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miércoles, 18 de marzo de 2009

Escaparates y Fachadas: "Filatelia 2000"



En algún momento del último cuarto del siglo XX se dejó de pensar en el futuro. O al menos se dejó de imaginarlo como algo deseable.

En los años 50 y 60 se idealizaba el futuro. Se pensaba en él constantemente, se escribían libros, se hacían películas, series de televisión y de dibujos animados sobre la conquista del espacio. Se construyó la casa del futuro en Disneylandia. Arquitectos “organicistas” diseñaban nuevos aeropuertos con naves espaciales en mente. La maleabilidad del hormigón armado multiplicó a la enésima potencia las posibilidades de expresión arquitectónica.

Casi todas estas demostraciones artísticas (las literarias algo menos) tenían un tono optimista. Los Supersónicos (o The Jetsons). La terminal de la TWA en Nueva York, obra de Eero Saarinen, copiada hasta la saciedad 40 años más tarde por cierto arquitecto valenciano. La Feria Mundial de Nueva York. Se veía el futuro como un mundo de felicidad permanente, nada malo nos podría pasar en una realidad en que las máquinas lo harían todo por nosotros. Lógicamente, estos años coincidían con la carrera espacial, la llegada del hombre a la Luna. Eran años de crecimiento sin dudas ni límites, era fácil ser optimista, ya nos preocuparemos de los problemas más adelante. El año 2000 siempre era un punto de referencia de un futuro mejor. Se miraba hacia el inicio del siglo XXI, al cambio de Milenio y al inicio de la Era de Acuario con ilusión y sin miedos.

Pero claro, se impuso la realidad. La literatura y sobre todo el cine empezaron a oscurecer el tono. 2001, Alien, Blade Runner, incluso la Trilogía de las Galaxias. Ya no pintaban un mundo de ocio post-malthusiano, que diría Stanwyck, sino la realidad que se avecinaba. Se dejó de pensar en positivo del futuro, y la mención al año 2000 debió dejar de utilizarse como señal de promisión futura en algún momento que me cuesta precisar.

No os lo creeréis, queridos lectores, pero éstos eran los pensamientos que llenaban mi mente cuando vi la tienda “Filatelia 2000”, en la madrileña calle de la Cruz, que está fotografiada al inicio de este post. Es curioso, siendo anti-grafitero militante como soy, que lo primero que me llamase la atención fue la aparente simetría entre la puerta de la izquierda y el "graffiti" que cubre la persiana de la derecha. Pero, graffitis aparte, empecé a apreciar un diseño realmente excelente. La tipografía es una "sérif" bastante tradicional, pero el detalle de utilizar negrita para la palabra y quitarla para la cifra es de muy buen gusto. Si uno se fija con cuidado (ya se sabe que las fotos son de móvil) se ve una hilera de focos bajo la marquesina para iluminar el letrero. El diseño del interior, diminuto y abarrotado de objetos, es espléndido: el suelo es de baldosas de cerámica irregulares de corte escandinavo, y se mezcla estantes de estructura cromada y baldas de cristal y madera (yo diría que es ébano, la verdad) y una iluminación fluorescente que hoy no nos gusta nada pero que entonces era lo más moderno.

Me resulta imposible saber cuándo se diseñó y construyó la tienda, y tampoco quiero rebuscar en archivos municipales o del Colegio de Arquitectos porque me divierte más elucubrar. Los suelos, las baldas y la tipografía apuntan a los años 60, pero aquéllos eran años pobretones en España y este diseño es indudablemente lujoso. La elección de mármol negro y marcos de hormigón blanco en la arquitectura de la fachada y la iluminación exterior con "spot light" es puro años 70. No da la impresión de que éstos fueran incluidos posteriormente, sino que parecen originales al diseño integral de la tienda. Sí debió ser añadida más tarde la verja de seguridad, que es un modelo setentero que aún se ve bastante en Madrid. No acierto a adivinar cuándo se diseñó y construyó. Quizá mejor así.

