miércoles, 18 de febrero de 2009

Revolución Soul

A principios de los años 90 se produce una pequeña revolución musical. De repente reaparece el soul. Bajo diversas etiquetas, “Acid Jazz”, “R&B”, la música negra realiza su particular “retour à l’ordre”, aunque no en todos los casos se trataba de intérpretes negros. Se retoman modelos abandonados en los 70, que la oleada pop y rock de los años 80 había sepultado casi por completo. Vuelve a renacer la música puramente negra, que en el fondo había quedado transfigurada, obra y gracia de Michael Jackson (por quien, por otra parte, sólo siento admiración), en pop. De gran altura, por supuesto, pero pop al fin y al cabo.

Antes de acabar la década de los 80 en Gran Bretaña surge algo totalmente novedoso.



Cuando escuché por primera vez “Keep on Movin’” de Soul II Soul pensé que nunca había oído nada semejante. Se produjo esa sensación tan agradable y tan poco frecuente de estar ante algo nuevo de verdad. Y era nuevo, novísimo, con su ritmo electrónico tan lento y sincopado, una ambientación creciente a base de violines (que no sintetizadores) y una voz llena de soul, la de Caron Wheeler. Corría 1989. El artífice de Soul II Soul era Jazzy B, un genio que tras este primer disco (pocos meses más tarde arrasaban con “Back to Life”, mucho más bailable) se retiró a labores de producción. Caron Wheeler inició una breve carrera en solitario y publicó un álbum estupendo, que contenía “Living in the Light”, canción bestial cuyo vídeo además cuenta con la aparición de un rastafari muy, pero que muy macizo que se deja mecer por las olas. Y Obama, que inexplicablemente sale al final. O uno que se le parece.



Los miembros y miembras de Soul II Soul eran todos negros, pero no era ése el caso de todos los grupos de este “nueva ola Soul” británica. La idea de este post me la dio el título de una entrada de Theodore bajo la cual reconocí una canción de los Brand New Heavies, “Dream on Dreamer”.



Aquí hay mezcla racial, una cantante de primera línea, N’dea Davenport (también cantó con ellos Siedah Garret, famosa por un dúo con Michael Jackson) y elementos puramente de los años 70, como las guitarras con efecto “wah-wah” y el vestuario, que parece sacado de Shaft. De los Brand New Heavies fue el último concierto de música “moderna”, por llamarlo de algún modo, al que haya ido, en 1994 en La Riviera. Inolvidable.

De toda la hornada de grupos soul blanquinegros de la época, el más famoso y de carrera más larga es Jamiroquai. La primera vez que escuché “When you gonna learn” pensé que era una canción de Stevie Wonder, de su época Superstition (la única buena), que desconocía. La voz era la misma. Y no, no era Stevie sino un chico de Essex, con mucho soul en las venas, sombreros horrorosos, electricidad en las piernas, un ramalazo ecologista muy marcado y una carrera que duró bastante pero también degeneró con el tiempo. Pero el primer disco, “Emergency on Planet Earth” era una maravilla.



Mucho menos conocidos eran Galliano (nada que ver, creo, con el diseñador), también grupo multitudinario y muy multirracial, pero produjeron una de las mejores canciones de esta época, “Prince of Peace”. No, no está dedicada a Godoy. Y la cantante tiene un puntazo trans. Se parece un poco a Jermaine Stewart, ¿verdad Stanwyck?. YouTube no me deja encamar el vídeo, lo podéis ver pinchando aquí.

El estribillo es absolutamente contagioso y la mezcla de rap y partes cantadas, que ahora es moneda más que común, era de lo más novedoso entonces. A mí de todos estos grupos lo que más me gustaba era la recuperación de instrumentos tradicionales, que en los 80 habían quedado sepultados por los sintetizadores: pianos eléctricos Fender Rhodes, órganos Hammond, mentales y cuerdas auténticos. Con lo que a mí me gustaban los grupos tecno-pop de los 80, a quienes dedicaré una entrada próximamente. De todo se cansa uno.

