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sábado, 11 de julio de 2009

Lo Peor de Todo: Conferencias

Tyler Brûlé, a pesar de su nombre tan improbable, es un tipo listísimo. Para quienes no lo conozcan, diré que fue, con veintitantos años, el fundador de la revista “Wallpaper*”, la “biblia” de estilo del período del último cambio de siglo, y es ahora el editor de “Monocle” una revista bastante estupenda sobre, de nuevo, ciudades, diseño, actualidad internacional, moda, etc. Es sin duda uno de los gays más influyentes que circulan por el mundo y tiene un ritmo de vida impresionante: en su columna semanal en el Financial Times, que se puede leer aquí, cuenta como va de un lado a otro, de una conferencia en Nueva York a otra en Tokio, de su casa en Zurich a su isla privada en Suecia. Una vida ¿envidiable? Yo tengo mis dudas.

Llevo un año viajando a destajo y estoy bastante hartito, la verdad. Vuelos nocturnos, comidas raras y a deshoras, cambios de temperaturas, deshidrataciones, estreñimiento, retenciones de líquidos, no poder dormir a diario abrazado a mi chico (que es sin duda lo más duro) y, sobre todo, tener que participar en las conferencias a las que voy, porque las conferencias son, con mayúsculas, Lo Peor de TODO.

¿Qué es lo que hace que las conferencias sean lo peor? Pues aquí va el listado:

1.- La maletita. Te dan una maletita en cada conferencia. Al principio te hace gracia y te la quedas, aunque sea para no herir los sentimientos de la azafata que te la ha dado. Luego te das cuenta del error, pero aún así te la llevas de vuelta a casa y se te acumulan sin saber qué hacer con ellas (que las sobrinitas, que no son tontas, se han hartado de que se las regale). Las maletitas son inevitablemente horrorosas. Y si son monas no puedes volverlas a usar porque llevan el logotipo de la reunión y repetir su uso es equivalente a llevar la tartera en una bolsita de “Munich 72”. Además, te llenan de libros y documentos que tiras nada más regresar pero que pesan como una losa en el equipaje (sólo de mano y que incluye zapatillas de deporte, hay que hacer filigranas para que quepa todo).

2.- Los profesionales de las conferencias. Hay personas que viven por y para las conferencias. A veces te topas con la misma gente (es inevitable, nos dedicamos todos a lo mismo) pero el profesional es otra cosa, aunque sean personas distintas, siempre es el mismo tipo. Me explico. En toda convención aparece el cuarentón gordo, calvo, con perilla y halitosis, teléfono móvil y "pager" al cinto, blackberry en la mano y ordenador portátil en la maletita (él siempre utiliza la maletita de la conferencia). En el wallpaper del ordenador figura inevitablemente una foto de su santa, hecha un guiñapo la pobre, con un bebé recién parido. O del bebé: "es la niña de mis ojos", te espeta. También está la gorda líder de turno, que suele ser coorganizadora del evento, dando órdenes a destajo por el sistema de altavoces: "la comida se servirá en la terraza diecisiete, hoy tenemos un buffet norcoreano-finlandés"; "no olviden inscribirse en el tour guiado de la ciudad, tienen la hoja correspondiente en la maletita". Otro personaje es la delegada solitaria, al final de su juventud, que busca al delegado sin anillo de casado (lo sé, Notorious, es un comentario hiper-machista, pero es la realidad): "¿Nos tomamos una copa? Conozco un sitio no muy lejos donde podemos librarnos de esta gente". Pues casi mejor no, bonita, prefiero irme a la habitación a ver la tele, que quizá pillo un capítulo de "Heroes". Todo ello aderezado de jet lag, claro.

3.- Asentir. Es realmente lo peor, a mí me saca de quicio. Alguien dice algo en la conferencia y otros (y otras) se ponen a asentir vehementemente como si el movimiento de sus cabecitas diese validez a lo que el/la pánfil@ de turno está diciendo. Además es contagioso: asiente uno y otros tres van detrás, sobre todo los que forman parte del panel principal de conferenciantes. Asimilado al asentimiento es la primera pregunta. La suele hacer el listillo de turno, que considera que habiendo hecho esa primera pregunta ya ha cumplido con el trabajo y minutos después desaparece de la sala, regresando sólo para el programa festivo-cultural (ver infra). Si no le dejan hacer la primera pregunta, se desgañita asintiendo y esperando su turno. En cuanto ha terminado de hablar, se lanza al buffet.

