sábado, 8 de agosto de 2009

Exposiciones de principios



Iba a llamar esta entrada "Filth is my politics, filth is my life", que es la parte central del credo político de Divine, tal como lo expresa en este fragmento, delirante y fabuloso, del final de "Pink Flamingos". Si no la habéis visto, haceos con ella y vedla. No tiene desperdicio. "I have done everything".

Más en serio. Leo en los blogs, tanto en entradas de los mismos como en comentarios a las mismas, declaraciones de definición política. A mí me parece muy valiente, a estas alturas de la película, definirse de derechas o de izquierdas. Sinceramente, yo apenas veo diferencias palpables entre "unos" y "otros". Mi experiencia me dice que los gobiernos se forman a base de devolver favores a quienes apoyaron a los partidos políticos que ganan las elecciones y las diferencias reales son mínimas. Ya lo escribí en otra ocasión, en un alarde de cinismo y de sinceridad: los gobiernos, los políticos, te echan un huesillo de vez en cuando (matrimonio homosexual, memoria histórica, bandera de 300 metros cuadrados en la plaza de Colón de Madrid, unidad frente al terrorismo, educación para la ciudadanía, traslado del archivo de la guerra civil, etc, etc, etc) para que vayas royendo, te conformes con lo que tienes y no te des cuenta de que otros deciden por ti y puedan seguir abusando del sistema y robando a gusto. Tú, a pagar la hipoteca y los impuestos. Que ya se ocupan de ti desde el gobierno, la comunidad autónoma, el ayuntamiento. Porque no lo olvidemos: aquí hay que repatirse el botín. Hoy me toca a mí en la Moncloa y a ti en Santiago, Madrid y Valencia. Además, está todo muy claro, se puede robar todo lo que haga falta, que no tendrá consecuencias en los sondeos o en los resultados electorales. Elecciones... otro espejismo, nos dejan votar de vez en cuando, asistir a debates de políticos en TV (¡incluso con gente "de verdad"!). La celebración de elecciones regulares ni genera una democracia ni es una garantía de la misma. No es un sistema participativo, eso no existe ni en las comunidades de vecinos.

Es cierto que si uno se pone a analizar mi credo político, doy más bien de "izquierdas", sobre todo en los temas de mayor controversia. Empiezo diciendo que la nueva ley del aborto me parece una basura, un remiendo de apariencia progresista cuando ni siquiera, ni siquiera, se suprime el delito de aborto del Código penal; se añade lo de los 16 años para que el debate se vaya por ahí y nadie se dé cuenta de que es todo un ejercicio de imagen, otro huesillo para el electorado de buen rollito. El derecho al aborto debería estar recogido y protegido en la Constitución, las mujeres poder hacer con su cuerpo lo que les dé la gana, que bastante traumático debe ser como para que encima la gente (sobre todo los hombres, que siempre son los que más ruido hacen, mírese dentro del PSOE) juzguen y opinen. Más opciones políticas: utilizo el transporte público, no tengo coche. Compro comida orgánica. Procuro no comprar nada fabricado en países en desarrollo donde pueda existir trabajo forzado. Procuro no comprar productos alimenticios que hayan viajado desde otro continente. No viajo por placer a países no democráticos o donde al menos no haya mínimos derechos garantizados para mujeres y hombres. Utilizo la sanidad pública. Pago el IVA y el IRPF religiosamente, sin quejarme. Creo en la redistribución de la riqueza por los poderes públicos (sí, ésos que están gestionados por los políticos que hace un segundo ponía a caldo; menos mal que tenemos al funcionariado, que se quejarán de todo pero hacen que las cosas funcionen). Creo en los servicios públicos.

Claro, que también soy un abogado del libre mercado, corregido (ya he dicho lo de la redistribución de la riqueza) pero libre. Creo en la igualdad... de oportunidades. Para mí ésa es la igualdad real, la que nos permite a todos acceder a los mismos beneficios pero con la posibilidad de mejorar (o empeorar) mediante nuestro trabajo y nuestro talento. No creo en la igualdad como objetivo, sino como premisa de partida. Creo en la libertad por encima de todo. En poder decir lo que piensas sin que nadie te pueda amenazar por ello. Y, también por encima de todo, detesto la moralidad organizada, ya sea religiosa o política.

