Ojos de solitario, muchachito atónito que sorprendí mirándonos en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras, hace más de once años,
al ir a separarme, todavía atontado de saliva y de arena, después de revolcarnos los dos medio vestidos, felices como bestias.
Te recuerdo, es curioso con qué reconcentrada intensidad de símbolo, va unido a aquella historia, mi primera experiencia de amor correspondido.
A veces me pregunto qué habrá sido de ti. Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo vuelve la vieja escena y todavía espías nuestros besos.
Así me vuelve a mí desde el pasado, como un grito inconexo, la imagen de tus ojos. Expresión de mi propio deseo.
Jaime Gil de Biedma es un poeta de primera línea. Supo, mejor que nadie en su generación (una generación rara y fracturada, la de una época muy gris de la historia de España) reflejar las tensiones entre el anhelo político de cambio (que una sociedad conformista no se atrevía a desencadenar), el idealismo romántico y la búsqueda infructuosa del amor (en su caso siempre homosexual, y sin velos ni engaños) y el enorme conflicto interno. Los ideales eran grandes, la realidad del país muy triste. El amor, romántico y duradero, siempre su objetivo, las aventuras fugaces y pasionales su realidad. Al igual que a James Merrill, a quien cité hace muy poco, o a James Baldwin a quien cité hace mucho, a Gil de Biedma le rompía el conflicto entre su espíritu bohemio y su deseo de aceptación por las élites literarias (tan rancias, qué equivocado estaba) y políticas (tanto el PCE como el PSOE le denegaron incluso bien entrados los años 70 el ingreso en sus filas... por maricón), y la realidad de un chico aristócrata de una de las familias más acomodadas de Barcelona. Lo que más me gusta de su poesía es que es muy masculina, no es nada cursi, es de una sinceridad arrolladora y desvela sin miedos las complejidades de un hombre que vivió toda su vida entre el deseo de algo que no sabía bien qué era y una realidad cómoda y de postín que no le gustaba pero de la que le costaba despegarse.
Allá por el siglo XIII o XIV, el Sherif de Conventry decidió subir los impuestos locales. Toda la población se le puso en contra, incluida su propia mujer, Lady Godiva. Irritada y empoderada, decidió que cabalgaría desnuda a diario hasta que su marido eliminase la medida impositiva impopular. El pueblo de Conventry, agradecido por el gesto, acordó que nadie miraría a la bella (imagino que lo era) Lady Godiva cuando cabalgase en cueros por la ciudad y el campo circundante. Y nadie la miró... salvo un tal Tom, que no pudo evitarlo. Peeping Tom. De ahí viene la expresión. No se encuentran apenas referencias en internet a esta historia, que me contó anoche mi chico, que se lo sabe todo (¿no es cierto, Pandora?). Es tan absurda que tiene que ser cierta.
Estoy un poco cansado de los años 80, la verdad. En los últimos meses he estado metido (y os he estado metiendo, queridos lectores) en una especie de "time warp" ochentero y ya va siendo hora de cambiar de orientación. Imagino que revisitar los 80 es inevitable y que aún saldrán por aquí muchas cosas de aquella época, sobre todo del inicio de la década: no oculto que tengo en mente escribir sobre películas de entonces ("Liquid Sky", "Scanners"), tengo pendiente todavía algo sobre dúos de música tecno británicos, le he dado muchas vueltas a escribir sobre Bret Easton Ellis (con quien coincidí una vez en un WC... y no penséis mal), y algo caerá sobre la música disco de en torno a 1980. Pero, no sé, todo el mundo está metido en el mismo revival nostálgico y me está empezando a dar mucha pereza, por mucho que sea lo que conozco bien de verdad.
Así que, como los años 70 están igual de manidos y sobados, he pensado bucear un poco en los 90, que es una década con una identidad mucho más difusa, lógico teniendo en cuenta todo el batiburillo finisecular que se venía encima. [acabo de escribir "batiburrillo finisecular", este blog va por fatal camino]. ¿Y qué es lo que me viene inmediatamente a la mente cuando nombro los años 90? Pues qué va a ser, Melrose Place.
A mediados de los 90 yo hacía horario de trabajo hispano a la antigua, es decir, con parada de 2 a 5 para comer. Comía rápido y me metía la sesión doble que daba Tele5 de 90210 (ahí dormitaba) y Melrose Place. La sintonía, que es bestial, me despertaba del letargo, y las imágenes de Thomas Calabro ya me ponían a tono. MP es una sopópera clásica, con mala malísima interpretada por la heredera de Morgan Fairchild, Heather Locklear, una diva "trash" y una superviviente del celuloide como ha habido pocas. Mi personaja favorita de la serie era Sydney, la pelirroja putón que interpretaba Laura Leighton.
Cuando fui por primera (y única) vez a Los Ángeles, ciudad infernal que me espantó y a la que, sin embargo, me siendo atraído sin remedio, me puse como una colegiala histérica cuando me di cuenta de que iba conduciendo por Melrose Place. Empecé a buscar el patio de vecindad donde ocurría la serie pero, claro, no existe, todo era falso, se filmaba en un estudio. Aquel día acabamos comiendo una pizza infame en Frankie and Johnnie, en Santa Monica Boulevard, en cuya pared de vileda atiborrada de firmas de famosillos de medio pelo encontré la de mi adorado Jermaine Stewart. Aquí está la prueba.
Sólo he comido una pizza peor, en un lugar llamado Riihimaki. Os lo cuento en otro momento.
