domingo, 16 de agosto de 2009

Arroz con berenjena y chorizo ibérico

Atención/Disclaimer: Esto no es una receta de paella. Esto no es, en ningún caso, una receta de paella. El autor de este blog, y de la presente entrada, es madrileño y no tiene ninguna conexión familiar, étnica o racial con el Levante peninsular. Nunca jamás pretendería hacer paella, y mucho menos atreverse a dar una receta de la misma. Eso es un privilegio reservado a valencianos y levantinos, tanto a aquéllos que saben cocinar como a aquéllos que no saben ni cascar un huevo pero que, sólo por razón de su origen geográfico, étnico o racial, están imbuidos de sabiduría paelleril.

El otro día no teníamos casi de nada en la nevera, sólo una punta de chorizo ibérico (muy bueno, eso sí) y una berenjena. Decidí improvisar un arroz ad hoc y como salió muy rico, cuento aquí el proceso de elaboración. Que no escribo nada de cocina.


Lo primero es cortar en cubos pequeños la berenjena. Se corta, se pone en un colador, se salan los cubitos y se deja reposar un buen rato. A la berenjena le encanta el aceite y para evitar que absorba demasiado se lleva a cabo este proceso que sólo requiere empezar la preparación una hora antes de empezar a cocinar. Pasada esa hora (puede ser menos) se enjuaga bien la berenjena cortada y se seca con un paño de cocina.

Otro trabajo preliminar es preparar el caldo. Siempre tenemos caldo en el congelador, creo que lo comenté en alguna receta previa: se cuece en la olla exprés un muslo (con contramuslo) de pollo, un par de zanahorias peladas, un puerro o una cebolla (si se pone la piel de la cebolla el caldo será de color oscuro), apio, sal y pimienta en grano. 30 minutos y el caldo está perfecto: se congela en bolsas para cada ocasión futura. Con la carne del muslo de pollo se pueden hacer croquetas, por ejemplo.

Durante el proceso de lavado y secado de la berenjena se puede ir empezando a cocinar. En una sartén de hierro de base plana (o en paellera, pero esto no es una paella) se pone un fondo de aceite y, cuando éste está caliente (fuego medio-lento) se fríen tres o cuatro dientes de ajo.


Mientras se van friendo, en un mortero se junta un buen pellizco de azafrán (hay que ser generosos con el azafrán, es un ingrediente clave), otro de sal Maldon o similar y unas hojas de perejil. Cuando los dientes de ajo están bien dorados, se sacan y se añaden al mortero. Se maja todo muy bien hasta que quede una pasta homogénea que, por cierto, huele a gloria. Se pone el caldo a hervir en un fuego aparte.


En la sartén caliente se añaden los cubitos de berenjena, que deben haber sido bien secados, y se doran bien dorados.


Mientras tanto, se va cortando el chorizo también en cubitos pequeños. Apareció de repente en un armario una lata de pimientos del piquillo: saqué unos cuatro bien hermosos y los corté también en trocitos pequeños.

Una vez bien dorada la berenjena, se añade el chorizo en cubitos.


En todo este proceso conviene que el fuego esté a medio gas, ni muy fuerte ni muy flojo. La berenjena, sedienta de lípidos, absorberá parte de la grasa del chorizo, pero no importa. Una vez empieza a churruscarse el chorizo, añado los pimientos del piquillo y los rehogo bien.

Es el momento de añadir el arroz.


Yo uso arroz bomba de Calasparra, en cualquier caso es importante que sea de grano corto y que uno le tenga cogido el punto de cocción, que varía mucho en función del grano y del lugar (altitud, sobre todo) en que se haga. En Madrid, el arroz bomba me requiere tres veces su volumen de líquido. Añado el arroz a la sartén y lo rehogo bien con la verdura y el chorizo. Una vez está todo bien mezclado y todos los granos de arroz están cubiertos de aceitillo, añado dos buenas cucharadas de tomate triturado. O tres. O cuatro. Aquí es realmente a gusto del consumidor. El tomate saltará un poco, conviene removerlo bien y mezclar todos los ingredientes de modo uniforme.


