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lunes, 10 de agosto de 2009

Agosto



Llevo muchos años pasando la mayor parte del mes de agosto en Madrid. Siempre ha sido un buen mes para estar aquí: supuestamente hace ya menos calor, supuestamente hay menos gente, supuestamente hay menos tráfico, supuestamente...

Las cosas han cambiado mucho, la verdad. Antes Madrid se vaciaba por completo durante la práctica totalidad del mes, pero ahora ya no es así, se queda mucha más gente. Lo achaco a tres factores distintos, que se superponen. El primero es que la gente no es tonta, ni yo el más listo de la clase. En Madrid en agosto, la verdad, se está muy bien, sobre todo porque el ritmo de la ciudad se relaja, tenga uno que trabajar o no. El segundo factor es el cambio demográfico de la última década: leo por ahí que más del 20% de la población de la ciudad es extranjera y los foráneos no tienen la obsesión por largarse en agosto (y una mayoría de ellos, además, no pueden si no quieren perder su trabajo, no lo olvidemos). Finalmente, está el turismo. Hasta hace relativamente poco a Madrid venía un turismo muy de fin de semana, de corte europeo-culto. Éstos siguen viniendo, pero también hay mucho jovencito en busca de marcha y paraísos artificiales fáciles, mucha familia italiana y francesa, mucha pareja de gays de mediana edad. Ya lo decía MacNamara: "Mucho guiry, mucho gay".

Este fin de semana pasado he estado en dos de los sitios que para mí significan el agosto madrileño. Son dos de mis sitios favoritos de la ciudad, como también lo son de tanta otra gente, no voy a descubrir nada nuevo.

El Jardín Botánico es uno de esos lugares que a uno le cuesta comprender que hayan perdurado en el tiempo. A punto estuvo de desaparecer tras la guerra civil, abandonado a su suerte. Pasaron décadas de abandono (nunca total, siempre hubo jardineros que lo cuidaron con sumo cariño, dentro de sus posibilidades) hasta que volvió a abrir, a finales de los años 70. Mi madre me llevó a visitarlo esa misma semana en que abrió de nuevo al público, y yo no he dejado de ir con regularidad desde entonces. Hace justo 20 años estaba yo en la fase final de mis oposiciones y me pasé todo el mes de agosto estudiando en los bancos del jardín botánico (y también en los del patio del Reina Sofía, sobre el que escribiré pronto). Siempre he estudiado tumbado, también me gusta leer en horizontal no sé muy bien por qué. Me llevaba mis temas, me tumbaba en un banco con sombra y ahí me quedaba. Entonces la entrada costaba un duro, ahora cuesta dos euros (es decir, en 20 años el precio se ha multiplicado por 64). Entonces estaba vacío en agosto. Ahora está lleno.

Hay algo muy satisfactorio en el jardín botánico y deriva de la continuidad en el tiempo. Fue creado como tal, con su diseño a tiralíneas, por los ilustrados del siglo XVIII y así ha seguido, atravesando todas las vicisitudes de una historia tan tumultuosa como la de esta ciudad, la de este país. Pocos jardines botánicos tienen un pedigrí tan noble: quizá sólo los de Florencia (con sus plantas venenosas), Palermo (con su ficus milenario), Oxford (tan cerca del campo de fritilarias silvestres) o el Physic Garden de Chelsea. Aunque agostado, como es de esperar en agosto, siempre hay algo en flor. Ayer había dalias y granados de doble flor, muy roja, los que luego no producen fruta. Los de la foto del inicio.