Contradicciones: muchas. Todas. No compro comida que contenga "millas aéreas" y en lo que va de año llevo a cuestas (los he contado) 51 viajes en avión. No viajo a países no democráticos pero he estado, por placer, en Siria, Egipto y tantos otros. Mucho presumir de pagar impuestos pero anualmente contribuyo a un fondo de pensiones para pagar menos IRPF en primavera.

En realidad lo que me gustaría de verdad, y por eso he empezado esta entrada como lo he hecho, es poder tener un credo político absolutamente apolítico y preferentemente amoral. No llegaré a defender el asesinato, el canibalismo y la coprofagia como hace Divine, pero me encanta esa desfachatez, sobre todo por lo que supone de superación de los esquemas tradicionales de lo conservador/progresista. Sólo en una sociedad política tan podrida como eran los Estados Unidos en los años 70 cabía una filosofía vital tan radical. Bueno, locos hay en todas partes, pero locos travestidos obesos ("How is this for a centre spread?") no tantos.

Por cierto, he descubierto, casi por casualidad, la mejor web de los últimos tiempos, Cinema de Merde. Se trata de una página muy trabajada con críticas irreverentes y muy camp de todo tipo de películas. Recomiendan Pink Flamingos, Phantom of Paradise, Glitter, Xanadu y Roller Boogie, por ejemplo. La lleva un tipo barbudo con mucha pluma cuyos vídeos describiendo películas son muy divertidos. Recordadlo, lo leísteis aquí primero (aunque seguro que algún listillo ya la conocía).

En Internet, último reducto de la libertad, está todo. ¿Quién necesita credos políticos?

"Eat shit!".

martes, 4 de agosto de 2009

731

Hace 731 días o, lo que es lo mismo, dos años exactos, creé este blog y escribí su primera entrada. No tenía ni idea de qué podía esperar del mismo, no sabía quién me leería, le comenté que lo había abierto a muy pocas personas, que aún hoy lo leen y lo comentan (gracias a los tres, queridísimos). No tenía ningún objetivo claro, sólo que escribiría sobre cosas que me gustan y también sobre otras que no me gustan, que mantendría las miras lo más abiertas posible, que intentaría tener constancia, rompiendo así mi línea habitual de empezar las cosas y no terminarlas jamás, que lo dejaría cuando ya no me divirtiese escribiéndolo. Que sería sincero.

Me sorprende sobremanera haber llegado hasta aquí, no esperaba durar tanto. Los diarios se escriben con la intención de que nadie los lea pero con la esperanza de que alguien, algún día, en algún momento, los leerá. Yo empecé este blog con esa misma filosofía, y ahora me doy cuenta de que no escribo sólo para mí, sino que lo hago también para vosotros, queridos lectores (no, esta vez no os llamaré hipócritas aunque sí sois mis semejantes y mis hermanos). Me importan vuestras reacciones, me importa lo que me digáis y modulo lo que escribo a lo que pienso que os va a gustar. Es algo que me hace pensar. No sé si debo seguir por ese camino, de hecho no sé qué rumbo va a tomar este blog.

Mis primeros lectores, los primeros que me hicieron comentarios, excepción hecha de aquellos amigos de larga data a los que he citado antes, ya no están. El otro amante y Homo-sapiensis desaparecieron de la blogosfera hará más o menos un año, cuando estaba celebrando mi primer aniversario. Coxis, que también estuvo desde el principio, sigue ahí. Gracias, guapo. Yo también desapareceré algún día, que espero por supuesto que tarde en llegar. Reconozco que esto me gusta demasiado como para dejarlo ahora, aunque siempre he pensado que, al igual que los lugares, estas aventuras hay que abandonarlas cuando uno está aún a gusto en ellas. Hay que evitar prolongar la agonía, como hacemos con las malas relaciones de pareja, que mantenemos porque no vemos alternativa clara o nos falta la voluntad o la determinación de poner fin a algo que debería haberse acabado ya. Me iré cuando no tenga nada que contar, cuando me aburra. Cuando os aburra.

Como suelo mirar hacia adelante más que hacia atrás, me encuentro ansioso de saber por dónde voy a tirar, si voy a escribir algo serio y sesudo, si me lanzaré o no a meter algo de ficción (a lo que me resisto de momento), si dejaré del todo el repaso a los años 80 o podrá conmigo la realidad de la fuerza de mis recuerdos, si el cambio de escenario físico me llevará a describir escenas de mi nuevo entorno vital, si abandonaré las series de entradas que me gustan y me esclavizan en igual medida, si dentro de un año estaré celebrando el tercer aniversario o si habré cerrado este ejercicio bloguero con el que tanto disfruto. De momento, aquí sigo, con fuerza, ánimo y ganas intactos. O casi.

