voz del otro lado me da la noticia: todo cambia a partir de septiembre. Cambio de trabajo, de escenario, de hemisferio, de vida. No me pongo a dar saltos porque no me parece oportuno, aunque estoy seguro de que las maravillosas y cultísimas dependientas de Argosy no habrían puesto mayores pegas. Llamo de inmediato a mi chico y se lo cuento. Sé que comparte mi entusiasmo aunque no lo exprese. Al fin y al cabo, es inglés.

Empieza el cambio.

sábado, 13 de junio de 2009

Rotación de silbante

Dedicado a Notorious

En mi antigua oficina había un guarda de seguridad muy simpático que todas las mañanas me espetaba: "Buenor díar don Fernando".

Sí, lo he escrito bien. Decía Buenor díar, con erres en vez de eses. Cuando se lo comenté a Notorious me dijo que eso se llama una rotación de silbante. Es decir que la consonante silbante, la "s", rota, es decir se vuelve "r", al estar situada antes de una "d". Se trata de un giro muy madrileño, que se oye a todas horas por esta ciudad, en modo más o menos pronunciado.

Además de filóloga, Notorious es neoyorquina. Está acompañada en la vida por un señor ejemplar con quien ha tenido dos hijas fascinantes y monísimas, llamadas Polvorete y Brillantina. Nunca me canso de escuchar las historias de las niñas, en parte porque son desternillantes (una de ellas quiere ser cabrera -para estar tumbadita en la hierba y ver pasar las nubes- y la otra chuchera -pero nada de despertarse temprano, abrirá la chuchería sobre la 1 o las 2) y en parte porque es fascinante comprobar en qué se parecen los niños a sus padres. Y no me refiero al típico "ha sacado los ojos de su madre y la nariz de su padre", sino al comportamiento y a la personalidad. Nos parecemos a nuestros padres, bastante más de lo que creemos y desde luego mucho más de los que nos gustaría, pero a edades tempranas es muy divertido observar a los niños para diseccionar personalidades.

Según me contaba su madre (que sabe que me encantan sus historias), una de las cosas que más les gustaba hace unos años a Polvorete y Brillantina en sus juegos era hablarse de Usted. A mí me gusta mucho hablar de Usted, a pesar de que estoy rodeado de personas que lo consideran clasista y poco igualitario. Yo no lo creo así, me parece que es una simple señal de educación y de respeto. Y sirve para poner distancias, que a veces es muy útil y muy necesario. Cuando mi madre estaba en el hospital, tras sufrir un infarto, no comprendía por qué las enfermeras le llamaban de tú y menos aún que le recriminasen por llamarles a ellas de Usted. En Francia no tienen ese problema, y de hecho recuerdo que mis compañeros de facultad en París no me tuteaban hasta que no hubiese un acuerdo mutuo y recíproco de pasarnos al tú. Y allí a un profesor no se llama de tú ni muerto. Es hasta corriente que parejas que están follando y no se conocen del todo bien sigan hablándose de Usted en plena acción. A mí me ocurrió una vez, hace ni se sabe, y me resultó delicioso.

Debe ser la edad, o la educación que he recibido, pero soy un gran defensor del Usted. Como les tengo bastante tirria a dependientes y camareros (salvo a aquellos a los que adoro, claro), detesto que me llamen de tú en restaurantes y tiendas, excepto cuando voy a alguna "cool" en la que intento parecer joven e inevitablemente me llaman de Usted, justo cuando más desearía un tú. Pero, frivolidades aparte, lo que más pena me da es que el Usted se está perdiendo del todo, definitivamente. Los jóvenes no saben utilizarlo (salvo el muy andaluz "Ustedes sabéis") y si saben hacerlo no parecen ser capaces de identificar las situaciones (o las personas) ante las que deberían utilizarlo.

Por eso era tan sorprendente la expresión del segurata regordete y bonachón que me daba los buenos días cada mañana. No choca tanto la rotación de silbante como el uso del Usted por un hombre más joven que yo y que tampoco me debía ningún tipo de reverencia o respeto, hasta ahí podíamos llegar. Simplemente optó por ser educado ante alguien con quien no iba a intercambiar más palabras que ésas.

Y es que con Notorious, que domina el lenguaje como pocas personas, uno acaba jugando siempre con las palabras. La última vez que estuve en Nueva York, íbamos ambos un día con prisas, ni ella ni yo teníamos tiempo de sentarnos a comer aunque habíamos quedado a tal fin y acabamos zampándonos mientras andábamos por la calle (aún quedaba nieve y hacía mucho frío) unos bocadillos de escándalo. El mío era de roastbeef, iba goteando que daba gusto. No sé cómo no me puse perdido. Comer por la calle sí que es lo peor, no lo haría en Madrid ni muerto, pero en NY como que no importa porque lo hace todo el mundo. Me fijé en su abrigo, una parka negra muy chula y le dije que me gustaba mucho. Ella me contestó: “Pues a mí no sé si me gusta, yo me veo en plan Lolita”. Y añadió unos segundos más tarde, como si hiciese falta explicación: “Quiero decir, la del Pescaílla, no la de Nabokov”. Muy “Che Guevara and Debussy”, ¿a que sí? ¿A quién habrán salido sus hijas?

domingo, 24 de mayo de 2009

The Vault


Lo prometido es deuda. Theodore, Stanwyck, va por vosotros. Lo siento, me ha quedado muy largo.

Mi historia de amor con Nueva York (quizá debería decir con Manhattan) se fraguó en los años centrales de la década de los 90. Tuve la enorme suerte de pasar allí casi un mes al año, por motivo de trabajo, de 1993 a 1997. Es curioso, ahora NY me aburre como destino turístico y no es que lo tenga todo visto, ni mucho menos, sino que me gusta tener que levantarme temprano para ir a trabajar, hacer un horario laboral generalmente largo y sacar algún tiempo para actividades lúdicas por las noches. Me gusta sentirme neoyorquino aunque no lo sea, sentir que pertenezco a la ciudad que más me gusta del mundo, y eso sólo lo puedo conseguir haciendo la misma vida que hace un neoyorquino: trabajando y aprovechando el tiempo que sobra después de trabajar.

La Nueva York de los 90 ya no era la de los años 70. En los 70, entrar en Central Park cuando no era a pleno sol era garantía de que algo, no necesariamente bueno, te iba a pasar; ir al norte de la calle 96 era también garantía de problemas, sobre todo si uno es blanco; montarse en un vagón de metro a cualquier hora del día era una aventura sin final definido. Te podías cruzar por la calle con Woody Allen, Bianca Jagger, Andy Warhol, Amanda Lear o Greta Garbo. La ciudad estaba endeudada hasta las cejas. SoHo era la zona más degradada de todo EEUU (difícil de creer a la vista de lo que es hoy), y en sus lofts aún vivían artistas de verdad, no millonarios rusos. Hay una serie de películas, además de las de la Woody Allen, que reflejan una ciudad decadente y fascinante: Shaft, Serpico, Panic in Needle Park, Looking for Mr. Goodbar, Dog Day Afternoon, Cruising (en la que, por cierto Theodore, sale Karen Allen). Cuatro de ellas protagonizadas por Al Pacino, guapísimo con barba en Serpico. En los 90, Manhattan refulgía tras la renovación y la inyección de dinero de los 80, pero a mí me daba la impresión de que en muchas partes de la ciudad no era más que una pátina, una mano de pintura, que otra cosa. Seguía habiendo putiferio. Y donde hay putiferio, allá que voy.

The Vault, que no sé cuando abrió pero cerró cuando el alcalde Giuliani decidió “limpiar" la ciudad, estaba en un sitio muy parecido al del club que sale en Cruising y que aparece en el vídeo del enlace que he puesto. Se ubicaba en la décima avenida a la altura de la calle 13, en pleno “meatpacking district”, donde ahora se encuentran las tiendas de Stella McCartney, Alexander McQueen y muchas otras boutiques de moda modernísimas a precios desorbitados y bares de diseño a la última. The Vault era un club de sexo sadomasoquista, donde se pagaba una entrada alta (50 dólares) por entrar, pero una vez dentro uno podía hacer lo que quisiese, sin más límites que los impuestos por el respeto a los demás. Fue Madonna quien lo dio a conocer al gran público, pues lo utilizó para algunas de las fotografías, las más “risquées”, de su libro “Sex” y como escenario principal del vídeo de la canción “Erotica”, que es buenísimo, por cierto.