Si escribo sobre Melrose Place es en parte porque perdiendo el tiempo en YouTube el otro día encontré este vídeo en el que sale Marcia Cross (sí, Bree van der Kamp en "Desperate Housewives"). Interpretaba a Kimberly, una cirujana con trastorno bipolar que acaba poniendo una bomba en los apartamenteos donde vivían todos los protagonistas. Una joya. No recuerdo bien lo que pasa, pero me parece que en algún momento le hacen algo así como una trepanación y se queda calva, viéndose obligada a llevar peluca. En esta escena, ¡atención!, se la quita y enseña el cartón. En su momento fue lo más.
La serie era idea de Darren Star, que luego se sacó de la manga "Sex and the City" y además de Marcia Cross salieron de ella Doug Savant (Tom Scavo en "Desperate Housewives; su papel del enfermero Matt en MP es uno de los primeros gays de la TV más generalista) y Kristin Davis, que luego haría de Charlotte en "Sex and the City".
La verdad es que cuando vi el vídeo de la peluca se me ocurrió hacer una entrada sobre transformaciones de película (de ahí el título), como la de Schwarzenegger en "Total Recall" (joyón de los primeros 90):
Pero desistí de mi idea, demasiado complicado hilar tan fino con este calor.
En "Total Recall" también sale Michael Ironside, un actor secundario buenísimo que (casi) siempre ha hecho de malo malísimo. También hacía de las suyas, con el poder de la mente, en "Scanners", primera película de David Cronenberg. He aquí una muestra:
Qué mono. Pero me alejo de este camino, que me lleva a los 80 de nuevo y ya he dicho que no. Me quedo con el chico más guapo de los 90, o al menos uno de ellos, tan olvidado que no tiene cabida en mi serie recién iniciada porque de él nunca más se supo. Se llama Johnathon Schaech y era el cantante del grupo "The Wonders" en la película "That Thing You Do", la única que hasta ahora ha dirigido Tom Hanks. Alguna vez tendré que contar que me han confundido en ocasiones con Tom Hanks. Qué cosas. Aquí tenéis al Johnathon Schaech (vaya nombrecito) cantando la canción que da título a la peli, al loro los labios, los dientes, la nariz, los pómulos y las cejas. Si es que las cejas y los antebrazos son lo más sexy que hay.
Por cierto, que la cancioncita, si no fuese tan hiper-prefabricada podría tener su hueco en la lista de canciones pop perfectas... Me quedo con el buenorro de Johnathon (sí, con "o"), que sigue estando de muy buen ver, y con Liv Tyler, a quien siempre he encontrado tan maravillosa como irresistible.
En fin, que me ha salido una entrada de lo más rara, ya lo decía al principio, estoy en un "time warp" extraño. De nuevo, los primeros 80: "Warp", de New Musik, que hay que escuchar hasta el final. Polo, no te me quejarás...
Debido a viajes laborales múltiples pre-vacacionales y al extravío reciente del ordenador portátil utilizado en los mismos (me van a despedir, como si lo viera), este blog no se actualizará tan a menudo como me gustaría.
Halle Berry contaba que de pequeña antes de irse a dormir rezaba y pedía a dios ser blanca al levantarse. Algo así le debió pasar a otros. Yo nunca he rezado, pero siempre quise ser negro para poder dejarme el pelo afro y bailar como Michael. Alaska decía que quería ser chico para poder ser maricón. Siempre queremos lo que no tenemos.
Así se hace una estrella:
Así crece una estrella:
Suya es la canción más perfecta de todas las canciones pop perfectas, con la que cerraré la serie de posts al respecto, cuando llegue el momento (he estado tentado de hacerlo hoy, pero no, cada cosa a su tiempo). Para quienes creen que estaba acabado desde Thriller, dejo aquí "You rock my world", uno de sus últimos sencillos y una canción extraordinaria (con vídeo-peliculita insufrible). Lo que va de ABC a You Rock my World os lo conocéis de sobra.
Por cierto, una de las primeras películas que hizo Farrah (pensadlo bien, hay pocas mujeres famosas a quienes se les conoce sólo por su nombre de pila, ella era una) fue "Myra Breckinridge". Os dejo aquí su escena lesbiana con Raquel Welch. Vaya cutis trenían las dos.
Bueno, venga, vale, os dejo la secuencia de títulos de la primera temporada de la serie. Martes y 13, cuando eran tres, hicieron un spoof fabuloso que no he vuelto a ver. Y, por cierto, my chico, tan butch y tan macho él, tiene de tono de llamada en el móvil la sintonía de las Angels. A ver quién es la loca aquí. Claro que es sólo para cuando le llamo yo, porque para los demás tiene la música del Exorcista. ¿Is he trying to tell me something? ¿A que no acertáis qué tono tengo yo? Oye, este tema de los tonos de móvil me da para una entrada...
Qué buen título para una película, un libro o un blog, ¿verdad? Además no requiere traducción, funciona en casi todos los idiomas. Debería registrarlo. Aunque seguro de que ya lo está. Demasiado bueno para que se me haya ocurrido a mí, que yo si que ando justito de talento. Mejor no lo googueleo. Que me decepciono.
¿Qué cómo se me ha ocurrido? Pues pasando la mañana del día de San Isidro en Madrid solo en casa, sentado ante la pantalla de un ordenador, leyendo y comentando blogs, viendo vídeos en Youtube, contestando a los comentarios de la entrada anterior, comiendo cheetos en homenaje a Britney. Estoy solo este puente en Madrid porque mi chico se ha ido unos días por trabajo a EEUU. A mí antes se me daba muy bien estar solo, pero ahora ya no tanto, la verdad. Hasta el punto de que en momentos como éste me interesa más el mundo virtual que el real. Pero sólo hasta que el mundo real me ofrece cosas de tipo, digamos, antropofreak, algo que el virtual no ofrece.