Escribo esta entrada fuera de España, como escribí la primera de todas, con aquella lista de "me gusta y no me gusta" que hoy sería sin duda diferente. Gracias a todos por la fidelidad y el cariño, que espero haber sabido reciprocar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Serpentinas


La Serpentine Gallery es una galería de arte situada en pleno Hyde Park, en Londres, pegada a la lengua de agua que cruza el parque, de la que toma su nombre. En el Reino Unido es famosa porque la princesa Diana hizo allí su primera y deslumbrante aparición pública tras su divorcio del príncipe Carlos.

Hace ahora diez años justos que me fui a vivir a Londres. Una de las grandes ventajas que tenía vivir en la ciudad es que mi piso estaba cerca de Hyde Park y, por lo tanto, de la Serpentine Gallery que es además de entrada gratuita al ser pública. Allí habré visto un montón de exposiciones inolvidables, algunas de artistas que me gustan mucho, como Cindy Sherman o Rachel Whiteread, otras de artistas que me interesan algo menos, como Cy Twombly o Richard Prince.

En el verano del 2000, con motivo de la celebración de una fiesta, la galería encargó a la arquitecta Zaha Hadid que diseñase una carpa. El resultado fue una estructura tubular angular cubierta por un toldo de neopreno blanco. Una haima del desierto postmoderna en pleno Hyde Park. A mi gusto, es lo mejor que ha hecho nunca la Hadid, pues al ser algo sencillo y pobretón no quedaban a la vista las carencias constructivas (derivadas de lo arriesgado de sus diseños, cierto es) que caracterizan a su obra terminada.


La estructura quedó, tras la fiesta, varada en pleno parque y la gente empezó a visitarla y a hacerle fotos. La prensa se hizo eco. Y la galería decidió que todos los veranos le encargarían a un arquitecto de renombre sin obra construida en Londres que diseñase un pabellón temporal, al estilo de las “follies” que la aristocracia británica erigía en sus jardines en el XVIII. Aunque mercantilizasen de este modo una idea puntual, desde entonces han surgido año tras año obras sumamente interesantes, algunas mejores y otras peores, casi todas de arquitectos-estrella de ésos que diseñan y construyen “iconos” generalmente descoyuntados que tanto gustan a la gente. Yo detesto ese tipo de arquitectura, sobre todo desde el punto de vista sociológico, pero he de reconocer que en un ejercicio efímero y a pequeña escala es donde tiene un papel, pues la excentricidad constructiva, cuando sólo tiene un objetivo lúdico, no sólo es tolerable, sino sumamente aconsejable.

Al año siguiente le tocó a Daniel Libeskind, que dejó un gusano angular cubierto de aluminio reflectante.


Oí hablar de Libeskind por primera vez en 1986 cuando la revista El Paseante (¿por qué ya no se hacen cosas así en España?) publicó un artículo, escrito por Gabriel Allende, otro arquitecto que entonces empezaba, sobre sus diseños. Eran pura matemática, inconstruibles, líneas rectas en un espacio infinito, múltiples planos inconexos. Utopía constructiva. En el pabellón para la Serpentine se le nota suelto y entretenido, feliz de poder deconstruir volúmenes sin preocupaciones de durabilidad o confort, sin tener que plegarse a necesidades de habitabilidad o a las demandas de empleadores, como le pasa a casi toda su obra construida, cuyo interés ha ido cayendo en picado con los años.

Toyo Ito, arquitecto irregular y fascinante, que no ha hecho dos cosas iguales, fue el siguiente.


De todos los pabellones hasta ahora construidos, el suyo es el que más me gusta. Se trataba de un paralelepípedo normalito y sencillo convertido a base de tiralíneas en una celosía tridimensional de metal blanco y cristal. Encajaba en el parque y en el entorno verde de maravilla. Cierto es que, al ser cerrado, fue el más mercantilizado de todos y se convirtió en cafetería/chiringuito de verano. Cuando años más tarde sobrevolé en helicóptero el Mar Báltico congelado, el paisaje de pequeños icebergs irregulares flotando en el agua era igual que esta estructura.

