lunes, 12 de enero de 2009

Flamígeros, cometas y locas

Habia pensado en titular esta entrada "Gaza", pues de Gaza es de lo que trata, pero a la vista de la situación tan espantosa y desesperada que hay allá, he decidido aligerar el título.

Es difícil escribir o hablar sobre la situación en Gaza, o en Oriente Medio en general, sin caer en pasiones, toma de posiciones políticas o definiciones de principios, algo que a mí me gusta evitar siempre. A mí, como a todos, se me parte el alma al ver lo que está ocurriendo en toda la Franja, ver cómo mueren personas inocentes, cómo se les impide salir de ese ingente campo de concentración, cómo no se permite ni siquiera la entrada de la ayuda humanitaria que necesitan para poder sobrevivir. Pero también sé de sobra que los parámetros en juego son mucho más complicados que los de "buenos" contra "malos". Tampoco tienen culpa de nada los habitantes de Ashdod o Ashqelon, al sur de Israel, donde cae diariamente una lluvia de misiles caseros lanzados por milicianos de Hamas desde Gaza. Lo sé, no es lo mismo, pero el derecho de unos y otros a vivir en paz sí es igual.

Precisamente porque le tengo simpatía y cariño al Estado de Israel, que conozco bien, me duele especialmente lo que está haciendo en este momento. No creo que con esta ofensiva militar sin sentido vaya a obtener ningún objetivo a corto plazo (los misiles seguirán cayendo, quizá con más insistencia, sobre Ashdod y Ashqelon), ni tampoco a medio o largo plazo, pues como decía Vargas Llosa en el artículo que publicaba ayer El País, el odio y el rencor sólo generan más odio y más rencor. Israel no parece darse cuenta de que, aunque el 90% de los israelíes aprueba la ofensiva, el 90% de la población mundial la deplora. Tampoco parece preocuparle, y a la vista de la historia del pueblo judío debería hacerlo y mucho, que se hable de genocidio palestino, que se le atribuyan prácticas nazis, que nazca en todo el mundo un fuerte sentimiento anti-israelí que puede tornarse en anti-semitismo con una facilidad pasmosa.

Israel es, o quizá debería decir fue, un país admirable, que supo hacer florecer el desierto, que supo aprovechar la ayuda exterior para desarrollarse sin permitir corrupciones, que supo hacer renacer una lengua, el hebreo, que había desaparecido, que supo convertir en Estado un sentimiento de comunidad, de unidad entre todos los judíos. Todo esto parece haber desaparecido: ya no quedan apenas kibbutz, la corrupción política y económica es moneda común, los fundamentalismos religiosos ashkenazi y sefardí dominan la vida política, el campo de la paz, ése sobre el que escribe Amos Oz, parece haber menguado hasta la inexistencia, la continua negación de derechos a los palestinos y los "asesinatos selectivos" que acaban con vidas de inocentes son injustificables. Y la masacre que el ejército israelí está llevando a cabo en Gaza, aprovechando los últimos días de la presidencia de Bush, sólo para recordar que siguen siendo el chico más bruto y más fuerte del patio, no hace sino confirmar los peores temores de aquéllos que, como yo (cada vez más solos) seguimos defendiendo la democracia israelí. Nos hemos quedado sin argumentos.

Siempre me gustó Gaza. Estuve allá en bastantes ocasiones, por motivos de trabajo, a mediados de los años 90. Entonces parecía que vivíamos años difíciles para la región, pero comparado a lo que ha venido después me doy cuenta de que fueron excelentes. Aún estaban calientes los acuerdos de Oslo sobre paz en Oriente Medio. Aún había esperanza en la Autoridad Palestina (sí, ésa misma que, parapetada en la comodidad de Ramallah, no hace nada por sus primos de Gaza, del mismo modo que ningún país árabe, ni uno solo, ha hecho nunca nada por el pueblo palestino salvo gritar, criticar, censurar, deplorar, lamentar, sin mover un dedo, no vaya a ser que les quiten sus tronos o sus subvenciones; tras la primera guerra del Golfo, en 1991, ¿qué fue lo primero que hicieron los gobiernos de Kuwait y Arabia Saudita?: expulsar a los palestinos). A diferencia de Cisjordania, y con la excepción de los pocos asentamientos israelíes que había entonces en la Franja, Gaza era un lugar sin ocupación militar, y ello lo hacía mucho más agradable que otras ciudades palestinas, donde se sentía mucha más tensión o se vivía directamente la ocupación, como en la propia parte oriental de Jerusalén.