Llega el momento de añadir el líquido. Como decía, se añade caldo a razón de tres veces el volumen del arroz. Yo suelo desleir el majado del azafrán, ajo y perejil con el caldo, que debe estar hirviendo en el momento de añadirlo. Suelo pasar parte del caldo por el mortero y verterlo directamente de éste a la sartén.


Es importante que el fuego esté fuerte y se deja hervir todo el guiso de modo uniforme (hay que procurar que no cueza una parte de la sartén y otra no) durante 5 minutos.


Se baja el fuego y se deja cocer 12 ó 13 minutos más a fuego lento.




Es el momento de fregar cacharros, poner la mesa y, por supuesto, preparar el aperitivo. Con la cocción hay que estar atentos, no se nos vaya a quemar por abajo (aunque ¿a quién no le gusta el socarrat?) o se nos vaya a pasar el arroz. Por eso es importante saber qué arroz usamos y dónde estamos. Pasado el tiempo, que puede acortarse o quizá alargarse un poco, la cocina no es una ciencia exacta, se apaga el fuego y se cubre el arroz con un paño de cocina previamente empapado en agua.


Se deja reposar un mínimo de 5 minutos y yo diría que no más de 10.


Si no se ha empezado ya antes, es el momento de tomar el aperitivo...


Se sirve el arroz listo en los platos. Lo acompañamos con un buen tinto de verano, que (lo siento, puristas del vino) es lo que más apetece en estas fechas. Voilà!


Esto se parece cada día más a un fotolog.

sábado, 15 de agosto de 2009

La extraña pareja

Lo siento no puedo resistirme a colgar esta foto, que figura hoy en la portada del Financial Times.



¿No es la pareja más marica del verano?





El perro, Aldo, es de Medvedev. Una monada.



Y Putin (¿putón?), es el sugar daddy. Un poco fuerte para un país tan macho, que entre otras cosas prohíbe cualquier manifestación LGTB, ¿no?



Por cierto, que el principal titular del día en el FT, al lado de la foto que da inicio a este blog, es que la economía española se hunde aún más cuando se empiezan a ver novedades positivas en otras economías de Europa. Dice el artícuo que nos quedan al menos "dos o tres" años más de penuria. Algo distinto a lo que nos cuenta la prensa de aquí, me da la impresión. Aunque tampoco sorprende nada.

viernes, 14 de agosto de 2009

Lulu in a taxi

No me cansaré de decirlo. Una de las mejores cosas de Madrid, en agosto y todo el año, son los taxis. Y soy usuario muy frecuente, más de lo que le gustaría a mi monedero, así que sé de lo que hablo. Hay muchos taxis en circulación, son baratos, te llevan donde les digas y casi siempre los taxistas son educados y encantadores.

Me van a caer palos por el último comentario, porque todo el mundo tiene en mente el cliché del taxista facha, pesetero, maleducado, gruñón y pesado con la Cope a tope o Radio Olé aún más a tope. Pues sí, haberlos, haylos, pero de verdad que son una excepción.

Como también fue una excepción el de ayer por la tarde. Nos subimos. "Buenas tardes, a la calle Velázquez número tal, por favor". Y de repente, una vez bien asentado y en marcha, escucho de fondo a una soprano desgañitándose sobre una música tan difícil como sublime. Y lo reconozco de inmediato: el final del Acto 1 de Lulu, de Alban Berg, una de mis óperas favoritas. Hay taxistas en Madrid que se ponen ópera dodecafónica para entretenerse mientras trabajan. Pero ¿cómo no me va a gustar esta ciudad?



Descubro con gran pena que ya no hay en la web vídeos de la Lulu que Christine Schäfer, la mejor intérprete del personaje de los últimos años, cantó en Glyndebourne. Pero sí está éste que dejo, con Anja Silja, la mejor Lulu de todos los tiempos.

Y dejo otra Lulu que también merece la pena.

lunes, 10 de agosto de 2009

Agosto



Llevo muchos años pasando la mayor parte del mes de agosto en Madrid. Siempre ha sido un buen mes para estar aquí: supuestamente hace ya menos calor, supuestamente hay menos gente, supuestamente hay menos tráfico, supuestamente...