La primera vez que fui a The Vault, en otoño de 1994, lo hice en compañía de unos conocidos, residentes en la ciudad, que también iban por primera vez, así que era una aventura compartida. Pagamos y entramos y empezamos a darnos una vuelta por los distintos pisos: planta baja era para singles, planta primera para parejas, planta segunda para gays, planta tercera para lesbianas. Originalmente había una terraza en la azotea, pero los vecinos (no sé que vecinos habría entonces por ahí, pero bueno) se quejaron de las actividades que allí se llevaban a cabo a la vista de todos (ay, los pobres niños) y la cerraron. Lo que más me impresionó nada más entrar fue el silencio, sólo roto por murmullos, algún gemido y algún chasquido. No había música ni ningún sonido de fondo. Nada. También me impresionó lo primero que vi, nada más cruzar el umbral: sentado en un banco en la primera sala había un señor de cierta edad, con su buen bigotón, gorra de cuero negro, arnés en el pecho y un jockstrap también de cuero, haciéndose una paja tan tranquilo.

No había decoración, las paredes eran de ladrillo visto, la luz blanca. El local era bastante laberíntico, pasabas por pasillos donde había jaulas en las que cualquiera podía meterse a hacer lo que quisiera, encontrando en todas ellas esposas, látigos y otros adminículos. En otra sala había una silla de ginecólogo, que no vi usar a nadie. En la sala principal de la planta baja es donde más gente se juntaba, tanto mirones como nosotros, como participantes en los diversos juegos, como una fauna ciertamente extraña y que en el fondo daba mucha pena: auténticos freaks, personas con deformidades físicas, oligofrénicos, algunos que eran todo eso a la vez y que pagaban sus 50 dólares porque, salvo con profesionales (y quizá ni siquiera) en ningún otro sitio podrían satisfacer sus urgencias sexuales.

Todo el mundo buscaba algo de acción: de repente se metían dos mujeres y un hombre en una jaula y empezaban a restregarse entre sí, y como moscas acudía casi todo el mundo, empezando por los freaks, que se masturbaban sin miramientos. Las ventajas de ir en chándal, te bajas el pantalón y ¡voilà! Reconozco que lo que más me impresionó fue un señor, mayorcito, atado con cadenas y esposas por las extremidades, con pies y manos bien separados, que estaba recibiendo unos latigazos por parte de una dominatrix muy de libro. Me llamó la atención no tanto la situación en sí como que al cabo de un rato el hombre, que estaba desnudo y en plena erección, eyaculó sin que nada ni nadie le tocase, sólo gracias al efecto de los latigazos. Ahí se quedó extasiado y crucificado hasta que la dominatrix lo descolgó; el señor le besó la mano, se vistió a la vista de todo el mundo y se fue. Otra cosa que me llamó mucho la atención era un señor, yo diría que cuarentón, con bigote, gafas y pinta de oficinista aburrido, que se paseaba vestido únicamente con un mono de spandex negro que le cubría todo el cuerpo salvo los genitales. Tenía un piercing “Prince Albert” de cuyo anillo colgaba un peso, como el de las pescaderías o carnicerías antiguas. Lo más inquietante era el maletín que llevaba en la mano. A saber qué habría dentro. Alguna gente lo saludaba cuando pasaba a su lado. Un habitual, sin duda.

La sala de parejas era muy parecida, aunque solo te dejaban entrar si ibas chica y chico. Subí a la sala gay y no había nadie. No me molesté en ir a la sala de lesbianas, ni siquiera a mirar desde el umbral, que era algo que te dejaban hacer en todas. Por cierto, no he dicho que además de no haber música tampoco había bar. No se podían consumir bebidas y mucho menos drogas, como te pillasen, según me contaron, aparecía el matón de turno y te echaban, con cajas destempladas, en un periquete. Eso sí, en cada planta había, además de monitores de TV con películas porno sin sonido, un rincón con un buffet para comer tartas y beber té, café o zumos. Podías comerte un New York cheesecake y beberte un té mientras veías como apaleaban al fulano de turno. Me pareció un detalle de lo más tierno.

¿Qué hice yo de relevancia en aquel escenario tan propicio para dejar florecer las fantasías más dormidas? Teniendo en cuenta que éramos un grupo heterodoxo, todos con más miedo que vergüenza, no era plan ser el iniciador de nada. Eso sí, yo fui el único que tuvo una experiencia, digamos, sexual. En uno de mis paseíllos por aquí y por allá se me acercó un lederón (que no estaba mal, la verdad, al menos lo recuerdo así) que me preguntó si podía lamerme las botas. Yo llevaba unas botas de ante marrón, bastante sucias, por lo que me dio algo de reparo, pero mi educación me hizo contestarle que por supuesto, que adelante. ¡Cómo disfrutaba aquel hombre! Se puso a cuatro patas y le pegó unos lengüetazos a las botas como si le fuera la vida en ello. Afortunadamente no era nada genital, por lo que no aparecieron ni mirones ni freaks. Yo tan tranquilo (un poco aburrido al cabo de un rato, no es que me pusiese mucho la experiencia) y él a lo suyo, gozando como una perra. Pasados los minutos (no sabría decir cuántos) y sin haberse masturbado ni nada se levantó y me dio las gracias. Me dejó las botas limpísimas. Espero que aquel fulano no besase a nadie esa noche.

Salimos de ahí muy en silencio y realmente los que fuimos no hablamos mucho de ello ni justo después ni pasados los días. Alguna chica (la que más insistió en ir) estaba muy escandalizada. Un tipo se quedó –daba esa impresión- con las ganas de haberse metido en al ajo. Yo no dije nada. Pero volví, esta vez solo, unos días más tarde. No sé muy bien por qué lo hice, la verdad, el sadomasoquismo no es lo mío, pero me intrigaba la planta gay. Y sobre todo, el hecho de que no hubiese nadie. Así que allá que me fui y subí directo a la segunda (o tercera, ya no me acuerdo) planta.

No había nadie. De hecho había mucha menos gente en general que el día anterior y esta vez daba la impresión de que solo había mirones, salvo un negro con una tranca de escándalo metido él solito en un jaula y dándole al manubrio mientras bailaba. Como me aburría un poco en la planta gay, me senté en la zona de las tartas y los tés y me tomé mi cheesecake, que estaba riquísimo. Y me puse a hablar con el camarero, que era simpatiquísimo y muy normal. Me contó un montón de historias. Me dijo que si lo que me interesaba era un buen palizón o ver acción de verdad, tenía que ir a mediodía, cuando el sitio, al parecer, se llenaba de ejecutivos de Wall Street, que no está tan lejos. Me dijo que había visto pasar por ahí a muchas celebrities (sólo recuerdo de los nombres que me dio a Heather Locklear). Me contó que desde el vídeo de Madonna sólo iban mirones, sobre todo los fines de semana, que ya no era lo mismo que antes. Me contó que bastantes numeritos en las jaulas los montaban empleados a sueldo del local para animar a la gente. El negro del pollón era uno de ellos. Y me contó que si de verdad quería conocer la escena alternativa de Nueva York, tenía que ir a fiestas privadas, en las que (como en “Eyes Wide Shut”) te piden un código, que es repartido a los interesados el mismo día, para poder entrar. Me dijo que acababa en media hora y que iba a ir a una de esas fiestas privadas y me invitó a que fuese con él si me apetecía.

Pero eso no lo voy a contar aquí.

Habéis tenido a Amanda Lear y Heather Locklear en un mismo post, no os quejéis.

La foto que he colgado la he sacado de los archivos on line del “Village Voice”.

sábado, 25 de abril de 2009

Juego de niños



Ordenando fotos en mi ordenador, encontré ésta del "New Museum" en Nueva York. Es uno de los pocos edificios nuevos de la ciudad que de verdad me gustan, con su apariencia de cajas de zapatos apiladas (algo parecido a lo que yo construía de pequeño sin parar con el lego, mi juguete favorito) y su exterior de malla metálica. Es obra de un equipo de arquitectos japoneses, Sanaa, que están construyendo algo en Valencia y que me temo que en poco tiempo serán nuevas estrellas arquitectónicas y perderán su estilo limpio en aras de las demandas de sus clientes y del público en general, que parece tenerle una especial querencia a la arquitectura rara. Muchos arquitectos de verdad buenos se han perdido en ese juego de niños de buscar llamar la atención.

La arquitectura no es ajena a la infantilización de la sociedad. Más bien la contrario, parece que los arquitectos se empeñan en diseñar y construir edificios cuanto más extraños mejor, con el nada oculto deseo de conseguir lo que ya se conoce como el efecto "wow". A veces, como el Guggenheim de Bilbao, se consigue una obra maestra. Otras veces, la mayoría, acabamos con desastres que están pasados de moda a los tres días de su finalización. Un gasto innecesario, casi siempre, al menos en Europa, a costa del erario público. Una pena.