4.- El buffet. En las conferencias te atiborran a comida mala que no deberías comer. Y no, no me está saliendo la vena bulímica sino que lo que te dan, del desayuno a la cena, es una bomba calórica de pésima calidad a la que sin embargo uno no se puede resistir. Fritanga variada y muy guarra (rollitos, pollo empanado, pescado rebozado), carbohidratos de los malos (patatas fritas, arroz envuelto en pasta bric), postres atiborrados a grasas trans y azúcares refinados, chocolates blancos de pésima calidad. La fruta y la verdura son un recuerdo lejano. Tardas un mes en desintoxicarte, y eso con una sesión diaria de elíptica o aerobic.

5.- La programación cultural. El buffet de la noche del primer día de conferencia suele estar amenizado con algún acto festivo-cultural. En la última conferencia en la que he estado salieron a actuar (lo juro, no exagero), un desfile de niños disfrazados de carnaval (incluido un niño-libélula y una niña-planeta), dos grupos de baile indios, dos orquestas de calypso a base de steel drum, cuatro parejas talluditas con trajecitos de baile ajustados haciendo mambo y chachachá, un grupo de baile limbo y una cantante libanesa, que ya no cumple los 60, enfundada en un bodysuit negro acampanado (pobre, haría 45 grados con una humedad del 99%) y con una marcha aterradora. Se puso a sacar a bailar a gente al escenario y ¿a quién sacó el primero? Pues sí, a Breckinridge. Pero, pobre de ella, se encontró con la horma de su zapato, que entre mis horas de vuelo a base de Chic y Chemical Brothers y los muslazos que se me han puesto con el aerodance, me la comí con patatas. Eso sí, todo el mundo haciendo fotos... menos mal que mis compañeros de faenas laborales no leen este blog.

Me pongo para terminar un poco serio porque en realidad lo peor de las conferencias/convenciones/seminarios/jornadas es que son una absoluta pérdida de tiempo y un modo inútil de derrochar dinero y esfuerzo. No sirven para nada. Pero para nada. Y, aunque parezca un frívolo profesional, yo me dedico a temas muy serios, de esos que deben servir para mejorar el mundo. Las conferencias son una excusa para que los enteradillos de un tema concreto se vean las caras de vez en cuando y retroalimenten su pequeño tinglado, el corralito que se han ido tejiendo con el tiempo.

Eso sí, no me quejo de mi última conferencia caribeña, que al final me pude escapar a la piscina aunque fuese sólo un rato. Dejo aquí prueba gráfica en forma de autofoto. ¿A que es chulo mi bañador nuevo?

jueves, 4 de junio de 2009

Astros

Uno de mis viajes me obliga a salir de casa muy temprano. Tengo que estar en el aeropuerto a las 6 de la mañana y la noche anterior pido un taxi para las 5 y media, que llega a y veinte. Es lunes. Por el centro de Madrid pulula bastante gente que aún no se ha acostado. El típico grupo de jóvenes británicas rubias muy borrachas, con faldas demasiado cortas para el grosor de sus muslos, las sandalias de tacón en la mano y los pies desnudos en la acera dando grititos etílicos. Algún listillo con pinta de dealer, ojo avizor para servir a quienes puedan necesitar algo que les permita seguir despiertos unas horas más, o incluso todo el día siguiente. Los servicios de limpieza del ayuntamiento trabajando a destajo. En Cibeles veo un grupo de latinoamericanos, pero éstos no están de marcha, van sin duda de camino al trabajo después del madrugón habitual. En mí el madrugón es circunstancial, en ellos es rutina. No me puedo quejar. Bastantes taxis libres circulando por las calles, siempre me han gustado las lucecitas verdes salpicando la noche. Mi taxista es encantador, me cuenta que acaba de empezar la jornada y hablamos de Nadal, el pobre, que ha perdido. Seguro que ahora empezamos todos con la cantinela: “Ya te lo dije yo, si no es tan bueno, mira qué pronto ha pinchado”.