Las cosas han cambiado mucho, la verdad. Antes Madrid se vaciaba por completo durante la práctica totalidad del mes, pero ahora ya no es así, se queda mucha más gente. Lo achaco a tres factores distintos, que se superponen. El primero es que la gente no es tonta, ni yo el más listo de la clase. En Madrid en agosto, la verdad, se está muy bien, sobre todo porque el ritmo de la ciudad se relaja, tenga uno que trabajar o no. El segundo factor es el cambio demográfico de la última década: leo por ahí que más del 20% de la población de la ciudad es extranjera y los foráneos no tienen la obsesión por largarse en agosto (y una mayoría de ellos, además, no pueden si no quieren perder su trabajo, no lo olvidemos). Finalmente, está el turismo. Hasta hace relativamente poco a Madrid venía un turismo muy de fin de semana, de corte europeo-culto. Éstos siguen viniendo, pero también hay mucho jovencito en busca de marcha y paraísos artificiales fáciles, mucha familia italiana y francesa, mucha pareja de gays de mediana edad. Ya lo decía MacNamara: "Mucho guiry, mucho gay".

Este fin de semana pasado he estado en dos de los sitios que para mí significan el agosto madrileño. Son dos de mis sitios favoritos de la ciudad, como también lo son de tanta otra gente, no voy a descubrir nada nuevo.

El Jardín Botánico es uno de esos lugares que a uno le cuesta comprender que hayan perdurado en el tiempo. A punto estuvo de desaparecer tras la guerra civil, abandonado a su suerte. Pasaron décadas de abandono (nunca total, siempre hubo jardineros que lo cuidaron con sumo cariño, dentro de sus posibilidades) hasta que volvió a abrir, a finales de los años 70. Mi madre me llevó a visitarlo esa misma semana en que abrió de nuevo al público, y yo no he dejado de ir con regularidad desde entonces. Hace justo 20 años estaba yo en la fase final de mis oposiciones y me pasé todo el mes de agosto estudiando en los bancos del jardín botánico (y también en los del patio del Reina Sofía, sobre el que escribiré pronto). Siempre he estudiado tumbado, también me gusta leer en horizontal no sé muy bien por qué. Me llevaba mis temas, me tumbaba en un banco con sombra y ahí me quedaba. Entonces la entrada costaba un duro, ahora cuesta dos euros (es decir, en 20 años el precio se ha multiplicado por 64). Entonces estaba vacío en agosto. Ahora está lleno.

Hay algo muy satisfactorio en el jardín botánico y deriva de la continuidad en el tiempo. Fue creado como tal, con su diseño a tiralíneas, por los ilustrados del siglo XVIII y así ha seguido, atravesando todas las vicisitudes de una historia tan tumultuosa como la de esta ciudad, la de este país. Pocos jardines botánicos tienen un pedigrí tan noble: quizá sólo los de Florencia (con sus plantas venenosas), Palermo (con su ficus milenario), Oxford (tan cerca del campo de fritilarias silvestres) o el Physic Garden de Chelsea. Aunque agostado, como es de esperar en agosto, siempre hay algo en flor. Ayer había dalias y granados de doble flor, muy roja, los que luego no producen fruta. Los de la foto del inicio.

Mi otro rincón favorito del verano, del agosto madrileño, es la terraza de las Vistillas. Nos llevaba mi madre de pequeños al merendero, seguí yendo por mi cuenta con mis amigos Javier y Antonio cuando estábamos en la universidad y ahora, que vivo cerca, voy al menos una vez a la semana con mi chico, a quien gusta el lugar tanto como a mí. En las Vistillas uno se da cuenta de uno de los grandes lujos de esta ciudad, y es su proximidad a la naturaleza. Si uno mira hacia el noroeste, sólo ve árboles: primero el Parque de Atenas, luego el Campo del Moro, más allá la Casa de Campo, después el Monte del Pardo y al final la sierra. Si no fuera por la catedral de la Almudena (qué fea es la pobre, y eso que su cúpula encaja bien entre los chapiteles del Madrid de los Austrias), la vista sería aún mejor. En el merendero te sirven cosas muy básicas (pollo frito, tortilla, croquetas, conejo al ajillo), y quizá algo caras, pero todas buenísimas. Y tiene al mejor camarero que exista, Vicente. El otro día fui yo solo a tomarme una cerveza, estaba lleno y me puso una mesita extra para mí. Una chica que hacía cola le pidió que le pusiese otra a ella y Vicente le dijo que no, que es que yo era el dueño y por eso tenía el privilegio. Luego me tuvo que cobarar a hurtadillas para que no se diese nadie cuenta de que había mentido. Es lo mejor.