Pero sigo pensando que este diseño tan moderno y que llama tan poco la atención forma parte de esa época de optimismo en el futuro, y de ahí el uso del "2000" para reforzar esa idea. Estuve a punto de entrar en la diminuta tienda a preguntar pero no lo hice tras haberme fijado que los billetes, monedas y sellos que se exhibían en el escaparate daban una preeminencia especial a los que llevaban la efigie de Franco o de Primo de Ribera, haciendo compañía a estampitas de misa firmadas por el papa polaco y fotos del valle de los caídos. No es un terreno en el que yo encaje o sea bienvenido. Y me dio algo de pena comprobar en lo que ha acabado tanta modernidad y tanto anhelo de un futuro mejor y más feliz. Aunque sólo sea un diseño de una tienda de sellos, que es algo que en sí mismo no es nada moderno.

viernes, 13 de marzo de 2009

... y en Estrasburgo

Y ahora en Estrasburgo. Debe ser la edad, pero cada vez me tiran más las ciudades de la Mittle-Europa. Pienso en mis ideas de que el modelo de crecimiento económico está agotado. ¿Para qué crecer cuando se tiene un nivel de vida como el de Estrasburgo? Con conservar lo que ya hay debería bastar. Pero ése es un pensamiento muy conservador, y oficialmente yo no soy conservador.

Paseo por el margen del río Ill, en pleno centro histórico. Por las calzadas, pocos coches. Muchas bicicletas. Tranvías. A veces pienso que la presencia de tranvías es una señal inequívoca de que una ciudad es sostenible. Algo me dice que estoy en lo correcto. Hay, al parecer, huelga de estudiantes. Qué cosa tan francesa. Recuerdo mi año de estudiante en París, hubo “revueltas estudiantiles”. Decíamos, y nos creíamos, que el 86 era el nuevo 68. Qué bobos.

Todo está en orden, todo está tranquilo. Es terriblemente aburrido, y al mismo tiempo reconfortante. No hay ruidos. La gente, casi toda mayor, pasea perros. En Nueva York vi dos bulldogs ingleses con abriguitos alcolchados de color morado. Pobrecitos. Aquí veo perros más previsibles: spaniels, labradores (gordos, en Francia todos los perros urbanos están gordos), esas razas belgas de perros lanudos, pequeños y cabezones, muy graciosos. Apenas hay señales de primavera y eso que no hace demasiado frío.

Me vuelve a tocar comer solo, qué remedio. Cualquier cosa menos quedarme en las instituciones europeas, a donde me ha tocado venir. Siempre he sido europeísta, y desde luego me considero europeo por encima de cualquier otra identidad geopolítica, pero viendo como funciona la UE de hoy a uno se le quitan las ganas. Y qué feos los edificios. El del Consejo de Europa, el único que tiene un pase, es un búnker sin redención. El del Parlamento Europeo es un prisma redondo de cristal transparente que supuestamente simboliza la transparencia de la institución. Como dirían en Milwaukee, o Peoria, “transparencia, my ass”. Si esos edificios, todos premiados, por supuesto, quieren acercar la idea de Europa al pueblo, peor no han podido hacerlo. A veces coincido con mi tío Alberto, que dice que hay que reinstaurar la pena de muerte, pero sólo para arquitectos.

Me paseo bajo la lluvia en la “Petite France” y por los alrededores de la catedral. Es gótica auténtica, aunque la torre única, demasiado alta, parece del XIX. La piedra es rojiza, muy bonita, muy parecida a la de los monasterios abandonados del norte de Inglaterra. Veo anticuarios (me atrae una champanera art-déco de plata, pero decido no preguntar precios), floristas, unas librerías estupendas, bodegas, un número sorprendentemente alto de tiendas de lámparas. Todo preparado para una vida de interiores, de tranquilidad. A las diez y diez de la noche la puerta de mi hotel ya estaba cerrada, tuve que llamar al conserje a que me abriese.

Y sin embargo me siento a gusto, me podría acostumbrar a vivir en un lugar así. Yo, el del culo inquieto que siempre está pensando en la próxima etapa, y con ganas de apalancarme en una ciudad europea. Igual pido un puesto en el Consejo de Europa. ¿Aguantaría? Seguro que sí. Me encanta la lluvia fina que cae, aunque hace pocos días decía que me costaría vivir en un sitio sin sol. Igual me mudo a Málaga. Sol o tranquilidad. O ambas cosas. Lo dicho, me estoy haciendo mayor.