Yo tuve en la facultad un profesor de derecho penal muy bueno que siempre nos decía que “la realidad supera a la ficción”. Había organizado un grupillo de alumnos de tipo experimental y nos ponía un montón de casos prácticos a resolver, muchos de ellos algo grotescos pero siempre verídicos. Recuerdo muy bien el de una viejecita que en los años 50 ó 60 envenenó a su marido, lo acostó una vez muerto en la cama, durmió abrazada a él, lo descuartizó a partir del día siguiente, fue dejando trozos de su cuerpo en papeleras de su barrio (¿una salidita a la calle? pues se llevaba una bolsita con un pie, una oreja o un omóplato) y se guardó de recuerdo la cabeza en una caja de galletas. Le daba pena tirar la cabeza, confesó compungida cuando al final la pillaron. Qué haría con las partes pudendas, uno se pregunta. ¿Y con los intestinos?
Pues eso, que la realidad supera a la ficción. Encontrábame yo ante la pantalla en la que salen escritas estas mismas palabras cuando veo por el rabillo del ojo a través de la ventana un grupo de gente vestida de chulapos y manolas isidriles llegando a mi plaza. Vivo en pleno centro de Madrid y ese tipo de demostración de localismo colorista se da mucho en mi barrio. Tiene su gracia, siempre que te dejen dormir por la noche, claro. Unos minutos más tarde escucho cantar a un coro. Me asomo a la ventana y no, no era la chica de ayer sino los chulapos y las manolas en corrillo cantando cancioncillas de tipo misa. Yo he ido muy poco a misa en mi vida, por ello soy incapaz de discernir con claridad si eran canciones de misa o no, pero esa impresión me daba. Además, como cantaban muy bien, estaba todo muy ensayado y hasta hacían parte de la instrumentación “a capella”, deduje que tenían que ser gentes de bien. Daba gusto.
Justo cuando me volvía hacia mi pantalla mágica (al no estar mi marido monopolizo su Mac de teclado fluido y pantalla gigantesca) vi que en un piso al otro lado de la plaza estaba un chico, con el balcón abierto, haciendo yoga. O taichi. Cómo me gustó el chico, oye, nunca antes había reparado en él, una monada con su barbita, su pecho peludín al descubierto (llevaba pantalones de deporte, malpensadas) y sus movimientos tan lentos. El punto James Stewart de la situación añadía mucho interés, porque yo soy más fijón que mirón, pero cuando me pongo, me pongo. Mirando y admirándole me encontraba cuando salió su novia y se puso entre medias, hablando por teléfono y fumando en el balcón. Qué ordinaria. Qué poco me ha gustado, tenía pinta de marimandona. Seguro que no se merece un chico tan guapo y sensible.
Me volví a lo mío, a mi pantalla y mis blogs. Pasan unos minutos y, dejándome llevar por la cancioncilla del coro (para entonces ya había un corro de gente a su alrededor, aplaudiéndoles y animándoles, además del típico grupo de turistas holandeses gordos filmándolo todo) me doy cuenta de repente de que la música me suena. Cantaban la melodía las chicas de voz más aguda, los bajos marcaban ritmo y los demás, las voces intermedias, hacían algo parecido a una instrumentación. Yo pensando: “Esto me suena, esto me suena...”. Y justo me doy cuenta de que reconozco la canción cuando se juntan todas las voces y al son entonan: “A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga...”. Me levanté tan raudo como pude y contemplé la escena. Tengo que admitir que ya no me parecieron tan de misa, sobre todo cuando comprobé que dos chicos, uno con barba, alto y delgado y otro rechonchete y con mucho pelo, ambos con gafas, lanzaban al aire las manos abiertas y destapaban el tarro de las esencias de su pluma. Daba la impresion de que los zapatos de chulapo iban a convertirse en stilettos de tacón en un momento total “Rocky Horror Show”. En realidad era un momento antropofreak.
Por un instante pensé que esto era obra de Pasaelmocho. Quienes seguimos su egregio blog sabemos que el Sr. Mocho está en proceso de composición de un “grand opéra”, llamada “Zitronella”, y de verdad que pensé que esto, tan bien cantado, tan bien ensayado (porque estaba ensayado y bien preparado que te cagas) podría encajar en esa obra magna, que por lo que cuenta me da que va a ser un cruce entre Cavalleria Rusticana, Jenufa y Dinorah (pero sin la cabra). Como no tengo el honor de conocer en persona al señor Mocho intenté identificarlo (siguiendo los indicios que deja en su blog), pero su papel natural en este montaje habría sido el de director del coro y ese puesto estaba ocupado por una gorda líder de pro (escribiré pronto sobre la gorda líder, lo prometido es deuda). Aunque no quería quitar ojo al espectáculo de la calle me volví un segundo a la pantalla y comprobé en su blog que el Sr. Mocho se encuentra, como todos los residentes de Madrid con dos dedos de frente y al menos 50 euros en el bolsillo, fuera de la ciudad. Es decir, que no podía ser obra suya. Una lástima, habría podido invitarle a una limonada. Otra vez será.
