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sábado, 4 de julio de 2009

Transformaciones

Estoy un poco cansado de los años 80, la verdad. En los últimos meses he estado metido (y os he estado metiendo, queridos lectores) en una especie de "time warp" ochentero y ya va siendo hora de cambiar de orientación. Imagino que revisitar los 80 es inevitable y que aún saldrán por aquí muchas cosas de aquella época, sobre todo del inicio de la década: no oculto que tengo en mente escribir sobre películas de entonces ("Liquid Sky", "Scanners"), tengo pendiente todavía algo sobre dúos de música tecno británicos, le he dado muchas vueltas a escribir sobre Bret Easton Ellis (con quien coincidí una vez en un WC... y no penséis mal), y algo caerá sobre la música disco de en torno a 1980. Pero, no sé, todo el mundo está metido en el mismo revival nostálgico y me está empezando a dar mucha pereza, por mucho que sea lo que conozco bien de verdad.

Así que, como los años 70 están igual de manidos y sobados, he pensado bucear un poco en los 90, que es una década con una identidad mucho más difusa, lógico teniendo en cuenta todo el batiburillo finisecular que se venía encima. [acabo de escribir "batiburrillo finisecular", este blog va por fatal camino]. ¿Y qué es lo que me viene inmediatamente a la mente cuando nombro los años 90? Pues qué va a ser, Melrose Place.



A mediados de los 90 yo hacía horario de trabajo hispano a la antigua, es decir, con parada de 2 a 5 para comer. Comía rápido y me metía la sesión doble que daba Tele5 de 90210 (ahí dormitaba) y Melrose Place. La sintonía, que es bestial, me despertaba del letargo, y las imágenes de Thomas Calabro ya me ponían a tono. MP es una sopópera clásica, con mala malísima interpretada por la heredera de Morgan Fairchild, Heather Locklear, una diva "trash" y una superviviente del celuloide como ha habido pocas. Mi personaja favorita de la serie era Sydney, la pelirroja putón que interpretaba Laura Leighton.

Cuando fui por primera (y única) vez a Los Ángeles, ciudad infernal que me espantó y a la que, sin embargo, me siendo atraído sin remedio, me puse como una colegiala histérica cuando me di cuenta de que iba conduciendo por Melrose Place. Empecé a buscar el patio de vecindad donde ocurría la serie pero, claro, no existe, todo era falso, se filmaba en un estudio. Aquel día acabamos comiendo una pizza infame en Frankie and Johnnie, en Santa Monica Boulevard, en cuya pared de vileda atiborrada de firmas de famosillos de medio pelo encontré la de mi adorado Jermaine Stewart. Aquí está la prueba.



Sólo he comido una pizza peor, en un lugar llamado Riihimaki. Os lo cuento en otro momento.

Si escribo sobre Melrose Place es en parte porque perdiendo el tiempo en YouTube el otro día encontré este vídeo en el que sale Marcia Cross (sí, Bree van der Kamp en "Desperate Housewives"). Interpretaba a Kimberly, una cirujana con trastorno bipolar que acaba poniendo una bomba en los apartamenteos donde vivían todos los protagonistas. Una joya. No recuerdo bien lo que pasa, pero me parece que en algún momento le hacen algo así como una trepanación y se queda calva, viéndose obligada a llevar peluca. En esta escena, ¡atención!, se la quita y enseña el cartón. En su momento fue lo más.



La serie era idea de Darren Star, que luego se sacó de la manga "Sex and the City" y además de Marcia Cross salieron de ella Doug Savant (Tom Scavo en "Desperate Housewives; su papel del enfermero Matt en MP es uno de los primeros gays de la TV más generalista) y Kristin Davis, que luego haría de Charlotte en "Sex and the City".

La verdad es que cuando vi el vídeo de la peluca se me ocurrió hacer una entrada sobre transformaciones de película (de ahí el título), como la de Schwarzenegger en "Total Recall" (joyón de los primeros 90):



Pero desistí de mi idea, demasiado complicado hilar tan fino con este calor.

En "Total Recall" también sale Michael Ironside, un actor secundario buenísimo que (casi) siempre ha hecho de malo malísimo. También hacía de las suyas, con el poder de la mente, en "Scanners", primera película de David Cronenberg. He aquí una muestra:



Qué mono. Pero me alejo de este camino, que me lleva a los 80 de nuevo y ya he dicho que no. Me quedo con el chico más guapo de los 90, o al menos uno de ellos, tan olvidado que no tiene cabida en mi serie recién iniciada porque de él nunca más se supo. Se llama Johnathon Schaech y era el cantante del grupo "The Wonders" en la película "That Thing You Do", la única que hasta ahora ha dirigido Tom Hanks. Alguna vez tendré que contar que me han confundido en ocasiones con Tom Hanks. Qué cosas. Aquí tenéis al Johnathon Schaech (vaya nombrecito) cantando la canción que da título a la peli, al loro los labios, los dientes, la nariz, los pómulos y las cejas. Si es que las cejas y los antebrazos son lo más sexy que hay.