Las puestas de sol desde las Vistillas son inolvidables, sobre todo a finales de agosto, a finales de verano. Siempre lo digo, no hay luz más bonita, al menos en Madrid, que la de las tardes del final del verano, cuando todo se tiñe en una sucesión de colores fuertes, amarillo oscuro, naranja, rojo, morado. Las golondrinas se van a dormir y salen de paseo los murciélagos, con su vuelo errático tan divertido. La luz se va apagando, Vicente sigue sirviendo pollo al ajillo, sangría y tercios de Mahou, corre la brisa y en seguida se empieza a echar de menos tener una chaqueta a mano y yo me siento feliz de vivir en Madrid. Tanto más ahora, que me queda tan poco.

sábado, 8 de agosto de 2009

Exposiciones de principios



Iba a llamar esta entrada "Filth is my politics, filth is my life", que es la parte central del credo político de Divine, tal como lo expresa en este fragmento, delirante y fabuloso, del final de "Pink Flamingos". Si no la habéis visto, haceos con ella y vedla. No tiene desperdicio. "I have done everything".

Más en serio. Leo en los blogs, tanto en entradas de los mismos como en comentarios a las mismas, declaraciones de definición política. A mí me parece muy valiente, a estas alturas de la película, definirse de derechas o de izquierdas. Sinceramente, yo apenas veo diferencias palpables entre "unos" y "otros". Mi experiencia me dice que los gobiernos se forman a base de devolver favores a quienes apoyaron a los partidos políticos que ganan las elecciones y las diferencias reales son mínimas. Ya lo escribí en otra ocasión, en un alarde de cinismo y de sinceridad: los gobiernos, los políticos, te echan un huesillo de vez en cuando (matrimonio homosexual, memoria histórica, bandera de 300 metros cuadrados en la plaza de Colón de Madrid, unidad frente al terrorismo, educación para la ciudadanía, traslado del archivo de la guerra civil, etc, etc, etc) para que vayas royendo, te conformes con lo que tienes y no te des cuenta de que otros deciden por ti y puedan seguir abusando del sistema y robando a gusto. Tú, a pagar la hipoteca y los impuestos. Que ya se ocupan de ti desde el gobierno, la comunidad autónoma, el ayuntamiento. Porque no lo olvidemos: aquí hay que repatirse el botín. Hoy me toca a mí en la Moncloa y a ti en Santiago, Madrid y Valencia. Además, está todo muy claro, se puede robar todo lo que haga falta, que no tendrá consecuencias en los sondeos o en los resultados electorales. Elecciones... otro espejismo, nos dejan votar de vez en cuando, asistir a debates de políticos en TV (¡incluso con gente "de verdad"!). La celebración de elecciones regulares ni genera una democracia ni es una garantía de la misma. No es un sistema participativo, eso no existe ni en las comunidades de vecinos.