Dejo para el final a mis favoritas. Americanas y no británicas. Se llamaban Zhané (su primer álbum se titulaba “Pronunced Ja-Nay”, dándole al consumidor la pista para pronunciar el nombre de marras) y eran absolutamente divinas. Es una pena, porque han retirado de Youtube mi favorita de entre sus canciones, “Vibe”, que tenía un vídeo precioso filmado en Nueva York en pleno verano, con esa luz naranja tan agresiva (y tan parecida a la de Madrid). Pero dejo aquí “Hey Mr. DJ”, lo mejor. En su segundo disco, que era más flojo, tuvieron el buen gusto de hacer una versión del Good Times de Chic.



De modo deliberado no he incluido en esta lista a los más divertidos y revoltosos de la clase de los primeros 90, Deee-lite. Mis favoritos. Se merecen una entrada aparte.

lunes, 9 de febrero de 2009

"Oscar Wilde"



Leo en el New York Times una noticia que me llena de pena. La librería “Oscar Wilde”, en Christopher Street, en pleno corazón de Greenwich Village, cierra sus puertas. La noticia no tendía mayor relevancia si no fuese porque es la librería de temática gay más antigua que existe en Estados Unidos (seguro que en Estocolmo o Ámsterdam las hay más antiguas). Abrió dos años antes de la revolución de Stonewall y ahora es presa de la crisis. Nadie compra libros. Nadie compra nada.

Estuvo a punto de cerrar, según el artículo, hace 6 años, salvándose en el último minuto. Es posible que ese primer conato de cierre inspirase un episodio de “Will and Grace”, serie de la que tengo que reconocer que no soy demasiado fan. En fin, en el episodio de marras, Will y Jack se enteran de que van a cerrar una venerable librería LGBT de su barrio y deciden montar una reunión para recaudar fondos con el fin de que el dueño pueda seguir pagando el alquiler y mantenerla abierta. Jack se apunta al tinglado para ligar con un chico que le gusta, y Will es un mar de dudas porque si la librería echa el cierre será sustituida por un mega-gimnasio ultramoderno lleno, sin dudas, de macizos varios. Al final triunfa la cordura y el buen rollo, recaudan el dinero, el dueño se lo agradece pero les dice que eso sólo le cubre un mes, así que al final pasan de todo, dejan que la librería cierre y abra el gimnasio, al que se puntan antes que nadie. No estoy muy seguro de que el final sea exactamente como lo he descrito, pero así es como lo recuerdo.

Siempre es una pena que cierren librerías, ya he dejado escrito que me gustan mucho. Estuve en varias ocasiones en “Oscar Wilde”, la última vez en uno de mis últimos viajes a Nueva York. Mucho Edmund White, algo de Foucault y de Camile Paglia, mucho calendario, el porno discretamente embalado y colocado en estantes. No es mi librería favorita en Nueva York, ni siquiera en el Village, pero como se ve en la foto está en uno de esos rincones tan atmosféricos de la ciudad, de ésos que uno cree que ya no existen.

Una pena que desaparezca. Esperemos que en su lugar, o cerca de donde aún se encuentra ésta, alguien abra otra librería queer. Seguro que no ocurre, a nadie le interesa leer sobre estas cosas. Ni sobre nada, me atrevería a decir. Yo apuesto que lo sustituirá una tienda de ropa de diseño. La enésima de Marc Jacobs en el Village, por ejemplo. O un bar de ambiente, ya sea con o sin cuarto oscuro. U otro restaurante de sushi más. Las prioridades son las que son.

jueves, 5 de febrero de 2009

Guilty pleasures. Sergio Fachelli

Lo siento, Theodore, pero tu idea de los placeres culpables es demasiado buena como para no copiártela, así que, tal como hice con el concurso de canciones de Stanwyck, te lo copio.

Tengo una relación muy especial con mi hermana, a quien adoro. Cuando éramos pequeños compartíamos todo tipo de juegos, secretos, actividades. Nos disfrazábamos, imitábamos, cantábamos, bailábamos juntos. Organizábamos en verano "juegos olímpicos" con competiciones, en las que sólo participábamos ella y yo, de todo tipo: castillos de arena, volteretas, ver quién era más rápido en quitarse el bañador y ponerse otro limpio con una toalla enrollada al cuerpo.