Quizá la tranquilidad que se vivía entonces en Gaza se debiera a la presencia del mar, que todo lo calma, o a la vegetación, que en primavera, cuando florecían los flamígeros (o "flamboyants", qué nombre tan PSB), hacía que todo se volviese de color rojo bermellón. O quizá la tranquilidad se debiese a los niños, que están por todas partes, deambulando entre páramos sembrados de bolsas de plástico de colores y haciendo volar sus cometas, de indudable fabricación casera. Si hay una imagen de Gaza que tengo clavada en la memoria es la de las cometas al viento, frente al cielo azul, bajo un sol siempre de justicia. Ese mismo sol que se pone sobre el Mediterráneo, tiñiendo el agua de rojo. El mismo rojo de la flor de los flamígeros. El mismo rojo de la sangre.

Otro recuerdo que nunca olvidaré fue el de una ocasión en que, conduciendo por la calle principal de la ciudad de Gaza, un compañero de trabajo y yo nos paramos en un cruce de peatones. Por delante de nosotros, entre niños, mujeres con la cabeza y la cara cubiertas y hombres sin rumbo concreto, pasó un tipo joven, de unos treinta y pico años, con su media melena ondulada y el bigote de rigor de todos los hombres palestinos. Llevaba puestos unos pantalones blancos algo acampanados, bastante apretados, una camisa rosa fuerte con el cuello abierto unos cuantos botones, zapatos con tacón cubano y algo de alza y un bolso rojo de mujer colgado del hombro. Cruzó la calle contoneando las caderas y cuando pasó delante de nuestro coche me pareció adivinar que llevaba sombra de ojos y colorete. Mi compañero de trabajo gritó "¡Vaya pedazo de maricón!". Yo estaba entonces en la etapa de plena aceptación de mi mismo, de reconciliación con mi sexualidad, de salida del armario, y le contesté, en el mismo lenguaje chusco que él había utilizado, "no creo que hayas visto a un tío con más cojones en toda tu vida". Porque ser una loca y salir a la calle en Gaza haciendo gala de ello, sin miedo a lo que te pueda ocurrir, es tener valor. Me pregunto que será de él. Espero que esté donde esté sea feliz. Que es lo mismo que les deseo a todos los ciudadanos de Gaza y de Israel, que algún día se darán cuenta de que están obligados a vivir los unos con los otros y a entenderse.

Ojalá acabe todo esto lo antes posible.

5 comentarios:

Stanwyck dijo...

No sé cómo lo que están haciendo conduce a un Israel con fronteras reconocidas y seguras y en paz con sus vecinos.
Sin embargo, no es de eso de lo que quiero hablar. Entre mis mejores recuerdos de Haití, están los flamígeros en flor y, en abril, que es la época de las cometas -muchas hechas de bolsas de pláscticos-, el cascabeleo de los frutos secos del flamígero, al ser movidos por el viento.
Son unas imágenes de la belleza y la alegría, entre la miseria y deseperación.
Siempre queda la esperanza, dicen, pero "siempre" es demasiado tiempo. ¿O no?

Polo dijo...

Cómo he disfrutado tu artículo. Hay un peligro de anitsemitismo que sobrevuela el pensamiento más o menos oculto de "Los palestinos son buenos (o pobreticos) y los israelíes son muy malos".

El Estado de Israel ha sido admirable. Y está rodeado de enemigos, lo que no le da derecho a masacrar.

El señor Arafat murió millonario y sus seguidores no es que hayan sido paladines de la paz precisamente.

Y es verdad que se han dado expulsiones de palestinos, sobre todo, en Jordania.

Permíteme la simpleza de decir que la guerra es mala venga de quien venga y en cualquier grado en que se practique.

theodore dijo...

Ya hace rato que se han dado cuenta de que tienen que convivir y respetarse. Otra cosa es que quieran aceptarlo. Yo no soy nada optimista, como mucho puede llegar un alto el fuego forzado por la situación o la ¿presión? internacional (habría que matizar mucho eso de la presión), que es lo que se masca estos días. Pero el odio está instalado cada vez más fuertemente, y eso es algo que ninguna resolución ni tratado pueden arreglar.

Pandora dijo...

No voy a entrar en profundiades politicas.
Maravilloso el cuadro de Gaza. nunca la habría imaginado asi, el rojo de los flamboyants , había tantos en Bangkok... ( quien es PSB, por cierto) el azul del cielo, el Mediterráneo, los niños y las cometas. Es un cuadro, de un Sorolla palestino.
La escena del tipo con los pantalones acampanados y la camisa rosa fuerte es magistral y enternecedora.
Esa es la imagen que me gustaría tener del mundo arabe. Pero la real esta muy lejos de esta. Por eso estoy de acuerdo : el tio con más cojones del mundo. Si hubiera más así...

Breckinridge dijo...

En el mundo árabe hay muy pocos cojones, tú y yo lo sabemos bien. pocos refranes son más ciertos que el "dime de qué presumes...".

De verdad que me gustaba mucho Gaza, porque había una promesa, posibilidades de futuro. Seguro que era por el Mediterráneo, pero también los niños y los colores. Sorolla, como tú dices. Había vida. No he vuelto desde entonces, imagino que estará destrozado e irreconocible.

PSB son los Pet Shop Boys.