Por cierto, que la cancioncita, si no fuese tan hiper-prefabricada podría tener su hueco en la lista de canciones pop perfectas... Me quedo con el buenorro de Johnathon (sí, con "o"), que sigue estando de muy buen ver, y con Liv Tyler, a quien siempre he encontrado tan maravillosa como irresistible.

En fin, que me ha salido una entrada de lo más rara, ya lo decía al principio, estoy en un "time warp" extraño. De nuevo, los primeros 80: "Warp", de New Musik, que hay que escuchar hasta el final. Polo, no te me quejarás...



Debido a viajes laborales múltiples pre-vacacionales y al extravío reciente del ordenador portátil utilizado en los mismos (me van a despedir, como si lo viera), este blog no se actualizará tan a menudo como me gustaría.

sábado, 27 de junio de 2009

Despedidas

Halle Berry contaba que de pequeña antes de irse a dormir rezaba y pedía a dios ser blanca al levantarse. Algo así le debió pasar a otros. Yo nunca he rezado, pero siempre quise ser negro para poder dejarme el pelo afro y bailar como Michael. Alaska decía que quería ser chico para poder ser maricón. Siempre queremos lo que no tenemos.

Así se hace una estrella:



Así crece una estrella:



Suya es la canción más perfecta de todas las canciones pop perfectas, con la que cerraré la serie de posts al respecto, cuando llegue el momento (he estado tentado de hacerlo hoy, pero no, cada cosa a su tiempo). Para quienes creen que estaba acabado desde Thriller, dejo aquí "You rock my world", uno de sus últimos sencillos y una canción extraordinaria (con vídeo-peliculita insufrible). Lo que va de ABC a You Rock my World os lo conocéis de sobra.



Por cierto, una de las primeras películas que hizo Farrah (pensadlo bien, hay pocas mujeres famosas a quienes se les conoce sólo por su nombre de pila, ella era una) fue "Myra Breckinridge". Os dejo aquí su escena lesbiana con Raquel Welch. Vaya cutis trenían las dos.



Bueno, venga, vale, os dejo la secuencia de títulos de la primera temporada de la serie. Martes y 13, cuando eran tres, hicieron un spoof fabuloso que no he vuelto a ver. Y, por cierto, my chico, tan butch y tan macho él, tiene de tono de llamada en el móvil la sintonía de las Angels. A ver quién es la loca aquí. Claro que es sólo para cuando le llamo yo, porque para los demás tiene la música del Exorcista. ¿Is he trying to tell me something? ¿A que no acertáis qué tono tengo yo? Oye, este tema de los tonos de móvil me da para una entrada...

viernes, 17 de abril de 2009

Lo peor de Todo: Gonzalo

Vamos a ver. Yo escribo un blog porque me gusta, me divierte, me sirve para dar rienda suelta a mis inquietudes intelectuales y aspiraciones literarias, bla, bla, bla. Pero no nos engañemos. Con la entrada sobre lo peor de todo recibí 36 comentarios. 36. Y mi media está en 5 ó 6, de los cuáles la mitad son míos. No es por nada, pero a uno le gusta tener un poquitín de éxito. Así que regreso a lo peor de todo. Inicio sección, de hecho. A ver si me suben los ratings. Coño.



La canción "Bellísimo" de Gonzalo es realmente lo peor. Tiene el mérito de que la compuso el propio Gonzalo, en una época en que despuntaban cantautores y cantantes melódicos. La línea de separación entre Luis Eduardo Aute (no dejéis de hacer click en el enlace, eso sí que es lo peor de todo) y Miguel Gallardo no estaba realmente tan definida, salvo por el barniz progre del primero. Gonzalo daba la impresión de estar un poco entre medias, cantante melódico pero con pretensiones de autor, a lo Camilo Sesto pero más moderno. O quizá estaba en la onda de Ana y Johnny.... No, no. Éstos están en otro panteón, mucho más elevado, ellos nos liberaron del pudor.

La cancioncita de marras, por la que Gonzalo es recordado (al menos por alguno, como yo) es tremenda. Ritmo lento, muy lento. La voz cascada a la italiana, que va subiendo. La letra es insufrible. A quien le interese puede ir a la página correspondiente de YouTube y está reproducida en su integridad. "Tu adiós de hielo me ha sonado como una piedra atada en el estómago". Ejem. "Salté volando hacia la luna, te hice gozar como a ninguna". Por supuesto. El estribillo remata la faena: "Soy bellísimo, soy bellísimo, a la mierda mi cuerpo si mi alma está sola". El "a la mierda" fue víctima de la tijera censora (estamos en 1977) y se quedó en "de qué sirve mi cuerpo". Más adelante sigue con el ego-trip: "me has deseado por mi cuerpo para exhibirme y pasearme". Es un poquitín fuerte, me parece a mí. Pero claro, tiene mucha gracia si no te lo tomas en serio. Sobre todo más de 30 años después.

La carrera de Gonzalo no se acaba con esta canción tan tremenda. En el año 83 participó en el maravilloso festival de la OTI, un año antes de que ganase Yuri, con este lindo tema que seguro que muchos recordáis: "Quién piensa en ti". Hacía 25 años que no escuchaba esta canción y me doy cuenta de que me sé la letra de memoria. De nuevo: ¡coño!