Mi otro rincón favorito del verano, del agosto madrileño, es la terraza de las Vistillas. Nos llevaba mi madre de pequeños al merendero, seguí yendo por mi cuenta con mis amigos Javier y Antonio cuando estábamos en la universidad y ahora, que vivo cerca, voy al menos una vez a la semana con mi chico, a quien gusta el lugar tanto como a mí. En las Vistillas uno se da cuenta de uno de los grandes lujos de esta ciudad, y es su proximidad a la naturaleza. Si uno mira hacia el noroeste, sólo ve árboles: primero el Parque de Atenas, luego el Campo del Moro, más allá la Casa de Campo, después el Monte del Pardo y al final la sierra. Si no fuera por la catedral de la Almudena (qué fea es la pobre, y eso que su cúpula encaja bien entre los chapiteles del Madrid de los Austrias), la vista sería aún mejor. En el merendero te sirven cosas muy básicas (pollo frito, tortilla, croquetas, conejo al ajillo), y quizá algo caras, pero todas buenísimas. Y tiene al mejor camarero que exista, Vicente. El otro día fui yo solo a tomarme una cerveza, estaba lleno y me puso una mesita extra para mí. Una chica que hacía cola le pidió que le pusiese otra a ella y Vicente le dijo que no, que es que yo era el dueño y por eso tenía el privilegio. Luego me tuvo que cobarar a hurtadillas para que no se diese nadie cuenta de que había mentido. Es lo mejor.

Las puestas de sol desde las Vistillas son inolvidables, sobre todo a finales de agosto, a finales de verano. Siempre lo digo, no hay luz más bonita, al menos en Madrid, que la de las tardes del final del verano, cuando todo se tiñe en una sucesión de colores fuertes, amarillo oscuro, naranja, rojo, morado. Las golondrinas se van a dormir y salen de paseo los murciélagos, con su vuelo errático tan divertido. La luz se va apagando, Vicente sigue sirviendo pollo al ajillo, sangría y tercios de Mahou, corre la brisa y en seguida se empieza a echar de menos tener una chaqueta a mano y yo me siento feliz de vivir en Madrid. Tanto más ahora, que me queda tan poco.

domingo, 6 de julio de 2008

En Londres

Viaje relámpago a Londres, por trabajo. Viví en Londres, conozco bien la ciudad y no la echo mucho de menos. En parte porque nunca he dejado de volver, en parte porque no echo de menos ninguno de los sitios en que he vivido, y en parte porque no me gustaría volver a vivir allá, al menos ahora. Hay cosas de Londres que me vuelven loco: la sinfonía de grises en el cielo y la sinfonía de verdes en los parques (los británicos han ganado a su mala climatología con el arte de la jardinería). Los hombres y las mujeres de la City, vestidos impecablemente. La mezcla de lo antiguo y lo moderno. Los taxis. El inglés bien hablado. Los hombres británicos. Hay cosas que no me gustan nada, como la obsesión por lo nuevo, lo moderno, la agresividad de alguna gente, que suele ir unida a una enfermiza relación con el alcohol (como ocurre en toda Europa al norte de París). El inglés mal hablado.

Sin embargo, a pesar de mi falta de nostalgia por mi vida londinense, debería estarle muy agradecido. Y se lo estoy, pues Londres es el lugar donde empecé de verdad a vivir. Si alguna vez me hiciesen el cuestionario de la última página de Vanity Fair y me preguntasen cuándo y dónde he sido más feliz, no tendría duda alguna: en Londres, la primera semana de septiembre de 1998. Aquella semana fue sencillamente perfecta. Aún me dan escalofríos recordándola. Aunque yo sabía que había encontrado lo que quería pero pensaba que no existía, necesitaba ese momento sublime, mi hora exquisita; aquellos días fueron la confirmación de que soy capaz de querer y, lo más sorprendente, de ser querido. Un año más tarde me mudaba a Londres, donde pasé tres años inolvidables, como todos los segundos que han pasado desde que conocí al hombre que me ha dado la única felicidad que he conocido y que ocupa, y ocupará para siempre, toda mi vida y todo mi corazón.