La verdad es que los miembros y miembras del coro eran por lo demás de lo más variopinto, había todo tipo de edades, tamaños y condición. La situación me recordó por algún motivo a otro momento antropofreak que viví hace como un cuatro de siglo en la celebración de una primera comunión en una iglesia “bien” de un barrio madrileño con muchos posibles. El convite fue en la sacristía de la iglesia, organizado por unos curas muy bien dispuestos, que se desmelenaron, literalmente, cuando la DJ (una monja con toca marrón) puso “Like a Virgin” de una tal Madonna. Edificante. También me recordó al día que mi amiga Anabel montó a un grupo de curas a un escenario a hacer una coreografía al son de “Fresas salvajes” de Camilo Sesto. En Mozambique, que tiene aún más mérito.
Me está gustando esto del antropofreak, fíjate. Igual hasta doy comienzo una nueva serie de entradas. Podría hablar en ellas, por ejemplo, de los tipos que se ven en los aeropuertos. Es que no me puedo creer que aún no haya escrito sobre aeropuertos, si me paso media vida en ellos y se ven las personas más interesantes, a la par que disparatadas. Si es que voy sin rumbo.
Todo lo bueno llega a su fin. Y todo lo malo también. La serie de mis mitos eróticos va cerrándose. Hoy toca hablar de los absolutos, los que estuvieron, están y estarán en mi panteón de favoritos. Hablo en masculino porque de hombres se trata. Hay mujeres absolutas, por supuesto, pero son demasiado, digamos, evidentes. De las que le gustan a todo el mundo. Y dije al principio que evitaría en lo posible señalar a bellezas sin discusión y me centraría en lugares menos comunes…
Pero no es tan fácil. Si alguien se lee mi perfil verá que entre mis películas favoritas están “Key Largo”, de John Houston, y “Designing Woman” (“Mi desconfiada esposa”, formidable título en español) de Vincente Minelli. Tienen en común que están protagonizadas por la más guapa, la de los ojos más profundos, la de la melena más espesa y bonita. La absoluta.
Cuando filmó KeyLargo, Lauren Bacall tenía 19 años y era ya una mujer hecha y derecha. Intentemos encontrar alguna actriz (o cualquier mujer) que tenga hoy 19 años y que luzca de este modo, en plenitud de su belleza, madura y sin miedo a vivir y expresar sin tapujos su sexualidad.
Muy distinta es mi otra mujer absoluta, más niña, más andrógina, más ambigua y sin embargo irresistible en muchas de sus encarnaciones. Por algún motivo, Holly Golightly (y no, querida Stanwyck, no era un chico, era todo mujer) es un referente femenino para muchos hombres homosexuales, para mí desde luego lo es. Aunque me quedo con la Audrey Hepburn de las películas de Stanley Donen, ya sea “Funny Face” (bajando las escaleras del Louvre con la victoria de Samotracia a sus espaldas) o “Charade”.
Ya lo he dicho antes, me gustan las mujeres hechas y derechas, no las niñatas. Pero me estoy desviando, que yo de lo que quiero hablar es de hombres y como me despiste se me va a colar una foto de Lana Turner en “Imitation of Life”.
Vaya, se coló. Divina, ¿verdad? Perfecta. Pero ya está bien de mujeres. He puesto tres, pues pongo ahora tres hombres. Los absolutos. Mis absolutos. Aquéllos ante quienes me rindo.
Hay algo misterioso en Steve McQueen. Es difícil encontrar fotos suyas en las que sonría, siempre parece estar enfadado, apesadumbrado, siempre parece estar ocultando algo. Me fascina “Bullit”, una película con una banda sonora extraordinaria en la que no pasa casi nada, en el fondo es una excusa para la famosa escena de la persecución de coches por las calles de San Francisco y para que McQueen exhiba todo el cool, que era mucho, que rezumaba por todos sus poros.
Fue un prototipo de hombre moderno cuando ya había terminado la época dorada de Hollywood. Los Rock Hudson, James Dean, Montgomery Clift eran versiones actualizadas de los galanes de las décadas de oro del celuloide. McQueen era el hombre nuevo. Duro pero misterioso. Callado y amante de los coches. Y también, si hacemos caso de los rumores de los años 60, gustoso de darse un buen revolcón con otro tío de vez en cuando. Por variar, imagino. Y ello a pesar de su amor por la guapísima (aunque bastante cursi) Ali McGraw, con quien hacía una pareja estupenda.
Siempre afirmo que lo mío no son los hombres rubios, aunque ninguno de los tres de mi lista definitiva sea moreno. El siguiente, Bruce Willis, me gustaba cuando aún tenía pelo y hacía las aceras chapuceando con Cibyl Sheperd.
Pero me empezó a volver loco cuando dejó de disimular y lució sin complejos, en Pulp Fiction, su bellísimo cráneo calvo.
En realidad lo que me seduce de Bruce Willis es la media sonrisa canalla, la que despliega en todas sus películas, las malas y las malísimas. Es una sonrisa que puede llevar al huerto a cualquiera. Tengo que reconocer que por Bruce Willis he caído en eso que Theodore, en una entrada reciente de su excelente blog, llama "guilty pleasures", secretos inconfesables pero enormemente placenteros. Lo confieso: he visto "Armaggedon" más veces de lo que cualquier persona medianamente decente e inteligente puede y debe admitir. Pero es que me resulta irresistible, qué le voy a hacer, a pesar de su vena patriótico-republicana tan penosa como trasnochada, o a pesar de haber elegido tan mal a sus mujeres (porque Demi Moore ahora tiene un pase pero cuando estaba con Bruce era lo peor). Tiene, finalmente, algo de lo que pocos pueden presumir, y es que está envejeciendo de maravilla.
Termino con mi tercer absoluto, del que sólo pongo una foto. Y eso que hay muchas, muchísimas fotos suyas en internet que cualquiera puede encontrar con un golpe de Google, pero si las cuelgo me cierran el blog, o me ponen un "warning" al inicio, que es algo que no me apetece mucho la verdad.
