jueves, 19 de junio de 2008

Living a celebration

Dedicado a Joel Derfner
Hallábame yo sudando como una perra, montado en la elíptica en mi permanente y estéril lucha contra la lorza. Yo no era el único que luchaba: desde mi iPod, Sylvester, Jocelyn Brown, Eartha Kitt y Sister Sledge también intentaban imponerse al insufrible Ibizamix 1994 que tronaba como música ambiente en el gimnasio. Mientras me desgañitaba al grito de "You make me feel mighty real", me afanaba en controlar todos los indicadores de la máquina infernal –tiempo transcurrido, vatios de potencia, velocidad, frecuencia cardiaca, nivel de esfuerzo y, sobre todo, calorías quemadas- y le echaba un vistazo, como cada tarde, al paisaje humano a mi alrededor. Curioso paisaje, mezcla casi por mitades de cincuentón con barriga que habla (sobre todo de fútbol y cotizaciones de bolsa) más que corre y de chicas delgadísimas con una predisposición innata hacia la tortura del glúteo propio. No falta algún musculoso con mal disimulados problemas capilares, muy macho él, por supuesto, aunque sospecho que el esfuerzo salvaje y el cincelado de abdominal que he notado en las últimas semanas apunta al deseo de una aparición descamisada en el Orgullo, con toda seguridad a bordo de la closet-carroza, eso sí. Como siempre, pululan los monitores, casi todos jóvenes, guapos, buenorros y descerebrados, siempre sumidos en un aburrimiento terminal, salvo la profesora de spinning y sus glúteos marmóreos, que siempre va con la sonrisa profesional puesta (¿Se puede uno operar la sonrisa para hacerla permanente? Viendo a esta impresionante mujer me lo pregunto). Más allá, corriendo en la cinta, está el policía joven y guapo, que antes venía con su amante, el policía mayor, pero ahora viene solo; un día, hará un año o así, me sonrieron en el camino a las duchas…. ¿Habrán roto? (Stanwyck, fiel lectora, sabes de quien hablo, seguro que lo recuerdas, me refiero a ése que yo siempre digo que nunca presentaría a mi santo esposo porque de hacerlo me quedaría más solo que la una en un nanosegundo). Bueno, tengo que reconocer que lo de que es policía es pura imaginación calenturienta, como lo del amante mayor, que a lo mejor es su padre. Pero lanzar la imaginación al vuelo le permite a uno no desesperarse viendo como el tiempo pasa lentamente y en proporción inversa al aumento del cansancio mientras el gasto de calorías no sube lo que uno desearía y sin embargo la frecuencia cardiaca se dispara. Cosas de la cuarentena. O de los malos genes. Eso, mejor echarle la culpa a los genes.

He olvidado comentar un detalle de mi relato gimnástico que tiene importancia de cara al desenlace (por si no te habías dado cuenta, querido lector, te estoy narrando una historia verídica acaecida hace pocos días). Tengo un hábito encantador, que a todo el mundo enamora. Cuando me hallo en pleno esfuerzo me suelo poner a cantar a grito pelado la canción que suena en mi iPod. Alguna virtud tengo, pero reconozco que cantar no es una de ellas. Y eso que de pequeño, como Almodóvar, era solista en el coro del colegio y cantaba el Ave María de Schubert con gran sentimiento y dedicación. Un día de éstos tengo que escribir sobre mi educación musical. Las hormonas me pasaron una mala jugada y el cambio de voz de la adolescencia me convirtió en un gallo afónico. La grandeza de los cascos del iPod es que consiguen que me crezca y cante con la potencia y afinación de Mónica Naranjo. O eso me parece a mí. Al principio los cincuentones y las chicas delgadísimas me miraban raro cuando me ponía a berrear "Somebody else's guy" o "Left to my own devices", pero en algún momento decidieron que era gracioso y ahora me dan por imposible y siguen a lo suyo, ya sea la cotización de Metrovacesa o el abductor mientras yo entono, en falsete prodigioso, lo de "Ah, ah, ah, ah, staying alive, staying alive". Sólo los nuevos abonados y recién llegados se sorprenden, pero no dicen nada al ver que nadie se extraña. Bueno, un día me puse el Monja Jamón de Almodóvar y MacNamara y no me corté al cantar mi estrofa favorita "¡Esto es una Monja! Travestí ¡Esto es un Jamón! Travestón ¡Esto es una Monja! Maricón". Recibí miradas de reprobación. De hecho, el simpático y parlanchín gordito calvete (el cincuentón que en realidad, según le vi teclear en la elíptica, para gran satisfacción de mi ego, tiene 38 años) dejó de contarme el rollo de su BMW durante el resto de la semana, pero a los pocos días volvió a hacerlo, habiéndose dado cuenta de que sé escuchar, o por lo menos lo parece, y la gente que escucha no abunda - ¿lo ves, querido lector? alguna virtud tengo.

