domingo, 12 de abril de 2009

Guilty pleasures: "Juntos" de Paloma San Basilio



Casi me da un pasmo el otro día al leer una de las últimas entradas de Stanwyck cuando vi que mencionaba "Juntos" de Paloma San Basilio, que es una de mis guilty pleasures más ¿inconfesables? Pensaba que se me iba a adelantar. Pues no, aquí estoy yo antes. Pongo lo de inconfesable entre puntos de interrogación porque la verdad es que es una canción preciosa que a uno le pone muy de buen humor, por tonta que sea. Podría estar perfectamente en mi otra lista, la de canciones pop perfectas, pero por algún motivo ha acabado aquí. Es increíble cómo se cruzan ambos conceptos. Y el de lo peor de todo, claro está. Ando de cabeza haciendo listas, se me pasan las canciones de una a otra y, sorprendentemente, no pasa nada. Por cierto, perdón por la desincronizacion del vídeo, que encontré en los basureros del ciberespacio.

Yo creo que es lo de "fumar un cigarrillo a medias" lo que se carga la canción, porque la mera idea siempre me pareció algo repulsivo. Claro, que el modelito de Paloma San Basilio en este vídeo sacado de un programa de TV de alguno de nuestros países hermanos latinoamericanos, es como para llamar a la polícía. No me queda claro si es vestido o mini-short, la verdad. Eso sí, en las colecciones de moda de esta temporada primavera-verano que acaba de empezar, había cosas muy parecidas a esto. Más delito aún tiene el estilismo capilar, sacado del catálogo de Carmen Maura en "¿Qué he hecho yo para merecer esto?". Pobres chicas, qué cosas les hacían ponerse. Y ellas encantadas, claro.

La canción es de principios de los 80. Yo entonces estaba con Alaska y Duran Duran, pero secretamente escuchaba esta canción y disfrutaba como un enano. No me compré el single (pero qué tonto fui) no fuese a ser que algún amigo me lo viese en casa. Porque en aquella época yo invitaba mucho a casa, no como ahora. Y la canción me sigue gustando tanto ahora como entonces. Por cierto, la grabó también en inglés, se encuentra el audio aquí. La letra dice: "Save me, I'm down on my knees, tonight is gonna be the night, he's a man of the world and I'm a very simple girl". Entramos en territorio lo peor...

Lo que no sé es si los chicos go-go que acompañan a Paloma en el vídeo son musculocas, marichulos, tíos buenos o locazas. Stanwyck, tú que eres más ducho en estas cosas, sácame de dudas, anda.

sábado, 11 de abril de 2009

Felicidades, Coxis





Tenía guardados estos joyones en la recámara para alguna entrada en tono festivo-petardo, pero creo que es el momento de utilizarlos. Pensé en dejar como regalo algo de Xanadú, pero este largo medley con Olivia Newton-John, Abba y Andy Gibb (a pesar del modelito infernal y el corte de pelo imposible, el tipo, el pobre, estaba un rato buenorro) no tiene desperdicio.

Feliz, feliz en tu día, coxis.

viernes, 10 de abril de 2009

Escaparates y fachadas: Almirante Seis



Almirante Seis es una tienda de ropa de hombre que está en el número 6 de la calle Almirante de Madrid. Su escaparate es elegante: líneas blancas muy puras, cristal a ambos lados, con una lámina curva en el centro del lado opuesto a la puerta, el derecho. Por dentro el espacio parece más grande de lo que es, en gran medida porque está limpio de estorbos, toda la ropa está pegada a las paredes y sólo hay una pequeña mesa con la caja y una silla situadas delante del murete de separación de la zona de probadores y la escalera que sube a lo que era la sección de ropa de mujer de Enrique P.

Y es que esta entrada tiene algo de trampa porque no es sobre el diseño de Almirante Seis, que es ciertamente bueno, sino sobre Enrique P, la tienda que ocupaba el local y para la que fue diseñado el espacio, creo que por Mariano Bayón. Enrique P era la tienda de ropa de referencia en el Madrid de finales de los años 80. Si uno se fija en los títulos de agradecimiento de las películas de Almodóvar de la época (ésas que yo critico, por mucho que las venere, por su estilo de “nuevo rico”) encuentra el nombre de la tienda.