No soy gran usuario o consumidor de porno (eso decimos todos, ¿verdad?) pero fue en una película porno, llamada "Eruption" y filmada en paradisíacas playas de Hawaii donde descubrí a Dean Coulter, quizá el hombre que más se acerque a mi ideal absoluto. La foto no le hace justicia, no se aprecia su cuerpo esculpido. Ni su culo, que sólo tiene comparación en los de los relieves del altar de Pérgamo, tallados en mármol por artistas griegos que sabían lo que se traían entre manos (y cinceles) hace más de dos mil años. Pero sí se puede comprobar en la foto esa expresión de niño feliz mezclada con el saber hacer de un hombre adulto y experimentado, mezcla que es lo que lo hace, a mis ojos, irresistible. En la escena inicial de la película "Eruption" el bueno de Dean retoza con otro maromo de cuerpo tan imposiblemente bello como el suyo en una playa de arena blanquísima, frente a un mar de un azul inexistente. Hay un momento en que ambos se pasean, cogidos de la mano, por la playa, empalmados o, por decirlo más bonito y como habría escrito Matthew G. Lewis, en pleno vigor de su virilidad, y se besan y abrazan. Es un momento precioso, de una ternura que nunca se ve en el cine porno. Luego se ponen a follar y se acaba la ternura, claro, pero en ese instante previo Dean Coulter es un niño en el cuerpo de un hombre, todo amor y devoción. Buscando fotos suyas para esta entrada leí en algún lugar que hace ya unos años se retieó del cine, se casó con otro chico y montó un negocio de jardinería, que es a lo que se dedican juntos. Que final tan bonito para un chico tan guapo. Espero que le dure la felicidad.
No terminan aquí los mitos eróticos. Hay muchos más. Como dije en la primera entrada los verdaderos son los más anónimos, los que se ven por la calle, en aeropuertos, en restaurantes, en playas, en cualquier ciudad del mundo. Esos que uno ve, escucha o como mucho huele, pero nunca toca. Ya lo decía entonces y lo digo ahora: si se tocan dejan de ser mitos. Y dejan de interesar.
A veces los mitos eróticos me vienen en forma de pareja, y me resulta inevitable que me gusten ambos componentes de la misma, o que por separado no me gusten. O no me gusten tanto, no sé si me explico.
Yo no sé cómo lo hace pero Warren Beatty siempre tiene cara de haber echado el mejor polvo de su vida. Quizá sea cierto porque, como dijo Shirley MacLaine, ella es la única actriz de Hollywood a la que no se ha tirado, y ello debido únicamente a que son hermanos. El Sr. Warren ha tenido multitud de parejas, pero a mí me gusta en compañía de Julie Christie. Por separado me gusta casi más ella que él, juntos me parecen irresistibles. Beatty tuvo otra pareja espectacular, Michelle Phillips (de Mamas and the Papas) pero me quedo con Julie y su cara de estar esclavizada en la cama, y encantada. Me pregunto que será de la vida de WB, casado sexagenario con Anette Benning, ahora que ésta ha pasado a engrosar las filas de las deformadas por la cirugía (¿por qué lo hacen? Un retoque, vale, pero ¿cambiarse la cara entera para parecer la cuarentona que nunca fue?) Dejo una segunda foto de JC con WB barbudo. Aún más guapo.
James Taylor podría haber entrado en mi panteón de melenudos y, en su caso, bigotudos. Lo que pasa es que a mí JT me gusta sólo de dos maneras: cantando o en compañía de Carly Simon. Me ocurre un poco lo mismo que con la pareja anterior: me gusta más ella que él. James Taylor, antes de quedar hecho polvo por la heroína, perder el pelo, divorciarse de Carly y hacerse mayor, limpio de drogas y predecible, era muy atractivo, muy de my gusto 70's. Pero es con Carly Simon, sus ojos transparentes, su boca inmensa, dientes peligrosos, melena espesa y, sobre todo, esa pinta de niña bien metida a hippy-moderna cuando JT reluce de verdad. De nuevo dejo una segunda foto.
Soy un pesado, lo sé, siempre dándole vueltas a lo mismo. Pero no me puedo resistir a incluir a Ana y Johnny, aunque ya les he dedicado más de un post y los he citado montones de veces. Es que la gente no me cree, pero mi despertar sexual se lo debo a ellos. De nuevo, me gustaban los dos a rabiar. Johnny era guapísimo, de eso no hay duda. La cicatriz del labio superior le daba además un morbo adicional muy especial. Ana era maravillosa, modosa y viciosa, con esa cara de niña buena, esa voz que no era de este mundo y que decía aunténticas barbaridades a grito pelado. De verdad, yo tenía poco más de diez años y ellos me hicieron darme cuenta de que el amor, el de verdad, el que se expresa por la entrepierna, existe y además da mucho gustirrinín. Me atrevería a decir que justifica nuestra existencia, pero hoy es domingo y estoy relajado así que no me pasaré de la raya.