Regreso al inicio. Hallábame yo sudando como una perra, montado en la elíptica en mi permanente y estéril lucha contra la lorza, cuando como una exhalación entró en la sala de cardio y musculación de mi gimnasio la más rutilante estrella de nuestro firmamento musical y catódico. Ganadora de OT. Cenicienta del pollo asado convertida en la Aretha Franklin de España. Gran esperanza blanca en Eurovisión que nos hizo vivir una celebración europea. Y adorada y admirada por todos, por su voz, su naturalidad, simpatía y candidez, por su éxito y su fracaso y por su espectacular transformación de obesa mórbida sin remedio a chica delgada y con tipazo. Lo digo como lo vi. Delgada, muy delgada y con un tipo envidiable. Como yo iba a lo mío, no presté demasiada importancia inicialmente a su presencia, que sin embargo causó un gran revuelo en la sala, pues nunca antes la habíamos visto. No oculto que mi primer pensamiento al darme cuenta de quién era fue para mi maltrecha cuenta corriente. No me puedo permitir un gimnasio tan caro. En estos tiempos de incertidumbre profesional que me amenazan (¡Qué pesadito estoy con este tema! Prometo intentar no insistir) me doy cuenta de que vivo muy por encima de mis posibilidades. Y no puede ser. Mi segundo pensamiento fue hacia todas las bolsas de patatas fritas que me he comido en mi vida y que nunca debieran haber encontrado el camino hacia mi aparato digestivo. Lo confieso, son muchas. Demasiadas. Las odié y me odié. "Necesito un cambio", me dije. Así que tras la media hora reglamentaria de elíptica, me fui a la zona de aparatos de musculación.

Encontrábame yo minutos más tarde dándole al pectoral, con cambio de banda sonora de fondo. Como todo el mundo sabe, la mejor música para acompañar el ejercicio pectoral (homo-obsesión donde las haya) es Britney Spears, así que me puse, a volumen adecuado, sus grandes éxitos. Que no sólo de kd Lang vive Breckinridge. Entre la máquina de pectorales y la pared de espejo está la barra alta para hacer dominadas. Y dominadas hacía la estrella pop, una tras otra, ante la mirada del guapo entrenador personal que no se sabía muy bien para qué estaba, porque ella se bastaba y sobraba solita. Fue entonces cuando pude mirarla, y admirarla. Hacía las dominadas como si nada y cuando acababa cada serie se marcaba unos estiramientos de brazos dignos de una profesional. Menudos brazos. Bien torneados, fuertes pero sin exceso de definición, femeninos. Es una mujer alta y de estructura fuerte, de eso no hay duda. Lo que kd Lang (¿creíais que os librabais? pues no) llamaría, con lascivia, "big boned girl". Mira, un bonito dúo podrían hacer las dos, se lo voy a proponer si es que la vuelvo a ver. Me fijé mucho: la tripa, lisa. Buen culo, ni mucho ni poco. Piernas delgadas y fuertes. Excelente estilismo, al menos el corte de pelo, perfecto por donde lo mires. Luego está el arreglo de los dientes, algo que ni el endocrino ni el gimnasio solucionan pero un buen dentista sí. Hombre, por sacarle algún defecto tengo que reconocer que marcaba "camel toe" –me da vergüenza escribirlo en castellano, por si alguien no sabe qué es he puesto un enlace-, pero eso es perdonable cuando se lleva ropa de deporte ajustada.