Pero es que esa época se pareció, a menor escala, a la que acaba de terminar, fue el primer sorbo que le dimos a la cultura de consumo conspicuo y a las apariencias de la afluencia. Se abrían entonces los espacios de ocio Archy y Teatriz (con diseño de Philippe Stark, del que aún queda bastante, 20 años después), triunfaban los de la Rosa, Mario Conde y otros que, como los Barrionuevo y Vera, acabaron en la cárcel. Los pisos en ciertas zonas de Madrid alcanzaron por primera vez el millón de pesetas por metro cuadrado. Se construían la torre Picasso y las torres KIO (que estuvieron mucho tiempo sin acabar). La “movida” (que, como dice Nacho Canut –sigo teniendo pendiente escribir sobre él-, no eran más de 50 personas) llevaba ya muchos años muerta y había sido sustituida por la “marcha”, para la que no hacía falta talento, sólo ganas de diversión y que además ciertos polvos blancos de origen andino contribuían a amplificar. Valía todo, la cocaína, los desfalcos y el GAL. No éramos 50, sino muchos más, pero parecía que nos conocíamos todos.

La calle Almirante, la “rive gauche” madrileña le llamábamos, aún conserva de aquella época las tiendas Berlín y Ararat y, en portales distintos de los originales, las de Jesús del Pozo y Elisa Bracci, pero Enrique P cerró hará algo más unos diez años. Fue la tienda que trajo a Madrid la ropa de Antonio Miró, vendió o intentó vender la de Manuel Piña, introdujo en España por primera vez la ropa para hombre de modistos clave como Comme des Garçons o Romeo Gigli, quizá el único artista verdadero de la moda –y sobre quién también tengo que escribir algún día, sobre todo ahora que vuelve a diseñar. La tienda tenía el nombre de su fundador, Enrique P (siempre he pensado que Laura P, el personaje ficticio de La Ley del Deseo, adopta su misterioso apellido) y sufrió su primer revés cuando éste se lanzó al vacío desde el balcón de su piso, bastantes alturas por encima de la tienda, tras enterarse de que tenía sida. Su pareja, Javier, siguió con el negocio, ayudado por un dependiente fabuloso, Ramón, que acabó como tantos otros con serios problemas por consumo de sustancias psicotrópicas y que en su día me regaló cassettes (qué barbaridad, cassettes, no puede haber pasado tanto tiempo) con su música favorita, entre la que se encontraban las Hermanas Goggi y mucho, mucho chochi y aún más house, que era lo que sonaba en la tienda. Compraban ahí Bibi y Pedro, Fernando Vijande hasta que murió, Sigfrido Martín Begué, arquitectos, modernos y aspirantes a serlo, niños bien y algún colgado con buen gusto.

También sobrevive de aquella época Emilio, el mejor peluquero de Madrid, que tuvo su primer local en la misma finca de la tienda, justo encima de ésta, y luego llevó su salón, Xiquena, a varios locales hasta llegar al actual en Marqués de Monasterio. Quien esté en Madrid y necesite un corte de pelo, hombre o mujer, que no lo dude.

Me entristeció muchísimo cuando me enteré de que Enrique P había echado el cierre, debió ser en el año 96 ó 97. Una noche, hace ya bastante tiempo, me encontré por ahí a Javier, que ahora tiene otra tienda de ropa en la plaza de Chueca, de cuyo nombre no me acuerdo, quien me dijo que fueron precisamente esas marcas que a mí me gustaban las que le arruinaron. Nadie, salvo algún pirado como yo, las compraba. Y yo sólo compraba algún cinturón o pillaba las cosas caras en las rebajas tan estupendas que hacían (y Ramón me regalaba de todo cada vez que iba, comprase o no).