Al salir de casa me fijé que en el cielo occidental refulgía Sirio. Porque Sirio refulge, centellea y cambia continuamente de color. En Madrid no se suele ver bien, pero esta mañana (“Nunca he dado un paseo de día, he estado muchas veces en Tiffany’s a las 6 de la mañana, pero eso aún cuenta como noche, ¿verdad?” decía Holly Golightly) brilla mucho, aunque es posible que lo vea de este modo porque sigo dormido y además no he desayunado. Desde el taxi, ya en la autopista, veo en el cielo, al sureste, una luz que ilumina el firmamento como una bombilla incandescente, ésas cuyo uso pronto nos van a prohibir. Al principio pienso que es un avión aterrizando en Barajas, pero no, es Venus, el lucero del alba, que se ve toda la noche pero luce en todo su esplendor cuando empieza a despuntar el día. Y ya se puede adivinar un halo de luz tenue en el horizonte oriental.

Cuando era pequeño, mi madre me despertaba a veces en plena noche, en verano, para ver las estrellas. No sé por qué se me pone un nudo en la garganta al escribir esto. Nos despertaba a mis hermanos y a mí para que viésemos el espectáculo del cielo, estrellas, planetas y constelaciones. Nos enseñaba la Vía Láctea que yo, adormilado, nunca podía discernir. Hasta que un día lo hice y me maravillé de su inmensidad y la sutileza con que la exhibe. Me mostró Antares, mi estrella, y me enseñó la forma del escorpión, mi signo, en el cielo de Málaga. Años después me acordé de ella cuando vi en el desierto de Wadi Rum, en una noche memorable que pasé a la intemperie con Antonio y Javier, mis más antiguos y queridos amigos, los satélites artificiales en movimiento, como pequeñas y lentas estrellas fugaces sin estela.

Ahora, siempre que estoy de viaje mi chico me manda mensajes recordándome que me fije en la luna creciente o menguante (como buen conocedor y amante de la luna no la admira tanto cuando está llena como en sus otras fases) o diciéndome por ejemplo que me fije en el horizonte occidental al atardecer pues en la latitud en la que me encuentro podría ver Mercurio, el más escurridizo de los planetas y que yo sería incapaz de identificar sin su ayuda. Ahora, después de un día que no ha existido, en el que salí de casa de noche y llego a mi destino de noche y en un hemisferio distinto, veo desde el avión, justo encima del horizonte, la Cruz del Sur. Y estoy deseando aterrizar para llamarle y contárselo.

Hay momentos que, al vivirlos, uno sabe que los va a recordar para siempre. Hace cuatro años se produjo un fenómeno que no se repetirá en más de un siglo: el solsticio de verano coincidió con la luna llena. Vivíamos entonces al borde el mar y fuimos la familia entera a ver la salida de la luna. Nunca he comprendido como en aquel lugar, una colina de un parque urbano sobre la costa, en aquel momento de confabulación astral, no había nadie más que nosotros tres, mi chico y yo, abrazados, mirando la luna surgir, inmensa y roja, entre unas islas lejanas sobre el mar y nuestra niña, Lulé, ya ciega, sorda y casi incapaz de andar, con la cabeza bien levantada y sus largas orejas de cocker al aire, olisqueando los aromas del mar, disfrutando de la única percepción sensorial que le quedaba, moviendo el rabo con fruición. Tremendamente feliz, a pesar de todo, de su edad y sus limitaciones. Supe en aquel instante que ese momento, tan exquisito, tan perfecto, tan bello, tan feliz, tan cósmico, en que nos unía un astro, quedaría para siempre fijado en mi memoria. Supe también que sería la última luna llena que pasaríamos juntos los tres. Dos semanas después enterrábamos a Lulé. Es raro el día que no me acuerde ella y de los quince años y las muchísimas lunas llenas que pasamos juntos.

Al aterrizar, he llamado a mi chico y al decirle que había visto la Cruz del Sur me ha preguntado si también podía ver la constelación del Centauro. No he sabido qué decir, porque la verdad es que no sabría ni dónde buscarla. Y es que en materia de astros, como en otras tantas, sin él, mi astro personal, estoy perdido.

domingo, 6 de julio de 2008

En Londres

Viaje relámpago a Londres, por trabajo. Viví en Londres, conozco bien la ciudad y no la echo mucho de menos. En parte porque nunca he dejado de volver, en parte porque no echo de menos ninguno de los sitios en que he vivido, y en parte porque no me gustaría volver a vivir allá, al menos ahora. Hay cosas de Londres que me vuelven loco: la sinfonía de grises en el cielo y la sinfonía de verdes en los parques (los británicos han ganado a su mala climatología con el arte de la jardinería). Los hombres y las mujeres de la City, vestidos impecablemente. La mezcla de lo antiguo y lo moderno. Los taxis. El inglés bien hablado. Los hombres británicos. Hay cosas que no me gustan nada, como la obsesión por lo nuevo, lo moderno, la agresividad de alguna gente, que suele ir unida a una enfermiza relación con el alcohol (como ocurre en toda Europa al norte de París). El inglés mal hablado.