En fin, yo seguía con Britney y el pectoral y ella con las dominadas. Me fijé que a su derecha, frente a la pared de espejo, estaba una de las chicas delgadísimas, la más delgada de todas, la que más se trabaja el glúteo, la pierna y los tríceps, y me di cuenta de que, mancuernas en las manos, miraba, a través del espejo (del mismo modo que yo contemplaba toda la escena) a la estrella rutilante y a su nuevo cuerpo, conseguido con un esfuerzo brutal que todos reconocemos porque sabemos cómo era antes. Y la chica delgadísima la odiaba con todas sus ganas, el reojo de su mirada lo decía todo. Me resulta imposible saber por qué la odiaba, sobre todo porque no es posible odiar a una mujer que irradia tanta felicidad, simpatía y seguridad en sí misma. Pero quizá es por eso por lo que la odiaba, porque si bien nunca llegará a estar tan esquelética como ella, la chica delgadísima se daba cuenta de que el gimnasio y la dieta, aunque ayudan, no te dan ni felicidad, ni simpatía ni seguridad en ti mismo, ni harán que todo el mundo te admire, te respete y te quiera.

Justo cuando yo estaba terminando el pectoral y me marchaba a machacarme el abductor (algún día alguien me tendrá que explicar el significado de que disfrute tanto con el dolor de abductores, estoy totalmente enganchado), Britney y yo nos pusimos a cantar a grito pelado –al menos yo- eso tan lindo de "Oops! I did it again, I played with your heart and got lost in the game" y Rosa (porque de Rosa se trata) se dio la vuelta y me sonrió con cariño al escuchar mis berridos. Su sonrisa me decía: "Tú de niño has cantado muy bien". Me sentí halagado y reconocido y en mi humildad vocal le sonreí de vuelta con un leve sonrojo que se mezclaba a los chorros de sudor que caían por mi cara y empapaban mi camiseta verde oscura. Más tarde, en la ducha reparadora, caí en la cuenta de que a lo mejor su mirada dulce en realidad me estaba diciendo "Bonita, cierra el pico que cantas como el culo". Pero no me importó, pues pocas miradas de mujer me han derretido como lo hizo la suya. Fíjate, creo que sólo la supera Antonia dell'Atte. Porque una vez, hace un par de lustros, coincidí en una cena en Roma con Antonia dell'Atte. ¿Ah, que todavía no lo he contado?

viernes, 13 de junio de 2008

Primavera

Estos últimos días se ha producido un fenómeno poco habitual. A eso de las siete de la tarde se ha puesto a llover sobre Madrid (al menos en la zona donde trabajo) mientras seguía brillando el sol. Han sido chaparrones cortos, intensos, que han hecho que salga, aunque tenue, el arcoiris.

Creo que ya lo he escrito en estas páginas: me encanta la lluvia, sobre todo cuando cae en primavera o verano, cuando los árboles están cargados de hojas. Lo reconozco, es fácil que a uno le guste la lluvia cuando vive en Madrid, donde llueve más bien poco. Cuando viví en Londres tuve momentos de hartazgo de tanta nube, tanta lluvia, tanto gris, pero aquí me encanta. La plaza donde vivo, que como un imán atrae a mucha gente, se vacía con la lluvia y se transforma de nuevo en el lugar íntimo y recogido que tanto me atrajo y que me hizo querer vivir aquí.

