domingo, 6 de julio de 2008

En Londres

Viaje relámpago a Londres, por trabajo. Viví en Londres, conozco bien la ciudad y no la echo mucho de menos. En parte porque nunca he dejado de volver, en parte porque no echo de menos ninguno de los sitios en que he vivido, y en parte porque no me gustaría volver a vivir allá, al menos ahora. Hay cosas de Londres que me vuelven loco: la sinfonía de grises en el cielo y la sinfonía de verdes en los parques (los británicos han ganado a su mala climatología con el arte de la jardinería). Los hombres y las mujeres de la City, vestidos impecablemente. La mezcla de lo antiguo y lo moderno. Los taxis. El inglés bien hablado. Los hombres británicos. Hay cosas que no me gustan nada, como la obsesión por lo nuevo, lo moderno, la agresividad de alguna gente, que suele ir unida a una enfermiza relación con el alcohol (como ocurre en toda Europa al norte de París). El inglés mal hablado.

Sin embargo, a pesar de mi falta de nostalgia por mi vida londinense, debería estarle muy agradecido. Y se lo estoy, pues Londres es el lugar donde empecé de verdad a vivir. Si alguna vez me hiciesen el cuestionario de la última página de Vanity Fair y me preguntasen cuándo y dónde he sido más feliz, no tendría duda alguna: en Londres, la primera semana de septiembre de 1998. Aquella semana fue sencillamente perfecta. Aún me dan escalofríos recordándola. Aunque yo sabía que había encontrado lo que quería pero pensaba que no existía, necesitaba ese momento sublime, mi hora exquisita; aquellos días fueron la confirmación de que soy capaz de querer y, lo más sorprendente, de ser querido. Un año más tarde me mudaba a Londres, donde pasé tres años inolvidables, como todos los segundos que han pasado desde que conocí al hombre que me ha dado la única felicidad que he conocido y que ocupa, y ocupará para siempre, toda mi vida y todo mi corazón.

Curioso, no tengo ni una foto digital tomada en Londres.

7 comentarios:

Homo-Sapiensis dijo...

En cuanto a la "city", me parece increible como destino turístico, aunque no viviría allí, mi caracter es demasiado latino y choca con el sajón, pero indudablemente que tiene un gran atractivo cultural... y en casos como el tuyo, esa referencia afectiva que quedará marcada para siempre... y hará que segurmanete tu percibas Londres de una manera muy particular... Gracias por compartirlo y recibe un abrazote

Polo dijo...

Comparto muchas de tus sensaciones evocadas por la capital del Empire.

Es verdad que el inglés se habla muy bien ...y muy mal. Que el alcohol es 'mandatory', que agobia tanta modernidad aunque es lo que más fascina al principio -en nuestra joven ingenuidad-.

Yo tampoco viviría con tanta niebla y tantas prisas. Eso sí: visitas esporádicas para respirar esos parques vivos de verdes y recorrer museos y tiendas de discos...

coxis dijo...

Bonito texto... Bonito saber que uno es capaz de querer y que te quieran... Y acertadísima la descripción de Londres

Homo-Sapiensis dijo...

Ché!... Espero que estes disfrutando del verano. Un abrazo

Breckinridge dijo...

Vaya! dejo un día sin visitar mi propia página y me encuentro montones de comentarios. Muchas gracias a los tres por comentar y por la asiduidad. La verdad es que me gusta mucho Londres, sobre todo los espacios abiertos y las zonas verdes, pero no creo que me apetezca volver a vivir allá, y eso que mi señor esposo es inglés (perdón, británico; bueno, ambas cosas). Como dice un buen amigo, lo bueno de Londres es lo que hay en la ciudad, no tanto la ciudad en sí.

Abrazos a todos!!

Stanwyck dijo...

Creo que Londres es -y se siente- tan grande y hay tantas, tantas cosas dentro, que es imposible no tener sentimientos contradictorios sobre ella. Hay momentos en los que la adoro -por cuestiones fundamentales de mi vida y por cuestiones triviales- y hay momentos en los que no la soporto.
En todo caso, ya sabes que, mientras la tenga aquí, siempre tendréis casa.

Breckinridge dijo...

Gracias Stanwyck, en el fondo el post era una excusa para pillar invitación a tu casa...
Es curioso, cuando vivía en Londres yo era felicísimo, fue al marcharme cuando empecé a sacarle defectos. Al contrario que Madrid, de la que me pasé un año renegando para darme cuenta de que no se está tan mal. Más bien al contrario.
Estuvimos ayer en las Vistillas y entre el atardecer, el pollo frito con mucho ajo, la brisilla y dos brasileños de escándalo que estaban en la mesa de al lado, me encontraba en la gloria.