La verdad es que la canción no está del todo mal, tiene su gracia. Además la compuso de nuevo el propio Gonzalo, lo cual tiene su mérito. El modelito, pantalón de pinzas ancho, chaquetita torera con hombrera y pajarita roja, no tiene desperdicio. Muy de su época, la misma que Sergio Fachelli. O Iván. O el primer Pedro Marín. Era el momento del fenómeno "fans", impulsado por Miguel Bosé y sus mallas inolvidables. El sonido se iba por el disco-pop más chungo. Por cierto, ya que estoy con lo peor, recordaré que hasta Sergio y Estíbaliz se reconvitieron a la causa disco-chochi y cantando en inglés produjeron un engendro fabuloso, "Stay on the Line". Pasaelmocho lo colgó hace tiempo de su impagable web, y lo he encontrado en otro blog que recomiendo desde aquí, Flashback, de donde me lo he bajado. Eso sí que era lo peor de todo ("turup, turup, talk to me; turup, turup, talk to me") y Sergio da muestra de unas maneras de lo más sospechosas. Pero bueno, esta música y este estilo son lo que había, tampoco hay que darle más vueltas. ¿O sí? (Pandora, Stanwyck, los que aún estáis en Feisbuc, mandádle un enlace a Manolo el israelita, por favor, que le va a encantar pero no lee este blog).



Pero volvamos a Gonzalo, que es el protagonista. El mozo tuvo otro momento de fama, quizá su momento más dulce, pero no con su nombre, sino bajo el seudónimo de Bruno. Bruno es un personaje de un episodio de la serie Verano Azul, un cantante para quiceañeras con modelitos de traca, "el ídolo". Aquí va el primer número, al son de la canción "Te doy", embutido en un mono blanco divino y acompañado por el ballet Zoom. Muy edificante la definición de fans que se hace en el diálogo posterior. La canción tiene un puntazo, la verdad.



Pero si Gonzalo, de nuevo como Bruno, hace su entrada y permanece en el reino de lo peor de todo, es gracias a esta segunda actuación, con la canción "Soy como tú". Atención al pelito, la blusita con hombreras y, sobre todo, al paquete. Desde Juan Bau no se había visto nada semejante, y desde entonces casi tampoco, fuera del porno, claro. Hoy nadie se atrevería a tanto. Y esto era un programa para niños. Lo dicho, edificante. Me encanta la gorda líder que se salta la "velvet rope" (más bien "esparto rope") de seguridad.



En el fondo, pobre Gonzalo. No fue más que una víctima más de su compañía discográfica (creo que era Zafiro), que le vio ciertas maneras y cierto talento e intentó sacarle todo el jugo posible haciéndole reinventarse según soplaban los vientos. Como Madonna, vamos, pero con mejor pelo.

A ver, esos ratings. Empoderadme.

miércoles, 4 de febrero de 2009

"The Wire"

Hace ya bastante escribí sobre lo que considero que es la edad de oro de la televisión. En los últimos años se han producido muchas series realmente excelentes, explotando un formato que es estupendo para construir historias y personajes. En una película de hora y media no es fácil abordar historias complejas, en una serie de 12 ó 13 capítulos de una hora de duración puedes no sólo hacerlo sino también diseñar historias paralelas, personajes entrecruzados, situaciones que en un largometraje normal no tendrían cabida. En una entrada reciente, Polo le daba un “palo” a la película de no sé cuántas horas sobre el Ché Guevara. ¿Para qué se mete el bueno de Soderberg en un berenjenal semejante? Podría haber hecho una mini-serie para HBO sobre el mismo tema. Se habría llevado Globos de Oro y Emmys en vez de llevarse los palos de Polo y de tantos otros que han dicho que la película es un bodrio. Imagino que existe aún mucha ortodoxia sobre la superioridad de los 35 milímetros frente al uso del vídeo. Yo cada vez soy más escéptico y menos tiquismiquis. Me encanta ir al cine, me gustaría ir más de lo que voy, pero no le hago ningún asco a ver películas en la pantalla de mi televisor. Y mucho menos a ver series completas.



Estoy enganchado a la serie “The Wire”. Tengo sueños diarios sobre la serie. Los Reyes Magos nos trajeron las tres primeras temporadas y las devoramos a tal velocidad que encargamos (¡rápido!) a Amazon la cuarta y la quinta. Realmente te engancha desde el primer momento, aunque es difícil saber por qué. No pasa casi nada en cada episodio. Es lo opuesto a CSI: en media hora hay un crimen, lo investigan y lo resuelven, y de paso te dan lecciones de moralidad, buena ciudadanía y buen quehacer. Ojo, no estoy criticando CSI, que me entretiene bastante (sobre todo la original, la de las Vegas). Pero esto es otro nivel. Como decía, no pasa mucho en cada episodio pero poco a poco se va tejiendo la historia y vas conociendo a los personajes, tanto a los policías como a los traficantes.