Lo realmente bonito es comprobar que estamos teniendo -o quizá debiera decir que hemos tenido- una primavera de verdad. Con frío, calor, lluvia, sol y viento. Impredecible. Habíamos perdido la primavera en Madrid, pasábamos del frío al calor en un día, y llevamos dos años en que ha vuelto. No voy a ocultar que me encanta. Soy más de invierno que de verano, pero soy sobre todo de otoño y, ahora que vuelvo a saber qué es, me doy cuenta que soy de primavera. A pesar de que en este momento no me van especialmente bien las cosas, disfruto de los árboles cargados de hojas jóvenes, los parques y hasta los descampados cargados de flores silvestres, el chaparrón cálido que te pilla desprevenido, el arcoiris a la salida del trabajo. Quizá el cambio climático nos haya traído, al menos a Madrid, de nuevo la primavera.

Recuerdo que hace muchísimos años, cuando aún viajaba a lugares exóticos, viví una anécdota graciosa. Estaba en Borneo, en plena jungla. Teníamos que tomar un pequeño barco, tras nuestra marcha por la selva, para volver al poblado donde pernoctábamos. Diluviaba y lucía el sol a la vez y un arcoiris brillante destacaba sobre las nubes oscuras. Una mujer menuda, vestida con ropa modesta, llena de color y de dignidad, discutía con el patrón, por llamarle algo, del barquito, que paró el motor. Otro pasajero, que hablaba inglés, nos contó que la mujer se negaba a seguir el viaje porque no quería pasar por debajo del arcoiris. Al parecer, decía, su marido pasó una vez bajo un arcoiris y desde entonces sufría unas migrañas tremendas. Se negaba a sufrir la misma suerte. Tuvimos que esperar. Acabamos calados hasta los huesos pero luego escampó, salió el sol y llegamos sequitos. A mí me gustó tanto la historia de aquella mujer que decidí creer que se puede pasar bajo un arcoiris, que no es sólo una ilusión óptica, sino una puerta a otra dimensión en la que a unos les dolerá la cabeza y a otros, más optimistas, se nos abrirán nuevas posibilidades.

domingo, 8 de junio de 2008

k.d.lang - Shadow And The Frame

Esta canción me tiene totalmente enganchado.

martes, 3 de junio de 2008

Perfiles fantasmas

Como estoy algo postrado por una gripe muy inoportuna, he encontrado tiempo para ampliar mi perfil de bloguero, es decir el de Breckinridge. Ahora lo releo y me doy cuenta de lo ridículamente incompleto que es, aunque tiene la ventaja y la virtud, eso sí, de haber sido espontáneo, y por lo tanto honesto, pues lo escribí de un tirón.

Es curioso. Los perfiles son más importantes de lo que uno cree, yo al menos me leo y releo los de los blogueros que me gustan, buscando puntos de encuentro, gustos comunes o (lo que más placer me da) horrores varios (jejeje). Lógicamente, uno es sufientemente maduro (léase mayor) como para no darle demasiada importancia a estas cosas, pero hay que dar suficientes detalles para que los lectores se den cuenta de cómo es uno. Al menos un poquito.

He incluido, sorprendentemente, muy poco cine musical entre mis películas favoritas y he olvidado por completo "Phantom of The Paradise", de Brian de Palma, una de cuyas canciones, Old Souls, interpretada por Jessica Harper, he colgado al inicio de este post. La película es una joya, otra más, de los años 70. Sexo, drogas, ropa fea, música ruidosa, plataformas, pelucas, maquillajes imposibles. La recomiendo a todo el que no la haya visto aún, en YouTube están casi todas las canciones.

Claro está, que no todos tenemos los mismos gustos. He mandado un enlace al clip al Facebook de una muy querida amiga y la canción le ha deprimido muchísimo. No puedo usar como excusa que sea un alma sensible (que lo es) o que aún no haya cumplido 30 años, sino mi torpeza de intentar extrapolar mis gustos.