Al año siguiente se lo encargaron a Oscar Niemeyer, que se marcó un cacharro extraño, elevado sobre el terreno, de construcción mucho más compleja que los anteriores (hubo que cimentar) y, la verdad, bastante feo. Niemeyer es uno de esos vejestorios venerados con los ojos cerrados por la izquierda, como García Márquez o Saramago, que tuvieron un momento de creatividad extraordinaria pero que se han fosilizado en vida, repitiendo fórmulas obsoletas una y otra vez, ensimismados en su divinidad. Son de los que se tiran un pedo en un escenario y les aplauden.


Con Niemeyer llegaron los problemas. El pabellón de 2004, diseñado por la firma holandesa MRVDV complicaba las cosas aún más desde el punto de vista constructivo y no se llegó a hacer. Su idea era construir una montaña artificial por encima del pabellón ya existente y sembrarla de hierba y plantas. Interesante, tal como se ve en el croquis, pero demasiado para un pabellón temporal con una vida de un par de meses. Los responsables de la galería tuvieron el buen tino de regresar a los orígenes del ejercicio y volver a estructuras más sencillas.


En 2005 se lo encargaron a uno de los pocos arquitectos de verdad imprescindibles del último cuarto de siglo, Álvaro Siza.


Construyó un pabellón de vigas de madera y cristal, con grandes aberturas, angular por fuera y redondeado por dentro. Es uno de los pocos que no he visto en directo, no puedo juzgarlo como a los otros, pero la pinta es magnífica.

Un año más tarde le tocó el turno al gran pope de la arquitectura mundial, Rem Koolhaas. El gran pope y el más sobrevalorado de todos los arquitectos en ejercicio. Todo lo que diseña tiene que ser “irónico”, que este señor es muy listo. La ironía, sin embargo, a veces sirve para ocultar la falta de talento, es algo que sé muy bien, por experiencia propia.


El pabellón que construyó era básicamente una estructura circular de paneles traslúcidos con un enorme globo irregular hinchado por encima. Muy gracioso. Bastante feo. Y en el interior hacía muchísimo calor y bastante ruido causado por el mecanismo de hinchado del globo. Estaba en Hyde Park pero podría haber estado en Dubai, Beijing o a las puertas de algún Carrefour de extrarradio. Mira, ahí podría haber quedado bien, en plan concesionario de KIA. (Soy injusto con Koolhaas, es un muy buen arquitecto, el CCTV en Beijing o la Librería Pública de Seattle son edificios espléndidos).

También era circular la estructura que diseñaron Kjetil Thorsen (de la firma noruega Snøhetta) y otro artista muy sobrevalorado, Olafur Eliasson, que un par de años antes había deleitado en Tate Modern con su instalación de un sol naciente (o poniente, que tanto monta). Minimalismo conceptual para las masas (qué malo soy). El pabellón, que tampoco vi en persona, es bonito, construido en madera y formado por una rampa con un capirote a lo alto. Parecido al de Koolhas pero más elegante, más serio.


Ese mismo año, por cierto, hubo un segundo pabellón, tan efímero como el primero de esta larga lista, pues era también para una fiesta, y diseñado también por Zaha Hadid. Levantó tres champiñones blancos gigantes de poliuretano y los llamó “Lilas”. Son preciosos, la verdad, poco tengo que añadir a lo que dice la foto.


El año pasado le tocó a Frank Gehry. Yo detesté le museo Guggenheim de Bilbao hasta que lo vi en persona y claudiqué ante la evidencia. Es un edificio fantástico, genial. A Gehry, eso sí, se le acabó el talento hace mucho. Construyó para la Serpentine una estructura de madera, algo feúcha y muy pesada, con planos superpuestos. Nada más ver el pabellón pregunté a una azafata que había por ahí que quien diseñaría el siguiente. Arquitectura desechable, de usar y tirar. La foto es mía, por cierto, la única de este reportaje.


Y este año le han encargado el pabellón a SANAA, dúo de arquitectos japoneses que, como Toyo Ito, nunca hacen dos cosas parecidas y que están obsesionados con la piel de los edificios. Escribí sobre ellos hace tiempo, con motivo del New Museum de Nueva York.


Tan obsesionados están con el exterior de los edificios que en este caso han prescindido del mismo, construyendo una marquesina de formas orgánicas y redondeadas que se mete por los huecos que dejan los árboles, de techo reflectante, sujetada por columnas muy finas. La insoportable levedad de la arquitectura. Parece muy bonito, muy bien encajado, lo veré en directo cuando vaya a Londres a celebrar el 40 cumpleaños de Stanwyck. Huy, que desvelo secretos ocultos.