Precisamente hablando el otro día con Emilio mientras me cortaba el pelo (me dijo que tengo más que antes, cómo no le voy a querer) coincidimos con cierta sorpresa en que a ambos nos había gustado bastante, por no decir mucho, “Los Abrazos Rotos”. Y desciframos entre los dos algunas de las claves de la película, que sin duda tiene un aspecto “roman à clef” que sólo el autor conoce del todo: el financiero millonario que interpreta José Luis Gómez es en realidad uno de los empresarios que acabó en la cárcel a mediados de los 90 y que había colocado a su amante como actriz (pésima) en películas de directores modernos que él mismo producía. El personaje de Ochandiano está basado en el hijo de otro empresario (que se libró por los pelos y por la obra de dios, a la que pertenecía, de la cárcel), cuyo único objetivo en la vida era ser moderno y que ha terminado siendo dueño de una cadena de hoteles y apareciendo con frecuencia en el papel “couché”. No sigo, no sigo, que se me nota de quien estoy hablando y no me quiero ir de la lengua. Aprovecho para contar que lo mejor del pase en el que vi la película, eso sí, fue el comentario de una señora (muy) mayor que estaba detrás de nosotros y que, en medio de la escena del polvo de Penélope con JL Gómez entre las sábanas (que ocurre justo después de la de su polvo con Lluis Homar), comentó: “Pues sí que está atareada la chiquilla”.

Esto es tremendo, presumo siempre de no ser nostálgico y me descubro echando de menos muchas cosas de esa época, que siempre he recordado con mucho reparo, por no decir rechazo. Estoy en plan proustiano, esto se tiene que acabar. Tampoco soy tan mayor. Y voy a empezar a hacer fotos con una cámara, en vez del teléfono, porque salen horrorosas.

Escribo esto en un avión mientras escucho a Yvonne Elliman cantando “If I can’t have you”. Seguro que os parece bien. A mí me encanta, a la chica que está a mi lado y tiene que aguantar mis berriditos, no tanto.

martes, 7 de abril de 2009

Devoción por el sistema decimal

A mi chico le encanta contar una anécdota de Borges. Hallábase, al parecer, el escritor (ya mayor) en el funeral de una conocida cuando se le acercó una señora, muy compungida, quien le expresó su pena tanto por la muerte de la finada como porque ésta había fallecido con 99 años, pocos meses antes de haber cumplido 100. Borges, de nuevo al parecer, le contestó: “Veo que es Usted, señora, devota del sistema decimal”.

Como mi chico es inglés, aunque no es necesariamente devoto del sistema imperial, pesa las verduras en libras, mide la cerveza y la leche por pintas, se mide a sí mismo en pies y pulgadas, tenemos una báscula en el baño que nos pesa en arrobas (cuando paso de 12, mal asunto) y le encanta recordarme cuantos peniques hay en un chelín y cuantos chelines en una libra, de lo que yo jamás me acuerdo ni falta que hace. Es todo muy divertido por lo absurdo que parece cuando estamos encadenados al sistema decimal de imposición napoleónica. Pero todo tiene su sentido: un hombre empieza a ser alto cuando mide seis pies. Pesar doce arrobas para seis pies de altura (que son las medidas por donde yo ando) parece tener casi más sentido que pesar 76 kilos para 183 centímetros (los que me conocéis: si no os creéis que mido 1,83, os enseño la cartilla de la mili; ¿que he menguado en los últimos 28 años?, quizá. Suena a excusatio non petita total, y es verdad, yo tampoco me lo creo).

¿Qué por qué cuento todo esto? Porque ésta es la entrada número 100 de este blog.

Creedme, jamás pensé que llegaría a tanto. Me sigo divirtiendo escribiéndolo tanto como al principio. Bueno no, me divierto mucho más ahora, porque estoy más suelto y me encuentro más libre. Cuanto menos me repienso las entradas, más comentarios tengo. También es cierto que trescientos gramos de Morgan Fairchild y cuarto y mitad de lo peor de todo hacen maravillas para los “ratings”. Por cierto, cuarto y mitad, que tanto se acerca a una libra, ¿cuenta como medida decimal?

Todo esto me hace pensar también en Stanwyck y Notorious, ambos de mi corazón, a quienes dedico esta entrada pues ven cómo este año el sistema decimal les hace pasar algún pequeño rato de incertidumbre, angustia, mal rollo o al menos pérdida de tiempo. Es sólo una cifra. En cuanto la pasas, te olvidas de ella. Por cierto, Polo celebraba hace poco su entrada número cincuenta, también va esto por él.