Como pasa siempre, crecemos y abandonamos los juegos y las complicidades. Aunque siempre hemos mantenido una relación de mucho cariño, nuestros caminos han sido dispares y hemos ido cada uno por nuestro lado, con nuestra vida. En los últimos meses, sin embargo, hemos recuperado la cercanía, algo de lo que me alegro infinito. Y aunque ella no lee este blog le comenté una idea sobre la que llevo bastante tiempo trabajando pero que me tiene atascado y no termina de cuajar. Se trata de identificar la canción pop perfecta.

No es fácil, lo puedo asegurar. He ido recopilando montones de canciones, todas ellas pequeñas joyas pop, con el fin de seleccionar cuatro o cinco y hacer un post a ver qué os parece, queridos lectores. Y fue ella la que me recordó esta canción "Quiéreme tal como soy", de Sergio Fachelli. Es lo peor. Pero me encanta.


Es un "placer culpable" total. Me da vergüenza reconocer que me encanta, porque soy consciente de que es lo peor, pero tampoco deja de ser una canción buenísima. Bien visto, además, la éstetica de muy principios de los 80 tiene un punto. No, si al final me reconciliaré con esa década.

El vídeo (sacado de "Aplauso", que en sí mismo es un placer culpable) que he colgado es muy breve, hay otras cosas en Youtube con la canción completa pero sin actuación. De verdad que me encanta la canción, los coros, los arreglos, el sintetizador histérico. La voz no está mal (salvo el falsete, que es criminal). Es una canción que da en el clavo, en mi clavo, porque me trae muchísimos recuerdos, todos inconcretos eso sí. Recuerdos de una etapa de cambio en mi vida, de esperanza en el futuro. Qué absurdo. Debe ser nostalgia, y mira que no me gusta nada ser nostálgico. Desde que encontré la canción en Youtube la he estado escuchando de manera compulsiva.

Seguiré con mis Guilty Pleasures. La búsqueda de canciones pop perfectas, con la que sigo (¿sugerencias?) es un buen camino. Espero que esto no me haga perder lectores.

miércoles, 4 de febrero de 2009

"The Wire"

Hace ya bastante escribí sobre lo que considero que es la edad de oro de la televisión. En los últimos años se han producido muchas series realmente excelentes, explotando un formato que es estupendo para construir historias y personajes. En una película de hora y media no es fácil abordar historias complejas, en una serie de 12 ó 13 capítulos de una hora de duración puedes no sólo hacerlo sino también diseñar historias paralelas, personajes entrecruzados, situaciones que en un largometraje normal no tendrían cabida. En una entrada reciente, Polo le daba un “palo” a la película de no sé cuántas horas sobre el Ché Guevara. ¿Para qué se mete el bueno de Soderberg en un berenjenal semejante? Podría haber hecho una mini-serie para HBO sobre el mismo tema. Se habría llevado Globos de Oro y Emmys en vez de llevarse los palos de Polo y de tantos otros que han dicho que la película es un bodrio. Imagino que existe aún mucha ortodoxia sobre la superioridad de los 35 milímetros frente al uso del vídeo. Yo cada vez soy más escéptico y menos tiquismiquis. Me encanta ir al cine, me gustaría ir más de lo que voy, pero no le hago ningún asco a ver películas en la pantalla de mi televisor. Y mucho menos a ver series completas.



Estoy enganchado a la serie “The Wire”. Tengo sueños diarios sobre la serie. Los Reyes Magos nos trajeron las tres primeras temporadas y las devoramos a tal velocidad que encargamos (¡rápido!) a Amazon la cuarta y la quinta. Realmente te engancha desde el primer momento, aunque es difícil saber por qué. No pasa casi nada en cada episodio. Es lo opuesto a CSI: en media hora hay un crimen, lo investigan y lo resuelven, y de paso te dan lecciones de moralidad, buena ciudadanía y buen quehacer. Ojo, no estoy criticando CSI, que me entretiene bastante (sobre todo la original, la de las Vegas). Pero esto es otro nivel. Como decía, no pasa mucho en cada episodio pero poco a poco se va tejiendo la historia y vas conociendo a los personajes, tanto a los policías como a los traficantes.