La verdad es que escribo poco sobre arquitectura y es una de las cosas que más me gustan. Cuando lo hago es en la serie de escaparates y acabo contando historias paralelas, como hice con Enrique P y los abrazos rotos. Por cierto, querido lector, la foto de arriba tiene un punto "los abrazos rotos". Si no te has fijado bien, mira esta segunda toma: tres personas, todas de negro (no olvidemos que es NY) están asomadas a una terraza del edificio. Seguro que tenían unas vistas buenísimas. Y seguro que hay una historia detrás de esta reunión. Siempre hay una historia.



Curiosamente encontré otra foto neoyorquina y me hizo pensar en que los dos edificios, el nuevo del New Museum, y éste de ladrillo que está por Murray Hill no son tan distintos, ¿no creéis? Debe ser la sensación de elementos geométricos apilados uno sobre otro. Me encanta el mosaico arcoiris que corona la ventana superior. Y la ventana redondeada a media altura. Y que a la izquierda asoma el remate del Empire State Building.



Me gustan mucho algunas arquitecturas neoyorquinas, y lo que más me gusta es su encaje en el tejido de la ciudad. Es todo un desafío, pues construir siempre se convierte en meter algo nuevo en un espacio urbano muy denso y muy consolidado. Debe ser un desafío formidable, aunque más veces de las deseables da la impresión de que el arquitecto de turno está "colocando" un diseño que guarda en su carpeta, sin tomar en consideración el entorno. Es una de las cosas que me gusta del New Museum: encaja bien en su emplazamiento, The Bowery, que a pesar de todo sigue siendo centro de la bohemia artística neoyorquina, cuyo esplendor decadente retrató Nan Golding a la perfección en su serie de fotos tan brechtiana "The ballad of sexual dependency". Era tradicionalmente un espacio de talleres y pequeñas fábricas, por lo que el aspecto exterior del nuevo edificio está en su entorno natural.

Lo mismo ocurre con este otro edificio, la sede de Pepsi Co, donde además tuvo su despacho Joan Crawford. Que es otro punto a su favor.



Estamos ahora en otro entorno, esto es Park Avenue. El cogollo más rico del mundo occidental. Y estamos en los años 50, cuando se empieza a construir en cristal, en este caso transparente. Tenemos tan visto este tipo de arquitectura moderna que dejamos de valorarla. El volumen es perfecto, el encaje en una zona de gran riqueza también lo es, gracias a que los materiales utilizados son también lujosos. El edificio fue admirado entonces y lo es hoy, por mucho que ya pocos nos fijemos en una simple cajita de cristal.

Todo es cuestión de encaje, pero no en el sentido de adaptarse al estilo prevaleciente, sino en intentar sacar partido de las condiciones del lugar y tratar de crear ciudad, sin estridencias pero tampoco sin concesiones. Termino esta entrada, que más parece de un fotolog, con la foto de un edificio de la calle 48, casi esquina a la tercera avenida, que vi por primera vez en mi último viaje a NY, hace poco más de un mes. Es curioso, siempre me alojo en esa parte de la ciudad (porque es por ahí donde se celebran las reuniones de trabajo a las que voy) y nunca habia reparado antes en el edificio. Tiene una explicacion: siempre camino por la calle 47 (que hasta hace unos años tenía bastante puterío) pero nunca por la 48. Pues en plena noche me encontré con esta joya, y tuve la suerte de llevar la cámara a cuestas:



La foto no es muy buena, pero se puede ver la estructura del edificio, sus paredes de bloques de cristal iluminado, refulgiendo en plena noche. He intentado buscar información sobre el mismo, pero aún no he encontrado nada. Se parece mucho a otra joya arquitectónica, "la maison de verre" que Pierre Chareau construyó en París en los años 20, por lo que deduzco que esta casa debe ser de la misma época. El racionalismo arquitectónico es una bendición, marca el inicio de la aplicación de los principios modernos a la construcción, pero con técnicas aún tradicionales. Y sin ánimo de llamar la atención más de lo imprescindible. Porque este edificio, que no tardará en cumplir 100 años, es una "town house" tan típicamente neoyorquina como las que tiene a izquierda y derecha. Perfectamente encajado en su entorno. Y sigue siendo, a pesar de su edad, moderno a rabiar y sin necesidad de gritar "mírame, estoy aquí".

miércoles, 11 de marzo de 2009

En Nueva York...

De nuevo en Nueva York. Estuve por última vez hace unos 10 meses, cuando me hicieron por la calle la foto aquella para el Vogue… que no fue publicada nunca. Me encuentro una ciudad en decadencia. No, me encuentro una ciudad deprimida. La decadencia, como a cualquier hijo de vecino, me encanta. Le depresión no tanto. Los rascacielos nuevos que estaban a medio terminar entonces, siguen estando a medio terminar ahora. El del Bank of America, en Bryant Park, una especie de prisma angular de cristal transparente, es un caso especialmente triste: se ve que las oficinas ya están funcionando pero hay paneles de cristal sin instalar, sustituidos por una plancha de contrachapado de madera que desde la calle parece cartón. El capirote que lo remata está a medio acristalar, cubierto en parte por plásticos. Le falta la Uralita. Es muy triste.

Veo más turistas (como siempre, todo lleno de españoles, seguimos sin enterarnos de que hay crisis) que banqueros. Siempre me han encantado los hombres neoyorquinos (fantaseo que todos son banqueros), tan bien vestidos, tan bien peinados. Sería por la nevada, pero no se veían por la calle. Como tampoco se veían tantas mujeres bien vestidas buscando un taxi o trotando por las aceras de Madison Avenue con sus bolsas con las compras hechas en Tod’s o Barney’s. Mucha rusa, bastantes árabes, algunas americanas de peso por Times Square. Montones de españolas en Century 21. Pero pocos manhattanitas. O por lo menos esa impresión me daba.

Las entradas para los shows de Broadway se venden al 50% de descuento como poco. Ofertas de todo a 100 en las tiendas de lujo. Fui a unas rebajas del 70% en Brooks Brothers, una de mis tiendas favoritas (lo sé, lo sé, es ultra clásica, pero me encanta el punto Ivy League). No había nadie comprando nada. Ni al 70% de descuento. Y no eran rebajas de invierno. No, era la ropa de la nueva temporada de primavera-verano. En Nueva York no se vende nada. Yo me llevé dos nikis.

Odio comer solo. Pero inevitablemente me toca hacerlo en algún momento de mi periplo semanal. Como solo y me fijo como siempre en los demás comensales, también solos, pendientes de sus teléfonos móviles. Fantaseo con estar en un restaurante de actores en paro a la espera de una llamada, como Lana Turner al inicio de “Imitación a la Vida”. Acabo fijándome, como siempre, en los zapatos de la gente. Cuánta verdad hay en los zapatos, cuánto se puede saber de una persona con sólo mirárselos. Busco chancletas invernales. En vano. No está el horno para bollos, ni el ánimo para vanidades. Y hace mucho frío.

Una señora gorda, seguro que de Milwaukee o Peoria, me pregunta, a 10 metros de Grand Central Station, dónde está Grand Central Station. Algo debo tener en la cara, porque allá donde voy, allá que me preguntan donde está la calle tal o la tienda cual. No me molesta, al contrario. Me encanta. Sobre todo en Nueva York. A pesar de todo, me sigue pareciendo una ciudad irresistible.

lunes, 9 de febrero de 2009

"Oscar Wilde"



Leo en el New York Times una noticia que me llena de pena. La librería “Oscar Wilde”, en Christopher Street, en pleno corazón de Greenwich Village, cierra sus puertas. La noticia no tendía mayor relevancia si no fuese porque es la librería de temática gay más antigua que existe en Estados Unidos (seguro que en Estocolmo o Ámsterdam las hay más antiguas). Abrió dos años antes de la revolución de Stonewall y ahora es presa de la crisis. Nadie compra libros. Nadie compra nada.