Gusten más o menos los pabellones, la idea es magnífica. Se deja rienda suelta a arquitecturas efímeras arriesgadas sin el riesgo de que se queden para siempre en el paisaje urbano. Es realmente la concepción de la arquitectura como arte. Cuando mejor funciona es cuando tiene menos pretensiones e intenta hacerse con el lugar (el parque, el pabellón eduardiano existente), sin necesidad de encajar con el entorno. Es el caso de los proyectos de Hadid, Libeskind, Ito, Siza o SANAA. Funciona peor cuando construyen algo que no es más que un dibujito mono (Niemeyer), se pasa de listo (Koolhas) o se diseña en minuto y medio y sin entusiasmo especial (Gehry). Si no te gusta el pabellón, pasas a la exposición de la galería, te quedas un buen rato en su fabulosa librería o, si no hay más remedio, te das un paseo por Hyde Park. La fuente-memorial de Leididín está muy cerquita.

No entiendo como no se ha copiado en ningún otro sitio una idea tan buena. Quizá porque no hay parques como Hyde Park ni galerías como la Serpentine. Pero al lado del Palacio de Cristal del Retiro se podría hacer algo parecido, ¿verdad? No caerá esa breva...

jueves, 30 de julio de 2009

Peeping Tom, de Jaime Gil de Biedma

Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,

al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.

Te recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo,
la imagen de tus ojos. Expresión
de mi propio deseo.


Jaime Gil de Biedma es un poeta de primera línea. Supo, mejor que nadie en su generación (una generación rara y fracturada, la de una época muy gris de la historia de España) reflejar las tensiones entre el anhelo político de cambio (que una sociedad conformista no se atrevía a desencadenar), el idealismo romántico y la búsqueda infructuosa del amor (en su caso siempre homosexual, y sin velos ni engaños) y el enorme conflicto interno. Los ideales eran grandes, la realidad del país muy triste. El amor, romántico y duradero, siempre su objetivo, las aventuras fugaces y pasionales su realidad. Al igual que a James Merrill, a quien cité hace muy poco, o a James Baldwin a quien cité hace mucho, a Gil de Biedma le rompía el conflicto entre su espíritu bohemio y su deseo de aceptación por las élites literarias (tan rancias, qué equivocado estaba) y políticas (tanto el PCE como el PSOE le denegaron incluso bien entrados los años 70 el ingreso en sus filas... por maricón), y la realidad de un chico aristócrata de una de las familias más acomodadas de Barcelona. Lo que más me gusta de su poesía es que es muy masculina, no es nada cursi, es de una sinceridad arrolladora y desvela sin miedos las complejidades de un hombre que vivió toda su vida entre el deseo de algo que no sabía bien qué era y una realidad cómoda y de postín que no le gustaba pero de la que le costaba despegarse.

Allá por el siglo XIII o XIV, el Sherif de Conventry decidió subir los impuestos locales. Toda la población se le puso en contra, incluida su propia mujer, Lady Godiva. Irritada y empoderada, decidió que cabalgaría desnuda a diario hasta que su marido eliminase la medida impositiva impopular. El pueblo de Conventry, agradecido por el gesto, acordó que nadie miraría a la bella (imagino que lo era) Lady Godiva cuando cabalgase en cueros por la ciudad y el campo circundante. Y nadie la miró... salvo un tal Tom, que no pudo evitarlo. Peeping Tom. De ahí viene la expresión. No se encuentran apenas referencias en internet a esta historia, que me contó anoche mi chico, que se lo sabe todo (¿no es cierto, Pandora?). Es tan absurda que tiene que ser cierta.

martes, 28 de julio de 2009

Los mejores vídeos de todos los tiempos: "Around the world" de Daft Punk




A mí lo que de verdad, de verdad más me gustaría es ser uno de los esqueletos que salen en este fabuloso, maravilloso, impresionante vídeoclip de Daft Punk, y poder bailar como ellos.

Creo que ya lo he escrito antes por aquí, de pequeño y de jovencito me dedicaba a copiar coreografías que veía en televisión, primero en Eurovisión, luego en "Señoras y Señores" o en "Aplauso", pero es una actividad que abandoné bastante pronto, porque no era plan que a un chico con dudas le pillasen en plena acción ante el espejo, ni despejar las dudas que pudiese haber de un modo tan poco agraciado. Pues con el vídeo de Around the World, que en mi opinión, y disentid si queréis, es el mejor de todos los que se han hecho nunca, volví a las andadas. Me tiré horas, ya mayorcito, repitiendo los pasitos de baile de esqueletos y nadadoras, moviendo hombros y codos y poniendo las manitas con las palmas hacia abajo. Lo que me habré reído yo solito haciendo el bobo ante el espejo imitando, torpemente, sus movimientos.