Quizá debiera decir que se trata de una historia del hampa de la droga en Baltimore, ciudad cuyo lado “sleazy” yo conocía por las películas de John Waters (y el suburbano también, gracias a “Killer Mom”). “The Wire” presenta en su esplendor el mundo de la droga. Lo más interesante es ver los paralelos entre la policía y el hampa. En realidad yo diría que la serie trata de las jerarquías y la importancia del trabajo en equipo. Hay un momento, por ejemplo, en que los polis descubren el método por el cual los traficantes compran teléfonos móviles desechables sin dejar trazos y se maravillan ante la disciplina del trabajo de los delincuentes.

La serie cuenta con algún personaje fascinante. Omar Little es una especie de Robin Hood que les roba la droga a los traficantes (se supone que para revenderla, aunque tampoco queda claro) y colabora si es necesario con la policía, pero a la vez es un auténtico psicópata que se carga a quien haga falta. El puntazo añadido es que es gay, además monógamo, y se pasa tres temporadas buscando venganza contra el que se cargó a Brandon, su chico, al principio de la serie. Hay pinceladas fantásticas: uno de los policías, el peor de todos, el más canalla y despiadado, es visto de refilón en una escena que trascurre en bar gay en uno de los episodios. Es una temática que no se desarrolla pero sólo con esa pincelada comprendes mejor a un personaje odioso, frustrado, cabrón y vengativo. ¡Ay! el armario, qué malo es.

Hasta la música es fabulosa. La canción de la sintonía está escrita por Tom Waits y cada temporada la interpreta un artista diferente, en un estilo distinto. He dejado aquí los títulos de la cuarta temporada, que es la que estamos viendo estos días. Se nos va a acabar el material en seguida porque vemos como poco un episodio diario y la quinta temporada es la última. Todo lo bueno acaba, como mis mitos eróticos. Qué se le va a hacer.

Altamente recomendable.

sábado, 31 de enero de 2009

Mitos Eróticos: los absolutos

Todo lo bueno llega a su fin. Y todo lo malo también. La serie de mis mitos eróticos va cerrándose. Hoy toca hablar de los absolutos, los que estuvieron, están y estarán en mi panteón de favoritos. Hablo en masculino porque de hombres se trata. Hay mujeres absolutas, por supuesto, pero son demasiado, digamos, evidentes. De las que le gustan a todo el mundo. Y dije al principio que evitaría en lo posible señalar a bellezas sin discusión y me centraría en lugares menos comunes…

Pero no es tan fácil. Si alguien se lee mi perfil verá que entre mis películas favoritas están “Key Largo”, de John Houston, y “Designing Woman” (“Mi desconfiada esposa”, formidable título en español) de Vincente Minelli. Tienen en común que están protagonizadas por la más guapa, la de los ojos más profundos, la de la melena más espesa y bonita. La absoluta.


Cuando filmó KeyLargo, Lauren Bacall tenía 19 años y era ya una mujer hecha y derecha. Intentemos encontrar alguna actriz (o cualquier mujer) que tenga hoy 19 años y que luzca de este modo, en plenitud de su belleza, madura y sin miedo a vivir y expresar sin tapujos su sexualidad.

Muy distinta es mi otra mujer absoluta, más niña, más andrógina, más ambigua y sin embargo irresistible en muchas de sus encarnaciones. Por algún motivo, Holly Golightly (y no, querida Stanwyck, no era un chico, era todo mujer) es un referente femenino para muchos hombres homosexuales, para mí desde luego lo es. Aunque me quedo con la Audrey Hepburn de las películas de Stanley Donen, ya sea “Funny Face” (bajando las escaleras del Louvre con la victoria de Samotracia a sus espaldas) o “Charade”.


Ya lo he dicho antes, me gustan las mujeres hechas y derechas, no las niñatas. Pero me estoy desviando, que yo de lo que quiero hablar es de hombres y como me despiste se me va a colar una foto de Lana Turner en “Imitation of Life”.


Vaya, se coló. Divina, ¿verdad? Perfecta. Pero ya está bien de mujeres. He puesto tres, pues pongo ahora tres hombres. Los absolutos. Mis absolutos. Aquéllos ante quienes me rindo.