Quizá debiera decir que se trata de una historia del hampa de la droga en Baltimore, ciudad cuyo lado “sleazy” yo conocía por las películas de John Waters (y el suburbano también, gracias a “Killer Mom”). “The Wire” presenta en su esplendor el mundo de la droga. Lo más interesante es ver los paralelos entre la policía y el hampa. En realidad yo diría que la serie trata de las jerarquías y la importancia del trabajo en equipo. Hay un momento, por ejemplo, en que los polis descubren el método por el cual los traficantes compran teléfonos móviles desechables sin dejar trazos y se maravillan ante la disciplina del trabajo de los delincuentes.

La serie cuenta con algún personaje fascinante. Omar Little es una especie de Robin Hood que les roba la droga a los traficantes (se supone que para revenderla, aunque tampoco queda claro) y colabora si es necesario con la policía, pero a la vez es un auténtico psicópata que se carga a quien haga falta. El puntazo añadido es que es gay, además monógamo, y se pasa tres temporadas buscando venganza contra el que se cargó a Brandon, su chico, al principio de la serie. Hay pinceladas fantásticas: uno de los policías, el peor de todos, el más canalla y despiadado, es visto de refilón en una escena que trascurre en bar gay en uno de los episodios. Es una temática que no se desarrolla pero sólo con esa pincelada comprendes mejor a un personaje odioso, frustrado, cabrón y vengativo. ¡Ay! el armario, qué malo es.

Hasta la música es fabulosa. La canción de la sintonía está escrita por Tom Waits y cada temporada la interpreta un artista diferente, en un estilo distinto. He dejado aquí los títulos de la cuarta temporada, que es la que estamos viendo estos días. Se nos va a acabar el material en seguida porque vemos como poco un episodio diario y la quinta temporada es la última. Todo lo bueno acaba, como mis mitos eróticos. Qué se le va a hacer.

Altamente recomendable.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mitos Eróticos. Parejas

A veces los mitos eróticos me vienen en forma de pareja, y me resulta inevitable que me gusten ambos componentes de la misma, o que por separado no me gusten. O no me gusten tanto, no sé si me explico.



Yo no sé cómo lo hace pero Warren Beatty siempre tiene cara de haber echado el mejor polvo de su vida. Quizá sea cierto porque, como dijo Shirley MacLaine, ella es la única actriz de Hollywood a la que no se ha tirado, y ello debido únicamente a que son hermanos. El Sr. Warren ha tenido multitud de parejas, pero a mí me gusta en compañía de Julie Christie. Por separado me gusta casi más ella que él, juntos me parecen irresistibles. Beatty tuvo otra pareja espectacular, Michelle Phillips (de Mamas and the Papas) pero me quedo con Julie y su cara de estar esclavizada en la cama, y encantada. Me pregunto que será de la vida de WB, casado sexagenario con Anette Benning, ahora que ésta ha pasado a engrosar las filas de las deformadas por la cirugía (¿por qué lo hacen? Un retoque, vale, pero ¿cambiarse la cara entera para parecer la cuarentona que nunca fue?) Dejo una segunda foto de JC con WB barbudo. Aún más guapo.



James Taylor podría haber entrado en mi panteón de melenudos y, en su caso, bigotudos. Lo que pasa es que a mí JT me gusta sólo de dos maneras: cantando o en compañía de Carly Simon. Me ocurre un poco lo mismo que con la pareja anterior: me gusta más ella que él.

James Taylor, antes de quedar hecho polvo por la heroína, perder el pelo, divorciarse de Carly y hacerse mayor, limpio de drogas y predecible, era muy atractivo, muy de my gusto 70's. Pero es con Carly Simon, sus ojos transparentes, su boca inmensa, dientes peligrosos, melena espesa y, sobre todo, esa pinta de niña bien metida a hippy-moderna cuando JT reluce de verdad. De nuevo dejo una segunda foto.


Soy un pesado, lo sé, siempre dándole vueltas a lo mismo. Pero no me puedo resistir a incluir a Ana y Johnny, aunque ya les he dedicado más de un post y los he citado montones de veces. Es que la gente no me cree, pero mi despertar sexual se lo debo a ellos. De nuevo, me gustaban los dos a rabiar. Johnny era guapísimo, de eso no hay duda. La cicatriz del labio superior le daba además un morbo adicional muy especial. Ana era maravillosa, modosa y viciosa, con esa cara de niña buena, esa voz que no era de este mundo y que decía aunténticas barbaridades a grito pelado. De verdad, yo tenía poco más de diez años y ellos me hicieron darme cuenta de que el amor, el de verdad, el que se expresa por la entrepierna, existe y además da mucho gustirrinín. Me atrevería a decir que justifica nuestra existencia, pero hoy es domingo y estoy relajado así que no me pasaré de la raya.

¡Pobres Tina y Carmela! Eran la bomba. A mí no me gusta la rumba ni el flamenco. El flamenco no me gusta nada, no lo comprendo. Y sí, me molesta que por esos mundos se crea que todos los españoles llevamos en la sangre el flamenco y los toros (soy abolicionista, por supuesto). Pero Las Grecas marcan época. Y otras cosas también, con esos pantalones tan apretados. A mí me parecían lo más sexy que me había echado a la cara nunca. Y no, no son el típico "one-hit wonder", que también son responsables de "Anabalina", que es como la alianza de civilizaciones pero treinta años antes y, además, sin la barriga indecente de Moratinos. Es una pena que no haya más vídeo que éste, casero. "Salam Salam Maleikum Maleikum Maleikum Salaaaam", se desgañitaban las pobres. Y no es sólo lo musical lo que me gusta, que me encanta, sino todo el conjunto en sí, que exudaba un sexualidad que yo no comprendía pero sabía que estaba ahí.