Estuvo a punto de cerrar, según el artículo, hace 6 años, salvándose en el último minuto. Es posible que ese primer conato de cierre inspirase un episodio de “Will and Grace”, serie de la que tengo que reconocer que no soy demasiado fan. En fin, en el episodio de marras, Will y Jack se enteran de que van a cerrar una venerable librería LGBT de su barrio y deciden montar una reunión para recaudar fondos con el fin de que el dueño pueda seguir pagando el alquiler y mantenerla abierta. Jack se apunta al tinglado para ligar con un chico que le gusta, y Will es un mar de dudas porque si la librería echa el cierre será sustituida por un mega-gimnasio ultramoderno lleno, sin dudas, de macizos varios. Al final triunfa la cordura y el buen rollo, recaudan el dinero, el dueño se lo agradece pero les dice que eso sólo le cubre un mes, así que al final pasan de todo, dejan que la librería cierre y abra el gimnasio, al que se puntan antes que nadie. No estoy muy seguro de que el final sea exactamente como lo he descrito, pero así es como lo recuerdo.

Siempre es una pena que cierren librerías, ya he dejado escrito que me gustan mucho. Estuve en varias ocasiones en “Oscar Wilde”, la última vez en uno de mis últimos viajes a Nueva York. Mucho Edmund White, algo de Foucault y de Camile Paglia, mucho calendario, el porno discretamente embalado y colocado en estantes. No es mi librería favorita en Nueva York, ni siquiera en el Village, pero como se ve en la foto está en uno de esos rincones tan atmosféricos de la ciudad, de ésos que uno cree que ya no existen.

Una pena que desaparezca. Esperemos que en su lugar, o cerca de donde aún se encuentra ésta, alguien abra otra librería queer. Seguro que no ocurre, a nadie le interesa leer sobre estas cosas. Ni sobre nada, me atrevería a decir. Yo apuesto que lo sustituirá una tienda de ropa de diseño. La enésima de Marc Jacobs en el Village, por ejemplo. O un bar de ambiente, ya sea con o sin cuarto oscuro. U otro restaurante de sushi más. Las prioridades son las que son.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Handcarved coffins


Me reincorporo al quehacer bloguístico, que nunca abandoné del todo, pero que he dejado hibernar durante unas semanas.

No hace mucho, mi buen amigo Miguel me dio una copia de un papel que habíamos escrito él, otro amigo común, Alberto, y yo hace más de 11 años. Era una lista de nuestros libros favoritos. Me impresionó comprobar al verlo que, a pesar del tiempo pasado, mi lista de entonces era casi idéntica a la de ahora, que es la que está en el perfil de breckinridge. Con una excepción de importancia. En el perfil no he incluido, y no sé bien por qué, “Handcarved coffins”, de Truman Capote.

Nunca me cayó bien Truman Capote. Se juntan varios motivos: no me gustan las personas que hacen ostentación de sus vicios o alardean sus miserias; me resultaba desagradable físicamente, su transición de efebo a ectoplasma es lamentable (¡Qué mal envejecen los chicos guapos!); su obstinación con el cotilleo era enfermiza y excesiva hasta para mí; el hecho de que mi idolatrado Gore Vidal lo odiase no ayudó a que mí me cayese bien.

Ahora bien, una cosa es que no me cayese del todo bien y otra es mi juicio sobre los libros que escribió. Él siempre defendía que era preferible escribir poco pero bueno que publicar y publicar sin cesar, esperando que alguna de las obras publicadas salga bien. Su producción literaria es corta, y si no toda de primera fila, al menos siempre es muy interesante y está muy bien escrita. Siempre he pensado que si él hubiese escrito”To kill a mockingbird”, novela de la que es uno de los personajes principales, estaría en los más elevados altares de la historia de la literatura, pero tiene a su favor haber inventado la novela periodística o el periodismo novelado, que tampoco se sabe muy bien en qué consiste, por ejemplo, “In cold blood”, la que todo el mundo considera su obra maestra.

Me encantan sus novelas iniciales, como “The grass harp”, con su ambientación sureña: jamás he estado en el sur de los Estados Unidos pero me fascina. Tuve una oportunidad hace un par de años de irme a vivir, post-Katrina, a Nueva Orleáns, que no se materializó, llenándome de tristeza. Me imaginaba pasando tardes eternas de sol anaranjado tumbado en el porche de una casa de madera, alcoholizándome lentamente mirando la vida pasar, quedando empapado en sudor mientras era devorado por los mosquitos. Por supuesto, sé de sobra que ese tipo de vida apenas existe y que tampoco me gustaría en realidad, pero es lo que tiene leer, te transporta a lugares inexistentes y a estados de ánimo y modos de vida distintos y, afortunadamente, inalcanzables.

Me estoy desviando. Además de las novelas sureñas, Capote fue un cronista inigualable de la vida de mediados del siglo XX en Nueva York. Aunque, gracias a Audrey Hepburn, la versión filmada de “Breakfast at Tiffany’s” supera a la novela, ésta tiene unos matices que se pierden en la película, en especial un punto canalla que está ausente de la versión de Blake Edwards, centrada casi en exclusiva en el Upper East Side. Hay ocasiones, finalmente, en que Capote mezcla a la perfección el ambiente sureño y la urbanidad cosmopolita, y ningún ejemplo mejor que “Handcarved coffins”.

El título queda feísimo en español: “Ataúdes tallados a mano”. Tiene en común con “A sangre fría” que se trata, supuestamente, de una narración novelada de un crimen auténtico, pero muchas personas cercanas a Capote dijeron tras su muerte que se trata de ficción pura y dura. A mí me sorprende que estos comentarios se hagan en tono de crítica, pues si realmente se trata de ficción, el mérito del escritor es mucho mayor. El argumento es sencillo: en un pueblo del centro-sur de los Estados Unidos se produce una serie de asesinatos. Lo único que tienen en común, además de la localización, es que todas las víctimas recibían antes de morir un paquete que contenía un pequeño ataúd tallado a mano que en su interior guardaba una fotografía, apócrifa y desconocida, de la víctima.

Se trata de un texto breve, cuyas dos terceras partes iniciales son un diálogo entre el propio Capote y el detective del caso (de nombre formidable: Jake Pepper) y otros personajes de mayor o menor relevancia. Posteriormente, cuando la investigación deja de avanzar y el escritor abandona la escena, cita sus propios diarios de la época para ilustrar los acontecimientos, todo ello sembrado de un relato de sus andanzas por el mundo, que lo deja a uno con ganas de saber más (¿Con quien estaba en Estambul? ¿A quién se refiere al hablar de las fiestas en Nueva York?). El final del libro es una narración del desenlace de la historia, que es espléndido. Recuerdo que cuando vi la película Zodiac, quizá la mejor del año pasado, pensé en los ataúdes tallados a mano.

Capote mezcla los estilos (diálogo, diario, narración) con una aparente gran facilidad. El lenguaje es limpio, sin excesos ni alardes, pero se nota el estilo y el trabajo. Y es que esa facilidad es, como digo, aparente, porque “Handcarved coffins” es la obra de mayor peso que escribió tras “In cold blood” y le tuvo ocupado más de una década, los años del envejecimiento, del deterioro físico, del bloqueo de escritor, de la decadencia de las fiestas. Si algo me sorprende es que no se haya hecho una película (o una obra de teatro) basada en la misma. La riqueza visual y textual del relato lo debería hacer relativamente sencillo, o al menos a mí me lo parece. Hubo intentos en los primeros años 80, tras su publicación, para hacer la versión filmada, pero no cuajaron. E imagino que, a pesar de las dos recientes biopics (ambas buenas) de Capote, ahora no interesan historias filmadas sin superhéroes.

Si escribo todo esto es porque he disfrutado releyendo “Handcarved coffins”, que forma parte de “Music for Chameleons” en un viaje relámpago a Santiago de Chile, tan relámpago que la tripulación del avión era la misma a la ida y a la vuelta. Me ha gustado Santiago, lo poco que he visto, y no esperaba mucho. Pero más sobre Santiago en otro post. Me limito de momento a recomendar un poco de Capote. Y mucho “Pisco sour”. Qué cosa tan buena.

miércoles, 30 de julio de 2008

Frantic Romantic



Para hablar o escribir sobre los años 80, tengo que abrir mi corasón.

Mi gran ídolo musical de los 80 es Jermaine Stewart. La primera vez que vi un video suyo me quedé absolutamente pasmado. La coreografía, los cambios de vestuario y, sobre todo, el pelo, largo y liso, como ningún otro hombre negro lo había lucido hasta entonces. Mili Vanili vendrían algunos años más tarde. La música no me impresionó demasiado, todo tengo que decirlo, pero cambié de opinión tanto por la atracción irresistible que sentí hacia su imagen como al ir descubriendo sus letras, banales y fabulosas en igual medida. "No me hables sucio, ten algo más de clase" decía en 1988 en la canción del clip que he colgado, "Don't talk dirty to me", escrita y producida por André Cymone, de la factoría de Minneapolis creada por Prince. No es en realidad un clip sino una actuación para un programa de la televisión alemana. El bailecito que se marcan es bestial, o al menos a mí me lo parece. Esa misma canción interpretaba en un episodio de Miami Vice, vestido con chaps de cuero blanco con flecos largos a los costados. Inenarrable. Irrepetible.