Hay algo misterioso en Steve McQueen. Es difícil encontrar fotos suyas en las que sonría, siempre parece estar enfadado, apesadumbrado, siempre parece estar ocultando algo. Me fascina “Bullit”, una película con una banda sonora extraordinaria en la que no pasa casi nada, en el fondo es una excusa para la famosa escena de la persecución de coches por las calles de San Francisco y para que McQueen exhiba todo el cool, que era mucho, que rezumaba por todos sus poros.



Fue un prototipo de hombre moderno cuando ya había terminado la época dorada de Hollywood. Los Rock Hudson, James Dean, Montgomery Clift eran versiones actualizadas de los galanes de las décadas de oro del celuloide. McQueen era el hombre nuevo. Duro pero misterioso. Callado y amante de los coches. Y también, si hacemos caso de los rumores de los años 60, gustoso de darse un buen revolcón con otro tío de vez en cuando. Por variar, imagino. Y ello a pesar de su amor por la guapísima (aunque bastante cursi) Ali McGraw, con quien hacía una pareja estupenda.


Siempre afirmo que lo mío no son los hombres rubios, aunque ninguno de los tres de mi lista definitiva sea moreno. El siguiente, Bruce Willis, me gustaba cuando aún tenía pelo y hacía las aceras chapuceando con Cibyl Sheperd.


Pero me empezó a volver loco cuando dejó de disimular y lució sin complejos, en Pulp Fiction, su bellísimo cráneo calvo.


En realidad lo que me seduce de Bruce Willis es la media sonrisa canalla, la que despliega en todas sus películas, las malas y las malísimas. Es una sonrisa que puede llevar al huerto a cualquiera. Tengo que reconocer que por Bruce Willis he caído en eso que Theodore, en una entrada reciente de su excelente blog, llama "guilty pleasures", secretos inconfesables pero enormemente placenteros. Lo confieso: he visto "Armaggedon" más veces de lo que cualquier persona medianamente decente e inteligente puede y debe admitir. Pero es que me resulta irresistible, qué le voy a hacer, a pesar de su vena patriótico-republicana tan penosa como trasnochada, o a pesar de haber elegido tan mal a sus mujeres (porque Demi Moore ahora tiene un pase pero cuando estaba con Bruce era lo peor). Tiene, finalmente, algo de lo que pocos pueden presumir, y es que está envejeciendo de maravilla.


Termino con mi tercer absoluto, del que sólo pongo una foto. Y eso que hay muchas, muchísimas fotos suyas en internet que cualquiera puede encontrar con un golpe de Google, pero si las cuelgo me cierran el blog, o me ponen un "warning" al inicio, que es algo que no me apetece mucho la verdad.


No soy gran usuario o consumidor de porno (eso decimos todos, ¿verdad?) pero fue en una película porno, llamada "Eruption" y filmada en paradisíacas playas de Hawaii donde descubrí a Dean Coulter, quizá el hombre que más se acerque a mi ideal absoluto. La foto no le hace justicia, no se aprecia su cuerpo esculpido. Ni su culo, que sólo tiene comparación en los de los relieves del altar de Pérgamo, tallados en mármol por artistas griegos que sabían lo que se traían entre manos (y cinceles) hace más de dos mil años. Pero sí se puede comprobar en la foto esa expresión de niño feliz mezclada con el saber hacer de un hombre adulto y experimentado, mezcla que es lo que lo hace, a mis ojos, irresistible. En la escena inicial de la película "Eruption" el bueno de Dean retoza con otro maromo de cuerpo tan imposiblemente bello como el suyo en una playa de arena blanquísima, frente a un mar de un azul inexistente. Hay un momento en que ambos se pasean, cogidos de la mano, por la playa, empalmados o, por decirlo más bonito y como habría escrito Matthew G. Lewis, en pleno vigor de su virilidad, y se besan y abrazan. Es un momento precioso, de una ternura que nunca se ve en el cine porno. Luego se ponen a follar y se acaba la ternura, claro, pero en ese instante previo Dean Coulter es un niño en el cuerpo de un hombre, todo amor y devoción. Buscando fotos suyas para esta entrada leí en algún lugar que hace ya unos años se retieó del cine, se casó con otro chico y montó un negocio de jardinería, que es a lo que se dedican juntos. Que final tan bonito para un chico tan guapo. Espero que le dure la felicidad.