¡Pobres Tina y Carmela! Eran la bomba. A mí no me gusta la rumba ni el flamenco. El flamenco no me gusta nada, no lo comprendo. Y sí, me molesta que por esos mundos se crea que todos los españoles llevamos en la sangre el flamenco y los toros (soy abolicionista, por supuesto). Pero Las Grecas marcan época. Y otras cosas también, con esos pantalones tan apretados. A mí me parecían lo más sexy que me había echado a la cara nunca. Y no, no son el típico "one-hit wonder", que también son responsables de "Anabalina", que es como la alianza de civilizaciones pero treinta años antes y, además, sin la barriga indecente de Moratinos. Es una pena que no haya más vídeo que éste, casero. "Salam Salam Maleikum Maleikum Maleikum Salaaaam", se desgañitaban las pobres. Y no es sólo lo musical lo que me gusta, que me encanta, sino todo el conjunto en sí, que exudaba un sexualidad que yo no comprendía pero sabía que estaba ahí.
Más bien al contrario, sí que lo comprendía, y qué bien lo comprendía, respecto a Starsky & Hutch. ¡Ay, qué recuerdos! Pegadito a pantalla me tenían desde un buen rato antes de que empezara la serie en nuestra TVE de los 70. Por cierto, hago un inciso: el mejor regalo que me hicieron por mi reciente cumpleaños, fue un ¡Hola! del año 75. ¡Gracias mágicas, Anabel! Todos los que estábamos de festolín nos pusimos a leerlo enfervorizados, sobre todo al llegar a la programación de televisión. La primera empezaba a las 13:45 y cortaba a las 16:30 para volver a empezar a las 18:45. No había otra cosa (bueno sí, tres horitas de noche en el UHF, la 2). Así hemos salido algunos. A lo que estaba: yo me apalancaba ante la tele antes de los títulos de crédito, no me fuese a perder el nanosegundo de secuencia en que salen ambos en la sauna con toallita y pistola. Hombre, en realidad a mí me gustaba Paul Michael Glaser. A David Soul lo veía más como para chicas, de hecho cu cancioncilla del verano fue un himno de fans y a mí aquello no me gustaba nada. De nuevo, por separado no les veía tanta gracia, pero juntos me resultaban irresistibles. El coche, los mafiosos negros. Qué tiempos. Dejo otra foto, que la he encontrado en los basureros del ciberespacio y me ha hecho mucha gracia. Espero que guste... Termino ya. Y lo hago con la pareja protagonista de la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Y quien diga otra cosa, que lo justifique.
Menuda secuencia de títulos. Barcos, Ferraris, tetas moviéndose al tuntún de los bongos (bueno, en realidad son Rototoms, pero no quiero pasarme de enteradillo), loros, flamencos, Jai Alai, bikinis, skyline, arquitecturas postmodernas. Y una música bestial. Al contrario que en Starsky y Hutch, los protagonistas, Crockett y Tubbs, no salen en la secuencia de títulos. A mediados de los años 80, yo ya era un chico mayorcito y no me valía cualquier cosa. Jamás me ha gustado el tipo "guaperas" a la Don Johnson, aunque haber estado casado, dos veces además, con la Griffith tiene mucho mérito. Philip Michael Thomas era muchísimo más atractivo, sin duda. Pero, de nuevo, tenían que estar juntos, en pareja. Por separado no me gustaban ni el uno ni el otro. Pero los trajes gris perla brillante con camiseta rosa recortada del uno, y las chaquetas cruzadas y entalladas, con buena hombrera, del otro, eran para mí un referente fundamental. Además, la serie era buena de verdad, con muchas referencias a hampas cubanas, corrupción policial, drogas de todo tipo, submundos varios (incluido "leather") y miserias de todo tipo. O sea, todo lo que me gusta. En la sexta temporada salió Jermaine Stewart en la serie, vestido con chaps de cuero blaco con flecos. ¿Qué más se puede pedir? Por favor, que no haya menciones a secuelas cinemátográficas de S&H o de Miami Vice. ¿Cómo se pudieron atrever?
Así es como mi abuela se refería a un tipo de hombre que abundaba a mediados de los años 70 y que a mí, en plena preadolescencia, me provocaba serios picorcillos.
Nunca me he podido resistir a una buena barba, y sigo pensando que los hombres estamos mucho más guapos con ella. Larga o corta, da igual el tipo, lo importante es que esté cuidada. Pero no demasiado.
Nunca comprenderé el motivo que llevó a Cat Stevens a dejar de escribir y cantar maravillas como "Morning has broken", convertirse al Islam y dejar de ser guapo. Aunque por algún motivo en casa se escuchaba sobre todo música americana, Cat Stevens era la excepción británica y yo deseaba tener ese pelo y esa barba y cantar con su misma voz, tan agónica y triste. Mis hermanos tenían sus discos y yo me quedé prendado primero de las fotos y después de la música.
Algo parecido me pasó con otros cantantes, como Murray Head, el Judas original de Jesus Christ Superstar en el West End. La banda sonora del montaje londinense de la obra fue por cierto el primer álbum que me compré con mi dinero, el mismo día que adquirí "I love to love" de Tina Charles. Yo no sé cómo nadie se daba cuenta de lo mío a tan tierna edad. A lo mejor era yo el que no me daba cuenta de que se daban cuenta. En fin. A mí me obsesionaba su canción "Say it ain't so", que salía en una película que el propio Murray Head interpretó con Marisol y me aterraba y fascinaba su voz temblorosa y su cara de susto. Tiene en su haber acostarse tanto con Glenda Jackson como con Peter Finch en la película "Sunday bloody Sunday", una de las primeras en abordar sin tapujos temática homosexual. Es una pena que sea recordado por "One night in Bangkok". Que no está mal, pero para entonces se había cortado el pelo.