Curioso, no tengo ni una foto digital tomada en Londres.

domingo, 13 de abril de 2008

En Lisboa


Hace unos 25 años, cuando tocaba en un grupo pop, escribí una canción tras mi primera visita a Lisboa, una ciudad que desde aquel primer día está en el panteón de favoritas. He recuperado la letra y, la verdad, no está nada mal. Se llamaba "La lluvia de Alfama". Aquí la dejo:

Soñé que soñaba que estaba en Alfama
Mientras dormía la siesta al sol
Oí el repicar de campanas al tiempo
Que un grito que corta el viento

Soñé con la cálida lluvia de Alfama
La lluvia de agosto, sensual y febril
Y en el sueño secreto de una noche de verano
Dos barcos se cruzan, sin saludar

Te hablé de amor
Sintiendo tu mirada,
Callada, entre los dos
Recuerdo aquel lamento,
Tan lento

No volveré
A menos que prometas,
Que, mientras,
No reabrirás
Nuestra herida.

Soñé con las calles, cayendo hasta el río
Con su olor a laurel, a fado y a alcohol
Y soñé con tu rostro que se iluminaba
Y con tu trémula voz, que me hablaba de amor.

Soñé que volvía y no te conocía
Había cambiado tu enfermo corazón
Y tu cuerpo temblaba al alma de frío
Y temía a la muerte con fascinación.

Soñé que algo soñaba que estaba en Alfama
Mientras dormía la siesta al sol.

Se nota mucho, creo, que por aquel entonces leía a Pessoa y a Borges. Y también que estaba deprimido. Ahora no utilizaría epítetos esdrújulos, como cálida o trémula, aunque tengo que reconocer que por mucho que deteste las palabras esdrújulas son muy útiles en las letras de canciones. Tampoco hablaría de fado. Recuerdo que imaginé unos arreglos vocales preciosos, a cuatro voces, al estilo del inicio de los setenta, en plan "dava-dava-dava-dá". La canción, que tenía un ritmo medio de bossa-salsa y una línea armónica muy similar (¿copiada?) a "On the Beach" de Chris Rea, nunca entró en el repertorio del grupo, pero al contrario que otras de aquella época, la recuerdo bien y de hecho aún puedo tocarla.

He estado veinte años sin ir a Lisboa y he vuelto ahora dos veces en el plazo de tres meses. Entonces me impresionaron sus pastelerías, sus cuestas y las aceras, las más bonitas que haya visto, y me llamó muchísimo la diversidad racial, que aquí no existía. Ahora lo que más me gusta de la ciudad son sus jardines botánicos y la vegetación en general, los detalles art-déco por toda la ciudad, las plazoletas arboladas. He podido comprobar que al contrario que en la canción que escribí, Lisboa es una de esas ciudades que, afortunadamente, sigue siendo reconocible en su belleza y su ambiente inconfundible, a la vez nostálgico y alegre, gris y colorista, verde y azul, ordenado y caótico. Pocas ciudades ofrecen soluciones urbanas a problemas orográficos como Lisboa, con tranvías, funiculares e incluso un ascensor para salvar las cuestas tan escarpadas que forman sus colinas.

Precisamente mientras hacía cola para subir en el elevador de Santa Justa, pieza de ingeniería de una belleza casi lírica que ahora es una atracción turística más que una solución urbana, fui testigo una escena que parecía sacada de otra época. Un chaval jovencísimo, no tendría ni quince años, de ojos pardos enormes y procedencia incierta (podría haber sido portugués, español, marroquí, turco, húngaro, rumano o albano-kosovar), tocaba en su acordeón una melodía llena de saudade, casi recostado sobre un escalón. A un metro de distancia estaba su perro, diminuto y muy feúcho, en posición de alerta, con una oreja gacha y la otra levantada, los ojos cerrados pero ciertamente despierto, sujetando con sus pequeñas fauces un tarro en el que la gente dejaba monedas. Parecía, como digo, una escena imaginada por John Steinbeck, pero en otra época y otro lugar. Pensé en hacer una foto, al menos al perrillo (me lo habría llevado a casa), pero decidí que era mejor fijar el recuerdo en mi memoria, que siempre le dará el barniz melancólico que la lente óptica nunca es capaz de captar.