Jermaine es considerado hoy como un "one hit wonder". Empezó su carrera haciendo coros para otros artistas como Culture Club (en "Miss me Blind" se oye perfectamente su voz aguda y nasal) o el grupo post-disco Shalamar cuya cantante principal era Jody Watley, íntima amiga suya. Tras un primer disco de mediano éxito, consiguió un número uno en Estados Unidos en 1986 con "We don't have to take our clothes off", cuyo vídeo se puede ver haciendo click aquí. Es una canción muy pegadiza y algo insustancial, con un estribillo bastante cargante, sobre el amor en los tiempos del sida. Pero el vídeo es una maravilla. A fijarse en los cambios de vestuario, ni Diana Ross se atrevería a tanto, y en la coreografía. Sobran los toques más ochenteros, como la sobreimpresión de la chica y su liguero, pero bueno. Lo dirigió David Fincher, que bastantes años más tarde haría las películas "Seven", "Fight Club" o la estupenda "Zodiac" del año pasado. Nivel.

En su siguiente album, "Say it again", se rodeó de los mejores productores del momento, como el citado André Cymone, y pudo mantener cierto nivel de éxito, que sin embargo se fue desvaneciendo en el siguiente, y último disco suyo publicado, "What becomes a legend most?" que contenía una joya camp absoluta llamada "Holes in my jeans" y que es una oda a los vaqueros agujereados, una de las modas más abyectas que ha existdo y, por lo tanto, condenada a reaparecer regularmente. El álbum también contenía una canción escalofriante llamda "When sex becomes a religion", sobre el sida. Grabó un album más, "Set me free", que no llegó a ser publicado, y su familia ha lanzado recientemente un recopilatorio con éxitos y canciones inéditas, alguna realmente espléndida. En una ironía sumamente cruel, Jermaine murió de sida, en 1997.

Existe un club de fans de Jermaine Stewart, al que pertenezco y del que formamos parte unas 40 personas, aunque sólo un puñado de ellos (su hermano, alguno de los músicos que lo acompañaban) lo mantienen vivo, porque el caso es que aunque más de un millón de personas haya visto el clip de "We don't have to" en YouTube, nadie recuerda al artista. En dicho club de fans no se puede ni mencionar la causa de la muerte de Jermaine, el hecho de que fuese (digamos con cierta probabilidad) homosexual o, por encima de todo, los rumores que a finales de los 80 y primeros 90 lo relacionaban -sexualmente, quiero decir- con personalidades (masculinas) de mucha relevancia de Hollywood y del mundo del deporte de élite. Si alguien del círculo íntimo del club de fans llegase a leer esto y descubriesen que lo he escrito yo, me expulsarían del mismo. Es extraña tanta precaución, a estas alturas, pero supongo que habrá que respetarlo.

A pesar de que los años 80 son recordados en gran medida como la década de Michael Jackson, la verdad es que los artistas de color no lo tenían especialmente fácil en en mundo de las discográficas o en MTV. Salvo el propio Jackson, otros intérpretes negros de onda pop con toque disco o R&B lo tenían muy difícil para que sus vídeos fuesen programados con asiduidad y en horarios de gran audiencia, algo que Prince siempre denunció. Jermaine tenía un espectáculo en directo muy impresionante, con un plantel de músicos de primer nivel y sus dos fidelísimos bailarines, que salen en los dos clips que he colgado. El chico, llamado André, murió, también de sida, pocos días antes que Jermaine. La cantidad de talento que se ha llevado el sida por delante. Y la cantidad de vida. Asusta ver la ligereza con la que tantos se lo toman en la actualidad.

Pasé mi 30 cumpleaños en Nueva York, donde me encontraba por trabajo. Año 1994. El día en que cumplo años se celebra anualmente en Greenwich Village un curioso carnaval nocturno, algo parecido al orgullo pero todo mezclado con brujas y calabazas. Allí estaba yo, tan entusiasmado como extrañamente acompañado de mi hermano. Y fue mi hermano quien en un determinado momento, señalando a un hombre negro imponente y de pelo largo, me dijo "¿no es ése Jermaine Stewart?". No sabría decir si era Jermaine o no, porque no me atreví a acercarme y preguntar. Por lo general no me gusta ver de cerca a mis ídolos, entre otras cosas porque siempre decepcionan, pero en el caso de Jermaine sí me habría gustado conocerlo, en parte porque ahora sé que no le quedaba mucha vida pero sobre todo porque al parecer era una persona extraordinaria y, a pesar de ser una diva de cuidado, sumamente cariñoso con sus fans. El decía de sí mismo que era un "frantic romantic", título de su álbum de más éxito y de su mejor canción. Me consuelo pensando que prefiero quedarme con la duda a haberme equivocado de persona. O quizá no me habría equivocado y ahora estaría contando otra cosa, o quizá habría ligado, con él o con otro, que nunca se sabe.

domingo, 29 de junio de 2008

Librerías


En algún lugar de este blog he dejado dicho que me gusta mucho leer. He leído y leo mucho. De todo. Sin criterio. El Super Pop y el Tractatus Logico Philosophicus. Desde Kierkegaard hasta el Manual de la perfecta petarda. Y a todo le saco jugo, la verdad, pocas veces he dejado un libro sin terminar.

No soy ni fui ratón de biblioteca, entre otras cosas porque siempre me ha gustado leer tumbado, me concentro mucho mejor. También estudiaba tumbado. Debe ser algo relacionado con el riego sanguíneo, imagino. No soy tampoco comprador compulsivo de libros, aunque tengo unos cuantos. Lo que me encanta son las librerías, de hecho siempre he tenido la idea loca (no quiero, deliberadamente, llamarlo un sueño) de abrir mi propia librería, especializada en tipografía (le haría un logo muy bonito en Helvética o Bodoni o algún tipo nuevo de mi propia invención), poesía, arte y viajes. Y para hacer caja vendería a Dan Brown y Ruiz Zafón, que hay que comer.

Los turistas no suelen ir a librerías. Tengo no sé si la suerte o la desgracia de viajar bastante, sobre todo por trabajo, y siempre que puedo aprovecho para meterme en librerías de todo tipo, a hojear volúmenes y a sacar ideas para mi negocio imaginario. Evitando de paso a los turistas: uno puede ir a la iglesia menos interesante de Europa (no me refiero necesariamente a la Almudena) y siempre encontrará a algún turista, guía en la mano. Pero a las librerías, salvo que sean muy de escaparate, bien en El Cairo ("Aquí estuvo Agatha Christie") o La Habana ("La favorita de Hemingway"), los turistas ni se acercan.

He visto librerías preciosas, de cuyos nombres no me acuerdo, en Lisboa, Dublín, Estambul, Sevilla o Buenos Aires, ciudades que tampoco conozco tan bien, librerías grandes y pequeñas, especializadas o generalistas, pero siempre con un encanto especial. He estado y comprado en librerías especializadas en viajes, uno de mis sectores preferidos: hay dos que me gustan en particular, la "Libreria del Viaggiatore", en Roma, cerca de Campo di Fiori (compré un libro maravilloso, que en mi infinita estupidez regalé, llamado "Roma di Notte", escrito y publicado antes de la llegada del fascismo, en el que se enumeraban los mejores sitios para dormir a la intemperie en la ciudad , y se avisaba de los lugares peligrosos por si alguien se atrevía con ellos) y "The Complete Traveler Bookstore" en Nueva York, en Murray Hill, muy cerca de la Morgan Library. Durante mucho tiempo ésta fue mi librería modelo, con sus dos partes diferenciadas, una dedicada a guías y mapas de viaje y la otra –en la que me he dejado mis buenos cuartos- con ediciones antiguas de libros de viajeros. Aunque especializada en otro tipo de viajes, recuerdo bien una librería esotérica en Turín (¡qué ciudad tan magnífica!), regentada por el joven y misterioso Dottore Sinatra que no nos vendió a su madre porque no nos dejamos pero a punto estuvimos de tener que comprar otra maleta para cargar todo lo que nos colocó. Tan imposible me resulta olvidar al joven Sinatra como recordar el nombre de su atiborrada y diminuta librería.

