Llevo muchos años pasando la mayor parte del mes de agosto en Madrid. Siempre ha sido un buen mes para estar aquí: supuestamente hace ya menos calor, supuestamente hay menos gente, supuestamente hay menos tráfico, supuestamente...
Las cosas han cambiado mucho, la verdad. Antes Madrid se vaciaba por completo durante la práctica totalidad del mes, pero ahora ya no es así, se queda mucha más gente. Lo achaco a tres factores distintos, que se superponen. El primero es que la gente no es tonta, ni yo el más listo de la clase. En Madrid en agosto, la verdad, se está muy bien, sobre todo porque el ritmo de la ciudad se relaja, tenga uno que trabajar o no. El segundo factor es el cambio demográfico de la última década: leo por ahí que más del 20% de la población de la ciudad es extranjera y los foráneos no tienen la obsesión por largarse en agosto (y una mayoría de ellos, además, no pueden si no quieren perder su trabajo, no lo olvidemos). Finalmente, está el turismo. Hasta hace relativamente poco a Madrid venía un turismo muy de fin de semana, de corte europeo-culto. Éstos siguen viniendo, pero también hay mucho jovencito en busca de marcha y paraísos artificiales fáciles, mucha familia italiana y francesa, mucha pareja de gays de mediana edad. Ya lo decía MacNamara: "Mucho guiry, mucho gay".
Este fin de semana pasado he estado en dos de los sitios que para mí significan el agosto madrileño. Son dos de mis sitios favoritos de la ciudad, como también lo son de tanta otra gente, no voy a descubrir nada nuevo.
El Jardín Botánico es uno de esos lugares que a uno le cuesta comprender que hayan perdurado en el tiempo. A punto estuvo de desaparecer tras la guerra civil, abandonado a su suerte. Pasaron décadas de abandono (nunca total, siempre hubo jardineros que lo cuidaron con sumo cariño, dentro de sus posibilidades) hasta que volvió a abrir, a finales de los años 70. Mi madre me llevó a visitarlo esa misma semana en que abrió de nuevo al público, y yo no he dejado de ir con regularidad desde entonces. Hace justo 20 años estaba yo en la fase final de mis oposiciones y me pasé todo el mes de agosto estudiando en los bancos del jardín botánico (y también en los del patio del Reina Sofía, sobre el que escribiré pronto). Siempre he estudiado tumbado, también me gusta leer en horizontal no sé muy bien por qué. Me llevaba mis temas, me tumbaba en un banco con sombra y ahí me quedaba. Entonces la entrada costaba un duro, ahora cuesta dos euros (es decir, en 20 años el precio se ha multiplicado por 64). Entonces estaba vacío en agosto. Ahora está lleno.
Hay algo muy satisfactorio en el jardín botánico y deriva de la continuidad en el tiempo. Fue creado como tal, con su diseño a tiralíneas, por los ilustrados del siglo XVIII y así ha seguido, atravesando todas las vicisitudes de una historia tan tumultuosa como la de esta ciudad, la de este país. Pocos jardines botánicos tienen un pedigrí tan noble: quizá sólo los de Florencia (con sus plantas venenosas), Palermo (con su ficus milenario), Oxford (tan cerca del campo de fritilarias silvestres) o el Physic Garden de Chelsea. Aunque agostado, como es de esperar en agosto, siempre hay algo en flor. Ayer había dalias y granados de doble flor, muy roja, los que luego no producen fruta. Los de la foto del inicio.
Mi otro rincón favorito del verano, del agosto madrileño, es la terraza de las Vistillas. Nos llevaba mi madre de pequeños al merendero, seguí yendo por mi cuenta con mis amigos Javier y Antonio cuando estábamos en la universidad y ahora, que vivo cerca, voy al menos una vez a la semana con mi chico, a quien gusta el lugar tanto como a mí. En las Vistillas uno se da cuenta de uno de los grandes lujos de esta ciudad, y es su proximidad a la naturaleza. Si uno mira hacia el noroeste, sólo ve árboles: primero el Parque de Atenas, luego el Campo del Moro, más allá la Casa de Campo, después el Monte del Pardo y al final la sierra. Si no fuera por la catedral de la Almudena (qué fea es la pobre, y eso que su cúpula encaja bien entre los chapiteles del Madrid de los Austrias), la vista sería aún mejor. En el merendero te sirven cosas muy básicas (pollo frito, tortilla, croquetas, conejo al ajillo), y quizá algo caras, pero todas buenísimas. Y tiene al mejor camarero que exista, Vicente. El otro día fui yo solo a tomarme una cerveza, estaba lleno y me puso una mesita extra para mí. Una chica que hacía cola le pidió que le pusiese otra a ella y Vicente le dijo que no, que es que yo era el dueño y por eso tenía el privilegio. Luego me tuvo que cobarar a hurtadillas para que no se diese nadie cuenta de que había mentido. Es lo mejor.
Las puestas de sol desde las Vistillas son inolvidables, sobre todo a finales de agosto, a finales de verano. Siempre lo digo, no hay luz más bonita, al menos en Madrid, que la de las tardes del final del verano, cuando todo se tiñe en una sucesión de colores fuertes, amarillo oscuro, naranja, rojo, morado. Las golondrinas se van a dormir y salen de paseo los murciélagos, con su vuelo errático tan divertido. La luz se va apagando, Vicente sigue sirviendo pollo al ajillo, sangría y tercios de Mahou, corre la brisa y en seguida se empieza a echar de menos tener una chaqueta a mano y yo me siento feliz de vivir en Madrid. Tanto más ahora, que me queda tan poco.