Es cierto que si uno se pone a analizar mi credo político, doy más bien de "izquierdas", sobre todo en los temas de mayor controversia. Empiezo diciendo que la nueva ley del aborto me parece una basura, un remiendo de apariencia progresista cuando ni siquiera, ni siquiera, se suprime el delito de aborto del Código penal; se añade lo de los 16 años para que el debate se vaya por ahí y nadie se dé cuenta de que es todo un ejercicio de imagen, otro huesillo para el electorado de buen rollito. El derecho al aborto debería estar recogido y protegido en la Constitución, las mujeres poder hacer con su cuerpo lo que les dé la gana, que bastante traumático debe ser como para que encima la gente (sobre todo los hombres, que siempre son los que más ruido hacen, mírese dentro del PSOE) juzguen y opinen. Más opciones políticas: utilizo el transporte público, no tengo coche. Compro comida orgánica. Procuro no comprar nada fabricado en países en desarrollo donde pueda existir trabajo forzado. Procuro no comprar productos alimenticios que hayan viajado desde otro continente. No viajo por placer a países no democráticos o donde al menos no haya mínimos derechos garantizados para mujeres y hombres. Utilizo la sanidad pública. Pago el IVA y el IRPF religiosamente, sin quejarme. Creo en la redistribución de la riqueza por los poderes públicos (sí, ésos que están gestionados por los políticos que hace un segundo ponía a caldo; menos mal que tenemos al funcionariado, que se quejarán de todo pero hacen que las cosas funcionen). Creo en los servicios públicos.

Claro, que también soy un abogado del libre mercado, corregido (ya he dicho lo de la redistribución de la riqueza) pero libre. Creo en la igualdad... de oportunidades. Para mí ésa es la igualdad real, la que nos permite a todos acceder a los mismos beneficios pero con la posibilidad de mejorar (o empeorar) mediante nuestro trabajo y nuestro talento. No creo en la igualdad como objetivo, sino como premisa de partida. Creo en la libertad por encima de todo. En poder decir lo que piensas sin que nadie te pueda amenazar por ello. Y, también por encima de todo, detesto la moralidad organizada, ya sea religiosa o política.

Contradicciones: muchas. Todas. No compro comida que contenga "millas aéreas" y en lo que va de año llevo a cuestas (los he contado) 51 viajes en avión. No viajo a países no democráticos pero he estado, por placer, en Siria, Egipto y tantos otros. Mucho presumir de pagar impuestos pero anualmente contribuyo a un fondo de pensiones para pagar menos IRPF en primavera.

En realidad lo que me gustaría de verdad, y por eso he empezado esta entrada como lo he hecho, es poder tener un credo político absolutamente apolítico y preferentemente amoral. No llegaré a defender el asesinato, el canibalismo y la coprofagia como hace Divine, pero me encanta esa desfachatez, sobre todo por lo que supone de superación de los esquemas tradicionales de lo conservador/progresista. Sólo en una sociedad política tan podrida como eran los Estados Unidos en los años 70 cabía una filosofía vital tan radical. Bueno, locos hay en todas partes, pero locos travestidos obesos ("How is this for a centre spread?") no tantos.

Por cierto, he descubierto, casi por casualidad, la mejor web de los últimos tiempos, Cinema de Merde. Se trata de una página muy trabajada con críticas irreverentes y muy camp de todo tipo de películas. Recomiendan Pink Flamingos, Phantom of Paradise, Glitter, Xanadu y Roller Boogie, por ejemplo. La lleva un tipo barbudo con mucha pluma cuyos vídeos describiendo películas son muy divertidos. Recordadlo, lo leísteis aquí primero (aunque seguro que algún listillo ya la conocía).

En Internet, último reducto de la libertad, está todo. ¿Quién necesita credos políticos?

"Eat shit!".

martes, 4 de agosto de 2009

731

Hace 731 días o, lo que es lo mismo, dos años exactos, creé este blog y escribí su primera entrada. No tenía ni idea de qué podía esperar del mismo, no sabía quién me leería, le comenté que lo había abierto a muy pocas personas, que aún hoy lo leen y lo comentan (gracias a los tres, queridísimos). No tenía ningún objetivo claro, sólo que escribiría sobre cosas que me gustan y también sobre otras que no me gustan, que mantendría las miras lo más abiertas posible, que intentaría tener constancia, rompiendo así mi línea habitual de empezar las cosas y no terminarlas jamás, que lo dejaría cuando ya no me divirtiese escribiéndolo. Que sería sincero.