En Madrid me gusta mucho "Hiperión", al igual que las ediciones de libros que hacen y la gran amabilidad de los dependientes. Yo le añadiría un servicio gratuito de café y té y una bandeja con bollos recién hechos a disposición de los clientes. Aquí debo decir que en mi librería imaginaria habría esas cosas, y si no bollos, al menos la tarta de polenta que hace mi santo esposo. Y que no duraría nada, pero bueno, ya compensaría el gasto de otro modo. También me gusta "Berkana", infinitamente mejor que cualquier otra librería especializada en temática queer que haya visitado (hay una en Castro que también me gustó mucho, aunque haciendo memoria lo que recuerdo son unos calendarios de auténtico escándalo que, bobo de mí, no llegué a comprar. Mejor no sigo) y también "Arranca Thelma", en uno de los rincones más atmosféricos de Madrid, la plaza del Alamillo. Ahí he encontrado grandes joyas olvidadas, como el libro a gran formato de Reinhart Wolf de fotografías de Nueva York o el que contiene la colección de dibujos eróticos de Jean Cocteau, ambos por dos durillos. Mi librería favorita en mi propia ciudad desgraciadamente cerró hace mucho. Se llamaba "Lectura", y estaba en la calle del Doctor Fleming. Era una librería generalista en tres niveles con una sección infantil cuyas existencias yo devoraba, sentado en las escaleras, tarde tras tarde, sin que las dependientas dijesen nunca nada incluso cuando ni mis hermanos ni yo les comprábamos apenas nada.

Mi modelo de librería ideal está cercano a John Sandoe, en Londres (Chelsea), con los dependientes más leídos y mejor informados del mundo. Su problema es que, como todo en Londres, es víctima de los vaivenes de la moda: Elton John dijo en una revista que era su tienda favorita de la ciudad y claro, a partir del día siguiente sólo podías entrar cuando sonaba tu número en el turnomátic. También me gusta mucho La Hune en París, en Saint Germain, con un espacio perfectamente diseñado y un catálogo inacabable de fanzines y revistas de arte "alternativas" (es decir, muy guarras, las que más me gustan). Pero me temo que ésta sí la frecuentan los turistas aunque sólo sea como una etapa más en su peregrinar pseudo-existencialista.

No sólo me gustan las librerías pequeñas, aunque ése sería lógicamente mi modelo a seguir. Me encanta "The Strand", en Nueva York, en Broadway cerca de Union Square. Lo tienen todo. Hasta venden libros por metros: tienen un servicio de decoración que les llena los anaqueles a propietarios de mansiones de reciente construcción en Jersey City o Newark (o en Park Avenue, ojo). Y uno se puede quedar horas y días. Te lo dejan mirar todo e irte sin comprar nada (deduzco que se nota que me gusta el formato VIP'S, no puedo evitarlo). Por cierto, muy cerquita de The Strand está "Forbidden Planet", cuyo nombre viene de una de mis películas favoritas y es el paraíso del cómic, género que cultivo poco, lo reconozco. Pero la tienda es estupenda.

En mi lista de librerías favoritas, me quedo con tres, cada una en su estilo y por méritos propios. "Posada", en Bruselas (en la rue de la Madeleine, en pleno centro medieval) es la librería de arte perfecta. Es el único lugar del mundo donde he encontrado una monografía sobre Alexander Archipenko, pintor ucraniano en la órbita cubista, hoy injustamente (en mi opinión) olvidado. En Posada los libros están amontonados aparentemente sin ton ni son, el piso superior cruje a cada paso y uno tiene la impresión de que va a colapsar, hay más polvo del que quizá debiera. Pero en realidad todo está en su sitio, es una fuente inagotable de bibliografía artística y el polvo le da un lustre muy especial. Y tiene el mejor escaparate de cualquier establecimiento en cualquier lugar del mundo.

Yo me iría a vivir, para el resto de mis días, a "Akateeminen Kirjakauppa", o Librería Académica, en Helsinki. Pediría trabajo de día y también que me dejasen meter una camita y poder dormir en ese espacio inmenso pero recogido, donde los libros se mezclan al mármol de Carrara, la madera de abedul y el bronce, los materiales de construcción favoritos de Alvar Aalto, que regaló además a este edificio los lucernarios más bonitos nunca creados y que están retratados en la foto que encabeza este post. Está a años luz de lo que sería mi propia librería, pero demuestra lo importante de un buen diseño.

La tercera, en realidad la primera, en mi lista de librerías favoritas es "Three Lives and Company", en la calle 10, Greenwich Village, Nueva York. Está en un rincón precioso y arbolado de la ciudad, tiene el tamaño perfecto y secciones sobre todos los temas que me interesan: arte, biografía, LGTB, poesía, cocina, novela. Los dueños no pueden ser más amables, no pueden saber más de lo que saben y sin hacer ostentación de ello, no puede oler mejor, a una mezcla de papel sin estrenar, naranja y laurel. Mi idolatrado Gore Vidal hace, ya de tiempo atrás, los lanzamientos de sus libros en Three Lives. Sólo les falta el café y los bollos. Si algún día abro mi librería seguro que me ponen un pleito por plagio de modelo empresarial, porque les copiaría hasta el edificio, del que dejaría aquí una foto que le hice hace un par de meses si supiese insertarlas en el texto y no sólo al principio, que es lo que Blogger me dice que tengo que hacer (¿Me puede ayudar alguien, por favor?)

Eso sí, mucho amor por las librerías y siempre acabo comprándolo casi todo en Amazon.


viernes, 23 de mayo de 2008

En Nueva York (y III)


Adiós, Nueva York.

Acabo de regresar de la que creo que será mi última visita en bastante tiempo a la ciudad que más me gusta. No he dejado de ir ni un sólo año desde hace 15, muchas veces por trabajo y muchas otras sólo por placer. En Nueva York, en Manhattan, me siento perfectamente a gusto, en simbiosis perfecta entre persona y lugar. Como decía Holly Golightly en Desayuno con Diamantes, "es el lugar donde nada malo puede pasarte". Ella se refería a Tiffany's, yo lo amplío a toda la ciudad. En los últimos años he albergado la nada secreta esperanza de poder trasladarme a vivir allá, y de hecho tenía indicaciones muy positivas al respecto. Sin embargo, ya no se hará realidad, al menos a corto o medio plazo. Las grandes incertidumbres abiertas sobre mi futuro profesional no me inquietan demasiado, pero ciertamente me entristece que no impliquen un traslado a Manhattan.

La verdad es que en el último año he viajado muy frecuentemente a Nueva York y, lo he dejado escrito en este blog, la ciudad me sigue gustando tanto como el primer día en que puse mis pies allá. En esta última visita he evitado ir a los sitios que más me gustan (Greenwich Village, la Morgan Library, las librerías Three Lives y The Strand, el parque, el Whitney, mis restaurantes preferidos) y me he quedado en la parte más anónima del Midtown, pero, como estaba algo deprimidillo por los fracasos profesionales -lo sé de sobra, es lo último por lo que hay que deprimirse- me fui el último día a Barney's a darme algún caprichito caro -lo sé, está muy mal, la terapia consumista no es nada reparadora y es muy feo sucumbir a la tentación fácil y nada barata del lujo ostentóreo, que decía Jesús Gil-. Y justo cuando iba a entrar en la tienda, aún cabizbajo, una chica guapa y rubia, pura neoyorquina (aunque seguro que era de Milwaukee o de Des Moines), de piel tan blanca que casi parecía transparente, me preguntó si me podía hacer una foto. Se dirigió a mí como "sir" en vez de gritarme algo de tipo "dude" o "hey man" que sería lo habitual en Manhattan, y me dijo que la foto era para Vogue, que le hacían fotos en la calle a gente que les gustaba para luego publicarlas.

Y se me curó la depresioncilla, se me fue el mal rollo, olvidé mi promesa de no volver más a Nueva York y de quitarme de en medio lo que minutos antes denominaba "mi enfermiza obsesión" con la ciudad. Le dejé que me hiciera las fotos y me da igual que las publiquen o no. Porque tener cuarenta y tres años y ser parado a la puerta de uno de los templos del lujo de la capital del mundo por una estilista monísima de la más influyente revista de moda que existe, tan sólo porque le has parecido guapo/elegante/simpático tiene mucho mérito. Y disculpa la vanidad, querido lector. Pero es que ese momento, tan frívolo y absurdo, me compensó tantas cosas, me hizo tan feliz de golpe, que no me importa que me saquen en la página de la revista que te dice lo que NO hay que llevar o cómo NO hay que ser, que no me extrañaría que fuese el resultado final.