Mientras paseo por los márgenes del Ill se me acerca un chico, de veintipocos, o incluso menos años, guapísimo, rapado. Me pregunta donde está nosequé. Estoy a punto de contestarle que ni idea pero que haga conmigo lo que quiera, que por él lo dejo todo. Pero ya lo dejé todo por otro hace más de once años, y sigo tan feliz. Le digo que no lo sé, lo siento, no soy de aquí; me sonríe (quizá fuese marroquí o argelino, o quizá alsaciano, no lo sé) y me derrito un poquitín. Y me toca ya volverme a Madrid. Qué bien.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Como unos chicos

La prenda de ropa más cara que he tenido nunca era una camiseta de la marca japonesa Comme des Garçons. Me la regalaron en torno a 1990 en una tienda de Madrid que me gustaba mucho pero que ya no existe, Enrique P, de la que yo era cliente aunque no tan bueno como para que me regalasen algo tan caro. Era una camiseta normal, de color carne, que tuve que tirar porque se me salió la tinta de un boli encima y no hubo manera de quitar la mancha. Una pena, porque era una camiseta bonita y además a mis amigos más mega-fashion les impresionaba mucho la etiqueta.

Los responsables de la marca H&M son listísimos. Esta mañana han lanzado una “colección-cápsula” de unas pocas prendas de ropa diseñadas por Rei Kawakubo y firmadas Comme des Garçons, pero a precios H&M, es decir, asequibles. La campaña publicitaria es impresionante, y la web que han montado aún más. Podías ver cada una de las prendas, de chico o de chica, en detalle y en un click de ratón te decían en qué tiendas podías comprarlo. La promoción empezaba a las 10 de esta mañana.

Aunque me gusta mucho la ropa, prefiero ser espectador que consumidor. Sigo cada temporada con fruición las noticias sobre colecciones de aquí y de allá, pero siempre acabo comprando y poniéndome lo mismo. Tampoco tengo fondos ilimitados, y la ropa buena es muy cara. Además, llevo traje y corbata a diario, así que mis posibilidades de ser original son limitadas. Pero, recordando la camiseta de antaño y azuzado por una joven amiga y compañera, me he liado la manta a la cabeza y he ido con ella esta mañana a la tienda de Gran Vía, que me pilla muy cerca del trabajo, con intención de comprarme un chaquetón de Comme para H&M con muy buena pinta y mejor precio que había visto en la web. Como he dicho, abrían a las 10. Hemos llegado a las 10 y 3 minutos y antes de entrar hemos podido comprobar que con toda certeza tenía que haber habido una buena cola nocturna, pues en la calle había por todas partes vasos de plástico con restos de café, además del cordón de seguridad habitual, ya recogido. Al entrar en la tienda, abarrotada, he visto que estaban todas las modernas de Madrid, ellas y ellas. Había también cámaras de televisión, filmando la escena que parecía sacada de “Lío en los grandes almacenes”, de Jerry Lewis.

Y al acercarnos a los estantes y perchas de la colección Comme des Garçons hemos visto que ya no quedaba casi nada. En 5 minutos la gente había arramplado con todo. En la caja había una señora de cierta edad pagando unas 20 camisas negras con lunares blancos que se llevaba, casi seguro, para poner en reventa en Ebay al llegar a casa. No quedaba ni un chaquetón ni tampoco la chaqueta que mi compañera había detectado en la web. En 5 minutos. Nos hemos vuelto al trabajo un poco depres, en parte por no haber comprado lo que queríamos pero también sobre todo por el sinsentido de la situación, todo el mundo enloquecido por unos trapos más o menos bonitos (mucho negro, muchos lunares), fabricados como no en China, diseñados por una japonesa para su propia marca, que tiene nombre francés. Muy globalizado todo. Y muy banal, la verdad.

Tengo la suerte de poder escaparme a comer a casa algunos días entre semana, y hoy ha sido uno de esos días. Para llegar a casa he tenido que cruzar la calle Alcalá, donde había una manifestación delante del Ministerio de Educación. Hoy había convocada una huelga general universitaria y estudiantil, a favor de un trabajo digno, en contra de la selectividad, en contra del sistema de Bolonia. El líder de la manifestación, o al menos el que agitaba y gritaba por el megáfono, era de mi quinta, quizá un poco más joven, pero no mucho, tenía menos pelo que yo, que ya es decir. En la manifestación había muy poca gente. Yo diría que menos que las que vi en H&M por la mañana, aunque comparar el entorno cerrado de una tienda con el espacio abierto de la calle Alcalá es necesariamente engañoso. El líder estudiantil, sin duda un repetidor profesional, se desgañitaba gritando sus consignas que los cuatro gatos que estaban con él repetían.