Me sorprende sobremanera haber llegado hasta aquí, no esperaba durar tanto. Los diarios se escriben con la intención de que nadie los lea pero con la esperanza de que alguien, algún día, en algún momento, los leerá. Yo empecé este blog con esa misma filosofía, y ahora me doy cuenta de que no escribo sólo para mí, sino que lo hago también para vosotros, queridos lectores (no, esta vez no os llamaré hipócritas aunque sí sois mis semejantes y mis hermanos). Me importan vuestras reacciones, me importa lo que me digáis y modulo lo que escribo a lo que pienso que os va a gustar. Es algo que me hace pensar. No sé si debo seguir por ese camino, de hecho no sé qué rumbo va a tomar este blog.

Mis primeros lectores, los primeros que me hicieron comentarios, excepción hecha de aquellos amigos de larga data a los que he citado antes, ya no están. El otro amante y Homo-sapiensis desaparecieron de la blogosfera hará más o menos un año, cuando estaba celebrando mi primer aniversario. Coxis, que también estuvo desde el principio, sigue ahí. Gracias, guapo. Yo también desapareceré algún día, que espero por supuesto que tarde en llegar. Reconozco que esto me gusta demasiado como para dejarlo ahora, aunque siempre he pensado que, al igual que los lugares, estas aventuras hay que abandonarlas cuando uno está aún a gusto en ellas. Hay que evitar prolongar la agonía, como hacemos con las malas relaciones de pareja, que mantenemos porque no vemos alternativa clara o nos falta la voluntad o la determinación de poner fin a algo que debería haberse acabado ya. Me iré cuando no tenga nada que contar, cuando me aburra. Cuando os aburra.

Como suelo mirar hacia adelante más que hacia atrás, me encuentro ansioso de saber por dónde voy a tirar, si voy a escribir algo serio y sesudo, si me lanzaré o no a meter algo de ficción (a lo que me resisto de momento), si dejaré del todo el repaso a los años 80 o podrá conmigo la realidad de la fuerza de mis recuerdos, si el cambio de escenario físico me llevará a describir escenas de mi nuevo entorno vital, si abandonaré las series de entradas que me gustan y me esclavizan en igual medida, si dentro de un año estaré celebrando el tercer aniversario o si habré cerrado este ejercicio bloguero con el que tanto disfruto. De momento, aquí sigo, con fuerza, ánimo y ganas intactos. O casi.

Escribo esta entrada fuera de España, como escribí la primera de todas, con aquella lista de "me gusta y no me gusta" que hoy sería sin duda diferente. Gracias a todos por la fidelidad y el cariño, que espero haber sabido reciprocar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Serpentinas


La Serpentine Gallery es una galería de arte situada en pleno Hyde Park, en Londres, pegada a la lengua de agua que cruza el parque, de la que toma su nombre. En el Reino Unido es famosa porque la princesa Diana hizo allí su primera y deslumbrante aparición pública tras su divorcio del príncipe Carlos.

Hace ahora diez años justos que me fui a vivir a Londres. Una de las grandes ventajas que tenía vivir en la ciudad es que mi piso estaba cerca de Hyde Park y, por lo tanto, de la Serpentine Gallery que es además de entrada gratuita al ser pública. Allí habré visto un montón de exposiciones inolvidables, algunas de artistas que me gustan mucho, como Cindy Sherman o Rachel Whiteread, otras de artistas que me interesan algo menos, como Cy Twombly o Richard Prince.

En el verano del 2000, con motivo de la celebración de una fiesta, la galería encargó a la arquitecta Zaha Hadid que diseñase una carpa. El resultado fue una estructura tubular angular cubierta por un toldo de neopreno blanco. Una haima del desierto postmoderna en pleno Hyde Park. A mi gusto, es lo mejor que ha hecho nunca la Hadid, pues al ser algo sencillo y pobretón no quedaban a la vista las carencias constructivas (derivadas de lo arriesgado de sus diseños, cierto es) que caracterizan a su obra terminada.