Cuando hayan pasado unos años más, llegaré a la conclusión que el cambio de siglo lo marcaron musicalmente, al menos para mí, dos duos franceses, muy distintos entre sí. Air eran pretenciosos de lo puro básicos y Daft Punk eran marchosos y arriesgados pero al mismo tiempo tremendamente comerciales. Ambos supieron captar el zeitgeist del momento con una mezcla de tecnología, new age, nostalgia retro y sentido del humor (que perderían bien rápido). Ambos se quedaron un poco en agua de borrajas, pero en el fondo casi mejor no tener que lamentar que se hayan transformado en salvadores de la selva amazónica o la capa de ozono. Que no hay nada peor, estaréis de acuerdo conmigo, que los rockeros "on a mission". Y no doy nombres.

Vuelvo al vídeo, que me enrollo como las persianas. Yo no soy muy ordenado, pero me encanta el orden, me gusta muchísimo que cada cosa tenga su sitio y que todo encaje. Debe ser porque tengo la Luna en Virgo. Me encanta alcanzar un orden inmaculado, el concierto, la simetría perfecta, para luego romperlo todo. En este vídeo, en esta coreografía, todo está en su sitio, todo encaja, todo está sincronizado. Hay un par de ocasiones en que la cámara se aleja y se ve el escenario circular con sus escaleras y todos los figurantes como si fuese un diorama vivo y en movimiento.

El vídeo lo dirigió, allá por 1997, Michel Gondry, un tipo francés que tiene un Oscar (como co-guionista de "Eternal sunshine of the spotless mind") y que fue el inventor del efecto "bullet time" de cámara ultra lenta que se utilizó por primera vez en "The Matrix". Muchos consideran que forma parte, junto a Spike Jonze y David Fincher, de la santa trinidad del arte del vídeo musical. Oscar o no, a mí me fascina cómo suben y bajan las escaleras las nadadoras, como los B-boys con cabeza de muñeco hacen una rutina breakdance absurda, como se contorsionan los esqueletos. Y cómo se mueve la cámara, en planos largos muy estudiados a veces estáticos, a veces en movimiento. En internet he encontrado explicaciones a por qué salen momias, astronautas, esqueletos, nadadoras y extraños B-boys. Me da bastante igual el por qué. Me basta con el fondo de luces circulares, las tomas cenitales y la coreografía, tan divertida, tan facilona, tan imitable. La canción ayuda, éstá claro, pero estoy seguro de que sin este vídeo no me gustaría tanto. Encontráis por cierto una versión mejor, en HD y lamentablemente no encamable, en este enlace.

Espero que os guste tanto como a mí. Y no olvidéis de mirar los blogs de coxis, polo y theodore, que hoy mismo, más o menos a la misma hora, están colgando sus vídeoclips favoritos. Esto es un esfuerzo conjunto, coreografiado y soncronizado.

lunes, 27 de julio de 2009

La lorza

Siempre me ha fascinado la posibilidad de que existan formas de vida inteligente superiores a la nuestra. Y de un tiempo a esta parte vengo pensando que existen, y que están entre nosotros. Consideremos los virus: investigamos, encontramos remedios, tratamientos, vacunas, y cuando creemos que la enfermedad que causan está controlada, el virus muta, se adapta y acostumbra al tratamiento y continúa su camino de devastación de nuestras células. Sé que suena a la Amenaza de Andrómeda (excelente novela primeriza, creo, de Michael Crichton y gran peliculón), pero no deja de ser cierto que inteligencia debe haber en esos micro-organismos que encuentran modos de expandirse sin que los remedios que uno ponga para contrarrestarlos den resultado a largo plazo.