Sin embargo, a pesar de mi falta de nostalgia por mi vida londinense, debería estarle muy agradecido. Y se lo estoy, pues Londres es el lugar donde empecé de verdad a vivir. Si alguna vez me hiciesen el cuestionario de la última página de Vanity Fair y me preguntasen cuándo y dónde he sido más feliz, no tendría duda alguna: en Londres, la primera semana de septiembre de 1998. Aquella semana fue sencillamente perfecta. Aún me dan escalofríos recordándola. Aunque yo sabía que había encontrado lo que quería pero pensaba que no existía, necesitaba ese momento sublime, mi hora exquisita; aquellos días fueron la confirmación de que soy capaz de querer y, lo más sorprendente, de ser querido. Un año más tarde me mudaba a Londres, donde pasé tres años inolvidables, como todos los segundos que han pasado desde que conocí al hombre que me ha dado la única felicidad que he conocido y que ocupa, y ocupará para siempre, toda mi vida y todo mi corazón.

Curioso, no tengo ni una foto digital tomada en Londres.

domingo, 29 de junio de 2008

Librerías


En algún lugar de este blog he dejado dicho que me gusta mucho leer. He leído y leo mucho. De todo. Sin criterio. El Super Pop y el Tractatus Logico Philosophicus. Desde Kierkegaard hasta el Manual de la perfecta petarda. Y a todo le saco jugo, la verdad, pocas veces he dejado un libro sin terminar.

No soy ni fui ratón de biblioteca, entre otras cosas porque siempre me ha gustado leer tumbado, me concentro mucho mejor. También estudiaba tumbado. Debe ser algo relacionado con el riego sanguíneo, imagino. No soy tampoco comprador compulsivo de libros, aunque tengo unos cuantos. Lo que me encanta son las librerías, de hecho siempre he tenido la idea loca (no quiero, deliberadamente, llamarlo un sueño) de abrir mi propia librería, especializada en tipografía (le haría un logo muy bonito en Helvética o Bodoni o algún tipo nuevo de mi propia invención), poesía, arte y viajes. Y para hacer caja vendería a Dan Brown y Ruiz Zafón, que hay que comer.

Los turistas no suelen ir a librerías. Tengo no sé si la suerte o la desgracia de viajar bastante, sobre todo por trabajo, y siempre que puedo aprovecho para meterme en librerías de todo tipo, a hojear volúmenes y a sacar ideas para mi negocio imaginario. Evitando de paso a los turistas: uno puede ir a la iglesia menos interesante de Europa (no me refiero necesariamente a la Almudena) y siempre encontrará a algún turista, guía en la mano. Pero a las librerías, salvo que sean muy de escaparate, bien en El Cairo ("Aquí estuvo Agatha Christie") o La Habana ("La favorita de Hemingway"), los turistas ni se acercan.

He visto librerías preciosas, de cuyos nombres no me acuerdo, en Lisboa, Dublín, Estambul, Sevilla o Buenos Aires, ciudades que tampoco conozco tan bien, librerías grandes y pequeñas, especializadas o generalistas, pero siempre con un encanto especial. He estado y comprado en librerías especializadas en viajes, uno de mis sectores preferidos: hay dos que me gustan en particular, la "Libreria del Viaggiatore", en Roma, cerca de Campo di Fiori (compré un libro maravilloso, que en mi infinita estupidez regalé, llamado "Roma di Notte", escrito y publicado antes de la llegada del fascismo, en el que se enumeraban los mejores sitios para dormir a la intemperie en la ciudad , y se avisaba de los lugares peligrosos por si alguien se atrevía con ellos) y "The Complete Traveler Bookstore" en Nueva York, en Murray Hill, muy cerca de la Morgan Library. Durante mucho tiempo ésta fue mi librería modelo, con sus dos partes diferenciadas, una dedicada a guías y mapas de viaje y la otra –en la que me he dejado mis buenos cuartos- con ediciones antiguas de libros de viajeros. Aunque especializada en otro tipo de viajes, recuerdo bien una librería esotérica en Turín (¡qué ciudad tan magnífica!), regentada por el joven y misterioso Dottore Sinatra que no nos vendió a su madre porque no nos dejamos pero a punto estuvimos de tener que comprar otra maleta para cargar todo lo que nos colocó. Tan imposible me resulta olvidar al joven Sinatra como recordar el nombre de su atiborrada y diminuta librería.