Por eso lo cuelgo aquí, para que quienes lo leais juzguéis si Jessica Harper os parece tan maravillosa como me lo parece a mí, si su voz también os recuerda a la de Karen Carpenter, si su vestido es o no puro Yves Saint Laurent. Bueno, esto último me lo he sacado de la manga. El vestido no parece de Saint Laurent, pero estos días toca rendir homenaje.


p.s. He tenido que corregir el post. Había escrito "Jessica Parker" en vez de "Harper". En qué estaría pensando.

martes, 27 de mayo de 2008

Hace 10 años

En algún lugar de este blog he dejado dicho lo mucho que Eurovisión significaba para mí en mi infancia. Recuerdo como si fuese ayer el programa "Pasaporte a Dublín", en el que se escogía la canción que nos debía representar en el festival del año 1971. El concurso previo (algo a años luz de Operación Triunfo) lo ganó Karina, de quien yo estaba perdidamente enamorado, con "En un mundo nuevo y feliz", que luego quedó segunda en el Festival. Como es de esperar, a mí me gusta el Eurovisión de los años 70, el de ganadores como ABBA, Marie Myriam o Anne Marie David pero también de perdedoras como Baccara, que compitieron con "Parlez-vous Français?" por Luxemburgo, país que jamás le ha hecho ascos al mercenarismo musical, y así ganaron mil veces.

La verdad es que luego no lo he seguido mucho. Pero precisamente hace diez años se hizo la luz y, estando curiosamente yo en Israel, ganó Dana International con "Diva". Mujer espléndida de los pies a la cabeza, hecha a medida, con buena voz y nombre artístico lamentable (su nombre de nacimiento es Yaron Cohen y, que yo sepa, en Israel no es posible cambiarlo con facilidad). La canción es normalita pero, como diría Uribarri, festivalera y, a la vista de horrores posteriores, una joya pop. Pero lo importante es que su victoria fue todo un símbolo de libertad, una señal de diversidad y del triunfo del derecho a ser lo que cada cual quiere ser, viniendo sobre todo de un país tan extraño como Israel, donde se junta lo mejor y lo peor (algún día tendré que escribir algo al respecto, pero no me atrevo porque es un tema que despierta pasiones, del tipo violento además).

He colgado el vídeo de la actuación en el Festival, pero fue mucho mejor el número final de repetición, en el que Dana se puso el modelo, con plumas arcoiris en las mangas, que le había diseñado ex-profeso Jean-Paul Gaultier. Se encuentra em Youtube, pero con bastante poca calidad.

viernes, 23 de mayo de 2008

En Nueva York (y III)


Adiós, Nueva York.

Acabo de regresar de la que creo que será mi última visita en bastante tiempo a la ciudad que más me gusta. No he dejado de ir ni un sólo año desde hace 15, muchas veces por trabajo y muchas otras sólo por placer. En Nueva York, en Manhattan, me siento perfectamente a gusto, en simbiosis perfecta entre persona y lugar. Como decía Holly Golightly en Desayuno con Diamantes, "es el lugar donde nada malo puede pasarte". Ella se refería a Tiffany's, yo lo amplío a toda la ciudad. En los últimos años he albergado la nada secreta esperanza de poder trasladarme a vivir allá, y de hecho tenía indicaciones muy positivas al respecto. Sin embargo, ya no se hará realidad, al menos a corto o medio plazo. Las grandes incertidumbres abiertas sobre mi futuro profesional no me inquietan demasiado, pero ciertamente me entristece que no impliquen un traslado a Manhattan.