Me encantaría prometer 100 entradas más, pero del mismo modo que no pensé llegar hasta aquí, y eso que aún me quedan 5 meses para cumplir dos años en la faena, no estoy seguro de ser capaz de escribir otras tantas. Además ya llevo dos pájaras, que son inevitables, y alguna más caerá. Escribiré mientras me divierta y mientras tú, lector, mi semejante, mi hermano, sigas entreteniéndote aunque sólo sea un poquito.

Os dejo para festejar el aniversario con mi alter ego, Myra Breckinridge. Bueno, os dejo con los títulos de crédito de la película, que es mala en igual medida que la novela de Gore Vidal es buena. Pero mala o no, cuenta con Raquel Welch y sus piernas en plenitud, Mae West en decadencia y Farrah, jovencísima, en su primer papel. Y con Rex Reed como Myron, tan guapo él. Pocas cosas tan “camp” como esta película se encuentran, haceos con ella. Los títulos de crédito, al son de Shirley Temple, son un buen ejemplo. Yo creo que el camp, junto a la música disco, es en el fondo lo que más me gusta. Pero dejo el camp para otra entrada post-centenario, que debería escribir al alirón con Stanwyck (¿te apuntas, Darling?). Feliz pascua a todos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Han vuelto

No sé cómo se desenvuelven otros blogueros a la hora de enfrentarse con una entrada nueva y una pantalla en blanco. Yo generalmente tengo varias cosillas empezadas, muchas ideas, algunas escritas en un cuadernillo que llevo siempre conmigo. La de hoy es una que tengo en el tintero desde hace tiempo.

Es absurdo, pero por mucho que tenga claras las ideas y haya escrito ya parte, me cuesta empezar una entrada nueva después de la anterior, que ha generado tanto comentario. Es como si tuviese ganas por un lado de intentar repetir el ¿éxito? y por otro de hacer algo completamente diferente para incluir un elemento de sorpresa. En fin. Lo postearé tal como me salga.

Stanwyck y yo, que somos muy pesaditos, llevamos muchos años ya, demasiados, abonados a la teoría de La Prohibida de que los años 80 no han vuelto, que en realidad estamos en un revival permanente del final de los 70. Pero me temo que esa teoría ya no se tiene en pie. Han vuelto. With a vengeance.



Esas lindas imágenes corresponden a la colección otoño-invierno 2009 presentada por Marc Jacobs hace unas semanas en Nueva York. Como se puede comprobar, han reaparecido hasta las hombreras y los pelos cardados (Chantal, ¡pionera!), que en el fondo es lo que quedaba por volver. Cuando vivía en Londres, allá por el cambio de siglo, empezaron a verse de nuevo chicas con calentadores a lo Flashdance. Qué simpáticas. Luego empezaron a aparecer los cortes de pelo a hachazos y los chicos con coletillas de cuatro pelos a lo Miguél Bosé en su etapa posmoderna. Qué bonito. Después vinieron los pantalones pitilllo y los vaqueros con agujeros (mi idolatrado Jermaine Stewart tenía una canción bestial, "Holes in my jeans"; era 1987). En los últimos dos años han reaparecido, con furor, los leggings. Yo no entiendo como las mujeres pueden pensar que les queda bien algo tan espantoso que lo único que hace es poner en evidencia todos sus defectos, además de marcar "camel toe". Ellas sabrán. Y ahora, drapeados, hombreras y pelo cardado.



Las chicas de la colección de Nicolas Ghesquière para Balenciaga al menos no se han cardado el pelo, pero hombreras y drapeados sí que se han marcado. Tiene gracia, vi esta foto de la colección de Balenciaga el día después de haber visitado la exposición en el Prado (muy recomendable, por cierto) de arte pre-rafaelista del Museo Ponce de León de Puerto Rico. Todo eran drapeados, los de Burne Jones y los de Lord Leighton. Como también los de las esculturas clásicas de la otra exposición del museo, todavía más recomendable, de los fondos del museo Albertinum de Dresde y los propios fondos escultóricos, fabulosos y no muy conocidos, del Prado.