Lo mismo pasa con la lorza. Al menos con la mía. Yo valgo más bien poco, pero el caso es que doy el pego. Apañadito, vamos. No soy muy alto pero no soy bajo, en general quien me ve vestido piensa que estoy delgado y bien hecho. Pero no, no lo estoy, ahí está la lorza, tan curiosona ella, recordándome a diario que sigue en su sitio y que de ahí nadie la va a mover. Yo estoy convencido de que tiene no sólo vida propia sino una inteligencia ciertamente superior. Remedios que he puesto en funcionamiento para derrotar su avance: natación, elíptica, cinta, bicicleta, jogging, aerodance, gym tonic, body tonic, step tonic, aerobic latino, máquinas, mancuernas, flexiones, series de abdominales, ir andando al trabajo, subir y bajar las escaleras, dieta baja en grasas, dieta baja en hidratos, dieta baja en proteínas, dieta Montignac, dieta salvaje, hambre.

Nada, NADA puede con mi lorza. Es una forma superior de vida. Se encoje un poquitín al principio de una dieta, o después de varios días seguidos con sesión salvaje de aerodance y series de 600 abdominales, pero en seguida se amolda a la nueva situación y sobrevive. Sólo la derroté en una ocasión, hace justo 10 años, pero fue a costa de quedarme literalmente en los huesos. Veo fotos de entonces y me quedo espantado de lo delgado que llegué a estar. Incluso entonces, cuando parecía un extra de la Lista de Schindler, tenía un michelincillo blandurri que me recordaba que aunque esté en horas bajas, la lorza sigue vivita y coleando.

En fin. Mi problema es que tengo el mismo síndrome que tenía el protagonista de American Beauty (que película tan sobrevalorada, ¿verdad?, volví a ver hace poco la escena de la bolsa de basura en el viento, que en su momento me pareció –glups- “lírica”, y me resultó de lo más pedante, pretenciosa, superficial y barata) y es que yo lo que quiero es “to look good naked”. Lo pongo en inglés porque “to look good” es un verbo muy difícil de traducir: ¿“lucir bien”? ¿”estar bueno”? Nada encaja en realidad. Bueno, la verdad es que yo lo que quiero es lookear bien en bañador. Speedo a ser posible. Porque estoy mejor desnudo que en Speedo. Y dejo que vuestras mentes calenturientas se desborden.

Algo siempre he tenido claro y es que no se pueden tener músculos y cerebro a la vez, ¿verdad? Es decir, que o piensas, o estás bueno, ¿no es cierto? La lorza sólo nos afecta a los que tenemos neuronas en funcionamiento, ¿o no?

Mi nuevo gimnasio (no tan nuevo, llevo yendo casi un año) tiene muy poco que ver con el antiguo, que ya describí en su día en este blog. El anterior estaba poblado de cincuentones simpáticos y chicas delgadísimas, con algún musculoso suelto. El actual está lleno de maricas (muchos musculosos, muchos feos, muchos delgaduchos), héteros despistados (qué duro debe ser ser hombre joven heterosexual, qué despistados están, qué pena dan los pobres) y mujeres de cierta edad. Ya he contado que van algunos actores de corte guarro-bohemio, de ésos de pelo sucio que saludan a los que conocen con un choque de manos al estilo de los traficantes de drogas de suburbio de Baltimore. Ellos sabrán.

Pues hallábame yo un día montado en la elíptica, sudando como una perra, cuando a la máquina de al lado se monta un tío impresionante. Ya había reparado unos días antes en él: no demasiado joven, alto, guapo, con buenas espaldas, quizá un poco demasiado rubio para mi gusto. En el vestuario admiré sus deltoides marcados y sus abdominales, perfectamente esculpidos bajo un leve velo de vello dorado (uff… casi mejor no sigo). El caso es que, intentando no fijarme demasiado en él (que mi chico estaba en una de las bicicletas que hay detrás y podía darse cuenta de mis miraditas), noté que, mientras le daba a la elíptica, leía un pequeño volumen. “Será el Reader’s Digest”, pensé, “como mucho, algo de Paulo Coelho”. Pues no, era la Revista de Occidente. Algo fallaba, no podía ser. Minutos después, cuando yo hacía mis abdominales, llegué a la conclusión de que estaría leyendo algún artículo sobre algún tema superficial, desde luego en ningún caso un tipo que le dedica tanto tiempo a su cuerpo leería crítica literaria. En ningún caso.

Héteme aquí que una semana más tarde me lo vuelvo a cruzar. El tío además viste bien, tanto fuera como dentro del gimnasio y debe tener mi edad, más o menos. Los 40 no los cumple, desde luego. Yo a lo mío, ya no sé qué tocaría ese día, si cinta, elíptica, bicicleta o lo que fuese. Cuando el tipo llega a la sala, veo que lleva un periódico doblado bajo el brazo. Para mis adentros me dije que sería, como mucho, el ADN o el 20 minutos. Se monta en la máquina de al lado, se coloca los cascos del iPod, se pone a pedalear y abre el periódico… Era el “New York Review of Books”, la biblia de la intelectualidad.