La verdad es que en el último año he viajado muy frecuentemente a Nueva York y, lo he dejado escrito en este blog, la ciudad me sigue gustando tanto como el primer día en que puse mis pies allá. En esta última visita he evitado ir a los sitios que más me gustan (Greenwich Village, la Morgan Library, las librerías Three Lives y The Strand, el parque, el Whitney, mis restaurantes preferidos) y me he quedado en la parte más anónima del Midtown, pero, como estaba algo deprimidillo por los fracasos profesionales -lo sé de sobra, es lo último por lo que hay que deprimirse- me fui el último día a Barney's a darme algún caprichito caro -lo sé, está muy mal, la terapia consumista no es nada reparadora y es muy feo sucumbir a la tentación fácil y nada barata del lujo ostentóreo, que decía Jesús Gil-. Y justo cuando iba a entrar en la tienda, aún cabizbajo, una chica guapa y rubia, pura neoyorquina (aunque seguro que era de Milwaukee o de Des Moines), de piel tan blanca que casi parecía transparente, me preguntó si me podía hacer una foto. Se dirigió a mí como "sir" en vez de gritarme algo de tipo "dude" o "hey man" que sería lo habitual en Manhattan, y me dijo que la foto era para Vogue, que le hacían fotos en la calle a gente que les gustaba para luego publicarlas.

Y se me curó la depresioncilla, se me fue el mal rollo, olvidé mi promesa de no volver más a Nueva York y de quitarme de en medio lo que minutos antes denominaba "mi enfermiza obsesión" con la ciudad. Le dejé que me hiciera las fotos y me da igual que las publiquen o no. Porque tener cuarenta y tres años y ser parado a la puerta de uno de los templos del lujo de la capital del mundo por una estilista monísima de la más influyente revista de moda que existe, tan sólo porque le has parecido guapo/elegante/simpático tiene mucho mérito. Y disculpa la vanidad, querido lector. Pero es que ese momento, tan frívolo y absurdo, me compensó tantas cosas, me hizo tan feliz de golpe, que no me importa que me saquen en la página de la revista que te dice lo que NO hay que llevar o cómo NO hay que ser, que no me extrañaría que fuese el resultado final.

Decidí que ésta no será mi última visita a Nueva York. Claro que no. Aunque dejaré pasar una temporadita antes de volver, eso sí. No muy larga. Ya veremos. Oye, ¿saldré de verdad en el Vogue? Qué nervios.

jueves, 15 de mayo de 2008

La Edad de Oro

Estando el otro de visita en casa de mi madre, donde siempre hay una televisión encendida, vi que ponían en La 2 uno de los primeros episodios de "Buffy Cazavampiros", y me derretí ante la pantalla con Sarah Michelle Gellar y David Boreanaz, plagados de hormonas en ebullición y alimentando un amor imposible entre un vampiro que no quiere serlo y una exterminadora, designada por poderes supraterrenales, que detesta tener que desempeñar ese papel y sólo desea poder ser otra adolescente descerebrada más.

Para quien no haya la visto la serie, que es espléndida en todas sus temporadas, creando personajes ricos, suscitando cuestiones metafísicas pero también situaciones disparatadas, todo esto sonará absurdo, pero para mí es una muestra de que la primera década de este siglo será recordada, no tengo duda de ello, como la edad de oro de la televisión. O al menos de las series televisivas, que utilizan el formato por entregas para desarrollar historias que la mayoría de guionistas de largometrajes no parecen ser capaces de contar.

Six Feet Under, los Soprano, Sex and the City (todas de la factoría HBO, que parece inagotable), sorprendían por su calidad dramática y nos hacían, al menos a mí, desear que llegase el siguiente episodio lo antes posible. También series más intranscendentes, de canales tradicionales, como 24, House o Mujeres desesperadas, están a años luz de su equivalente del pasado. Y eso que esto lo escribe un fan declarado de Miami Vice, los Ángeles de Charlie o Starsky y Hutch (los tres segundos de imagen de los títulos de crédito en que salía Paul Michael Glaser entrando en una sauna llevando sólo una toalla a la cintura formaron parte de mis sueños durante años).

Dejo un vídeo sacado de The L Word, cuya primera temporada es quizá lo mejor que se haya hecho nunca para televisión. Y de fondo, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.