Aunque me doy cuenta de que parte de mis lectores son poco aficionados al deporte, me temo que tengo deportistas en mi lista. Detesto el fútbol, aunque no tanto el deporte en sí, que puede ser entretenido, como por lo que significa cultural (ejem) y socialmente. Pero nos deja buenos ejemplares con los muslos al aire. Y no estoy pensando sólo en Iker Casillas, que también (pero que en esta entrada no tiene cabida). George Best es un icono de estilo de los 70. El pelo, la barba, la camiseta por fuera, el alcohol, la violencia, el talento, los ojos. Cuando vivía en Londres lo vi una vez, bebiendo chardonnay a las 10 de la mañana en un pub de la zona de Hamemrsmith, con la piel amarilla y los ojos muertos. Le quedaba un par de años de vida.
Otro deportista, ni melenudo, ni barbudo sino bigotón, que tenía en forma de poster residencia en la pared de mi cuarto: Mark Spitz había asombrado al mundo con sus siete medallas en Munich. Este año se le ha recordado mucho, por la hazaña de otro nadador, mucho más feo, en otros juegos olímpicos. Yo al bueno de Mark lo tenía colgado, en el esplendor de sus Speedo con barras y estrellas y sus siete medallas al cuello, junto a la foto de los murales abstractos que hizo Fernad Léger para la sala de la Asamblea General de Naciones Unidas. Me gustaba la ONU en vez de jugar con Barbies o el Madelman. Qué rarito he sido siempre.
A Michael Sarrazin apenas se le recuerda, pero la película "Danzad, danzad malditos" ("They shoot horses, don't they" en original) de Sydney Pollack, sobre la gran depresión (sí, la misma que se nos avecina de nuevo) me impactó muchísimo. El bueno de Michael, muy alto y de físico desgarbado, y que ha envejecido fatal, hacía pareja de Jane Fonda en un maratón de baile. En la vida real lucía bigote y look espléndido, copiado hasta la saciedad por Tom Ford desde mediados de los 90, como se ve en esta foto.
Quizá el barbudo qué más picores me provocó, en parte porque reparé en él algo más mayor, fue Kris Kristofferson. Aviso a navegantes: no, repito NO me gusta la música country (salvo que se considere a kd Lang una cantante country, claro). Tampoco soy fan de Barbra Streisand, pero "A star is born" siempre me ha puesto muy nervioso -en el buen sentido, se entiende. Y recuerdo haber ido a ver "Convoy", en que KK hacía pareja con Ali McGraw, unas siete veces. Esa estética "biker", que Cher explota a la perfección en su vídeo "Hell on wheels", me atraía entonces muchísimo, y ahora me hace gracia. Pero Kris K, de nombre tan redundante y ojillos muy juntos, sigue estando de muy buen ver con todos su años a cuestas.
Con grandes excepciones, eran barbudos extranjeros los que me gustaban. Las barbas invadían España cuando desaparecían en Estados Unidos y Gran Bretaña, con la cortina de humo y al ritmo de los 120 bps de la música disco, a la que yo me apuntaba rápido, o la esquizofrenia punk que nunca fue de mi gusto. A la mayoría de los barbudos locales siempre los veía con un barniz progre y sobre todo trasnochado que no era de mi gusto. Me va más el cashmere que la pana, lo siento no puedo remediarlo. Hay algún barbudo patrio que sí me gusta mucho, pero ya de otra época. A alguno de ellos dedicaré quizá una entrada posterior. Tengo sin embargo un recuerdo muy concreto y a la vez muy vago de los años 70 que quizá algún lector me ayude a reconstruir. No hay nada en Internet, al menos que haya podido encontrar. Se trata de una anuncio de vaqueros Grins, marca desaparecida, en el que se veía un grupo de rock de corte hippy-melenudo tocando en plena calle de modo espontáneo, adelantándose a Astrud. Ante la mirada atónita y el gesto de censura de viandantes mayores cantaban una canción que me sé de memoria, letra y música, que dice así:
"No me gusta señora que me digan lo que debo hacer Esto está bien, esto está mal Hace ya tiempo que decidí dejarles de escuchar Visto como quiero, Grins, Grins, Grins."
Yo me quedaba extasiado mirando la pantalla. ¿Soy el único que se acuerda?
p.s. he escrito esta entrada en el nuevo Mac de mi chico. Me encanta el teclado, odio el ratón, babeo con la pantalla gigante y brillante, me tengo que hacer con el sistema operativo.
Con la excepción de Cyd Charisse, Mats Wilander tiene las piernas más bonitas que este mundo haya visto.
Me gusta el deporte. No me paso el día ni mucho menos pegado a la pantalla de televisión viendo programas deportivos, pero hay ciertas cosas que me gustan mucho. Los saltos de trampolín sincronizados, el salto con pértiga, el baloncesto (deporte que yo practicaba el el colegio y la universidad, y era bastante bueno), las grandes finales de tenis. Y si a mi gusto por las finales de tenis se le añade mi obsesión por todo lo sueco, la ecuación tiene por resultado Borg, Edberg y Wilander. Edberg, como que no. Borg, como que tampoco. Pero hete aquí que viendo una final de Roland Garros en algún momento de los años 80 descubrí las piernas de Mats. Las piernas y la extremidad superior de las mismas cuando se le juntan con el torso, no sé si me explico.
Tengo que reconocer que más que gustarme, yo lo que quería es ser Mats Wilander. Lo he escrito bien. No quería ser como Mats Wilander, sino ser él. Vamos a ver, en mi mundo ideal, yo sería sueco, muy alto y muy delgado y tendría mucho pelo rubio, rizado y largo. Barbita rubia de tipo, pues eso, sueco. Ojos claros, un punto hippy. Sólo un punto. Pero no. Tenía que nacer castellano. Con algo de mezcla, pero mesetario puro. Así que me tengo que conformar con admirar a distancia todo lo sueco, empezando por las piernas de Mats Wilander.