No terminan aquí los mitos eróticos. Hay muchos más. Como dije en la primera entrada los verdaderos son los más anónimos, los que se ven por la calle, en aeropuertos, en restaurantes, en playas, en cualquier ciudad del mundo. Esos que uno ve, escucha o como mucho huele, pero nunca toca. Ya lo decía entonces y lo digo ahora: si se tocan dejan de ser mitos. Y dejan de interesar.

martes, 27 de enero de 2009

Rascacielos


He estado a primera hora esta mañana en una reunión de un tipo al que no suelo ir. Mucho ejecutivo de empresa, de pelo engominado, pulseritas de tela, mocasines con borla y olor a Loewe. A veces se me olvida que existen otros mundos. Y que están en éste. Me sorprende que se me hubiese olvidado que existe este tipo humano, tan común por lo demás en esta ciudad.

Ciudad que resplandecía esta mañana. La foto que he colgado la he hecho con el teléfono desde el cuarto de baño del lugar donde he tenido la reunión y es que la vista me ha dejado anonadado. Siempre me han gustado los rascacielos de la Plaza de España. Casi tanto como detesto las cuatro torres paletas que se elevan en el norte de la ciudad (y que también se veían desde el wc), con una desproporción desmedida y absurda, un encaje pésimo en el tejido urbano y un impacto lamentable sobre la ciudad en su conjunto (me quedé de piedra cuando las vi, como 4 dedos de una mano gigante enterrada, desde los jardines del Escorial; toda la ciudad a escala humana y esas cuatro torres desproporcionadas).

A mí me encanta la constrúcción en altura. Ya he hablado mucho de Nueva York, así que no me enrollo más. Pero me gustan los rascacielos integrados en el tejido urbano, no apartados de todo, algo que no deja de ser un "quiero y no puedo". Todas las ciudades del mundo están llenas de horrores urbanísticos, producto de una mala decisión del ayuntamiento de turno ("vamos a poner una torre de cristal, lo más fea posible, de modo que se vea siempre que te fijes en la torre Eiffel"), de arquitectos malos o de promotores que cambian los planes originales y abaratan los materiales. Pero en otras ocasiones la decisión oficial, el arquitecto y la promotora aciertan.

Pienso que el tiempo ha sido generoso con los rascacielos de la Plaza de España. Ambos edificios están hoy vacíos, uno en rehabilitación, el otro en espera de que sus dueños decidan qué hacer con él. Ya lo estaban bastante antes del inicio de la "crisis", tan anunciada que no sé cómo le sorprende a nadie. Cuando se construyeron, allá por los años 50-60, estaban en pleno corazón de la ciudad y se promocionaron como el colmo de la modernidad. Lo eran, y pienso que lo siguen siendo, a pesar de los detalles neo-herrerianos (que yo antes odiaba y ahora me hacen mucha gracia) del edificio España, el escalonado. Es curioso, me los imagino a ambos en Manhattan, sobre todo en el distrito financiero, conviviendo con torres neogóticas, art-decó, modernas, post-modernas, tardomodernas y neomodernas. Algo que no puedo decir de las cuatro torres nuevas, que me imagino en alguna ciudad china segundona. Tipo Qongqing. Que, por cierto, se pronuncia "Chochín". En qué estaré yo pensando.

sábado, 24 de enero de 2009

Risotto de Habas con Alcachofas

El otro día compré unas alcachofas estupendas, “las primeras de la temporada” según dijo el verdulero. Y esta mañana he comprado unas habas también con muy buena pinta, muy de principio de primavera. A mí me enloquecen todas las verduras y las alcachofas y las habas están en lo más alto de mi lista. Es curioso, he escrito poco de cocina en el blog, prácticamente nada, y comer es una de las cosas que más me gusta y cocinar es una de las cosas que me une a mi chico. A los dos nos encanta hacerlo y nos turnamos en las faenas culinarias. Él es un cocinero natural y realmente fabuloso, yo sólo hago dos o tres cosas pero procuro que me salgan bien.

Pues con las alcachofas y las habas he hecho hoy un risotto que me ha salido riquísimo y he decidido contarlo aquí. Yo aprendí a cocinar de mi madre, por lo que no mido ni cantidades ni tiempo, lo hago todo a ojo (de ahí las catástrofes que ocurren en ocasiones). Pero hoy me ha salido todo bien. Os cuento la receta de mi risotto de habas con alcachofas, espero que guste.