Decidí que ésta no será mi última visita a Nueva York. Claro que no. Aunque dejaré pasar una temporadita antes de volver, eso sí. No muy larga. Ya veremos. Oye, ¿saldré de verdad en el Vogue? Qué nervios.

martes, 8 de abril de 2008

En Nueva York (II)


De nuevo estoy en Nueva York. Días soleados, fríos y muy ventosos. Siempre me han asombrado los túneles de viento, de dirección imprevisible, que se forman en la cuadrícula de la ciudad. Hace más o menos una década desapareció una mujer delante de mis ojos en un torbellino repentino que se formó en Park Avenue. Claro está, que se trata uno de esos fenómenos inexplicables, o mitos urbanos propios, como el del perro al que oí decir "buenas noches" en Lisboa hace más de 20 años, que recuerdo vivamente pero de los que me cuesta asegurar su veracidad.

Encuentro en Grammercy Park un restaurante de nombre insólito, al que hago la foto que encabeza esta entrada. Me sorprende no haberme fijado en un nombre tan sugerente, teniendo en cuenta que se trata de un rincón favorito de la ciudad, uno de los respiraderos verdes que tanto me gustan y de los que hablé en un post anterior. Veo edificios nuevos e interesantes, frente a otros muy feos, voy a restaurantes nuevos y fabulosos y a otros normalitos y aburridos. Me quedo dormido en la ópera. Descubro a una nueva cantante favorita en un recital de Joyce DiDonato. Gente guapísima por la calle, hombres y mujeres. Sólo dan la nota los turistas europeos y norteamericanos. Dejando aparte el poder de la chancleta, tan vigente aquí como allá, haga calor o se esté bajo cero. La ciudad me da la impresión de estar en un dulce y tranquilizador estancamiento, en la que ya no parece que todo tenga que ser nuevo para ser bueno.

¿Viviría en Nueva York? Por supuesto. ¿Sería feliz en Nueva York? He sido feliz en (casi) todos los lugares donde he vivido, así que las posibilidades son elevadas. ¿Colmaría Nueva York mis expectativas? Es difícil saberlo. Mis expectativas no son tan altas como lo eran hace unos años, cuando anhelaba vivir en Manhattan de modo animal, irracional, incluso estúpido. Pienso que ahora disfrutaría más de todo lo que la ciudad tiene que ofrecer, pero me da mucho miedo que el romance que dura ya una vida entera se rompa si nuestra unión se hace física. Pero me da aún más miedo ir y quedarme para siempre, no ser capaz de salir o de vivir en otro lugar. Lo que de verdad me aterra en realidad es quedarme sin saberlo.

lunes, 29 de octubre de 2007

Navidad en Octubre

Buenas noches.

Mi cumpleaños cae a finales de octubre. Y hasta ahora nunca lo había celebrado rodeado de decoraciones navideñas. Cierto es que no he vivido toda mi vida en Madrid, pero aquí nací, crecí, estudié (en parte) y vuelvo a vivir ahora. No recuerdo que en el pasado la Navidad empezase en octubre, pero ahora lo hace. Toda la Castellana está ya llena de decoraciones (aún no encendidas, menos mal) de Navidad, los suplementos dominicales de los periódicos incluyen desde hace varias semanas publicidades de juguetes, jamones y viajes de fin de año al Caribe y los anuncios televisivos de coches empiezan a dar paso a los de perfumes y fragancias.

Sé que soy un pesado y que siempre lo comparo todo a Nueva York. Qué le voy a hacer, es mi ciudad de referencia. En Nueva York (y en Estados Unidos), meca del consumismo feroz, la Navidad empieza en diciembre. Claro, que ahora están con Halloween, es la época en que todos los escaparates, tanto de jugueterías como de floristerías, desde los restaurantes de lujo hasta los greasy spoons, se llenan de calabazas. Incluso el Empire State Building (sí, el que no fotografía, como si fuese un vampiro) se ilumina de noche de naranja o de morado. Tras la celebración del día de difuntos –le recomiendo a quien no lo conozca que vaya aunque sea una sola vez al desfile de disfraces de Greenwich Village, donde los atuendos de las drag queens son superados por los disfraces que loes ponen a sus hijos- empieza la celebración de Thanksgiving, que ocupa al menos tres semanas. Entonces desaparecen las calabazas y se ofrecen viajes baratos para volver a casa a pasar acción de gracias y regalos de buen tono para los padres y los sobrinos. Nos creemos que acabamos de inventar el multiculturalismo y el buen rollo del diálogo y la convivencia y los americanos llevan más de dos siglos celebrando una fiesta "espiritual" idéntica para todas las denominaciones religiosas- y también para las personas no religiosas.

La campaña de Navidad no empieza allá hasta después de Thanksgiving. Aquí, curiosamente y a pesar de que ahora se celebra Halloween, se pasa directamente del verano a la Navidad. Y en Navidad, y se trata de una curiosa nueva tradición, la gente se pone disfraces y unos pelucones de escándalo. De eso no voy a escribir ahora, lo dejo para algo más adelante. Hoy la Navidad, aquí y en todas partes, es la fiesta del consumo. Ni siquiera se valoran ya los supuestos valores familiares (sobre los que sí incide Thanksgiving), y mucho menos los religiosos –que a mí, la verdad, me interesan bien poco. Nunca me gustó la Navidad, pero debo reconocer que la persona con quien comparto mi vida, a quien le encanta (y envía decenas, centenares de tarjetas de felicitación, se esmera comprando regalos y montando un árbol precioso y se tira horas preparando unas comilonas tremendas), ha conseguido que ahora lo disfrute mucho más. En el fondo es porque me he convencido de que todo es un ejercicio kitsch y, por lo tanto, digno de atención y elogio.

Pero sigo sin comprender que la Navidad empiece en Octubre. Que haya decoraciones urbanas navideñas y la gente siga vestida de verano. Hoy mismo he visto a un tipo, en camiseta, bermudas y chancletas, paseando bajo las decoraciones de muelles (¿navideñas?) de la Castellana. A lo mejor es que la bonanza de nuestra economía depende de lo que gastemos ahora y tenemos que empezar la temporada del consumo lo antes posible. O a lo mejor es que el poder de la chancleta es tal que se sigue llevando incluso en las frías mañanas madrileñas de estos días. Me inclino, por algún extraño motivo, por esta segunda opción. No sé qué hago gastando en zapatos.

domingo, 30 de septiembre de 2007

En Nueva York


Escribo desde Nueva York. Una de las cosas extraordinarias de esta ciudad tan densa es el modo en que despliega sus zonas verdes. No me refiero a Central Park, sino a los pequeños "Squares" y plazas arboladas que son auténticos oasis en la cuadrícula. Me encanta el espacio verde, en pleno cruce de la Quinta Avenida con la calle 42, que está justo delante de la New York Public Library. Siempre hay sitio libre en alguna de las mesitas. Los compañeros de parque son vagabundos (tan educados y tranquilos), jóvenes tecleando ferozmente en su iBook, mujeres elegantes cargadas de bolsas de compras tomándose un respiro.

Al cruzar Madison Square Park vi un tordo precioso y muy gracioso dándose un baño en una fuente. Como llevaba la cámara en el bolsillo, la saqué para hacerle una foto. Me di cuenta de que justo encima de la fuente, en segundo plano, se elevaba el Empire State Building, algo difuminado por la calima. Sintiéndolo por el tordo, me concentré en hacer la foto al paisaje urbano. Hice tres, y aquí reproduzco una de ellas. En ninguna salió el edificio. Me pregunto por qué. ¿Será sólo la calima?

domingo, 16 de septiembre de 2007

La línea del cielo


Me siento muy orgulloso de esta foto. La tomé hace unos años, a principios de noviembre, desde el vaporetto que lleva a la ciudad atravesando toda la laguna. Caía una tromba de agua fenomenal. Me encanta el azul, casi irreal e idéntico, del cielo y el agua. Tiene un aire, y pido perdón por lo pretencioso de la comparación, a un óleo de Whistler. Y si uno se fija bien, se adivina la magnífica línea del cielo de Venecia.

Siempre digo que mis ciudades favoritas son Venecia, Hong Kong, Estambul, Nueva York. Lo único que tienen en común es la presencia del agua, una densidad casi agobiante y skylines o líneas del cielo inmediatamente reconocibles. No juzgo estas ciudades de un modo absoluto, ni pretendo, al incluirlas en una lista de favoritas, indicar que me gustaría vivir ahí. Creo que sólo en Nueva York, que conozco bien, y en Hong Kong, dónde sólo estuve, hace ya mucho, unos días, podría establecerme con ciertas garantías de vivir a gusto. Es su atractivo estético, histórico e incluso conceptual lo que me atrae de estas ciudades. Y su línea de cielo, por supuesto.