Más bien al contrario, sí que lo comprendía, y qué bien lo comprendía, respecto a Starsky & Hutch. ¡Ay, qué recuerdos! Pegadito a pantalla me tenían desde un buen rato antes de que empezara la serie en nuestra TVE de los 70.
Por cierto, hago un inciso: el mejor regalo que me hicieron por mi reciente cumpleaños, fue un ¡Hola! del año 75. ¡Gracias mágicas, Anabel! Todos los que estábamos de festolín nos pusimos a leerlo enfervorizados, sobre todo al llegar a la programación de televisión. La primera empezaba a las 13:45 y cortaba a las 16:30 para volver a empezar a las 18:45. No había otra cosa (bueno sí, tres horitas de noche en el UHF, la 2). Así hemos salido algunos. A lo que estaba: yo me apalancaba ante la tele antes de los títulos de crédito, no me fuese a perder el nanosegundo de secuencia en que salen ambos en la sauna con toallita y pistola. Hombre, en realidad a mí me gustaba Paul Michael Glaser. A David Soul lo veía más como para chicas, de hecho cu cancioncilla del verano fue un himno de fans y a mí aquello no me gustaba nada. De nuevo, por separado no les veía tanta gracia, pero juntos me resultaban irresistibles. El coche, los mafiosos negros. Qué tiempos. Dejo otra foto, que la he encontrado en los basureros del ciberespacio y me ha hecho mucha gracia. Espero que guste...

Termino ya. Y lo hago con la pareja protagonista de la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Y quien diga otra cosa, que lo justifique.

Menuda secuencia de títulos. Barcos, Ferraris, tetas moviéndose al tuntún de los bongos (bueno, en realidad son Rototoms, pero no quiero pasarme de enteradillo), loros, flamencos, Jai Alai, bikinis, skyline, arquitecturas postmodernas. Y una música bestial. Al contrario que en Starsky y Hutch, los protagonistas, Crockett y Tubbs, no salen en la secuencia de títulos. A mediados de los años 80, yo ya era un chico mayorcito y no me valía cualquier cosa. Jamás me ha gustado el tipo "guaperas" a la Don Johnson, aunque haber estado casado, dos veces además, con la Griffith tiene mucho mérito. Philip Michael Thomas era muchísimo más atractivo, sin duda. Pero, de nuevo, tenían que estar juntos, en pareja. Por separado no me gustaban ni el uno ni el otro. Pero los trajes gris perla brillante con camiseta rosa recortada del uno, y las chaquetas cruzadas y entalladas, con buena hombrera, del otro, eran para mí un referente fundamental. Además, la serie era buena de verdad, con muchas referencias a hampas cubanas, corrupción policial, drogas de todo tipo, submundos varios (incluido "leather") y miserias de todo tipo. O sea, todo lo que me gusta. En la sexta temporada salió Jermaine Stewart en la serie, vestido con chaps de cuero blaco con flecos. ¿Qué más se puede pedir?
Por favor, que no haya menciones a secuelas cinemátográficas de S&H o de Miami Vice. ¿Cómo se pudieron atrever?

lunes, 27 de octubre de 2008

Mitos Eróticos. Morgan Fairchild


Tengo que hacer una confesión. No es bueno dejar que las cosas se queden en el armario, hay que salir de él. Por eso, aquí, ante mis queridos lectores, voy a confesar mi secreto más íntimo.

Tengo tendencias heterosexuales.

Es algo que sé desde pequeñito y aunque he luchado contra ellas denodadamente, siempre ha sido en vano. Y es que no lo puedo evitar. Cuando veo algunos especimenes femeninos se me despierta la libido y me pongo muy burro. Desde mi más tierna edad, consciente de la perversión que me invadía y que amenazaba con arruinar mi vida y la de aquéllos que me rodean y me quieren, quise que mi familia me enviase a un centro de reeducación sexual para frenar esas tendencias tan nefastas, tan condenables, tan feas. Pero no hubo manera, no se daban cuenta de nada y me dejaron crecer tan normal. Para añadir leña al fuego, y al igual que a nuestro ex presidente del gobierno, a mí me gusta la mujer-mujer. Nada de marimachos en pantalones. Eso se lo dejo a otros. A mí lo que me va es el tacón, la laca de pelo y de uñas, las sesiones de peluquería interminables, la ropa bien ceñida marcando curvas, los escotes de vértigo, el estampado de leopardo. El modelo putón, vamos. Sin ánimo de ofender.