En Madrid me gusta mucho "Hiperión", al igual que las ediciones de libros que hacen y la gran amabilidad de los dependientes. Yo le añadiría un servicio gratuito de café y té y una bandeja con bollos recién hechos a disposición de los clientes. Aquí debo decir que en mi librería imaginaria habría esas cosas, y si no bollos, al menos la tarta de polenta que hace mi santo esposo. Y que no duraría nada, pero bueno, ya compensaría el gasto de otro modo. También me gusta "Berkana", infinitamente mejor que cualquier otra librería especializada en temática queer que haya visitado (hay una en Castro que también me gustó mucho, aunque haciendo memoria lo que recuerdo son unos calendarios de auténtico escándalo que, bobo de mí, no llegué a comprar. Mejor no sigo) y también "Arranca Thelma", en uno de los rincones más atmosféricos de Madrid, la plaza del Alamillo. Ahí he encontrado grandes joyas olvidadas, como el libro a gran formato de Reinhart Wolf de fotografías de Nueva York o el que contiene la colección de dibujos eróticos de Jean Cocteau, ambos por dos durillos. Mi librería favorita en mi propia ciudad desgraciadamente cerró hace mucho. Se llamaba "Lectura", y estaba en la calle del Doctor Fleming. Era una librería generalista en tres niveles con una sección infantil cuyas existencias yo devoraba, sentado en las escaleras, tarde tras tarde, sin que las dependientas dijesen nunca nada incluso cuando ni mis hermanos ni yo les comprábamos apenas nada.

Mi modelo de librería ideal está cercano a John Sandoe, en Londres (Chelsea), con los dependientes más leídos y mejor informados del mundo. Su problema es que, como todo en Londres, es víctima de los vaivenes de la moda: Elton John dijo en una revista que era su tienda favorita de la ciudad y claro, a partir del día siguiente sólo podías entrar cuando sonaba tu número en el turnomátic. También me gusta mucho La Hune en París, en Saint Germain, con un espacio perfectamente diseñado y un catálogo inacabable de fanzines y revistas de arte "alternativas" (es decir, muy guarras, las que más me gustan). Pero me temo que ésta sí la frecuentan los turistas aunque sólo sea como una etapa más en su peregrinar pseudo-existencialista.

No sólo me gustan las librerías pequeñas, aunque ése sería lógicamente mi modelo a seguir. Me encanta "The Strand", en Nueva York, en Broadway cerca de Union Square. Lo tienen todo. Hasta venden libros por metros: tienen un servicio de decoración que les llena los anaqueles a propietarios de mansiones de reciente construcción en Jersey City o Newark (o en Park Avenue, ojo). Y uno se puede quedar horas y días. Te lo dejan mirar todo e irte sin comprar nada (deduzco que se nota que me gusta el formato VIP'S, no puedo evitarlo). Por cierto, muy cerquita de The Strand está "Forbidden Planet", cuyo nombre viene de una de mis películas favoritas y es el paraíso del cómic, género que cultivo poco, lo reconozco. Pero la tienda es estupenda.

En mi lista de librerías favoritas, me quedo con tres, cada una en su estilo y por méritos propios. "Posada", en Bruselas (en la rue de la Madeleine, en pleno centro medieval) es la librería de arte perfecta. Es el único lugar del mundo donde he encontrado una monografía sobre Alexander Archipenko, pintor ucraniano en la órbita cubista, hoy injustamente (en mi opinión) olvidado. En Posada los libros están amontonados aparentemente sin ton ni son, el piso superior cruje a cada paso y uno tiene la impresión de que va a colapsar, hay más polvo del que quizá debiera. Pero en realidad todo está en su sitio, es una fuente inagotable de bibliografía artística y el polvo le da un lustre muy especial. Y tiene el mejor escaparate de cualquier establecimiento en cualquier lugar del mundo.

Yo me iría a vivir, para el resto de mis días, a "Akateeminen Kirjakauppa", o Librería Académica, en Helsinki. Pediría trabajo de día y también que me dejasen meter una camita y poder dormir en ese espacio inmenso pero recogido, donde los libros se mezclan al mármol de Carrara, la madera de abedul y el bronce, los materiales de construcción favoritos de Alvar Aalto, que regaló además a este edificio los lucernarios más bonitos nunca creados y que están retratados en la foto que encabeza este post. Está a años luz de lo que sería mi propia librería, pero demuestra lo importante de un buen diseño.