La gente madruga para ir a unas rebajas. La gente no va a pedir mejoras en el sistema educativo. Yo no sé si esto es una enfermedad, un síntoma o una causa de algo. No sé si es santo y seña de nuestro tiempo, tampoco sé si es bueno o malo, mi compás moral dejó de funcionar hace mucho. Me parece algo extraño, ¿o no?

jueves, 6 de noviembre de 2008

Escaparates y fachadas. Samaral.

He decidido empezar una nueva serie (ocasional) de posts, dedicada a escaparates de establecimientos y a fachadas de edificios que me llamen la atención. Y lo hago por dos motivos: en primer lugar porque el diseño es una de mis áreas de interés principales y he escrito muy poco al respecto (tampoco soy un experto, sólo sé qué me gusta y qué no) y por otra porque en mi centro de trabajo me han dado un teléfono móvil que tiene cámara, cosa que antes no tenía, y le he cogido gusto a usarla. Lo sé, es lo peor. Pero no me puedo resistir.

Samaral es un tienda muy tradicional de la Gran Vía madrileña, especializada en objetos náuticos. Venden cosas realmente espantosas, tiene un montón de dependientes, casi todos de cierta edad y desde luego amabilísimos. Uno se pregunta cómo sobrevive una tienda así en pleno siglo XXI, pero ahí está. Eso sí, el diseño de la tienda es fabuloso: panelado de madera noble en dos niveles, vitrinas con cristales curvos siguiendo el mostrador, buenas lámparas, apliques metálicos de corte art-déco de latón o de metal cromado. Se nota que se hizo en una época en la que aún se valoraban los buenos materiales y no todo era pladur, como ahora. La tienda está cuidada con mucho mimo, aunque se le notan los años y el desgaste como es lógico.

Por encima de todo, destaca el logotipo. Soy consciente de que ahora a todo el mundo le gusta la tipografía y se ha convertido en moneda corriente interesarse por esas cosas, pero a mí me lleva apasionando desde que tengo uso de razón, aunque mi absoluta falta de talento me ha impedido no ya dedicarme, sino siquiera aproximarme con alguna seriedad a ese mundo. La tipografía del nombre Samaral es sensacional, podría ser de los años 30 o de los 50: las letras, unidas como si estuviesen escritas a mano, fluyen con una elegancia poco habitual. Las tres "a" forman círculos perfectos que compensan las consonantes, mucho más delgadas. La simetría del tamaño de la "s" inicial y la "l" final redondean un diseño precioso. La foto que he colgado es de la fachada trasera, que da a una calle madrileña con mucha solera, Caballero de Gracia, que me gusta mucho. Nada más hacerle la foto me fijé en los objetos del escaparate y para mi sorpresa vi esto:
Se trata de una gabardina marcada "Burberry's" que venden a 49 Euros. Y sí, el estado lamentable en el que parece estar es el estado en el que está. No me resisto a dejar una segunda foto de un detalle del tejido exterior, y eso que la cámara de mi nuevo móvil no le hace justicia:
Justo al lado tienen a la venta un par de pantalones, circa 1985 (igual hasta se vuelve a llevar ahora ese corte) al precio de 4.500 pesetas. Ni siquiera han cambiado el precio a Euros (y no cuelgo más fotos).

Como decía antes, resulta incomprensible que un establecimiento así pueda continuar existiendo. Uno se plantea si será una tapadera de algún negocio o tráfico turbio, pero da la impresión, cuando se entra a la tienda, de que tiene clientela a pesar de todo, y es que, como decían en Desayuno con Diamantes, a uno le da una cierta satisfacción ver que cosas tan atemporales siguen existiendo. Y eso que, después de mucho pensar, me di cuenta de que si aún existe no es por ningún motivo romántico, sino porque está en un emplazamiento privilegiado y algún negocio global (Starbuck's o similar, seguro) les ofrecerá algún día no muy lejano una pasta por el local y desaparecerán esas tipografías elegantes, las maderas nobles y los cristales curvos, sustituido todo por un entorno más moderno, más asimilable a todo lo demás, más parecido a lo que se pueda encontrar en cualquier ciudad del mundo. No vaya a ser que la gente se nos asuste, sobre todo en estos tiempos de crisis.