En una cazuela he puesto una cucharada de grasa de pato (cardio-saludable y de sabor espectacular) a fuego medio. Una vez caliente he puesto a rehogar una chalota y media muy picada. En seguida he añadido un puñado de taquitos de jamón ibérico. De nuevo grasa cardio-saludable (nota: tengo el colesterol alto, imagino que se me nota, me cuido pero no renuncio a casi nada). Después he añadido las habas, unos dos puñados, bien peladas aunque al ser muy tiernas no pasa nada si se deja la piel interior. Las he rehogado muy poco, justo para que tomen un poco del sabor de la grasa, la chalota y el jamón, y en seguida he añadido el arroz, que también he rehogado, subiendo un poco el fuego. He utilizado arroz italiano de tipo arborio, que me gusta más que el carnaroli que es algo más largo. También se puede usar arroz de calasparra o bomba para el risotto pero ojo, éstos se ablandan antes.

Pues ya tenemos la práctica totalidad de ingredientes sólidos en la cazuela, así que sólo queda el líquido. Lo primero, un vaso pequeño de vino blanco, que dejamos reducir aprovechando que el fuego sigue algo más fuerte. Para mí, el vino es el secreto del buen risotto, junto al removido constante. He usado vino de cocina pero tentado he estado de usar el que tenía en la nevera para comer. Luego os cuento cuál es. Una vez absorbido el vino y todo bien removido, bajo el fuego y empiezo a añadir cucharadones de caldo, que tengo hirviendo en otra cazuela. Nosotros hacemos el caldo de pollo y verdura en casa y lo congelamos, no supone mucho trabajo y es mucho mejor que el comprado y además no tiene mucha sal. Algunos caldos comprados son buenos, pero suelen tener muchísima sal y te pueden destrozar un plato (y la tensión arterial).

Y ya todo es cuestión de remover el risotto continuamente mientras se añade caldo poco a poco, hasta que el arroz tenga la consistencia adecuada. Hay que parar cuando está algo durito porque se termina de hacer ya fuera del fuego. Y en cuanto se quita del fuego hay que añadirle la “mantecata”, es decir una cucharada de postre de mantequilla y una buena cantidad (al gusto) de queso parmesano rallado (grasas no saludables: aquí sí conviene que todo sea de muy buena calidad, sobre todo el queso, no hay color entre el rallado en casa y el comprado en bolsa, que hay que desterrar de la nevera). Se salpimienta y se mezcla todo muy bien, comprobando que la mantequilla está derretida y repartida, se cubre la cazuela con un paño húmedo y se deja reposar el arroz unos cinco minutos.

No he contado que al mismo tiempo que preparaba el risotto iba haciendo las alcachofas. He utilizado dos. Se quitan las hojas exteriores, se pela bien el tallo (dejándolo eso sí tan largo como sea posible), se cortan por la mitad, a lo largo, y cada mitad en dos o tres “gajos”. Se frotan bien con medio limón, se dejan en un recipiente con el zumo del otro medio limón (para que no ennegrezcan ni amarguen). Las he frito en una sartén con un poco de aceite de oliva virgen, primero a fuego muy lento (mi madre decía que había que cocerlas en aceite, pero yo prefiero usar menos aceite, sobre todo para un plato como éste, que ya lleva bastante grasa animal) y cuando están hechas se les da un golpe de fuego fuerte para churruscar las hojas exteriores.

Pues ya estamos. Se sirve el risotto en el plato y por encima se ponen las alcachofas fritas dejando que caigan unas gotas del aceite de oliva. Para los más queseros, se puede poner un plato con más parmesano rallado. Y ya está listo para comer. ¡Ah!, el vino. Las alcachofas casan mal tanto con vino blanco como tinto, pero el sabor algo metálico de la uva verdejo les va bien. Hemos tomado un Finca La Colina, de Rueda, 100% verdejo. Hay otro, que a mí me gusta más, que tiene mezcla de verdejo y sauvignon blanc, pero no lo tenían en la tienda. No importa, iba bien con el risotto, que estaba buenísimo.