Siempre he pensado que las modas que vuelven son las más feas. Quizá sea porque hay una moda clásica y más bonita, de mínimas variaciones, que siempre está ahí y nunca cambia. A mí me fascina la moda, como me fascinan las décadas y nuestra tendencia innata a compartimentalizarlo todo. Sigo las colecciones con absoluta fruición, sobre todo las de mujer, claro, que las de hombre son siempre cosas imponibles para chicos anoréxicos y muy maricones de 15 años. Me gusta sobre todo esa mezcla de creatividad con fecha de caducidad de origen. Lo que vale hoy ya no valdrá en seis meses. Debe ser tremendo trabajar con tanta presión, sabiendo que lo que haces ahora no valdrá nada en poquísimo tiempo y con la presión de toda una industria que no va a perdonar que no hayas sabido captar el "zeitgeist", lo que te pide la calle, la señora de la Moraleja y la cajera del Sepu a quienes, en el fondo, les gusta lo mismo. Ahí está la clave, en gustar a todas.

A pesar de esta fugacidad creativa tan extraordinaria, identificamos décadas con corrientes de moda concretas. Pero no tengo duda de que las hombreras que vuelvan (y no es que vuelvan, es que nunca se han ido del todo) ya no serán lo mismo. Los leggings ahora se llevan con faldita por encima. Los pantalones pitillo no son tan kale borroka como lo eran en los 80. Bueno no sé, me siguen pareciendo horribles, quizá porque mis muslos son los pilares de la patria y no me los puedo permitir.

Y sigo sin encontrar los mocasines granates con borlas. Voy a hacerle una foto a la caja vacía (y llena de polvo) para que veáis que algo queda. Pero los debí tirar en un momento de lucidez y de triunfo del capitalismo. Total. (Qué palabra tan Patty Diphusa, ¿verdad? Es que en el fondo los 80 son lo mejor).

viernes, 27 de marzo de 2009

Lo Peor de Todo

Dedicado a Pandora

Hace un montón de años, mi amiga Pilar y yo nos inventamos un juego absurdo, cruel y muy divertido. Al menos era divertido para nosotros, que jugábamos prácticamente solos ya que casi nadie lo comprendía. Se trataba de encontrar Lo Peor de Todo. En absoluto y con mayúsculas.

Vamos a ver, no se trataba de encontrar cosas obvias (tipo “mocasines con borlas de color granate”, “fumar en un ascensor”, “Charo Baeza” o “las hombreras”), sino de rebuscar entre todas las facetas de la vida e intentar encontrar cosas, comportamientos, actividades, seres, que a ella y a mí nos pareciesen lo peor de todo. Porque claro, el truco estaba en que sólo ella y yo podíamos dilucidar si algo era o no lo peor.

Con el tiempo se me han olvidado casi todas las cosas que consideramos en su momento, que fueron muchas y muy variadas. De vez en cuando, aunque vivimos en continentes distintos, nos da la neura y nos decimos el uno al otro en un sms providencial: “He visto lo peor de todo: patatí, patatá”. Y el otro contesta: “Pues peor lo que vi yo el otro día: patatú patatón”. Sólo teníamos una regla. Bueno dos. La primera es que lo único que pretendíamos era reírnos y no a costa de nadie, sino de nuestra propia estupidez. La segunda era una regla categórica: lo peor no es necesariamente malo. Yo tuve unos mocasines granates con borlas (andan por alguna caja). Ella llegó a llevar algún día un collar de perlas al trabajo (lo negará, seguro, me la imagino crujiendo de risa y rabia mientras lee esto). No pasa nada, porque en realidad lo peor de todo somos ella y yo juntos, que no hay quien nos aguante ni quien nos siga. Ni nos comprenda, ¿verdad Pilar? Sólo estamos de acuerdo en que lo peor de todo es una tal Rania, reina consorte de un país de pacotilla. Pero hasta eso puede cambiar.