Morgan Fairchild, reina de la televisión basura (la de verdad, no ese sucedáneo que nos dan ahora) era dueña de mis sueños post-adolescentes más húmedos e inconfesables. Barbie hecha carne y hueso, famosilla de medio pelo que nunca hizo nada de relieve pero era conocida de todos, se adelantó dos décadas a la tendencia estética actual, marcada sin duda por años de brega de drag queens y transexuales, de una feminidad exagerada, recauchutada, sin complejos. La Fairchild intervino, ente otras joyas de los años 80, en "Dallas" y en "Falcon Crest" como artista invitada y protagonizó dos series olvidadas… por algunos. “Flamingo Road” elevó temperaturas con escenas tórridas. Y “Paper Dolls”, monumento camp y, como Morgan, adelantada a su tiempo, nos dejó unos crédito de apertura inolvidables. Ambas series duraron poco en pantalla, una temporada escasa. Como diría la propia Morgan, las palomitas gustan a todo el mundo, pero el caviar sólo a unos cuantos.



Quien no vea los paralelismos con "Melrose Place" (Racine, el personaje de la Fairchild, es la precursora de Amanda, interpretada por otra de mis musas mujer, Heather Locklear, también superviviente de los grandes culebrones de los 80, que participó en "Dinastía") es que no ha visto mucha televisión. "Sex and the City" no habría existido sin estas Muñecas de Papel. Ojo al reparto, entre ellos: Lloyd Bridges, ya jurásico, haciendo jogging metiendo la tripa; Dack Rambo, chulazo de impresión que desgraciadamente murió no mucho después de sida; Mimi Rogers, la primera señora de Cruise, gran bellezón a pesar de su mandíbula de bulímica; Nicolette Sheridan (sí, Edie Britt en “Desperate Housewives”, 25 años y mucha cirugía antes) en su primer papel. La trama importa poco: básicamente folleteo, abuso de poder, de sustancias y aprovechamiento de menores sin escrúpulos en el mundo de la moda. Todo muy inocente.

La Fairchild tiene en su haber varios momentos televisivos inolvidables: fue la novia de Sandra Bernhard en una par de episodios de “Roseanne”, formando la perfecta pareja butch-femme; y fue la madre de Chandler Bing en “Friends”, algo que en sí no tendría tanta relevancia si no fuese porque el padre del bobo de Chandler era Kathleen Turner. Gran momento camp (lo siento, me repito) de una serie algo tonta. Ya más en serio, a Morgan Fairchild le honra haber sido una de las primeras personalidades de Hollywood que se tomó en serio la lucha contra el sida, cuando la enfermedad aún no tenía nombre. Ella misma cuenta que empezó a ver morir a su alrededor a amigos suyos, hombres jóvenes y saludables que sólo tenían en común que eran homosexuales. Y supo que ahí había algo raro, que tenía que ayudar y se puso manos a la hora. Hoy sigue en ello.

Me encanta la foto que he colgado de Morgan Fairchild al principio de este post. Lo digo en serio, me sigue resultando muy atractiva. Si uno va a su página web puede comprobar lo bien que se ha conservado, es realmente impresionante. Claro, que es la ventaja de haber sido de plástico desde el principio. De plástico pero con un corazón (y unas tetas) de oro.

martes, 27 de mayo de 2008

Hace 10 años

En algún lugar de este blog he dejado dicho lo mucho que Eurovisión significaba para mí en mi infancia. Recuerdo como si fuese ayer el programa "Pasaporte a Dublín", en el que se escogía la canción que nos debía representar en el festival del año 1971. El concurso previo (algo a años luz de Operación Triunfo) lo ganó Karina, de quien yo estaba perdidamente enamorado, con "En un mundo nuevo y feliz", que luego quedó segunda en el Festival. Como es de esperar, a mí me gusta el Eurovisión de los años 70, el de ganadores como ABBA, Marie Myriam o Anne Marie David pero también de perdedoras como Baccara, que compitieron con "Parlez-vous Français?" por Luxemburgo, país que jamás le ha hecho ascos al mercenarismo musical, y así ganaron mil veces.

La verdad es que luego no lo he seguido mucho. Pero precisamente hace diez años se hizo la luz y, estando curiosamente yo en Israel, ganó Dana International con "Diva". Mujer espléndida de los pies a la cabeza, hecha a medida, con buena voz y nombre artístico lamentable (su nombre de nacimiento es Yaron Cohen y, que yo sepa, en Israel no es posible cambiarlo con facilidad). La canción es normalita pero, como diría Uribarri, festivalera y, a la vista de horrores posteriores, una joya pop. Pero lo importante es que su victoria fue todo un símbolo de libertad, una señal de diversidad y del triunfo del derecho a ser lo que cada cual quiere ser, viniendo sobre todo de un país tan extraño como Israel, donde se junta lo mejor y lo peor (algún día tendré que escribir algo al respecto, pero no me atrevo porque es un tema que despierta pasiones, del tipo violento además).

He colgado el vídeo de la actuación en el Festival, pero fue mucho mejor el número final de repetición, en el que Dana se puso el modelo, con plumas arcoiris en las mangas, que le había diseñado ex-profeso Jean-Paul Gaultier. Se encuentra em Youtube, pero con bastante poca calidad.

jueves, 15 de mayo de 2008

La Edad de Oro

Estando el otro de visita en casa de mi madre, donde siempre hay una televisión encendida, vi que ponían en La 2 uno de los primeros episodios de "Buffy Cazavampiros", y me derretí ante la pantalla con Sarah Michelle Gellar y David Boreanaz, plagados de hormonas en ebullición y alimentando un amor imposible entre un vampiro que no quiere serlo y una exterminadora, designada por poderes supraterrenales, que detesta tener que desempeñar ese papel y sólo desea poder ser otra adolescente descerebrada más.