Si hubiese empezado a escribir este blog hace diez años (¿había blogs hace diez años?), cada entrada hubiese contenido una lista. Me encantan las listas: mis diez sopranos favoritas, las quince mejores patatas a la brava, los libros que cambiaron mi vida, mis diseñadores irrenunciables. También me encantan las ciudades, sobre todo si son estimulantes, diversas y ofrecen todo tipo de posibilidades de ocio y a la vez le permiten a uno vivir a diario en un microcosmos amable y reconfortante. Siempre que voy a un sitio nuevo me planteo si me gustaría vivir allí y me sorprende ver, tal como decía, que no siempre escogería para vivir las ciudades que me gustan o estimulan a primera vista.

Una revista aún nueva, Monocle, publicaba hace poco su lista de las mejores 20 ciudades del mundo para vivir. Los criterios que utilizaba son interesantes, pues no se refiere a las redes de carreteras y sí al transporte público, valora un buen sistema de educación pública frente a la privada, concede puntos positivos a las ciudades multiculturales y con altos niveles de tolerancia así como a la facilidad para iniciar un pequeño negocio, se fija en las horas de sol anuales, los horarios comerciales y la vida nocturna y valora mucho la sostenibilidad medioambiental. Quedan fuera de la lista las grandes metrópolis –salvo Tokio, que está entre las 5 mejores- como Nueva York o Londres, y son ciudades centroeuropeas y escandinavas de tamaño medio las que se encuentran en los primeros lugares.

Madrid, que sale bien parada en el listado de monocle, tiene una línea del cielo paradójica. El centro histórico tiene un skyline preciosode cúpulas y chapiteles que, con la gran excepción de la Plaza de España, ha cambiado poco desde que Goya lo pintase desde la pradera de San Isidro. El skyline madrileño moderno, por el contrario, es un disparate y las cuatro torres (feas y paletas, como cuatro espárragos aislados, o cuatro dedos de una mano enterrada gigantesca) que crecen en el norte de la ciudad y que me toca ver a diario desde la ventana de mi lugar de trabajo, lo van a empeorar decisivamente. Una línea del cielo no se hace de golpe y a golpe de talonario sino poco a poco, completando lo ya existente, valorando el modelo de ciudad, sus necesidades reales de crecimiento y, me disculpo por repetir una palabra fea, su sostenibilidad futura.

Hace un montón de años, el director Fernando Colomo hizo una película, hoy olvidada, en Estados Unidos y la llamó "La línea del cielo", en referencia al skyline que toda ciudad de Norteamérica construye y desea ver convertido en su seña de identidad. Fue a principios de los 80, cuando otros directores españoles probaban fortuna en EEUU, intentando hacer su película americana (Bigas Luna firmó "Reborn", también olvidada, en esa misma época; Trueba lo intentaría una década más tarde; Almodóvar aún espera, y hace bien). Llegar a Venecia, como a Nueva York, a Estambul, a Hong Kong o, por qué no, a Benidorm por mar es una experiencia difícil de olvidar. Emociona y da vértigo ver el cielo recortado por formas arquitectónicas caprichosas, construidas a mayor gloria de dios o del dinero, o de ambos a la vez. Y siempre hay un instante en el que se me pasa por la cabeza que quiero quedarme a vivir ahí para siempre, aunque al cabo de unos minutos, unas horas, o unos días, eche de menos mi casa, mi cama, mi calle, mi rutina diaria, tan perversamente reconfortante.

domingo, 2 de septiembre de 2007

La portada de un libro


Hace poco compré un libro sólo por su portada. No recuerdo haber hecho algo semejante antes. Algún disco sí he comprado por la portada, por ejemplo "Temptation" de Holly Cole, con el que me hice en una pequeña tienda del East Village, de cuyo nombre no me acuerdo, hace ya más de diez años y que sigo escuchando con cierta regularidad. Pero un libro, nunca. Hasta ahora. La portada que me hizo comprarlo muestra la fotografía en blanco y negro de una mujer bellísima, de piel muy blanca, labios que se adivinan muy rojos, cigarrillo en la mano, pelo retirado de la cara, pómulos marcados, vestida con un vestido negro de corte "New Look" que inmediatamente nos traslada a los años 50. Se trata de Maeve Brennan, escritora irlandesa transplantada a Estados Unidos, olvidada durante mucho tiempo y hoy recuperada gracias a las reediciones de su obra en los últimos años y a la biografía que acabo de terminar de leer, escrita por Angela Rourke.

Nunca antes había comprado un libro por su portada y nunca había leído una biografía de un escritor de quien no sabía ni había leído nada. Imagino que siempre hay una primera vez para todo. Maeve Brennan era hija de un luchador por la independencia de Irlanda que fue el primer Embajador irlandés en EEUU, durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Maeve llegó a Washington, tras una infancia poco privilegiada y muy movida por las actividades clandestinas de su padre, con 17 años y ya permaneció el resto de su vida, salvo viajes y estancias puntuales en Irlanda, en América. Escribía desde niña y decidió dedicar su vida a la escritura. Ya en Manhattan, su verdadero hogar, trabajó primero en Harper's Bazaar, donde adquirió un gusto por la ropa buena y cara y un ojo especial para detectar el buen (y el mal) gusto. De ahí pasó a The New Yorker, donde editó obras ajenas, publicó historias cortas bajo nombre propio y escribió numerosos artículos de sociedad, en la famosa sección "talk of the town", utilizando un alter ego, "the long-winded lady", algo así como "la señora parlanchina".

Al gusto exquisito para su apariencia personal añadió también un gusto exquisito a la hora de escribir. Sus historias siempre están basadas en su vida, en su infancia, en sus recuerdos de Irlanda, pero ahí se acababa la nostalgia, pues vivió siempre al día, disfrutando del momento presente, sin rememorar el pasado, sin pensar en el futuro, más allá de la decisión de qué flor, fresca por supuesto, se prendería al día siguiente en la solapa de su vestido. En uno de sus artículos para el New Yorker cuenta una historia sobre una mujer que murió de repente y sin aviso en plena calle en la ciudad y comenta "espero que hubiese tenido un buen día". Siempre eligió vivir en casas sin cocina, prefiriendo pasar el tiempo en cafés y restaurantes y así poder observar, siempre en soledad la realidad y luego reflejarla en sus escritos.

Estuvo casada brevemente y tuvo, sin duda, aventuras amorosas pero sus grandes ataduras sentimentales fueron a animales, decenas de gatos y una perra labrador, Bluebell. Su generosidad con todos los que la rodeaban era tan grande como su incapacidad para administrar el dinero que ganaba. A principios de los años setenta, alcanzada la cincuentena, su vida se hizo más y más errática y cayó poco en poco en la locura. Quizá la causa esté en los fantasmas de su infancia sin resolver, que el exceso de alcohol no contribuyó a espantar. Hubo momentos en que, por propia elección, decidió vivir en las calles como una indigente más, a pesar de que tanto el New Yorker, al que siempre permaneció unida, como sus amigos (entre ellos, Edward Albee) le ofrecieron su apoyo y su ayuda en todo momento. Su triste final me hizo pensar en la muy manida, pero en este caso muy adecuada, frase de Allen Ginsberg en "Howl", "I saw the best minds of my generation destroyed by madness", y aunque ambos pertenecen en el tiempo a la misma generación, su estilo literario y su modo de vida no podían ser más dispares. También me acordé del final de Tina, de Las Grecas, que a pesar de su enorme éxito acabó indigente, mendiga, enajenada, devastada.

Maeve Brennan murió en un hospital en 1993. Aceptó la vida como le vino, disfrutó tanto como pudo e hizo disfrutar con su literatura, su belleza y su generosidad, a muchos. Aunque la biógrafa Angela Rourke, cuyo libro, que compré en Dublín, me ha gustado mucho, interprete como un signo más de su locura su deseo de vivir y morir sola, yo lo interpreto como la muestra definitiva de su carácter generoso. Vivió y murió con sus fantasmas pero no quiso que afectasen a nadie más que a ella. Su vida abarcó casi con exactitud el período que Eric Hobsbawn denomina "el corto siglo veinte" y sin duda fue hija de su época, la primera en que una mujer pudo vivir por y para sí misma, sin depender ni dar cuentas a nadie, plena y conscientemente libre.