En un comentario que hizo en un correo circular a varios amigos, Pilar hizo una mención que me ha impulsado a escribir esta entrada. Se refería a “¿Quién maneja mi barca?”, la canción interpretada por Remedios Amaya que nos representó en Eurovisión en 1983. Aquí la dejo para el recuerdo.



Los ríos de tinta que hizo correr esta canción, incluso antes de no recibir ni un solo voto en el festival. ¿Tan mala era? ¿Lo peor de todo? Pues no, más bien al contrario. Después de que ganase Bucks Fizz en 1981 yo perdí toda ilusión con Eurovisión. Ya la había ido perdiendo antes, pero los guapos israelíes Milk and Honey que cantaban “Hallelujah” me volvieron a meter en vereda. Pero siempre defendí, y defiendo, que “¿Quién maneja mi barca?” es un pedazo de canción. Es la herencia tecno del pop flamenco de las Grecas. Y el vestido, que tanto se denostó, yo lo he visto (o al menos algo parecido) en alguna colección de Junya Watanabe para Comme des Garçons de hace pocas temporadas. Y la cinta en el pelo, a juego. Y los pies descalzos. Total.



Tan total, que el grupo más inteligente del panorama musical patrio, Hidrogenesse, le han hecho una versión (gracias a Pasaelmocho por el hint).



Vuelvo al tema inicial. Lo peor de todo, como todo en esta vida, tiene su lado opuesto, que es lo mejor de todo. Yo diría que lo mejor de todo es Pilar, pero no quiero hacer de menos a todos mis lectores, que para mí son, sois, por igual, lo mejor de lo mejor. Así que para evitar luchas encarnizadas, me decantaré por un icono de talla internacional, elevándola a la categoría, con mayúsculas, de lo Mejor de Todo: Chantal Biya.

Ah, ¿Qué no la conocíais? Pinchad, pinchad; guguelead, guguelead.

lunes, 23 de marzo de 2009

El juego de Teodoro


No me resisto a ofrecer mis respuestas al juego que plantea Theodore y que consiste, para aquéllos que no hayan leído su entrada, en utilizar los títulos de las canciones de un artista/grupo determinado para contestar a una serie de preguntas sobre uno mismo. A mí no se me ocurre algo tan elegante como utilizar a Kate Bush, así que elijo algo patrio. Me temo que Ana y Johnny no dan de sí 10 canciones, y si utilizo a Camilo Sesto me salen unas respuestas aterradoras. Me voy por lo fácil: escojo a Alaska en sus múltiples existencias. Allá van las respuestas. Y los comentarios me los hago yo mismo, hala.

1- ¿Eres hombre o mujer?: UN HOMBRE DE VERDAD (sin risas, por favor)
2- Descríbete: REY DEL GLAM (eso lo dice el encorbatado)
3- ¿Qué sienten las personas acerca de ti?: DESEO CARNAL (¿hello-o?)
4- ¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental? ¿CÓMO PUDISTE HACERME ESTO A MÍ? (no es cierto, más bien fue al revés, pero encaja muy bien)
5- Describe tu actual relación con tu novi@ o pretendiente: NO SÉ QUÉ ME DAS (qué bonito, el amor)
6- ¿Dónde quisieras estar ahora?: BAILANDO (me toca el miércoles por la tarde, me he apuntado a clase de aerobic latino, lo peor y lo mejor al mismo tiempo)
7- ¿Cómo eres respecto al amor?: OTRA DIMENSIÓN (la había pensado para la pregunta 6, pero lo meto aquí)
8- ¿Cómo es tu vida?: MIRO LA VIDA PASAR (esto lo dice el control freak)
9- ¿Qué pedirías si tuvieras un solo deseo?: LA DISNEYLANDIA DEL AMOR (pero sin Mickey Mouse, yo soy más del Pato Donald o de Pluto)
10- Ahora despídete: HAGAMOS ALGO SUPERFICIAL Y VULGAR (pues sí, al final de todo, es lo que cuenta).

Me encanta este tipo de juegos. La foto no tiene relación, es para despistar. Me habría encantado utilizar "Mi novio es un zombi" en las respuestas, pero nada más alejado de la realidad.