La estructura quedó, tras la fiesta, varada en pleno parque y la gente empezó a visitarla y a hacerle fotos. La prensa se hizo eco. Y la galería decidió que todos los veranos le encargarían a un arquitecto de renombre sin obra construida en Londres que diseñase un pabellón temporal, al estilo de las “follies” que la aristocracia británica erigía en sus jardines en el XVIII. Aunque mercantilizasen de este modo una idea puntual, desde entonces han surgido año tras año obras sumamente interesantes, algunas mejores y otras peores, casi todas de arquitectos-estrella de ésos que diseñan y construyen “iconos” generalmente descoyuntados que tanto gustan a la gente. Yo detesto ese tipo de arquitectura, sobre todo desde el punto de vista sociológico, pero he de reconocer que en un ejercicio efímero y a pequeña escala es donde tiene un papel, pues la excentricidad constructiva, cuando sólo tiene un objetivo lúdico, no sólo es tolerable, sino sumamente aconsejable.

Al año siguiente le tocó a Daniel Libeskind, que dejó un gusano angular cubierto de aluminio reflectante.


Oí hablar de Libeskind por primera vez en 1986 cuando la revista El Paseante (¿por qué ya no se hacen cosas así en España?) publicó un artículo, escrito por Gabriel Allende, otro arquitecto que entonces empezaba, sobre sus diseños. Eran pura matemática, inconstruibles, líneas rectas en un espacio infinito, múltiples planos inconexos. Utopía constructiva. En el pabellón para la Serpentine se le nota suelto y entretenido, feliz de poder deconstruir volúmenes sin preocupaciones de durabilidad o confort, sin tener que plegarse a necesidades de habitabilidad o a las demandas de empleadores, como le pasa a casi toda su obra construida, cuyo interés ha ido cayendo en picado con los años.

Toyo Ito, arquitecto irregular y fascinante, que no ha hecho dos cosas iguales, fue el siguiente.


De todos los pabellones hasta ahora construidos, el suyo es el que más me gusta. Se trataba de un paralelepípedo normalito y sencillo convertido a base de tiralíneas en una celosía tridimensional de metal blanco y cristal. Encajaba en el parque y en el entorno verde de maravilla. Cierto es que, al ser cerrado, fue el más mercantilizado de todos y se convirtió en cafetería/chiringuito de verano. Cuando años más tarde sobrevolé en helicóptero el Mar Báltico congelado, el paisaje de pequeños icebergs irregulares flotando en el agua era igual que esta estructura.

Al año siguiente se lo encargaron a Oscar Niemeyer, que se marcó un cacharro extraño, elevado sobre el terreno, de construcción mucho más compleja que los anteriores (hubo que cimentar) y, la verdad, bastante feo. Niemeyer es uno de esos vejestorios venerados con los ojos cerrados por la izquierda, como García Márquez o Saramago, que tuvieron un momento de creatividad extraordinaria pero que se han fosilizado en vida, repitiendo fórmulas obsoletas una y otra vez, ensimismados en su divinidad. Son de los que se tiran un pedo en un escenario y les aplauden.


Con Niemeyer llegaron los problemas. El pabellón de 2004, diseñado por la firma holandesa MRVDV complicaba las cosas aún más desde el punto de vista constructivo y no se llegó a hacer. Su idea era construir una montaña artificial por encima del pabellón ya existente y sembrarla de hierba y plantas. Interesante, tal como se ve en el croquis, pero demasiado para un pabellón temporal con una vida de un par de meses. Los responsables de la galería tuvieron el buen tino de regresar a los orígenes del ejercicio y volver a estructuras más sencillas.


En 2005 se lo encargaron a uno de los pocos arquitectos de verdad imprescindibles del último cuarto de siglo, Álvaro Siza.


Construyó un pabellón de vigas de madera y cristal, con grandes aberturas, angular por fuera y redondeado por dentro. Es uno de los pocos que no he visto en directo, no puedo juzgarlo como a los otros, pero la pinta es magnífica.

Un año más tarde le tocó el turno al gran pope de la arquitectura mundial, Rem Koolhaas. El gran pope y el más sobrevalorado de todos los arquitectos en ejercicio. Todo lo que diseña tiene que ser “irónico”, que este señor es muy listo. La ironía, sin embargo, a veces sirve para ocultar la falta de talento, es algo que sé muy bien, por experiencia propia.