Para quien no haya la visto la serie, que es espléndida en todas sus temporadas, creando personajes ricos, suscitando cuestiones metafísicas pero también situaciones disparatadas, todo esto sonará absurdo, pero para mí es una muestra de que la primera década de este siglo será recordada, no tengo duda de ello, como la edad de oro de la televisión. O al menos de las series televisivas, que utilizan el formato por entregas para desarrollar historias que la mayoría de guionistas de largometrajes no parecen ser capaces de contar.

Six Feet Under, los Soprano, Sex and the City (todas de la factoría HBO, que parece inagotable), sorprendían por su calidad dramática y nos hacían, al menos a mí, desear que llegase el siguiente episodio lo antes posible. También series más intranscendentes, de canales tradicionales, como 24, House o Mujeres desesperadas, están a años luz de su equivalente del pasado. Y eso que esto lo escribe un fan declarado de Miami Vice, los Ángeles de Charlie o Starsky y Hutch (los tres segundos de imagen de los títulos de crédito en que salía Paul Michael Glaser entrando en una sauna llevando sólo una toalla a la cintura formaron parte de mis sueños durante años).

Dejo un vídeo sacado de The L Word, cuya primera temporada es quizá lo mejor que se haya hecho nunca para televisión. Y de fondo, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.

sábado, 15 de marzo de 2008

Fin de semana perfecto

Desde hace ya muchos años, compro y leo todos los sábados el periódico Financial Times del que me gusta, en especial, su sección de fin de semana, que es lo más parecido al semanario europeo sobre política, cultura y estilo de vida del que estamos tan necesitados quienes vivimos en este continente (y eso que ha perdido mucho en los últimos tiempos). El primer fin de semana de cada mes te regalan con el periódico una revista insultante, llamada "How to spend it" en el que se le dice a nuevos ricos como gastarse los millones. No deja de ser curioso hojear el listado de yates italianos, joyería centroeuropea y casas de alta costura y habitualmente poco gusto que se anuncian, pero lo que siempre me leo con fruición es la página final en la que un personaje supuestamente famoso/influyente/importante cuenta como es su fin de semana perfecto. Así que, como nadie, ni siquiera el FT, me va a pedir que diga cómo es mi fin de semana perfecto, lo cuento aquí.

El fin de semana tiene que ser una fiesta para los sentidos. Para todos los sentidos. Como tengo la mala suerte de tener un trabajo absorbente que además me pilla lejos de casa, mi fin de semana suele empezar el sábado por la mañana, salvo que haya alguna cena el viernes. Si algo me gusta en este mundo es una buena sesión de sexo nada más despertar. Es curioso que los que escriben en el FT no mencionan nunca el sexo en su descripción del fin de semana perfecto, será imposición del guión del periódico, porque si no, no lo entiendo. Yo soy consciente de que a primera hora no le apetece a todo el mundo, pero procuro encargarme de quien comparte mi cama comparta también mis escozores matutinos. Para mi suerte no suelo encontrar (demasiada) resistencia. El sexo siempre despierta dos cosas en mí, las endorfinas y mucha hambre, así que, lleno de energía y empuje tras el arrechuchón, me voy raudo a la cocina a preparar la comida más importante de la semana.

Un buen zumo de mezcla de cítricos y lleno de antioxidantes, fruta fresca, tostadas del pan de mezcla que hacen en el Museo del Pan Gallego de la calle Hileras (los fines de semana perfectos del FT están llenos de direcciones y marcas, no voy a ser yo menos), tomate fresco rallado, aceite de arbequina de primerísima calidad, jamón y charcutetía, huevos pasados por agua, yogur y lácteos (queso no, al menos para mí, que soy poco quesero), café recién molido. Nada me gusta más que desayunar mucho y con tiempo por delante.

Por imposición laboral, suele tocar hacer compra el sábado. A veces es inevitable ir a ECI, pero eso no entra en mi idea de la perfección, así que lo omito (bueno no, critico la lentitud e ineficacia con que te sirven en el Club del Gourmet, qué pesadez), pero sí incluyo la compra en el Mercado de la Cebada. Sobre todo la frutería Bejarano, donde venden unos productos realmente maravillosos, además tan bien colocado todo, que es lo que en realidad más me gusta. Quizá uno tenga la mala suerte de que le atienda el señor mayor, que siempre cuela un par de kiwis pasados o algún kumato aplastado cuando no miras, pero bueno, la perfección nunca es perfecta.