La tercera, en realidad la primera, en mi lista de librerías favoritas es "Three Lives and Company", en la calle 10, Greenwich Village, Nueva York. Está en un rincón precioso y arbolado de la ciudad, tiene el tamaño perfecto y secciones sobre todos los temas que me interesan: arte, biografía, LGTB, poesía, cocina, novela. Los dueños no pueden ser más amables, no pueden saber más de lo que saben y sin hacer ostentación de ello, no puede oler mejor, a una mezcla de papel sin estrenar, naranja y laurel. Mi idolatrado Gore Vidal hace, ya de tiempo atrás, los lanzamientos de sus libros en Three Lives. Sólo les falta el café y los bollos. Si algún día abro mi librería seguro que me ponen un pleito por plagio de modelo empresarial, porque les copiaría hasta el edificio, del que dejaría aquí una foto que le hice hace un par de meses si supiese insertarlas en el texto y no sólo al principio, que es lo que Blogger me dice que tengo que hacer (¿Me puede ayudar alguien, por favor?)

Eso sí, mucho amor por las librerías y siempre acabo comprándolo casi todo en Amazon.


viernes, 13 de junio de 2008

Primavera

Estos últimos días se ha producido un fenómeno poco habitual. A eso de las siete de la tarde se ha puesto a llover sobre Madrid (al menos en la zona donde trabajo) mientras seguía brillando el sol. Han sido chaparrones cortos, intensos, que han hecho que salga, aunque tenue, el arcoiris.

Creo que ya lo he escrito en estas páginas: me encanta la lluvia, sobre todo cuando cae en primavera o verano, cuando los árboles están cargados de hojas. Lo reconozco, es fácil que a uno le guste la lluvia cuando vive en Madrid, donde llueve más bien poco. Cuando viví en Londres tuve momentos de hartazgo de tanta nube, tanta lluvia, tanto gris, pero aquí me encanta. La plaza donde vivo, que como un imán atrae a mucha gente, se vacía con la lluvia y se transforma de nuevo en el lugar íntimo y recogido que tanto me atrajo y que me hizo querer vivir aquí.

Lo realmente bonito es comprobar que estamos teniendo -o quizá debiera decir que hemos tenido- una primavera de verdad. Con frío, calor, lluvia, sol y viento. Impredecible. Habíamos perdido la primavera en Madrid, pasábamos del frío al calor en un día, y llevamos dos años en que ha vuelto. No voy a ocultar que me encanta. Soy más de invierno que de verano, pero soy sobre todo de otoño y, ahora que vuelvo a saber qué es, me doy cuenta que soy de primavera. A pesar de que en este momento no me van especialmente bien las cosas, disfruto de los árboles cargados de hojas jóvenes, los parques y hasta los descampados cargados de flores silvestres, el chaparrón cálido que te pilla desprevenido, el arcoiris a la salida del trabajo. Quizá el cambio climático nos haya traído, al menos a Madrid, de nuevo la primavera.

Recuerdo que hace muchísimos años, cuando aún viajaba a lugares exóticos, viví una anécdota graciosa. Estaba en Borneo, en plena jungla. Teníamos que tomar un pequeño barco, tras nuestra marcha por la selva, para volver al poblado donde pernoctábamos. Diluviaba y lucía el sol a la vez y un arcoiris brillante destacaba sobre las nubes oscuras. Una mujer menuda, vestida con ropa modesta, llena de color y de dignidad, discutía con el patrón, por llamarle algo, del barquito, que paró el motor. Otro pasajero, que hablaba inglés, nos contó que la mujer se negaba a seguir el viaje porque no quería pasar por debajo del arcoiris. Al parecer, decía, su marido pasó una vez bajo un arcoiris y desde entonces sufría unas migrañas tremendas. Se negaba a sufrir la misma suerte. Tuvimos que esperar. Acabamos calados hasta los huesos pero luego escampó, salió el sol y llegamos sequitos. A mí me gustó tanto la historia de aquella mujer que decidí creer que se puede pasar bajo un arcoiris, que no es sólo una ilusión óptica, sino una puerta a otra dimensión en la que a unos les dolerá la cabeza y a otros, más optimistas, se nos abrirán nuevas posibilidades.