No me dio tiempo siquiera a enfurecerme, la depresión tuvo más fuerza. Mientras veía mis esquemas mentales romperse en mil pedazos ante mis ojos, sentí (de verdad, lo sentí) como la lorza se expandía y reblandecía en mis costados, y noté al mismo tiempo como se apagaban varias de mis neuronas. No era capaz de discernir si quería morirme o jurar amor eterno a ese dechado de perfección, que me habría rechazado sin duda, sin apenas fijarse en mí, con sólo levantar un dedo como hubiese hecho el mismísimo Zeus.

Seguí un rato con mis ejercicios, arrastrándome como alma en pena entre máquinas de musculación, colchonetas, balones suizos y mancuernas de varios pesos, intentándole encontrar algún sentido, alguna justificación a mi existencia miserable. Él seguía, indolente, de máquina en máquina, sin esforzarse demasiado, ensimismado en la lectura que parecía alimentar aquel cuerpo perfecto. Me fui al vestuario y poco a poco recobré la confianza. “Derrotaré a la lorza”, me dije, “seguro que tanto cuerpazo le compensa otras carencias”. Me fui a la ducha reparadora más tranquilo, diciéndome que nadie lo tiene todo, que los dioses reparten cosas buenas y malas entre todos, que al final todos somos iguales y auto compensatorios.

Al salir de la ducha, me lo crucé. A cierta distancia no veo mucho sin gafas, pero a medida que nos acercábamos no pude sino mirarle de reojo a la entrepierna.

La tiene muy gorda.

sábado, 25 de julio de 2009

En Nueva York (de nuevo)


Mucho trabajo, demasiado. Casi no me da tiempo a nada esta vez. Notorious y su chico me llevan a cenar a Harlem. Veo antes a sus niñas. Me cuentan historias de su verano, rápidas de mente y pizpiretas, fieles a su genialidad habitual. El taxi nos lleva junto al viaducto de las vías de trenes, en la parte alta de Park Avenue. Vamos a un restaurante marroquí. Cenamos pastilla, couscous (tiro la carne al suelo, soy un desastre) y kebab de cordero. Riquísimo. Y New York Cheesecake. En la calle, familias enteras sentadas en sillas que han sacado a la acera. Parece Bravo Murillo.

El otro momento de tranquilidad que me deja el trabajo me lleva a la librería Argosy. No me puedo creer que no la citase en mi lista de librerías favoritas en aquella entrada lejana de este blog. Un neoyorquino viejo me dice que el negocio tiene los días contados. Ocupa un edificio entero en una zona comercial de primera línea. A veinte metros de Bloomingdale's. Aquí compré una primera edición de Los Siete Pilares de la Sadiburía. Hace 15 años. Hace mucho menos le compré a mi chico una primera edición de "The Changing Light at Sandover". Primera y quizá última edición. En los 80 el mundo no estaba listo para una épica esotérica y apocalíptica, supuestamente dictada por espíritus a lo largo de varias décadas. James Merrill es un poeta injustamente olvidado. Quizá por ser un niño rico en un mundo de bohemios. Quizá por rimar sus versos a finales del siglo XX.

Y en Argosy acontece. Suena el teléfono. Es la llamada que ya no esperaba y que acontece aquí, en un lugar en el que me siento seguro, cuando me encuentro mirando grabados (a diez dólares) de retratos de generales ingleses olvidados y fotografías autografiadas de estrellas fugaces de Hollywood, tan fugaces que nadie, realmente nadie, las recuerda, o de jugadores de los Nicks y los Yankees de los años 60 y 70. En la sala principal de la librería, forrada de madera y verde oscuro, donde uno se siente tan a gusto, casi como en casa, suena el absurdo tono de mi teléfono y reconozco el número que llama. La voz del otro lado me da la noticia: todo cambia a partir de septiembre. Cambio de trabajo, de escenario, de hemisferio, de vida. No me pongo a dar saltos porque no me parece oportuno, aunque estoy seguro de que las maravillosas y cultísimas dependientas de Argosy no habrían puesto mayores pegas. Llamo de inmediato a mi chico y se lo cuento. Sé que comparte mi entusiasmo aunque no lo exprese. Al fin y al cabo, es inglés.

Empieza el cambio.