Los fines de semana procuro salir lo menos posible y disfrutar del piso, bastante cómodo, en el que vivo y que aprovecho poquísimo entre semana. Como además del sexo y la comida lo que más me gusta es leer, dedico mucho tiempo a ponerme al día con las revistas a las que estoy (estamos) suscrito(s). Y que son: Vanity Fair, The New York Review of Books, The Economist, Granta y Monocle. Me temo que todo es en inglés, uno tiene esa deformación. Como leo libros en el transporte público durante la semana, me permito el lujo de dedicarme a las revistas los sábados y domingos. Tengo que reconocer que salvo The Economist (que cada día aguanto menos) y Granta (muy literaria, leo piezas sueltas), las otras tres me las leo de Pé a Pa. Vanity Fair me sigue pareciendo una revista modélica, con la mezcla perfecta de show-biz y seriedad. En su último número hay un artículo buenísimo sobre tres grandes divas del folk, Carole King, Joni Mitchell y Carly Simon. De ellas, y de otras mujeres de su época, hablaré en un próximo post. NYRB ya se ha convertido en imprescindible, sus artículos son tan largos que los de otras revistas siempre saben a poco. Monocle es una buena adición, heredera, algo más madura, de Wallpaper, y aún en su primer año, por lo que promete.

Además de leer, cocinar es una parte importante del fin de semana. Para los que, como yo, no tenemos ningún talento, es el único modo de dar salida a nuestros intentos de ser creativo. Y para los que tenemos un marido con madera y hechuras de tres estrellas Michelin, pues aún mejor. Si bien los sábados salimos en ocasiones a comer fuera, los domingos siempre cocinamos algo sustancial. Solemos alternar un arroz, que hago yo, o un asado, que hace él. A veces se tercia invitar a amigos, mucho mejor así. Y buenos vinos claro. Ruedas, Albariños, Prioratos, Riojas. Y lo que se tercie, manzanilla y cava. Este fin de semana, por cierto, se ha producido uno de los acontecimientos más importantes de cada año. Y no me refiero al domingo de ramos, sino a la apertura de la temporada de la terraza del bar El Ventorrillo, más conocida como la terraza de las Vistillas. Además de una tortilla y un pollo al ajillo buenísimos, tiene al mejor camarero de este mundo y de todos los demás, Vicente, que además de tener SIEMPRE la sonrisa puesta (y una mesa disponible para nosotros), pasa las vacaciones en La Romana. Como el señor que es.

En ocasiones vamos al cine. Lo sé, ir al cine en fin de semana es lo peor, pero si lo hacemos, vamos a la sesión de las 4 de la tarde, aún bajo los efectos del Ribera de Duero, Somontano o Ribeiro de turno. Eso es aceptable, ¿no? Pero sí solemos ir a jardines y parques, a llenarnos la vista, el oído y el olfato. No suelen pasar dos semanas sin que vayamos al Jardín Botánico, o un mes sin ir al Capricho. Viviendo en el centro de Madrid, el Campo del Moro es otra opción. El Retiro no, me temo. Demasiada gente, demasiado patín, demasiados niños, demasiado echador de cartas. Lo bueno de los jardines, sobre todo si hace sol, es que excitan mucho la líbido y a vuelta suelo estar con ganas de retozar un poquito. Y tampoco tengo que insistir mucho para ser complacido, la verdad. Ventajas de vivir enamorado.

Finalmente, el fin de semana no puede ser perfecto sin televisión. A mí me gusta mucho ver la televisión y entre semana tampoco me empeño demasiado, así que me toca tragarme lo que haya el domigo por la noche. Solemos cenar en bandejas enfrente de la pantalla, es el único momento de la semana que lo hacemos y es un rito que me encanta, tan trangresor, sin mantel, con el plato en precario sobre las rodillas y el vasito en el suelo. Y me trago absorto el pronóstico del tiempo, que es lo más interesante, y comentamos el peinado o el atuendo de la presentadora de turno mientras decido qué ponerme al día siguiente (¿traje gris o azul? los grandes dilemas de la vida) y, sobre todo, espero con fruición que pongan el anuncio de colonia Dolce e Gabbana en el que sale Matthew McConaughey. Y a lo tonto, a lo tonto, toca irse a la cama. Sábanas limpias. Posibilidades infinitas.

Releyendo me doy cuenta de que he empezado hablado de "mi" fin de semana perfecto y he terminado hablando en plural. Qué bonito.

Amor, amor, amor

Sé que soy un pesado y que siempre estoy dándole vueltas a lo mismo, pero no me puedo resistir a enviar este vídeo. De nuevo Ana y Johhny con la liberación del pudor.

Recuerdo perfectamente esta actuación televisiva, aunque en mi memoria está grabada en blanco y negro. Es curioso que lo que hace 10 ó 15 años hubiese parecido anticuadísimo hoy ya no lo es. El vestido de Ana, con distancias por supuesto, parece sacado de una de las pocas colecciones que hizo Tom Ford para Yves St Laurent, toda en negro con brillos marrones. Y el traje de Johnny, con pantalones boot leg, me lo compraría ahora mismo, a pesar del solapón. Además del traje, me llevaría a Johhny a casa. Hay que ver qué bueno está. O estaba, claro, que han pasado más de 30 años. No sé si tendrían hijos pero habrían sacado un pelazo, eso seguro.

Me encanta la escenificación, cómo se miran, se van acercando, se cogen las manos (es casi una experiencia religiosa, dirían otros) y cómo Johnny sujeta tiernamente a Ana, con su mano en el hombro cuando ella, entre berreos, se corre alcanza el clímax.