El pabellón que construyó era básicamente una estructura circular de paneles traslúcidos con un enorme globo irregular hinchado por encima. Muy gracioso. Bastante feo. Y en el interior hacía muchísimo calor y bastante ruido causado por el mecanismo de hinchado del globo. Estaba en Hyde Park pero podría haber estado en Dubai, Beijing o a las puertas de algún Carrefour de extrarradio. Mira, ahí podría haber quedado bien, en plan concesionario de KIA. (Soy injusto con Koolhaas, es un muy buen arquitecto, el CCTV en Beijing o la Librería Pública de Seattle son edificios espléndidos).

También era circular la estructura que diseñaron Kjetil Thorsen (de la firma noruega Snøhetta) y otro artista muy sobrevalorado, Olafur Eliasson, que un par de años antes había deleitado en Tate Modern con su instalación de un sol naciente (o poniente, que tanto monta). Minimalismo conceptual para las masas (qué malo soy). El pabellón, que tampoco vi en persona, es bonito, construido en madera y formado por una rampa con un capirote a lo alto. Parecido al de Koolhas pero más elegante, más serio.


Ese mismo año, por cierto, hubo un segundo pabellón, tan efímero como el primero de esta larga lista, pues era también para una fiesta, y diseñado también por Zaha Hadid. Levantó tres champiñones blancos gigantes de poliuretano y los llamó “Lilas”. Son preciosos, la verdad, poco tengo que añadir a lo que dice la foto.


El año pasado le tocó a Frank Gehry. Yo detesté le museo Guggenheim de Bilbao hasta que lo vi en persona y claudiqué ante la evidencia. Es un edificio fantástico, genial. A Gehry, eso sí, se le acabó el talento hace mucho. Construyó para la Serpentine una estructura de madera, algo feúcha y muy pesada, con planos superpuestos. Nada más ver el pabellón pregunté a una azafata que había por ahí que quien diseñaría el siguiente. Arquitectura desechable, de usar y tirar. La foto es mía, por cierto, la única de este reportaje.


Y este año le han encargado el pabellón a SANAA, dúo de arquitectos japoneses que, como Toyo Ito, nunca hacen dos cosas parecidas y que están obsesionados con la piel de los edificios. Escribí sobre ellos hace tiempo, con motivo del New Museum de Nueva York.


Tan obsesionados están con el exterior de los edificios que en este caso han prescindido del mismo, construyendo una marquesina de formas orgánicas y redondeadas que se mete por los huecos que dejan los árboles, de techo reflectante, sujetada por columnas muy finas. La insoportable levedad de la arquitectura. Parece muy bonito, muy bien encajado, lo veré en directo cuando vaya a Londres a celebrar el 40 cumpleaños de Stanwyck. Huy, que desvelo secretos ocultos.


Gusten más o menos los pabellones, la idea es magnífica. Se deja rienda suelta a arquitecturas efímeras arriesgadas sin el riesgo de que se queden para siempre en el paisaje urbano. Es realmente la concepción de la arquitectura como arte. Cuando mejor funciona es cuando tiene menos pretensiones e intenta hacerse con el lugar (el parque, el pabellón eduardiano existente), sin necesidad de encajar con el entorno. Es el caso de los proyectos de Hadid, Libeskind, Ito, Siza o SANAA. Funciona peor cuando construyen algo que no es más que un dibujito mono (Niemeyer), se pasa de listo (Koolhas) o se diseña en minuto y medio y sin entusiasmo especial (Gehry). Si no te gusta el pabellón, pasas a la exposición de la galería, te quedas un buen rato en su fabulosa librería o, si no hay más remedio, te das un paseo por Hyde Park. La fuente-memorial de Leididín está muy cerquita.

No entiendo como no se ha copiado en ningún otro sitio una idea tan buena. Quizá porque no hay parques como Hyde Park ni galerías como la Serpentine. Pero al lado del Palacio de Cristal del Retiro se podría hacer algo parecido, ¿verdad? No caerá esa breva...