Mucha fantasía me monté en mi cabecita con Wilander a lo largo de los años 80, cuando ganó no sé cuantos torneos del Grand Slam y era lo más del mundo tenístico. Aunque me di cuenta poco a poco de que no era tan rubio. Ni tan alto (más o menos como yo... y yo no me tengo por mi ideal de altura). Siempre le quedaban las piernas. Y que es sueco, claro. Pero empezó a no bastarme, y ello coincidió con su decadencia deportiva. Es una pena, cuando eres joven los mitos deportivos parecen eternos, al hacerte mayor te das cuanta de lo rápido que caen y se van sucediendo unos a otros.
De momento, no he visto ningún otro que tenga unas piernas, o un culo, como Mats. Pero todo es cuestión de seguir esperando, que prisa no tengo. Bueno sí, tengo prisa de que vuelva la moda de los pantalones de deporte cortos y algo ceñidos. No puedo con los de corte pirata. Es como las chanclas. Me supera.
Stanwyck, lectora de este blog y uno de mis mejores amigos, ha empezado un blog, que se llama "He visto más de lo que recuerdo". Pongo un enlace aunque ya lo he incluido en mi lista de favoritos.
Recomiendo fervientemente su lectura y no ya sólo porque sea amigo mío (la verdad es que me sabe a poco definirlo como amigo, es mucho más que eso pero no sabría describirlo con palabras) sino porque desde su primera entrada ya promete, y mucho. Yo me dediqué en primer post a balbucear y listar lo que me gusta y lo que no, como hacemos casi todos. Él, ni más ni menos, escribe sobre el momento en que nació su conciencia. Y encima nos regala una canción de Nino Bravo.
Stanwyck y yo compartimos muchas cosas pero en realidad somos muy distintos. A los dos nos gustan los hombres, pero de tipos casi diametralmente opuestos. Fuimos juntos al gimnasio de cincuentones del que ya he escrito durante un par de años, pero mientras él es atlético yo voy arrastrando lorza. Los dos somos nómadas, pero yo huyo y él busca. He conocido pocas personas con una vida tan rica, tan envidiable (que ya va asomando en el blog), con tanto corazón y tanta generosidad.
En una palabra, que hay que leer su blog, de intrigante nombre, y alentarle a que no lo deje. Yo intentaré copiarle lo menos posible, pero me va a resultar difícil.
Doy comienzo a una nueva serie en este blog. Como el nombre de esta entrada indica, voy a ir desgranando los nombres de mi panteón particular de mitos eróticos.
Es difícil describir lo que entiendo por mitos eróticos. No me estoy refiriendo a personas, más o menos conocidas, que me producen un deseo automático de acostarme con ellas, aunque ése puede ser un criterio. Voy a enumerar y describir hombres, mujeres, parejas e incluso tríos, todos (medianamente) famosos, que por algún motivo han suscitado en mí y en algún momento una curiosidad de tipo sexual, erótica o afectiva. Es posible que lo hayan hecho por su estilo, como Jermaine Stewart, por su voz y la paz que transmite, como Christine Schäfer, por sus piernas interminables, como Sylvie Vartan, o por sus pectorales de acero como…. Mejor no doy más pistas.
Quien haya seguido este blog ya habrá leído algo sobre muchos de mis favoritos y favoritas. Procuraré ser lo menos repetitivo posible y no me extenderé hablando de aquéllos sobre quienes ya he escrito. Añadiré mucho humor (por favor, que nadie se tome esto demasiado en serio) aunque siempre habrá un punto de verdad en lo que digo, en todos los casos habré tenido un momento de debilidad por la persona, o personas, sobre quienes escribo, por increíble que pueda parecer. Llevo unos días trabajando sobre una lista, pero en ningún caso está cerrada. Y animo por supuesto a mis queridos lectores a que den su veredicto, siempre acertado, sobre mis seleccionados, y a que sugieran posibles nombres, a la vista de mis gustos, que pudiesen engordar la lista.
Hago una advertencia final: evitaré los nombres más típicos, las mujeres y hombres más deseados. No estarán Ava Gardner ni Rock Hudson, tampoco Matthew MacConaughey ni Jennifer López. No incluiré a Marlon Brando (al joven desde luego no, pero quizá al mayor sí) ni a Uma Thurman, mujer perfecta. Todos ellos me gustan y erotizan, y mucho, pero mi intención es, salvo excepciones, huir de lo que nos gusta a todos y, fiel a mí mismo, reunir un grupo que sea mezcla de caspa y glamour en igual medida, refinamiento de Hollywood y España cañí a partes iguales.
Lo más curioso es que quienes me erotizan de verdad, aquellas personas por quienes en ocasiones siento un deseo súbito, los verdaderos mitos eróticos que se ven pero nunca, jamás se tocan, son siempre extraños, hombres (y mujeres) anónimos que me cruzo por la calle, en aeropuertos, por Madrid o en alguno de mis viajes. Y siempre es un olor, un color, la textura de una prenda de ropa, un peinado, un sonido, o (¿por qué no admitirlo?) un buen culo lo que me atrae de ellos. A todos esos mitos eróticos anónimos y a todos mis fieles lectores, de quienes espero muchos palos y a quienes espero proporcionar muchas risas, estarán dedicadas todas las entradas que escriba en esta sección.
"I was faced with a choice at a difficult age Would I write a book or should I take to the stage But in the back of my head I heard distant feet Ché Guevara and Debussy to a disco beat"